domingo, 25 de agosto de 2019

El orbe a sus pies

Libertad Digital, 22/08/2019:

El orbe a sus pies

            Abriéndose paso entre los contorsionismos ideológicos desplegados por la vicepresidenta Carmen Calvo, capaz de encargar al historiador José Álvarez Junco la sonrojante tarea de desespañolizar la circunnavegación culminada por Juan Sebastián Elcano, con el fin de congraciarse con un Portugal que se adelantó en la organización de los fastos conmemorativos de semejante hazaña o, incluso, con el metafísico Género Humano, una serie de estudiosos ajenos, por cierto, a la Academia, han hecho públicas valiosas investigaciones relativas al viaje que concluyó en Sevilla el 6 de septiembre de 1522. Sirva como ejemplo el monumental trabajo de Tomás Mazón, responsable del perfil de Twitter @Ruta_Elcano, a través del cual ha hecho públicos infinidad de datos relacionados con la expedición, así como una minuciosa reconstrucción de las derrotas seguidas por los barcos que capitaneó, en principio, el marino naturalizado español, Fernando de Magallanes. Una obra, la de Mazón, que esperamos vea la luz en forma de libro a la mayor brevedad posible.
            Mientras todo eso ocurre, Pedro Insua ha publicado El orbe a sus pies. Magallanes y Elcano: cuando la cosmografía española midió el mundo (Ariel, Barcelona 2019, con prólogo de Atilana Guerrero), obra que, sustentada en la habitual erudición del vigués, cabe calificar como filosófica, pues desborda ampliamente la acumulativa exposición de los principales hitos y factores que envolvieron al viaje de Magallanes-Elcano que nutren muchas de las obras centradas en este acontecimiento. Y es que Insua, como saben quienes hayan seguido su trayectoria desde sus publicaciones en El Catoblepas, se sirve de las herramientas del Materialismo Filosófico y de referentes tan identificables como el artículo de Gustavo Bueno, «La Teoría de la Esfera y el Descubrimiento de América» (El Basilisco, n. 1, Oviedo 1989), para ofrecer una visión mucho más profunda y sutil que las habituales.
            La tesis principal de El orbe a sus pies es la afirmación de que el fin viaje de Elcano, sólo posible gracias a la continuidad de las aguas oceánicas que bañan una esfera que gira sobre su eje, tal y como comprobaron los marinos al percibir el desajuste de su calendario, supuso el colapso del mundo antiguo. El viaje, en definitiva, supuso un hito en la Historia Universal, al permitir el cierre de la geografía terrestre, verificando, por la vía de los hechos, una esfericidad antes no demostrada de un modo fehaciente. Un fin del mundo que se hizo tangible décadas después de que Portugal y España, las grandes potencias navales de la época, hubieran dividido la Tierra sobre el papel, con el correspondiente respaldo bulario papal. Acuerdos que hubieron de ser corregidos en el Tratado de Zaragoza de 1529, años después de que Elcano tocara tierra española y de que algunos de sus compatriotas buscasen incesantemente un paso natural en el Nuevo Mundo que permitiera acortar la ruta a Las Indias o, más concretamente, al rico archipiélago de las Molucas, lugar que imantó las proas de los barcos ibéricos hasta 1663, cuando España desmanteló el presidio de Terrenate. La tesis mantenida por Insua, tal nos parece, es lo más valioso de un libro que repara, por ejemplo, en las nada anecdóticas pugnas internas entre las facciones originariamente portuguesa y española que partieron juntas, a bordo de cinco naves, en 1519, pero que también se detiene en otros aspectos tan interesantes como la gran cantidad de fuentes escritas de que disponemos, actividad que fue estimulada y que constituye una de las características propias de un imperio que a la espada y la cruz, instituciones que Magallanes manejó con un exceso que le acarreó la muerte, hizo siempre acompañar la pluma. Como es sabido, la muerte de Magallanes permitió a Elcano emprender su osado y exitoso viaje, con un resultado que contrasta con lo ocurrido a Gómez de Espinosa, incapaz de culminar el tornaviaje a la Nueva España que sí logró, décadas después Andrés de Urdaneta, a cuya figura ha dedicado Insua interesantes trabajos. El trato recibido por Espinosa por parte de los portugueses desmiente por completo la acomplejada versión armónica carmencalvesca.
            Como es lógico, el viaje tuvo una importante trascendencia geopolítica. Su culminación desencadenó una pugna cartográfica muy reveladora de las estrategias seguidas al respecto por España y Portugal. Mientras la primera inundó de mapas Europa, en la confianza de que ese difusionismo informativo diera réditos políticos, Portugal mantuvo un cauto hermetismo. Pese a todos aquellos esfuerzos por hacer recaer a las Molucas dentro del lado español, la razón geográfica estuvo de parte de Portugal. Fue la decadencia de la presencia española en el archipiélago moluqueño la que hizo volver los ojos sobre otro viejo proyecto estudiado en segunda parte del libro, el intento, no exclusivamente comercial en principio, de arraigar en China, objetivo que mostró a las claras los límites de las fuerzas hispanas, pero que dio como resultado la apertura, dentro del llamado «lago español», de la ruta por la cual navegó el globalizador Galeón de Manila. Sirvan estas líneas como invitación a la lectura de El orbe a sus pies, en cuyas páginas hallará el lector muchas otras cuestiones que no tienen cabida en los estrechos límites de una reseña.

Cuando Moctezuma conoció a Cortés

Libertad Digital, 15/08/2019:

Cuando Moctezuma conoció a Cortés

            El 8 de noviembre de 1519, la fastuosa comitiva que acompañaba al emperador mexica Moctezuma se hizo visible a los ojos de Hernán Cortés, sus compañeros y el contingente indígena aliado con el que pisó las calzadas de la ciudad lacustre en cuyo corazón se alzaba su impresionante y sangriento centro ceremonial. Como es lógico, todas las crónicas españolas describen este encuentro desde su propia perspectiva. En ellas es Cortés quien ve –conoce- a Moctezuma. Al profesor Matthew Restall debemos la inversión de esta visión, la que encabeza su reciente libro, Cuando Moctezuma conoció a Cortés (Taurus, Ciudad de México 2019), publicado con un ambicioso subtítulo, La verdad del encuentro que cambió la historia y traducido al español por José Eduardo Latapí Zapata. La primera parte de la obra trata de demostrar que la rendición de Moctezuma, escenificada en el aludido encuentro, no es sino una invención de los españoles, ya acostumbrados al engaño gracias a la práctica del requerimiento redactado por el doctor Palacios Rubios. Los probables lazos familiares del jurista con Cortés, no mentados por Restall, conectarían a ambos hombres en una farsa leguleya pensada para dar frutos personales, pero también políticos en relación a otras cortes, al otro lado del Océano. El final del capítulo «Amabilidad sospechosa», en el que se dice que «la descripción del encuentro como la rendición de Montezuma es probable que haya sido mentira», da cuenta del principal objetivo del trabajo Restall, que trata de oponerse a lo que califica como «predominio pernicioso y la insidiosa ubicuidad de las narrativas tradicionales que justifican la invasión, conquista e inequidad». El londinense muestra sus cartas cuando confiesa que su libro trata «acerca de algo más pequeño: los innumerables hombres y mujeres cuyas vidas e historias desde los años de la Conquista fueron dejados al margen, olvidados o nunca mencionados».
            Es en este diminuto y particularista contexto, en el que inserta a un Hernán Cortés sucesor de otras opciones barajadas por Diego Velázquez de Cuéllar. El de Medellín, a decir de don Matthew, «surgió como el líder de la expedición en virtud de su misma falta de capacidad; él era el candidato de la avenencia indiscutible». Quien a lo largo del libro es tildado de mentiroso, uxoricida y esclavista, era, según Restall, un hombre marcado por una hipocresía que Velázquez subestimó. Todas estas taras personales de Cortes condujeron, tal es la tesis restalliana, a una guerra feroz en la que los españoles fueron poco menos que una presencia testimonial dentro del conflicto entre naciones étnicas que se vivía en aquellas tierras por las que la tropa hispana dejó un rastro de sangre, violación, robo y esclavitud. La presencia de los barbudos, en definitiva, vino a romper un frágil equilibrio capaz de sostener un mundo en gran medida arcádico, al que Restall se esfuerza en restar cantidades de sacrificados, equiparando a aquellas víctimas con las ejecutadas por la Inquisición.
            En consonancia con el título de la obra, el análisis del encuentro ocupa al autor un buen número de páginas en las que se desmenuzan aspectos ya tratados ampliamente por historiadores que han debatido al respecto de la famosa profecía del regreso del dios Quetzalcóatl, personaje al que nuestro autor atribuye un origen evemerista. La principal novedad que presenta Restall es la idea de que, en realidad, Moctezuma, que en modo alguno entregó su imperio ni fue el pusilánime que se ha descrito, atrajo a los españoles a Tenochtitlan con un claro propósito: incorporar a esos exóticos individuos a su zoológico, ubicado en el centro de la ciudad, «en el cual los objetos naturales representaban y reflejaban el alcance geográfico y ecológico (sic) del imperio, mientras que los objetos artesanales, el político». El coleccionista Moctezuma, en suma, habría dejado entrar a aquellos hombres con el fin de ampliar un catálogo en el que figuraban hombres monstruosos, contrahechos, enanos y corcovados. La «red y garlito» con que Bernal se refirió a la ciudad imperial, tenía, al parecer, ese destino cuasifetichista, en lugar de otro más prosaico: la aniquilación de aquel ejército, interpretación que hemos defendido en nuestro libro, La conquista de México. Un propósito, el de Moctezuma, que Cortés no supo ver con la nitidez expuesta por Restall, quien no duda en afirmar que fue en la Segunda Carta de Relación, escrita el 30 de octubre de 1520, cuando el mitificado conquistador, cuya única habilidad, además de la amatoria, se concentraba en el manejo de la pluma, se inventó la entrada triunfal y la pretendida rendición que, al final del libro encuentra un resquicio de verosimilitud, gracias a la peculiar y equívoca retórica mexica, consistente en un ejercicio de sublime humildad que los toscos e interesados españoles no supieron interpretar debidamente.
            Si el núcleo de la obra se concentra en la inexistente rendición y en el curioso afán coleccionista de Moctezuma, el libro no desaprovecha la ocasión de analizar la muerte de Moctezuma, de la cual existen diferentes versiones históricas. Tras repasar las fuentes clásicas, la conclusión restalliana se abre paso: bajo el mandato de «un capitán mediocre con talento para sobrevivir y engañar», es decir, bajo las órdenes de un Cortés del que se dice que no tuvo el control en Veracruz, ni ordenó el barrenado de las naves, el emperador, que sufrió un falso cautiverio mezclado con una suerte de síndrome de Estocolmo que en rigor sería de Tenochtitlan, fue asesinado por esos mismos españoles que, al parecer, habían sido apresador por tan distinguido coleccionador.
            El tramo final de Cuando Moctezuma conoció a Cortés se centra en la descripción de la voracidad sexual de los españoles y en su ansia esclavista. A Cortés se atribuye la implantación o, por mejor decir, la continuidad y aumento del esclavismo, verdadero motor, junto a la búsqueda de otros bienes materiales, de las brutales campañas españolas, según la óptica de un Restall que no explica por qué los esclavos se comenzaron a hacer durante la ofensiva final ni contextualiza las razones de la época para mantener esa práctica. Junto a estos desatendidos aspectos, sorprende la poca o nula atención que se presta a la implantación de un modelo institucional que desbordó ampliamente las ambiciones diminutas en las que nuestro autor, que apenas alude a la potente acción legislativa hispana, se recrea. Restaurada la imagen de Moctezuma, todo esfuerzo en erosionar la figura de Cortés es insuficiente. No sorprende, por lo tanto, el juicio final lanzado por nuestro autor sobre aquella empresa apenas cortesiana. Encabezados por un embustero cuyo mayor logro habría sido elaborar «un retrato de un ficticio comandante de una campaña imaginaria», los españoles cometieron un genocidio, no en su intención pero sí en su efecto, en el Anáhuac. Tal es la conclusión a la que llega el presidente de una institución, la Sociedad Estadounidense de Etnohistoria, que debe buscar su material de estudio muy al sur del lugar en el que desembarcaron los viajeros del Mayflower.

España frente a Europa

Libertad Digital, 8/08/2019:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2019-08-08/ivan-velez-espana-frente-a-europa-88489/


España frente a Europa

            Dos décadas después de la aparición de España frente a Europa (Alba Editorial, 1999), la Fundación Gustavo Bueno, a través de la editorial Pentalfa, ha iniciado la publicación de las obras completas del filósofo calceatense con una obra en cuya estela podemos situar a una serie de trabajos firmados por miembros, entre ellos quien firma este escrito, de la Escuela de Oviedo. Por lo que respecta a las novedades añadidas a aquella primera edición y a las dos que le sucedieron, cabe destacar la incorporación de algunas notas que el autor dejó manuscritas en el ejemplar que manejó, así como un «Apunte para las solapas» que finalmente no vio la luz.
            Como todas las producciones de Gustavo Bueno, España frente a Europa se caracteriza por un desarrollo sistemático que ya aparece en la Introducción, en la que se distingue entre los «problemas de España» y el «problema de España», enunciados que se desarrollan en diferentes planos, pues en el segundo de los casos, el problema adquiere tintes identitarios con profundas repercusiones en el día a día de nuestra nación. El «problema», en suma, tiene una dimensión filosófica, condición que excluye la posibilidad de su encapsulamiento en los ámbitos del dominio de los historiadores, pues tal «problema», por su escala, afecta a la Historia Universal.
            En efecto, en el primer capítulo se trata de dar respuesta a la célebre pregunta orteguiana: «¡Dios mío!, ¿qué es España?». A lo largo de la misma, Bueno rechaza las ideas de tintes sustancialistas –teológicas, zoológicas-, analiza las conexiones entre unidad e identidad de España, y aborda el concepto de pensamiento español, dentro del cual juega un papel medular el idioma español, que no castellano.
            El segundo capítulo lleva por título una afirmación de difícil digestión para muchos de los que, llevados por sus prejuicios, han tratado burdamente de caricaturizar o adscribir a determinadas corrientes ideológicas a Bueno: «España no es originariamente una nación». El rótulo toma distancia con la España eterna y obliga a establecer una serie secuencial, concatenada, de los conceptos de nación. Así, la nación podrá ser adjetivada como: biológica, étnica, histórica, política y fraccionaria, esta última siempre acompañada de la mentira histórica, como bien saben los españoles que todavía no han sido embrutecidos en las diferentes instituciones adoctrinadoras en el odio a España. Culminada la clasificación, Bueno afirma, sin titubeos, que España, como sociedad política, existe anteriormente a su constitución como Estado nacional, debido a su carácter de totalidad atributiva previa a la redacción de unas constituciones que han desempeñado un papel similar al de la Gramática de Nebrija en relación a nuestro idioma común.
            La alusión a la obra de Nebrija –recordemos su «que siempre fue la lengua compañera del imperio»- no es gratuita, pues sirve para adentrarnos en el siguiente capítulo, aquel en el que Bueno, apoyado en un desarrollo histórico de gran erudición, distingue entre los tipos de imperio y en la que emplea un concepto imprescindible para entender el despliegue planetario: ortograma. Es en este tramo del libro donde aparece el par imperio depredador/imperio generador, imprescindible para discriminar, en virtud de su metodología, objetivos y momento histórico, a los distintos imperios que en el mundo han sido y le han dado forma. Un mundo inexplicable si se pretende eludir una realidad, la imperial, que a muchos, cuando apareció el libro, les provocó paulovias reacciones de rechazo. España, al igual que el resto de las naciones hispanoamericanas, es fruto de las transformaciones del Imperio católico español, que se debatió entre el «Por el Imperio hacia Dios» y el «Por Dios hacia el Imperio», opción, esta última, que se abrió paso por la vía de los hechos.
            Frente a la idea hispanoamericanista de Bueno, la alternativa europeísta, disolvente en muchos casos, de nuestra soberanía nacional –no han faltado políticos conservadores firmes partidarios de entregar «toneladas de soberanía» a Europa- es criticada por Bueno, que caracteriza a la mitificada Europa como una «biocenosis» de Estados. Firme partidario de fortalecer los lazos con Hispanoamérica, Bueno combate la idea sublime de Europa tan cara para Ortega. Proyecto nunca llevado a cabo históricamente, el sueño de una Europa de los pueblos, verdadero anhelo de las sectas hispanófobas regionales, especialmente aquellas que se autodenominan, sin más matiz, como «de izquierdas», fue impulsado por la Alemania nazi y dio paso, tras su caída, a una alternativa mercantil que supuso un dique frente a la Unión Soviética. Caída esta –recordemos que el libro apareció apenas una década después del derribo del Muro- la unidad europea mostró su carácter utópico y la realidad, como Bueno afirma, de ser una estructura dominada por una «élite políglota», alrededor de la cual gravitan en la actualidad individuos como el sedicioso Puigdemont.
            Veinte años después de su salida a la luz, el trabajo de Gustavo Bueno, que se cerró con un repaso por otros frentes –España ante el Islam, ante el protestantismo y el capitalismo, ante el federalismo- mantiene todo su vigor y debiera figurar como obra imprescindible para todos aquellos que pretenden enfrenarse, con razones, a aquellos españoles que, arrastrados por su narcisismo o por su autodesprecio, pretenden liquidar a esa España a la que con tanto patriotismo cantó Miguel Hernández.

