domingo, 9 de diciembre de 2018

Los artistas del hambre

Artículo publicado el 8 de diciembre de 2018 en El Debate:
https://eldebate.es/separatismo/los-artistas-del-hambre-20181208


Los artistas del hambre

            Hace una semana, los reclusos Joaquim Forn, Jordi Sánchez, Jordi Turull y Josep Rull, privilegiados internos del frecuentadísimo centro penitenciario de Lledoners, dijeron haber comenzado una huelga de hambre con el fin de presionar al Tribunal Constitucional, al que acusan de carecer de «garantías democráticas». Fracasado en sus reiterados intentos de hacer valer los recursos con los que han tratado de evitar un enrejado futuro, el trío sedicioso pretende ahora buscar el amparo del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. Sabedores de que el hombre al que han hecho Presidente del Gobierno poco más puede hacer para evitar una sentencia condenatoria, la estrategia de los presos trata de desarrollarse en un terreno de fuerte impregnación ética que presupone cierta abstracción política, pues el adjetivo «humano» tiende a borrar las líneas trazadas sobre el globo a las que los citados tratan de añadir una más. Nada hay que objetar al deseo, siempre comprensible, de todo preso que anhela pasear por paisajes más atractivos que el del patio de la cárcel. De hecho, y por lo que a delincuentes catalanes se refiere, Juan José Moreno Cuenca, el Vaquilla, se hizo famoso por organizar motines que solían cesar con ciertas dosis de opiáceos inyectables. Lustros después de la muerte del popular Vaquilla, sus solemnes sucesores en los ambientes carcelarios, tratan de llamar la atención de la prensa con una vieja maniobra: la del ayuno.
            Según se ha podido saber, días después del anuncio de esta iniciativa, los ardorosos defensores de la causa golpista fueron capaces de sustraerse al tentador aroma del pollo y los canelones que la prisión dirigida por Paula Montero había incluido en el menú. Sin embargo, y pesar de la filtración de una foto en la que aparecía el colectivo que en unos meses deberá enfrentarse a gravísimas acusaciones, el resultado de esta efectista medida no está dando los frutos deseados. La prensa se ha hecho escaso eco de la maniobra del trío lazi y acaso ese sea el motivo por el cual, el supremacista Torra haya anunciado un tímido ayuno-dieta prenavideño de 48 horas, con el que hará visible su sacrificio. La estrategia de Torra trata de dar continuidad al encierro y dieta prenavideña de 24 horas sostenida por los Capuchinos de Sarriá, a la que se han sumado diputados de JxCAT, ERC y la CUP, siempre prestos a arrimar el hombro en toda iniciativa hispanófoba que sea digna de tal nombre. Como si de una cuaresma separatista se tratara, los capuchinos pretenden que la grey entre la que distribuyen un pasto espiritual de inequívocos perfiles secesionistas, ayune cada viernes en apoyo de la huelga de hambre que se mantiene, al parecer, en la prisión barcelonesa. Clericales meritorios de la causa catalanista, los miembros de la plataforma Capellans.cat, también prevén hacer actos de «reflexión, meditación y oración» bajo el título «Espiritualidad y solidaridad con los políticos catalanes en huelga de hambre».
            Pese a todos los aspavientos hechos por los hombres de la corbata, la capucha antisistema y la ropa talar, la presunta huelga de Forn, Sánchez, Turull y Rull, que tanto recuerda a la peculiar dieta a la que se sometió el etarra De Juana Chaos, está encontrando un escaso eco en la prensa no subvencionada por la Generalidad. Cada vez más olvidados por los medios de ámbito nacional, los políticos presos, a pesar de los guiños que reciben desde las televisiones afectas, comienzan a diluirse de un modo parecido al del pícaro y vividor Puigdemont. Empresas que deben cuadrar sus balanzas fiscales, los grupos mediáticos, a pesar de sostenerse en una publicidad que a menudo está vinculada a la parcelación mercantil hispana, son conscientes de que existe cierto hastío en relación a unos sujetos que, después de fracasar en el intento de arrebatar una región al resto de sus compatriotas, escenifican un pueril victimismo. El nuevo numerito resulta, no obstante, de agradecer, aunque sólo sea porque puede servir para releer aquel relato escrito por Kafka en 1922. Su título era Un artista del hambre, y en él, el escritor narró el fin de un ayunador circense dedicado a un espectáculo que ya había perdido interés para el público. Después de que el ayunador expirara, el inspector con el que había mantenido su última conversación ordenó que se enterrara su sucinto cuerpo y se limpiara la jaula en la que se exhibía. Poco después, una joven pantera ocupó el lugar del ayunador. Establezca el lector las analogías oportunas.

El árbol de la Noche Triste. Un monumento vegetal

Artículo publicado el 1 de diciembre de 2018 en El Debate:
https://eldebate.es/rigor-historico/el-arbol-de-la-noche-triste-un-monumento-vegetal-20181201


El árbol de la Noche Triste. Un monumento vegetal

            Muerto a causa de la epidemia que asoló la asediada Tenochtitlan, el tlatoani Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma, cuenta con una estatua monumental en la Ciudad de México. Su sucesor, Cuauhtémoc, ejecutado en Las Hibueras y protagonista de diversas escenas de tintes románticos, da forma a un bronce desde que, en 1887, en pleno porfiriato, fue situado sobre tres cuerpos piramidales de piedra volcánica y mármol. La leyenda, «A la memoria de Quauhtémoc y de los guerreros que combatieron heroicamente en defensa de su patria», completa el conjunto. A diferencia de los tlatoanis mentados, Moctezuma y Cortés han tenido menos suerte en el espacio público. El primero es considerado un hombre pusilánime que se entregó a los españoles, mientras el segundo sigue revestido por los más burdos ropajes negrolegendarios.
            A pesar de que autores mexicanos como José Vasconcelos o Juan Miralles calificaron a Hernán Cortés como padre o «inventor» de México, ciertos sectores ideológicos siguen confundiendo el Imperio mexica con un México, el actual, heredero del Virreinato implantado después de la conquista encabezada por el iconográficamente desaparecido Cortés. La sinécdoque, siempre apoyada por cierto indigenismo arcádico, favorece una visión histórica de México teñida de esencialismo, similar a la de algunos ambientes patrios que cultivan la idea de la España eterna. En ese contexto, y en consonancia con su papel popular, el del malvado español que irrumpe en la límpida civilización mexica, Cortés sigue confinando escultóricamente en el hospital de Jesús que él mismo fundó y que hoy sigue funcionando. Un busto obra del dieciochesco Manuel Tolsá y una sencilla placa de bronce colocada en un lateral del altar de la iglesia que forma parte del complejo hospitalario, son todos los elementos monumentales que el visitante, tras algunos esfuerzos, puede contemplar en la que fuera capital de la Nueva España. Atrás quedaron algunos intentos laudatorios, como el llevado a cabo en 1982, cuando la estatua que se erigió en Coyoacán hubo de ser retirada ante las airadas protestas del ofendido vulgo.
            Si esta es la situación en México, al otro lado del charco, Atahualpa y Moctezuma cuentan desde el reinado de Fernando VI con sendas estatuas en la fachada del Palacio Real de Madrid. Integrados dentro del conjunto de reyes hispanos, su presencia responde a un deseo integrador de aquellos imperios doblegados por Cortés y Pizarro, cuyas gentes quedaron sujetas, en mayor o menor medida, a de las instituciones virreinales.
            Pese a la práctica ausencia pública de elementos que remiten a la conquista, la capital mexicana conserva un vestigio relacionado con uno de los episodios más dramáticos de aquellos lejanos días: la Noche Triste, de la que conviene dar una pincelada. Después del regreso de Cortés desde la costa, a la que acudió para neutralizar a Pánfilo de Narváez, el metelinense encontró una ciudad alterada por la matanza del Templo Mayor, ordenada por Alvarado. Con los españoles hostigados en el Palacio de Axayácatl, sin opción de mantenerse por más tiempo, Cortés decidió retirarse, salir de la ciudad aprovechando la noche. Antes de la huida se repartió el tesoro, que para algunos constituyó un verdadero lastre con el que se hundieron en las aguas lacustres. Se calcula que unos siete u ocho mil hombres, entre ellos, mil trescientos españoles y los hijos del fallecido Moctezuma, abandonaron el Palacio, amparados en la oscuridad del 30 de junio de 1520. Al frente de la columna, el capitán Magariño debía ocuparse de que un puente portátil sirviera para cruzar las cortaduras de la calzada de Tlacopan. Según se contó, una mujer, que había salido a buscar agua, dio la voz de alarma. Alertados por sus gritos, los guerreros mexicas se lanzaron sobre los españoles y sus aliados tlaxcaltecas. En el paso de Tecpantzinco, el puente quedó clavado en el fango. Muchos lograron cruzar, sin embargo, la retaguardia, en la que iban Pedro de Alvarado y Juan Velázquez de León, no lo consiguió. Masacrados por los mexicas, los cadáveres de los españoles y los de los indios amigos, colmataron la zanja abierta en la vía. Pisando los cuerpos sin vida de hombres y caballos, muchos soldados pudieron pasar. Alvarado, herido, lo hizo elevándose en un salto prodigioso e hiperbólico.
            Cuando Cortés, ya a salvo, tuvo noticia de lo ocurrido a sus espaldas, se le saltaron las lágrimas. Francisco López de Gómara contó de este modo la congoja que atrapó al capitán bajo un frondoso ahuehuete, conocido como el árbol de la Noche Triste: «Cortés a esto se paró, y aun se sentó, y no a descansar, sino a hacer duelo sobre los muertos y que vivos quedaban, y pensar y decir el baque la fortuna le daba con perder tantos amigos, tanto tesoro, tanto mando, tan grande ciudad y reino; y no solamente lloraba la desventura presente, más temía la venidera, por estar todos heridos, por no saber adónde ir, y por no tener cierta la guardia y amistad en Tlaxcala; y ¿quién no llorara viendo la muerte y estrago de aquellos que con tanto triunfo, pompa y regocijo entrado habían?»
            Medio milenio después, el árbol, desnudo de hojas, superviviente a los siglos y a los incendios, apoyado en un muro de tezontle y abrazado por una reja, sobrevive como testigo de una victoria que preludió el fin del Imperio que más caudal sanguíneo ofreció a Huitzilopochtli.

