domingo, 18 de octubre de 2020

La impronta lascasiana del subcomandante Moisés

 La Gaceta de la Iberosfera, 16 de octubre de 2020:

https://gaceta.es/opinion/la-impronta-lascasiana-del-subcomandante-moises-20201016-1444/

La impronta lascasiana del subcomandante Moisés

            Firmado por el subcomandante Moisés, un reciente comunicado que habla en nombre del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), se ha opuesto frontalmente a la petición hecha por Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en marzo de 2019 cuando, coincidiendo con los 500 años de la llegada de Hernán Cortés y sus compañeros a las playas de lo que hoy es México, pidió que el Papa y el Rey de España pidieran perdón por lo ocurrido en aquel tiempo. Una desenfocada solicitud que se ha reeditado, en el sentido del vector México-Roma, recientemente.

            Para el insurgente Moisés esta demanda no es más que una cortina de humo tras la que AMLO pretende ocultar, entre otras desagradables realidades, los más de 3.000 feminicidios que sufre México anualmente. Un abultado número de bajas que, según el EZLN, serían la consecuencia de una «guerra de género» desencadenada mientras el planeta sufre los nefastos efectos del avance de los nacionalismos. Tan confusas como apocalípticas ideas conviven, no obstante, con el rechazo zapatista a los argumentos negrolegendarios manejados por AMLO, a quien se reprocha su petición. Un análisis más profundo del texto permite, no obstante, entrever matices que nos parecen trascendentales. Veamos.

            Guiados por el irenismo emanado por las tierras de las cuales fray Bartolomé de las Casas fue obispo, los zapatistas, que reivindican explícitamente la obra del excesivo dominico sevillano, hablan, por ejemplo, de la «supuesta conquista», poniéndola en cuestión, al tiempo que anuncian una parada en Madrid el 13 de agosto de 2021, fecha en la que se cumplen los 500 años de la victoria de Hernán Cortés, dentro de una gira mundial de tintes feministas, para hablarle al «pueblo español», vocablo escogido en detrimento del de nación. Aunque cabe pensar que ambos términos, nación y pueblo, pudieran entenderse como sinónimos, la elección de este último, si se tienen en cuenta estas palabras incluidas en el escrito: «¿De qué nos va a pedir perdón España? ¿De haber parido a Cervantes, a León Felipe, a García Lorca, a Picasso, a la República, al exilio…?», encajan mejor con la perspectiva lascasiana -«por el imperio hacia Dios»-, que con su contraria, la fórmula que finalmente se impuso en el Nuevo Mundo, primero como conquista y luego como pacificación o implantación de lo que cabe llamar pax hispanica. A esta controversia histórica ha de añadirse un factor que entendemos decisivo, el influjo de la teología de la liberación, tan arraigada en tales tierras. Teniendo este presente, las notas del subcomandante Moisés parecen apuntar a una variante a la dicotomía, Imperio vs Dios, apuntada, que podría formularse de este modo: «Por el antiimperialismo hacia la cultura» o, por mejor, decir, hacia «las culturas», conservadas por los siempre derrotados pueblos originarios. Al cabo, el zapatista condena tanto el imperio español como el mexica, marcadamente sangriento, en favor de un mundo armónico sólo concebible desde coordenadas tan idealistas como las teocráticas que en su momento manejara el denominado Apóstol de Las Indias.

            Esta visión, expresada en español y cultivadora del mito de la Cultura, que parece una consecuencia de la inversión teológica, omite el poder institucional, imperial, político en definitiva, que ha configurado tanto a la España que vio nacer a los Cervantes y Picassos como al propio México, nación producto de la transformación revolucionaria, realizada bajo la advocación guadalupana, de un poderoso virreinato. Un poder político que, sépanlo o no Marcos y AMLO, a menudo se apoyó en estructuras prehispánicas, originarias, en suma, como muestran las ordenanzas dictadas en 1573 por el Virrey del Perú, Francisco Álvarez de Toledo, en las que se habla de la constitución de «república de indios» gobernada por «indios principales», estructuras que no cabe confundir con las actuales repúblicas políticas, pero que buscaban los objetivos que el propio Virrey desgranó en una carta a Felipe II que contiene estas reveladoras líneas:

«La mayor fuerza que para su seguridad aca se entiende, es que haya muchos pueblos, porque las casas y las raices que en estos sitios tienen los pobladores, les hace desear la paz y la quietud.... No se pueden governar estos naturales sin que los caciques sean los ynstrumentos de la execucion, así en lo temporal como en lo espiritual, ni hay cosa que más pueda con ellos para el bien y el mal... Es necesario que estos caciques sean buenos, para que con su ejemplo se le pegue el bien, pues puede más una palabra destos para que dejen sus ydolos y otras maldades, que cien sermones de religiosos».


domingo, 4 de octubre de 2020

A Franco muerto gran lanzada

 Libertad Digital, 16 de septiembre de 2020:

https://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2020-09-16/ivan-velez-a-franco-muerto-gran-lanzada-6660229/

