miércoles, 26 de febrero de 2020

Delcy Rodríguez y El Dorado

Libertad Digital, 21 de febrero de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2020-02-21/ivan-velez-delcy-rodriguez-y-el-dorado-90038/

Delcy Rodríguez y El Dorado

El reciente paso, levitatorio en principio, gravitatorio después, de la vicepresidente de la República Bolivariana de Venezuela, Delcy Eloína Rodríguez, por el aeropuerto de Barajas, ha dejado un preocupante rastro de sospechas a propósito del contenido de las cuarenta maletas que, tras viajar en la bodega de su avión, se cargaron a pie de pista en un vehículo de la embajada venezolana en España y salieron del aeródromo sin pasar ningún control de seguridad. Las especulaciones sobre lo que albergaban esos bultos apuntan al movimiento de documentación, lógico dadas las conexiones podemíticas y socialistas, Morodo y ZP mediante, con el régimen bolivariano, pero también, dado el precedente del decomiso de una avioneta venezolana con 932 kilos de oro de alta pureza, de otras materias más valiosas. En definitiva, no son pocos los que creen que, al igual que ocurriera con el barco que Hernán Cortés mandó a España desde Veracruz, cargado de regalos que asombraron incluso a Alberto Durero, la aeronave fuera «lastrada de oro», ya sea en su forma metálica ya en timbrado formato vegetal.
La salida de oro de Venezuela ofrece la oportunidad de regresar a las primeras fases de hispanización de aquellas tierras, periodo abierto con la llegada de Alonso de Ojeda a unas costas en las que los barbudos avistaron una suerte de palafitos que a Américo Vespucio, integrante de la expedición, le recordaron a Venecia, razón por la cual bautizaron el lugar como Venecia Chica o Venezuela. Aunque aquellos territorios quedaron incorporados a los dominios hispanos, suelen desatenderse, ensombrecidos por la grandeza de las conquistas de los imperios mexica e inca. Sin embargo, los hechos acaecidos en Venezuela son fundamentales para refutar muchos de los atributos de la leyenda negra antiespañola. Nos referimos, en concreto, a los protagonizados por los banqueros alemanes a los que Carlos I favoreció, obligado por los compromisos financieros adquiridos con ellos durante el tiempo de sobornos que le condujo a su elección como emperador.
Dos fueron las familias, ambas originarias de la ciudad alemana de Augsburgo, en las que se apoyó el monarca: los Fugger y los Welser, apellidos españolizados como Fúcares y Bélzares. Con la primera de ellas ya había mantenido relaciones el abuelo de Carlos, Maximiliano. En cuanto a los Welser, su fortuna se debe al talento de Antón Welser, que se dedicó a la explotación de minas de plata y al comercio de textiles flamencos y lana inglesa. Fue esta familia la que se acogió a la posibilidad abierta en 1525, cuando se permitió que los extranjeros pudiesen establecerse en el Nuevo Mundo del mismo modo que los españoles. Así, el 28 de marzo de 1528 consiguieron la exclusividad para la conquista y colonización de un territorio que hoy pertenece a Colombia y Venezuela. Sin embargo, la implantación venezolana de los Bélzares, lejos de ofrecer una suave alternativa al modo hispánico, mostró formas más cruentas con respecto a la población indígena, sin que por ello la actual Alemania se haya resentido en su imagen. Los Welser, en todo caso, son tratados como privados que no representan a la nación germana.
Según el acuerdo inicial, los banqueros se comprometían a fundar dos pueblos de trescientos habitantes y a construir tres fortalezas. Asimismo, debían enviar a la zona 50 técnicos para explotar las minas de su rico subsuelo. A todo esto hemos de sumar el compromiso de armar una escuadrilla de cuatro navíos con doscientos hombres cada uno. La Corona, por su parte, otorgaba el título vitalicio de Gobernador y Capitán General para el jefe de la expedición y de teniente de las fortalezas que construyera, a los que hay que sumar el título de alguacil mayor y de Adelantado de las tierras descubiertas y pobladas, así como la exención del pago de numerosos impuestos. También se les concedía el 4% de todos los beneficios de la conquista e incluso se les permitía la esclavización de indios que no acataran el requerimiento del doctor Palacios Rubios, de cuya venta debían descontar el habitual quinto real.
Todo ello propició que Ambrosio Alfinger se convirtiera en el primer gobernador de Venezuela desde 1529 hasta 1533, cuando fue asesinado por los indios tras partir en busca de El Dorado, prueba de que el influjo áureo no era exclusiva de españoles. A Ambrosio le sucedió Nicolás Federmann que, obsesionado por descubrir el mítico lugar, emprendió una expedición que terminó en febrero de 1539 en Santa Fe de Bogotá al coincidir con Gonzalo Jiménez de Quesada y Sebastián de Belalcázar. La muerte vendría a visitarle en febrero de 1542 en la cárcel de Valladolid, a la que fue conducido tras ser acusado de numerosos delitos.
El gobierno de los Welser hubo de ser intervenido varias veces por la Audiencia de Santo Domingo por sus reiterados intentos de evadir impuestos, hasta que, finalmente, el Consejo de Indias les retiró la concesión en 1546, pues a los asuntos financieros hemos de añadir el poco interés que los alemanes mostraron en lo tocante a la predicación de la fe católica entre los indígenas, relajamiento acaso motivado por las simpatías que pudieran tener con el luteranismo.
             La conducta de estos «mercaderes» en tierras venezolanas no escapó a las críticas de fray Bartolomé de Las Casas, si bien, ello no impidió que, siglos más tarde, Simón Bolívar, cuyo culto sigue vivo en unas repúblicas que se reclaman herederas de su obra, por más que don Simón nunca reparara en aspectos fundamentales del credo que se autocalifica como bolivariano, se refiriera a España, nunca a Alemania, como «desnaturalizada madrastra» o «vieja serpiente».
            Hoy, como antaño, los negrolegendarios hombres bolivarianos conservan la lucrativa fascinación áurea, haciendo buenas aquellas palabras de Bernal Díaz del Castillo, en las que, después de referirse al servicio a Dios y al rey, ideales hoy sustituidos por «la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones», contenidos en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, impulsada por Hugo Chávez al finalizar el siglo XX, expuso los motivos que le empujaron a arriesgar su vida: «por haber riquezas, que todos los hombres comúnmente venimos a buscar».

Erra y Ponsatí: fenotipos y leyenda negra

Libertad Digital, 14 de febrero de 2020:
https://www.libertaddigital.com/opinion/ivan-velez/erra-y-ponsati-fenotipos-y-leyenda-negra-89995/


Erra y Ponsatí: fenotipos y leyenda negra

            «Creemos que nuestro pueblo es de una raza superior a la de la mayoría que forman España. Sabemos por la ciencia que somos arios. […] También tenderemos a expulsar todo aquello que nos fue importado de los semitas del otro lado del Ebro: costumbres de moros fatalistas».