Dalí. Aguarrás y máscaras

Artículo publicado el 24 de noviembre de 2018 en El Debate:
https://eldebate.es/separatismo/dali-aguarras-y-mascaras-20181124


Dalí. Aguarrás y máscaras

            El pasado día 14 de noviembre, la organización juvenil pancatalanista Arran, subió a las redes un vídeo en el cual, dos de sus activistas aparecían encapuchados mientras llenaban de pintura amarilla el portal de la vivienda del juez Llarena en Sant Cugat del Vallés. Días más tarde, el aguarrás y la espátula, hábilmente manejados por un grupo de enmascarados, acababa con los amenazantes churretes. Después de esta acción, también difundida por Youtube, se han conocido más detalles acerca de los higienizantes individuos que operaron vestidos con llamativos monos de obra, y ocultaron sus rostros bajo máscaras con el semblante de Dalí.
            Al parecer, tan particular estética, la han tomado de la exitosa serie española La casa de papel, recientemente galardonada con un premio Emmy Internacional en la categoría de mejor drama. Hasta tal punto la serie ha servido de inspiración, que el cerebro de este grupo, se hace llamar El profesor, mientras el resto de integrantes han adoptado nombres como Condal, Olot, Cadaqués o Arán. Después de tan llamativo estreno, el Comando Dalí Reconciliador, anuncia nuevas acciones contrarias a las llevadas a cabo por los Comités de Defensa para la República. Después de semejante confesión, no cabe duda de que el modelo estético adoptado, tiene un origen televisivo, si bien, los actores que intervinieron en la serie, no emplearon únicamente el rostro de Dalí para ocultar sus identidades. En definitiva, el rostro del pintor de Cadaqués, empleado contra aquellos que se presentan como la voz del verdadero pueblo catalán, aporta una potente carga simbólica digna de análisis.
            Nacido en Figueras, Salvador Dalí expiró el 23 de enero de 1989 en esa misma localidad. Siete años antes, el autor de El gran masturbador, había añadido una cláusula al testamento dictado en 1980. Si en el primer documento legaba sus bienes a partes iguales al Estado y a la Generalitat de Cataluña, en el añadido incorporó un giro exclusivo, al hacer «heredero universal y libre de todos sus bienes, derechos y creaciones artísticas al Estado español, con el fervoroso encargo de conservar, divulgar y proteger sus obras de arte». Ésta es la principal frase de la cláusula tercera de un testamento que Dalí dictó el 20 de septiembre de 1982. Fallecido Dalí, la búsqueda, por parte de algunos miembros de la Generalidad, de un codicilo que dejara algunas migajas del artista a la administración autonómica, fue infructuosa. Bloqueada la vía de la instrumentalización, pues Dalí se antojaba insoluble en las hispanófobas aguas catalanistas, el pintor fue orillado, para dejar espacio a otros más compatibles con la estrategia cultural diseñada por los hombres de Pujol. En coherencia con el olvido progresivo del ingrato Dalí, hoy es una obra de Tapies, Las cuatro crónicas, la que preside la Sala Tarradellas del Palacio de la Generalidad. Al cabo, Tapies, el informalista Tapies, que al igual que don Salvador recibió un marquesado de manos de Juan Carlos I, ofrecía un material y una trayectoria vital más asumible dentro de los objetivos marcados por el pujolismo. Frente a los descontextualizados relojes blandos de Dalí, los fondos terrosos de Tapies podían ser interpretados en clave telúrica.
            Un abismo medió entre ambos artistas. Mientras Tapies desarrolló su obra en ámbitos marcadamente catalanistas, bien asistidos por fundaciones foráneas interesadas en fomentar todo aquello que se alejara del realismo, Dalí pisó terrenos mucho más variados. Durante su paso por la mítica Residencia de Estudiantes, forjó amistades y se expuso a influencias que mantuvo durante toda una vida, que no prestó particular atención a las cuatro barras que tanto reivindicó don Antonio, autor en 1971, de un cuadro titulado El espíritu catalán. En contraposición a Tapies, los intereses de Dalí tuvieron un radio más amplio que el de su región. Amigo de Buñuel, rodó con él Un perro andaluz y La Edad de Oro, antes de recibir, por parte de André Breton el despectivo apodo de Avida Dollars. En pleno franquismo, regresó a España y se afincó en Cataluña, decisión que le granjeó no pocas críticas que supo canalizar hábilmente. Convertido en un icono de una televisión única y estatal, cuyas audiencias convierten en irrelevantes las de La casa de papel, era frecuente ver sus tiesos bigotes dentro de espasmódicos vídeos producidos por Valerio Lazarov, en los que Maruja Garrido interpretaba rumbas, para irritación de los custodios de las esencias catalanistas, siempre tan refractarios al flamenquismo.
            Tres décadas después de su muerte, el hombre que en su primera visita al Madrid de la posguerra, dijo, «vine para visitar a los dos caudillos de España. El primero, Francisco Franco. El segundo, Velázquez», presta su rostro a los que limpian la suciedad, amarillenta y golpista, de quienes alimentan esa farsa llamada Francoland.

Colón y la justicia restauradora

Artículo publicado el 17 de noviembre de 2018 en El Debate:
https://eldebate.es/rigor-historico/colon-y-la-justicia-restauradora-20181117


Colón y la justicia restauradora

            En 1973, una asociación de italianos regaló a la ciudad de Los Ángeles una pequeña estatua de Colón. En plena crisis petrolífera, el entusiasmo colombino contaba ya una larga tradición representativa. Casi dos siglos antes, en 1792, se había alzado en Baltimore el primer monumento dedicado al navegante. Las celebraciones organizadas por la nutrida colonia italiana llegaron más tarde. En 1886, Colón fue celebrado en Nueva York, y dos años después se hizo lo propio en San Francisco. Transcurridas varias décadas, en 1937, el presidente Franklin D. Roosevelt oficializó estos fastos, al otorgar la categoría de festivo al Día de Colón. La figura del Almirante quedaba fijada al calendario yanqui, años antes de alcanzar su cénit iconográfico americano, con la erección, en 1921, de una efigie en la República Argentina, cuya inauguración se hizo coincidir con el Centenario de la Revolución de Mayo. El encargado de quitarle al mármol lo que le sobraba, fue el escultor italiano Arnaldo Zocchi. Culminaba de este modo la italianización del Descubrimiento de América, consistente en darle todo el protagonismo a un piloto considerado genovés. La de Zocchi no era, sin embargo, la primera representación de Colón en Argentina. A finales de 1889, en la residencia del genovés Agustín Pedemonte, enclavada en la localidad bonaerense de Bernal, se había celebrado la presentación del primer monumento en suelo rioplatense.
            En España, también fue celebrado con varios conjuntos escultóricos a finales de esa centuria. La primera inciativa surgió a mediados del XIX en Barcelona, sin embargo, el proyecto no pudo fraguar hasta tiempo después, cuando, tanto en Madrid como en Barcelona, se le dedicaron sendos monumentos. Si en la Ciudad Condal, a la que Colón llegó para dar cuenta a los Reyes Católicos de su hazaña, el autor fue el arquitecto carlista, Cayetano Buigas, en la capital, el monumento lo firmó Arturo Mélida, introductor del movimiento Arts and Crafts en España.
En todos los casos, Colón figuraba como «descubridor», sin que la palabra «genocidio», no usada en aquellos días, se asociara a su trayectoria. Más de un siglo después, ambos calificativos se ven seriamente comprometidos. Como ya señalara Gustavo Bueno antes de la puesta en marcha de los fastos del «V Centenario», presentado como «Encuentro», Cristóbal Colón, el hombre que fue capaz de cruzar el Océano, no fue el descubridor formal de América. Sin restarle un ápice de mérito a su travesía, Colón fue, estrictamente, un descubridor material, por cuanto no fue capaz de insertar en los mapas las tierras en las que puso sus pies. Unas tierras que en absoluto eran un erial, sino el lugar donde se asentaban numerosos grupos humanos que, antes de que el marino tratara de convertir en esclavos a la genovesa, hicieron brotar estas sus palabras: «son buenos para les mandar». Como es sabido, Colón murió persuadido de que había llegado a las costas de Asia. Ello determinó que en su particular concepción geográfica, La Española ocupara el lugar de Cipango. El dominio de la isla posibilitaría el acceso al Gran Khan, en quien se buscaba a un aliado antimusulmán, conversión cristiana mediante. Colón, en suma, tal y como puede verificarse en sus últimos escritos, se consideraba un instrumento de la Divina Providencia, una herramienta útil en los tiempos previos a la paorusía y el Juicio Final. Al cabo, según calculó, a este valle de lágrimas le restaban apenas 155 años de existencia, por lo que urgía la conversión de aquellos hombres con los que tropezó. Su misión, en definitiva, venía alentada por un impulso divino, pues, según confesó, «para la hesecución de la inpresa de las Indias no me aprovechó razón ni matemática ni mapamundos; llenamente se cunplió lo que diso Isaías». Ello no impidió que manifestara su amor por el metal, al que se refirió en los siguientes términos: «el oro es excelentíssimo; del oro se hace tesoro, y con él quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso». Las ensoñaciones colombinas tuvieron, no obstante, un final abrupto, cuando Francisco de Bobadilla apresó al venal Almirante, apodado el Faraón por su despotismo, y lo envió a España cargado de cadenas.
Más de cuatro siglos después, Colón vive sus más bajas horas iconográficas. El otrora resplandeciente descubridor, es hoy blanco de las iras, pues se le hace responsable de la apertura de una puerta por la que penetró un genocidio no ocurrido. Semejante interpretación permitió que durante la retirada del bronce, la obamita Hilda Solís, autoproclamándose juez de la Historia, afirmó que aquel era «un acto de justicia restauradora». Las declaraciones no pueden ser más sorprendentes, si se tiene en cuenta que fueron realizadas por una persona integrada en las estructuras de una nación que, movida por el Destino Manifiesto, barrió de sus cinematográficas praderas a la población indígena, que no halló más acomodo que servir de modelo para estudios antropológicos o autoparodiarse en numeritos circenses. Sin desdeñar otros factores relacionados con la fe, o por mejor decir, con las Iglesias, la medida parece responder a intereses marcados por la falsa conciencia. Según la ideología profesada por Solís & c, Colón, como símbolo del Imperio español, por más que las estructuras imperiales le proveyeran de pesados eslabones, representaría la imposición monocorde que habría aniquilado la arcádica diversidad prehispánica, de la que sobreviven reliquias. Comunidades indígenas, mimadas por ciertas instituciones norteamericanas tras las cuales se ocultan oscuros intereses que, conscientes del valor del divide et impera, tratan de encapsular en nichos identitarios a los así llamados «migrantes», muestra viva del mestizaje característico del imperio español, tan alejado del canon W.A.S.P.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Para entender el Holocausto