A Franco muerto gran lanzada

            Con la solemnidad que requiere una ocasión que se pretende histórica, justicieramente histórica, el Gobierno que preside Pedro Sánchez ha presentado el Anteproyecto de ley de Memoria Democrática que vendrá a poner fin a la célebre Ley de Memoria Histórica, aprobada en 2007 y sostenida por el Partido Popular pues, decían, lo importante, lo único, era la economía, salir de la crisis a la que el zapaterato nos lanzó. El Anteproyecto busca, literalmente, el «reconocimiento, reparación y dignificación de las víctimas del fascismo», e incluso, ahíto de ambición, pretende que la historia no se construya «desde el olvido y el silenciamiento de los vencidos», propósitos ambos harto discutible, pues: ¿es riguroso calificar de víctimas a todas las que durante el franquismo lo fueron? y aún más, ¿qué se entiende y qué alcance tiene el calificativo de víctima? Por otro lado, el manido recurso de la apelación a la voz de los vencidos, plantea enormes problemas, pues en la victoria, al igual que en la derrota, existen grados muy diversos.

            En cuanto a quiénes fueron las víctimas del franquismo, pues a pesar de que el Anteproyecto pretenda limitar el revisionismo histórico, al que nada tenemos que objetar si este se fundamenta un manejo riguroso de la documentación, a los dos últimos siglos, es evidente que lo que se busca es seguir erosionando ese periodo tan complejo que se llamó franquismo, los problemas surgen constantemente cuando se vaya más allá de las ejecuciones y torturas, hechos, por otro lado que se dieron en los dos bandos enfrentados durante la Guerra Civil. Víctimas del franquismo, para decirlo de manera directa, fueron muchos franquistas de primera hora, concretamente aquellos que perdieron enseguida el entusiasmo al ver que el Caudillo no estaba por la labor revolucionaria que algunos de sus más firmes apoyos anhelaban. De este modo, muchos de los que vestían ternos de diferentes tonalidades azules se convirtieron en firmes opositores a Franco. Para dar un nombre, nada mejor que el de Dionisio Ridruejo, que pasó de encabezar el aparato propagandístico del bando nacional a convertirse en un dolarizado agente de la estrategia norteamericana que buscaba, al cabo Franco era mortal, una España posfranquista de estructura federal y pasión europeísta, es decir, algo muy similar a lo que busca hoy el PSOE y su socio, el partido de quien reconoció que, puesto que había perdido la guerra a pesar de nacer en tiempos constitucionales, no puede decir España. Cabría, por lo tanto, plantear a quienes pretenden impulsar tal ley si Ridruejo era o no franquista, si era o no demócrata.

            Por lo que respecta al bando contrario ¿cómo ajustarlo a los quicios democráticos? El Frente Popular, tan heterogéneo como el franquista, también pretendía terminar, por la vía revolucionaria, con la burguesa II República, periodo arcádico para una izquierda española dispuesta a ilustrar sus fabulaciones segundorrepublicanas con imágenes del cine subvencionado. Muchas de las víctimas de ese bando, en absoluto pretendían acogerse al sagrado democrático y es por todos conocidos los expeditivos métodos que se emplearon en la retaguardia e incluso en el frente para con aquellos que se desviaran de las líneas estratégicas más vigorosas, muchas de ellas trazadas lejos de nuestras latitudes en un contexto que a menudo se abstrae cuando se trata este periodo de nuestra historia.

            El Anteproyecto, en suma, por más transido de un democratismo harto criticable no solo por su indefinición sino por su operatividad en el campo político de hoy, que para eso y no para otra cosa se ha concebido, nace muerto desde un punto de vista mínimamente crítico, pues el franquismo, del cuya transformación es –de la ley a la ley- la España democrática de hoy, fue mucho más que fusiles, fosas y calabozos. Fue también mucho más que cruces, incluida la de Cuelgamuros. Cruces que, una vez salvados quienes las enarbolaron, operaron decididamente no sólo para desgastar al régimen desde posiciones supremacistas –volem bisbes catalans- sino para dar cauce, en seminarios y otros ámbitos, a organizaciones criminales en sus métodos y radicalmente antidemocráticas.

            La ley, como decíamos, sin perjuicio de que se cobre piezas personales, ofrezca réditos propagandísticos o permita acciones inconoclastas que harán las delicias de revanchistas,  fetichistas y antifranquistas post mortem, no puede ocultar su enorme flaqueza: el fundamentalismo democrático en el que se asienta, un fundamentalismo que impide comprender de qué modo ese pasado, inserto en un contexto histórico muy concreto, permitió sentar las bases materiales de nuestro presente.

 


Revueltas negras en la América hispana

 Libertad Digital, 3 de septiembre de 2020:

https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2020-09-03/ivan-velez-revueltas-negras-en-la-america-hispana-91585/

Revueltas negras en la América hispana

Los graves disturbios racistas ocurridos en los últimos meses en los Estados Unidos, al margen de su operatividad ideológica netamente antitrumpiana, con su réplica apelación a la ley y el orden, muestran a las claras hasta qué punto la sociedad que tiene como símbolo a la Estatua de la Libertad se asienta sobre una estructura social y económica de marcado carácter esclavista y racista. Excluida la población indígena de cualquier tipo de integración en las instituciones políticas, el factor esclavista fue decisivo en el crecimiento de una nación guiada por un Destino Manifiesto que dejó a sus espaldas una compleja realidad. Consecuencia de tan compleja convivencia o, por mejor decir, coexistencia sería el racismo sistémico que, según los observantes de los postulados del movimiento Black Lives Matter, padece la nación de las barras y las estrellas.