¡Santiago, y a ellos!

Libertad Digital, 25/07/2019:
https://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2019-07-25/ivan-velez-santiago-y-a-ellos-88410/


¡Santiago, y a ellos!

            Con esta apelación al santo que daba nombre a una de las órdenes militares más potentes de aquellos días, mandaba cargar Cortés sobre sus enemigos en el Nuevo Mundo. Como tantos otros españoles de su época, don Hernando cultivaba varias devociones, de las cuales informó Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Según el soldado cronista, Cortés «tenía por su muy abogada a la Virgen María, nuestra señora, la cual todos los fieles cristianos la debemos tener por nuestra intercesora e abogada; e también tenía a señor San Pedro, a Santiago e a señor San Juan Bautista; e era limosnero». De la invocación a un santo que hoy sigue siendo patrón del arma de caballería, dio también noticia Bernal al describir la que se conoce como Batalla del río Grijalva:
Y luego comenzaron muy valientemente a flechar y hacer sus señas con sus tambores, y como esforzados se vienen todos contra nosotros y nos cercan con las canoas, con tanta rociada de flecha, que nos hicieron detener en el agua hasta la cinta, y otras partes no tanto, e como había allí mucha lama y ciénaga, no podíamos tan presto salir della. Y cargan sobre nosotros tantos indios, que con las lanzas a manteniente, y otros a flecharnos, hacían que no tomásemos tierra tan presto como quisiéramos; y también porque en aquella lama estaba Cortés peleando, y se le quedó un alpargate en el cieno, que no le pudo sacar, y, descalzo el un pie, salió a tierra; y luego le sacaron el alapargate y se calzó. Y entretanto que Cortés estaba en esto, todos nosotros, ansí capitanes como soldados, fuimos sobre ellos, nombrando a Señor Santiago; y les hecimos retraer…
            Algo más adelante, el de Medina del Campo no desaprovechó la ocasión de rectificar a Francisco López de Gómara. Según el clérigo, durante la batalla, los soldados dijeron a Cortés que «habían visto hacer a uno de a caballo, y preguntaron si era de su compañía, y como dijo que no, porque ninguno de ellos había podido venir antes, creyeron que era el apóstol Santiago, patrón de España. Entonces dijo Cortés: adelante, compañeros, que Dios es con nosotros y el glorioso San Pedro. No pocas gracias dieron nuestros españoles cuando se vieron libres de las flechas y muchedumbres de indios, con quien habían peleado, a nuestro Señor, que milagrosamente los quiso librar; y todos dijeron que vieron por tres veces al del caballo rucio picado pelear en su favor contra los indios, según arriba queda dicho; y que era Santiago nuestro patrón». La respuesta del socarrón Bernal, a quien la visión del santo se vio vedada, no se hizo esperar. Démosle de nuevo la palabra:
Aquí es donde dice Francisco López de Gómara que salió Francisco de Morla en un caballo rucio picado, antes que llegase Cortés con los de caballo, y que eran los santos apóstoles Señor Santiago, o Señor San Pedro. Digo que todas nuestras obras y vitorias son por mano de Nuestro Señor Jesucristo, y que en aquella batalla había para cada uno de nosotros tantos indios, que a puñadas de tierra nos cegaran, salvo que la gran misericordia de Nuestro Señor en todo nos ayudaba; y pudiera ser que los que dice el Gómara fueran los gloriosos Apóstoles Señor Santiago o Señor San Pedro, e yo, como pecador, no fuese dino de lo ver.
            Fue, no obstante, durante los enfrentamientos contra los tlaxcaltecas, comandados por Xicoténcatl, el Mozo, previas al establecimiento de la alianza con estos, cuando Bernal introdujo en su relato el «¡Santiago, y a ellos!» cortesiano. Cansado de requerir la paz a aquella nación sojuzgada por Moctezuma, Cortés decidió atacar del modo que sigue:
            Y como les hablaron los tres prisioneros que les enviamos, mostráronse muy más recios, y nos daban tanta guerra, que no les podíamos sufrir. Entonces dijo Cortés: «¡Santiago, y a ellos!». Y de hecho arremetimos de manera que les matamos y herimos muchas de sus gentes con los tiros, y entre ellos, tres capitanes.
Terminada la conquista, Santiago siguió presente de diferentes modos. Entre ellos durante los fastos organizados con motivo de la firma de la Paz de Aguas Muertas, con las que cesaron las hostilidades entre Francisco I y Carlos I. El 12 de junio de 1539, en Tlaxcala, el propio Cortés actuó en la representación de La Conquista de Jerusalén. La obra, emparentada con las fiestas de moros y cristianos, concluye con la victoria cristiana, favorecida por la aparición del arcángel san Miguel, que ensalza la alianza de los tlaxcaltecas con los españoles y anuncia el socorro de Santiago Apóstol montado en un caballo blanco, pero también la de san Hipólito, patrón de la Ciudad de México, cabalgando sobre un caballo oscuro.
Muerto Cortés, Quevedo incluyó sus acciones de guerra, dentro de una larga serie en la cual el factor divino se habría puesto del lado de los españoles. En su España defendida y los tiempos de ahora, de las calumnias de los noveleros y sediciosos, el escritor madrileño dejó escritas estas palabras cargadas de providencialismo:

Como Dios de los ejércitos, unas veces, nos amparó, y éstas fueron muchas, con nuestro Patrón Santiago; otras con la Cruz que, hecha a vencer a la misma muerte, sabe darnos vida a todos los que, como estandarte de Dios, acaudilla. Milicias fuimos suyas en las Navas de Tolosa. La diestra de Dios venció en el Cid, y la misma tomó a Gama y a Pacheco, y a Alburquerque por instrumento en las Indias Occidentales, para quitar la paz a los ídolos. ¡Quién sino Dios cuya mano es miedo en todas las cosas, amparó a Cortés para que lograsen dichosos atrevimientos cuyo premio fue todo un nuevo mundo!

            Dos siglos después de su fallecimiento, la inscripción del sepulcro en el que se depositaron sus tan traídos y llevados restos, subrayó el vínculo de Hernán Cortés con Santiago:
Aquí yace el grande héroe Hernán Cortés, conquistador de este reino de Nueva España, gobernador y capitán general del mismo, caballero del orden de Santiago, primer marqués del Valle de Oajaca y fundador de este santo hospital é iglesia de la Inmaculada Concepción y Jesús Nazareno

