domingo, 24 de mayo de 2020

Patria

Libertad Digital, 7 de mayo de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2020-05-07/ivan-velez-patria-90697/


Patria

            «La tierra donde uno ha nacido. Es nombre Latino patria. Compatriota, el que es del mismo lugar». De tan sucinto modo definió la voz «patria» Sebastián de Covarrubias Orozco en su Tesoro de la lengua castellana o española, primer vocabulario monolingüe de imaginativas etimologías, publicado en la imprenta madrileña de Luis Sánchez en 1611. La elaboración de aquella obra se vio retrasada por las tareas que a Covarrubias, hombre cercano a la Corte que, por su «natural encogimiento, divirtió» el ofrecimiento de convertirse en maestro del príncipe Don Fernando, hijo de Felipe II, le fueron encomendadas. Entre ellas destaca el impulso de una campaña evangelizadora por las tierras del arzobispado de Valencia, que dio comienzo en 1596. Para entonces, hacía tiempo que el sacerdote se había establecido en Cuenca, lugar al que regresó en 1602, con el cargo de maestrescuela de la catedral bajo el brazo, dignidad que le fue concedida por el papa Clemente VIII a instancias de Felipe III. Allí, entre el Júcar y el Huécar, la muerte le visitó en el otoño de 1613.
            La labor catequética levantina de Covarrubias se desarrolló en el periodo previo al que precipitó la expulsión de los moriscos de los reinos hispanos. Una decisión que se apoyó legalmente en una serie de decretos respaldados por el Consejo de Estado, a los que se opuso el confesor real, el cardenal dominico Javierre. Su muerte dejó el camino expedito para el mandato de la salida forzosa. A diferencia de lo ocurrido en el caso de los judíos, la expulsión de los moriscos vino motivada por un delito de lesa majestad: su quintacolumnismo. A la dureza de la medida tomada contra los moriscos, le acompañaron algunas excepciones concebidas desde la perspectiva religiosa. Aquellos que se consideraran buenos cristianos podían permanecer en su tierra si los obispos les otorgaban las licencias pertinentes. Esta licencia también era válida para los niños menores de cuatro años cuyos padres lo autorizaran. Quienes no se acogieran a estas excepciones, deberían salir, llevando todo aquello que pudieran portar sobre sus personas.
            Precisamente uno de ellos habitó en el papel impreso antes de que el trabajo de Covarrubias viera la luz. Y con él, una apología patriótica. Nos referimos al morisco Ricote, que aparece en la segunda parte del Quijote. En su encuentro con su vecino Sancho, Ricote, cuyas palabras muestran la opinión de Cervantes al respecto, reconoció la prudencia política de la medida filipina. Al cabo, dijo ser sabedor de «los ruines y disparatados intentos que los nuestros tenían». Las palabras del tendero, víctima de aquello disparates, no dejan lugar a dudas en cuanto a su patriotismo. De hecho emplea la expresión «patria natural», rótulo que casi calca la definición dada por Covarrubias, en una sentida declaración que concluye reconociendo el rigor del exilio –en África los moriscos fueron llamados despectivamente «cristianos de Castilla»- al que se enfrentó ese colectivo:

              …con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea, y en Berbería y en todas partes de África donde esperábamos ser recibidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y maltratan.

            Poco antes de la expulsión de los judíos, en 1490 se publicó en Sevilla el Universal vocabulario en latín y en romance. Su autor fue Alfonso de Palencia, al que se ha atribuido un origen converso. En dicho vocabulario hallamos una definición de patria, a nuestro juicio, más trascendente que la que utilizaron Ricote y Covarrubias. El cronista real se refiere de este modo a la voz «patria»:

Se llama por ser común de todos los que en ella nascen, por ende debe se aun de prefirir al propio padre, porque es más universal. Et mucho mas durable.

Unas palabras que, más de cinco siglos después, conserva su potencia. En ella se desbordan los límites familiares y se alude al «común», término de resonancias tomistas inserto en fórmulas –pro comund de todos- empleadas incluso en el Nuevo Mundo en las ceremonias fundacionales de cabildos, pero también inserto en sistemas de propiedad que han llegado a nuestros días. El común de vecinos, que aún sobrevive como reliquia del lejano tiempo de repoblaciones y fronteras peninsulares fluctuantes. La definición de Alfonso de Palencia se cierra encareciendo la durabilidad de la universal tierra, atributo fundamental de la misma, si se maneja una idea de patria mínimamente realista, que deje a un lado cursilerías tales como la acuñada por Rilke, capaz de afirmar que la verdadera patria del hombre es la infancia.
En efecto, la durabilidad, es decir, el mantenimiento de su posesión por parte de un colectivo que se reproduce generacionalmente, es un atributo ligado a una patria en la que se inhuman los cuerpos en ella nacidos y de la que se exhuman su energía y recursos. En virtud de la universalidad de la que habla Palencia, no cabe su privatización, el alzarse con la tierra, por emplear una expresión de aquellos días, por parte de una parte de los en ella nacidos. No cabe, por lo tanto, la secesión.

ReAMLOpolitik

Libertad Digital, 23 de abril de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2020-04-23/ivan-velez-reamlopolitik-amlo-mexico-lopez-obrador-coronavirus-90585/

ReAMLOpolitik


Hace poco más de un mes, Andrés Manuel López Obrador, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, sorprendió más a extraños que a propios, al mostrar, en el transcurso de un acto público, una estampita con la leyenda: «detente enemigo que el Corazón de Jesús está conmigo». Obsequios de un pueblo al que, una vez más, aduló, AMLO comparó los detentes recibidos con el escudo protector –término también usado por Unidas Podemos- confeccionado, a su decir, con grandes dosis de honestidad. Un escudo de tintes morales y manifestaciones prosaicas, útil para enfrentarse a la profunda crisis que se atisba, agravada por la irrupción de la pandemia coronavírica. Como es habitual, las declaraciones de Andrés Manuel encontraron un amplio eco en los medios de comunicación. En esta ocasión, muchas de las plataformas que habitualmente se alinean a favor de la Cuarta Transformación que él encabeza, tuvieron que hacer verdaderos contorsionismos para no criticar un gesto que, desde determinadas posiciones confusamente laicistas, serían inadmisibles si su impulsor hubiera presidido, por ejemplo, Polonia.
            Olvidaban muchos de los extrañados, que AMLO llegó a la presidencia mexicana aupado en el Movimiento Regeneración Nacional, cuyo acrónimo, Morena, coincide con el nombre que popularmente se da a la Virgen de Guadalupe que se venera en el Cerro del Tepeyac. Una Virgen cuya estampa no sólo viaja en las carteras de los mexicanos, sino que está presente, desde el lupanar más sórdido hasta el despacho más lucido. AMLO es consciente de que la realidad mexicana está determinada, en gran medida, por factores religiosos. Con una aplastante mayoría de católicos, el presidente es sabedor de que, aunque en menor medida, otros credos y descreimientos tienen acomodo en la sociedad mexicana. Ello explica sus alusiones a los que llamó «librepensadores», pero también a las iglesias evangélicas, que ganan posiciones y que acaso aumenten su implantación si el gobierno federal, tal y como se ha sabido, termina por ofrecer concesiones públicas de radio y televisión a grupos religiosos que, de ser proporcionales al número de fieles, bien podrían tener como anagrama algún motivo guadalupano.
            El uso de estos detentes, similares a los empleados como defensa de las balas durante la Guerra Civil Española, singularmente por aquellos requetés que, al decir de Indalecio Prieto, eran los más peligrosos animales inmediatamente después de tomar la comunión, se ha interpretado como la petición de un acto de fe realizada por alguien de cuya sinceridad religiosa, e incluso de su credo, se duda, pero que ha establecido oportunos vínculos con fechas y lugares ligados a la Virgen patrona de unos mexicanos que ahora se exponen a los efectos de la pandemia, sin un escudo sanitario público que los ampare. En México no se están empleando los test, allí llamados reactivos, por aquello de no entregarse lingüísticamente al gringo, necesarios para conocer el alcance de la infección. Pero también es un hecho, acaso derivado de la escasez de un control sanitario exhaustivo, que el número de muertes por COVID-19 es bastante bajo hasta la fecha, resultado de un confinamiento que, en la Ciudad de México, está siendo riguroso.
            La actitud de Andrés Manuel responde, a nuestro juicio, a un ejercicio de realpolitik ajustado a la sociedad política en la que opera, un México, no lo olvidemos, que celebra anualmente el Grito de Dolores lanzado por un sacerdote, Miguel Hidalgo Costilla, bajo el estandarte guadalupano, símbolo que precedió a la tricolor. En este contexto, el uso de imágenes religiosas tiene una indudable intención funcional, la búsqueda del tiempo y el refugio proveídos por la fe, y unos destinatarios concretos, las generaciones veteranas de mexicanos, escasamente expuestas a corrientes supersticiosas o a los vientos protestantes que soplan desde el norte. Y decimos una determinada fe, porque al otro lado del Atlántico, en la vieja España, la fe está puesta en la Ciencia, con mayúsculas y en singular. Una Ciencia, la invocada por el presidente Sánchez, que no jura sino que promete, y de la que se espera una pronta y salvadora solución en forma de vacuna. Un fideísmo cientificista que, al igual que el que envuelve al detente, sirve para difuminar carencias comunes a ambos lados del charco, tales como la falta de realización de pruebas al grueso de la población o la carestía de mascarillas y medios materiales adecuados contra el contagio.
            Se trata, pues, de dos especies de fe destinadas a sociedades diferentes, de ahí que los discursos de los negrolegendarios AMLO y Sánchez, aunque dirigidos a paliar los efectos de la misma pandemia, no son intercambiables. Difícilmente podríamos escuchar al ex alumno del Ramiro de Maeztu apelaciones a la familia tradicional o a la nación, pues gran parte de su éxito se ha basado, precisamente, en atender a las fisuras abiertas en ambos frentes. Sin estructuras sanitarias estatales suficientes, Andrés Manuel, con su cartera repleta de corazones, es sabedor de que en México el hambre da más cornadas que el coronavirus. Sin apenas estructuras estatales ni industriales, entregadas a las comunidades autónomas, las primeras, y a Europa, es decir, a Alemania y Francia, las segundas, Sánchez espera la llegada de una solución desde aquellas tierras unidas por una bandera en la que flota, lo sepa o no, la corona de la virgen.