Como tantas veces se ha puesto de relieve, las diferencias entre la América hispana y la anglosajona, en relación al trato dado a los indios, son patentes, y han configurado sociedades muy distintas. Si los naturales fueron favorecidos legalmente desde el principio, evitando así su mercantilización como esclavos, burlada en diversas ocasiones, la negritud no gozó, salvo raras excepciones, del mismo trato. Al cabo, los africanos ya estaban insertos en redes comerciales de las cuales eran también partícipes hombres de color como Anthony Johnson, angoleño libre propietario de su hermano de piel, John Caso, primer esclavo negro que vivió en los que hoy son los Estados Unidos. Como es sabido, en la América hispana existió un contingente de esclavos africanos obligados a desarrollar las labores más penosas, singularmente las agrícolas y mineras, que fueron objeto de diferentes regulaciones legales. Entre ellas destaca una muy temprana, la Real Provisión en que se manda no sean libres los esclavos negros que se casen ni los hijos que tuviesen, a pesar de ser contra las leyes del Reino. D. Carlos y D. Juana su madre, firmada en Sevilla el 11 de mayo de 1526, en la que se decía, literalmente para que así pueda prosperar la isla Española, a pesar de ser contra las leyes del Reino.

Tan rigurosas condiciones derivaron en una rebelión acaecida en 1609 en la Nueva España, durante el virreinato de Luis de Velasco y Castilla, cuando partidas de negros acaudilladas por un tal Yanga pusieron en peligro el camino entre la ciudad de México y Veracruz, puerta de entrada del virreinato. Hostigados por las tropas del Virrey, la revuelta se cerró con el envío, por parte de los forajidos, de una carta en la que se comprometían a mantenerse leales a Dios y al rey. Velasco, condescendiente, les concedió un sitio en el que se fundó el pueblo de San Lorenzo, lugar desde donde exterminaron a los indios cercanos. Tres años más tarde se produjo otra conjura de la negritud, que se saldó con el ahorcamiento de treinta y cinco individuos de ambos sexos, tras descubrirse que iban a atentar contra sus patrones españoles durante la procesión del Jueves Santo. El plan ambicionaba proclamar un rey negro en la Nueva España, que se casaría con una "mulata morisca" llamada Isabel. Sentado en su trono, el nuevo monarca nombraría duques, marqueses y condes entre los de su raza, invirtiendo de este modo el sentido del poder y la tributación novohispana. El proyecto contemplaba la matanza de los blancos, si bien se dejaría con vida a las jóvenes "de bonita cara", incluidas las monjas y las hijas del virrey, con las cuales se daría lugar a una raza mestiza. Sin duda, estos brotes violentos fueron tenidos en cuenta a la hora de redactar, en 1650, las Ordenanzas sobre el buen tratamiento que se debe dar a los negros para su conservación. En ellas se prohibieron las mutilaciones y se insistió en la necesidad de darles instrucción católica y enseñarles el español. Asimismo, se establecieron limitaciones para los esclavos, a los cuales se les prohibió portar armas –"si no fuere un cuchillo de un palmo, sin punta"– y andar a caballo, excepto en el caso de los vaqueros y boyeros que se desempeñaran en sitios apartados.

Los casos expuestos, además de ilustrar la evidencia de que el racismo no es exclusivo de los rostros pálidos, muestran hasta qué punto, para desengaño de aquellos que se acercan a los hechos históricos a través del prisma actualista, los hombres, independientemente de su carga de melanina, se mueven dentro de los estrechos márgenes ideológicos de su época.


Elcano. Viaje a la Historia

 Libertad Digital, 20 de agosto de 2020:

https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2020-08-20/ivan-velez-elcano-viaje-a-la-historia-91495/

Elcano. Viaje a la Historia

Entonces, los barcos se despidieron con una descarga recíproca de artillería; los nuestros nos siguieron en su chalupa tan lejos como pudieron, y nos separamos, al fin, llorando (Pigafetta).

            La cita reproducida, tan conocida como emotiva, forma parte del libro Elcano. Viaje a la Historia (Ed. Encuentro 2020) obra de Tomás Mazón Serrano en la que se reconstruye la epopeya del marino español y de los famélicos acompañantes que dieron la primera vuelta al mundo. Un hito histórico, el de la circunnavegación, que se debe a la determinación de unos hombres que buscaban algo más que los dividendos derivados del riquísimo cargamento de clavo con el que surcaron los mares portugueses. La búsqueda de la trascendencia, el anhelo por dejar fama y memoria de sí, permitió que la nao Victoria se adentrara en los predios lusos establecidos en Tordesillas con el respaldo papal. La carta que Elcano dirigió a Carlos I a su llegada a Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522, así lo atestigua: «Saberá tu Alta Majestad lo que en más avemos de estimar y tener es que hemos descubierto e redondeado toda la redondeza del mundo».