            Así, en un vano intento de justificar su racismo con una apelación a la ciencia, se manifestaba en 1900 el dramaturgo federalista barcelonés, Pompeyo Gener. Arrumbada había quedado la bata blanca con la que intentó convertirse en médico, mas no determinado influjo frenológico con el que trató de establecer el hecho diferencial craneano que, a su juicio, distinguía a los catalanes, arios al cabo, de los semitas avecindados al sur del Ebro.
            Ciento veinte años más tarde, Anna Erra, alcaldesa de Vich, integrada en la misma facción del supremacista Torra, tomó la palabra en el Parlamento de Cataluña para criticar que los «catalanes autóctonos» se dirigieran en castellano (sic) a toda aquella persona que «por su aspecto físico o por su nombre no parezca catalana».
            La jornada tuvo, además, un foco negrolegendario europeo localizado en la ciudad francesa de Estrasburgo, donde la sediciosa huida, Clara Ponsatí, lanzó al aire del Parlamento Europeo la siguiente frase: «Uno de los crímenes más graves contra el pueblo judío tuvo lugar en 1492, cuando los denominados Reyes Católicos ordenaron su expulsión. Este primer episodio de antisemitismo de Estado fue admirado por Hitler, que trató de superarlo», desahogo tras el cual trató de establecer un paralelismo entre los judíos y los catalanes, víctimas ambos, a su parecer, de la secular intolerancia española. Como es natural, semejantes afirmaciones desencadenaron un alud de críticas a la que nos sumamos por medio de este escrito. Lo primero que sorprende de las afirmaciones ponsetianas es que estas se hayan realizado en territorio francés, del cual los judíos fueron expulsados hasta en cinco ocasiones entre finales del siglo XII y mediados del XV. En cuanto a la supuesta inspiración hispana de Hitler para llevar a cabo el Holocausto, ha de saber nuestra compatriota doña Clara, que el «Führer» tenía de Isabel la Católica una muy negativa imagen que le llevó a decir que la reina castellana era «la mayor ramera de la Historia». Conviene, además, establecer distancias nítidas entre los motivos que llevaron a los Reyes Católicos, decisión en la que parece ser que tuvo más que ver Fernando que Isabel, a expulsar a los judíos, y las que movieron a Hitler a adoptar la «Solución final». Una diferencia que orbita en torno a la cuestión racial y que es favorable a los reyes españoles, por cuanto estos permitieron la permanencia de todos aquellos judíos, a despecho de su supuesto fenotipo, que abrazaran la fe católica, mientras que en la decisión hitleriana lo que pesaron fueron motivos muy cercanos a los cultivados por el pretendidamente ario Gener.
            Otros fueron, en efecto, los espejos históricos en los que se miró Hitler y el democrático colectivo nacionalsocialista sobre el que se apoyó para alcanzar el poder. Nos estamos refiriendo, naturalmente, al muy antisemita Martín Lutero, firme partidario del uso del fuego contra los hebreos, cuya efigie convivió con la esvástica dentro de una propaganda nazi que a principios de 1941 abandonó la tipografía gótica al descubrir su origen judío. Meses antes, la ciudad holandesa de Róterdam había quedado devastada bajo las bombas alemanas, que destruyeron la cuna de ese mismo Erasmo que, tras recibir, por dos veces, la invitación del cardenal Cisneros para visitar Alcalá y participar en la Biblia Políglota, escribió una carta a Tomás Moro en la que incluyó su célebre «Non placet Hispania», fórmula con la que expresó su desagrado en relación a una nación con excesiva cantidad de judíos.
            Manipulaciones históricas e impúdicas manifestaciones, todo sirve a una causa, la lazi, marcada por una constante pulsión racista que se abre paso con cierta frecuencia y que cuenta con innumerables precedentes. Por citar alguno, podríamos acudir al federalista Valentín Almirall, autor de una obra, El Catalanismo. Motivos que lo legitiman. Fundamentos científicos y soluciones prácticas, en la que se invoca también a la ciencia y en la cual podemos hallar manifestaciones del siguiente jaez:

«España no es una nación una, compuesta por un pueblo uniforme. Más bien es todo lo contrario. Desde los más remotos tiempos de la historia, una gran variedad de razas diferentes echaron raíces en nuestra península, pero sin llegar nunca a fusionarse. En época posterior se constituyeron dos grupos: el castellano y el vasco-aragonés o pirenaico. Ahora bien, el carácter y los rasgos de ambos son diametralmente opuestos».
«El grupo central-meridional, por la influencia de la sangre semita que se debe a la invasión árabe, se distingue por su espíritu soñador [….]. El grupo pirenaico, procede de razas primitivas, se manifiesta como mucho más positivo. Su ingenio analítico y recio, como su territorio, va directo al fondo de las cosas, sin pararse en las formas».

            Años más tarde, el secesionista Daniel Cardona, que participó en la fundación del grupo Bandera Negra, percibió las diferencias entre los que Anna Erra ha llamado «catalanes autóctonos» y los que no tenían la dicha de serlo. «Un cráneo de Ávila, no será nunca como uno de la Plana de Vic. La Antropología habla más elocuentemente que un cañón del 42», sentenció quien participara en la bufa intentona de proclamación de la República Catalana, tras la cual, del mismo modo que Puigdemont y su cohorte de fugados protegidos por Europa, cruzó los Pirineos.

Malsines y testigos anónimos

Libertad Digital, 13 de febrero de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2020-02-13/ivan-velez-malsines-y-testigos-anonimos-89969/


Malsines y testigos anónimos

«Al que difama en secreto a su prójimo lo hago desaparecer; al de mirada altiva y corazón soberbio no lo puedo soportar.»

Salmos, 101, 5

            Malshinim o malsines son términos, el primero hebreo, el segundo castellano, aplicados a quienes difaman a otros judíos. El descubrimiento de un individuo que comprometía la siempre complicada existencia del pueblo de Israel determinaba la aplicación de severos castigos entre los que cabía la ejecución del malsín.
            En España, el fenómeno de la malsinería, ya documentado en el siglo XIII, alcanzó su máximo vigor durante la convulsa centuria posterior, en la cual las aljamas sufrieron graves daños. Fue en ese tiempo cuando las comunidades hebreas pidieron permiso al rey, de cuyo tesoro formaban parte, tal y como se puede leer en el Fuero de Cuenca -«los judíos son siervos del Rey y están confiados a su tesoro»-, para perseguir a estos difamadores. La concesión regia creó, no obstante, un clima de desconfianza y recelos dentro de unas juderías que, además, debían hacer frente a elevadas multas por la existencia de judíos malsines. Con su suerte ligada a la de la propia monarquía, algunos judíos perdieron la vida tras ser acusados de malsines. Tal fue el caso de Yosef Pichón, contador mayor de Enrique II que, tras la muerte de este, fue ejecutado después de recibir la condena de la aljama de Burgos. Después de las matanzas de 1391 comenzó el decaimiento de la malsinería judía, debido no solo al recorte del que fue objeto la jurisdicción hebraica, sino también por el aumento del número de conversos, es decir, de aquellos que abandonaron la ley mosaica para hacerse cristianos con mayor o menor dosis de sinceridad. En el curso de este flujo humano, la malsinería cambió de bando y comenzó a señalar a aquellos que judaizaban.
            En este contexto, en 1432 en Castilla se estableció una nueva regulación, las Ordenanzas o «Takkanoth» de Valladolid, impulsadas por Abraham Benveniste quien, gracias a Juan Hurtado de Mendoza, accedió a la Corte de Juan II. Elaboradas por los propios judíos y aprobadas por las Cortes de Valladolid, en ellas se contenían las leyes por las cuales debía regirse el colectivo sefardita. Gracias a los «Takkanoth» los israelitas, a pesar de profesar otra religión, se convertirían en una parte del reino de Castilla, alcanzando un inédito grado de reconocimiento. En cuanto al contenido de esas ordenanzas, podemos destacar que en ellas se dispuso un impuesto familiar sobre la carne y el vino «judiegos» o kosher, las bodas, los funerales y las circuncisiones. Con el dinero recaudado se sostendría un maestro de niños que enseñaría la fe y escritura hebrea, garantizando de este modo la continuidad del colectivo sefardí, que pretendía depurarse. En este optimista contexto, la malsinería se siguió persiguiendo con dureza. Quienes incurriesen en esa práctica, serían expulsados de sus comunidades de un modo tan expeditivo que ni siquiera sus restos mortales podrían ser inhumados en los cementerios de las aljamas.
            Apenas faltaba medio siglo para que en España se implantara la Inquisición, tribunal de la fe dedicado a perseguir la herética pravedad. Es durante su desarrollo procesal cuando reaparecerá la malsinería, ligada a los testigos, que eran examinados para averiguar si deponían con «odio y malquerencia o por otra mala corrupción». Con ese fin, se recurría a otras personas que informaran acerca de la «conversación, y fama, y conciencia» de estos. La pérdida de prestigio no era, en modo alguno, el único riesgo que corrían los testigos. Sus declaraciones podían poner en riesgo sus personas y bienes, por lo que los inquisidores estaban facultados para omitir la publicación de sus nombres. Es así como se llega a las llamadas denuncias anónimas, tras las cuales, a nuestro juicio, subyace, entre otros factores, un sustrato malsín. En efecto, ha de tenerse en cuenta que los cristianos nuevos, considerados apóstatas o puros oportunistas por sus antiguos compañeros de religión, eran tenidos mal vistos desde la perspectiva judía, pero a su vez, de ser cierta su conducta judaizante, habrían regresado a su comunidad originaria. Quedaba, de este modo, abierta la posibilidad de castigar, hasta la muerte a los malsines cristianos, razón por la cual se procedió a la omisión de su nombre.
            Con el correr de los tiempos, «malsinería» y «malsín», términos todavía incorporados a nuestro Diccionario, fueron perdiendo vigencia, hasta tal punto que Francisco de Quevedo usó el segundo de ellos en un romance, El Cid acredita su valor contra la envidia de cobardes, del cual aclaró que estaba escrito «en lenguaje antiguo»:

Estando en cuita y en duelo,
denostado de zofrir,
el Cid al rey don Alfonso
fabló de esta guisa; oíd:
Si como atendeís los chismes
de los que fablan de mí,
atendiérades mis quejas
mi sandez toviera fin.
No supe vencer la invidia,
si  supe vencer la lid,
pues hoy desfacen mis fechos
los dichos de algún malsín.