En la muerte de Enrique Múgica Herzog ("Tomás Fuenfría")

Libertad Digital, 12 de abril de 2020:
https://www.libertaddigital.com/opinion/ivan-velez/en-la-muerte-de-enrique-mugica-herzog-tomas-fuenfria-90492/

En la muerte de Enrique Múgica Herzog (Tomás Fuenfría)

Un par de cámaras de seguridad flanqueaban la entrada a la vivienda de Enrique Múgica cuando la visité una mañana de marzo de 2014.  En su interior, la escalera que ascendía al piso superior apenas dejaba paso para la circulación. Tabicas y huellas servían como quebrada librería en la que se apoyaban innumerables volúmenes. Antes de acceder al salón donde se iba a celebrar la entrevista, una bicicleta estática ponía un contenido contrapunto dinámico a la quietud libresca. Con gran amabilidad, Enrique Múgica respondió a todas las cuestiones que le fui planteando durante una conversación muy útil para conocer mejor el periodo histórico en que estaba interesado. Recientemente se ha publicado el fruto de aquel trabajo, en cuyas páginas consta mi agradecimiento a sus atenciones. 
El fallecimiento de Enrique Múgica Herzog ha propiciado numerosas necrológicas en las cuales se reconstruye la trayectoria vital de una personalidad muy relevante en la vida política española, razón por la cual, en este escrito nos centraremos en el Múgica que se mueve entre los años 50 y 70. O lo que es lo mismo, en ese Múgica que entró en contacto en 1953 con Federico Sánchez, es decir, con Jorge Semprún. Como es sabido, ese fue el año en el cual, mientras en la URSS moría Stalin, España veía cristalizar sus pactos con el otro protagonista de la Guerra Fría. En ese contexto, según confesión de quien perteneciera a una acomodada familia donostiarra dedicada al negocio de la peletería, al domicilio del joven Enrique comenzaron a llegar revistas procedentes de Francia tras las cuales operaba un PCE que ya había comenzado a virar. En aquel San Sebastián, Gabriel Celaya fue quien conectó a Múgica con El Partido que, un año más tarde, cuando se cumplían 15 años del final de la Guerra Civil, hizo público su Mensaje del Partido Comunista de España a los intelectuales patriotas, escrito en el cual se explicita el aperturismo de un partido que se irá desestalinizando a marchas forzadas, en sintonía con lo que ocurría en Moscú.
Múgica llegó a Madrid para estudiar en la Facultad de Derecho de Madrid en el curso 1953-54. En un mundo universitario marcado por un SEU en el que convivían diversas corrientes ideológicas, el estudiante se dispuso a integrarse en ese ambiente. En la capital, gracias a Eduardo Ducay, conoce a Semprún y comienza a moverse en los ambientes literarios, preferentemente poéticos, atmósfera donde era más sencillo el ejercicio de la crítica política, al amparo de la metáfora. Múgica se relaciona con activistas izquierdistas y falangistas como Francisco Eguiagaray en el Hogar José Miguel Guitarte, local habilitado en honor al líder del SEU y divisionario que le daba nombre. Se trataba, en definitiva, de practicar un entrismo muy diferente al que se estaba llevando a cabo en los ambientes obreros. En este caso, los agentes de tal estrategia eran hombres como Celaya, Blas de Otero o Bardem, compañeros de viaje en la vía intelectual que desembocó, en el caso de Múgica, en su contacto con Pedro Laín y Dionisio Ridruejo. Con el primero, según la confesión de aquella mañana, se fingió liberal, mientras que con Dionisio las cosas fueron más fáciles. Al cabo, el de Burgo de Osma ya acusaba una incipiente democratización, si bien, «conservaba los restos del falangismo, sobre todo en la prosa». Como era habitual en la época, aquellos colectivos se reunían alrededor de revistas. En este caso, de Alcalá.
Establecidos estos vínculos, Múgica permanece vinculado al grupo que hizo público el Manifiesto a los universitarios madrileños, probablemente redactado por Miguel Sánchez-Mazas Ferlosio, publicado el 1 de abril de 1956, es decir, días antes de que, durante el XX Congreso del PCUS, Kruschev pronunciara, ante miles de personas, el Discurso secreto, que abundaba en la desestalinización soviética por la vía, entre otras, de la eliminación del culto a su personalidad. El propio Múgica, que fue detenido junto a algunos compañeros de algaradas universitarias -jaraneros y alborotadores se les llamó desde la oficialidad,- subrayaba que en aquellos episodios convivían hijos de vencedores y de vencidos. De extracción burguesa, añadimos nosotros. Con Ortega como elemento –liberal- cohesionador, de este grupo, que rápidamente salió de Carabanchel, a excepción de Julián Marcos, autor de un soneto contra Franco, surgieron algunos de los nombres que marcaron el panorama político español. Por lo que respecta a Múgica, que abandonó el sector elitista del PCE en 1963, su vínculo con Pedro Laín Entralgo, primer presidente del Comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura, se mantuvo. De hecho él fue el autor de un artículo publicado en el primer número de la revista comunista Nuestras Ideas, editada en Bruselas. El texto se tituló: «Los pasos de Pedro Laín Entralgo por el camino de España».
Su lógico paso al PSOE se produjo de la mano de un histórico, Antonio Amat. Es a partir de entonces cuando su papel político fue más relevante, pues junto a gentes como Ramón Rubial y Nicolás Redondo, fortaleció el papel del PSOE del interior, aquel en quien la socialdemocracia alemana puso sus ojos, y sus marcos, para que el del exilio, el de Rodolfo Llopis, decayera en favor de una organización que hizo la transición del comité nacional al federal. Cuatro años después de que ETA asesinara a su hermano Fernando, Múgica, nombrado Defensor del Pueblo, se dio de baja –requisito indispensable para ocupar ese cargo- del entonces partido del puño y la rosa. Su alejamiento definitivo del PSOE se produjo cuando Zapatero entró en tratos con el brazo político de la banda terrorista. Desde entonces, su actividad en favor de las víctimas de ETA fue tan notoria como meritoria.
Sirvan estas líneas como homenaje al hombre que nos ha dejado.