Artículo publicado el 8 de noviembre de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2018-11-08/ivan-velez-para-entender-el-holocausto-86437/


Para entender el Holocausto

            «Puede decirse que el Holocausto es el asesinato en Europa durante la Segunda Guerra Mundial de unos cien mil enfermos mentales polacos, alemanes y austriacos; más de cinco millones de judíos; más de dos millones de prisioneros de guerra soviéticos; unos trescientos veintidós mil serbios y alrededor de un cuarto de millón de gitanos». Esta es la definición dada por Raúl Fernández Vítores, Alberto Mira Almodóvar, Fernando Palmero y José Sanchez Tortosa de la palabra que destaca en el título a cuyo pie ponen sus firmas: Para entender el Holocausto (Ed. Confluencias, Madrid 2017). Aunque la etimología del vocablo -todo quemado-, evoca los crematorios y el inconfundible olor que inundó la atmósfera de lugares como Auschwitz, Gabriel Albiac, que prologa la obra, aclara que ese nombre, el más sonoro de cuantos designaron a los campos de exterminio, constituye una auténtica estructura simbólica. Auschwitz, con su impronta de eficacia germana, representa el exterminio industrial.
            En su origen, la palabra griega «holocausto» daba nombre a un sacrificio ritual practicado por judíos y griegos, consistente en ofrecer un animal quemándolo por completo. Esta ceremonia, en cuyo centro se situaban las bestias, resulta esclarecedora cuando de aproximarse al holocausto del siglo XX se trata. Como demuestran los autores del libro, la gradual animalización a la que fueron condenados determinados sectores de la población centroeuropea, fue el punto de partida del camino que condujo a los campos de exterminio. Sin embargo, y a pesar de que el Holocausto remite casi de manera automática a la judeofobia germánica, alentada, entre otros, por Lutero, lo que en esta obra se define como «tanatopolítica», excedió los límites de Alemania. En efecto, desde los primeros años de la pasada centuria, las esterilizaciones forzosas afectaron a determinados colectivos en Estados Unidos, Canadá, México, Japón, Francia y las naciones escandinavas. El caso alemán, no obstante, destaca sobre todos ellos. En doce años de gobierno nacionalsocialista, más de 400.000 personas fueron esterilizadas.
            El canon ario, tallado por categorías tan médicas como ideológicas, sirvió para marginar primero, y exterminar después, a muchos hombres incluidos en colectivos cuya delimitación fue a veces tan artificiosa como el patrón del que se hallaban alejados. El Holocausto se desarrolló entre batas blancas y uniformes castrenses. Sin embargo, la asepsia hospitalaria precedió al alambre de espino, razón por la cual, la reconstrucción de ese proceso, obliga a indagar en el origen de la siempre expansiva nación alemana. Sus estructuras políticas permitieron llevar a cabo una primera gran vacunación contra la viruela, que supuso un primer paso para el control social. A campaña le sucedió la implantación de seguros de bajas laborales por enfermedad y, más tarde, la aprobación de la Ley de Vejez e Invalidez. El paso de la Alemania de Bismarck a la República de Weimar, vino acompañado de una política subsidiaria que aumentó considerablemente tras la Gran Depresión, que dejó sin empleo a una enorme cantidad de alemanes. En ese contexto comenzó el señalamiento de los marginados y el de determinados colectivos. Según se afirma en la obra, la política de selección de la raza no nace únicamente de la judeofobia, sino que surge para afrontar «la cuestión social», para destruir a los «marginados», a los «extraños a la comunidad ». En el final del libro, este argumento volverá a aflorar poderosamente.
            La eugenesia, la búsqueda de la purificación de los linajes, venía, naturalmente, de atrás. Por lo que al término se refiere, fue Sir Francis Galton, primo de Darwin, quien comenzó a emplearlo en 1883. Pronto, esta búsqueda de purificación racial, arraigó en sociedades protestantes. Entre ellas estaba una Alemania que ofreció a sus ciudadanos sanos, la posibilidad de contemplar con sus propios ojos los manicomios. A los enfermos mentales se sumaron, en el señalamiento, los delincuentes. El movimiento, de objetivos pretendidamente salutíferos, alcanzó pronto a los judíos, a quienes Hitler ya pretendió confinar en campos de concentración, al menos desde 1921. Para entender el Holocausto reconstruye todas las fases de la represión. Desde un principio, marcado por el desorden y cierta arbitrariedad, a la puesta en marcha de una sistematización simbolizada por las sombrías siluetas de las chimeneas.
            Aunque la higiene social nazi ya estaba en marcha, el expansionismo germánico, cuya fase final conduce a la Segunda Guerra Mundial, transformó las políticas internas. La guerra produjo un amplio volumen de población reclusa que hubo de ser clasificada. Algunos fueron privados de libertad siguiendo criterios ideológicos. Tal es el caso de la oposición interna, los comunistas o los socialdemócratas. Otros fueron recluidos por ser considerados asociales. Entre estos figuraron, delincuentes habituales, homosexuales, marginados, vagabundos, pero también los que habían perdido los subsidios. Finalmente, el criterio biológico señaló a judíos y gitanos. Fanatizados por la idea de construir una sociedad limpia, los nazis comenzaron su obra por la infancia. Entre 1939 y 1945 se hizo desaparecer a más de 9.500 niños alemanes física y/o psíquicamente discapacitados. Pronto, la edad de los afectados ascendió. Una vez más, la tecnología sirvió a la ideología de forma eficaz, incluso imaginativa, pues se llegaron a habilitar cámaras de gas móviles, alimentadas por CO. Con estas cámaras se hizo desaparecer a más de 13.000 pacientes de hospitales psiquiátricos en la Polonia ocupada. La guerra exigía camas libres para los soldados heridos en el frente. Los locos sobraban en la retaguardia.
            Tierra disputada por la Alemania nazi y la URSS, Polonia acogía a un elevado número de judíos. Más de 400.000 vivían en Varsovia, superando en número a los que lo hacían en toda Alemania. A ellos se sumaron los que llegaron tras el Anschluss austriaco. A los prejuicios antisemíticos se unió la exigencia de reasentar población alemana en la tierra polaca conquistada, y ocupada en 1940 por 1.425.000 judíos. El momento de la creación de los guetos había llegado.
Sin embargo, aunque Hitler había proyectado una guerra relámpago, la URSS mostró toda su firmeza. El frente quedó estabilizado, y provocó un gran desgaste en el bloque alemán. Del gueto se pasó al campo de concentración, y del confinamiento judío, al exterminio. Pronto, las elites intelectuales, culturales y religiosas judías, fueron atacadas, dando comienzo a un genocidio, cuyo radio es ampliado por los autores. Para estos, el genocidio, siempre vinculado al Estado, excede lo étnico, lo racial o lo religioso, y alcanza a grupos políticos, sociales y económicos. En la obra se hace hincapié en su carácter intencional, pues su perfecta realización se antoja imposible.
            Pese a la variedad de los colectivos afectados, huelga decir que entre los genocidios destaca la Shoá, es decir, el que afectó a los judíos, que condujo a estos a la muerte o al exilio. El proceso fue complejo, y se movió entre la expropiación de los bienes y la de la propia vida. Más de cinco millones de judíos fueron asesinados durante el periodo de estudio aludido. Sin embargo, la estrella amarilla no fue el único símbolo que marcó a determinados hombres. A ella se sumó el triángulo negro, que señaló a los antisociales, entre ellos más de 250000 gitanos que perdieron la vida en este periodo.
            Carece de sentido tratar de apartarse de los móviles racistas que operaron durante el Holocausto. Sin embargo, el racismo no lo explica todo. Como se expone en las últimas páginas de Para entender el Holocausto, existieron otros factores que no deben despreciarse. Detrás de las matanzas también había poderosos intereses económicos. El bloqueo de Stalingrado, hizo que  Auschwitz adquiriera su verdadera escala, como campo de exterminio y de trabajo. Allí se llevó a cabo, en palabras de los autores, «una forma impersonal de destrucción de hombres que atrae la inversión capitalista. Es, al mismo tiempo, una fábrica de muerte, de caucho y combustibles sintéticos». En Auschwitz, la mano de obra se extingue con la vida. En definitiva, en los campos nazis «la producción económica iba unida a la producción de cuerpos desprovistos de fuerza de trabajo y cuerpos desprovistos de vida». En ellos se alcanza la forma más lograda de tanatopolítica, que permite la reposición, a bajo coste, de mano de obra esclava de la cual se beneficiaron poderosos empresarios y figuras públicas que, una vez concluida la guerra, fueron convenientemente amnistiados y desnazificados. La ocultación de pruebas, fue, de hecho, una estrategia cuidadosamente desplegada por los nazis cuando adivinaron el fin de su aventura racial, que desproveyó de vida a casi ocho millones de individuos desajustados con respecto a su modelo. Aunque vencida en el campo de batalla, la tanatopolítica, en el contexto de las actuales sociedades industrializadas, sigue siendo una opción, todavía disimulada, asunto este, que bien pudieran desarrollar más ampliamente los Fernández Vítores, Mira Almodóvar, Palmero y Sanchez Tortosa.
            A partir de 1948, muchos judíos huyeron al actual estado de Israel, destino extravagante para muchos habitantes del que Stefan Zweig, bautizó como el «mundo de ayer».