¿Quién conquistó México?

Libertad Digital, 30 de enero de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2020-01-30/ivan-velez-quien-conquisto-mexico-federico-navarrete-89842/


¿Quién conquistó México?

            Esta pregunta, de respuesta aparentemente automática –los españoles, naturalmente-, es la que da título al libro publicado a finales del pasado año por el historiador mexicano Federico Navarrete que, en la introducción a su obra -¿Quién conquistó México?, Debate, Ciudad de México 2019-, afirma que «la idea de la victoria absoluta de los españoles en 1521 no es más que una versión parcial e interesada, inventada por el propio Hernán Cortés». Al análisis de lo ocurrido hace medio milenio, y a sus consecuencias, consagra Navarrete ciento ochenta y cuatro páginas en las que, como advierte al lector, se atiende a la «obligación» de «elegir bando» a propósito de la guerra desencadenada a partir de «aquel fatídico 1519». En medio de este dilema, ante el que Navarrete se posiciona sin pudor, los inesperados e indeseados visitantes, aparecen aureolados de «violencia», «ignorancia», «insensibilidad» y «prepotencia», características que les impidieron actuar de un modo respetuoso ante la «otredad» indígena. Cabe introducir aquí la primera de las objeciones, pues, como es sabido, la realidad en la que irrumpieron tan brutales rostros más o menos pálidos, era tremendamente convulsa. Navarrete, tal nos parece, abstrae todas las diferencias entre aquellos pueblos para configurar un indígena abstracto, desposeído de sus atributos más incómodos. Una operación que también repite con el colectivo –así soldados como religiosos- español, marcado por una brutalidad representativa de «una nueva forma agresiva y dominante de la masculinidad europea, militar y colonialista». Al cabo, según sostiene Navarrete, los barbudos, entre los que se encontraba el hidalgo Cortés, autor de las Cartas de Relación, eran, en realidad, «un grupo marginal y provinciano de varones iletrados».
            Elaborado este cuadro maniqueo, Navarrete introduce la obligada perspectiva femenina. Nuestro autor sostiene que la convivencia íntima y cotidiana con las mujeres indígenas, transformó a los machistas «colonos», que accedieron de este modo a un nuevo mundo sensitivo y espiritualista que todavía no ha desaparecido por completo, pues, según nos dice, «en el siglo XXI, como en el XVI, la mayoría de las mujeres y hombres indígenas sigue manteniendo corporalidades distintas y tiene conceptos diferentes de la relación entre los aspectos materiales y espirituales de su ser. Llegan a tener, por ejemplo, hasta nueve esencias espirituales distintas, algunas llamadas almas». De entre todas esas mujeres, emerge la dioscúrica figura de doña Marina que, por una parte, es indígena y femenina, y por otra, española y masculina. Una es políglota y elocuente, la otra, marcada por la impronta española, incapaz de comunicarse. Frente a la Marina hermosa, aparece la violenta; ante la negociadora, la amenazante. Un pulso interior que queda encerrado en un cuerpo, el de Marina, que, según el relato navarretiano, fue capaz de «imaginar un destino diferente al adjudicado -¿por quién? ¿acaso no lo estaba por aquellos hombres que la esclavizaron?- Negarle incluso esta posibilidad sería un acto de violencia racista, de género y social, que conformaría y haría aún más opresiva la marginación que padeció en los hechos». Los españoles se convierten, de esto modo, en castradores de sueños.
            Ya en un plano menos introspectivo, el tercer capítulo, «Los indígenas conquistadores», no oculta su raigambre restalliana, reconocida por el propio Navarrete. Apoyado en la abrumadora mayoría de guerreros indígenas que participaron en la conquista, así como en el papel esencial que jugaron los guías nativos, Navarrete, siempre a rebufo de Matthew Restall, alcanza su clímax negacionista de los méritos españoles cuando dice que «fueron los gobernantes indígenas aliados quienes determinaban el rumbo de la expedición y sus alianzas, de acuerdo con sus propios intereses estratégicos, y luego aconsejaban y convencían a los conquistadores de seguir su camino». Dentro de un contexto que arrastraría inercialmente a los ¿conquistadores? españoles, los indígenas habrían hecho creer a estos que tenían el control y que las decisiones eran sólo suyas. Sin embargo, la realidad, a la que habría tenido acceso el historiador mexicano, fue por otros derroteros: los olorosos, ruidosos y agresivos españoles fueron poco más que un instrumento en manos preferentemente tlaxcaltecas. La presencia de aquellos hombres, caracterizados por su «alteridad», permitió que los antaño enemigos llegaran a ponerse de acuerdo contra los mexicas. Cortés y sus hombres actuaron, literalmente, como «testaferros» de sus aliados indígenas. Los españoles, en definitiva, no pasaron de ser «dirigentes nominales», manipulables y maleables al servicio de los enemigos de Moctezuma. Una manipulación que, paradójicamente, habría llevado a los indígenas hostiles a la Triple Alianza, a convertirse en dependientes de unos hombres dotados de una desmedida capacidad para la violencia que alcanzó su mayores cotas con el despliegue de un auténtico «terrorismo religioso». Navarrete, que también dedica un espacio a refutar las razones morales que sostuvieron la conquista, contempla incluso, sin dar referencia alguna, la posibilidad de que la sodomía y la antropofagia fueran practicadas dentro de unas filas españolas, completadas por la sobrenatural presencia de un Santiago Matamoros que se transmutó en Mataindios.
            Así las cosas: ¿quién sería el mayor responsable de la idea de que fueron los españoles los autores de la conquista de México? Don Federico acusa de ello a los historiadores mexicanos de los siglos XIX y XX, a los que urge dar una respuesta, la que, teñida de relativismo y de actitud dialogante, da él mismo. Así, en un impecable español encerrado en los estrechos límites impuestos por el mito de la Cultura, concluye el negrolegendario Navarrete:

Frente a la intolerancia de la religión católica impuesta por los españoles, ante la pretendida superioridad de la cultura europea que ha buscado acallar otras formas de pensar y de hablar, que ha pretendido destruir las diferentes formas de pensar y hablar, que ha pretendido destruir las diferentes formas de ser humano, ha sido la inteligencia y la creatividad de los pueblos indígenas y de los africanos la que ha permitido que sobreviva y prospere una gran variedad de valores y culturas con sus diferentes formas de ser.

Olga Tokarczuk, fabuladora negrolegendaria

Libertad Digital, 9 de enero de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2020-01-09/ivan-velez-olga-tokarczuk-fabuladora-negrolegendaria-89666/

Olga Tokarczuk, fabuladora negrolegendaria[1]

«El momento que ahora podemos ver a través del tiempo llevó a la muerte de 56 millones de los casi 60 millones de nativos americanos. En ese momento, representaban aproximadamente el 10 por ciento de la población total del mundo. Sin darse cuenta, los europeos les trajeron algunos regalos letales: enfermedades y bacterias a las que los habitantes indígenas de América no tenían resistencia. Además de eso vino la despiadada opresión y el asesinato. El exterminio continuó durante años y cambió la naturaleza de la tierra.»