            Con esta cita arranca la obra de Mazón, ingeniero técnico de obras públicas y rigurosísimo e incansable investigador, que ha sido capaz de hallar en los archivos españoles y portugueses no sólo los datos técnicos con los que ha descrito al detalle la derrota de la flota española, sino los aspectos más personales, aquellos en los que los héroes muestran su grandeza, pero también sus flaquezas. Publicada en el contexto del V Centenario de tan histórico viaje, el libro de Mazón, impresionante por el solvente manejo de fuentes primarias, se sitúa, junto a obras como El orbe a sus pies, de Pedro Insua, frente a la sonrojante iniciativa de la ministra Carmen Calvo, empeñada en rebajar el mérito español de un viaje iniciado por un español, el naturalizado Magallanes, que nunca tuvo como objetivo la vuelta al mundo, y transformado radicalmente por otro, Elcano, cuyo arrojo le llevó a ganarse la divisa Primus Circundedisti Me –El primero que me circundaste-.

            Elcano. Viaje a la Historia nos sitúa en un tiempo marcado por las tensas relaciones existentes entre dos imperios que pugnaban por hacer caer de su lado la incierta ubicación de la Especiería. Dos imperios en los que las cruces y las espadas convivían con las esferas y las agujas de marear. Frente a las caricaturescas imágenes trazadas por la leyenda negra, la obra de Mazón muestra la poderosa organización institucional hispana, que tenía en la Casa de Contratación de Sevilla una verdadera cantera de pilotos familiarizados con las técnicas y saberes punteros del momento. La prolija obra de don Tomás nos ofrece sus nombres, pero también la composición de una tripulación en la que, junto a 148 españoles, viajaron 28 portugueses, 27 italianos, 15 franceses, 8 griegos, y algunos flamencos y alemanes. Fue precisamente la presencia de ese conjunto de portugueses, la que despertó el lógico recelo de los españoles, aumentado por el hermetismo de Magallanes, celoso de la ruta que pretendía recorrer en la búsqueda de un paso hacia el Mar del Sur en el que se hallaban las ricas islas de las que le hablara Francisco Serrano. Aquella derrota oculta motivó un motín en cuya resolución comenzó a destacar la figura del alguacil mayor, Gonzalo Gómez de Espinosa. Él será, junto a Elcano, el protagonista del desenlace vivido por la mermada flota y tripulación que quedaron tras la muerte de Magallanes.         Si de Elcano sabemos de su firmeza a la hora de adentrarse en la demarcación portuguesa para atravesar el Índico y doblar el Cabo de las Tormentas sin tocar tierra, hasta encontrarse con la sorprendente ganancia de un día, que daba cuenta del éxito de un viaje sobre la tierra rotatoria, en Elcano. Viaje a la Historia sobresale la personalidad de Espinosa, incapaz de hallar la ruta de vuelta a la Nueva España, el tornaviaje que completó años después Urdaneta. Cautivo del portugués Antonio Brito, que dudaba si dejar a los españoles en Maluco, por ser «tierra enferma», con la intención de que murieran allí, o cortar sus cabezas por ignorar si ello agradaría a su rey, Espinosa representa la gallardía española, no solo al dolerse de la pérdida de la bandera, -«Señor, me tomaron de mi caja vuestra bandera real, la cual tenía muy bien plegada y cogida»- sino también al negarse a trabajar en la construcción de la fortaleza de Ternate, pues, según dijo, «si él había de poner alguna piedra, sería en nombre del Rey de Castilla». Regresado finalmente a España gracias Gonzalo Gómez de Espinosa representa la cara más amarga de aquella epopeya. Tras recibir la divisa, Tú Fuise uno de los Primeros que la Buelta me Diste, hubo de pleitear para reclamar, sin éxito, su sueldo, del que se descontó el correspondiente a su cautiverio en manos portuguesas. Un cargo como capitán y visitador de las naos de Indias en la Casa de la Contratación supuso su postrero acomodo, sin que ello borrara de su memoria, como tampoco se desvaneció de la de Elcano, que el 4 de agosto de 1526 halló en el Pacífico la hora precisa de la muy cierta muerte, el recuerdo de aquellos compañeros con los que hallaron el tan ansiado estrecho que les permitió entrar en la Historia. Una hazaña magníficamente narrada por el emocionante y seguro pulso de Tomás Mazón en su Elcano. Viaje a la Historia.


En el 84º aniversario del muladí Ahmad Infante

 Libertad Digital, 14 de agosto de 2020:

https://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2020-08-14/ivan-velez-84-aniversario-muladi-ahmad-infante-91444/

En el 84º aniversario del muladí Ahmad Infante

            Un mes antes de que en Barcelona se celebre la ofrenda floral al patriota español Rafael Casanova, a la que, previsiblemente, seguirán las habituales performances hispanófobas con las que la grey lazi canaliza su resentimiento, ha tenido lugar otro floreado acontecimiento, el dedicado a Blas Infante, nombrado oficialmente Padre de la Patria andaluza en 1983. Si en Twitter, el Presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, destacó el legado y memoria de Infante, durante el acto de homenaje en el 84º aniversario de su fusilamiento por las tropas alzadas en 1936, los representantes de la mezquita de Ishbilia, nombre que los musulmanes dieron a Sevilla, propusieron la creación de foros de debate para sentar las bases de la restitución de la identidad andalusí. Una restitución que, desde las coordenadas de este colectivo afecto a la figura del muladí Infante, pasaría necesariamente por la creciente coranización de esa comunidad autónoma española.