Nudo España

Artículo publicado el 29 de noviembre de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2018-11-29/ivan-velez-nudo-espana-86599/

Nudo España

            «Exiliados», «presos políticos», «plurinacionalidad». Todos estos conceptos aparecen en la larga conversación mantenida por Enric Juliana y Pablo Iglesias Turrión, que ha dado forma a un reciente libro titulado Nudo España (Ed. Arpa, Barcelona 2018). En citada la obra, la calculada mesura de Juliana, editorialista simultáneo, maestro de la dosificación, contrasta con la circunspecta profundidad de Iglesias. Con un fugaz prólogo fechado en septiembre de 2018, las páginas de Nudo España sirven para repasar cuestiones tan dispares como las posibles consecuencias de un futuro cargado de robótica, o el análisis de la situación política de América Latina, nunca Hispanoamérica. Sin embargo, y en consonancia con su título, la cuestión nacional, o quizá sería más ajustado decir, la cuestión plurinacional, es la que ocupa la mayor parte del diálogo entre dos hombres pertenecientes a generaciones y ambientes ideológicos diferentes, que no pueden evitar reconstruir parcialmente sus biografías y desvelar sus fuentes formativas.
            Dado el relevante papel que juega dentro del actual panorama político, esa cogobernanza de la que ha hecho gala, las palabras de Iglesias merecen más atención que las de su admirado Juliana. Gracias a ellas, conocemos sus principales referencias ideológicas -los partidos comunistas español e italiano, los movimientos bolivarianos-, pero también el maniqueísmo que subyace bajo un discurso en el que se esfuerza por incorporar matices. Sin mayores aclaraciones, el nunca suficientemente comprendido líder, no deja de dividir el espectro político en dos bloques: la «derecha» y a la «izquierda». Tal simplificación le lleva, por ejemplo, a declarar que «la extrema derecha reaccionaria está asumiendo sin complejos elementos que en el pasado eran extraños a la derecha, como que el proteccionismo o la protección social puedan formar parte de su oferta electoral». La sentencia, referida a una derecha siempre tendente al extremo, ignora que esos grupos, a los que convendría despojar de etiquetas para señalarlos deícticamente, cifran gran parte de su éxito en promesas sociales semejantes a las de la doctrina social de la Iglesia, institución sobre la que también se pronuncia, disculpe el lector la obligada redundancia, Iglesias. En efecto, don Pablo no duda en incluir entre sus personajes favoritos al Papa Francisco, miembro del destacado grupo que recibe las bendiciones del socio prioritario de Pedro Sánchez. Junto a Mario Bergoglio, Miguel Ángel Moratinos, Zapatero, el periodista orgánico Jordi Évole, Jaume Roures y Almudena Grandes, figuran en un exclusivo plantel. Frente a ellos, emergen Albert Rivera y Ciudadanos, a los que Iglesias cita y ataca obsesivamente. Reconstruido el retablo de personajes distinguidos, el político madrileño confiesa cuál es el verdadero origen de Podemos. Para decepción de los entusiastas que creyeron en la ilusión circular que orbitó alrededor el 15M, el Secretario General de Podemos afirma que la formación morada «no surge de la sociedad civil, sino de la televisión».
            Hijo de sus días, Nudo España, aborda temas de nuestro presente y de un futuro casi inmediato. Por ejemplo, el ligado a la probable superjornada electoral del 26 de mayo, condicionada, probablemente, por el desarrollo del juicio al que han de enfrentarse los golpistas catalanes, realidad que incomoda a Iglesias, molesto con lo que califica como «la voluntad de algunos jueces y fiscales, que representa el Estado profundo». Incómodo con aquella legalidad que garantice la soberanía de la nación española, se lamenta ante «un exceso de judicialización». Coincidente con las manifestaciones de los golpistas y sus aliados, para Iglesias, la salida a la crisis vivida en Cataluña debe ser política. Consecuentemente, los jueces deben inhibirse de juzgar los delitos en los que pudieran haber incurrido aquellos a quienes apoyan los lazis.
            Antes de acometer el último tramo de la conversación, Iglesias hace una atractiva reflexión a propósito de la relación de España con Europa, cuando sostiene que «es una crisis de carácter “orteguiano”: España sería un problema en sí, en España los conflictos se traducirían sistemáticamente en guerras civiles y en la ausencia de un proyecto de país compartido, mientras que Europa sería la solución a todos nuestros problemas». Las siempre cabalgables contradicciones, aparecen inmediatamente después, pues Iglesias se reviste de veladuras negrolegendarias para dolerse de que en España no hubiera reforma protestante, y que el sufragio censitario tuviera «una aparición tardía», adjetivo muy caro para su maestro Villacañas. A pesar de su crítica hacia Europa, Iglesias asume plenamente uno de los principales subproductos de la Ilustración. Como si de un Montesquieu redivivo se tratara, el nuevo vecino de Galapagar llega a mentar Turquía para hablar de una España autoritaria.
            Aunque el libro se titula Nudo España, la España de la que se trata en el mismo, apenas se adentra en el tiempo anterior a la II República. Iglesias trata de bucear en los tiempos de la I República para, a despecho de las críticas lanzadas en su día por Engels, buscar la justificación a su proyecto federalista, en el caso de que sea ese, pues en ningún momento queda explicitado, el futuro que ha diseñado quien impúdicamente nos muestra sus numerosos aciertos analíticos, en contraposición con la habitual torpeza del resto del espectro partitocrático español. Y es que Iglesias, fideísta de una idea plurinacional de España, insiste una y otra vez en presentar a Cataluña y a España -¿acaso una España residual?- como dos sociedades políticas completamente diferentes. Sin aclarar qué atributos convierten a la región catalana en una nación, Iglesias llega a reconocer que la propia Cataluña también es plurinacional, pues en ella existe «un sentimiento nacional español», hoy articulado por Ciudadanos.
            El mismo Iglesias capaz de diagnosticar los errores cometidos por el PCE, al afirmar que su historia fue la de un «autoengaño», consistente en creer que el franquismo estaba siempre a punto de caer, y que las masas campesinas y obreras tan sólo necesitaban de un empujón para hacer la evolución siempre pendiente, esgrime un argumento meramente sentimental, y termina por aferrarse al tópico: la Cataluña dinámica frente a la fría e inmóvil Castilla. Marcado por la flagrante petición de principio emboscada bajo la fórmula «derecho a decidir», concluye Nudo España. Fundamentalista democrático modélico, al menos en lo referido a las aspiraciones de las facciones separatistas catalanas, Iglesias hurta al lector el modo por el cual conseguiría la salida –«tanto monta cortar como desatar», sostiene el nudoso lema de los Reyes Católicos- y posterior regreso de Cataluña a una España para la que, se supone, ha diseñado alguna estructura. Al cabo, la seducción personal, incluso la suya, tiene sus límites. 

Judíos prehispánicos

Artículo publicado el 22 de noviembre de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-11-22/ivan-velez-judios-prehispanicos-86544/