Pablo Martí Zaro. La libertad y las tablas

Libertad Digital, 2 de abril de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2020-04-02/ivan-velez-pablo-marti-zaro-la-fe-y-las-tablas-90390/

Pablo Martí Zaro. La libertad y las tablas

Nacido en Madrid el 12 de agosto de 1919, fruto de la relación entre el comandante de la Guardia Civil Pascual Martí Pablo e Ignacia Zaro López, el muchacho pasó con su madre a Francia en 1934, estancia en la que perfeccionó su conocimiento del idioma. Movilizado por el bando franquista, una medalla de campaña y una cruz roja del mérito militar adornaron su historial bélico. Terminada la guerra, retomó sus estudios de perito agrícola y regresó a Madrid tras una breve estancia en Pamplona.
En la capital, Pablo Martí Zaro visitaba a diario la Congregación Mariana de Nuestra Señora del Buen Consejo y San Luis Gonzaga, uno de los instrumentos de acción de los jesuitas y comúnmente llamada Los Luises, especialmente el Círculo de San Pablo. Allí se relacionó estrechamente con el padre Jose María Llanos S. J. y con el padre Ángel Carrillo de Albornoz S. J., hombre próximo a José Millán-Astray, que llegó a ser director mundial de las Congregaciones Marianas Universitarias antes de abandonar la Compañía en 1951, luego de hacerse pastor protestante y fundar una familia.
Junto a su fe religiosa, el joven Pablo cultivaba otra pasión: la teatral. En el Madrid de posguerra escribió una obra titulada La Estrella, que le permitió trabar relaciones con gentes del espectáculo como los actores Jacinto San Emeterio, Enrique Guitart y Niní Montián. Pablo Martí llegó incluso a debutar como actor a principios de 1943, cuando participó en la representación del Evangelio según San Juan preparada por el padre Llanos. En el teatro Fontalba, representó el papel de San Pedro dentro de una actividad incluida en la campaña de santificación de fiestas, a cargo del Consejo Diocesano de la Asociación de las Jóvenes de Acción Católica de Madrid-Alcalá.
Las inquietudes artísticas de Martí Zaro hallaron acomodo en el Ateneo. El 13 de enero de 1945, en su Aula de Cultura, leyó su obra Entre tren y tren, que resultó premiada y fue representada en el teatro María Guerrero por la compañía La Carátula, grupo experimental sucesor de Arte Nuevo, colectivo dirigido por José Gordon Paso y José María del Quinto, firmante en 1950, junto a Alfonso Sastre, de un manifiesto para la creación de un Teatro de Acción Social que pretendía
constituirse en el auténtico teatro nacional. Porque a un Estado social corresponde como teatro nacional un teatro social, y no un teatro burgués que desfallece día a día.
De esta compañía surgieron actores como Alfonso Paso y José Luis López Vázquez. A estas actividades se sumaron las colaboraciones en la revista Garcilaso. Juventud creadora, fundada por Pedro de Lorenzo Morales y José García Nieto, bajo el lema La creación como patriotismo. Por ella pasaron firmas como las de Federico Muelas, José María Valverde, Carlos Edmundo de Ory, Vicente Gaos, Carlos Bousoño, Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Leopoldo de Luis, Gloria Fuertes, José Antonio Muñoz Rojas y Dionisio Ridruejo.
Su integración en el Ateneo, del que se hizo socio en mayo de 1946, no cortó sus lazos con Los Luises. De hecho, la Congregación Mariana incorporó, dentro de sus veladas familiares, su drama La llamada, que se representó el sábado 5 de diciembre de 1945, durante una jornada en la que José María Valverde recitó poemas de su libro Hombre de DiosSalmos, elegías y oraciones, y en la que Francisco García Carrillo, amigo de Lorca, ofreció un concierto de piano. La obra de Martí Zaro transcurría en "Finlandia durante la guerra con Rusia en el invierno de 1940". Año y medio más tarde, en junio de 1947, su drama Un caso curioso se publicó en Acanto, revista del CSIC. Ese mismo año asistió a las lecciones que impartió Xavier Zubiri en los locales de La Unión y el Fénix Español. Un curso sólo para varones que había recibido la autorización del obispo de Madrid-Alcalá, y académico de la lengua, Leopoldo Eijo y Garay, en el que participó el monárquico donjuanista Gonzalo Fernández de la Mora. El contacto con Zubiri no terminó ahí, pues lo retomó durante otro curso impartido entre el noviembre de 1950 y abril de 1951. Al magisterio del filósofo donostiarra se unió el de Julián Marías. En febrero de 1951, Martí Zaro asistió a una docena de charlas de don Julián, tituladas Cuenta y Razón de la Filosofía actual, que el discípulo de Ortega impartió en el Colegio Estudio.
A finales de ese año, Pablo Martí Zaro se alzó con el Premio Nacional Calderón de la Barca por El mal que no quiero. El caso estuvo rodeado de cierta controversia, pues la obra premiada había sido Buenas noches, escrita por la dramaturga bonaerense Isabel Suárez de Deza. El jurado, del cual formaba parte José Luis Sampedro, así se había pronunciado por unanimidad. Sin embargo, la pieza quedó lastrada por un defecto de forma, al ser presentada a nombre de otra persona. Ello determinó que el premio se repartiera en tres accésits, uno de ellos a favor de nuestro hombre, que recibió 10.000 pesetas. El premio dio lugar a una carta de felicitación, escrita en papel timbrado del Secretariado Diocesano de Ejercicios Espirituales para Hombres, firmada por el padre Llanos.
Definitivamente, el escritor se había abierto un hueco entre los autores dramáticos del Madrid del momento. Prueba de ello es el hecho de que, en una entrevista concedida a Crítica, José Gordon Paso lo incluyó entre los autores más prometedores. Su nombre quedó impreso junto a los de Buero Vallejo, con quien Martí Zaro mantenía ya una relación epistolar, José Suárez Carreño, Alfonso Sastre, Álvaro de Laiglesia y Medardo Fraile. El 20 de mayo de 1952, La muerte de Ofelia se estrenó en sesión única el Teatro María Guerrero, de la que Torrente Ballester escribió una crítica negativa en Arriba. Estimulado por estos éxitos, su producción no se detuvo. En 1952 se presentó en el Teatro Beatriz Un caso curioso, que fue puesta en escena por el Teatro Español Universitario de la Escuela Central Superior de Comercio. En la misma velada se representaron dramas de Buero Vallejo y Alfonso Paso.
Toda esta actividad literaria propició que su nombre apareciera en la revista AteneoLas ideas, el arte, las letras, en febrero de 1954, dentro de un escrito titulado Quince años de anteguerra junto a quince de postguerra en el teatro. El número incorporaba el artículo "Apunte no comparativo sobre treinta años de nuestro teatro", de Eusebio García-Luengo, colaborador de Índice y habitual del Café Gijón. Martí Zaro aparece en un extenso artículo cuya tesis se explicita en su inicio:
El intervalo forzoso de los años 36 al 39 no supone, ni muchísimo menos, interrupción ni ruptura en ninguna manifestación literaria. Creer lo contrario es, entre otras cosas, estúpido. El genio literario español sigue fluyendo con naturalidad e incluso con fatalidad. Se trata de una gran corriente irrestañable, con todas las derivaciones que se quieran, pero cuyos manantiales han de alumbrarse en nuestra tierra, en nuestra patria. La literatura española que se escriba allende la frontera en eso: española. Y a medida que pase el tiempo correrá forzosamente el peligro de dejar de serlo; esto a mí me parece al mismo tiempo sutil y perogrullesco. El valor de la literatura fuera de España lo sigue dando España. Entiéndase o no esto, la calidad de nuestra literatura de emigración, por ejemplo, sólo podemos darla los españoles.
No hay, pues, a mi juicio, dos períodos claramente partidos por la guerra.
En esas mismas fechas, Martí Zaro fue uno de los cuatro impulsores de la agrupación Teatro de Arte Proteo, surgida a partir de una asociación juvenil en la que destacaban Santiago Molero y el tenor Manuel Villalba. Proteo se dio a conocer con un manifiesto firmado por los citados, José López Clemente, hombre vinculado al No-Do, y Pablo Martí Zaro. En él se afirmaba como "misión indeclinable franquear el acceso de los autores noveles al mundo tangible de la escena, hoy día prácticamente cercada a piedra y lodo, aun cuando se intente aparentar lo contrario". El nombre de la agrupación probablemente lo escogió Martí Zaro, que ya lo había empleado como lema para concursar con El mal que no quiero. La acción más destacada del grupo fue la organización, en abril de 1954, de un ciclo de conferencias sobre teatro, celebrado en el Ateneo de Madrid, que abrió Dionisio Ridruejo con una intervención titulada Interrogantes sobre el teatro. Al de Burgo de Osma le siguieron Alfredo Marqueríe, con Dentro y fuera del teatro; el hispanista irlandés Walter Starkie, que se había instalado en 1940 en España como director del primer British Council, que expuso Teatro británico e irlandés contemporáneo; Nicolás González Ruiz, José Hierro, Gonzalo Fernández de la Mora, Joaquín Calvo Sotelo, Fernando Fernán-Gómez, Eusebio García Luengo, Santiago Melero, Manuel Díaz Crespo, Pablo Martí Zaro y Guillermo Díaz Plaja. La clausura corrió a cargo del director general de Cinematografía y Teatro, Joaquín María Argamasilla de la Cerda y Elío, marqués de Santacara, que en la década de los 20 adquirió cierta notoriedad por su pretendida capacidad para ver a través de objetos opacos, hasta el punto de ser conocido como El hombre con rayos X en los ojos, facultad que, pese a la defensa hecha por Valle Inclán, fue desbaratada en Nueva York por Houdini. Más allá de estos detalles, el ciclo dio inicio a las relaciones entre Martí Zaro y Ridruejo.
Si todo ello ocurría sobre las tablas, en el plano personal, el 23 de noviembre de 1953, a Pablo Martí Zaro se le concedió una vivienda de la Obra Sindical Hogar integrada en el Grupo Virgen del Pilar. Una carta del ministro José Solís Ruiz a Luis Carrero Blanco dio respuesta al "especial interés" que este tenía por nuestro hombre. Acaso esa atención se debiera al hecho de que la esposa del almirante, Carmen Pichot Villa, estaba emparentada con con la que en junio de 1954 matrimonió con Pablo: María Jesús Romera Álvarez.
Asentado en el piso de Avenida de América, en la primavera de 1958, Pablo Martí Zaro recibió una carta de Alejandro Bérgamo Llabrés, notario y consejero secretario de la Fundación March, en la que se le comunicaba la concesión de una Pensión de Literatura dotada con 75.000 pesetas. Junto a él fueron becados: Miguel Delibes, Ildefonso Manuel Gil López, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Rafael Morales Casas, Antonio Oliver Belmás, Jaime Armiñán, Caballero Bonald y Jorge Cela Trulock. Un año más tarde, en junio de 1959, la revista Índice citó su nombre como dramaturgo integrado entre los habituales de la tertulia del Café Gijón. En el listado aparecen: Dámaso Alonso, José Artigas, Manuel Aznar, José Luis Cano, Camilo José Cela, Fernando Díaz Plaja, Fernando Fernán Gómez, Eugenio Frutos, Vicente Gaos, José García Nieto, José Luis López Vázquez, Federico Muelas, Carlos Edmundo de Ory, Andrés Revesz, Santos Torroella, Epifanio Tierno –es decir, Enrique Tierno Galván–, Antonio Tovar y José María Valverde. Ese mismo número dedicó espacio a la revista Encounter, fundada en junio de 1953 con sede en las oficinas de la Sociedad Británica por la Libertad Cultural y financiación de la Fundación Fairfield.
El 14 de abril de 1961, el poeta Salvador Espriu escribió a Jorge Ferrer-Vidal, galardonado en 1960 con el Premio Café Gijón, para solicitarle su colaboración en un nuevo proyecto: la puesta en marcha de una revista titulada Pulso. Su director, que también lo era de Destino, debía ser el periodista Néstor Luján. Con tal objetivo, Espriu solicitaba un comentario sobre el teatro de Buero Vallejo. No pudiendo asumir el encargo, probablemente fue la conexión Gijón la que condujo a Ferrer-Vidal a derivarlo a Martí Zaro. En abril de 1962 apareció el número cero, y único, de la revista.
Inserto dentro de esta tupida red literaria, Pablo Martí Zaro accedió a círculos más politizados. En aquellas tertulias de café se hablaba de figuras literarias, pero también de alternativas ideológicas a la hegemónica. Algunas de ellas comenzaron a canalizarse bajo la aparentemente neutra atmósfera cultural.