            Como es sabido, Blas Infante hizo pública su conversión a la fe mahometana el 15 de septiembre de 1924, durante una ceremonia llamada Shahada. Casi seis décadas después, Ahmad Infante, nombre con el cual ingresó en la Umma, el notario casareño se convirtió oficialmente en «Padre de la patria andaluza». Aunque el mahometano Infante, probablemente movido por la prudencia, encubrió su fe bajo los velos de la taqiyya tan encarecida por Averroes, tuvo tiempo para dotar de símbolos a su fantasmagoría histórico-política. Si en el caso del integrista Sabino, que colocó a su Euskadi bajo la protectora advocación del Sagrado Corazón de Jesús, la inspiración simbólica vino de la Gran Bretaña, Ahmad la halló en la enseña omeya para confeccionar la bandera que hoy flamea en los edificios institucionales de lo que en su día se llamó Castilla la Novísima. Al igual que le ocurriera al vizcaíno, la lengua española suponía un embarazo, razón por la cual, no sólo anhelaba que el libro propio de Andalucía fuera el Corán, sino que pretendía reconstruir (sic) un alfabeto andaluz para separarlo del español. Naturalmente, las preferencias religiosas distanciaban radicalmente a estas luminarias, cuyos proyectos de destrucción de la nación española no presentaban, sin embargo, incompatibilidades territoriales. Arana despreciaba profundamente a unos maketos cuya impureza racial procedía de sus rastros judíos o moros, componente indispensable, este último, para dar cima al sueño de Infante. En definitiva, la cristianísima Baskonia araniana, de espaldas al restituido califato cordobés por el que suspiraba Infante, permanecería impasible ante estas letras del islamizado notario:

A medida que las cruces y las campanas iban afeando las airosas torres de las mezquitas, la tierra de jardín se tornaba en yermo, y la cruz presidía la esterilidad de los campos, cerrados a los andaluces.

            Sea como fuere, y al margen del éxito que hayan o puedan tener, para lo que será necesario la colaboración de numerosos españoles, los delirios de Arana e Infante, a los que podríamos sumar los de los próceres del catalanismo o el galleguismo, llama poderosamente la atención la constante apelación a unas más que escogidas señas de identidad, las califales, momento en el cual se localizaría el punto de mayor esplendor, no exento de componentes legendarios y románticos, de una estructura política ya enflaquecida a partir del siglo XII. El hundimiento del añorado Califato de Córdoba se produjo tras la victoria cristiana en las Navas de Tolosa, a la que la Junta de Andalucía presta poca o ninguna atención, pero, sobre todo, durante el reinado de Fernando III, conquistador de Córdoba en 1236, de Jaén en 1246 y de Sevilla en 1248, victorias a las que ha de sumarse el sometimiento a vasallaje del Emirato de Granada. Cabe, por lo tanto, plantearse si el verdadero padre de una tal patria andaluza no debiera ser Fernando III el Santo, de quien su hijo, Alfonso X el Sabio, en su Estoria de Espanna, dijo: «Estonçes, en medio de este tiempo, ganó Andalozía el rey don Fernando lo que era antes de los cristianos españoles». En la frase alfonsí se condensa gran parte del ideal de la Reconquista. Leyendo al rey sabio, la presencia musulmana al sur de Despeñaperros no es sino la ocupación de una tierra cuya identidad la otorgaría la cruz que Infante pretendía erradicar. Una recuperación territorial que también fue religiosa, aunque en ocasiones las cruces hubieron de coronar los alminares de mezquitas cimentadas sobre templos visigodos.

            Más allá de la selección de determinados componentes históricos, en la elección de la paternidad de la patria andaluza, oficialmente blindada, operan, además de los ligados al narcisismo que caracteriza las exhibiciones de tolerancia que abogan por una armónica pluralidad de credos y culturas, otros factores. El andalucismo se miró en el espejo de otros ismos disolventes que ya habían cosechado cierto éxito en otras latitudes españolas. Infante no estuvo solo en la tarea de fundamentar un movimiento particularista que debe mucho a los postulados federalistas de finales del XIX, hoy enarbolados por facciones globalistas que hayan su mayor obstáculo en la existencia de naciones políticas. Junto a él figuraron personalidades como José Andrés Vázquez autor en 1911, del artículo El Andalucismo, que vio la luz con un Fígaro como firma al pie. Vázquez fue también quien redactó, junto a Infante, un texto llevado al Congreso de la Paz de la Sociedad de Naciones, celebrado tras la Primera Guerra Mundial. Las condiciones para reivindicar al pacifista y federalista Infante, cuyo credo podría circunscribirse al ámbito de lo privado, estaban dadas, máxime teniendo en cuenta que fue ultimado por el bando franquista. Las bendiciones de la Memoria Histórica, que abisma a gran parte de la sociedad española, harían el resto.


La rosaleda memoriohistoricista

 Libertad Digital, 6 de agosto de 2020:

https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2020-08-06/ivan-velez-la-rosaleda-memoriohistoricista-91397/

La rosaleda memoriohistoricista

            Fiel a su cita anual, Pedro Sánchez Pérez-Castejón lanzó este trino en la red Twitter:

Adelina, Carmen, Virtudes, Martina, Blanca, Julia, Pilar, Dionisia, Ana, Luisa, Victoria, Elena y Joaquina. 13 mujeres inocentes, fusiladas por defender la democracia. Las #13Rosas son hoy un símbolo de la lucha por la justicia y la libertad. Vuestros nombres nunca se borrarán de la historia.

            Desposeídas de sus apellidos por motivos tan formales como propagandísticos, Adelina, Carmen, Virtudes… se mueven entre lo familiar y lo simbólico pues, a decir del doctor que pernocta en La Moncloa, la defensa de la justicia y la libertad fueron lo que condujo a las inocentes muchachas a una suerte de martirologio laico. Inserto en una estrategia, acaso diseñada por Redondo, el mensaje de Pedro Sánchez estuvo acompañado en ese reñidero por algunos de sus más destacados palmeros. Propios como la lacrimógena Lastra o el desabrido Ábalos, pero también socios de coalición, con Iglesias y Montero a la cabeza, secundaron a Sánchez en su ardoroso antifranquismo postmorten. El filón maniqueo abierto por ZP, aquel que abismó a un Partido Popular que, preso de sus complejos, no se atrevió a sellar, sigue dando buenos réditos en una sociedad, la española, capaz de seguir polarizada por hechos ocurridos hace más de ocho décadas en un contexto histórico que poco o nada tiene que ver con el actual.

            La identificación con personajes y causas del pasado es algo muy común. En el caso que nos ocupa, ello viene facilitado por el hecho de que las jóvenes citadas pertenecían a la Juventud Socialista Unificada (JSU), organización política que cristalizó el 1 de abril de 1936, cuando se produjo la unión de la Juventud Socialista y la Juventud Comunista, cuya cúpula directiva estaba compuesta por Santiago Carrillo, Trifón Medrano y Fernando Claudín. Los objetivos fundacionales de la JSU eran nítidos: educar a las nuevas generaciones en el espíritu de los principios del marxismo-leninismo. La convergencia histórica de socialistas y comunistas ofrece, por lo tanto, una magnífica oportunidad a los miembros del PSOE y de Unidas Podemos, que forman parte del actual Gobierno, para recordar a quienes son tenidas por compañeras o camaradas. Sin embargo, la identificación con las que se consideran víctimas del franquismo, pues no en vano fueron ejecutadas meses después del victorioso 1 de abril de 1939 en el que el bando alzado alcanzó sus últimos objetivos militares, exige, a nuestro juicio, un excesivo ejercicio de contorsionismo. Si, como dice Sánchez, las 13 rosas, imagen identificativa de un PSOE que hace tiempo se deshizo del puño con el que agarraba la flor en su logotipo, luchaban por la democracia, cabe preguntarse qué semejanzas existen entre la democracia a la que las chicas aspiraban y la que hoy gobierna un Presidente que, apenas unas horas antes, había pronunciado estas palabras: «El Gobierno que yo presido considera plenamente vigente el pacto constitucional». Un pacto en el que la monarquía ocupa un papel central.

            Convertida en fecha de obligado recuerdo, es precisamente esta condición recordatoria, es decir, no histórica, la que permite a Sánchez la fantasiosa revocación de una condena, pues las fusiladas lo fueron después de la celebración de un juicio ante un tribunal. Juan Pflüger, en su reciente Arderéis como en el 36 (SND Editores, 2020), dedica a este episodio unas páginas en las cuales la candorosa imagen ofrecida por el Gobierno y sus terminales mediáticas queda seriamente comprometida. En ellas, Ana es Ana López Gallego y resulta ser la responsable de la rama femenina de las JSU. Ana había tenido una destacada participación en la organización de un atentado frustrado que debía realizarse durante el Desfile de la Victoria. Sus potenciales víctimas eran los espectadores de la exhibición marcial. Ana tenía como misión el transporte de explosivo, empleando para ello a rosas de entre 15 y 17 años.

            En el libro de Pflüger, la rosa Joaquina también aparece acompañada por sus apellidos. Joaquina López Laffite fue secretaria del Comité Provincial de las JSU. En su domicilio se organizaban reuniones en las que se tejió una red preparada para utilizar a jóvenes comunistas que, empleando sus encantos, debían intimar con falangistas y extraer información de los mismos para señalar 

Yuri Gagarin. Memorias de un cosmonauta

 Libertad Digital, 23 de julio de 2020

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Yuri Gagarin. Memorias de un cosmonauta

            En algunos de los obituarios dedicados a Little Richard se incluyó una anécdota, al parecer trascendental en el desarrollo de su carrera: el 4 de octubre de 1957, después de un concierto en Sidney, el excéntrico roquero vio cómo una gran bola de fuego cruzaba la noche australiana. El músico interpretó aquella luz roja como una señal con la que Dios le pedía que abandonara su estilo musical y su excesiva existencia y consagrara su vida a predicar la palabra del Señor. Marcado por aquella visión, Richard Wayne Penniman dio un giro a su carrera. A partir de entonces, convertido en ministro pentecostal, la imagen de Little Richard subido a un escenario acompañado por una biblia, fue frecuente. Sin embargo, nada había de divino en aquella visión littlerichardiana. Antes al contrario, quienes trazaron aquella parábola rojiza eran precisamente los cultivadores del ateísmo científico. La esfera metálica tenía incluso un nombre. Se trataba del Spútnik 1, primer satélite artificial de la historia lanzado por los soviéticos.

            Cuando se cumplen quinientos años de la primera circunnavegación, parece oportuno recordar el primer viaje alrededor del planeta llevado a cabo por el cosmonauta Yuri Gagarin, cuyas memorias fueron publicadas en España en 2017 por la editorial pamplonica Templando el Acero. En poco más de doscientas páginas, Gagarin reconstruye su vida desde su infancia en la aldea de Smolensk a su cénit vital, cuando giró alrededor de la Tierra. El hijo del campesino Alexéi Ivánovich Gagarin, convertido en carpintero, y de la ordeñadora Ana Timoféievna, nació el 9 de marzo de 1934 en un koljós descrito como idílico, cuya armonía fue quebrada por la ofensiva fascista –término empleado en la traducción- alemana. Aquellos bélicos días dejaron en el joven Yuri una honda huella: la fascinación por las aeronaves. Aferrado a la idea de convertirse en piloto, Gagarin, modelo de hombre politécnico entregado al culto a Lenin, que no a un Stalin que no aparece en unas memorias marcadas por los efectos de la desestalinización, fue superando niveles académicos hasta su envío a Moscú para trabajar en una fábrica de máquinas agrícolas. Así fue como Gagarin, alojado en una casa de madera compartida con quince personas, se convirtió en fundidor, teniendo siempre como modelo a la generación revolucionaria, aquella cuyo ejemplo «exigía sacrificios y heroísmo constante». Desde ese primer destino, nuestro hombre pasó a la escuela industrial de Sarátov, donde perfeccionó su formación después de ayudar en la recolección de la cosecha del koljós. Integrado en las estructuras del Komsomol -organización juvenil del Partido Comunista de la U.R.S.S.-, el joven se miraba en el espejo, lleno del brillo de las condecoraciones, de los excombatientes soviéticos.

            «Los estudios en la escuela técnica seguían su marcha normal. Pero bastaba que oyera el zumbido de un avión en el cielo, o que me encontrar con un aviador en la calle, para que enseguida sintiera algo cálido en el alma». En esta confesión se concentra el sentir de Gagarin a principios de 1955, cuando comenzó a formarse como aviador en el aeródromo de Sarátov. Allí se estrenó como paracaidista antes de hacerse con los mandos de un Yak-18, instruido por héroes de la aviación soviética como Serguei Ivánovich Safrónov. Pronto, el nuevo piloto comenzó a volar solo, si bien, esa soledad no era completa. «¿Pero de qué soledad puede hablarse en el caso del piloto de pruebas soviético, cuando detrás de él hay fuerzas tales como el partido, como el trabajo creador de todo nuestro pueblo?», se pregunta Gagarin.

            Decidido a seguir con su carrera de aviador militar, el siguiente destino fue la esteparia Orenburg. Allí, Gagarin comenzó a acariciar la idea de convertirse en cosmonauta, influenciado por el académico Sedov, que en una entrevista para Pravda habló de los vuelos hacia el espacio. El recorte del periódico acompañó al disciplinado Yuri, que el 8 de enero de 1956 hizo su juramento militar. Si Richard creyó ver una señal divina en el firmamento australiano, Gagarin confiesa que durante la ceremonia vio frente a él a Lenin contemplándole con los ojos entornados. «Ser siempre y en todo como Vladimir Ilich es lo que me había enseñado mi familia, la escuela, el destacamento de pioneros, el Komsomol… Ahora prestábamos el juramento de fidelidad al pueblo, al Partido Comunista, a la Patria, y parecía como que Lenin escuchaba nuestra promesa de soldados de ser honrados, valerosos, disciplinados, estar siempre alerta, guardar rigurosamente el secreto militar y estatal, cumplir incondicionalmente todos los reglamentos militares y las órdenes de los comandantes y jefes». La idolatría leninista y el patriotismo marcaban los días de un Gagarin al que el lanzamiento del primer Spútnik conmovió. En las memorias, el relato de su boda con la camarada Valia, apenas interrumpe la reconstrucción de su proceso de conversión en cosmonauta. A partir de ese momento, los hitos estelares se suceden.

            El 3 de noviembre de 1957, la perra Laika fue el primer animal que abandonó nuestro planeta a bordo de un segundo satélite al que siguieron otros. La euforia de Gagarin, lector de La nebulosa de Andrómeda, de Iván Efremov, era incontenible. Ambos creían en la inminente victoria del comunismo en la tierra, acompañada por el dominio del cosmos. Candidato a la integración en el Partido Comunista durante el XXI Congreso, Gagarin, padre de una niña a la que llamó Elena, enfiló su última etapa formativa. Sometido a innumerables pruebas médicas, Gagarin, junto a sus compañeros, sucedió en los estudios a los ya realizados en animales. Bajo el influjo pavloviano, los soviéticos emplearon perros, en contraposición con la elección de roedores y primates por parte de los norteamericanos.