Judíos prehispánicos

            «Para tratar de la cierta y verdadera relación del origen y principio destas naciones indianas, a nosotros tan abscondido y dudoso, que para poner la mera verdad fuera necesaria alguna revelacion divina o espíritu de Dios que lo enseñara y diera a entender; empero, faltando esto, será necesario llegarnos a las sospechas y conjeturas, a la demasiada ocasion que esta gente nos da con su bajísimo modo y manera de tratar, y de su conversacion tan baja, tan propia a la de los judíos y gente hebrea, y creo no incurriria en capital error el que lo afirmase, si considerando su modo de vivir, sus cerimonias, sus ritos y supersticiones, sus agüeros y hipocresías, tan emparentadas y propias de las de los judíos, que en ninguna cosa difieren; para probacion de lo qual será testigo la Sagrada Escriptura, donde clara y abiertamente sacaremos ser verdadera esta opinion, y algunas razones bastantes que para ello daremos». De este modo comienza el primer capítulo de la Historia de las Indias de Nueva-España y islas de Tierra Firme, de fray Diego Durán (1537-1588). En el que también se conoce como Códice Durán, editado en la segunda mitad del siglo XIX, su autor se ocupó de una cuestión planteada desde los tiempos colombinos. Como es sabido, Cristóbal Colón, convencido de haber llegado a destino para el cual partió del puerto de Palos, trató de realizar un ajuste entre sus conocimientos de la geografía ptolomaica, los mapas de Toscanelli y los textos bíblicos. Después de su tercer viaje, el navegante identificó el río Orinoco con uno de los cuatro ríos que regaban el Jardín del Edén. Según creyó, sus pies habían hollado el Paraíso. Las pruebas que avalaban semejante idea, se amontonaban. La gran cantidad de oro hallado en Veragua, demostraba que se encontraba en la bíblica Ofir, de la que el rey Salomón había extraído el metal con el que construyó el Templo de Jerusalén.
            La aparición de un Nuevo Mundo, poblado por unos pueblos que desconocían la palabra de Dios, obligaba a buscar una serie de explicaciones y encajes asumibles dentro de la perspectiva propia de los cristianos de la época. Ello explica el hecho de que muchos volvieran sus ojos sobre la Biblia para tratar de encontrar respuestas. Muchas de ellas adquirieron una coloración semítica. Tal fue el caso del novohispano Francisco de Terrazas (¿1543?-¿1600?), del hijo del conquistador Francisco de Terrazas, mayordomo de Cortés, y autor del poema Nuevo Mundo y Conquista, del que conservan algo más de dos decenas de fragmentos. En él, la trayectoria vital Cortés corre paralela a la del profeta Moisés. Si el hebreo cruzó el mar Rojo, el español había hecho lo propio con el Océano Atlántico. Don Hernando, al igual que Moisés al destruir el becerro de oro, probable representación del dios egipcio Apis, habría luchado contra la idolatría y los hábitos paganos. Terrazas no fue el único en establecer esta identificación, que también sostuvo Jerónimo de Mendieta (1525-1604) en su Historia eclesiástica indiana, y que seguía vigente a finales del XVIII, cuando el 8 de noviembre de 1794, el dominico fray José Servando de Mier Noriega y Guerra (1763-1827), durante la homilía por el alma de Cortés, elogió al conquistador por haber «destruido la idolatría, los sacrificios humanos sangrientos y traído y comunicado la luz del evangelio a los que moraban en las tinieblas de Egipto».
            En definitiva, el argumento hebraico, ya fuera para denostar el paganismo mexica ya para encarecer la labor evangélica cortesiana, estuvo presente desde el Descubrimiento y constituyó una materia de debate entre eclesiásticos adscritos a diversas órdenes religiosas. La dominica, tan permeable a diversos perfiles humanos, fue la que con mayor ímpetu defendió en un primer momento el origen judío de los pueblos prehispánicos. Después de Durán, en 1607, Gregorio García (1556-1627) publicó Origen de los indios en el Nuevo Mundo e Indias Occidentales (1607). En aquella obra se ensayó la siempre tentadora, y no siempre acertada, vía etimológica. Según el fraile, el vocablo «Mesico» procedería de Mesi, nombre propio de quien guió a los judíos a poblar aquel lugar. Además de las letras, las reliquias habían acudido también en su auxilio, pues según afirmó, en el Nuevo Mundo se habían hallado «sepulcros debajo de Tierra con Letras Hebreas muy antiguas». Todo ello demostraría que los indios eran descendientes de judíos.
            Si los escritores citados sostenían el origen semítico de los indios, el jesuita Acosta, de ascendencia judía, refutó dicha tesis, del mismo modo que despejó la atlántica, sostenida por Zárate y Sarmiento de Gamboa, que pretendían, apoyados en el Timeo de Platón, haber encontrado el origen de aquellos pueblos en la Atlántida. Acosta rechazó la opinión de que los indios descendían de las diez tribus perdidas de Israel. Frente a la idea de que los antecesores de aquellos naturales habrían cruzado el Océano, Acosta sostuvo que llegaron al continente por el norte. El jesuita no fue el único en desmarcase de las posiciones de Terrazas y Mendieta, pues el franciscano fray Juan de Torquemada (c. 1557-1624) también negó esas afirmaciones en su Monarquía Indiana (1615).
            Del mismo modo que muchos de los asentados en la Nueva España se desplazaron hacia el Perú al conocerse las riquezas de aquel reino, la vinculación entre Judea y América se movió hacia las tierras meridionales. Benito Arias Montano, por ejemplo, identificó al Perú con el bíblico Ofir. Aunque la perspectiva bíblica siguió teniendo vigencia en los ambientes eclesiásticos, el giro ideológico operado en las últimas décadas del siglo XVIII, permitió que la adscripción judía de las naciones prehispánicas se sostuviera en argumentos distantes de la esfera religiosa. En 1837, el aristócrata ingles Edward King (1795–1837), Lord Kingsborough, volvió sobre el tema en su Antiquities of Mexico. Según afirmó, los judíos, movidos por intereses comerciales, habían dejado atrás Alejandría, para cruzar el Océano. Desplegando una imaginativa etimología, Lord Kingsborough fue capaz de arraigar topónimos como Tlapallan o Amaquemacam, en el idioma hebreo. El momento era propicio. Casi dos décadas después del Grito de Dolores, México era receptivo a cualquier argumento que permitiera tomar distancias con respecto a su pasado hispano. Sin embargo, en plena elaboración de una historia nacional que pretendió dejar atrás el mundo virreinal, el pretendido origen hebreo de México mostró su debilidad frente al empuje de los planteamientos católicos primero, y de los indígenas después, en los cuales, los judíos mexicanos, unos 70.000, son insolubles.

jueves, 22 de noviembre de 2018

De Derio a Alsasua

Artículo publicado el 15 de noviembre en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2018-11-15/ivan-velez-de-derio-a-alsasua-86441/

De Derio a Alsasua
            El pasado 4 de noviembre, Albert Rivera logró reunir en la localidad navarra de Alsasua a representantes del Partido Popular, Vox, encabezado por su presidente, Santiago Abascal, y miembros de su propio partido, Ciudadanos. Al acto, organizado por la plataforma España Ciudadana, acudió la terna de organizaciones políticas que algunos etiquetan como «constitucionalistas», mientras otros prefieren confinarlas entre los estrechos márgenes comprendidos entre la «derecha» y la «extrema extrema derecha». Se trataba, tal y como se precisó en la convocatoria, de realizar un acto en apoyo de la Guardia Civil y a favor de la unidad de España, justo en el municipio en el que, durante la madrugada el 15 de octubre de 2016, dos guardias civiles y sus parejas, fueron agredidos por un grupo de individuos que poteaban en el bar Koxka. Dos años después de que ocurrieran aquellos hechos, siete alsasuarras cumplen condenas que oscilan entre los dos y los trece años, por delitos de odio.
            En medio de la tensión reinante en la Plaza de los Fueros, acordonada por la Guardia Civil y aromatizada por el estiércol acopiado por los lugareños, los discursos de quienes tomaron la palabra, entre ellos, el de Fernando Savater y el de la víctima de ETA, Beatriz Sánchez Seco, tuvieron como fondo el ruino de sirenas e insultos. La berrea abertzale estuvo, además, acompañada por una lluvia de mecheros y piedras. Un último elemento completó la escena, el continuo repiqueteo de las campanas de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, hecho que llamó poderosamente la atención, pues las relaciones entre la Iglesia vascongada, pero también la navarra, con los movimientos separatistas más o menos violentos, son un clásico. Si el sabotaje callejero es una constante en este tipo de actos, el tañido del bronce ha dado lugar a múltiples reacciones, máxime después de que la parroquia hiciera público un comunicado, de exquisita y equidistante redacción, en el que se desmarcaba del bandeo de las campanas. La calculada nota lamentaba «la utilización de la iglesia para fines al margen de su misión pastoral», y descargaba toda la responsabilidad de lo ocurrido en la actuación de unos jóvenes que, «por la escalera del coro han accedido al campanario, sin conocimiento de los sacerdotes de la parroquia, que estaban en la sacristía». La polémica no cesó con la emisión del texto, pues el cura Francisco Javier Izco, en el curso de una entrevista radiofónica realizada por Dieter Brandau, exhibió lo que sólo gracias a un excesivo ejercicio de generosidad, cabe calificar como cautelas, en relación a la actitud que la Iglesia española mantiene en las regiones donde el separatismo a punto está de salir bajo palio.
            Los incidentes de Alsasua, más allá de su actualidad y gravedad, permiten evocar lo acaecido hace exactamente medio siglo en el Seminario Diocesano de Derio. En aquellos preconstitucionales días, noviembre de 1968, sesenta sacerdotes y seminaristas, encuadrados en el llamado grupo Gogor –«firmeza», en vascuence- se encerraron durante un mes en señal de protesta. Del mismo modo que en el municipio navarro, desde tan cristianas dependencias se emitió un texto cuyo destinatario fue el papa Pablo VI. Sin embargo, la del grupo que se acogió a un nombre de resonancias tan espinosianas, no era la primera misiva enviada a la Santa Sede. Años antes, también en el mes de noviembre de 1944, se cursó una Memoria dirigida a S. S. el Papa Pío XII por varios miembros del clero vasco, en el que los ensotanados se quejaban de la situación vivida por diversos miembros de la iglesia vasca, la misma que, en su momento, y gracias a los oficios jesuíticos de sacerdotes como Alberto de Onaindía Zuloaga, facilitó el pacto de Santoña.
            El manifiesto de Derio contó incluso con otro precedente en los inicios de la década revolucionaria. En efecto, el 30 de mayo de 1960, 339 sacerdotes de las tres provincias vascas y de Navarra, invocaron los derechos naturales del hombre y de los pueblos, para denunciar la conculcación de los del pueblo vasco, pero también, sin que los firmantes percibieran problema dialéctico alguno, los de la clase obrera, pretendidamente universal. Al cabo, en el rebaño pastoreado por estos clérigos, figuraban representantes interclase de las esencias vascas, pero también piadosos maketos. La queja, que encontró difusión en The Times, New York Herald y New York Time, apelaba al «derecho a la autodeterminación de todo pueblo, de todo grupo étnico, de toda personalidad física o moral, dentro de los cauces establecidos por la ley natural y el derecho positivo-divino». Ocho años después, la epístola bilingüe de Derio incluyó afirmaciones del siguiente tenor: «Actualmente el pueblo vasco se encuentra repartido entre dos estados separados por la cordillera pirenaica. Los vascos vivimos en dos coordenadas distintas de vida: el sistema francés y el sistema español con sus centros políticos en París y Madrid. Las características de nuestro pueblo van desapareciendo, pues tales Estados han impuesto su ser nacional y sus culturas dominantes, la gala y la castellana, sobre la etnia vasca». En sintonía con los tiempos, la Iglesia, inmersa en el diálogo cristiano-marxista, era consciente de la importancia de tener presencia dentro de los ambientes obreros, siempre amenazados de caer bajo el influjo comunista y ateo. Ello determinó que se constituyeran organizaciones cristianas como la JOC -Juventud Obrera Católica- y la HOAC -Hermandades Obreras de Acción Católica-, que se emplearon a fondo en la industrializada Vizcaya. Los efectos de esta labor también se dejaron sentir en el texto de Derio. En él se apostaba por una Iglesia al servicio de los pobres y los oprimidos. Una Iglesia que se definía, literalmente, como «indígena», como voz, eusquérica fundamentalmente, de un pueblo trabajador como el vasco.
            En ese contexto, los religiosos denunciaron «ante los españoles y ante el mundo entero, la política, que hoy impera en España, de preterición, de olvido, cuando no de encarnizada persecución, de las características étnicas, lingüísticas y sociales que nos dio Dios a los vascos». Tan tremendista afirmación no señalaba a «los españoles», sino a una elite encabezada por un tirano, al que acaso cabía aplicar la doctrina de Juan de Mariana, responsable de lo se entendía como una maniobra destinada a «la castellanización del pueblo vasco». Cincuenta años más tarde, la Iglesia vasca, cómplice de todos los movimientos hispanófobos que han prendido en la denominada Euskal Herria, ha perdido a gran parte de su feligresía, sin embargo, sus numerosas instituciones educativas siguen dando cauce a muchos de los objetivos señalados en Derio. Aunque los templos están casi vacíos y, como en el caso de Alsasua, apenas sirven para dar decibelios al odio, uno de los mayores logros de su labor ha sido la configuración de una conciencia tan presente, a pesar de su disparidad estética, en los consejos de administración como en las herrikotabernas, alfa y omega del indigenismo vasco.