Se busca Marshall

Libertad Digital, 26 de marzo de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2020-03-26/ivan-velez-se-busca-marshall-pedro-sanchez-plan-marshall-ue-coronavirus-90336/

Se busca Marshall

Ebrio de europeísmo, en el curso de una de sus interminables intervenciones televisivas, Pedro Sánchez reclamó a la Unión Europea la puesta en marcha de un Plan Marshall capaz de impulsar un gran programa de inversiones públicas en todo el territorio cubierto por el azul marino y las estrellas marianas. Una petición de auxilio coherente con la trayectoria descrita por los partidos hegemónicos españoles de entre cuyas filas se alzaron voces como las de García Margallo, quien, en extravagante metáfora conyugal en relación a la Unión del futuro, se mostró dispuesto a «ceder toneladas gigantescas de soberanía». Con el Reino Unido ya desgajado de este proyecto puesto en marcha durante la Guerra Fría, el reclamo de Sánchez choca con una tozuda realidad: España es contribuyente neto dentro de este club. La pregunta que surge en este contexto, máxime después de ver el trato norteño dado a los PIGS durante la actual pestilencia coronavírica es: ¿quién va a pagar y a quién beneficiaría semejante plan inspirado en aquel que pusieron en marcha los Estados Unidos de Norteamérica contra la Unión Soviética?
Sánchez, tal nos tememos, es un subproducto europeísta más, consecuencia lógica de su pertenencia a una sociedad, plurinacional según Iglesias Turrión, que se distingue por ser la que con más beatería adora el mito de Europa. Una Europa que, tras la irrupción del célebre virus, ha visto cómo las fronteras nacionales, esas que se han tratado de borrar con planes juveniles apadrinados por el mismo Erasmo al que no le placía España y con una moneda común, nunca desaparecieron. Pese al voluntarismo unionista del doctor, la realidad es que las medidas adoptadas durante esta crisis de final incierto, han sido diferentes en cada nación y que cada uno de los miembros del club busca ayuda allá donde la pueda encontrar, incluyendo una China que, naturalmente, juega sus bazas geoestratégicas y comerciales.
No poseemos la ciencia media para columbrar qué pasará en el futuro, sin embargo, sí conocemos lo que ocurrió en el pasado. Allí donde Sánchez o sus asesores han hallado un nuevo rótulo que pueda arrojar algún rédito mediático, mientras se desea la llegada de un punto de inflexión en unas gráficas tras las que se oculta una gran mortandad y una grave crisis económica que, aunque haya propiciado el uso de metáforas alusivas a un escenario bélico, no se ajusta a los devastadores efectos de una guerra como la que terminó en 1945. Somos, por otro lado, conscientes de que la apelación de marshalliana de Sánchez, busca ofrecer la imagen identificable de una estrategia salvadora, casi siempre buscada fuera de nuestras fronteras por nuestros gobernantes. Conviene, no obstante, aprovechar la evocación de aquellos días para extraer alguna que otra conclusión.
Fue después de una guerra real con unos intereses muy concretos, no precisamente basados en un ingenuo altruismo, impensable dentro del tablero de la política, cuando los Estados Unidos pusieron en marcha el Plan Marshall, que comenzó a fraguarse en 1947 y se extendió por Europa hasta 1952. El Plan tenía entre sus principales objetivos el levantamiento de un dique anticomunista que sirviera para implantar un conjunto de democracias propicias para el establecimiento de un mercado menos regulado que el que funcionaba tras los Urales. Como es sabido, España, carente de un sistema político homologado con el estadounidense y todavía lastrada por su colaboración con el Eje, como muy bien reflejó el divisionario Berlanga en el filme ambientado en la folclorizada Villar del Río, vio pasar de lejos aquel Plan. Sin embargo, nuestra nació no se quedó fuera del influjo norteamericano, naturalmente.
Un año después de la extinción de ese Plan, España entró oficialmente en la órbita norteamericana con la firma, en septiembre de 1953, de los convenios España-EEUU, que sirvieron para la implantación de bases militares norteamericanas en España a cambio de ayuda económica y técnica. Este aval supuso un revés para los comunistas españoles, cuyas posibilidades de éxito pasaban por una España aislada, pero también para los liberales, monárquicos donjuanistas y nacionalistas fraccionarios, que vieron cómo el gigante americano daba sus bendiciones al general Franco, en quien Washington vio al gobernante –de un Estado centralizado- capaz de llevar a cabo el trabajo de acumulación capitalista necesario para la implantación de una democracia de mercado, requisito indispensable para entrar en la Comunidad Económica –y subrayamos este adjetivo hoy desaparecido- Europea. Marshall, en efecto, no pasó por España, pero el país del dólar desplegó un amplio programa de becas de las cuales se beneficiaron diversos sectores profesionales. Entre ellos el de la Medicina.
Dos años después de aquella firma, en 1955 llegó a España la campaña «Átomos para la Paz», presente en las ferias de muestras de Valencia y Barcelona. Las exposiciones venían acompañadas de documentales como El átomo y la agricultura, El átomo y la ciencia biológica o El átomo y la medicina, contrapartida audiovisual de la colaboración que condujo a la construcción de centrales nucleares en España. Aquel despliegue, que incidía en las bondandes sanitarias de la tecnología atómica, venía a completar un amplio sistema de becas al que se acogieron cientos de estudiantes y profesionales españoles que viajaron a los Estados Unidos para completar su formación, un alto número de los cuales estaban vinculados a la medicina –los hermanos Grisolía entre ellos-, la farmacia, la óptica o la química, disciplinas imprescindibles para el desarrollo de fármacos y remedios contra las enfermedades.
En definitiva, el actual sistema médico español, tanto el público como el que opera bajo la fórmula de MUFACE, a la que se acogen egregias figuras de nuestra socialdemocracia, es deudor, en gran medida, de aquellas estrategias de posguerra que sentaron las bases de nuestro hoy amenazado, por una insostenibilidad que va más allá de lo epidémico, sistema de bienestar. Teniendo en cuenta estos precedentes, cabe preguntarse, dónde habita hoy, en un contexto en el cual el pulso económico enfrenta a Estados Unidos con China, ese Marshall al que saludar con alegría.

