lunes, 27 de marzo de 2017

Los militaristas vientos del Norte


Artículo publicado en La Gaceta el domingo 12 de marzo de 2017:

Los militaristas vientos del Norte
A mediados de los 70, en pleno proceso de fabricación del nuevo PSOE, estructura tan útil para incorporar a España al club europeo, pero también a la OTAN, los emisarios venidos de Estados Unidos y de Alemania, consignaban en sus informes la pasión europeísta de los españoles. A tal fascinación habían contribuido decisivamente no sólo las acciones pilotadas desde las instituciones, sino también los recursos propios de la cultura pop que marcó la segunda mitad del siglo XX. El movimiento yé-yé fue probablemente la más lograda unión de aspectos castizos y británicos. Si la música vivió un momento de eclosión, el cine también sirvió a los propósitos aperturistas que había iniciado Manuel Fraga, con su Spain is different!, lema vinculado a una nueva industria, el turismo, que de forma masiva dio continuidad a las actividades de los viajeros impertinentes del XIX. Hasta tal punto cobró importancia este sector, que hoy, lograda la ansiada integración europea al precio de desmantelar gran parte del tejido industrial español puesto en marcha durante el franquismo, sigue constituyendo el recurso fundamental de la economía de España.
Como es sabido, la puesta en marcha de esa industria tuvo un importante eco en el cine, dando lugar a un subgénero que tomó su nombre del actor Alfredo Landa: el landismo, que situaba en el centro de la escena a una suerte de chusco depredador sexual, el macho ibérico, encarnado por ese español bajito que seducía a suecas ávidas de encontrar hombres diferentes a sus braquicéfalos y rubios compatriotas. Limadas las distancias económicas y con España dentro del club europeo, el mito nórdico subsistió a despecho de pequeños detalles como las prolongadas prácticas eugenésicas que se mantuvieron en tierras tenidas como paradigma del progreso.
Con el mito apenas erosionado, las noticias llegadas recientemente desde Suecia comprometen seriamente uno de los aspectos principales de progresismo-ambiente español: el pacifismo a ultranza que predican las izquierdas indefinidas que ocupan calles y hemiciclos. Recuerde el lector los ardores antibelicistas de Ada Colau. En efecto, esta semana se ha sabido que el país de Olfo Palme y Björn Borg, se plantea la recuperación del servicio militar obligatorio, al cual, en rigurosa observancia de las políticas no sexistas, deberán integrarse tanto hombres como mujeres. La medida viene motivada por la dificultad para encontrar nacionales interesados en engrosar las filas de las fuerzas armadas, vistas cada vez más necesarias ante la pujanza de una Rusia que a menudo recuerda estampas propias de la Guerra Fría.
Tal iniciativa, proveniente de semejantes latitudes, supone un paso atrás en esa teleología progresista según la cual el futuro sólo se puede construir tras la desmilitarización de unas naciones que, de ese modo, difuminarían sus fronteras o las mantendrían consagrándose únicamente a las taumatúrgicas virtudes del diálogo, de la diplomacia, en suma. A nadie se le escapa que desde grandes áreas de la opinión pública española la implantación en nuestro país de esta medida supondría un intolerable paso atrás que invalidaría todo aquel movimiento que se movía entre los estrechos márgenes existentes entre el «mili KK» y el íntimo subjetivismo aparejado a la objeción de conciencia. 
Sin embargo, algunas realidades distantes de la conciencia individual obligan a replantear una cuestión que, de no errar en nuestro análisis, volverá a suscitarse con frecuencia creciente. Algunos indicios así lo indican. Acaso el principal de ellos han sido las manifestaciones del emperador Trump, que ya ha señalado la obsolescencia de la OTAN actual. Agotados tras décadas de desgaste económico y de prestigio, los Estados Unidos, ahora democráticamente presididos por tan histriónico líder, no están dispuestos a mantener el coste de la garantía bélica que ha permitido el mantenimiento del estado de bienestar en una Europa que tras 1945 se convirtió en dique anticomunista. Los cálculos para mantener la actual situación ascienden, según los norteamericanos, a un aumento militar de un 55% que posiblemente impediría el sostenimiento de ejércitos profesionales. En tal tesitura, y a pesar de que las guerras, rebautizadas como operaciones de paz, se mantienen alejadas de la sublime Europa, es muy probable que en los próximos años el gasto militar, en efecto, suba, intención ya manifestada en la pacifista España por la actual Ministra del Guerra, María Dolores de Cospedal, que ha propuesto duplicar el presupuesto en Defensa en los próximos siete años. La intención, ya deslizada en una exclusiva conferencia-coloquio organizada por el Club Siglo XXI en un hotel de Madrid, va radicalmente en contra de la inercia pacifista existente. Sin embargo, muchos son los sutiles mecanismos, ante los cuales nada tenemos que objetar, capaces de ir doblegando la ideología de unos españoles, los más jóvenes, que han crecido en un contexto de crisis económica. Mecanismos que también tienen su dimensión cinematográfica, como oportunamente nos recuerda el estreno de una película, Zona hostil, repleta de uniformes.
El transcurrir del tiempo y de los acontecimientos, servirá para verificar si una vez más, aquellas letras de Quevedo, de marcado tono cíclico, se mantienen vigentes: 
«Sale de la guerra, paz; de la paz, abundancia; de la abundancia, ocio; del ocio, vicio; del vicio, guerra.»

viernes, 10 de marzo de 2017

Buenos días España | 10-03-2017

El Gato al Agua | 08-03-2017

Nosotros no parimos

La Gaceta, domingo 5 de marzo de 2017:
Nosotros no parimos

«¡Nosotras parimos! ¡nosotras decidimos!». El lema, acompañado por un gesto manual que pretendía representar una vagina, es un clásico del movimiento a favor de la libertad de las gestantes para abortar los fetos, es decir, para acabar con la vida –abortar es despedazar- de otros cuerpos alojados en sus úteros. Tal voluntad, entendida como liberación, y circunscrita efectivamente a las que pudieran ser madres, sólo recibió un respaldo legal en Cataluña, una vez comenzada la Guerra Civil, siendo la cenetista Federica Montseny quien legalizó unos meses después tal práctica para toda España en 1937. Casi medio siglo después, en la socialdemócrata España de 1985, se despenalizaron algunos casos de aborto inducido, hoy llamado, con evidentes propósitos eufemísticos, «interrupción voluntaria del embarazo». Las últimas modificaciones legales van en la línea del establecimiento de unos plazos durante los cuales, y al margen de la ontogenia del feto, se podría acabar con su vida. La alusión al aborto, entendido como derecho e identificado gratuitamente con posiciones de izquierdas, tiene, tal nos parece, profundas conexiones con la campaña lanzada por la Asociación Hazte Oír, que ha hecho circular recientemente por Madrid un autobús con las siguientes frases impresas en su carrocería:
«Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo.»
Y las tiene en relación con la palabra «mujer» incluida en los laterales del vehículo. En efecto, dado el credo católico que inspira a Hazte Oír, no cabe duda de que la campaña busca la neutralización de determinadas campañas de las plataformas LGTBI, propagadoras de la llamada «ideología de género», ya implantada en diversos ambientes educativos, pero también con los sectores proabortistas que engrosan las filas del feminismo. La polémica, convenientemente judicializada, está servida, y oscurece en gran medida una posibilidad de debate situado más allá de la sensibilidad, la ofensa, y el subjetivismo, en suma. Como de costumbre, el griterío se ha polarizado entre dos posturas de borrosos contornos: «la ultraderecha», que de algún modo seguiría arrastrando a una «derecha» siempre sospechosa de radicalización, y «la izquierda», cada vez más alejada de sus raíces fundacionales, y más identificada con las mentadas ideologías de género, frecuentemente teñidas de un ramplón anticlericalismo.
Si el debate en relación con el lema y la circulación del autobús se ha centrado en las ofensas e incitación al odio que podrían llevar aparejadas las letras impresas, no han faltado quienes han intentado ir más allá, discutiendo a propósito de esos niños y niñas, hombres y mujeres. Dos posiciones han destacado en el intento de deslinde sexual: por un lado, aquellas que se apoyan en lo cromosómico, en los pares XX e XY que, no obstante, admiten una serie de variantes, que impiden establecer un criterio definitivo; y los que lo hacen, tal es el caso de Hazte Oír, apoyándose en argumentos que más que genitalistas, podríamos llamar exogenitalistas. Al cabo, tener pene o vulva no aclara la cuestión, pues el grado de desarrollo al que ha llegado la cirugía permite la implantación o mutilación de genitales externos. En definitiva, los penes y vulvas esgrimidos por la Asociación presidida por Ignacio Arsuaga, bien pudieran haberse sustituido con mayor fortuna por ovarios y testículos, sin perjuicio de que los atributos citados sirvan perfectamente a los intereses que se adivinan en una campaña que no ha dejado a nadie indiferente.
Cabe, no obstante, ensayar una vía alternativa a las comentadas. Una vía que conecta  maternidad y mujer, pues que la mujer pueda ser madre es una propiedad esencial, no accidental, de la misma que va más allá de las apariencias externas. Mientras la hembra pare, el varón, el macho, no puede hacerlo, por más que este haya sido mutilado u hormonado. Y utilizamos el término varón para evitar la palabra de «hombre», que añade aún mayor complejidad… Así pues, la maternidad, es decir, la gestación, pero también el parto, sería el punto de partida para reconducir un debate que quisiera ir más allá de los intereses meramente ideológicos, pero también políticos y económicos, que se esconden tras esta creciente polémica identitaria ligada a una expresión como la de «orientación sexual» que hunde sus raícen en el más radical voluntarismo, pero también en un mercado pletórico ávido de personalísimos consumidores. La conclusión es evidente: los hombres, con o sin vulva, con o sin pene, no parimos.
Sirvan, pues, estas líneas para terciar en un agitado debate en el que comparecemos acogiéndonos a una idea de racionalidad que no ha de buscarse en íntimos mentalismos, sino en algo más fisicalista y operativo, en las manos, las mismas que intervienen en los partos en los cuales, Sócrates, hijo de una partera, se inspiró para dar nombre a su arte: la mayéutica.