Iván Vélez

martes, 23 de julio de 2019

La escenografía del poder

Libertad Digital, 18 de julio de 2019
La escenografía del poder


           Fiándolo todo a los frutos de la industrialización, Le Corbusier concibió la nueva casa como una «máquina de habitar», diseñada según una particular y reduccionista idea de razón, expresada a través de formas simples y puras. Años más tarde, en 1966, hastiado de superficies blancas y lisas, de estructuras escuálidas y pilotes, Robert Venturi, pionero del posmodernismo, escribió su Complejidad y contradicción en Arquitectura, libro en el cual se recuperaron elementos tradicionales y se reinterpretaron los clásicos, tratando de marcar distancias con el purismo corbuseriano y el «menos es más» de Mies Van der Rohe, que marcaron a generaciones de arquitectos. Seis años más tarde, Venturi, Denise Scott Brown y Steven Izenour dieron a la imprenta otra obra, Aprendiendo de Las Vegas, en las que se hacía una apología del llamado «tinglado decorativo» de aquella urbe, apoteosis capitalista, al tiempo que se criticaba la obsesión industrial de los maestros citados. El trío firmante, en definitiva, se alejaba radicalmente del «ornamento y delito», proclamado en su día por Adolf Loos. Cuando se habían consumido dos tercios del siglo XX, las ciudades trazadas con la intención de servir de escenografía de regímenes totalitarios, comenzaban a mostrar algunos de sus rasgos más deshumanizadores, aunque en el caso de esta provocadora obra, la ciudad protagonista sólo despertara de noche, bajo la luz de un neón que aureolaba las ruletas en las que algunas vidas se consumían.
            Como es sabido, el urbanismo se alimenta de componentes muy diversos que tienen que ver con la propiedad de la vivienda, con el valor del suelo y su ordenación, pero también con aspectos fuertemente simbólicos que aquellos sistemas políticos adheridos a rigurosos cánones tuvieron muy en cuenta. Entre las primeras y más drásticas intervenciones llevadas a cabo sobre el tejido tradicional, cabe destacar la impulsada por el barón Haussmann, que introdujo su bisturí urbanístico en la traza de París para abrir amplias vías en el dédalo medieval, abrazado durante siglos por unas murallas que perdieron su firmeza con la irrupción de la potente artillería decimonónica. Como alternativa a estas iniciativas intervencionistas, el urbanismo del socialismo utópico, con Robert Owen a la cabeza, concibió asentamientos marcados por un estricto orden urbano y social que pronto demostró su esterilidad. La conexión orden arquitectónico/orden social, no era nueva. Ya Tomás Moro había imaginado una ciudad que llevaba en su nombre la ruptura con el territorio: Utopía.
            Estos antecedentes palidecen ante los enormes experimentos llevados a cabo por el nazismo y el comunismo soviético. Proyectos monumentales concebidos para grandes masas de individuos, pretendidamente homogéneos, ajustados a la idea racial aria o al hombre politécnico. Terminada la Gran Guerra, comenzó un pulso político en el cual la arquitectura y el urbanismo jugaron un importante papel. A la construcción del edificio de la Sociedad de Naciones se respondió desde Moscú con un concurso para erigir el Palacio de los Sóviets, que convocó a arquitectos de todo el mundo, incluidos Le Corbusier y Gropius. Frente a la esquemática y desnuda propuesta del suizo, el proyecto ganador fue el de Boris Iofan[I1] , que propuso un edifico de formas clásicas coronado por la gigantesca efigie de un obrero, en evidente respuesta a la Estatua de la Libertad, que debía convertirse en la obra más alta del mundo. Asentado sobre los terrenos ocupados por la dinamitada Catedral ortodoxa del Salvador, el edificio inconcluso, pues el metal de sus estructuras fue requerido para fabricar armamento durante la II Guerra Mundial. Sea como fuere, aquel Palacio constituye un icono de la arquitectura estalinista, que salpicó con diferentes ejemplos similares los países satélites de la U.R.S.S.
            Si esto ocurría en el mundo soviético, la Alemania nazi y la Italia fascista también buscaron unas formas propias y unos espacios adecuados para la exhibición de su poderío. En un delicado equilibrio entre modernismo y tradición, la Italia de Mussolini puso en pie edificios que a veces notaron la impronta, depuratoria en lo formal, casi desoladora, de artistas como Giorgio De Chirico. Los ecos del futurismo todavía se hacían notar en aquel tiempo.
            Si de las relaciones entre urbanismo y monumentalidad se trata, nuestra mirada debe dirigirse a la Alemania del Tercer Reich, aquella que consideró degenerados diversos estilos artísticos, con el consiguiente botín obtenido por algunos. La misma que cerró la Bauhaus en 1933. Con un pie puesto en la tradición y otro en el mundo industrial, la Alemania de Hitler trató de conciliar ambos mundos en un ejercicio que Kenneth Frampton calificó de «esquizofrénico». Fue en aquel ambiente donde se desarrolló la obra del arquitecto Albert Speer, favorito del Führer. A su megalómana imaginación se deben diseños como la «catedral de hielo», consistente en una gran columna de estandartes y reflectores concebida para la concentración de Tempelhof en el Berlín de 1935.
            Siempre bajo la atenta mirada de Goebbels, los proyectos de Speer se complementaron con las obras cinematográficas de Leni Riefenstahl, que en 1934 rodó el multitudinario mitin de Núremberg, exhibido en las pantallas bajo el título: El triunfo de la voluntad. A Speer se debieron los escenarios que arroparon a los enfervorecidos nazis y la autoría de un urbanismo que bebió de fuentes clásicas –egipcias, griegas, romanas-, y también de otras más recientes, como el Palacio Versalles, en el que se basó para su nueva Chancillería. Pero el proyecto más importante de Speer fue la que debía ser capital de la futura Alemania: Germania, urbe surcada por avenidas de hasta cinco kilómetros y edificios coronados por gigantescas cúpulas capaces de albergar a los hombres puros con los que soñó un Adolf Hitler que, mientras contemplaba embelesado la maqueta de aquel sueño irrealizable, vio desmoronarse su enloquecido mundo.


Ancla hallada en Veracruz

Libertad Digital, 11 de julio de 2019
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2019-07-11/ivan-velez-ancla-hallada-en-veracruz-88294/
Ancla hallada en Veracruz


El descubrimiento de un ancla, datada entre los años 1450 y 1530, en el lecho marino de las aguas que bañan la Villa Rica de Veracruz, permite pensar en el descubrimiento de los restos de la armada con la que Hernán Cortés pasó de la isla Fernandina, es decir, de Cuba, al continente americano. Aquel enclave costero, en el que hoy los buzos buscan tan histórico pecio, sirvió como trasfondo de una de las imágenes más poderosas y populares ligadas a la gesta cortesiana: la quema de sus naves. Una quema que no se produjo, razón por la cual cabe augurar que bajo el Atlántico se hallen restos útiles para seguir reconstruyendo aquellas jornadas. En este contexto, parece oportuno acudir a las fuentes primarias, las debidas a los testigos, para indagar acerca de lo ocurrido a finales de julio o principios de agosto de 1519.
En su Segunda Carta de Relación, Cortés relató aquellos hechos sin alusión alguna al fuego. Después de descubrir el complot de cuatro españoles para tomar un barco y regresar a Cuba, justificó su acto de justicia para con los conjurados y dejó claro el motivo, o por mejor decir, la excusa, para desbaratar la flota, así como el método empleado: «so color que los dichos navíos no estaban para navegar, los eché a la costa por donde todos perdieron la esperanza de salir de la tierra». La versión de Cortés la refrendó Francisco de Montejo en La Coruña en abril de 1520, cuando manifestó que: «todos se echaron al través ecepto los tres, que uno es en el que vinieron los dichos procuradores y los otros dos se quedaron aderezados y algunos dellos se hundieron antes». O lo que es lo mismo, las naves se inutilizaron en varias fases. Años después, Francisco López de Gómara habló de «quebrar los navíos», de barrenarlos, también de manera escalonada. En relación con los trabajos de arqueología subacuática mentados, han de tenerse en cuenta estas palabras gomarianas: «mandó Cortés que aprovechasen dellos lo que más pudiesen y los dejasen hundir o dar al través, haciendo sentimiento de tanta pérdida y falta. Y así, dieron luego al través en la costa con los mejores cinco navios, sacando primero los tiros, armas, vituallas, velas, sogas, áncoras y todas las otras jarcias que pudieran aprovechar».
Al igual que Gómara, Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, también dijo que estas se extrajeron. Así relató la traza el de Medina del Campo: «[…] fuimos todos los compañeros, alcaldes y regidores de nuestra Villa Rica, a requerir a Cortés que por vía ninguna no diese licencia a persona ninguna para salir de la tierra, porque así convenía al servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad, y que la persona que tal licencia pidiese, le tuviese por hombre que merecía pena de muerte, conforme a las leyes de lo militar, pues quieren dejar su capitán y bandera desamparada en la guerra e peligro […]. E ya que se iban a embarcar, y era más de medianoche, el uno dellos, que era el Bernaldino de Coria, paresce ser se arrepintió de se volver a Cuba; lo fue a hacer saber a Cortés. Y como lo supo, e de qué manera e cuántos e por qué causas se querían ir, y quién fueron en los consejos y tramas para ello, les mandó luego sacar las velas e aguja y timón del navío, y los mandó echar presos».  
Un gesto teatral protagonizado por Cortés, sirvió para adornar la escena en la que el conquistador se disponía a hacer justicia:

Acuerdóme que cuando Cortés firmó aquella sentencia dijo con grandes sospiros y sentimientos:«¡Oh, quién no supiera escrebir, por no firmar muertes de hombres!». Y parésceme que aqueste dicho es muy común entre jueces que sentencian algunas personas a muerte, que tomaron de aquel cruel Nerón en el tiempo que dio muestras de buen Emperador.
En su línea habitual, Bernal señaló que fueron los compañeros de Cortés, entre los que él se contaba, los que le dieron la idea de dar al través los barcos, tratando de aprovechar todos los elementos posibles.
Estando en Cempoal, como tengo dicho, platicando con Cortés en las cosas de la guerra y camino que teníamos por delante, de plática en plática le aconsejamos los que éramos sus amigos, y otros hobo contrarios, que no dejase navío ninguno en el puerto, sino que luego diese al través con todos, y no quedasen embarazos, porque entretanto que estábamos en la tierra adentro, no se alzasen otras personas como los pasados. […] Y luego mandó a un Juan de Escalante, que era alguacil mayor y persona de mucho valor, e gran amigo de Cortés y enemigo de Diego Velázquez, porque en la isla de Cuba no le dio buenos indios, que luego fuese a la villa, y que de todos los navíos se sacasen todas las anclas y cables y velas y lo que dentro tenían de que se pudiesen aprovechar, y que diese con todos ellos al través, que no quedasen más de los bateles....