            Las palabras reproducidas forman parte del discurso pronunciado por la escritora polaca Olga Tokarczuk (Sulechów 1962) durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura del año 2018, organizada por la Academia Sueca tras la parálisis producida por la concesión del mismo a Bob Dylan y el afloramiento de ciertos casos de escandinava corrupción. La escritora merece las felicitaciones de los lectores españoles por su obra de ficción, sin embargo, resulta difícil permanecer en silencio ante la pretendida conexión que estableció entre el descubrimiento de América, la desaparición de la población indígena y el cambio climático, quedó, al parecer, establecida.
            Como tantos noveleros, por emplear la fórmula quevedesca, Tokarczuk se acoge a algunos de los más populares estereotipos de la Leyenda Negra, conveniente y climáticamente actualizados para la ocasión. La escritora se deleita incluso cantando las bondades de la agricultura prehispánica, cuyas armónicas y sostenibles canalizaciones fueron pasto de la selva tras la llegada de los barbudos. Sin embargo, pese a estas obligadas pinceladas ecológicas, el grueso de la crítica de la polaca gravita sobre el tópico del «exterminio» de la población nativa, que pretende demostrar con cifras más que discutibles, de cuyo origen nada dice, pues doña Olga no desvela las fuentes de las que bebe. Según afirmó durante su intervención en la Sala de Conciertos de Estocolmo, antes de la llegada de los europeos había sesenta millones de nativos americanos, números alejadísimos de los que manejara en su día alguien también nacido en Polonia, Ángel Rosenblat, que en su La población indígena de América desde 1492 hasta la actualidad (Buenos Aires 1945) calculó que antes de la llegada de Colón, el número de indígenas que vivían en todo el continente era algo superior a los trece millones, cifra que en 1570 había descendido a once millones y que en 1825, dentro ya de los procesos de cristalización de las naciones políticas hispanoamericanas, se situaba en ocho. Al margen de la cuestión numérica, ha de tenerse en cuenta que esas poblaciones estaban a menudo desconectadas entre sí, cuando no enfrentadas o estructuradas según patrones esclavistas. Ello por no hablar de prácticas que mermaban la cantidad de americanos: los sacrificios humanos de los cuales la arqueología aporta cada vez más numerosas y macabras pruebas, como se ha podido comprobar tras el hallazgo, hace años, del tzompantli –estructura hecha a base de cráneos humanos- cercano al Templo Mayor de la Ciudad de México de la que hablan las crónicas españolas o con la aparición de momias andinas que conservan los cuerpos entregados a los dioses. Esta realidad refuta el mito del indio considerado como un «manso cordero», tal y como lo definió Bartolomé de Las Casas, y demuestra que antes de la expedición española el continente distaba mucho de ser una tierra paradisiaca, como parece sugerir la Tokarczuk que, no obstante, acierta al hablar de los devastadores efectos, imposibles de evitar por parte de los españoles, que tuvieron las enfermedades europeas sobre unos hombres que carecían de defensas naturales contra ellas. Una morbosa realidad contra la que estos combatieron, pues conviene recordar que los españoles fundaron cientos de hospitales en las ciudades que dieron forma a su imperio civilizador. Un ánimo sanitario que se mantuvo en el tiempo, como prueba el hecho de que en 1803 se organizara la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, capitaneada por Francisco Javier de Balmis, primer cirujano del Hospital de San Juan de Dios mexicano, gracias a la cual, la vacuna contra la viruela llegó a Puerto Rico, Caracas, La Habana, Veracruz, la Ciudad de México e incluso Filipinas, desde donde saltó a los enclaves chinos de Macao y Cantón.  
            Olga Tokarczuk, tal nos parece, está cautiva de las mismas falsas nuevas que ella misma critica pero, al mismo tiempo, reproduce, pues si la cantidad de indígenas que murieron a causa de las enfermedades, de las que los españoles, en su caso, no se libraron, y de unas violencias que no negamos, es muy inferior a la que ella acepta, los devastadores efectos climáticos de esa pérdida de vidas no pudo darse a tan gran escala. Frente la tópica imagen de un imperio marcado por la «despiadada opresión», «el asesinato» y el «exterminio», se alza la realidad de una Corona que, a diferencia de sus coetáneas, marcadas por la depredación y el desprecio por los indígenas, impulsó numerosas leyes que protegían a los naturales. Un cuerpo legal que ya está presente en el codicilo del testamento de Isabel I de Castilla, en el cual, la reina católica, en trance de muerte, dejó escrito que sus herederos en el trono «non consientan e den lugar que los indios vezinos e moradores en las dichas Indias e tierra firme, ganadas e por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes; mas mando que sea bien e justamente tratados». A este documento debemos añadir las monumentales leyes indianas, correctoras de excesos individuales y protectoras de comunidades que fueron prácticamente barridas con la llegada de determinados vientos decimonónicos europeos a unas naciones hispanoamericanas ávidas de blanqueamiento racial. No podemos finalizar esta fugaz enumeración legislativa, sin referirnos a la obra del dominico español Francisco de Vitoria, en la que muchos han visto un precedente de los Derechos Humanos. Cabe, por otro lado, aclarar que, aunque los polacos estén acostumbrados a la expresión «colonias españolas», tal expresión es ajena a la terminología genuinamente española. Las tierras descubiertas y ganadas para la Corona, constituían un territorio del mismo rango que las peninsulares.
            Por estas y otras muchas razones, se puede aplicar a la fabuladora Olga Tokarczuk el calificativo de escritora negrolegendaria, condición que, sin duda, le hará ganar lectores y adeptos entre el amplio colectivo de personas adscritas a las numerosas sectas salvíficas, del planeta y de sus propias conciencias, que marcan nuestro presente buscando culpables ajenos, en ocasiones tan remotos como los que dieron cuerpo al Imperio, católico en lo territorial y en lo religioso, español. Tal vez para Tokarczuk, tal y como ella misma nos revela, «la ficción es siempre una especie de verdad», pero probablemente solo lo sea dentro del mundo literario. Sin embargo, cuando la autora quiere hablar con autoridad sobre «ciertos momentos de la Historia», debería referirse a la bibliografía científica sobre el tema y leer los documentos al respecto. En el caso contrario, como ella misma dijo: «una mentira se convierte en un arma de destrucción masiva».



[1] Versión en español del artículo que, traducido al polaco por Małgorzata Wołczyk, se publicó el 4 de enero de  2020 en la versión digital del semanario Do Rzeczy: https://www.dorzeczy.pl/kraj/125323/antyhispanizm-olgi-tokarczuk-czyli-o-krzywdzacych-stereotypach-w-przemowie-noblowskiej.html?fbclid=IwAR2Cyz7X1Jd7NF4gC6iOyA7cfc10wVWcCbJOmb-blsgYc34av2s9qkDu1ws.

Libertad Digital, 5 de enero de 2020:
https://www.libertaddigital.com/opinion/ivan-velez/sanchez-por-el-triunfo-de-la-confederacion-89645/