Migrantes

Artículo publicado el 10 de noviembre de 2018 en Eldebate.es
https://eldebate.es/identidad/migrantes-20181110

Migrantes

            «Adiós mi España querida,/dentro de mi alma/te llevo metida./Y aunque soy un emigrante/jamás en la vida/yo podré olvidarte», estos versos forman parte de la célebre canción El emigrante, compuesta por Juanito Valderrama en 1949, y dedicada a muchos de los que abandonaron España después de la Guerra Civil. Siete décadas más tarde, la palabra «emigrante» ha ido perdiendo terreno en diversos contextos ideológicos, en favor del término «migrante», que también neutraliza, o lo pretende, a «inmigrante». Como de costumbre, los laboratorios que elaboran la jerigonza políticamente correcta, van por delante de las academias. Si alguien echa un vistazo a la entrada «migrante» incorporada en la última versión del Diccionario de la Real Academia, hallará esta definición, tan genérica como escueta: «Que migra».
            Desprovista de las partículas –in y –e, que indican el sentido del movimiento, la voz «migrante», referida a los humanos, encaja perfectamente dentro de lo que Gustavo Bueno denominó Pensamiento Alicia. Al pronunciar tal palabra, muchos de sus usuarios, rigurosos observantes de este tipo de pensamiento mágico, abstraen una tozuda realidad política, las fronteras, incómoda evidencia para la ilusión aliciesca. El intento de sustitución terminológica responde, a un muy concreto prisma a cuyo través, los grupos humanos pierden sus atributos políticos. El término migrante es un préstamo proveniente de la terminología etológica, preferentemente ornitológica, que permite dar el paso a una ficción en la que quienes quedan bajo su jurisdicción, dejan de ser animales políticos vinculados a sociedades concretas, en virtud de la vaporización, absolutamente intencional, de los límites de las naciones que recubren el globo. El lema, «ningún ser humano es ilegal», concentra la visión eticista según la cual, los hombres no estarían divididos en nacionalidades delimitadas por unas groseras rayas trazadas en los mapas, que encierran áreas planetarias representadas por unas banderas consideradas trapos de colores.
            Sin embargo, y a pesar de la imprecisa definición académica citada, el migrante no puede, en absoluto, ser confundido con el humano que se desplaza para hacer turismo, superando también fronteras. El emigrante, que desde la perspectiva interna de la sociedad en la que ingresa es, digámoslo claro, un inmigrante, no lleva consigo una guía y una cámara fotográfica, sino una carga que casi siempre tiene la forma de la pobreza. Y es esta penosa circunstancia, la que plantea el clásico conflicto entre ética y política, la que recientemente se escenificó en España con motivo de la recepción del buque Aquarius. A bordo de ese barco, que fue repelido por las autoridades políticas italianas, venían más de seiscientas personas, a las que las normas éticas obligaban a atender debidamente. Así se hizo, y no faltaron quienes calificaron de propagandística aquella operación. Mientras en Valencia algunas autoridades trataban de aparecer en las imágenes mediáticas, a las playas andaluzas siguieron llegando pateras y, últimamente, cadáveres, algunos de ellos, acaso, empujados por el efecto llamada que pudo producir la llegada del Aquarius.  Meses después, el baño de realismo político al que se ha sometido el actual Gobierno, ha llevado a la ministra del ramo, Magdalena Valerio, custodia de la cartera de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social, a admitir lo obvio. España no es diferente y, por lo tanto, no puede abrir sus fronteras para acoger a todos aquellos que pretenden dejar la miseria y otros problemas a sus espaldas. La política, en suma, es quien limita, quien pone fronteras a la ética en este caso, por más que los jirones de ropa que cuelgan de las concertinas o las heridas por ellas producidas en la carne africana, puedan conmover a los corazones más duros.
            Nada de ello impedirá, no obstante, que la corriente eticista continúe buscando su cauce, aunque sea a costa de ejercitar la más falsa de las conciencias o de alinearse con visiones tan infantiles como la que ofreciera en su día John Lennon en Imagine. En la que probablemente sea su canción más conocida, el de Liverpool fantaseaba: «Imagina que no hay posesiones,/me pregunto si puedes./Sin necesidad de gula o hambruna,/una hermandad de hombres./Imagínate a todo el mundo,/compartiendo el mundo...»

El éxodo hispano

Artículo publicado el 3 de noviembre de 2018 en Eldebate.es
https://eldebate.es/politica-de-estado/el-exodo-hispano-20181103


El éxodo hispano

            Movidos por la necesidad, miles de hispanos de todas las edades, mayoritariamente hondureños, se dirigen desde hace semanas a los Estados Unidos, la tierra de las oportunidades. En contraste con la velocidad ferroviaria de La Bestia, los integrantes de las diferentes columnas humanas que tratan de huir del hambre y la violencia, cruzan México auxiliadas por gran parte de una población que se siente reflejada en esos rostros en los que se mezcla el cansancio y la ilusión. Aunque el flujo de emigrantes que desde hace décadas buscan la raya que separa México de los Estados Unidos es constante, la imagen de un grupo tan numeroso resulta tan novedosa como complicada de gestionar por parte de un Estado, a menudo calificado como fallido, que, mientras tiene la obligación de controlar su frontera, sabe que muchos de sus recursos están ligados a la penetración de parte de su población en la tierra del dólar.
            El avance de las columnas plantea el habitual conflicto entre el plano ético y el político, máxime si se tiene en cuenta que estas han penetrado en México a través del Estado de Chiapas, territorio históricamente distinguido por profundas cargas simbólicas que conciernen a la población indígena. Si la línea que separa México de Guatemala es plenamente visible en los mapas, las realidades que se viven a ambos lados del trazo, se parecen, y explican la solidaridad de los chiapanecas. Las atenciones tributadas por los de Chiapas para con los que han dejado atrás sus hogares, se atienen a los más estrictos preceptos éticos, incluso a los marcados por la exhortación  bíblica, que exige dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Sin embargo, el cumplimiento de este mandato ético, choca con la realidad política que distingue a los seres humanos, que hace de unos hondureños, y de otros mexicanos. En definitiva, las fronteras delimitan las sociedades políticas y exigen control. Alarmado por la permeabilidad mostrada por la mexicana, Donald Trump ha intentado ir al origen geográfico del problema, a las naciones de las que proceden los emigrantes. Con el propósito de detener la hemorragia migratoria, Trump ha amenazado con retirar la respiración asistida financiera yanqui que sostiene a Honduras, Guatemala y El Salvador. A pesar del mensaje lanzado a la espalda de las columnas, las vanguardias prosiguen hacia una meta en la que se anuncia una severa advertencia: el arresto y repatriación de todos aquellos que entren en EE UU ilegalmente, tarea para la que ya se han desplegado 5.200 militares dentro de la llamada operación Faithful Patriot.
            Mientras Trump mira hacia Centroamérica y fortalece los bordes de su nación, la Policía Federal mexicana mantiene un perfil bajo, motivado en gran medida por la transitoria situación que atraviesa México. El actual presidente Enrique Peña Nieto, vive sus últimos días de mandato, a la espera de la llegada de su sucesor, Andrés Manuel López Obrador, aupado al sillón presidencial gracias a un programa de gran carga social, canalizado a través de MORENA, partido cuyo nombre evoca la tez de la virgen guadalupana. A menos de un mes para que AMLO acceda a su cargo, hecho que ocurrirá el 1 de diciembre, las medidas que este adoptaría, parecen una incógnita que acaso Andrés Manuel preferiría no despejar. Mientras llega ese momento, Peña Nieto ha impulsado un programa dirigido a los columnistas, denominado «Estás en tu casa», que ofrece asistencia médica, educación e incluso trabajo temporal, con la condición de que estos soliciten refugio y permanezcan en los estados de Oaxaca y Chiapas. Tratando de aumentar el radio de la ayuda, el Gobierno mexicano ha pedido ayuda a la Organización de Naciones Unidas.
            Más allá del drama personal y humano, el conflicto planteado por la columna hondureña puede, además, fortalecer los ya clásicos discursos que separan el mundo hispano del anglosajón dentro del continente americano. Si la llegada de semejante colectivo puede servir a Trump para endurecer su argumentario de frontera, el auxilio a los columnistas, forzados a dejar sus hogares por la rapacidad gringa, dominadora de las oligarquías políticas y empresariales centroamericanas, suena como música celestial en determinados oídos receptivos al ideario de AMLO. El antagonismo señalado hunde sus raíces en el siglo XIX, y sirve para recuperar las letras que el 30 de Junio de 1856, escribió Facundo Goñi, Ministro Plenipotenciario español dentro de un informe enviado a Madrid, en el que relató la reunión mantenida en Guatemala con sus homólogos mexicano y costarricense. El objeto del encuentro era «tratar acerca de los peligros que amenázan a Centro-América y en general a todos los Estados hispano-americanos, y sobre los medios mas conducentes a asegurar su independencia para el porvenir». En él los ministros le comunicaron «que la invasion cada dia creciente de los Estados Unidos en el territorio ocupado por los pueblos hispano-americanos habrá tomado ya todos los caractéres de una lucha entre las dos razas: que en tal concepto la hispano-americana debía proponerse seriamente y desde luego la cuestion de su futura existencia y adoptar las medidas necesarias para su conservacion y comun defensa.
            Que por tanto, recordando que el año 1826 a escitacion de Bolívar y por efecto de la guerra de la independencia se reunió en Panamá un Congreso de Plenipotenciarios de los diferentes Estados cuyo objeto era la formacion de una liga ofensiva y defensiva, convendría hoy a imitacion de lo que se hizo entonces, aunque con mayores motivos y casi espíritu y fines absolutamente diversos, procurar la reunion de una Asamblea de Representantes especiales de todos los Estados sea en Méjico ó en otro punto que previamente se designará; Asamblea en la cual pudiera tener representacion preferente la España como la Madre de toda la gran familia. Que en dicha Asamblea podría deliberarse sobre la formacion de una alianza defensiva entre todos los Estados hispano-americanos, pudiendo entrar en ella la España con las condiciones de superioridad y con las ventajas que le corresponden de derecho y le serían reconocidas en las hipótesis indicadas.»
            Siglo y medio después, los habitantes de la fragmentada Centroamérica, en su momento integrada en el Virreinato de la Nueva España, se dirigen a territorios antaño pertenecientes a tal estructura imperial, mutilada por la ideología aparejada a un Destino Manifiesto, guiado por una Providencia incapaz de integrar a los rostros menos pálidos.