Coronavirus y medicina hispana

Libertad Digital, 19 de marzo de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2020-03-19/ivan-velez-coronavirus-y-medicina-hispana-90253/

Coronavirus y medicina hispana

            La actual epidemia de coronavirus, además de un rastro de muerte del que todavía no conocemos su alcance, está sirviendo para hacer aflorar realidades a menudo ocultas bajo cierta hojarasca ideológica. El pretendido mundo global, sin fronteras, por el cual «migran» los seres humanos, de los cuales ninguno es «ilegal», se ha revelado como un conjunto de sociedades políticas con fronteras nítidas en las que las fuerzas militares y policiales de cada estado soberano, establecen controles poblacionales. En definitiva, la epidemia está suponiendo un doloroso baño de realidad, que hace palidecer los contenidos de ciertas agendas y perspectivas tenidas como urgentes necesidades. En tan incierto contexto, ha surgido un movimiento de apoyo a los sanitarios españoles, que tratan de frenar el avance de un mal que se presentó como muy menor, para no obstaculizar la callejera exhibición de determinados preceptos del feminismo de estricta y moderna observancia. Celebrados los fastos del 8 M, de los cuales fueron expelidas ciertas históricas de un movimiento al que ya no conoce ni el cuerpo gestante que lo parió, el virus, ¡oh casualidad!, comenzó a crecer estadísticamente, para dar forma a una curva de cuyo punto de inflexión nada sabemos hasta la fecha.
            En efecto, después de tan amoratada fecha, la verdad, como dijera Gil de Biedma, desagradable asomó, y obligó al Gobierno a tomar decisiones drásticas, nunca oídas ni vistas en el periodo democrático, ha reiterado Sánchez, tratando de mantener mínimamente el discurso memoriohistoricista que todo lo anega. Confinados por fin en casa, los españoles decidieron mostrar su agradecimiento a los abnegados hombres de la sanidad por su denodado esfuerzo en contener la pestilencia. A tan merecido homenaje pretendemos sumarnos recordando algunos de los hitos de la medicina española. Un homenaje pertinente, por cuanto la Historia de España ha estado unida, en muchos de sus momentos, a las epidemias, a su propagación y a su combate. De hecho, no faltan dedos capaces de señalar acusatoriamente al Imperio español por haber desplegado una suerte de guerra bacteriológica en el Nuevo Mundo, argumento que, aun siendo absurdo, pues no existía posibilidad alguna de impedir el contagio de enfermedades contra las cuales los indígenas, adversarios o aliados, no disponían de defensas, no deja de escucharse cada cierto tiempo.
            Sea como fuere, la actual epidemia ha servido para volver a escuchar el nombre de Francisco Javier Balmis, primer cirujano en el mexicano Hospital de San Juan de Dios, quien, el 30 de noviembre de 1803 se situó al frente de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que partió desde el puerto de La Coruña para llevar al Nuevo Mundo el remedio hallado por Jenner contra la viruela. Puerto Rico, Caracas, La Habana, Mérida, Veracruz y la Ciudad de México fueron sus escalas, lugares desde donde se propagó un remedio que llegó a la todavía novohispana Texas y a Nueva Granada. La vacuna llegó a América gracias a los «niños vacuníferos», huérfanos a los que se les inyectó un fluido vacuno que pasó de brazo a brazo para evitar que perdiera su poder profiláctico. El relevo de estos niños españoles lo tomaron otros veintiséis niños acogidos a un orfanato mexicano que, en septiembre de 1805, partieron con Balmis a bordo del navío Magallanes rumbo a Filipinas. Un año después, la vacuna se difundió por las ciudades chinas de Macao y Cantón, antes de la expedición regresara a Nueva España en 1810.
            Esta campaña interoceánica venía a sumarse a un despliegue de instituciones sanitarias a  ambos lados del Atlántico perfectamente planificado, pues cada ciudad, célula esencial del orbe hispano, debía contar al menos con un hospital, que a menudo era complementado con los servicios sanitarios ofrecidos por las órdenes religiosas, entre las que destacaron las de los hermanos de San Juan de Dios –treinta y tres conventos en las Indias-, san Hipólito, implantada en Nueva España alrededor de 1565 o la de Belén en Guatemala. Como es lógico, las grandes ciudades concentraron el mayor número de hospitales. A finales del XVII, la Ciudad de México contaba con once, seis de ellos fundados en el siglo XVI. Entre ellos, el de la Inmaculada Concepción y Jesús Nazareno, fundado en 1524 por Hernán Cortés para españoles pobres, que hoy sigue en funcionamiento. A este le acompañaba el Hospital Real de Naturales, pagado con el tributo de los indios, y otro dedicado a los mestizos, grupo de complicada delimitación. Fue en la Universidad de esa misma ciudad donde en 1579 se practicó una autopsia a un indio para conocer las causas de su muerte, atribuida a un brote pestilente. Si este fue, grosso modo, el panorama sanitario de la ciudad asentada sobre Tenochtitlan, en Lima hubo desde principios del siglo XVII ocho hospitales dedicados a diferentes enfermedades y colectivos. Según refiere el historiador mexicano Óscar Mazín, en 1775 la ciudad contaba con diez hospitales para una población inferior a los 100.000 habitantes.
            Estos y otros muchos datos, demuestran el elevado nivel histórico de los galenos hispanos, obligados a enfrentarse a muy diversas patologías a lo largo de tan vastos territorios. En muchas ocasiones, su labor se desarrolló dentro de las estructuras eclesiásticas, las mismas a las que perteneció el benedictino Benito Jerónimo Feijoo, entre cuyos muchos escritos dedicados a la medicina, destaca el titulado, «El médico de sí mismo» (Teatro crítico universal, Tomo IV, Discurso cuarto), excelente lectura para tiempos de encierro como los de hogaño.

En la muerte de José Jiménez Lozano

Libertad Digital, 12 de marzo de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2020-03-12/ivan-velez-en-la-muerte-de-jose-jimenez-lozano-90185/

En la muerte de José Jiménez Lozano

            Conocí en persona a José Jiménez Lozano el día 28 de febrero de 2015 gracias a Fernando López Laso. Antes de que se perdiera en la noche, que con tan bella expresión cerró en su día Gabriel Albiac, también frecuentador del escritor nacido en Langa, la necrológica del amigo Fernando, pudimos disfrutar de su hospitalidad en Alcazarén. En aquella casa aislada se acumulaba toda una vida consagrada al cultivo de todos los géneros literarios, que culminó, en lo que a reconocimiento oficial se refiere, con la concesión del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, en el aznariano año de 2002, circunstancia que no pocos plumíferos cainitas se encargaron de subrayar.
            El premio venía a coronar una larga trayectoria periodística que se había iniciado en El Norte de Castilla, en cuyas páginas, y a la sombra de Miguel Delibes, comenzó a aparecer don José en 1956, circunstancia que no impidió que su nombre figurara con cierta frecuencia en el tardofranquista El País, pero también en ABC y La Razón. Nada de eso, tampoco sus colaboraciones en la revista Destino, me habían llevado a Valladolid. El propósito del viaje tenía que ver con la aparición de su nombre en los archivos de Pablo Martí Zaro, figura relevante dentro del Comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura. En efecto, dentro de la documentación depositada en la Fundación Pablo Iglesias, figuraban una serie de apuntes referidos a quien en aquel entonces respondía al siguiente perfil: «Licenciado en Derecho. Estudios superiores de Filosofía, título de Periodista, colaborador en El Norte de Castilla, La Gaceta del Norte, revistas universitarias y de carácter nacional. Actividades de investigación en el Seminario de Historia de Simancas. Traductor de Editorial Fax». En sus apuntes, Martí Zaro dedicó a Jiménez Lozano un par de páginas en las que detallaba el libro que aquella organización, financiada por la Fundación Ford, burladero tras el cual se apostaba la CIA, pretendía financiar dentro de su programa de bolsas de libros. El libro proyectado para ser publicado en 1963 y dotado con 4.000 francos franceses, llevaba por título, Panorama del anticlericalismo español, embrión de Meditación española sobre la libertad religiosa (Ed. Destino, Barcelona 1966), obra en la cual, Jiménez Lozano, corresponsal de su diario en el Concilio Vaticano II, abordó el cambiante panorama religioso que se instaló en el tiempo postconciliar.
            Su preocupación por la cuestión religiosa le acompañó toda su vida, desde aquel Nosotros los judíos, que vio la luz en 1961 y, de hecho fue la vía por medio de la cual, Julián Marías mediante, contactó con comité aludido. Congregadas bajo el común denominador católico y anticomunista del momento, una serie de figuras, entre ellas la del hoy finado, convivieron durante un tiempo, antes de que las divergencias en materia política se hicieran patentes, como se puede advertir en este fragmento de nuestra conversación:

– IV: Y Pujol, ¿cómo era entonces?
– JJL: Hombre, Pujol nos parecía un tío inteligente. Hombre, yo no pensé que eso de Cataluña tampoco me lo podía tomar en serio, porque los catalanes que yo conocía no eran... Eran normales. Luego ya más adelante, ya empezaron con las... Yo conocí a un catalán que se llamaba... El padre de Luis Carandell, y a este otro que se llamaba Serrahima, que llegó a ser conseller, me parece. Tuve mucha amistad con él. Me acuerdo que una de las veces, la primera vez que fui... Él vivía en Sarriá. Y entonces, pues yo, la primera vez que vas a Sarriá, vi un portal así más... me metí allí... y ya estaban con calzón corto: « ¡Uy! estos demócratas cristianos». Y me dijo: «Se ha equivocado usted, esos son los proletarios»... Estaban el señor Vargas Llosa y García Márquez, que estaban ahí bien pagados. No, estos por la CIA no, estaban pagados y tenían un portero con un coche.
– IV: ¿Y a Josep Benet lo conoció?
– JJL: No. Eso..., Trapiello me hubiera enemistado con él, porque siempre me oponía a Benet.
– IV: No, no, me refería a Josep Benet, el catalán.
– JJL: ¿A Josep? Sí, sí, a Josep Benet, sí. Hombre, era un tipo... No era separatista... Yo he pasado mucho miedo con estos separatistas, porque una de las reuniones que hubo... Yo no sé, esta no, una de las reuniones, esta era... que juré no volver a Montserrat en la vida. Esta fue en Montserrat. La primera bobada que me dijeron fue que si quería ocupar la habitación del presidente Azaña, y digo: «Pues no» (Risas). « ¿Por qué?»; «Porque no, me da igual cualquiera». Bueno, yo veía a la policía dando vueltas... un miedo espantoso. Y yo le dije a un amigo: «Oye ven a buscarme», y se reía, y me dijo: «Pero vamos a ver ¿no te ha dicho Gironella que ahí no pueden entrar?» (Risas).
– IV: Pero Benet sí fue un separatista, luego, furibundo.
– JJL: No, mejor, porque luego... ¿era separatista a la hora de la verdad Pujol? Pues yo no lo sé. Yo no creo que la gente sea tan táctica sino que se monta al caballo cuando las cosas están hechas. Yo no creo que fueran en absoluto.
– IV: Porque Pujol...
– JJL: La prueba es que sus padres, sus abuelos pensaban lo mismo y no hicieron el... Pero claro, como decía don Juan Carandell: «Si viene Suárez, llama a vascos y catalanes y les deja sin respiración, porque les ofrece cien veces más de lo que piden, pues claro, a ver, tienen ahí un ancho para respirar, para ser separatistas ya...». Pero lo de la lucha contra Franco entre intelectuales era una cosa de risa completamente, de risa. Son unos desgraciados, porque luego a mucha gente la echaron por delante. Como ha pasado siempre, claro. ¿La revolución quién la hace? Pepito, el de abajo, claro. ¡A ver quién la va a hacer! Unos cobrando y otros sin cobrar, que es lo malo. Cobrando, todavía...
Sirvan estos datos para completar la biografía de quien hoy ha exhalado su último aliento.

Que no había christiano que no oviese dolor dellos

Libertad Digital, 5 de marzo de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2020-03-05/ivan-velez-que-no-habia-christiano-que-no-oviese-dolor-dellos-expulsion-judios-reyes-catolicos-hernan-cortes-mexico-tenochtitlan-90141/

Que no había christiano que no oviese dolor dellos
           
            Salieron de las tierras de sus naçimientos chicos e grandes, viejos, a pie e caballeros en asnos y otras bestias y en carretas, e continuaron sus viajes cada uno a los puertos que habían de ir. E iban por los caminos e campos por donde iban con muchos trabajos e fortunas, unos cayendo, otros levantando, otros muriendo, otros nasçiendo, otros enfermando, que no había christiano que no oviese dolor dellos. E siempre por do iban los convidaban al baptismo, e algunos con la cuita se convertían e quedaban, pero muy pocos, y los rabíes los iban esforçando e hacían cantar a las mujeres e mancebos y tañer panderos e adufos para alegrar a la gente. E así salieron de Castilla.

            Con estas conmovedoras palabras describió Andrés Bernáldez, cura de la aldea sevillana de Los Palacios y capellán de Diego de Deza, sucesor de Torquemada como Inquisidor General, el lastimero desfile de las familias sefarditas que hubieron de tomar el camino del exilio después de rechazar las condiciones impuestas por los Reyes Católicos para permanecer en sus reinos. El fragmento reproducido forma parte de la Crónica a los Reyes Católicos don Hernando y doña Isabel, escrita por el cristiano viejo pacense que, aunque cultivador de todos los tópicos que rodearon a los conversos, a quienes calificó de «logreros», y firme partidario de la Inquisición, incorporó una alta dosis de emoción a las escenas protagonizadas por los judíos que se mostraron refractarios de recibir las aguas bautismales. Razones había para el lamento, pues aunque los Reyes Católicos trataron de proteger, en su salida de sus reinos, a quienes hasta entonces habían formado parte de su tesoro, los abusos que sufrieron aquellas columnas hebreas camino del exilio, fueron frecuentes. Mucho se ha especulado en relación a los motivos que llevaron a los reyes a una decisión de la que existían numerosos precedentes en los reinos cristianos europeos. En el caso español, el principal impulso que operó tras esta medida, fue religioso. Así lo confirman estas palabras de Torquemada escritas meses después de la toma de Granada. Según el prior de Santa Cruz, los judíos debían ser expelidos debido al «grand daño que a los christianos se ha seguido y sigue de la partiçipaçión, conversaçión, comunicaçión que han tenido e tienen con los judíos».
            El edicto, firmado el último día de marzo de 1492, tuvo los dolorosos  efectos descritos por Bernáldez, unas consecuencias perfectamente previsibles que, sin duda, debieron ser valoradas antes de la toma de una medida tan expeditiva. De sobra sabían los signatarios de aquel documento de las penurias que se derivarían de aquel acto, del mismo modo que, casi tres décadas después, Hernán Cortés fue consciente de que el cerco a Tenochtitlan, con la asfixia del abastecimiento de alimentos y la rotura del acueducto que proveía de agua potable a los mexicas, producirían sufrimientos indecibles. En este contexto, se observan con nitidez las contradicciones, a menudo existentes, entre la ética y la política, entreverada esta última, en aquellos días, por aspectos religiosos. Todo ello da pie a un interesante paralelismo entre lo narrado por Bernáldez y ciertos pasajes de la Tercera Carta de Relación de Cortés, en los cuales el conquistador se duele de los padecimientos de lo que hoy llamaríamos sociedad civil. Frente al «no había christiano que no oviese dolor dellos» bernaldiano, podemos oponer el «y era tanta la grita y lloro de los niños y mujeres, que no había persona a quien no quebrantase el corazón» cortesiano. Frente a la descripción del abandono de España por parte de los judíos, la salida de los últimos habitantes de la ciudad lacustre de Tenochtitlan, con la que cerramos este escrito, ofrece una imagen similar a la que se reproduce con cada conflicto bélico, independientemente de sus razones y localización.