Sánchez, por el triunfo de la Confederación

            Mientras los diputados nacionales electos que hoy se dieron cita en la Carrera de los Jerónimos para participar en la primera sesión de investidura se replegaban, en el Parlamento catalán, una votación tan efectista como carente efectos prácticos, sirvió para mostrar el apoyo de las fuerzas sediciosas al presidente autonómico, Joaquim Torra. La farsa, una más de las escenificadas en ese corral de tragicomedias hispanófobas, ofreció la apariencia de una desobediencia a la reciente inhabilitación del más alto representante del Estado en esas tierras, emitida por la Junta Electoral Central. En pleno éxtasis voluntarista, los representantes políticos de las diversas sectas catalanistas reivindicaron, en un inconsciente homenaje al barón de Barón de Münchhausen, el derecho a la autodeterminación y exigieron la amnistía de los presos golpistas, «presos políticos» según la jerigonza lazi.
            Todo ello ocurría mientras en Madrid todavía flotaban en el aire las palabras proferidas por Gabriel Rufián, a las que Sánchez respondió con unos dulces susurros en los que agradecía las intolerables exigencias planteadas por quienes pueden garantizarle, con una calculada abstención, su estancia en La Moncloa a cambio de aceptar condiciones intolerables para el presidente de una nación, obligado a negociar de tú a tú con una de sus partes. En efecto, aunque la enumeración de las medidas «sociales» era obligada, el debate tuvo como cuestión central el por Sánchez llamado, «contencioso territorial», fórmula con la que se tratan de encubrir momentáneamente las aspiraciones secesionistas de la amplia mayoría de sus apoyos, aquellos que reclaman, no ya el emponzoñamiento de las togas, sino su desaparición, que no otra cosa sino la impunidad es lo que quiere decirse cuando se pide que el «contencioso» se mantenga en la estricta esfera de «la política». Frente a las aspiraciones nacionales, identitarias y sentimentales, todas ellas asumibles e integrables dentro de un Gobierno «progresista», según la clasificación sanchista, se alza la zona en sombra, hábitat de «la derecha», cuya existencia sólo es tolerable si ofrece incondicionalmente su apoyo al madrileño y permanece en una suerte de estado estacionario al que no poco ha contribuido ella misma durante unos años de mandato continuista de las principales directrices del zapaterato. En lo más recóndito de esta zona oscura, en la manida caverna, habita un partido cuyo nombre no se sostiene en los labios de Sánchez, Vox, al que el doctor se refiere como una «ultraderecha» a la que adivina sus verdaderas intenciones: la vuelta a un franquismo todavía agazapado dentro de un colectivo que, movido por extraños resortes, concita cada vez más apoyos electorales.
            Autoproclamado parteluz de la política española, el maniqueo Sánchez divide en dos el hemiciclo desde su tribuna y, confiado en los poderes taumatúrgicos de la palabra «diálogo», aquella que frotaba a diario su predecesor y mentor, Zapatero, se cree capaz mantener mínimamente embridados a quienes han planteado sin tapujos unas aspiraciones imposibles de alcanzar sin hacer saltar por los aires la soberanía, única por más fórmulas plurinacionales que se balbuceen de la nación española. Sépalo o no el architornadizo Sánchez, la célebre «nación de naciones» es un imposible, razón por la cual, lo más parecido a esa estructura sobre la que pretende mantener el control, forzando la legalidad con consultas destinadas a expropiar parte del territorio nacional a la amplia mayoría de los españoles, deberá adoptar un perfil llamado federal que, en el fondo, es confederal. Radica ahí la principal diferencia con Unidas Podemos, mucho más clara, que no menos voluntarista, en sus planteamientos. Mientras el PSOE mantiene la reliquia nominal de un comité federal totalmente desactivado, eco lejano de aquella financiación alemana al «clan de la tortilla», Unidas Podemos opera en el Congreso con una variedad de rostros con los que trata de hacer visible, añadiendo algún guiño regional, su orden confederal, mucho más acorde con su proyecto. Sin embargo, dentro de la pretendida isocefalia del partido morado, destaca la testa de Iglesias, irradiadora, al parecer, de unos poderes de seducción capaces de hacer regresar al redil estatal a aquellas naciones liberadas de su prisión. En consonancia con su confesada fe bolivariana, el vecino de Galapagar, solemne caballo de Troya del secesionismo, se ofrece, en la sede de la soberanía nacional, para asesinar, urnas mediante, a la «madrastra España», para luego hacer coincidir a las naciones liberadas en el viejo proyecto alemán: la Europa de las regiones. Este, y no otro, es el inestable proyecto sobre el que pretende sostenerse, sobre un fondo de pluripalmeros, medios mercenarios e intereses «europeístas», Pedro Sánchez a partir del día 7, fecha en la que, previsiblemente, al compás de una política cautiva de los intereses particularistas, aumentará la tensión en las calles, pues el poder no sólo se ejerce de un modo descendente.

España: Unidad de destino en lo federal

Libertad Digital, 20 de diciembre de 2019:
https://www.libertaddigital.com/opinion/ivan-velez/espana-unidad-de-destino-en-lo-federal-89517/


España: Unidad de destino en lo federal

            El pasado 9 de diciembre, Toni Bolaño, periodista del periódico La Razón, formuló la siguiente pregunta a Miquel Iceta: «¿Cuántas naciones hay en España?». La respuesta del presidente del PSC, recientemente reelegido, fue precisa: «Las he contado. Según los Estatutos de Autonomía, ocho, y si sumamos el preámbulo de Navarra, nueve. Los Estatutos de Galicia, Aragón, Valencia, Baleares, Canarias, Andalucía, País Vasco y Cataluña dicen que son nacionalidades, o nacionalidades históricas. Nación y nacionalidad son sinónimos». Días más tarde, el barcelonés dio escala netamente catalana a su afirmación. A su decir, Cataluña, indiscutible nación, debe ser reconocida como un «sujeto político no independiente» dotado de un «autogobierno sin interferencias indebidas del Estado». Una nación que debería ver mejorada su financiación.
            Sabido es que la deposición de Iceta pretende ser tan útil para las negociaciones que Pedro Sánchez, en su presidencial ambición, mantiene con las organizaciones facciosas que buscan la secesión de Cataluña, como para las ambiciones de su ego diminuto. Sin embargo, como ocurre a menudo, los finis operantis discurren por veredas alejadas de aquellas por las que transitan los finis operis. O lo que es lo mismo, el burdo argumento icetesco: la consulta de unos textos que utilizan fórmulas como «nacionalidad» o «nacionalidad histórica», nunca el vocablo «nación», no es un ingenuo pretexto sobre el que elevarse para dar cumplimiento a íntimos anhelos. El precio que todos habríamos de pagar para la consecución de esos deseos es inaceptable, por cuanto lo que está en juego tras esos floridos juegos semánticos es nada menos que la continuidad de la nación española, realidad política incompatible con otras de su naturaleza, que no puede estar sujeta a voluntarismos de escala regional ni a pretendidos derechos históricos o singularidades lingüísticas o geográficas. Las manifestaciones de Iceta, que bien pudieran haber suscrito el abad mitrado de Monserrat, Aureli Maria Escarré, son, sin embargo, congruentes con lo que hace dos años dijera Pedro Sánchez a propósito de la cuestión nacional. En efecto, en el curso de un desayuno informativo, el doctor por la Universidad Camilo José Cela afirmó que «al menos en términos históricos hay tres territorios que han manifestado su vocación de ser nación», en referencia a Cataluña, Vascongadas y Galicia, regiones que obtuvieron estatutos de autonomía durante la II República Española, periodo mitificado hasta extremos indecibles desde las filas del partido que antaño se identificaba por un puño -izquierdo- y una rosa. Regiones esas que, desde hace un siglo, han ofrecido material humano y político al proyecto GALEUSCA.
            Durante aquella jornada matinal, Sánchez añadió unas palabras en las que apareció la coartada –la «nación de naciones»- con la que trata de plegarse, involucrando a territorios que han actuado estatutariamente de forma mimética, a los dictados de las sectas catalanistas y vasquistas. La ampliación contable obrada por Iceta permitiría que tal sumisión fuera más llevadera en un tiempo en el que la fragmentación partitocrática y particularista ha aumentado notablemente. En concreto, Sánchez pronunció la siguiente frase culminada con una pregunta teñida de reproche y de coloraciones metafísicas: «Aquellos que niegan que España es una nación de naciones... ¿Qué están diciendo, que ser español es la única identidad posible?». Con la única oposición interna, en forma de amagos retóricos, de algunos barones socialistas, gracias a la bien engrasada maquinaria propagandística, el rótulo «nación de naciones» ha comenzado a ganar presencia junto a la fórmula que, pretendidamente, haría posible el genitivo reduplicativo denunciado en su día por Gustavo Bueno: la transformación de España de un Estado federal.
            Solo arrojando veladuras federales, tan caras a determinados oídos, se podrían ocultar las enormes contradicciones que entraña la «nación de naciones», que deja en el aire numerosos interrogantes. ¿Acaso sus invocadores perciben a España como una suerte de Bolivia europea en cuyo seno estarían atrapadas un número indeterminado de naciones, al menos nueve, étnicas? De ser así, ¿no cabría añadir una, la gitana, acreedora de una tierra en la cual hacer ondear la bandera en la que flota la rueda de carro, señal de su errabundo devenir?, ¿quizá los creyentes en la «nación de naciones» son irredentos nostálgicos del Antiguo Régimen que añoran la tan histórica como estamental sociedad previa a las revoluciones francesa o española? No parece que sea esto lo que busquen los Iceta, Sánchez & c., sino la consolidación de una España, administrada por sus marcas electorales, en la cual la diferencia entre españoles quede garantizada en virtud del terruño en el que estos estén avecindados.
            La clave de esta maniobra se halla, tal nos parece, en el cultivo de un federalismo siempre de imprecisos perfiles, al que estarían convocadas las susodichas nueve naciones y del que se quedarían fuera, por ejemplo, una o varias Castillas, víctimas de sus austeridad estatutaria. Mediante el taumatúrgico federalismo, las nacionalidades, nacionalidades históricas o naciones –que todo se mezcla en el baile de San Vito terminológico de Iceta- hallarían acomodo tras atravesar el trance autonómico. Se culminaría de este modo la llamada segunda Transición.
            La meta federal no es, por supuesto, un invento del tándem compuesto por las cabezas más visibles del PSOE y el PSC. La revitalización de esta idea comenzó a principios de los años 60 del siglo pasado como vía alternativa al influjo comunista y al franquismo más estatalista. Ejemplo de ello es el opúsculo Actualidad de la idea federal, obra de Fernando Valera publicada por el Centro de Estudios Sociales y Económicos de París, que recoge la conferencia pronunciada el 3 de noviembre de 1962, poco después de la celebración del dolarizado Contubernio de Múnich. Valera, que estiró la ficción segundorrepublicana como último presidente del Gobierno en el exilio, acudió a aquel encuentro y se mantuvo en la órbita de las instituciones federalizantes, entre ellas el Consejo Federal Español, fundado en 1944, activas en el extranjero. La idea que de lo federal tenía Valera hace más de medio siglo es muy parecida a la que manejan Sánchez e Iceta en la actualidad, como puede advertirse en estos párrafos:

La república federal, en los estados unitarios, ya constituidos y centralizados, supone rehacer el proceso histórico y reformar la estructura interna de la comunidad política, restaurando la libertad y autonomía de sus elementos: hombres, ciudades, comarcas y países o naciones.
La Federación así concebida no es, por lo tanto, el hecho histórico de agruparse varias regiones, comarcas o estados en una comunidad política más amplia y soberana, sino el proceso viviente de reorganizarse internamente esta comunidad política conforme al módulo de la libertad; es el reajuste y el renacimiento de todas las autonomías ahogadas por siglos de centralismo absoluto, sin que con ello peligre, como veremos luego, la unidad de la patria grande. La Federación es también el pacto perenne y voluntario de una convivencia libre de los pueblos, de manera que la confluencia e interpenetración de esferas de libertad se traduzcan en leyes e instituciones que las garanticen, armonicen e interpreten, desde el individuo, que es el hombre, hasta el universo, que es la humanidad.

            Sazonada de una buena dosis de sostenibilidad y una pizca de terminología de género, lo reproducido encaja a la perfección con el producto que tratan de ofrecer Sánchez e Iceta. Una España federal sujeta a un telos muy concreto: su integración, en rigor, su disolución nacional, en Europa. Una España que bien podría calificarse como «Unidad de destino en lo federal».

Civilizar o exterminar a los bárbaros

Libertad Digital, 12 de diciembre de 2019:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2019-12-12/ivan-velez-civilizar-o-exterminar-a-los-barbaros-89461/

Civilizar o exterminar a los bárbaros

Con este título de resabios clásicos, Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española, acaba de publicar un libro que aborda los complejos debates que se abrieron ante la aparición de esos hombres dejados de la mano de Dios con los que toparon cristianos adscritos a diferentes iglesias europeas. Por ser más precisos, la referencia al mundo antiguo con la que iniciamos este comentario nos conduce directamente a Aristóteles, cuya Política fue una de las obras de referencia para todos aquellos que participaron en un trascendental debate.
La grieta cismática que se abrió en el tiempo coincidente con el avance europeo divide en dos partes diferenciadas, aunque no inconexas, Civilizar o exterminar a los bárbaros (Ed. Crítica, Barcelona 2019). La primera de ellas está referida a la controversia que se vivió en los ambientes escolásticos españoles, protagonizados principalmente por Francisco de Vitoria, Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. Una controversia que tenía como fundo la donación papal de Alejandro VI, considerada ilegítima por Las Casas en lo relativo a su dimensión política, que no en lo relativo a la espiritual. Para Las Casas, el documento alejandrino abría las puertas de América a los frailes, pero se las cerraba a los soldados. «Por el Imperio hacia Dios», tal fue el modo único concebido por el llamado Apóstol de Las Indias. También Vitoria puso en duda la donación papal hecha a los Reyes Católicos en lo tocante a la ocupación de las nuevas tierras y en la posibilidad de hacer la guerra y someter a sus habitantes. A estas reflexiones dedicó el dominico sus Relectio prior de indis recenter investis, a finales de 1538 y Relectio posterior de indis sive de iure belli hispanorum in barbaros, pronunciada los días 18 y 19 de junio de 1539.
Como es sabido, según el profesor de Salamanca existía una serie de títulos legítimos para la actuación de los españoles en el Nuevo Mundo. A ellos ha de sumarse la idea de que los indios, no exentos totalmente de juicio, eran incapaces de constituir una república legítima. Avalaba esa idea el hecho de no contar con letras. Cita Montero lo que aconsejaba Vitoria a los reyes para paliar aquella ausencia civilizatoria. Estos, por el bien de los naturales, debían: «tomar a su cargo la administración y nombrar prefectos y gobernadores para sus ciudades; incluso darles nuevos gobernantes, si constara que ello es conveniente para ellos».
En 1542, año en el que se promulgaron las Leyes Nuevas, que limitaban severamente las encomiendas, Las Casas terminó la redacción de su Brevísima. Sin tener la solidez doctrinal de Vitoria, la obra era conmovedora por la brutalidad de las escenas recreadas. Aunque dichas leyes fueron revocadas cuatro años más tarde, el testimonio del bullicioso Las Casas, se dejó oír en la Controversia de Valladolid, en las que sus tesis se confrontaron con las del doctísimo Sepúlveda, recogidas en su Democrates alter, más próximas, sostiene con acierto Muñoz Machado, a las posiciones de Maquiavelo que a las de Erasmo. Frente al irenismo del de Róterdam, Sepúlveda afirmaba que milicia y religión cristiana eran plenamente compatibles. El cronista, que tuvo contacto con Hernán Cortés, acaso impulsor de una obra obstaculizada por Las Casas y sus correligionarios, consideraba que el pensamiento aristotélico, vinculado a la idea de la ley natural, era compatible con las Sagradas Escrituras. La consecuencia extraída por quien publicó en 1548 la traducción de la Política, era la obligación que tenían los soberanos de erradicar los hábitos salvajes de aquellos hombres.
En defensa de las posturas sucintamente comentadas, Las Casas y Sepúlveda fueron los principales protagonistas en la Controversia de Valladolid, que tuvo lugar entre el 15 de agosto y el 30 de septiembre de 1550. En ella se discutió respecto a «qué forma puede haber cómo quedasen aquella gentes sujetas a la Majestad de nuestro Emperador sin lesión de su real conciencia, conforme a la bula de Alejandro». La victoria, sobre el terreno de la política real, cayó del lado sepulvedano.
La segunda parte de Civilizar o exterminar a los bárbaros reconstruye los fundamentos en los cuales se apoyó el despliegue inglés en Norteamérica. Un despliegue que tuvo muy en cuenta lo discutido en España, pero que actuó de manera muy diferente. Como señala Muñoz Machado, la Corona británica nunca elaboró una política evangelizadora. A esta falta de interés, pues su prioridad fue siempre económica, se unía la circunstancia de que carecía de un clero compacto y disciplinado, amén de la ausencia de órdenes religiosas desde que Enrique VIII las disolviera para apropiarse de sus bienes, desamortización mediante. A diferencia de la española, la Corona británica no impulsó el mestizaje. La segregación y la exclusión de los indígenas se impusieron de un modo similar a la desarrollada, durante siglos, en Irlanda.
La presencia y posesión de aquellas tierras requería, no obstante, de una serie de títulos, a cuya confección consagraron sus trabajos, referenciados en ocasiones, en los españoles, algunas distinguidas plumas. Ese fue el caso de George Peckham, lector de Vitoria, que se cuidó de citarlo en sus escritos. Como disculpa a su ocultamiento, operó su militancia católica. Paralelamente a los intentos de justificación de su presencia en Norteamérica, los británicos criticaron duramente la acción hispana en aquel continente. En 1578 el abogado Richard Hakluyt elaboró sus Notas sobre la colonización, tan caras para sir Walter Raleigh, en las cuales afirmaba que los españoles únicamente habían buscado el enriquecimiento, sin escrúpulo alguno para obtenerlo. Toda aquella arquitectura legal condujo a la elaboración de la «doctrina del descubrimiento», con las que los británicos, que tanto se habían opuesto a la bula papal, trataban de bloquear el acceso de otras naciones europeas al continente. Para ello hubieron de recurrir a la figura de Juan Caboto, convertido en una suerte de segundo Colón
Buscando la diferencia con el español, el modo británico se revistió de tolerantes ropajes. En contraste con el intervencionismo español, el colono no pretendía alterar las costumbres y creencias de los indios. Oportunamente, en 1583 se publicó una traducción al inglés de la Brevísima, rebautizada como Spanish Cruelties. Para completar todo aquello, John Locke armó la teoría más práctica para continuar con la penetración en las nuevas tierras: los indios no eran propietarios de ellas, pues las propiedades sólo se adquieren mediante la aportación de trabajo, y los nativos se limitaban a cazar y recolectar sin dejar rastro alguno sobre el suelo. Ello convertía, además, a los españoles en usurpadores de imperios. A pesar de que la teoría ofrecía aspectos muy aprovechables, pronto aparecieron efectos indeseados: los que iban aparejados a los acuerdos privados. Las compras de particulares y compañías escapaban al control de la Corona, iniciando un proceso que hemos de emparentar con el proceso independentista de las trece colonias, que en modo alguno frenaron, tal y como el Hollywood previo al movimiento contracultural se encargó de dejar plasmado, el exterminio de los naturales.