Otros primeros conquistadores como Andrés de Tapia y Francisco de Aguilar, también hablaron del barrenado de la flota. Por lo tanto, si todas estas versiones son coincidentes: ¿cuándo aparece la imagen de las naves ardiendo? La indagación nos conduce a Francisco Cervantes de Salazar, que la introdujo en su Diálogo de la dignidad humana (Alcalá de Henares 1546), que comienza con una «Epistola al muy illustre señor don Hernando Cortes Marques del valle descubridor y conquistador de la nueva España». En ella leemos:
Han sido causa los esclarecidos hechos que por nuestros ojos hemos visto que creamos los que de otros teníamos por fabuloso, por ser grandes, pues estos parecen increíbles; donde demás del maravilloso esfuerzo con que vuestra señoría desembarcó para la entrada, quemando luego los navíos, en testimonio de su mucho valor, para quitar toda ocasión de arrepentimiento o de esperanza de volver…
Muerto el Emperador Carlos, la ciudad de México decidió levantar un túmulo funerario. La obra fue encargada al arquitecto alavés Claudio de Arciniega. El monumento, terminado en 1559, tenía planta en forma de cruz griega e incorporaba algunas escenas y cuadros. En uno de ellos, Hernán Cortés aparecía a caballo sobre un fondo en el que se recortaban los navíos en llamas. Aquella imagen cuajó hasta el punto de que Diego Muñoz Camargo, en su Descripción de la provincia y ciudad de Tlaxcala de la Nueva España e Indias, escrita entre 1581 y 1585, dijo que en las Casas Reales de Tlaxcala, podía verse lo siguiente:

… luego entrando, pintada la entrada y primera venida de Hernando Cortés y de sus españoles, y de cómo dio al través con los navíos, y los hizo barrenar y dar fuego.

El novohispano Juan Suárez de Peralta, sobrino de Cortés, en su Tratado del descubrimiento de las Yndias y su conquista, contribuyó a asentar la leyenda, al afirmar que el conquistador dio la orden de quemar las naves. Las líneas incendiaria y barrenadora convivieron durante siglos. A finales del siglo XIX, la depuración académica de la Historia abordó aquel episodio. Cesáreo Fernández Duro, miembro de la Real Academia de Historia ofreció un interesante dato mundano, en Las joyas de Isabel la Católica, las naves de Cortés y el salto de Alvarado (Madrid 1882). A su juicio, la patraña de la quema de las naves habría sido producida por la acción de los poetas, pero su difusión se debió a una colección de estampas, proveniente de Francia, que se convirtió en común decoración de «posadas, barberías y otros establecimientos públicos» durante el primer tercio de esa centuria. Las extravagantes litografías presentaban a un Moctezuma con melena y barba rubias, tonalidad capilar que también se atribuyó a la propia doña Marina. Un lustro más tarde, Marcos Fernández de la Espada también trató de poner coto a una ficción que el romanticismo había estimulado. El artículo en el que desmontó la tesis del incendio, llevaba un título elocuente: «No fué tea, fué barreno».
Cinco siglos después de que las naves, desmanteladas, se sumergieran en el océano, el ancla encontrada, en el caso de haber sido manejada por los hombres de mar que acompañaron a Cortés, acaso sea el comienzo de una serie de hallazgos que, sin duda, aportarán interesantes detalles acerca de aquella flota que con tanta audacia se inutilizó.

Nazis en España: la quinta columna de Hitler

Libertad Digital, 4 de julio de 2019
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2019-07-04/ivan-velez-nazis-en-espana-la-quinta-columna-de-hitler-88250/
Nazis en España: la quinta columna de Hitler


Por su ubicación, por un pasado imperial del cual sobreviven valiosos restos, España ha constituido y constituye un enclave fundamental en toda geoestrategia que discurra por el impreciso eje Oriente-Occidente. Durante el siglo XX, varias potencias trataron de orientar, con éxito desigual, las políticas españolas. Si durante la Guerra Fría, la URSS y los USA movieron sus hilos para atraerse a la España franquista, años antes, fue Alemania quien alcanzó una primacía que su derrota en la II Guerra Mundial se encargó de eclipsar. A la reconstrucción de un ambiente que fue más que germanófilo, está dedicado el libro de Javier Más: Nazis en España. La quinta columna de Hitler (Ed. Actas 2018).
            La historia que cuenta Más se sitúa en el punto culminante de un proceso que hunde sus raíces en el siglo XIX, cuando España acogió diversas influencias artísticas, filosóficas y políticas de origen alemán. Nazis en España arranca en los años 20, en los cuales nuestra nación contaba con una nutrida colonia alemana dedicada a diversas actividades económicas. Ya en la década siguiente, sobre ese colectivo, con la activa participación de la Embajada alemana en Madrid y sus consulados, comenzó a operar una red de propaganda y espionaje nazi que contó con el apoyo de los colegios alemanes, una nutrida cantidad de revistas y libros, e incluso una pujante industria cinematográfica capaz de hacer ver a los españoles las bondades de la Alemania hitleriana. A esta estrategia se sumó el desembolso de generosas cantidades de dinero como los veinte millones de pesetas que se entregaron al general Yagüe para su distribución entre el Ejército y la Aviación, maniobra que, una vez detectada, motivó su arresto y el de trescientos implicados.
            Si el hedillista Yagüe protagonizó ese y otros desencuentros con Franco, entre ellos una nueva conspiración en 1948, la figura de Ramón Serrano Suñer sobresale sobre todas las demás, por ser el principal arquitecto del Nuevo Estado surgido después de la Guerra Civil, proyecto para el cual Alemania constituia un modelo. A la más prosaica reconstrucción, edificatoria pero también agraria, la que va ligada a la Dirección General de Regiones Devastadas, dedica Más un buen número de páginas en las que, no obstante, se establecen las diferencias entre dos arquitectos representativos de los regímenes español y alemán. Mientras bajo las directrices de Pedro Muguruza se levantaron asentamientos que dejaron espacio para la creatividad y la incorporación de recursos inspirados en la arquitectura popular, incluyendo los empleados por la Junta Nacional para la Reconstrucción de Templos, en Alemania, Albert Speer impulsó una arquitectura de escala grandiosa, evocadora de la Roma imperial. Entre el continuismo español y el rupturismo alemán, mediaba un abismo.
            Estas diferencias no pueden, sin embargo, ocultar la realidad de que amplios sectores de la población española, singularmente algunos ambientes falangistas, se vieran deslumbrados por una Alemania que comenzó a perder esa popularidad a partir de 1941, cuando la sombra de la derrota comenzó a ser más poderosa que el batir de las alas germanas, movidas por un Hitler aupado democráticamente al poder. Si la sintonía de Serrano Suñer o Muñoz Grandes con Berlín es conocida, el entusiasmo que Alemania provocaba entre gran parte de la población quedó patente, por ejemplo, gracias a la corrida de toros lidiada en Las Ventas en honor al ejército alemán de 1940, o a las exposiciones dedicadas en 1941 al libro alemán en Madrid y Barcelona, actos presididos por grandes banderas en cuyo centro figuraba la esvástica. Si todo esto ocurría en el mundo oficial, en el librillo de imágenes que aporta Nazis en España, aparece reproducido un elemento popular: el envoltorio de naranjas de la firma gandiense, Saladino Morell Hijo, en el cual conviven una bandera segundorrepublicana y una bandera nazi.
            Como ya se apuntó, el declive alemán determinó el giro franquista hacia el lado aliadófilo y el consiguiente apartamiento del poder de aquellos que habían protagonizado la fase germanizante. Prueba de este distanciamiento que comenzó en septiembre de 1942, es el hecho de que cuando un año después Carl Schmitt visitó la Universidad de Madrid, no contó apenas con el respaldo de las renovadas autoridades gubernamentales. En esa misma fecha se cancelaron también las becas para estudiantes que tenían como destino Alemania o Italia y comenzó la destrucción de un pasado tan reciente como incómodo en el nuevo contexto internacional.
            Como es natural en un libro dedicado al nazismo, Más dedica un espacio, el capítulo final, a la cuestión judía. Según se expone en las páginas postreras de Nazis en España, el régimen de Franco ya permitió el paso de judíos por España en dirección, sobre todo, a Portugal en junio de 1940. La cifra oscila entre 20.000 y 35.000 personas. España, naturalmente, sintió las presiones alemanas para cerrar ese flujo, si bien, a diferencia de lo ocurrido en la Francia de Vichy, no se llegaron a aprobar leyes antisemitas. El siguiente paso fue la expresa orden de Franco de favorecer las medidas tendentes a salvar al mayor número de judíos posible, según se deduce de una carta del ministro Jordana al delegado de Prensa de la Embajada de Lisboa, Javier Martínez de Bedoya. A partir de 1943, la política de exterminio del régimen nazi es conocida. Los esfuerzos del régimen franquista por salvar estas vidas, que también pretendían ganarse la simpatía de la opinión pública internacional, se redoblaron. Sanz Briz en Budapest, Romero Radigales en Ateanas, Rolland de Miotta en París, Palencia en Sofía, Rojas en Bucarest, Martínez Bedoya en Lisboa y Propper de Callejón en Burdeos, permitieron que miles de judíos escaparan al terror.
            A pesar de todo, la pasión hitleriana no desapareció por completo. En Barcelona, la colonia alemana y algunos ciudadanos pronazis trataron de mantener las medidas antisemitas en relación a los refugiados. Fruto de aquel último esfuerzo homicida, fue la devolución de Walter Benjamin a su Alemania natal. El filósofo nunca llegó a su destino, pues se suicidó en el paso fronterizo de Portbou.