… y los de la ciudad estaban todos encima de los muertos, otros en el agua, otros andaban nadando, y otros ahogándose en aquel lago donde estaban las canoas, que era grande, eral tanta la pena que tenían, que no bastaba juicio a pensar cómo lo podían sufrir; y no hacían sino salirse infinito número de hombres, mujeres y niños hacia nosotros. Y por darse prisa al salir, unos a otros se echaban al agua, y se ahogaban entre aquella multitud de muertos, que según pareció, del agua salada que bebían y del hambre y mal olor, había dado tanta mortandad en ellos, murieron más de cincuenta mil ánimas. Los cuerpos de las cuales, para que nosotros no alcanzásemos su necesidad, ni los echaban al agua, porque los bergantines no topasen con ellos, ni los echaban fuera de su conversación, porque nosotros por la ciudad no volviésemos; y así por aquellas calles en que estaban, hallábamos los montones de muertos, que no había persona que en otra cosa pudiese poner los pies; y como la gente de la ciudad se salía a nosotros, yo había proveído que por todas las calles estuviesen españoles para estorbar que nuestros amigos no matasen a aquellos tristes que salían, que eran sin cuento. Y también dije a todos los capitanes de nuestros amigos que en ninguna manera consintiesen matar a los que salían, y no se pudo tanto estorbar, como eran tantos, que aquel día no mataron y sacrificaron más de quince mil ánimas…

miércoles, 26 de febrero de 2020

Delcy Rodríguez y El Dorado

Libertad Digital, 21 de febrero de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2020-02-21/ivan-velez-delcy-rodriguez-y-el-dorado-90038/

Delcy Rodríguez y El Dorado

El reciente paso, levitatorio en principio, gravitatorio después, de la vicepresidente de la República Bolivariana de Venezuela, Delcy Eloína Rodríguez, por el aeropuerto de Barajas, ha dejado un preocupante rastro de sospechas a propósito del contenido de las cuarenta maletas que, tras viajar en la bodega de su avión, se cargaron a pie de pista en un vehículo de la embajada venezolana en España y salieron del aeródromo sin pasar ningún control de seguridad. Las especulaciones sobre lo que albergaban esos bultos apuntan al movimiento de documentación, lógico dadas las conexiones podemíticas y socialistas, Morodo y ZP mediante, con el régimen bolivariano, pero también, dado el precedente del decomiso de una avioneta venezolana con 932 kilos de oro de alta pureza, de otras materias más valiosas. En definitiva, no son pocos los que creen que, al igual que ocurriera con el barco que Hernán Cortés mandó a España desde Veracruz, cargado de regalos que asombraron incluso a Alberto Durero, la aeronave fuera «lastrada de oro», ya sea en su forma metálica ya en timbrado formato vegetal.
La salida de oro de Venezuela ofrece la oportunidad de regresar a las primeras fases de hispanización de aquellas tierras, periodo abierto con la llegada de Alonso de Ojeda a unas costas en las que los barbudos avistaron una suerte de palafitos que a Américo Vespucio, integrante de la expedición, le recordaron a Venecia, razón por la cual bautizaron el lugar como Venecia Chica o Venezuela. Aunque aquellos territorios quedaron incorporados a los dominios hispanos, suelen desatenderse, ensombrecidos por la grandeza de las conquistas de los imperios mexica e inca. Sin embargo, los hechos acaecidos en Venezuela son fundamentales para refutar muchos de los atributos de la leyenda negra antiespañola. Nos referimos, en concreto, a los protagonizados por los banqueros alemanes a los que Carlos I favoreció, obligado por los compromisos financieros adquiridos con ellos durante el tiempo de sobornos que le condujo a su elección como emperador.
Dos fueron las familias, ambas originarias de la ciudad alemana de Augsburgo, en las que se apoyó el monarca: los Fugger y los Welser, apellidos españolizados como Fúcares y Bélzares. Con la primera de ellas ya había mantenido relaciones el abuelo de Carlos, Maximiliano. En cuanto a los Welser, su fortuna se debe al talento de Antón Welser, que se dedicó a la explotación de minas de plata y al comercio de textiles flamencos y lana inglesa. Fue esta familia la que se acogió a la posibilidad abierta en 1525, cuando se permitió que los extranjeros pudiesen establecerse en el Nuevo Mundo del mismo modo que los españoles. Así, el 28 de marzo de 1528 consiguieron la exclusividad para la conquista y colonización de un territorio que hoy pertenece a Colombia y Venezuela. Sin embargo, la implantación venezolana de los Bélzares, lejos de ofrecer una suave alternativa al modo hispánico, mostró formas más cruentas con respecto a la población indígena, sin que por ello la actual Alemania se haya resentido en su imagen. Los Welser, en todo caso, son tratados como privados que no representan a la nación germana.
Según el acuerdo inicial, los banqueros se comprometían a fundar dos pueblos de trescientos habitantes y a construir tres fortalezas. Asimismo, debían enviar a la zona 50 técnicos para explotar las minas de su rico subsuelo. A todo esto hemos de sumar el compromiso de armar una escuadrilla de cuatro navíos con doscientos hombres cada uno. La Corona, por su parte, otorgaba el título vitalicio de Gobernador y Capitán General para el jefe de la expedición y de teniente de las fortalezas que construyera, a los que hay que sumar el título de alguacil mayor y de Adelantado de las tierras descubiertas y pobladas, así como la exención del pago de numerosos impuestos. También se les concedía el 4% de todos los beneficios de la conquista e incluso se les permitía la esclavización de indios que no acataran el requerimiento del doctor Palacios Rubios, de cuya venta debían descontar el habitual quinto real.
Todo ello propició que Ambrosio Alfinger se convirtiera en el primer gobernador de Venezuela desde 1529 hasta 1533, cuando fue asesinado por los indios tras partir en busca de El Dorado, prueba de que el influjo áureo no era exclusiva de españoles. A Ambrosio le sucedió Nicolás Federmann que, obsesionado por descubrir el mítico lugar, emprendió una expedición que terminó en febrero de 1539 en Santa Fe de Bogotá al coincidir con Gonzalo Jiménez de Quesada y Sebastián de Belalcázar. La muerte vendría a visitarle en febrero de 1542 en la cárcel de Valladolid, a la que fue conducido tras ser acusado de numerosos delitos.
El gobierno de los Welser hubo de ser intervenido varias veces por la Audiencia de Santo Domingo por sus reiterados intentos de evadir impuestos, hasta que, finalmente, el Consejo de Indias les retiró la concesión en 1546, pues a los asuntos financieros hemos de añadir el poco interés que los alemanes mostraron en lo tocante a la predicación de la fe católica entre los indígenas, relajamiento acaso motivado por las simpatías que pudieran tener con el luteranismo.
             La conducta de estos «mercaderes» en tierras venezolanas no escapó a las críticas de fray Bartolomé de Las Casas, si bien, ello no impidió que, siglos más tarde, Simón Bolívar, cuyo culto sigue vivo en unas repúblicas que se reclaman herederas de su obra, por más que don Simón nunca reparara en aspectos fundamentales del credo que se autocalifica como bolivariano, se refiriera a España, nunca a Alemania, como «desnaturalizada madrastra» o «vieja serpiente».
            Hoy, como antaño, los negrolegendarios hombres bolivarianos conservan la lucrativa fascinación áurea, haciendo buenas aquellas palabras de Bernal Díaz del Castillo, en las que, después de referirse al servicio a Dios y al rey, ideales hoy sustituidos por «la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones», contenidos en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, impulsada por Hugo Chávez al finalizar el siglo XX, expuso los motivos que le empujaron a arriesgar su vida: «por haber riquezas, que todos los hombres comúnmente venimos a buscar».

Erra y Ponsatí: fenotipos y leyenda negra

Libertad Digital, 14 de febrero de 2020:
https://www.libertaddigital.com/opinion/ivan-velez/erra-y-ponsati-fenotipos-y-leyenda-negra-89995/


Erra y Ponsatí: fenotipos y leyenda negra

            «Creemos que nuestro pueblo es de una raza superior a la de la mayoría que forman España. Sabemos por la ciencia que somos arios. […] También tenderemos a expulsar todo aquello que nos fue importado de los semitas del otro lado del Ebro: costumbres de moros fatalistas».