Historia verdadera de la quema de la Embajada española

Libertad Digital, 5 de diciembre de 2019:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2019-12-05/ivan-velez-historia-verdadera-de-la-quema-de-la-embajada-espanola-guatemala-rigoberta-menchu-maximo-cajal-adolfo-molina-orantes-89414/

Historia verdadera de la quema de la Embajada española


El próximo 31 de enero se cumplirán cuarenta años de un grave suceso que acaba de reconstruirse, por la vía editorial, gracias al hijo de uno de los muertos en aquella confusa jornada, Adolfo Molina Sierra, autor de un libro que acaba de aparecer bajo un título que lanza un guiño a la gran obra de Bernal Díaz del Castillo: Historia verdadera de la quema de la Embajada española (Debate, México 2019). Al igual que en el caso del cronista, la obra regresa a lo vivido por el propio autor, que asistió, desde el exterior del aquel edificio de cemento, a la desaparición, entre otros, de su padre, Adolfo Molina Orantes, que perdió su vida tras una densa cortina de humo.
            Aunque el libro se centra en el episodio que figura en su título, la obra de Molina Sierra es mucho más que una investigación policial, pues aquella luctuosa jornada concentró intereses, colectivos e ideologías diversas. Como punto de arranque de todo lo narrado, podemos señalar el día 13 de noviembre de 1960, fecha en que se produjo el fallido golpe militar contra el presidente Miguel Ydígoras Fuentes. Posteriormente, algunos de aquellos golpistas, refugiados en la sierra, se unieron al Partido Guatemalteco del Trabajo dando lugar a las Fuerzas Armadas Rebeldes. El siguiente hito nos conduce al año 1968, cuando tiene lugar la Conferencia Episcopal de Medellín, puesta de largo de la Teoría de la Liberación que nutrió, con efectivos e ideología, a muchos de los movimientos insurgentes que actuaron en Hispanoamérica durante décadas. En esa órbita se desenvolvieron los españoles Luis Eduardo Pellecer Faena, S. J., y Fernando Hoyos Rodríguez S. J., apodado Carlos, que encontró la muerte poco después de ingresar en la guerrilla tras abandonar la Compañía.
            Fue en ese contexto jesuítico-marxista, en el que surgió, en 1972, la Nueva Organización Revolucionaria de Combate, embrión del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), el Comité de Unidad Campesina (CUC) y el Frente Estudiantil Revolucionario Robin García. Pieza clave en todo aquel entramado fue la Universidad de San Carlos. Al Ejército Guerrillero de los Pobres perteneció el padre de una de las protagonistas del libro: Rigoberta Menchú. Al EGP se han imputado, entre otras, las muertes del comisionado militar Guillermo Monzón, y las de los finqueros José Luis Arenas Barrera, apodado el Tigre de Ixcán, Honorio García y Eliú Ramírez, cuyos asesinatos propiciaron la llegada del ejército y la desaparición de 9 campesinos, tras la cual se produjeron varias ocupaciones de sedes diplomáticas, entre ellas la española, a la que acababa de llegar Máximo Cajal López, sucesor en el cargo de Carlos Manzanares y Herrero, que antes de regresar a España comentó a Adolfo Molina Orantes la reputación que de comunista tenía Cajal en España.
            Un Cajal que es la pieza clave de la trama descrita por Molina Sierra, que desvela el discreto viaje que hizo el diplomático a la región del Quiché desde donde salió la comitiva que, partiendo de Uspantán, acabó por entrar, provista de cócteles molotov y mantas reivindicativas, a la embajada española en la que se hallaba quien había cursado la invitación: el propio Cajal. El grupo que accedió a la embajada estaba compuesto por tres estudiantes de la Facultad de Derecho, uno de la de Economía, cinco activistas y dieciocho aldeanos -cuatro mujeres y dos menores-, todos ellos pertenecientes al CUC y el EGP. La visita a Quiché no fue la única que realizó Cajal. El diplomático también pasó por el domicilio de Molina Orantes para cursarle una invitación que hizo extensiva a otros reputados juristas: Eduardo Cáceres Lehnhoff, ex presidente de Guatemala y miembro del Club Rotario y Mario Aguirre Godoy. Con todos -juristas e insurgentes- dentro, las puertas se cerraron. Poco después, el edificio se vio rodeado por el Comando Seis de la Policía Nacional que, finalmente, acometio su asalto. En medio del ruido de unos disparos procedentes del interior, se escuchó una detonación que dio paso al incendio en el que perecieron todos los ocupantes excepto Godoy, Cajal y Gregorio Yujá Xoná, posteriormente secuestrado en el hospital y asesinado. A la descripción de las versiones ofrecidas por los testigos y a la interpretación de los indicios obtenidos, dedica Molina gran parte de su libro, si bien, más allá de la indagación estrictamente vinculada a los hechos, son de particular interés otros aspectos relacionados. Entre ellos, los vaivenes diplomáticos entre Guatemala y España que ocasionaron las actividades de Máximo Cajal, cuyo fino instinto de superviviente no solo le permitió escapar de las llamas, sino que le alcanzó para afiliarse, en el año 2000, al PSOE. Tres años después publicó el libro: Ceuta, Melilla, Olivenza y Gibraltar ¿Dónde acaba España?, en el que abogaba por entregar las dos ciudades a Marruecos, propiciando tales protestas que fue separado del partido. Su regreso a la política vino de la mano de José Luis Rodríguez Zapatero, que lo incorporó a su iniciativa de Alianza de Civilizaciones.
            Si Cajal ocupa, por motivos obvios, gran parte de la Historia verdadera… en sus páginas también hay abundante espacio para Rigoberta Menchú quien, además de buscar una indemnización por la pérdida de su padre, fue protagonista de toda una operación a la que ha dedicado sus trabajos David Stoll, en cuya obra se apoya puntualmente Molina. Gracias al norteamericano se pudo conocer hasta qué punto la Menchú fue un logrado producto oportunamente presentado en el contexto del quinto centenario de un descubrimiento, el de América, fuertemente criticado por diversos grupos de la Iglesia católica, singularmente los teólogos de la liberación, que interpretaron aquellos hechos como un genocidio.
            En el tramo que cierra el libro, Molina realiza una crítica a la idea de Justicia Universal, que tanta incidencia ha tenido en Guatemala debido a las actividades impulsadas por los mediáticos jueces españoles Baltasar Garzón y Santiago Pedraz y a los vaivenes que tal proyecto, que hace abstracción de las fronteras, ha experimentado dentro del convulso y sectario panorama político español, ávido siempre de exportar transitólogos y megalómanos togados a aquella tierra en la que encontrara acomodo Bernal Díaz del Castillo.