Lágrimas boschianas

Libertad Digital, 27 de junio de 2019:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2019-06-27/ivan-velez-lagrimas-boschianas-88183/
Lágrimas boschianas


En el curso de una visita a México inscrita dentro de la incesante actividad paradiplomática catalanista, Alfred Bosch, consejero de Acción Exterior, Relaciones Institucionales y Transparencia del gobierno de la Generalidad, ha pedido perdón a los representantes del Instituto Nacional de Pueblos Indígenas (INPI) por los excesos cometidos por los españoles hace quinientos años. El político profesional, tan español como hispanófobo, afirmó que: «la conquista y la colonización introdujeron una discriminación y una marginación inaceptable». En pleno desahogo, Bosch ha instado a Pedro Sánchez a establecer «una relación más sana entre pueblos, de igual a igual, sin síntomas de dominación, de discriminación o de supremacismo», palabras que deben ser entendidas en clave nacional, pues según la alucinada visión de las sectas catalanistas, la comunidad autónoma en la que opera Bosch, al parecer, de raíces carolingias, sufre una secular discriminación por parte de España. Al margen de la carga teatral del acto disculpatorio, las lágrimas de cocodrilo derramadas por Bosch buscan un objetivo que no pasó inadvertido para los representantes del INPI, que se apresuraron a mostrarse favorables al derecho de autodeterminación de Cataluña. Por si quedara alguna duda respecto a la atmósfera bajo la que se celebró la cumbre descrita, Hugo Vilar Ortiz, coordinador general de los derechos indígenas, proclamó que: «no hay nada que celebrar, sino mucho a condenar», lema favorito de aquellos que cultivan la idea de una España, prisión de naciones, que habría sojuzgado a los libérrimos pueblos que armónicamente se repartían por la Península Ibérica y, posteriormente, en un despliegue imperialista, a los que convivían en el arcádico Nuevo Mundo.
            Sin embargo, este discurso, financiado por los estados mexicano y español, que mantienen semejante cautiverio popular, pues tanto Esquerra Republicana de Cataluña como este INPI de reciente creación por el Movimiento de Regeneración Nacional, que da cuerpo a un acrónimo que alude a la virgen que se venera en el Tepeyac, viven del dinero público, choca con los datos históricos, algunos de los cuales expondremos morosamente como respuesta a don Alfred y sus anfitriones.
            Si de lo que se trata es de regresar a la realidad existente hace medio milenio, de la que se duele Bosch, el territorio dominado por la Triple Alianza, en cuya cúspide política y religiosa se situaba Moctezuma, estaba marcado por una fuerte dominación que garantizaba la tributación en forma de metales, alimentos, plumería, mantas… y seres humanos destinados al sacrificio a los dioses zoomorfos. A ello hemos de sumar otro desagradable factor, la existencia de numerosos esclavos que solían desplazarse atados a unas varas largas a modo de colleras y que debían su precio a sus cualidades personales. El talento en el baile o el cante, aumentaba su valor en mercados como los de Azcapotzalco.
En su Sumario de la natural historia de las Indias, publicado en 1526 y volcado al italiano y al inglés, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, participante en la expedición de Pedrarias, describió un panorama muy diferente a las idealizaciones cultivadas por Bosch y sus contertulios: «Las diferencias sobre que los indios riñen y vienen a batalla son sobre cuál tendrá más tierra y señorío, y a los que pueden matar matan, y algunas veces prenden y los hierran, y se sirven de ellos por esclavos, y cada señor tiene su hierro conocido; y así, hierran a los dichos esclavos, y algunos señores sacan un diente de los delanteros al que toman por esclavo, y aquello es su señal».
De este mundo formó parte una joven nacida cerca de Coatzacoalcos, acaso en Olutla, perteneciente a una distinguida familia, condición que no fue obstáculo para que fuera vendida como esclava a los mercaderes mexicas. Es muy posible que la niña viajara por vías fluviales hasta la ciudad costera de Xicallanco, acompañada por otros esclavos. Allí fue comprada por los mayas de Potonchan, que se la entregaron a Cortés. Como es sabido, doña Marina no fue una simple traductora, sino una intérprete de valor incalculable para unos españoles que sólo pudieron sobrevivir y triunfar gracias a los pactos establecidos con una serie de pueblos que acaso no respondan a los cánones indigenistas en los que se miran algunos sectores de la sociedad española, como el representado por Bosch, cultivador de un indigenismo de lejanos aromas clericales y racistas, hoy aureolado de democratismo y concitado alrededor de la totémica presencia de la urna.
Si la trata de esclavos, presente también en las sociedades europeas y persistente en la Cataluña decimonónica, formó parte del paisaje en el que unos barbudos comenzaron a mmoverse hace quinientos años, la marginación denunciada por Bosch, atribuida en exclusiva a los españoles, también debe ser matizada. Como demostró el historiador mexicano Bernardo García Ramírez, algunos linajes se adaptaron durante siglos a las cambiantes situaciones políticas. En uno de sus estudios recientemente publicados, García Ramírez demostró que don Domingo de Guzmán, gobernador del pueblo de Yanhuitlán tenía diez años cuando se produjo la conquista española de su tierra. Este fue el motivo de que su nombre original -Xa Ñuhu (Siete Mono)- se hispanizara después de que sus antepasados fueran sometidos décadas antes por los mexicas. Todo ello no impidió que sus descendientes mantuvieran el poder local, cuyas raíces se hunden en el siglo IX, durante el virreinato al menos hasta mediados del siglo XVII.
Muchos son los argumentos que podrían enfrentarse a las manifestaciones comentadas, sin embargo, resultarían estériles ante un Bosch que sólo busca erosionar la imagen española en una nación que tiempo ha tenido -más de dos siglos- de integrar a los pueblos indígenas y que mal haría en exacerbar las diferencias entre mexicanos para alimentar un divide et impera que haría las delicias de potencias que no tienen problema indigenista alguno, pues en su día actuaron bajo un lema genocida: «el único indio bueno es el indio muerto».

lunes, 24 de junio de 2019

Fraude en 1936. ¿Fraude en 2019? Paralelismos

OkDiario, 10 de abril de 2019
https://okdiario.com/opinion/fraude-1936-fraude-2019-paralelismos-3969738


Fraude en 1936. ¿Fraude en 2019? Paralelismos

            El próximo 28 de abril se celebrarán unas elecciones generales en las que muchos han visto una reedición de hechos pasados. Una victoria del PSOE abocaría al partido del puño y la rosa a renovar, con un inaceptable coste para la nación, el pacto que llevó al doctor Sánchez a pernoctar en La Moncloa. Para seguir alojado en tan distinguido edificio, Sánchez debería seguir pactando –léase, haciendo concesiones- con ese Podemos en el que muchos adivinan perfiles comunistas, pero también con las plataformas de los colectivos más desleales y rapaces de la nación española. Ante este panorama, la tentación de establecer paralelismos es poderosa, máxime si se tiene en cuenta que desde los tiempos de Zapatero se puso en marcha una poderosa maquinaria ideológica que se desarrolló a la sombra de un oxímoron llamado Memoria Histórica, rótulo tras el cual han crecido diversos colectivos que no están dispuestos a que los hechos ocurridos desde hace ocho décadas en adelante, abandonen la actualidad mediática. Como efecto de todo ello, Franco sigue presente a diario en las telepantallas, ya sea para rescatar su imagen en los archivos del NO-DO ya para especular a propósito del lugar último en el que debe descansar su momia.
            La forzada actualidad de unos hechos del pasado instrumentalizados con objetivos políticos y económicos ofrece, no obstante, la oportunidad, siempre abierta, de bucear en archivos para exhumar documentos amarilleados por el paso de las décadas. Papeles que permiten ajustar el análisis de una época que distó mucho de ser una Arcadia democrática que un grupo de militares africanistas rociados de agua bendita se encargaron de alterar. La mitificada II República dejó un caudaloso reguero de sangre y muchos episodios que cuestionan el mantra, mil veces invocado, de una arbitraria ruptura de la legalidad llevada a cabo por la España más ultra y reaccionaria.
            En efecto, tal y como demostraron Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García en su 1936. Fraude y violencia en las elecciones del frente popular, la cita electoral prebélica distó mucho de ser un modelo de pulcritud democrática. Como muestra de las graves irregularidades que se dieron en aquellas fechas, nos referiremos a un caso que cualquiera puede consultar en el Archivo Histórico Provincial de Cuenca. En ese edificio que en tiempos fue cárcel de la Inquisición, se conserva un revelador expediente que tiene como protagonista a Ramón Portela Prado, abogado natural de Puerto Rico y vecino de esa misma Cuenca en la que Indalecio Prieto pronunció su discurso el 1 de mayo de 1936. En tan simbólica fecha, el socialista lanzó al aire palabras del siguiente tono: «A medida que la vida pasa por mí, yo, aunque internacionalista, me siento cada vez más profundamente español. Siento a España dentro de mi corazón y la llevo hasta el tuétano de mis huesos…».
            Sin embargo, dos días después de tan patrióticas soflamas, se produjeron los hechos juzgados el 4 de noviembre de 1939. Durante el proceso quedó comprobado que Portela, miembro de Izquierda Republicana, se dirigió hasta Castillejo de la Sierra acompañado por tres motoristas. Una vez allí sustrajo las actas de la elección. Todavía impune, Portela Prado ocupó el cargo de Gobernador Civil de la capital desde el 20 de Agosto hasta el 6 de Octubre de 1936, fecha en que marchó a Valencia, donde se desempeñó como Abogado del Estado para huir, acaso a su Puerto Rico natal, desde Barcelona. Aquellos hechos le procuraron una condena de pérdida total de sus bienes y de doce años de inhabilitación absoluta, con extrañamiento del territorio nacional. Más de ocho décadas después, no cabe imaginar un motorizado robo de votos, si bien existen métodos más sutiles que el expuesto, formas discretas que bien pudieran reeditar aquellos hechos que precedieron a la catastrófica Guerra Civil.

Cortés, la serpiente emplumada y los sobrecargados agravios

OkDiario, 1 de abril de 2019
https://okdiario.com/opinion/cortes-serpiente-emplumada-sobrecargados-agravios-3926660


Cortés, la serpiente emplumada y los sobrecargados agravios

«El Gobierno de México propone a Su Majestad que se trabaje a la brevedad, y en forma bilateral, en una hoja de ruta para lograr el objetivo de realizar en 2021 una ceremonia conjunta al más alto nivel; que el Reino de España exprese de manera pública y oficial el reconocimiento de los agravios causados y que ambos países acuerden y redacten un relato compartido, público y socializado de su historia común, a fin de iniciar en nuestras relaciones una nueva etapa plenamente apegada a los principios que orientan en la actualidad a nuestros respectivos estados y brindar a las próximas generaciones de ambas orillas del Atlántico los cauces para una convivencia más estrecha, más fluida y más fraternal». Las palabras reproducidas forman parte de la carta que Andrés Manuel López Obrador, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, envió al rey de España, Felipe VI, luego de hacer lo propio con el Papa Francisco.
Bajo las vaharadas posmodernas que envuelven las manifestaciones de AMLO, subyacen los viejos resabios negrolegendarios que, acuñados en el XIX, afloran cuando la ocasión lo requiere. En este caso, el recientemente elegido por los votantes mexicanos, ha decidido introducir el factor Cortés dentro de la complicada situación a la que le ha conducido su guerra contra el guachicoleo, que así se denomina el tráfico ilegal de combustible en el petrolífero México. Maniobra de distracción o no, el recurso al victimismo ligado a la conquista muestra hasta qué punto gran parte de la opinión pública, que no académica, mexicana, sigue imbuida de una visión distorsionada de hechos acaecidos hace ahora quinientos años.
La petición de AMLO llega, no obstante, casi dos siglos de retraso, pues el 29 de diciembre de 1836, la reina Isabel II estampó su firma en el Tratado definitivo de Paz entre la República Mexicana y S.M.C. la Reina Gobernadora de España, documento en el que se contienen estas declaración de intenciones: «Y esta amnistía se estipula y ha de darse por la alta interposición de S. M. C., en prueba del deseo que la anima de que se cimente sobre principios de justicia y beneficencia la estrecha amistad, paz y unión que desde ahora en adelante, y para siempre, han de conservarse entre sus súbditos y los ciudadanos de la república mexicana». No hay, por lo tanto, motivo alguno para buscar polémicas que ya estaban cerradas, en el terreno oficial en el que ahora pretende moverse AMLO, apenas quince años después de ese 1821, fecha fundacional de la nación política mexicana, a la que don Andrés Manuel parece no encontrar tantas objeciones como las que encuentra en los hechos ocurridos tres siglos antes.
Muchos son, por otro lado, los errores que contiene la carta del Presidente. En ella, por ejemplo, afirma que la incursión hispana fue «un acto de voluntad personal contra las indicaciones y marcos legales del Reino de Castilla y la conquista se realizó bajo innumerables crímenes y atropellos». Sin embargo, el conocimiento documental que poseemos desmiente por completo esta visión personalista de los hechos encabezados por Hernán Cortés. Una visión que ya combatió en su día el propio Bernal Díaz del Castillo, cuya firma aparece en la Petición al cabildo de Veracruz hecha por los vecinos de aquel primer municipio fundado en 1519. El documento, estudiado por María del Carmen Martínez, es un ejemplo de la compleja estructura del Imperio español, tan apoyado en la espada como en la pluma que, con tanta destreza, sostuvo Cortés, tan vencedor sobre el campo de batalla como en la atmósfera legalista de los despachos. Al cabo, el de Medellín conservó la cabeza sobre sus hombros hasta el momento de su fallecimiento, en lugar de perderla, como hubiera ocurrido si se le hubiera considerado rebelde al rey.
Las palabras de AMLO desvían también la atención hacia unos terrenos, los del «relato», que no pueden ocultar la realidad con la que se toparon los barbudos. Entre los volcanes y lagos por los que se adentraron aquellos españoles, los mexicas, gobernados por un emperador con atributos de semidiós y por una casta sacerdotal que hundía el cuchillo pétreo en el tórax de los destinados a ofrecer su corazón a los dioses, mantenían un cruel y hegemónico poder militar que Cortés se encargó de desmantelar. La obediencia al lejano rey del que hablaba el de Medellín a través de sus intérpretes- Jerónimo de Aguilar y la esclava Malintzin, convertida, agua bautismal mediante, en doña Marina-, era más llevadera que la entrega de vidas humanas cuyo punto final se localizaba en el altar de Huitzilopochtli, dios tutelar de los mexicas. Estas y no otras eran las condiciones que hallaron los españoles que, percibidos como libertadores del poder mexica, incorporaron a miles de guerreros indígenas sedientos de venganza. Sin el apoyo tlaxcalteca, los blancos hubieran, sin duda, fracasado.
Caída Tenochtitlan, los hispanos, acompañados, entre otros, por mexicas, emprendieron otras conquistas, las de pueblos también enfrentados con el gobernado por Moctezuma. Mientras las fronteras del territorio gobernado por barbudos y tonsurados se iban ampliando, cristalizaron las estructuras de un virreinato, el de la Nueva España, sobre el que se cimentó la nación hoy gobernada por AMLO. Una nación hermana cuyos problemas reales nada tienen que ver con pretendidos agravios cometidos hace medio milenio sobre unas sociedades inasumibles dentro de marco político mexicano.

Notas sobre Fernando Leyba

Libertad Digital, 20 de junio de 2019

Notas sobre Fernando de Leyba

            Desde hace un lustro, fecha en la que se cumplió la resolución acordada en 1783 por el Congreso de los Estados Unidos en la que se adquiría el compromiso de honrar con un cuadro a Bernardo de Gálvez, los estudios en torno al papel jugado por España en el proceso de independencia del país norteamericano, han ido en aumento. El proceso de reconstrucción historiográfica y de difusión mediática del que ha sido objeto el hombre al cual quedó ligado el lema «Yo Solo», ha seguido un curso semejante al de Blas de Lezo, antaño apenas conocido en círculos militares y hogaño homenajeado en el corazón de la capital de España con un bronce. Dentro de esta corriente de rehabilitación de algunos de los más sobresalientes hombres de armas españoles del siglo XVIII, hemos de encuadrar la figura de don Fernando de Leyba y Córdova, Teniente Coronel del Regimiento Fijo de la Luisiana Española, cuya biografía ha sido recientemente completada por Kristine L. Sjostrom. A ella se debe el conocimiento del lugar y la fecha en que nació don Fernando: Ceuta, 24 de julio de 1734.
            Hijo del capitán Gerónimo de Leyba y Córdova, la ajetreada profesión de su padre llevó a aquel niño por diversos lugares de España. A los dieciséis años, año en que murió su padre, el joven ingresó en el Regimiento de Infantería España, donde recibió la educación castrense que marcó una vida que vino a dar continuidad a la línea trazada por sus antepasados, partícipes en la conquista de Granada y asentados posteriormente en Antequera. Después de pasar por diferentes destinos peninsulares, partió a Cuba dentro del Regimiento «Aragón», con el que participó en la Guerra de los Siete Años, defendiendo la Habana. Con la caída de la ciudad en manos británicas, Leyba fue hecho prisionero. Recuperada la isla por parte de los españoles, el capitán Leyba, que se hallaba en Orán, fue destinado a Nueva Orleans. El primer puesto fronterizo que asumió fue un pequeño fuerte militar rodeado por aldeas indias situado en Arkansas. Su labor en un lugar tan remoto, favoreció su ascenso militar y político. El 14 de julio de 1778, Leyba se convirtió en el tercer gobernador adjunto de la Luisiana, nombramiento que se produjo en un contexto convulso, el propiciado por la declaración de independencia de las Trece Colonias, proclamada formalmente el 4 de julio de 1776. Como es sabido, en aquel proceso destacó Bernardo de Gálvez, para quien Leyba fue de gran ayuda, pues a él le encomendó la población de San Luis situada en un lugar estratégico para el control del río Mississippi por su ribera occidental. En aquel enclave luisiano, dedicado al comercio de pieles y poblado mayoritariamente por franceses, Leyba, que estableció fuertes lazos con el coronel norteamericano George Rogers Clark, levantó un fuerte que resultó de gran utilidad a partir del 21 de junio de 1779, cuando España, aliada con Francia, declaró la guerra a Gran Bretaña.
            Pronto, San Luis se vio atacada por un ejército británico, aumentado por un gran número de indios de diferentes tribus. Con Emanuel Hesse al mando, la heterogénea tropa se dirigió hacia el territorio controlado por Leyba, que en seguida fue conocedor de aquellos movimientos gracias a la red de exploradores que ya había desplegado por todo el territorio. Fortalecido por una torre que bautizó con el nombre de San Carlos, en honor al rey, en la que emplazó cinco cañones, y por dos líneas de trincheras, se preparó para repeler el ataque de 1.200 hombres con una fuerza apenas superior a los trescientos combatientes entre soldados y milicianos con los que debía asistir tanto a San Luis como a Santa Genoveva, población situada cien kilómetros al sur. Enfermo, Leyba esperó y repelió con éxito a la fuerza británica e india, que atacó el 26 de mayo de 1780. El revés sufrido por los asaltantes vino seguido por una serie de incursiones de los guerreros indígenas, contra los cuales don Fernando opuso a toda la población, incluidas las mujeres, a las cuales armó.
            Moribundo, Leyba, que evitó con su defensa la entrada de los ingleses en el valle del Mississippi, escribió a Gálvez el 20 de junio de 1780 para describir la situación de aquella plaza y dar cuenta de la entrega del mando al teniente italiano Silvio Francisco Cartabona, que lo mantuvo hasta la llegada del Teniente Coronel Francisco Xavier de Cruzart. Ocho días después de escribir aquellas letras, Fernando de Leyba falleció. Cuando conoció la noticia, Bernardo de Gálvez le concedió, a título póstumo, el grado de Teniente Coronel.
            Desde 1991, en Sant Louis se celebra una ceremonia en honor a aquel episodio y a su principal protagonista, conmemoraciones a las que recientemente se ha sumado, desde Ceuta, la Asociación Cultural «Fernando de Leyba», que en marzo del presente año, inauguró un monumento en su honor.

Narciso Clavería y Decreto de cambio de apellidos

Libertad Digital, 13 de junio de 2019
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2019-06-13/ivan-velez-narciso-claveria-y-el-decreto-de-cambio-de-apellidos-88107/


Narciso Clavería y Decreto de cambio de apellidos

            A pesar del disuasorio aspecto externo en el que se abre su puerta, el Museo Naval de Madrid posee una excelente colección de reliquias marítimas, joyas como el mapa de Juan de la Cosa, primera representación de América que se conserva, pero también una más que interesante colección de lienzos. Recientemente, la institución ha acometido las tareas de restauración de una tela que lleva por título, «Ataque a la isla y fuerte de Balanguingui», cuadro datado en 1850 firmado por Antonio de Brugada, pintor de cámara de Isabel II y amigo de Francisco Goya, que empleó en más de una ocasión sus pinceles para trazar jarcias y proas. En la obra, en la que los vapores Reyna de Castilla y Elcano conviven con las velas de otras embarcaciones, todas ellas coronadas por banderas rojigualdas, destaca la figura del capitán general Narciso Clavería, militar que dirigió la toma de un fuerte de madera situado en un poderoso enclave de la piratería musulmana malaya, que cayó en manos españolas el día 16 de febrero de 1848.
            Hoy poco conocido, el gerundense Narciso Clavería y Zaldúa nació en 1795 en el seno de una familia militar, circunstancia que determinó su temprana entrada en la disciplina castrense. Con tan sólo seis años, el pequeño Narciso ingresó en la Academia Militar, donde recibió una formación que le sirvió durante su participación en la Guerra de la Independencia. Siempre en continuo ascenso, la carrera militar del isabelino Clavería, recibió un gran impulso durante la primera de las guerras carlistas gracias a sus victorias sobre los carlistas en diferentes plazas vascongadas como Guetaria.
            La dimisión y exilio londinense del general Espartero en Londres, tras la sublevación de Narváez, permitió a Clavería regresar del suyo. De nuevo en España, obtuvo la capitanía general y la presidencia de la Audiencia de Filipinas, desde donde comenzó a combatir a los piratas que infestaban aquellas aguas. Su acción más destacada fue la que tuvo lugar en la isla de Balanguingui, integrada en el archipiélago de Joló. Esta y otras victorias favorecieron los intereses comerciales europeos, hasta el punto de que el gobernador de las posesiones holandesas en la zona, le envió una felicitación. La actividad de Clavería en Filipinas no se limitó al plano bélico, pues el 29 de julio de 1849, impulsó el Decreto de cambio de apellidos, que no respondía a un capricho onomástico, sino que llevaba aparejado el control de los censos poblacionales y, por ende, la mejora de la administración de un archipiélago en el cual la acción hispana había tenido una coloración más religiosa que política. Prueba de ello es el hecho de que muchos de los nuevos apellidos de los naturales fueron: de los Santos, de la Cruz, del Rosario o Bautista. Su buen desempeño en Filipinas, motivó su nombramiento como conde de Manila.
            La salud de Clavería, quebrantada por los vaivenes de una vida tan agitada, le impidió dar continuidad a sus acciones de gobierno. Enfermo, en diciembre de 1849, solicitó el relevo, si bien, sus servicios fueron recompensados con su designación como senador vitalicio, dignidad que juró el 12 de noviembre de 1850 y de la que no llegó a gozar de ni siquiera un año, pues murió en Madrid el 20 de junio de 1851. Se cerraba así una biografía en la que el oficio de las armas ocupó cuarenta y nueve de los cincuenta y seis años que vivió don Narciso.
            Más de un siglo y medio después del paso de Clavería por Filipinas, el idioma español, que dejó de ser oficial en 1973, es testimonial en unas islas que, sin embargo, acogen al mayor colectivo nacional de católicos del mundo. Todo ello no ha sido obstáculo para que su actual presidente, Rodrigo Duterte, haya expresado su intención de cambiar el nombre del archipiélago por otro de carácter prehispánico: Maharlika.