            Así, en un vano intento de justificar su racismo con una apelación a la ciencia, se manifestaba en 1900 el dramaturgo federalista barcelonés, Pompeyo Gener. Arrumbada había quedado la bata blanca con la que intentó convertirse en médico, mas no determinado influjo frenológico con el que trató de establecer el hecho diferencial craneano que, a su juicio, distinguía a los catalanes, arios al cabo, de los semitas avecindados al sur del Ebro.
            Ciento veinte años más tarde, Anna Erra, alcaldesa de Vich, integrada en la misma facción del supremacista Torra, tomó la palabra en el Parlamento de Cataluña para criticar que los «catalanes autóctonos» se dirigieran en castellano (sic) a toda aquella persona que «por su aspecto físico o por su nombre no parezca catalana».
            La jornada tuvo, además, un foco negrolegendario europeo localizado en la ciudad francesa de Estrasburgo, donde la sediciosa huida, Clara Ponsatí, lanzó al aire del Parlamento Europeo la siguiente frase: «Uno de los crímenes más graves contra el pueblo judío tuvo lugar en 1492, cuando los denominados Reyes Católicos ordenaron su expulsión. Este primer episodio de antisemitismo de Estado fue admirado por Hitler, que trató de superarlo», desahogo tras el cual trató de establecer un paralelismo entre los judíos y los catalanes, víctimas ambos, a su parecer, de la secular intolerancia española. Como es natural, semejantes afirmaciones desencadenaron un alud de críticas a la que nos sumamos por medio de este escrito. Lo primero que sorprende de las afirmaciones ponsetianas es que estas se hayan realizado en territorio francés, del cual los judíos fueron expulsados hasta en cinco ocasiones entre finales del siglo XII y mediados del XV. En cuanto a la supuesta inspiración hispana de Hitler para llevar a cabo el Holocausto, ha de saber nuestra compatriota doña Clara, que el «Führer» tenía de Isabel la Católica una muy negativa imagen que le llevó a decir que la reina castellana era «la mayor ramera de la Historia». Conviene, además, establecer distancias nítidas entre los motivos que llevaron a los Reyes Católicos, decisión en la que parece ser que tuvo más que ver Fernando que Isabel, a expulsar a los judíos, y las que movieron a Hitler a adoptar la «Solución final». Una diferencia que orbita en torno a la cuestión racial y que es favorable a los reyes españoles, por cuanto estos permitieron la permanencia de todos aquellos judíos, a despecho de su supuesto fenotipo, que abrazaran la fe católica, mientras que en la decisión hitleriana lo que pesaron fueron motivos muy cercanos a los cultivados por el pretendidamente ario Gener.
            Otros fueron, en efecto, los espejos históricos en los que se miró Hitler y el democrático colectivo nacionalsocialista sobre el que se apoyó para alcanzar el poder. Nos estamos refiriendo, naturalmente, al muy antisemita Martín Lutero, firme partidario del uso del fuego contra los hebreos, cuya efigie convivió con la esvástica dentro de una propaganda nazi que a principios de 1941 abandonó la tipografía gótica al descubrir su origen judío. Meses antes, la ciudad holandesa de Róterdam había quedado devastada bajo las bombas alemanas, que destruyeron la cuna de ese mismo Erasmo que, tras recibir, por dos veces, la invitación del cardenal Cisneros para visitar Alcalá y participar en la Biblia Políglota, escribió una carta a Tomás Moro en la que incluyó su célebre «Non placet Hispania», fórmula con la que expresó su desagrado en relación a una nación con excesiva cantidad de judíos.
            Manipulaciones históricas e impúdicas manifestaciones, todo sirve a una causa, la lazi, marcada por una constante pulsión racista que se abre paso con cierta frecuencia y que cuenta con innumerables precedentes. Por citar alguno, podríamos acudir al federalista Valentín Almirall, autor de una obra, El Catalanismo. Motivos que lo legitiman. Fundamentos científicos y soluciones prácticas, en la que se invoca también a la ciencia y en la cual podemos hallar manifestaciones del siguiente jaez:

«España no es una nación una, compuesta por un pueblo uniforme. Más bien es todo lo contrario. Desde los más remotos tiempos de la historia, una gran variedad de razas diferentes echaron raíces en nuestra península, pero sin llegar nunca a fusionarse. En época posterior se constituyeron dos grupos: el castellano y el vasco-aragonés o pirenaico. Ahora bien, el carácter y los rasgos de ambos son diametralmente opuestos».
«El grupo central-meridional, por la influencia de la sangre semita que se debe a la invasión árabe, se distingue por su espíritu soñador [….]. El grupo pirenaico, procede de razas primitivas, se manifiesta como mucho más positivo. Su ingenio analítico y recio, como su territorio, va directo al fondo de las cosas, sin pararse en las formas».

            Años más tarde, el secesionista Daniel Cardona, que participó en la fundación del grupo Bandera Negra, percibió las diferencias entre los que Anna Erra ha llamado «catalanes autóctonos» y los que no tenían la dicha de serlo. «Un cráneo de Ávila, no será nunca como uno de la Plana de Vic. La Antropología habla más elocuentemente que un cañón del 42», sentenció quien participara en la bufa intentona de proclamación de la República Catalana, tras la cual, del mismo modo que Puigdemont y su cohorte de fugados protegidos por Europa, cruzó los Pirineos.

Malsines y testigos anónimos

Libertad Digital, 13 de febrero de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2020-02-13/ivan-velez-malsines-y-testigos-anonimos-89969/


Malsines y testigos anónimos

«Al que difama en secreto a su prójimo lo hago desaparecer; al de mirada altiva y corazón soberbio no lo puedo soportar.»

Salmos, 101, 5

            Malshinim o malsines son términos, el primero hebreo, el segundo castellano, aplicados a quienes difaman a otros judíos. El descubrimiento de un individuo que comprometía la siempre complicada existencia del pueblo de Israel determinaba la aplicación de severos castigos entre los que cabía la ejecución del malsín.
            En España, el fenómeno de la malsinería, ya documentado en el siglo XIII, alcanzó su máximo vigor durante la convulsa centuria posterior, en la cual las aljamas sufrieron graves daños. Fue en ese tiempo cuando las comunidades hebreas pidieron permiso al rey, de cuyo tesoro formaban parte, tal y como se puede leer en el Fuero de Cuenca -«los judíos son siervos del Rey y están confiados a su tesoro»-, para perseguir a estos difamadores. La concesión regia creó, no obstante, un clima de desconfianza y recelos dentro de unas juderías que, además, debían hacer frente a elevadas multas por la existencia de judíos malsines. Con su suerte ligada a la de la propia monarquía, algunos judíos perdieron la vida tras ser acusados de malsines. Tal fue el caso de Yosef Pichón, contador mayor de Enrique II que, tras la muerte de este, fue ejecutado después de recibir la condena de la aljama de Burgos. Después de las matanzas de 1391 comenzó el decaimiento de la malsinería judía, debido no solo al recorte del que fue objeto la jurisdicción hebraica, sino también por el aumento del número de conversos, es decir, de aquellos que abandonaron la ley mosaica para hacerse cristianos con mayor o menor dosis de sinceridad. En el curso de este flujo humano, la malsinería cambió de bando y comenzó a señalar a aquellos que judaizaban.
            En este contexto, en 1432 en Castilla se estableció una nueva regulación, las Ordenanzas o «Takkanoth» de Valladolid, impulsadas por Abraham Benveniste quien, gracias a Juan Hurtado de Mendoza, accedió a la Corte de Juan II. Elaboradas por los propios judíos y aprobadas por las Cortes de Valladolid, en ellas se contenían las leyes por las cuales debía regirse el colectivo sefardita. Gracias a los «Takkanoth» los israelitas, a pesar de profesar otra religión, se convertirían en una parte del reino de Castilla, alcanzando un inédito grado de reconocimiento. En cuanto al contenido de esas ordenanzas, podemos destacar que en ellas se dispuso un impuesto familiar sobre la carne y el vino «judiegos» o kosher, las bodas, los funerales y las circuncisiones. Con el dinero recaudado se sostendría un maestro de niños que enseñaría la fe y escritura hebrea, garantizando de este modo la continuidad del colectivo sefardí, que pretendía depurarse. En este optimista contexto, la malsinería se siguió persiguiendo con dureza. Quienes incurriesen en esa práctica, serían expulsados de sus comunidades de un modo tan expeditivo que ni siquiera sus restos mortales podrían ser inhumados en los cementerios de las aljamas.
            Apenas faltaba medio siglo para que en España se implantara la Inquisición, tribunal de la fe dedicado a perseguir la herética pravedad. Es durante su desarrollo procesal cuando reaparecerá la malsinería, ligada a los testigos, que eran examinados para averiguar si deponían con «odio y malquerencia o por otra mala corrupción». Con ese fin, se recurría a otras personas que informaran acerca de la «conversación, y fama, y conciencia» de estos. La pérdida de prestigio no era, en modo alguno, el único riesgo que corrían los testigos. Sus declaraciones podían poner en riesgo sus personas y bienes, por lo que los inquisidores estaban facultados para omitir la publicación de sus nombres. Es así como se llega a las llamadas denuncias anónimas, tras las cuales, a nuestro juicio, subyace, entre otros factores, un sustrato malsín. En efecto, ha de tenerse en cuenta que los cristianos nuevos, considerados apóstatas o puros oportunistas por sus antiguos compañeros de religión, eran tenidos mal vistos desde la perspectiva judía, pero a su vez, de ser cierta su conducta judaizante, habrían regresado a su comunidad originaria. Quedaba, de este modo, abierta la posibilidad de castigar, hasta la muerte a los malsines cristianos, razón por la cual se procedió a la omisión de su nombre.
            Con el correr de los tiempos, «malsinería» y «malsín», términos todavía incorporados a nuestro Diccionario, fueron perdiendo vigencia, hasta tal punto que Francisco de Quevedo usó el segundo de ellos en un romance, El Cid acredita su valor contra la envidia de cobardes, del cual aclaró que estaba escrito «en lenguaje antiguo»:

Estando en cuita y en duelo,
denostado de zofrir,
el Cid al rey don Alfonso
fabló de esta guisa; oíd:
Si como atendeís los chismes
de los que fablan de mí,
atendiérades mis quejas
mi sandez toviera fin.
No supe vencer la invidia,
si  supe vencer la lid,
pues hoy desfacen mis fechos
los dichos de algún malsín.