León mi país, Castilla mi cárcel

Libertad Digital, 24 de noviembre de 2019:
https://www.libertaddigital.com/opinion/ivan-velez/leon-mi-pais-castilla-mi-carcel-89335/

León mi país, Castilla mi cárcel

            Hace años, en una tapia de la leonesa calle Pendón de Baeza apareció la siguiente frase: «León mi país, Castilla mi cárcel». «Pared blanca, papel de necios», acaso esta frase, con la que Hernán Cortés respondió a los que emborronaron con graves acusaciones las tapias de su residencia en Coyoacán, pudiera servir para zanjar este asunto, sin embargo, las recientes manifestaciones del alcalde de León merecen un tratamiento menos expeditivo que el puesto en práctica por aquel conquistador que hoy concentra las críticas amlianas.
            Como es sabido, el primer edil de la ciudad asentada sobre la traza abierta por la Legio VII Gemina, el socialista José Antonio Díez, ha afirmado que «León tiene todo el derecho del mundo como reino histórico para tener una comunidad propia». Un León que no quedaría limitado a la provincia así llamada, sino que, desbordando sus actuales límites, incorporaría a las provincias de Zamora y Salamanca, dando lugar a una entidad que resquebrajaría la actual Comunidad Autónoma de Castilla y León.
            Si de justificaciones históricas se trata, no le faltarán argumentos a don José Antonio para mantener unas manifestaciones que regresan sobre un viejo anhelo. Al cabo, el desarrollo estatutario que se apoya en una Constitución que distingue, sin claridad alguna, entre nacionalidades y regiones, ha dado lugar a una amplia variedad de textos en los cuales aparecen fórmulas tales como: «comunidad histórica» -empleada en el Estatuto de Castilla y León-, «regiones históricas» o «identidades históricas». El sustrato histórico leonés es indiscutible, sin embargo, el curso seguido por este territorio de fluctuantes fronteras se caracterizó por una condición, la imperial, que no suele agradar a los tímpanos socialdemócratas.
            En efecto, ya Alfonso III el Magno, impulsor del traslado de la Corte de Oviedo a León, ostentó -Adefonsus totius Hispaniae imperator- el título de emperador. Desde entonces, la ciudad hoy identificada por la efigie del león, que sustituyó a la cruz primigenia, fue la sede de una serie de emperadores que lo fueron, seguimos en este punto a Bueno, no por razones puramente psicologistas, sino porque el imperio en cuya cúspide se situaban suponía un distanciamiento vasallático con respecto a Roma. Una toma de distancia que se abrió con la invención de Santiago y que continuó con el fortalecimiento de un Toledo muy distinto al visigótico. Con León como capital dotada de centralidad, el también magno Fernando I, que accedió al trono gracias a los derechos de su esposa Sancha, mantuvo la única condición imperial hispana y construyó la Basílica de San Isidoro no sólo como un relicario, sino como un panteón familiar que supone un lejano precedente del impulsado por Felipe II en El Escorial. Si el Rey Prudente hizo traer los restos de su padre, Carlos, Fernando hizo lo propio con los de su progenitor, el también emperador Sancho III. Fue precisamente en San Isidoro donde, en 1188 se reunieron las primeras Cortes de Europa en las que intervino vez el pueblo.
            En los bordes de aquel León, en la región oriental de Bardulia, una marca de castillos a los que debe su nombre, nació Castilla, cuyo conde Fernán González ya lo fue «por la Gracia de Dios». La pujanza bélica castellana obró la transformación de un condado en una corona cuyo avance no se detuvo siquiera en Granada, sino que continuó en un Nuevo Mundo que se castellanizó al compás de un avance fronterizo similar al desplegado en la península. El protagonismo castellano eclipsó así a León. Sin embargo esta relevancia castellana tuvo su reverso ideológico. Castilla, identificada en exclusiva con la acción española en Hispanoamérica, hubo de cargar con muchas de las acusaciones negrolegendarias que hoy mantienen plena vigencia y operatividad en la política diaria. Al cabo, la intolerante y autoritaria España, prisión de naciones, es el principal obstáculo para el desarrollo de esas, no sabemos cuántas, nacionalidades asentadas sobre la Península Ibérica desde una noche, la de los tiempos, horadada por los focos de la antropología regionalista.
            Hechas estas consideraciones, las declaraciones de Díez parecen estar más vinculadas a obras del siglo XX que a crónicas añejas llenas de invocaciones imperiales y religiosas. Las palabras comentadas orbitan alrededor de los argumentos y aspiraciones que formaron parte de la obra de Anselmo Carretero, a quien tanto Maragall como José Luis Rodríguez Zapatero señalaron en su día como inspirador de su particular visión de la estructura de España: la famosa nación de naciones que con tanto ardor como calculada imprecisión defendieron esos prebostes del partido del puño y la rosa. Fue Carretero quien acuñó esa fórmula contradictoria. Fue también don Anselmo, autor, junto a su padre, de Las nacionalidades españolas (México 1952) quien, en su El Antiguo Reino de León (País Leonés). Sus raíces históricas, su presente, su porvenir nacional, incluyó los siguientes párrafos:

            «El País Leonés ha permanecido en el olvido durante mucho tiempo. Queremos que vuelva a ocupar el lugar que le corresponde en la historia de la nación española»
            «Nadie hará por el País Leonés lo que sus hijos no hagan. Esa es una realidad evidente sobre la cual debe asentarse todo proyecto de renacimiento regional. Los leoneses habrán de atenerse en el futuro a su propio esfuerzo y a lo que con él consigan. Como tantas otras cosas en la vida de los pueblos, la autonomía del País Leonés es una cuestión de conciencia y de voluntad colectivas: depende de que los leoneses crean en sí mismos y en su comunidad nacional, y de que quieran el autogobierno de su región histórica, como los gallegos, los asturianos, los vascos, los navarros, los aragoneses, los catalanes, los extremeños, los valencianos, los murcianos, los andaluces, los baleares, y los canarios han querido y obtenido el suyo. Eso es todo».

            A la luz de estos fragmentos, no cabe dudar de que Díez es un buen «hijo» del País Leonés encarcelado, según reza el muro, por Castilla. Un hijo dispuesto, al menos intencionalmente, a transitar por un camino ya abierto por su vertiente dialectal, crucial en todo movimiento nacionalista que se precie, pues el divide y vencerás al que responden esas estrategias fragmentarias siempre se apoya en cuestiones lingüísticas que siguen los exitosos, al menos en sus aspectos aislantes y extractivos, modelos catalán y vasco. En ambos casos, especialmente en el segundo, las variedades lingüísticas fueron sacrificadas para construir una lengua «nacional». En León, pero también en Aragón o en Asturias, la metodología batúa, a la que se acoge el leonés o llionés, está al servicio de una regularización, también llamada normalización, de la que vivirán unos cuantos.
            Si los argumentos históricos y culturales son lugar común de los cultivadores de una España que, en modo alguno, puede ser una única nación, un colectivo a cuya cabeza, según Pablo Iglesias, figura un Pedro Sánchez que «será plurinacional», no es menos cierto que la invocación al federalismo sirve para suavizar las previsibles aristas que obstaculizarían la armónica convivencia entre las naciones aprisionadas por España. Como tantos otros de su atmósfera ideológica, Carretero también abrazó la causa federal en uno de sus principales trabajos: Las nacionalidades ibéricas (hacia una federación democrática de los pueblos hispánicos). Bajo el palio federal, León podría desarrollar su «comunidad propia», separada de una Castilla –la Vieja-  a la que Claudio Sánchez-Albornoz dedicó una frase, «Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla», que cabe completar añadiendo que tal destrucción se vio acelerada por un diseño, el autonómico, que no solo la privó de La Rioja, sino que cerró su histórica salida al mar a través de La Montaña, hoy tierra del cántabru, blindada por un muro de latas de anchoas y rayos catódicos.