domingo, 18 de noviembre de 2018

La coartada federal

Artículo publicado el 1 de noviembre de 2019 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2018-11-01/ivan-velez-la-coartada-federal-86373/


La coartada federal

            Necesitado de una atención mediática que impida su olvido, el prófugo de la justicia española, Carles Puigdemont, fue entrevistado recientemente por el ex revolucionario primaveral francés, Daniel Cohn-Bendit. Ante el mismo Daniel el rojo que hace años consumó su viraje cromático para abrazar el verde eurodiputado, el marido de Marcela Topor, viejo aficionado al travestismo nigromático y a la magia, volvió a apelar al voluntarismo. «Los catalanes deben ser capaces de decir sí o no a la independencia», afirmó, antes de invocar la que para muchos es la fórmula balsámica, federalista para más señas, con la que podrían solucionarse los problemas territoriales españoles. A través del canal Euronews, el de Amer fingió un lamento: «Si hace 40 años, hubiéramos estado en el marco de un federalismo a la alemana, no estaríamos pidiendo hoy la independencia». La queja, teñida de un impostado fatalismo, llevaba alojada una profunda carga adulatoria para con esa Alemania que le ha permitido seguir errando principescamente por la Europa. Frente a la que presentó como oportunidad perdida, el gerundense insistió en decir que sólo los catalanes pueden decidir su futuro, petición de principio que caracteriza a los miembros de las sectas catalanistas que, guiados por su fanatismo o su falsa conciencia, incapaces de escapar de semejante falacia. Frente a tan común afirmación, las preguntas surgen de manera es inmediata. Si Cataluña es ya una entidad política soberana, ¿qué sentido tiene realizar una consulta en relación a su independencia? ¿qué irrefrenable impulso sufragista conduce a votar sobre una soberanía cuyo origen, al parecer, se pierde en la noche de los tiempos?
            Algo no encaja en los razonamientos de un separatismo que no logra separarse del todo de una España sin separación de poderes, a cuyo Gobierno se le pide que presione al poder judicial –un gesto, piden los más afectados-, para sacar de prisión a los compañeros de viaje, es un decir, de Puigdemont, pues mientras este lo hizo escondido en un maletero, otros se internaron en la meseta a bordo de un furgón policial. Conscientes de las graves condenas que pueden recaer sobre los Junqueras, Turull y compañía, por los actos que todo el mundo pudo ver a través de un golpe televisado y publicitado en algunos medios, los autoproclamados representantes del pueblo catalán, solicitan una solución política para el conflicto. O lo que es lo mismo, cercanos a enfrentarse a la cruda realidad de un futuro enrejado, tratan de buscar un atajo, confiados en el oportunismo e irresponsabilidad que caracteriza a la partitocracia española, a la que siempre han chantajeado a cambio de cantidades decrecientes de poder. La inminente apertura del juicio ha permitido que dos de las más distinguidas cabezas pensantes del catalanismo, hayan ofrecido soluciones. Si Puigdemont aboga por el federalismo, Tardá se ha insinuado al doctor Sánchez de este confederal modo: «Si ofrecieran un buen Estatuto de Autonomía confederal es posible que muchos independentistas lo votaran». En ambos casos, y esto es lo que no se dice de manera explícita, la estructura resultante exigiría la independencia de Cataluña, que se insertaría, o no, en el nuevo estado. Si esas son las posiciones de las dos fuerzas políticas mayoritarias del secesionismo, la oferta de aumento de autogobierno, hecha el Presidente Sánchez, es plenamente compatible con las intenciones de quienes le han procurado su actual cargo, que no esconden sus armas, pues Tardá, al tiempo que ofrecía la vía confederal, amenazó a España. De no avanzar en el sentido indicado, la desobediencia civil regresaría a las calles. Los CDR, fieles a Torra, pero también receptivos a las arengas del partido del triángulo y la estrella, aprietan pero, de momento, no ahogan.
            Paralelamente a las negociaciones desarrolladas por los políticos profesionales, un conjunto de organizaciones trabajan para fortalecer la opción federal, tan biensonante para determinados oídos. Destaca entre ellas, por la larga trayectoria de alguno de sus líderes, la Asociación por una España Federal, entre cuyos fundadores figura Nicolás Sartorius Álvarez de las Asturias Bohorques, hijo del Conde de San Luis, cuyo célebre apellido oculta una larga trayectoria. La biografía de Sartorius estuvo teñida en su momento por un VERDE muy diferente al de Daniel Cohn-Bendit. En lugar de la madre Tierra, la juventud de don Nicolás estuvo ligada a perfiles borbonizantes como el de Jose Luis Leal Maldonado. Con él compartió pupitre en el Colegio Mayor de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, antes de integrarse en las Juventudes Monárquicas Españolas, que precedieron al ingreso en el Frente de Liberación Popular, el famoso FELIPE, pilotado por Julio Cerón. Frente al franquismo oficial, una serie de oportunos auspicios metálicos e ideológicos, favorecieron el cultivo de un federalismo a la española, compatible con el que inspiró la mayor parte de las instituciones del lado capitalista de Europa. Tal confluencia de intereses determinó que el credo federalista, especialmente dentro del contexto del diálogo cristiano-marxista, fuera asumido incluso por centrales sindicales que se fueron distanciando del influjo moscovita. Los efectos de tal asunción son visibles en organizaciones como la Asociación por una España Federal, entre cuyos primeros veintidós miembros encontramos a Fernando Lezcano López, Secretario de organización de CCOO, Frederic Monell, Secretario de organización de UGT, y a sindicalistas de un perfil más bajo, como Francisco Javier Puente González y Juan Antonio Sifre Martínez. Junto a los hombres ligados, al menos simbólicamente, al mono de trabajo, los que han desarrollado su carrera a la sombra de las togas, forman el grupo más nutrido de los federalistas asociados. Hombres versados en mantener el equilibrio dentro de un mundo, el legislativo, que necesita de técnicos que operen la transformación precisa para dar el giro federal a una nación que dejó la puerta abierta a la desigualdad interterritorial cuando introdujo en su Constitución los términos «nacionalidades» y «regiones».
            Esta conjunción de fuerzas y gremios, unida a representantes del mundo empresarial, es la que trata de hacer que España se adentre en una senda, la federal, flanqueada por los mitos y lugares comunes que aparecen en el sucinto Manifiesto publicado en la web de la Asociación por una España Federal. Su artículo segundo afirma que «el federalismo, como forma política de la solidaridad, completa y cristaliza los valores ilustrados de la libertad y la igualdad, de un modo transversal con relación a las diversas ideologías y programas políticos», antes de anunciar un final del que, al parecer, es imposible escapar, pues «el futuro, en España y en Europa, debería de ser federal. En la era de la globalización, las pequeñas unidades políticas ya no están en condiciones de enfrentarse a los grandes retos que requieren soluciones globales». Sin embargo, a pesar de la amplitud de los horizontes que atisban los redactores de ese escrito, enseguida se advierte el desajuste entre las pequeñas unidades que rechazan, y la escala global a la que aspiran a enfrentarse. En efecto, en la asociación ya ha fraguado el particularismo de los Federalistas de Aragón, presididos por el economista Santiago Coello. También el de Federalistas d’Esquerres, cuyo presidente, Joan Botella Corral, fue arropado hace unas semanas por la Ministra de Política Territorial y Función Pública, Meritxell Batet, Miquel Iceta y Joan Coscubiela, presentes durante la puesta de largo de la organización en Barcelona. Bendecido por la cuota PSC instalada en el Gobierno de Sanchez, Botella mostró los instrumentos con los que pretende conducir la nave federalista hispana al puerto europeo. «Cooperación y autogobierno son las dos patas de un Estado Federal», sostuvo en uno de los enclaves más simbólicos del cinturón rojo de Barcelona,  Hospitalet de Llobregat.
            En la ofensiva federalista no podían faltar algunos actores pertenecientes al mundo empresarial. Entre ellos destaca Joaquim Coello, enlace entre Urkullu y Puigdemont, herederos de las viejas burguesías periféricas que han amordazado a una clase obrera que ya no cree ni en la épica ni en la retórica de un pasado ajustado a los estrechos márgenes de la Memoria Histórica. Al cabo, la poderosa maquinaria propagandística vinculada a los intereses ocultos bajo la coartada federal, sabrá incluso soslayar detalles como los que adornaron la biografía de Walter Hallestein, ideólogo que, convenientemente desnazificado en los Estados Unidos que impulsaron el Plan Marshall, fue el primer presidente de la Comisión Europea, estructura sobre la que muchos pretenden construir la Europa de las regiones cuyo mapa ya fue trazado en la Alemania hitleriana.

