lunes, 29 de octubre de 2018

Devuélvannos el oro

Artículo  publicado el 27 de octubre de 2018 en www.eldebate.es
https://eldebate.es/identidad/devuelvannos-el-oro-20181027


Devuélvannos el oro

            Hasta hace unos años, por la Puerta del Sol y sus calles aledañas, deambulaban unos hombres emparedados entre dos carteles de fondo amarillo y grandes letras negras. «Compro oro», decían las láminas hoy sustituidas por chalecos reflectantes rotulados con la misma leyenda. Al sur de Madrid, cerca del lugar donde las lavanderas extendían sábanas y las reses dejaban un reguero de sangre, se ha desarrollado una exposición que juega con el castizo lema e incluso con su imagen. En efecto, en Matadero Madrid se ha podido visitar, durante tres semanas, Devuélvannos el oro, fruto de una estancia del Colectivo Ayllu en el Centro de residencias artísticas de este gran centro de producciones culturales que da contenido al antiguo matadero, en el sentido literal y municipal, de la capital de España. Nada más apropiado que estas naves neomudéjares para dar cobijo a una muestra de aromas netamente negrolegendarios. Al cabo, según tal patrón ideológico, el descubrimiento y conquista de América no fueron sino un cruel genocidio, una matanza, en suma. Los artistas encargados de confeccionar las obras ofrecidas al público son, según su propia confesión, un conjunto de «cuerpos disidentes sexuales y migrantes». Realidades corpóreas que responden a nombres como los de Sergio Zevallos, Jota Mombaça, Yuderkys Espinosa, Carlos León-Xjiménez o Daniela Ortiz.
            Una voz femenina que emite en bucle un discurso que desgrana maldades sin fin del hombre blanco -heterosexual, se entiende-, envuelve a quien franquea el arco rebajado de ladrillo. Tras él, aparece el trabajo del Colectivo Ayllu, vocablo quechua que define a una familia no unida necesariamente por lazos de sangre. Un colectivo que, en una suerte de ampliación, oscurecedora, de la raza cósmica de Vasconcelos, centra su acción, según podemos leer en el folleto que se ofrece a la entrada, en la «crítica a la blanquitud como ideología heteronormativa colonial europea y al proyecto global de las ciudades multiculturales». La aparente contradicción de estos propósitos queda resuelta si se tiene en cuenta que, según afirman, no sin cierta dosis de razón, la oferta multicultural responde a una «estrategia ornamental» que funciona como «cortina de humo para esconder los negocios neoliberales, las ONG´s y/o la industria de los Derechos Humanos».
            Es en el documento que acompaña a la exposición, donde Ayllu ofrece explicaciones y claves que sirven para interpretar lo que se ofrece a los ojos del espectador. Un texto titulado Escupir la rabia, que comienza definiéndose como un grito de dolor surgido «de la herida colonial no cicatrizada». Una serie de papeles serpentean por las paredes de la nave. Copias de relatos de conquistadores y cronistas seleccionados para hacer visible el «odio a indígenas, negrxs y cimarrones», pero también el castigo del que era objeto la sodomía, el alcoholismo y otras prácticas proscritas, que contribuyeron a la «imposición de la normatividad blanca-occidental». De aquellos días, sostienen los autores, se conservan una suerte de cápsulas del tiempo en el Reino de España. Se trata, por ejemplo, del Archivo de Indias, el Museo de América o el parque temático de las Carabelas de Colón en Huelva, a los que los profesionales de lo plástico, denominan «espacios del dolor». El señalamiento de esos escenarios cierra la perspectiva. El hombre blanco es español, y la crítica que en un principio se dirigía a Europa, queda circunscrita a España. Como es habitual, el relato, de rigurosa observancia para con el lenguaje inclusivo, analiza los hechos del pasado desde las coordenadas ideológicas actuales, metodología que sirve para sostener que  la «ex metrópolis colonial», que no dudan en tildar de «necrópolis», ha situado a un polícromo colectivo, «en el lugar de lo salvaje, lo incivilizado y lo monstruoso».
            Nada ha cambiado desde 1492, pues según el parecer de Ayllu, la supremacía blanca sigue oprimiendo cuerpos de colores menos pálidos. Se llega así a la conclusión final. No es la devolución del metal aurífero lo que se reclama, sino, aclaran los creadores, algo de más compleja restitución: «las vidas, cosmologías, epistemologías y sexualidades que Occidente, y en particular el Imperio español, nos ha querido robar». Bajo el grito Devuélvannos el oro, que señala a lo que se califica de robo de metales preciosos, se reclama una sustracción mayor, la de las «vidas fugitivas, los cuerpos desterrados, los penachos elekes y dioses secuestradxs, las ánimas perdidas, los frutos prohibidos, los manatíes, y aves enjauladas, la sangre derramada, los cantos silenciados, el oro, la plata, los diamantes, la caña de azúcar, la papa, los bicios (sic), las idolatrías extirpadas».
            Todas estas reivindicaciones y proclamas aparecen en las telepantallas que rodean una cúpula geodésica y contracultural, impensable para las civilizaciones prehispánicas, que acoge una suerte de altar de santería arropado por una wiphala. Al fondo, de una cuerda cuelgan ropas y símbolos nacionales españoles. Sobre una camiseta amarilla, escrita con la sangre extraída del dedo de un artista, se lee la frase: «España no existe sin robo colonial». Es esa misma España quien paga esta exposición, desarrollada íntegramente en español, en los predios de la hispanohablante Rommy Arce, hábil cabalgadora de contradicciones.

No hay comentarios: