lunes, 24 de junio de 2019

Fraude en 1936. ¿Fraude en 2019? Paralelismos

OkDiario, 10 de abril de 2019
https://okdiario.com/opinion/fraude-1936-fraude-2019-paralelismos-3969738


Fraude en 1936. ¿Fraude en 2019? Paralelismos

            El próximo 28 de abril se celebrarán unas elecciones generales en las que muchos han visto una reedición de hechos pasados. Una victoria del PSOE abocaría al partido del puño y la rosa a renovar, con un inaceptable coste para la nación, el pacto que llevó al doctor Sánchez a pernoctar en La Moncloa. Para seguir alojado en tan distinguido edificio, Sánchez debería seguir pactando –léase, haciendo concesiones- con ese Podemos en el que muchos adivinan perfiles comunistas, pero también con las plataformas de los colectivos más desleales y rapaces de la nación española. Ante este panorama, la tentación de establecer paralelismos es poderosa, máxime si se tiene en cuenta que desde los tiempos de Zapatero se puso en marcha una poderosa maquinaria ideológica que se desarrolló a la sombra de un oxímoron llamado Memoria Histórica, rótulo tras el cual han crecido diversos colectivos que no están dispuestos a que los hechos ocurridos desde hace ocho décadas en adelante, abandonen la actualidad mediática. Como efecto de todo ello, Franco sigue presente a diario en las telepantallas, ya sea para rescatar su imagen en los archivos del NO-DO ya para especular a propósito del lugar último en el que debe descansar su momia.
            La forzada actualidad de unos hechos del pasado instrumentalizados con objetivos políticos y económicos ofrece, no obstante, la oportunidad, siempre abierta, de bucear en archivos para exhumar documentos amarilleados por el paso de las décadas. Papeles que permiten ajustar el análisis de una época que distó mucho de ser una Arcadia democrática que un grupo de militares africanistas rociados de agua bendita se encargaron de alterar. La mitificada II República dejó un caudaloso reguero de sangre y muchos episodios que cuestionan el mantra, mil veces invocado, de una arbitraria ruptura de la legalidad llevada a cabo por la España más ultra y reaccionaria.
            En efecto, tal y como demostraron Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García en su 1936. Fraude y violencia en las elecciones del frente popular, la cita electoral prebélica distó mucho de ser un modelo de pulcritud democrática. Como muestra de las graves irregularidades que se dieron en aquellas fechas, nos referiremos a un caso que cualquiera puede consultar en el Archivo Histórico Provincial de Cuenca. En ese edificio que en tiempos fue cárcel de la Inquisición, se conserva un revelador expediente que tiene como protagonista a Ramón Portela Prado, abogado natural de Puerto Rico y vecino de esa misma Cuenca en la que Indalecio Prieto pronunció su discurso el 1 de mayo de 1936. En tan simbólica fecha, el socialista lanzó al aire palabras del siguiente tono: «A medida que la vida pasa por mí, yo, aunque internacionalista, me siento cada vez más profundamente español. Siento a España dentro de mi corazón y la llevo hasta el tuétano de mis huesos…».
            Sin embargo, dos días después de tan patrióticas soflamas, se produjeron los hechos juzgados el 4 de noviembre de 1939. Durante el proceso quedó comprobado que Portela, miembro de Izquierda Republicana, se dirigió hasta Castillejo de la Sierra acompañado por tres motoristas. Una vez allí sustrajo las actas de la elección. Todavía impune, Portela Prado ocupó el cargo de Gobernador Civil de la capital desde el 20 de Agosto hasta el 6 de Octubre de 1936, fecha en que marchó a Valencia, donde se desempeñó como Abogado del Estado para huir, acaso a su Puerto Rico natal, desde Barcelona. Aquellos hechos le procuraron una condena de pérdida total de sus bienes y de doce años de inhabilitación absoluta, con extrañamiento del territorio nacional. Más de ocho décadas después, no cabe imaginar un motorizado robo de votos, si bien existen métodos más sutiles que el expuesto, formas discretas que bien pudieran reeditar aquellos hechos que precedieron a la catastrófica Guerra Civil.

Cortés, la serpiente emplumada y los sobrecargados agravios

OkDiario, 1 de abril de 2019
https://okdiario.com/opinion/cortes-serpiente-emplumada-sobrecargados-agravios-3926660


Cortés, la serpiente emplumada y los sobrecargados agravios

«El Gobierno de México propone a Su Majestad que se trabaje a la brevedad, y en forma bilateral, en una hoja de ruta para lograr el objetivo de realizar en 2021 una ceremonia conjunta al más alto nivel; que el Reino de España exprese de manera pública y oficial el reconocimiento de los agravios causados y que ambos países acuerden y redacten un relato compartido, público y socializado de su historia común, a fin de iniciar en nuestras relaciones una nueva etapa plenamente apegada a los principios que orientan en la actualidad a nuestros respectivos estados y brindar a las próximas generaciones de ambas orillas del Atlántico los cauces para una convivencia más estrecha, más fluida y más fraternal». Las palabras reproducidas forman parte de la carta que Andrés Manuel López Obrador, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, envió al rey de España, Felipe VI, luego de hacer lo propio con el Papa Francisco.
Bajo las vaharadas posmodernas que envuelven las manifestaciones de AMLO, subyacen los viejos resabios negrolegendarios que, acuñados en el XIX, afloran cuando la ocasión lo requiere. En este caso, el recientemente elegido por los votantes mexicanos, ha decidido introducir el factor Cortés dentro de la complicada situación a la que le ha conducido su guerra contra el guachicoleo, que así se denomina el tráfico ilegal de combustible en el petrolífero México. Maniobra de distracción o no, el recurso al victimismo ligado a la conquista muestra hasta qué punto gran parte de la opinión pública, que no académica, mexicana, sigue imbuida de una visión distorsionada de hechos acaecidos hace ahora quinientos años.
La petición de AMLO llega, no obstante, casi dos siglos de retraso, pues el 29 de diciembre de 1836, la reina Isabel II estampó su firma en el Tratado definitivo de Paz entre la República Mexicana y S.M.C. la Reina Gobernadora de España, documento en el que se contienen estas declaración de intenciones: «Y esta amnistía se estipula y ha de darse por la alta interposición de S. M. C., en prueba del deseo que la anima de que se cimente sobre principios de justicia y beneficencia la estrecha amistad, paz y unión que desde ahora en adelante, y para siempre, han de conservarse entre sus súbditos y los ciudadanos de la república mexicana». No hay, por lo tanto, motivo alguno para buscar polémicas que ya estaban cerradas, en el terreno oficial en el que ahora pretende moverse AMLO, apenas quince años después de ese 1821, fecha fundacional de la nación política mexicana, a la que don Andrés Manuel parece no encontrar tantas objeciones como las que encuentra en los hechos ocurridos tres siglos antes.
Muchos son, por otro lado, los errores que contiene la carta del Presidente. En ella, por ejemplo, afirma que la incursión hispana fue «un acto de voluntad personal contra las indicaciones y marcos legales del Reino de Castilla y la conquista se realizó bajo innumerables crímenes y atropellos». Sin embargo, el conocimiento documental que poseemos desmiente por completo esta visión personalista de los hechos encabezados por Hernán Cortés. Una visión que ya combatió en su día el propio Bernal Díaz del Castillo, cuya firma aparece en la Petición al cabildo de Veracruz hecha por los vecinos de aquel primer municipio fundado en 1519. El documento, estudiado por María del Carmen Martínez, es un ejemplo de la compleja estructura del Imperio español, tan apoyado en la espada como en la pluma que, con tanta destreza, sostuvo Cortés, tan vencedor sobre el campo de batalla como en la atmósfera legalista de los despachos. Al cabo, el de Medellín conservó la cabeza sobre sus hombros hasta el momento de su fallecimiento, en lugar de perderla, como hubiera ocurrido si se le hubiera considerado rebelde al rey.
Las palabras de AMLO desvían también la atención hacia unos terrenos, los del «relato», que no pueden ocultar la realidad con la que se toparon los barbudos. Entre los volcanes y lagos por los que se adentraron aquellos españoles, los mexicas, gobernados por un emperador con atributos de semidiós y por una casta sacerdotal que hundía el cuchillo pétreo en el tórax de los destinados a ofrecer su corazón a los dioses, mantenían un cruel y hegemónico poder militar que Cortés se encargó de desmantelar. La obediencia al lejano rey del que hablaba el de Medellín a través de sus intérpretes- Jerónimo de Aguilar y la esclava Malintzin, convertida, agua bautismal mediante, en doña Marina-, era más llevadera que la entrega de vidas humanas cuyo punto final se localizaba en el altar de Huitzilopochtli, dios tutelar de los mexicas. Estas y no otras eran las condiciones que hallaron los españoles que, percibidos como libertadores del poder mexica, incorporaron a miles de guerreros indígenas sedientos de venganza. Sin el apoyo tlaxcalteca, los blancos hubieran, sin duda, fracasado.
Caída Tenochtitlan, los hispanos, acompañados, entre otros, por mexicas, emprendieron otras conquistas, las de pueblos también enfrentados con el gobernado por Moctezuma. Mientras las fronteras del territorio gobernado por barbudos y tonsurados se iban ampliando, cristalizaron las estructuras de un virreinato, el de la Nueva España, sobre el que se cimentó la nación hoy gobernada por AMLO. Una nación hermana cuyos problemas reales nada tienen que ver con pretendidos agravios cometidos hace medio milenio sobre unas sociedades inasumibles dentro de marco político mexicano.

Notas sobre Fernando Leyba

Libertad Digital, 20 de junio de 2019

Notas sobre Fernando de Leyba

            Desde hace un lustro, fecha en la que se cumplió la resolución acordada en 1783 por el Congreso de los Estados Unidos en la que se adquiría el compromiso de honrar con un cuadro a Bernardo de Gálvez, los estudios en torno al papel jugado por España en el proceso de independencia del país norteamericano, han ido en aumento. El proceso de reconstrucción historiográfica y de difusión mediática del que ha sido objeto el hombre al cual quedó ligado el lema «Yo Solo», ha seguido un curso semejante al de Blas de Lezo, antaño apenas conocido en círculos militares y hogaño homenajeado en el corazón de la capital de España con un bronce. Dentro de esta corriente de rehabilitación de algunos de los más sobresalientes hombres de armas españoles del siglo XVIII, hemos de encuadrar la figura de don Fernando de Leyba y Córdova, Teniente Coronel del Regimiento Fijo de la Luisiana Española, cuya biografía ha sido recientemente completada por Kristine L. Sjostrom. A ella se debe el conocimiento del lugar y la fecha en que nació don Fernando: Ceuta, 24 de julio de 1734.
            Hijo del capitán Gerónimo de Leyba y Córdova, la ajetreada profesión de su padre llevó a aquel niño por diversos lugares de España. A los dieciséis años, año en que murió su padre, el joven ingresó en el Regimiento de Infantería España, donde recibió la educación castrense que marcó una vida que vino a dar continuidad a la línea trazada por sus antepasados, partícipes en la conquista de Granada y asentados posteriormente en Antequera. Después de pasar por diferentes destinos peninsulares, partió a Cuba dentro del Regimiento «Aragón», con el que participó en la Guerra de los Siete Años, defendiendo la Habana. Con la caída de la ciudad en manos británicas, Leyba fue hecho prisionero. Recuperada la isla por parte de los españoles, el capitán Leyba, que se hallaba en Orán, fue destinado a Nueva Orleans. El primer puesto fronterizo que asumió fue un pequeño fuerte militar rodeado por aldeas indias situado en Arkansas. Su labor en un lugar tan remoto, favoreció su ascenso militar y político. El 14 de julio de 1778, Leyba se convirtió en el tercer gobernador adjunto de la Luisiana, nombramiento que se produjo en un contexto convulso, el propiciado por la declaración de independencia de las Trece Colonias, proclamada formalmente el 4 de julio de 1776. Como es sabido, en aquel proceso destacó Bernardo de Gálvez, para quien Leyba fue de gran ayuda, pues a él le encomendó la población de San Luis situada en un lugar estratégico para el control del río Mississippi por su ribera occidental. En aquel enclave luisiano, dedicado al comercio de pieles y poblado mayoritariamente por franceses, Leyba, que estableció fuertes lazos con el coronel norteamericano George Rogers Clark, levantó un fuerte que resultó de gran utilidad a partir del 21 de junio de 1779, cuando España, aliada con Francia, declaró la guerra a Gran Bretaña.
            Pronto, San Luis se vio atacada por un ejército británico, aumentado por un gran número de indios de diferentes tribus. Con Emanuel Hesse al mando, la heterogénea tropa se dirigió hacia el territorio controlado por Leyba, que en seguida fue conocedor de aquellos movimientos gracias a la red de exploradores que ya había desplegado por todo el territorio. Fortalecido por una torre que bautizó con el nombre de San Carlos, en honor al rey, en la que emplazó cinco cañones, y por dos líneas de trincheras, se preparó para repeler el ataque de 1.200 hombres con una fuerza apenas superior a los trescientos combatientes entre soldados y milicianos con los que debía asistir tanto a San Luis como a Santa Genoveva, población situada cien kilómetros al sur. Enfermo, Leyba esperó y repelió con éxito a la fuerza británica e india, que atacó el 26 de mayo de 1780. El revés sufrido por los asaltantes vino seguido por una serie de incursiones de los guerreros indígenas, contra los cuales don Fernando opuso a toda la población, incluidas las mujeres, a las cuales armó.
            Moribundo, Leyba, que evitó con su defensa la entrada de los ingleses en el valle del Mississippi, escribió a Gálvez el 20 de junio de 1780 para describir la situación de aquella plaza y dar cuenta de la entrega del mando al teniente italiano Silvio Francisco Cartabona, que lo mantuvo hasta la llegada del Teniente Coronel Francisco Xavier de Cruzart. Ocho días después de escribir aquellas letras, Fernando de Leyba falleció. Cuando conoció la noticia, Bernardo de Gálvez le concedió, a título póstumo, el grado de Teniente Coronel.
            Desde 1991, en Sant Louis se celebra una ceremonia en honor a aquel episodio y a su principal protagonista, conmemoraciones a las que recientemente se ha sumado, desde Ceuta, la Asociación Cultural «Fernando de Leyba», que en marzo del presente año, inauguró un monumento en su honor.

Narciso Clavería y Decreto de cambio de apellidos

Libertad Digital, 13 de junio de 2019
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Narciso Clavería y Decreto de cambio de apellidos

            A pesar del disuasorio aspecto externo en el que se abre su puerta, el Museo Naval de Madrid posee una excelente colección de reliquias marítimas, joyas como el mapa de Juan de la Cosa, primera representación de América que se conserva, pero también una más que interesante colección de lienzos. Recientemente, la institución ha acometido las tareas de restauración de una tela que lleva por título, «Ataque a la isla y fuerte de Balanguingui», cuadro datado en 1850 firmado por Antonio de Brugada, pintor de cámara de Isabel II y amigo de Francisco Goya, que empleó en más de una ocasión sus pinceles para trazar jarcias y proas. En la obra, en la que los vapores Reyna de Castilla y Elcano conviven con las velas de otras embarcaciones, todas ellas coronadas por banderas rojigualdas, destaca la figura del capitán general Narciso Clavería, militar que dirigió la toma de un fuerte de madera situado en un poderoso enclave de la piratería musulmana malaya, que cayó en manos españolas el día 16 de febrero de 1848.
            Hoy poco conocido, el gerundense Narciso Clavería y Zaldúa nació en 1795 en el seno de una familia militar, circunstancia que determinó su temprana entrada en la disciplina castrense. Con tan sólo seis años, el pequeño Narciso ingresó en la Academia Militar, donde recibió una formación que le sirvió durante su participación en la Guerra de la Independencia. Siempre en continuo ascenso, la carrera militar del isabelino Clavería, recibió un gran impulso durante la primera de las guerras carlistas gracias a sus victorias sobre los carlistas en diferentes plazas vascongadas como Guetaria.
            La dimisión y exilio londinense del general Espartero en Londres, tras la sublevación de Narváez, permitió a Clavería regresar del suyo. De nuevo en España, obtuvo la capitanía general y la presidencia de la Audiencia de Filipinas, desde donde comenzó a combatir a los piratas que infestaban aquellas aguas. Su acción más destacada fue la que tuvo lugar en la isla de Balanguingui, integrada en el archipiélago de Joló. Esta y otras victorias favorecieron los intereses comerciales europeos, hasta el punto de que el gobernador de las posesiones holandesas en la zona, le envió una felicitación. La actividad de Clavería en Filipinas no se limitó al plano bélico, pues el 29 de julio de 1849, impulsó el Decreto de cambio de apellidos, que no respondía a un capricho onomástico, sino que llevaba aparejado el control de los censos poblacionales y, por ende, la mejora de la administración de un archipiélago en el cual la acción hispana había tenido una coloración más religiosa que política. Prueba de ello es el hecho de que muchos de los nuevos apellidos de los naturales fueron: de los Santos, de la Cruz, del Rosario o Bautista. Su buen desempeño en Filipinas, motivó su nombramiento como conde de Manila.
            La salud de Clavería, quebrantada por los vaivenes de una vida tan agitada, le impidió dar continuidad a sus acciones de gobierno. Enfermo, en diciembre de 1849, solicitó el relevo, si bien, sus servicios fueron recompensados con su designación como senador vitalicio, dignidad que juró el 12 de noviembre de 1850 y de la que no llegó a gozar de ni siquiera un año, pues murió en Madrid el 20 de junio de 1851. Se cerraba así una biografía en la que el oficio de las armas ocupó cuarenta y nueve de los cincuenta y seis años que vivió don Narciso.
            Más de un siglo y medio después del paso de Clavería por Filipinas, el idioma español, que dejó de ser oficial en 1973, es testimonial en unas islas que, sin embargo, acogen al mayor colectivo nacional de católicos del mundo. Todo ello no ha sido obstáculo para que su actual presidente, Rodrigo Duterte, haya expresado su intención de cambiar el nombre del archipiélago por otro de carácter prehispánico: Maharlika.

El Cantar del Mío Cid. Del pergamino al celuloide

Libertad Digital, 6 de junio de 2019
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El Cantar del Mío Cid. Del pergamino al celuloide

            Durante dos semanas, la Biblioteca Nacional ofrece la posibilidad de contemplar la única copia que se conserva del manuscrito del Cantar del Mío Cid. Setenta y cuatro hojas de pergamino castigadas por el uso de reactivos destinados a esclarecer su lectura, que la Fundación Juan March donó en 1960 a la institución pública, después de comprarla a los marqueses de Pidal.
            Entre las manos más distinguidas que tuvieron acceso al manuscrito, figuran las de Ramón Menéndez Pidal, ganador en 1895 de un concurso convocado en 1882 por la Real Academia a propósito del poema que Per Abbat dejó por escrito por primera vez. Tan grande fue la pasión cidiana de don Ramón, que en 1900, una vez casado con María Goyri, recorrió con su esposa la ruta del destierro del Cid. Máxima autoridad en la materia, autor en 1929 de La España del Cid, que pronto se tradujo al inglés y al alemán, los servicios de don Ramón fueron requeridos por la Real Academia de la Historia en el verano de 1960 para que informara sobre el guión en el que se iba a apoyar la película El Cid, impulsada por el judío Samuel Bronston, sobrino de Trotski. Su designación no podía ser más oportuna, pues aquel texto, escrito por Fred Frank y Enrique Llovet, bebía en la exitosa obra del polígrafo coruñés, que dio su nihil obstat. El de la Samuel Bronston Productions no fue, sin embargo, el primer intento de llevar la epopeya del caballero castellano a las pantallas. En 1929, por sugerencia de Douglas Fairbanks, el actor asturiano Pedro Larrañaga y Ruiz-Gómez trató de rodar un filme basado en un texto del poeta chileno Vicente Huidobro. Aquel proyecto contó ya con la asesoría de Menéndez Pidal, que en 1961, ya nonagenario, recibió en su domicilio la visita del actor encargado de dar vida al Cid: Charlton Heston. El rodaje de la producción italoestadounidense, dirigida por Anthony Mann, se desarrolló entre el 14 de noviembre de 1960 y el 15 de abril de 1961. El archivo del NO-DO conserva las imágenes del paso de don Ramón por los estudios de Sevilla Films, coincidente con la grabación de la Jura de Santa Gadea.
            Tal y como cuenta Elena Criado en su -El Cid, del cantar a la gran pantalla, Univ. Complutense, Madrid 2016-, la censura no puso grandes reparos a la emisión de la película. De entre los que examinaron el filme, los comentarios más interesantes fueron los vertidos por el hedillista Patricio González de Canales, del que extractamos sus fragmentos más relevantes:

            Primero: Factores negativos.- Históricamente está desenfocada y sus personajes -especialmente Alfonso VI- no responden a la verdad. Al pretender actualizar -diplomática y pacíficamente- al Cid, se desvirtúa la naturaleza de su Caudillaje. Otro tanto puede decirse de la consideración de España -voz entonces no usada- como un todo político en la mente del Cid. Tampoco el lenguaje resulta, a veces, apropiado.

e) Moralmente es una película ejemplar para la moral masculina y el sentimiento de lo patrio contra las tendencias materialistas que gobiernan el mundo. Especialmente el valor y la lealtad, sobre todo. El matrimonio es ejemplar.
            Superado este trámite, la película se estrenó en el madrileño cine Capitol el 27 de diciembre, dentro de una gala a beneficio del Patronato del Niño Jesús del Remedio, que presidió doña Carmen Polo. Económicamente, El Cid, que costó seis millones de dólares, fue un éxito, pues en su primer año recaudó 35 millones de dólares. A principios de los 60, incorporada a un cine épico auspiciado por los Estados Unidos, la figura de Rodrigo Díaz de Vivar era ya diferente a aquella que cantara Federico González Navarro (1907-1988), más conocido como Federico de Urrutia, en su Romance de Castilla en armas (1938).  Camisa vieja de Falange, el autor de La paz que quiere Hitler (1939), se refirió de este modo al Cid en su poema:
El Cid –lucero de hierro–
por el cielo cabalgaba,
con una espada de fuego
en fraguas del sol forjada.

            Al final de su composición, el acero de las tropas acaudilladas por Franco, a las puertas de Madrid, centellea:

¡Madrid se ve ya muy cerca!
La Falange se alzó en armas.
Laurel en el rojo y negro
de sus banderas bordadas.

...Por la parda geografía
de la tierra castellana
clavadas en los fusiles,
las bayonetas brillaban.

            A ellas les acompañó la providencial –y anacrónica- visión de un Cid vestido de esta guisa:

Y el Cid, con camisa azul,
por el cielo cabalgaba...

Notas sobre Raúl Morodo

Libertad Digital 24 de mayo de 2019
https://www.libertaddigital.com/opinion/ivan-velez/notas-sobre-raul-morodo-87956/


Notas sobre Raúl Morodo

            Durante la presente semana, el nombre de Raúl Morodo (El Ferrol 1935) ha vuelto a la actualidad. La encargada de devolver a los escenarios mediáticos a don Raúl, ha sido la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal, esa UDEF por la que, con tanta extrañeza como suficiencia, se preguntaba el arborescente Jordi Pujol. En efecto, una operación dedicada a la investigación de un posible caso de blanqueo de capitales, ha dejado un rastro de cuatro detenciones, entre ellas las de un hijo –Alejo- del que fuera embajador español en Caracas durante el primer Gobierno de ese José Luis Rodríguez Zapatero tan integrado en la turbia atmósfera venezolana. Según se ha sabido, el caso gravita sobre una supuesta trama relacionada con Petróleos de Venezuela (PDVSA) en la que el papel jugado por los Morodo habría sido, entre otras cosas, la confección de informes de escuálido contenido. Procede, pues, esbozar un apresurado bosquejo de un personaje que adquirió cierta relevancia en el encauzamiento socialdemócrata y europeísta de la sociedad española.
            Nacido en el seno de una familia perteneciente a la pequeña burguesía ferrolana, el joven Raúl, educado por los padres mercedarios, se trasladó a Santiago en 1952 para estudiar Derecho. De la ciudad gallega pasó a Salamanca, lugar en el que entró en contacto con Enrique Tierno Galván. A la sombra del Viejo profesor, apodo que él mismo le tributó cuando el madrileño que se quería soriano contaba con 36 años, la figura de Morodo creció dentro de un movimiento pretendidamente desideologizado llamado funcionalismo. El traslado a Madrid del joven era tan obligado como su contacto con algunos de los más importantes representantes de la oposición al franquismo, entre los que destacaba el camisa vieja Ridruejo, involucrado en los disturbios universitarios de 1956 que también dieron con los huesos de don Raúl en la prisión de Carabanchel durante algo más de un mes. Todo ello no impidió que con tan sólo 24 años fuera nombrado profesor encargado de la cátedra de Derecho Político de la Universidad de Madrid.
            Los movimientos políticos citados no pasaron inadvertidos para los Estados Unidos, que pronto trataron de embridar a un colectivo marcadamente anticomunista, por más que alguno de sus integrantes coqueteara con grupos afines a Moscú. La estructura empleada para tal efecto fue el Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC), que pronto contactó, por diferentes vías, con Ridruejo, pero también con Laín, Marías, Aranguren o José Luis Sampedro. Establecidos los contactos, las corrientes antisoviéticas alternativas al franquismo se dieron cita en 1962 en el célebre Contubernio, tras el cual se estableció un Comité español del CLC, que trató de ampliar su radio de influencia. El grupo de Tierno, que ya había formado parte, junto a Satrústegui y Miralles, de la donjuanista Unión Española, se ajustaba a los objetivos trazados desde la sede parisina que vigilaba las cosas de España.
            En diciembre de 1962, el secretario de Comité español del CLC, Pablo Martí Zaro, escribió a Pierre Emmanuel para informarle de un fortuito encuentro callejero con Morodo. Durante la breve conversación, el gallego mostró el interés de Tierno por ser admitido en el Comité. De ser rechazado, Tierno, ya bien relacionado con la universidad de Río Piedras, en Puerto Rico, barajaba la posibilidad de articular una organización propia. Superados los primeros recelos, el Viejo profesor fue admitido en la citada estructura, y con él llegó su estrecho colaborador. La generosidad norteamericana -2000 francos franceses- permitió a Raúl Morodo publicar el libro Estado liberal y estado social de derecho, integrado en el sistema de bolsas de viaje y de libros desplegado. De este modo entró en contacto nuestro protagonista con dineros americanos canalizados por la Fundación Ford y entregados por el Banco Urquijo, dato que se conoció públicamente en 1967, pero que el colectivo beneficiado, según confesión hecha por Morodo a quien firma este artículo, en el curso de una entrevista concedida el 30 de septiembre de 2013, ya sospechaba. Según sus propias palabras, el origen de aquellos viáticos: «tampoco interesaba mucho…»
            Superada la crisis con un cambio de nombre de aquellas instituciones, Morodo se integró en Seminarios y Ediciones, sociedad anónima que debía dar continuidad a una serie de actividades que ideológicamente contribuyeron a la concepción de una España autonómica y federalista. De hecho, el ferrolano, que a mediados de esa década comenzó a visitar las universidades americanas, participó en Madrid en una reunión dedicada a las «comunidades diferenciadas», rótulo acuñado por Tierno. Durante los días 6 al 8 de junio de 1969 comparecieron, por parte catalana: Benet, Ernest Lluch, Marià Manent, Jordi Maragall, Jordi Pujol, Mauricio Serrahima; por el País Vasco: José María Lasarte y Carlos Santamaría; por Galicia: García Sabell y Ramón Piñeiro; por Valencia: Vicente Ventura, por Madrid: Pedro Altares, José María de Areilza, Carlos María Brú, Eduardo Cierco, Paulino Garagorri, Pedro Laín, Julián Marías, Antonio Menchaca, Raúl Morodo, Prados Arrarte, Enrique Ruiz García y Dionisio Ridruejo.
            A finales de la década comenzó a recuperarse el viejo proyecto iberista, coartada perfecta para la implantación de un modelo federal en el que España se ajustaría, de algún modo a Castilla, liberando los Países Catalanes, Vascongadas y Galicia, que podrían constituirse en partes formales de una tal federación. Junto a esta dimensión ibérica se siguió cultivando el europeísmo, hasta el punto de barajarse la constitución de un Comité español para las Relaciones Culturales Europeas, que presidiría Fernando Chueca Goitia, y al cual fueron invitados a sumarse personalidades como: Ruiz-Giménez, el jurista José María Villaseca Marcet, el miembro de Acción Democrática, Jaime García Añoveros, Ramón Piñeiro, Domingo García Sabell, Paulino Garagorri, Eduardo Chillida y… Raúl Morodo.
            Sirvan estos trazos biográficos para completar el retrato de quien, ya integrado en el nuevo socialismo hispano, trocó el proyecto gringo por otro de perfiles tropicales, cuyas ramificaciones acaso conozcamos en un futuro, si el contexto geopolítico así lo quiere.

Iberofonía y paniberismo

Libertad Digital 23 de mayo de 2019
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2019-05-23/ivan-velez-iberofonia-y-paniberismo-87940/


Iberofonía y paniberismo

El español y el portugués constituyen, pues, un caso de interinteligibilidad recíproca singular y único. Se trata del único ejemplo de dos grandes lenguas –grandes en términos cuantitativos- habladas ambas por más de cien millones de personas, que son, al mismo tiempo y en líneas generales, recíprocamente comprensibles; aunque esta intercomprensibilidad no sea perfectamente simétrica por razones esencialmente fonológicas, que hacen del español una lengua más fácilmente comprensible para el hablante lusófono que el portugués para el hispanoparlante. Esta característica, sumada al peso cuantitativo del español en el mundo, sitúa a este idioma, de facto, como principal lengua vehicular de la Iberofonía. En todo caso, la realidad de la intercomprensión iberófona convierte, en términos generales geolingüísticos, al espacio idiomático compartido por el español y el portugués, al espacio iberohablante, en un solo espacio lingüístico: el espacio multinacional de países de lenguas ibéricas cuya existencia constituye una hipótesis principal de este trabajo.

            Sobre la realidad expuesta en esta larga cita se desarrolla el voluminoso -más de 700 páginas-  Iberofonía y paniberismo. Definición y articulación del Mundo Ibérico (Última Línea, Madrid 2018), cuyo autor es Frigdiano Álvaro Durántez Prados. El libro ahonda en el análisis de las profundas relaciones que, sobre todo por la vía lingüística, unen a una treintena de naciones y a 800 millones de personas, de las cuales, 570 hablan español y 230 portugués. Unos vínculos que responden a un complejo sustrato: el imperial, pues las naciones que, con distinta tonalidad, aparecen coloreadas en los mapas, necesariamente globales, que ilustran el libro, han pertenecido, de distinto modo, a unas estructuras sin las cuales la actualidad geopolítica no es comprensible. Esta evidencia explica los numerosos intentos que se han ensayado para, una vez transformados los imperios hispano y portugués en un conjunto de sociedades políticas, en mayor o menor medida soberanas, reconfigurar las relaciones en función de parámetros políticos, lingüísticos e incluso religiosos.
            Frente a plataformas alternativas, desde la Península Ibérica se han ensayado diferentes reconfiguraciones cuyo precedente histórico fue la incorporación de Portugal y sus posesiones ultramarinas a la Monarquía Hispánica, periodo cuyo recuerdo dejó una larga estela de recelos en el país vecino. Tres siglos después de que el Duque de Alba garantizara para Felipe II el reino portugués, en 1885 se constituyó la Unión Iberoamericana, entidad creada en España, impulsada por gentes como Cánovas del Castillo, Segismundo Moret o Jesús Pando, que venía a dar continuidad a aquellos movimientos hispanoamericanistas que reaccionaron ante la América anglosajona y, en ocasiones, filibustera. Pronto, la Unión Iberoamericana se abrió a la participación de Portugal y Brasil, posibilidad que se hizo visible en 1892 con la celebración del Congreso Pedagógico Hispano-Portugués. Paralelamente a estos fastos, las obras de Rafael Altamira, pero también la de algunas plumas hispanoamericanas como la del peruano Edwin Elmore Letts, trataron de sumar esfuerzos en este frente unionista. A Letts se le debe la organización, en 1923, del Congreso Iberoamericano de Intelectuales, en el cual se habló explícitamente de «paniberismo». En relación al hispanoamericanismo, distingue Durántez entre uno progresista, el marcado por el regeneracionismo español de Altamira, González Posada y Blasco Ibáñez, y el llamado panhispanismo, representado por Menéndez Pelayo, Vázquez de Mella, Romanones o Canalejas y caracterizado por su fuerte impregnación católica. En cualquiera de sus dos manifestaciones, estos movimientos fueron vistos por Portugal como una suerte de expansionismo español.
            Si estas fueron las principales iniciativas impulsadas desde el lado español o hispano, desde el luso podemos citar el proyecto del brasileño Sílvio Romero, que ideó una Federación Luso-Brasileña en 1902 como reacción a la masiva llegada de inmigrantes no portugueses. La alianza tuvo continuidad desde el lado portugués en la propuesta de António Maria Bettencourt-Rodrigues, que en 1917 defendió una Confederación luso-brasileña como respuesta al auge del mundo anglosajón. De este modo también se pretendía contrapesar el mentado expansionismo español. Para continuar por esta línea, hemos de citar al portugués Agostinho da Silva, que se propuso nada menos que la «regeneración espiritual del universo», gracias a un proyecto panibérico capaz de oponerse a los bloques soviético y norteamericano. En plena Guerra Fría, hablamos de 1957, Da Silva trataba de neutralizar el recuerdo de la autoritaria Castilla y se proponía sumar a catalanes, vascos y «a mourisca gente do sul» dentro de una iniciativa que haría las delicias de los federalistas españoles de antaño y de hogaño, dispuestos a sumar a sus regiones, convertidas en naciones, a una Federación ibérica que no dejaría espacio a la palabra tabú: España.
            Los bloques hispano y luso, no obstante, fueron cuajando alrededor de un par de organizaciones: la Comunidad Iberoamericana de Naciones y la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa cuyo acercamiento ha sido gradual. Ante esta posibilidad de convergencia, no son pocas las potencias que han tratado de introducirse dentro de tales comunidades, bien para desvirtuarlas bien para redirigirlas en función de intereses concretos. El surgimiento de la idea de latinidad surgió para erosionar el bloque hispano pero también el portugués, pues ampliaba los criterios de pertenencia a un colectivo más amplio en el que se introdujo destacadamente Francia. En su obra, Durántez da cuenta de cómo en 1954 se firmó el Tratado de Madrid en el que se fundó la Unión Latina, basada en argumentos como los que siguen:

            Los Estados signatarios del presente Convenio, conscientes de la misión que a los pueblos latinos incumbe en la evolución de las ideas, el perfeccionamiento moral y el progreso material del mundo, fieles a los valores espirituales en que se funda su civilización humanística y cristiana; unidos por su común designio y vinculados a los mismos principios de paz y justicia social, respecto a la dignidad y a la libertad de la persona humana…

            Objetivos más mundanos son los que se emboscan detrás de la figura del observador, institución alojada dentro de organizaciones que tratan de fortalecer los lazos hispanolusos en toda su extensión. Desde finales de los noventa, en los que dicha cooperación comenzó a canalizarse de forma creciente, una serie de naciones como Bélgica, Países Bajos o Francia, todas ellas con un más que cuestionable pasado colonial, han adquirido tal condición, constituyéndose en unas más que evidentes cuñas capaces de hacer saltar por los aires la cohesión que tanto Durántez como quien esta reseña firma, desearía.

Notas sobre Francisco de Mendoza, "el Indio"

Libertad Digital 9 de mayo de 2019
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2019-05-09/ivan-velez-notas-sobre-francisco-de-mendoza-el-indio-87824/


Notas sobre Francisco de Mendoza, el Indio

            El 26 de julio de 1563, los ojos del Capitán General de las Galeras de España, incendiados por la calentura, se cerraron por última vez en la ciudad de Málaga. Terminaba así la corta vida de Francisco de Mendoza, apodado El Indio, segundón que pudo haber alcanzado los más altos cargos del Nuevo Mundo de haber fructificado las maniobras protagonizadas por su padre: Antonio de Mendoza.
            Don Francisco fue el tercer hijo del matrimonio que unió, por poco tiempo, a don Antonio de Mendoza y a su esposa, doña Catalina de Vargas y Carvajal. Antes que él nacieron don Íñigo, apodado el Largo por su elevada estatura, y su hermana, doña Francisca, Condesa de Alcaudete. Nacido en Socuéllamos en 1524, el joven Francisco vio partir a su padre en 1535, cuando fue enviado a la Nueva España como primer virrey, quedando el mozo bajo la tutela de un ayo y varios criados. Según refiere Francisco Javier Escudero Buendía en su Francisco de Mendoza el Indio (1524-1563) (Guadalajara 2006), fuente principal de esta pieza, el muchacho tuyo ya experiencia de gobierno en España, pues actuó como alcaide de Betomiz y Vélez Málaga por designación de su padre. En 1540, a la edad de dieciséis años, se convirtió en marino al servicio de las galeras de su tío y tutor, don Bernardino de Mendoza.
            En 1541, cruzó el Atlántico para reunirse con su padre. Es a partir de esa fecha cuando ocurrieron unos hechos tan poco conocidos como interesantes para indagar a propósito de la mentalidad e intereses que movieron al Virrey de la Nueva España, que ya tenía abiertos dos frentes: el de la Guerra del Mixtón y su rivalidad con Hernán Cortés. Experto en moverse en complicados escenarios -su infancia transcurrió en la Granada en la que dominaba el orden morisco-, don Antonio concedió licencias a los caciques indios para llevar espadas y poseer caballos para, a pesar de contravenir las leyes, afianzar el dominio hispano al norte de la capital novohispana. A ese ambiente llegó, finales de 1542, don Francisco, favorito de su padre. Un año después, la ciudad de México recibió al licenciado Tello de Sandoval, canónigo sevillano encargado de inspeccionar las labores de gobierno de aquellas tierras. El pulso entre ambos hombres, tras el cual se movía el mismísimo Cortés, comenzó de inmediato y se prolongó por cuatro años tras los cuales Sandoval regresó a España.
            Mientras todo eso ocurría, el joven acumuló experiencia y conocimiento de un mundo, el novohispano, que al igual que el peruano, convulsionó tras la promulgación, en 1452, de las Leyes Nuevas que limitaban la encomienda indiana. El rigor en la aplicación de aquellas medidas le costó literalmente la cabeza al virrey del Perú, Blasco de Vela, cuya testa fue paseada atada de una cuerda tras la rebelión de Gonzalo Pizarro. Su sustituto, el presidente de la Audiencia, el licenciado La Gasca, pidió socorro a Mendoza, que nombró a su hijo Capitán General de la Armada, si bien su concurso no fue necesario, pues Pizarro fue derrotado antes.
            Sobre el trasfondo marcado por las Leyes Nuevas, que don Antonio no aplicó con severidad, se desarrollaron los hechos que queremos exponer. Como es sabido, don Antonio de Mendoza pertenecía a un linaje señorial que se fortaleció en posiciones fronterizas. La última de ellas había sido una Granada que quedó marcada por el poder y la impronta mendocina. Ya en el Nuevo Mundo, el virrey trató de perpetuar su dinastía a través de su hijo Francisco. En efecto, a la luz de la documentación conservada, todo invita a pensar que su envío al Virreinato del Perú, en el que le esperaba la muerte, fue una medida de castigo desencadenada tras conocerse su intención de convertir su cargo en hereditario, haciéndolo recaer en Francisco, al que ya había nombrado visitador y con el cual llegó a cogobernar durante su enfermedad. Para alcanzar sus propósitos, el Virrey solicitó permiso para regresar a España alegando tener que ocuparse de sus asuntos peninsulares primero, y estar enfermo, después. Con estos pretextos buscaba dejar en el gobierno novohispano a un Francisco para el cual ganó importantes voluntades civiles y eclesiásticas. La destacada figura de su hermano Luis Hurtado de Mendoza, Presidente del Consejo de Indias, podía favorecer la estrategia.
            Las peticiones de don Antonio fueron, no obstante, desatendidas en una Corte que comenzó a recelar de su máximo representante en la Nueva España. La sospecha de que pudiera alzarse con la tierra, planeó sobre su lejana figura. Era necesario, por lo tanto, alejar a los Mendoza de la tierra conquistada por Cortés, razón por la cual, a pesar de que don Antonio rehusó marchar hacia el sur peruano, el mandato fue firme. Las razones quedaron meridianamente claras en una carta que el rey envió a su secretario Juan Vázquez de Molina el 26 de febrero de 1549:

«Y porque se ha entendido que Don Anthonio de Mendoça ha tenido fin a esto, dexando lo de la Nueva Hespaña a Don Francisco su hijo, lo qual en ninguna manera concederíamos por muchas causas y razones que ay.»

            De esta contundente forma terminaron las ambiciones dinásticas mendocinas. La vida de don Francisco, no obstante este revés, continuó en Perú. Allí se dedicó a la elaboración de unas relaciones geográficas y a diversos negocios relacionados con la minería. Propietario de una extensa encomienda, su experiencia le permitió regresar a España, donde se convirtió en Administrador General de las Minas de los reinos y de Guadalcanal. Encomendero de Socuéllamos y señor de Estremera, el final de su vida le condujo a los paisajes sureños de su infancia, allí donde los berberiscos seguían hostigando las costas españolas. La alusión que Cervantes hizo de él en El gallardo español, es uno de los escasos recuerdos que quedaron de don Francisco antes de que Escudero Buendía le dedicara un buen número de documentadas páginas.

lunes, 6 de mayo de 2019

Apuntes sobre Antonio de Mendoza, primer virrey de la Nueva España

Libertad Digital 2 de mayo de 2019:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2019-05-02/ivan-velez-apuntes-sobre-antonio-de-mendoza-primer-virrey-de-la-nueva-espana-87782/


Apuntes sobre Antonio de Mendoza, primer Virrey de la Nueva España

            La acomplejada actitud del actual gobierno socialista, continuadora de la total imprevisión del precedente, en relación a los fastos conmemorativos de la llegada de Cortés y sus compañeros a las playas donde se fundó Veracruz, auguran un comportamiento similar en relación a otras grandes figuras no ya de la conquista, sino de la pacificación, es decir, de la implantación del orden hispánico en el Nuevo Mundo. A esta posibilidad se expone una figura íntimamente relacionada con el de Medellín, el primer virrey de la Nueva España: Antonio de Mendoza, cuya figura y trayectoria esbozaremos morosamente, apoyándonos en la obra de Francisco Javier Escudero Buendía, Antonio de Mendoza. Comendador de la Villa de Socuéllamos y primer Virrey de la Nueva España (Toledo 2003).
            Afirma Escudero, apoyado en un más que notable aparato documental, que el que llegara a constituir el canon virreinal, nació en Mondéjar, que no en Granada, en torno a 1490. Hijo del Gran Tendilla, Íñigo López de Mendoza, Antonio creció en el seno de una poderosísima familia cuyos estados se fueron desplazando hacia el sur al ritmo de la Reconquista. De Álava, los Mendoza pasaron a Guadalajara para terminar, en palabras de Pedro Mártir de Anglería, tutor de nuestro Antonio, en el «rincón del rincón», es decir, en la capital del conquistado reino nazarí. Fue en Granada donde comenzó la verdadera formación política de Antonio de Mendoza, que creció dentro de una sociedad tenuemente cristianizada. De hecho, el joven, que acaso sabía hablar árabe o algarabía, del mismo modo que lo hacía su hermano Diego Hurtado de Mendoza, vestía a la usanza morisca, como se puede comprobar en una carta que su hermano Luis recibió cuando Antonio se disponía a partir hacia la casa del Marqués de Denia para completar sus estudios:

Da priesa en que se venga luego tu hermano don Antonio, que me escribió el marqués de Denia que lo enviase, y di a Lázaro de Peralta lo que le haga de vestir y sea a la castellana…
Será ese desenvolvimiento dentro de un ambiente no cristiano, un factor probablemente decisivo en su futuro en el Nuevo Mundo, si bien, antes de aquella su definitiva partida, don Antonio acumuló diversas experiencias bélicas y diplomáticas. La vida algo desordenada de su hermano mayor, el primogénito Luis, permitió que Antonio accediera a diversas responsabilidades encomendadas por su padre. Así, durante las ausencias de don Íñigo, será nuestro hombre quien se ocupe de la Capitanía o Virreinato de Granada, tarea a la que hay que añadir su cargo como tesorero de la Casa de la Moneda de la ciudad. Años después, ya como Virrey de la Nueva España, Mendoza fundará la Casa de la Moneda de la ciudad de México.
Si estos cargos, a los que ha de sumarse su condición de alcaide de Dentomiz y Vélez-Málaga, fueron dando relieve a su figura, la estancia en Granada de la Corte de Carlos I, sirvió para que el joven monarca se fijara en Mendoza. Durante los seis meses que tan distinguido colectivo permaneció en la ciudad durante 1526 fueron, a nuestro juicio, decisivos para que Antonio de Mendoza se ganara la confianza del nieto de los Reyes Católicos, el mismo que en los inicios de la revuelta comunera se adscribiera a estas revueltas dentro del bando encabezado, entre otros, por su cuñado Juan Padilla. Todo ello no fue óbice para que entre 1526 y 1530, Antonio de Mendoza mostrase sus dotes diplomáticas en destinos tales como Flandes, Inglaterra y Hungría. Sus buenos oficios le procuraron el cargo de Camarero del rey en Badajoz y Socuéllamos y, más tarde, la Gobernación de León dentro de la Orden de Santiago. No fueron las únicas las embajadas citadas. Entre 1530 y 1532, Antonio de Mendoza visitó Bolonia, Alemania y Hungría.
En ese momento, su nombre ya se barajaba para ser quien estableciera orden en la Nueva España, desde donde el obispo Zumárraga ya había alertado de la inoperancia de la Audiencia. Es muy probable que el ofrecimiento del cargo de virrey le llegara en el otoño de 1529, si bien, diversos avatares impidieron su marcha y permitieron que el abanico de aspirantes a tal cargo se ampliara. Aunque la del virreinato no era un institución castellana, el hecho de que la Nueva España se asentara sobre una estructura imperial en lugar de sobre un mosaico de tribus, justificaba el uso de ese término. Aunque el cronista Herrera afirmara que el puesto le fue ofrecido al Conde de Oropesa y otros, todo parece indicar que el escogido fue siempre Mendoza, cuñado del secretario del emperador, Francisco de los Cobos, que finalmente, cuando partió, debió hacerlo convencido de que aquella oferta tenía como principal característica su perpetuidad. Ello explicará lo ocurrido posteriormente.
Cuando Mendoza llegó a la Nueva España, se comportó de un modo similar a como lo había hecho él mismo y toda su familia en el complejo mundo granadino. El Comendador de Socuéllamos actuó en el Nuevo Mundo como un verdadero pacificador dentro de un ambiente caracterizado por el desorden en el que se movían muchos españoles y por el desconocimiento que muchos naturales tenían de las instituciones y del mismo idioma español. Mendoza actuó con gran tolerancia hacia estos últimos, e incluso permitió que algunos señores mexicas se integraran en campañas bélicas como la de la Guerra del Mixtón. Si esta era su dimensión pública, en lo relativo a sus intereses, el de Mondéjar buscaba establecerse en la Nueva España del mismo modo que lo habían hecho sus antepasados en los lugares ya citados. Razones no le faltaban para albergar esa ambición, pues su envío no tenía un límite temporal, por lo que era posible soñar con un señorío mendocino en ultramar. Con la intención de formar una estirpe gobernante novohispana, don Antonio fue, gradualmente, ampliando las responsabilidades gubernativas de su hijo Francisco, al que pretendía entregar el Virreinato, ilusión que se demostró vana, pues cuando solicitó su regreso a España, la Corona reaccionó enviándole, a pesar de su edad y de su delicado estado de salud, al Virreinato del Perú en el que le esperaba la muerte.

Hechuras de Hernán Cortés

Libertad Digital 5 de marzo de 2019:
https://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2019-04-06/ivan-velez-hechuras-de-hernan-cortes-87581/
Hechuras de Hernán Cortés

Al pie de las escaleras del Hospital de Jesús que el de Medellín mandó construir, se conserva el busto de Hernán Cortés, esculpido por Manuel Tolsá a finales del XVII. Se trata de una pieza en bronce dorado a fuego en la que el conquistador, dotado de rasgos clásicos, eleva al cielo su mirada. Siglos antes, en 1529, el acuarelista alemán Christoph Weiditz, que conoció en persona a don Hernando, incluyó su enlutado retrato en El libro de los trajes junto al siguiente rótulo: «Don Ferdinando Cordesyus, 1529, a la edad de cuarenta y dos años; él conquistó después todas las Indias para Su Majestad Imperial Carlos Quinto». Weiditz también dejó también anotada esta descripción:

La frente alta, pero estrecha, hundida en las sienes, el pelo castaño oscuro con reflejos claros, lacio, espeso, cayendo en melena cuidada, con las puntas vueltas hacia adentro. La boca carnosa, muy marcada, la mirada triste y lejana, los ojos hinchados, con el párpado enrojecido, como evocando un águila fiera, la nariz fina, pero muy aguileña, una cicatriz en la mejilla derecha, un mentón poco fuerte, disimulado por una barba nazarena, el cuerpo enjuto.

Entre el pigmento acuoso y el metal oscila la imagen de Hernán Cortés, cuya figura adoptó perfiles míticos con el paso del tiempo. Al cabo, ya en vida fue comparado con Julio César, Alejandro y otros héroes de la Antigüedad.
No resulta fácil reconstruir la apariencia de Cortés, pues las descripciones de la época a menudo ajustaban ciertos rasgos físicos con determinadas virtudes. La fisiognomía imponía sus dictados. Recuerde el lector de qué modo Cervantes resalta el hecho de que Maritornes era chata, rasgo asociado a las mujeres de vida licenciosa. Hábil manejador de la pluma, Cortés dejó pocos datos de sí. Su esfera más íntima se halla en las cartas que envió a su primo el licenciado Francisco Núñez, procurador en la Chancillería de Valladolid y relator en el Consejo Real. En ellas se definió como «algo colérico» y habló de los embarazos de su esposa Juana, de la pérdida de los hijos a los que «Dios quiso para sí» y de la muerte de su madre, Catalina Pizarro. Destaca también su preocupación por Martín, el hijo mestizo que tuvo con doña Marina. Poco sabemos por ellas de su aspecto.
El mejor retrato de Cortés, tanto en el plano físico como en el psicológico, se lo debemos a sus coetáneos. Francisco López de Gómara, que debió conocerle a finales de 1528 o comienzos del año siguiente en Toledo, fue autor de La historia de la conquista de México, libro que sirvió como fuente para multitud de obras posteriores. En él encontramos un capítulo titulado «Condición de Cortés»:

Era Fernando Cortés de buena estatura, rehecho y de gran pecho; el color ceniciento, la barba clara, el cabello largo. Tenía gran fuerza, mucho ánimo, destreza en las armas. Fue travieso cuando muchacho, y cuando hombre fue asentado; y así, tuvo en la guerra buen lugar, y en la paz también. Fue alcalde de Santiago de Barucoa, que era y es la mayor honra de la ciudad entre vecinos. Allí cobró reputación para lo que después fue. Fue muy dado a mujeres, y diose siempre. Lo mismo hizo al juego, y jugaba a los dados a maravilla bien y alegremente. Fue muy gran comedor, y templado en el beber, teniendo abundancia. Sufría mucho la hambre con necesidad, según lo mostró en el camino de Higueras y en la mar que llamó de su nombre. Era recio porfiando, y así tuvo más pleitos que convenía a su estado. Gastaba liberalísimamente en la guerra, en mujeres, por amigos y en antojos, mostrando escasez en algunas cosas, por donde le llamaban rico de avenida. Vestía más pulido que rico, y así era hombre limpísimo. Deleitábase de tener mucha casa y familia, mucha plata de servicio y de respeto. Tratábase como señor, y con tanta gravedad y cordura, que no daba pesadumbre ni parecía nuevo. Cuentan que le dijeron, siendo muchacho, cómo había de ganar muchas tierras y ser grandísimo señor. Era celoso en su casa, siendo atrevido en las ajenas; condición de putañeros. Era devoto, rezador, y sabía muchas oraciones y salmos de coro; grandísimo limosnero; y así, encargó mucho a su hijo, cuando se moría, la limosna.

Como reacción al libro de Gómara, Bernal Díaz del Castillo, cuyo padre, Francisco, compartió concejo con Garci Rodríguez de Montalvo, editor del Amadís, escribió su Historia verdadera de la conquista de Nueva España. En ella aparece un minucioso retrato de don Hernando:

Fue de buena estatura e cuerpo, e bien proporcionado e membrudo, e la color de la cara tiraba algo a cenicienta, e no muy alegre; e si tuviera el rostro más largo, mejor le paresciera; y era en los ojos en el mirar algo amorosos, e por otra parte graves. Las barbas tenía algo prietas e pocas e ralas, e el cabello, que en aquel tiempo se usaba, de la misma manera que las barbas. E tenía el pecho alto y la espalda de buena manera, e era cenceño e de poca barriga y algo estevado, e las piernas e manos bien sacadas. E era buen jinete e diestro de todas armas, ansí a pie como a caballo, e sabía muy bien menearlas; e, sobre todo, corazón y ánimo, que es lo que hace al caso. Oí decir que cuando mancebo en la isla Española fue algo travieso sobre mujeres e que se acochilló algunas veces con hombres esforzados e diestros, e siempre salió con vitoria. E tenía una señal de cuchillada cerca de un bezo de abajo, que si miraban bien en ello, se le parecía, mas cubríaselo las barbas, la cual señal le dieron cuando andaba en aquellas cuistiones.
En todo lo que mostraba, ansí en su presencia y meneos como en pláticas e conversación, e en comer e en el vestir, en todo daba señales de gran señor. Los vestidos que se ponía eran según el tiempo e usanza, e no se le daba nada de traer muchas sedas ni damascos ni rasos, sino llanamente y muy polido […]
Servíase ricamente, como gran señor, con dos maestresalas e mayordomos e muchos pajes, e todo el servicio de su casa muy complido, e grandes vajillas de plata y de oro. Comía bien e bebía una buena taza de vino aguado que cabría un cuartillo, e también cenaba; e no era nada regalado ni se le daba nada por comer manjares delicados ni costosos, salvo cuando vía que había necesidad que se gastase o los hobiese menester. Era de muy afable condición con todos nuestros capitanes e compañeros, en especial con los que pasamos con él de la isla de Cuba la primera vez. Y era latino, e oí decir que era bachiller en leyes, y cuando hablaba con letrados e hombres latinos, respondía a lo que le decían en latín. Era algo poeta: hacía coplas en metros e en glosas, e en lo que platicaba lo decía muy apacible y con muy buena retórica; e rezaba por las mañanas en unas horas, e oía misa con devoción.
Tenía por su muy abogada a la Virgen María, nuestra señora, la cual todos los fieles cristianos la debemos tener por nuestra intercesora e abogada; e también tenía a señor San Pedro, a Santiago e a señor San Juan Bautista; e era limosnero. Cuando juraba decía: «En mi conciencia»; e cuando se enojaba con algún soldado de los nuestros, sus amigos, le decía: «¡Oh, mal pese a vos!»; e cuando estaba muy enojado se le hinchaba una vena de la garganta e otra de la frente; e aun algunas veces, de muy enojado, arrojaba un lamento al cielo; e no decía palabra fea ni injuriosa a ningún capitán ni soldado. Y era muy sofrido, porque soldados hobo muy desconsiderados que decían palabras muy descomedidas, e no les respndía cosa muy sobrada ni mala; y aunque había materia para ello, lo más que les decía: «Callá e oíd»; o «Id con Dios, y de aquí adelante tené más miramiento en lo que dijéredes, porque os castigaré por ello».


            Así fue Cortés durante siglos. Sin embargo, su figura, ya oscurecida durante el siglo XIX en el que se trató de poner entre paréntesis la impronta española a la que él tanto contribuyó, comenzó a deformarse definitivamente gracias a Diego Rivera, principal figura del muralismo mexicano que, tras dotar a sus pinceles de un cromatismo negrolegendario, dejó sobre las paredes del Palacio Nacional la imagen de un conquistador disminuido que hoy constituye el retrato canónico de aquellos que aplaudieron las epístolas de Andrés Manuel López Obrador.

Calvo, Junco y la negación de las glorias españolas

Libertad Digital 4 de abril de 2019
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2019-04-04/ivan-velez-calvo-junco-y-la-negacion-de-las-glorias-espanolas-87570/


Calvo, Junco y la negación de las glorias españolas

            El pasado 1 de marzo, en respuesta a una petición cursada por Bieito Rubido, director de ABC, la Real Academia de la Historia emitió un informe sobre la primera circunnavegación a la Tierra. En un breve escrito que adoptó todas las cautelas para evitar que la conmemoración se convierta en «una fuente de disidencias entre los dos países vecinos», los reunidos en la madrileña calle del León fueron claros en una conclusión cimentada en la abundante documentación que se conserva en relación a tan gran hazaña: «Es incontestable la plena y exclusiva españolidad de la empresa». El informe recoge todos los argumentos que conducen a semejante resultado.
            En lo relativo a Magallanes, se aclara que él mismo fue el que castellanizó su nombre, el original Fernão de Magalhaes mutó en Fernando de Magallanes. Ya convertido en Magallanes, don Fernando dictó y firmó su testamento en el Alcázar de Sevilla. El él instituyó un mayorazgo cuyo benefactor era su hijo Rodrigo, nacido en Sevilla. De fallecer este sin descendencia, Magallanes impuso a su familia que el heredero castellanizara su apellido, llevara sus armas y se avecindase en Castilla. La ruptura familiar con Portugal queda establecida inequívocamente sobre el papel. Los Magallanes pasaban de este modo a convertirse en un linaje netamente castellano.
            Si este fue el proceder individual del navegante, la envoltura legal de la empresa, por no hablar de una financiación hecha a costa de la Corona y del poderoso grupo burgalés encabezado por Cristóbal de Haro, se ajustó plenamente a una tradición cimentada en las Partidas alfonsíes, en las que se apoyó gran parte de las Leyes de Indias. Todo ello determinó que Magallanes prestase  pleito-homenaje a Carlos I y le rindiese pleitesía según uso y fuero de Castilla. Quien se hizo a la mar rumbo a la Especiería era un vasallo del rey español, sin vínculo alguno con el portugués. En estas condiciones se hizo a la mar Magallanes navegó bajo un estandarte, el real, que se comprometió a defender hasta la muerte. A estas condiciones previas hay que sumar el obstruccionismo portugués encarnado en las personas de Álvaro Da Costa y Sebastián Álvarez, que consideraron traidor y renegado a Magallanes.
            De nada han servido tan sólidos argumentos frente a un Gobierno, el actual, obsesionado con ajustar a su lecho de Procusto ideológico cualquier hecho del pasado. En efecto, un mes después de que se emitiera el informe comentado, la vicepresidenta Carmen Calvo y el ministro de Negocios Extranjeros de Portugal, Augusto Santos Silva, han dado a conocer algunos detalles de la celebración conjunta del V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo de Magallanes y Elcano. La conjunción conmemorativa viene a enmendar el olvido, uno más, de nuestros gobernantes, los actuales y los populares pretéritos, en relación a nuestra Historia. Un olvido motivado en gran medida por la ausencia de una filosofía de la Historia capaz de enfrentarse al origen imperial de España y a su existencia como nación histórica previa a su transformación en nación política. Este es, probablemente, el motivo por el cual el historiador escogido para diluir la españolidad de la primera circunnavegación haya sido José Álvarez Junco que, en relación al viaje culminado por Elcano, a quien se debe la decisión de regresar a España por la ruta índica, anegó la especie española en el género humano antes de regresar a uno de sus lugares comunes. Al decir del ilerdense, España no existía en 1519...
            Nada hay de novedoso en la afirmación alvarezjunquiana, pues el autor de Mater dolorosa sostiene que no ha habido una conciencia nacional española anterior a la Guerra de la Independencia, más allá de la que se diera en «ciertas élites intelectuales y políticas cercanas al poder». Esta fue la respuesta que dio al suplemento El Cultural del periódico El Mundo en abril de 2008, postura que no parece haberse modificado en la última década. A buen seguro es esta perspectiva, mantenida en el tiempo, la que ha hecho que los ojos de la Calvo, o los de sus asesores, se posaran en la figura de don José, que se ha apresurado a afirmar que en estos fastos no hay lugar para glorias nacionalistas. Al cabo, según dijo tratando de evitar tan, a su juicio, peligrosa glorificación, «España en esos años significa Península Ibérica». La afirmación, que parece evocar a Camoens, arroja una nebulosa de tintes geográficos sobre una tierra en la que reinaban dos reyes: el Carlos español y el Manuel portugués, que tan mal trató a Magallanes. Cinco siglos después de que comenzase aquella gesta española que culminó en 1522 cuando al otro lado del Atlántico ya se hablaba de la Nueva España, la ministra Calvo busca el apoyo de un hombre de letras para rebajar los méritos de nuestros ancestros y de nuestra propia nación. Lejos quedan aquellas letras que dejó escritas Quevedo en su España –que no península- defendida: «Hijo de España, escribo sus glorias».

Cosas nunca oídas ni vistas

Libertad Digital 28 de marzo de 2019:
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El último tramo del viaje a Tenochtitlan se vio favorecido por la ayuda de los porteadores tlaxcaltecas y la colaboración de algunos pueblos que, secretamente, se fueron aliando con los cristianos. Los totonacas y los cempoaltecas, temerosos de lo que pudiera ocurrir en la gran ciudad, regresaron a su tierra. Incapaz de convencerles para que siguieran a su lado, Cortés les entregó una buena cantidad de mantas en agradecimiento por los servicios prestados. Quienes permanecieron con los españoles fueron los embajadores de Moctezuma, al que mantenían continuamente informado de todo lo que ocurría. En esas condiciones, hubo de escogerse entre un camino que pasaba por Chalco, cuyo inicio estaba despejado, y otro lleno de árboles cortados, por el que finalmente se optó, pues se entendió que la limpieza del primero constituía un señuelo para conducir al ejército a alguna trampa. «Me querían encaminar por cierto camino donde ellos debían tener algún concierto para ofendernos», de esta manera tan intuitiva dejó escrita Cortés su decisión en su Segunda carta de relación. Bernal confirmó esta idea. Era preciso atravesar la sierra, por lo que la comitiva comenzó el ascenso por la ruta que pasaba entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl, que significa «la mujer blanca». La cercana presencia del Popocatépetl permitió a Diego de Ordás protagonizar una proeza. El leonés, junto a nueve compañeros, entre ellos Gutierre de Casamori, el joven Juan Larios y algunos indígenas que hicieron de porteadores, subió hasta las cercanías del cráter del volcán, coronado perpetuamente por un «gran bulto de humo». De la existencia de cumbres blancas tenían alguna noticia los españoles desde antes de su partida de Cuba, pues en la Instrucción de Velázquez ya se hablaba de la provincia de Sancta María de las Nieves. Desde aquella cota, que los veteranos de Italia compararon con el volcán Etna de Sicilia, vieron por primera la ciudad de Tenochtitlan, los lagos y el camino que conducía a ella. Años después, en reconocimiento a su hazaña, cuando Ordás regresó a España para casarse, se le otorgó un escudo de armas con la figura de un volcán.
En la cumbre de la cordillera, la nieve cubrió el suelo que pisó la hueste hispana. Allí, los embajadores pidieron evitar el paso por la ciudad de Huexotzingo, lugar enemigo de los mexicas. A pesar de sus ruegos, la ruta escogida se mantuvo. El frío de las cumbres no fue lo único que atenazó a los españoles. Como en ocasiones anteriores, el miedo volvió a apoderarse de algunos de ellos que, amotinados secretamente, trataron en vano de desandar el camino. De nuevo, la prudencia cortesiana, sustentada por el apoyo de la gran mayoría de los hombres, que estaban dispuestos a seguir adelante asumiendo los riesgos que se presentaran, bastaron para disolver la discordia. No faltaban motivos para la inquietud. Si al final del camino se encontraba la gran ciudad lacustre, durante el camino se habían percibido una serie de indicios que delataban la presencia de espías que merodeaban por los alrededores. Conscientes del peligro en que se hallaban, durante la noche se volvieron a poner centinelas. En la oscuridad, uno de ellos, Martín López, a punto estuvo de acertar con su ballesta en el cuerpo de Cortés, que también velaba.
Finalizado el descenso, el grupo se adentró en territorio chalca. Informado en todo momento de los movimientos de los extranjeros, Moctezuma volvió a consultar a sus dioses y sacerdotes, quienes le aconsejaron que tratara de impedir por todos los medios que éstos entraran en la ciudad. El Emperador envió a cuatro señores, cargados con tres mil pesos de oro y mantas. Con ellos reiteró su compromiso de dar oro, plata y chalchihuis -piedras verdes semipreciosas- al rey español. Moctezuma no se olvidó de Cortés, al que trató de ganarse con el envío de cuatro cargas de oro y una para cada uno de sus compañeros. Cuando los dignatarios llegaron, comunicaron a Cortés que los tributos serían entregados anualmente en el puerto, esto es, en Veracruz. A cambio, le pedían que no entrara en Tenochtitlan. La extensión del pago a toda la compañía buscaba comprar la voluntad de unos hombres a los que se informó de que la ciudad estaba en armas. En la carta enviada por Cortés al rey Carlos, se describió el ofrecimiento, si bien se omitió la extensión de éste a los soldados, acaso con el propósito de concentrar en sí mismo la renuncia al soborno propuesto por Moctezuma. Los continuos cambios de opinión, las «mudanzas» de Moctezuma, fueron sin duda interpretadas como una muestra de debilidad. Aquella intuición se mezclaba con el miedo. Con su habitual viveza, Bernal describió así los sentimientos de la tropa: «Y como somos hombres y temíamos la muerte, no dejábamos de pensar en ello. Y como aquella tierra es muy poblada íbamos siempre caminando muy chicas jornadas y encomendándonos a Dios y a su bendita madre, Nuestra Señora».
La siguiente escala se hizo en Amecameca. Allí, los españoles fueron acogidos en las estancias de su cacique, que les entregó cuarenta esclavas y tres mil pesos de oro. Junto a los regalos, el señor transmitió sus quejas sobre el trato que recibía de los mexicas, que ya esperaban a los españoles a orillas de la laguna. Aquellas palabras, como tantas otras del mismo tono, agradaron a Cortés que, cerca de su objetivo final, seguía verificando la división existente en los dominios de Moctezuma. Dos noches después de su llegada, el ejército abandonó Amecameca, dejando nuevos aliados. Al día siguiente, los castellanos, acompañados por un buen número de criados de Moctezuma, pernoctaron a orillas del lago. En la oscuridad de la noche, el campamento español recibió un ataque que fue repelido por disparos de arcabuz. La siguiente noche la pasaron en Ayotzingo. Con la luz del día apareció un lujoso cortejo en el que destacaba Cacamatzin, señor de Texcoco y sobrino de Moctezuma, que venía llevado sobre unas ricas andas de platería y plumas verdes, exhibiendo gran boato o «fausto». Unos sirvientes barrieron el suelo antes de que Cacamatzin lo pisara. El señor excusó la ausencia de Moctezuma, que dijo hallarse enfermo. Una vez más el mensaje varió. Ahora, el Emperador ofrecía a los barbudos entrar en la ciudad. Cortés respondió a la embajada con la entrega de tres perlas o margaritas. A las puertas de Tenochtitlan, un número creciente de curiosos se acercaron a los españoles. Para evitar que se provocara un tumulto, el capitán pidió a sus lenguas que avisaran a los lugareños de que no se entremetieran en la tropa ni tocaran los caballos. La distancia favorecía la seguridad, al tiempo que mantenía ese halo de fuerza invencible que trataban de preservar.
En compañía de Cacamatzin, los españoles pasaron por la bella y torreada ciudad de Mixquic. La siguiente parada se hizo en Cuitláhuac, pueblo construido sobre el lago, que contaba con unos dos mil hogares dedicados en su mayoría a la pesca. Como en ocasiones anteriores, el señor de aquel poblado mostró su descontento a Cortés por los agravios que recibía del Emperador. El ejército, que ya pisaba las calzadas, fue apremiado por el rey de Texcoco para que siguiera hasta Iztapalapa. Pese a que las vías parecían sólidas, Cortés sopesó entrar en la metrópoli a bordo de embarcaciones, sin embargo, carente de clavazón y herramientas, era imposible armarlas. Desestimada esta opción, dos jinetes se adelantaron para avisar de cualquier dificultad que pudiera surgir en el camino. Mientras tanto, el trasiego de mensajeros que iban y venían al palacio de Moctezuma era constante.
El siguiente en aparecer en escena fue el hermano de Moctezuma, Cuitláhuac, que llegó acompañado por otro lujoso séquito en el que destacaba el señor de Culhuacán. Cuando el señor mexica se encontró frente a frente con Cortés, se produjo un nuevo intercambio de regalos. La ciudad, la mitad de ella situada sobre la laguna y la otra sobre tierra firme, tenía, a decir de Cortés, entre doce y quince mil vecinos. Hechas las habituales cortesías, los españoles quedaron aposentados en el gran palacio ajardinado que ocupaba el centro de la ciudad. En su estanque pudieron ver garzas y diferentes tipos de peces. Construido con piedra y madera cedro, el edificio, de planta cuadrada, disponía de un embarcadero propio al que se accedía a través de unas escaleras. En tan suntuosos aposentos pasó el ejército su última noche antes de entrar definitivamente en la ciudad.
El 8 de noviembre de 1519, el ejército español, «con mucho concierto», es decir, en orden de formación, tomó la calzada que llevaba a Tenochtitlan. La anchura de la vía permitía que ocho de a caballo pudieran ir a la par. En los bordes de la laguna brillaban las salinas. Tenochtitlan estaba conectada con la tierra firme por tres calzadas, si bien en la de Iztapalapa moría otro tramo que, partiendo de las inmediaciones de Coyoacán, se unía al ramal principal en un punto fortificado que disponía de dos puertas con las que se controlaba el paso de mercancías y personas. En ese sitio, los españoles fueron recibidos por otro grupo de notables, que escenificaron una prolongada salutación. El ejército mantuvo en todo momento su estructura. Al frente de la tropa, compuesta por unos trescientos hombres, a lomos de los caballos que hacían sonar a su paso los cascabeles de sus pretiles, se situaron cuatro jinetes cubiertos con sus armaduras: Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid y Juan Velázquez de León. Tras ellos iba el alférez Cristóbal del Corral que, de tanto en tanto, hacía girar el estandarte. Protegido por caballeros armados con lanzas, le seguía Diego de Ordás al frente de la infantería. Más atrás los ballesteros, vestidos con sus corazas de algodón prensado. Cerraban el grupo jinetes y arcabuceros. En la retaguardia, Cortés, con más jinetes y sus gentes de servicio. La cola del desfile la formaban los aliados indios, unos seis mil hombres que, con sus rostros pintados con colores de guerra, que destacaban sobre sus capas rojas y blancas, llevaban la artillería y otros enseres. Es fácil imaginar los murmullos de los soldados, también las de los curiosos que, desde la tierra, las azoteas o sobre las canoas que se acercaban por los costados de la calzada, contemplaban por primera vez a esos hombres venidos del mar, montados sobre extraños animales. Nadie mejor que Bernal para describir la honda impresión que la ciudad causó en las filas españolas: «Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desque vimos tantas cibdades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parescía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro del agua; y todas de calicanto. Y aun de nuestros soldados decían que si aquello que veían era entre sueños. Y no es de maravillar que yo aquí lo escriba de esta manera, porque hay que ponderar mucho en ello, que no sé cómo lo cuente: ¡ver cosas nunca oídas ni vistas y aun soñadas como víamos!».
La fascinación de los visitantes convivía con el recelo que provocaba la presencia, cada cierto tramo de calzada, de cortaduras para el paso de las canoas, sobre las cuales se situaban puentes móviles de madera que, una vez retirados, impedían la salida de la ciudad. Bernal transmitió con su pluma el temor que sintieron los soldados durante su marcha hacia el corazón del imperio mexica: «¿qué hombres habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?». Mientras avanzaban por la vía de piedra, muchos recordaron las continuas advertencias que habían recibido sobre sus anfitriones. Finalmente, al fondo de la calzada apareció el cortejo que traía a Moctezuma, llevado en una fastuosa litera cubierta por un palio de plumas verdes, oro y plata. La litera iba a hombres de nobles que iban descalzos, precedidos por otros que barrían el suelo y por los encargados de portar las insignias imperiales. Los reyes de Tacuba, Texcoco y Tlatelolco, independiente de Tenochtitlan hasta 1473, también formaban parte del séquito imperial. Al ver a los españoles, los señores hicieron el habitual saludo, besándose las manos después de tocar la tierra. En ese momento, Moctezuma, tomado de la mano de Cuitláhuac y de Cacamatzin, descendió de la litera y pisó unas mantas estiradas sobre el suelo, que impedían que sus imperiales pies, calzados con unas sandalias de oro y pedrería, entraran en contacto con la tierra. Ninguno de aquellos hombres miraba a la cara al Emperador, al que Cortés, al igual que otros caballeros, correspondió bajándose de su montura y descubriendo su cabeza. De manera instintiva, el capitán español quiso abrazar a Moctezuma, pero los señores que le rodeaban lo impidieron.
Tras el intercambio de los saludos de cortesía, facilitados por las lenguas que acompañaban a los españoles, el de Medellín le entregó el collar de margaritas perfumadas con almizcle, que llevaba al cuello. Un sirviente de Moctezuma entregó a Cortés dos collares, uno de caracoles rojos y camarones de oro, que eran las insignias de Quetzalcóatl, y otro de hueso. Cuitláhuac tomó al conquistador de la mano. Después de atravesar un tramo de ciudad ante la atónita mirada de sus habitantes, los españoles llegaron al centro ceremonial y fueron conducidos al palacio de Axayácatl, en el cual se guardaba el tesoro y se aposentaban las sacerdotisas. En su sala principal, se había habilitado un estrado en el que hicieron sentar a Cortés. Moctezuma le pidió que aguardara mientras sus compañeros se instalaban en el palacio, en el que se habían dispuesto esteras a modo de camas, con almohadas de cuero llenas de borra y braseros en los que se quemaban materias olorosas. Antes de que Moctezuma regresara, al tiempo que reponían fuerzas y daban cuenta de los alimentos ofrecidos por sus anfitriones, los españoles examinaron el edificio y la forma de defenderlo. La artillería quedó instalada apuntando a la puerta. Según lo dicho, el huey tlatoani volvió más tarde, con joyas de oro y plata, plumajes y muchas piezas de ropa de algodón. Entregados los obsequios, se sentó junto a Cortés. En aquel escenario se entabló un diálogo del que existen varias versiones. Según el conquistador, el Emperador mexica le confesó que desde hacía tiempo, por las escrituras de sus antepasados, sabía que su pueblo procedía de otras tierras. Que eran, en definitiva, extranjeros en ese valle al que habían llegado gracias a un gran señor del que renegaron en su ausencia. Ofendido por el trato que recibió a su regreso, Quetzalcóatl prometió volver y sojuzgar a sus antiguos vasallos. El anunciado regreso se haría desde la parte de donde nace el sol, es decir, desde donde habían llegado aquellos hombres blancos. Moctezuma estaba relatando la leyenda de Quetzalcóatl, cuyos perfiles parecían ajustarse a los del gran rey al que Cortés representaba. En ese momento, siempre según Cortés, Moctezuma propuso obediencia y vasallaje al Emperador español, su «señor natural». Dada la lejanía del rey de España, Moctezuma añadió: «vos sed cierto que os obedeceremos y tendremos por señor en lugar de ese gran señor que vos decís y que en ello no habrá falta ni engaño alguno y bien podéis en toda la tierra, digo que en la que yo en mi señorío poseo, mandar a vuestra voluntad, porque será obedecido y hecho y todo lo que nosotros tenemos es para lo que vos en ello quisiéredes disponer. Y pues estáis en vuestra naturaleza y en vuestra casa, holgad y descansad del trabajo del camino y guerras que habéis tenido…». A estas palabras añadió otras. El representante del rey de España, convertido de facto en un virrey que todavía no podía recibir órdenes desde la Península, debía hacer oídos sordos a todo lo que le habían contado de los mexicas, sus nuevos vasallos. Moctezuma trató también de hacer ver la modestia de su imperio, señalando que las paredes de sus palacios no eran de oro, sino de piedra y cal. Incluso alzó su vestimenta para mostrar que era de carne y hueso, «mortal y palpable».
Cortés fue consciente de los réditos que podía ofrecerle la leyenda del dios blanco y barbado, de la que ya había oído hablar durante su viaje a la corte de Moctezuma. Según escribió al emperador Carlos, «yo le respondí a todo lo que me dijo, satisfaciendo a aquello que me pareció que convenía, en especial en hacerle creer que Vuestra Majestad era a quien ellos esperaban»…