lunes, 29 de octubre de 2018

Conversos y judeófobos en Tenochtitlan

Artículo publicado el 25 de octubre de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-10-25/ivan-velez-conversos-y-judeofobos-en-tenochtitlan-86327/


Conversos y judeófobos en Tenochtitlan

            Redactadas durante el reinado de Alfonso X (1221-1284), las Siete Partidas constituyen  el cuerpo jurídico español más importante hasta la promulgación de la legislación indiana, impulsada tras la inesperada aparición de continente habitado por diferentes grupos humanos. Como es lógico, los hombres de letras que redactaron las leyes alfonsíes, abordaron la cuestión judía y las complejas relaciones entre esta comunidad y la cristiana. Superado el ecuador del siglo XIII, la existencia de un importante número de conversos motivó el siguiente párrafo: «Otrosí mandamos que después que algunos judíos se tornasen cristianos, que todos los de nuestro señorío los honren, y ninguno sea osado de retraer a ellos ni su linaje de como fueron judíos en manera de denuesto. Y que tengan sus bienes y sus cosas partiendo con sus hermanos y heredando a sus padres y a los otros parientes suyos bien así como si fuesen judíos. Y que puedan tener todos los oficios y las honras que tienen los otros cristianos» (Partida Séptima, Título XXIV: «De los judíos», Ley 6). El cuidado en el trato del converso tenía precedentes. En el Fuero Juzgo puede leerse, a propósito de aquel que abandona la ley de Moisés: «el que se convirtiere a la Fe, y recibiere el baptismo, haya todas sus cosas libremente» (Libro XII, Título II: «De los hereges, judios, y sectas»). La abundancia legislativa habla a las claras del interés de los reyes por proteger a un colectivo íntimamente vinculado a ellos, pero también de un persistente rechazo popular, que exigía la reiteración en este tipo de mandatos. El intento de introducir orden político, a veces de un modo expeditivo, provocó fricciones entre las dos esferas de poder de la España visigótica. De hecho, San Isidoro criticó a Sisebuto por obligar a los judíos, bajo pena de muerte, a que se convirtieran al cristianismo. El santo sevillano abogaba por el convencimiento y rechazaba la imposición, metodología que fue avalada por el IV Concilio de Toledo, que dispuso que no se forzara a ningún judío a abrazar el cristianismo. Las tensiones vividas en escenarios cortesanos y eclesiásticos, corrieron paralelas a una serie de disturbios que alcanzaron sus cotas más sangrientas con las matanzas de 1391, en las que, según Jean Dumont, fueron asesinados alrededor de 4000 judíos.
            Un siglo antes, durante el reinado del rey sabio, existía plena consciencia del problema social que planteaban los conversos. De hecho, en el título citado, junto al recordatorio de que los judíos, a los que se les prohibía captar a cristianos, «vienen de linaje de aquellos que crucificaron a Jesucristo», figuraba una amenaza para los que se atrevieran a «retraer» su linaje a los cristianos nuevos, a los conversos. Esta limitación trataba de establecer un corte con el pasado familiar de los que habían ingresado en el orbe cristiano. No faltaban razones para tratar de imponer el olvido en referencia a muchos de los vasallos del rey. El odio hacia los semitas tenía una larga tradición que hundía sus raíces en la España goda, en cuya entrega a los musulmanes habían jugado un importante papel los judíos, que vieron en los árabes a unos libertadores. 
            La expulsión de los judíos, celebrada en su momento por la Universidad de la Sorbona, y ocurrida tras la firma del Edicto de Granada, abrió un nuevo frente protagonizado por los conversos. A la indagación sobre la sinceridad de quienes habían abrazado la fe católica, se aplicó la Inquisición española, implantada por Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, por cuyas venas corría cierta dosis de sangre judía. La expulsión no erradicó los recelos hacia quienes provenían del colectivo semítico, algunos de cuyos miembros ascendieron hasta ocupar puestos políticos y religiosos de gran relevancia, incluso dentro del propio Santo Oficio. Meses después de la salida de los judíos y de la toma de Granada, el descubrimiento del Nuevo Mundo ofreció atractivas posibilidades para muchos españoles que pudieron dejar su pasado, y el territorio en el que este constituía un lastre, a sus espaldas. No fueron pocos los que cruzaron el Atlántico para iniciar una nueva vida, cuyas perspectivas aumentaron a partir de la expansión continental que sucedió a los asentamientos antillanos.
            En la estela de la expedición de Cortés, algunos descendientes de conversos se hicieron un hueco en la Nueva España y en la Historia. Con el fin de evitar el enfrentamiento entre Hernán Cortés y Pánfilo de Narváez, el licenciado Lucas Vázquez de Ayllón, de probable origen converso, fue enviado desde la Audiencia de Santo Domingo, en la ocupaba el cargo de oidor. Aunque no pudo llevar a cabo su misión apaciguadora, la posición que ocupaba en el Caribe, da cuenta de hasta qué punto los orígenes no impedían el acceso a puestos de tal entidad. Derrotado en tierra Narváez, Cortés nombró almirante y capitán de la mar al maestre Pedro Caballero, miembro de una familia de conversos sanluqueños, que había venido con Narváez a cargo de uno de sus barcos, y cuya obediencia se vio favorecida por la entrega de algunos tejuelos de oro.
            Neutralizado Narváez, una de las más audaces operaciones protagonizadas por los españoles durante la ofensiva final sobre Tenochtitlan, fue la construcción y transporte de los bergantines hasta las orillas de la ciudad lacustre. El ensamblaje de la madera venida desde Tlaxcala se hizo en Texcoco bajo la supervisión de Martín López. En el borde del canal abierto en la tierra se improvisaron unas fraguas para fabricar clavazón. En ellas se escuchó el martillear de Hernando de Aguilar y del converso Hernando de Aguilar, Majayerro, que acababa de perder a su esposa, Beatriz de Ordás, muerta de unas fiebres. El comerciante Pedro de Maluenda o el tasador Bernardino de Santa Clara, hijo del converso salmantino David Vitales de Santa Clara, son otros nombres que destacan en las crónicas.
            A pesar de que los cristianos cerraron filas contra los mexicas durante la ofensiva que siguió a la Noche Triste y a Otumba, el resquemor hacia aquellos que tenían a un judío dentro de su árbol genealógico, perduró en el ánimo de algunos hombres. Tal sentimiento afloró en la persona del capitán Pedro de Ircio, de quien Bernal Díaz del Castillo, dijo que era «de mediana estatura y paticorto, e tenía el rostro alegre e muy plático en demasía: qué haría e acontecería; e siempre contaba cuentos de don Pedro Girón e del conde de Urueña, e era ardid, e a esta causa le llamábamos Agrajes sin obras e sin hacer cosas que de constar sean murió en México». Es muy probable que el riojano no supiera escribir, sin embargo conservaba en su interior los rescoldos de una vieja judeofobia popular, que brotó en un momento de máxima tensión.
            Una vez conquistado Texcoco, Cortés se lanzó a la conquista de Tacuba, miembro menor de la Triple Alianza. En aquella ciudad, los mexicas, fingiendo una huida, hicieron penetrar a los españoles en la calzada que se abría paso en el lago. Para cortar la retirada de los barbudos, los de Tenochtitlan izaron un puente a la espalda de la tropa española, y atacaron desde las canoas, la calzada y las azoteas de las casas. En aquel lance, Cortés llegó a ser apresado, y estuvo a punto de ser conducido al sacrificio. En plena pelea, el alférez de Pedro de Ircio, Juan Volante, que también salvó la vida, cayó el agua, sumergiendo en ella el estandarte en el que flameaba la imagen de la Virgen. Enfrentado con él por un asunto de faldas, Ircio recogió la enseña y dejó escapar un grito en el que concentró su aversión por aquellos linajes pertenecientes al pueblo deicida: «¡Oh, traidor, crucificaste al Hijo y quieres ahora ahogar a la Madre!».