            Encauzada su vida personal y profesional, quedaba pendiente su ingreso en el Partido Comunista. Después de recibir los informes favorables de sus superiores, Gagarin solicitó su ingreso en el PCUS. El 16 de junio de 1960 fue invitado a una reunión del partido en la que desgranó su biografía. Un mes más tarde, recibió el carnet rojo del partido con el número 08909627 y una recomendación: conducirse siempre como Lenin. Apenas dos meses después, el 19 de agosto de 1960, las perras Strielka y Bielka describieron dieciocho espirales sobre el globo terrestre, antes de su regreso a la Tierra. Antes de concluir el año, el 1 de diciembre, despegó otra nave con las perras Pchiolka y Mushka a bordo. A estos canes, que perdieron la vida en el fallido regreso, le siguió la perra Chernushka, que viajó acompañada por un maniquí. Las condiciones para que un hombre sucediera a aquellos canes, estaban dadas. A los aspectos puramente tecnológicos, se sumaban componentes ideológicos. Gagarin afirma en sus memorias, que aquel éxito sería «el triunfo de la política pacífica de nuestro pueblo, la victoria de todos los hombres amantes de la paz de la Tierra». Una paz, naturalmente, soviética. Al otro lado del Telón de Acero, la publicación en Life del lanzamiento al cosmos de un chimpancé desde Cabo Cañaveral, junto a la elección de siete astronautas norteamericanos, acortó los plazos del proyecto soviético.

            En un contexto aparentemente tan aséptico, la posibilidad de la existencia de vida extraterrestre, jugó un importante papel. Gagarin incluye en su relato estas líneas:

 

Según la teoría de las probabilidades, existen millones de planetas análogos a nuestra tierra donde hay vida biológica. Ya Giordano Bruno, gran pensador del pasado, había expresado la idea acerca la pluralidad de los mundos poblados por seres vivos.

Esta idea audaz fue desarrollada y difundida por el genial sabio ruso Mijaíl Lomonósov. En numerosos planetas, según toda probabilidad, hay seres pensantes que poseen una historia mucho más antigua y se encuentran quizá en un nivel de desarrollo más alto que los hombres.

 

Finalmente, el 12 de abril de 1961, la nave espacial Vostok 1 despegó desde el cosmódromo de Baikonur. En su interior iba un solo hombre, el Cosmonauta Número Uno: Yuri Gagarin, que experimentó una sensación similar a la descrita por el poeta futurista Marinetti cuando se acercó hacia la nave espacial: «ante mí se hallaba no sólo una magnífica creación de la técnica, sino también una impresionante producción del arte».

            Durante el viaje, las imágenes, los recuerdos y muchos interrogantes se agolparon en la mente de Gagarin. A 28.000 kilómetros por hora, la nave salió de la sombra y atravesó los colores del arco iris. Al pasar por el Cabo de Hornos, comunicó: «Me siento bien. Los instrumentos funcionan con precisión». A las 10.55 h., el Vostok, después de circundar el globo terrestre, descendió sobre un campo arado del koljós, El camino leninista, al suroeste de Smelovk. Al pisar tierra, Gagarin vio a una mujer y a una niña, paradas junto a un ternero. La imagen, evocadora de su infancia, se desvaneció pronto. Agasajado por Jruschov y por Brezhnev, recibió la Orden de Lenin y la Estrella de Oro de Héroe de la Unión Soviética. En un ambiente cargado de esperanzas pero también de temores nucleares, Gagarin escuchó la voz del Partido:

Muchos otros hombres soviéticos volarán por las rutas desconocidas del cosmos, lo estudiarán, seguirán descubriendo los misterios de la naturaleza, para ponerlos al servicio del hombre, de su bienestar, de la causa de la paz.


Santa Sofía y la paz de la fe (islámica)

 El Mundo, 23 de julio de 2020:

Santa Sofía y la paz de la fe (islámica)

            El pasado 10 de julio, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, firmó el retorno al culto musulmán de la basílica de Santa Sofía. La ceremonia signataria se inscribió dentro de un contexto de enorme carga simbólica, pues el anuncio de la recobrada condición del templo se llevó a cabo a las 20.53 hora local, dígitos que remiten, siquiera parcialmente, al año en que Constantinopla ingresó en el Dar al-Islam, territorio de los hombres coranizados que hoy celebran la recuperación de tan singular lugar de culto, a la espera de que ocurra lo propio en el occidente andalusí, concretamente en Córdoba. Construida en el siglo IV, fue después de que en 1453 el sultán Mehmet Fatih se hiciera con la ciudad, cuando la imponente cúpula levantada por Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto acogió el rezo hacia un Dios de impronta aristotélica y rostro inexistente. El avance otomano conmovió al mundo cristiano, hasta el punto de que el mismo año en que cayó Constantinopla, Nicolás de Cusa escribió su De pace fideiLa paz de la fe-, obra que recrea una reunión celestial presidida por el Todopoderoso, a la cual concurren diecisiete representantes de diversas religiones y naciones históricas, entre ellas España, Francia y Alemania, y una serie de naciones étnicas. A todos ellos se suman un arcángel, el Verbo Divino, san Pedro y san Pablo, encargados de entablar el diálogo con los diferentes personajes que van compareciendo.

            Cuatro décadas después de que la media luna tomara Constantinopla, la cruz recuperó terreno que gracias a unos reyes, distinguidos con el título de católicos, que, después de culminar la Reconquista, hallaron un nuevo continente en el que se ensancharon los límites de la Cristiandad. El repliegue occidental del Islam contó con el apoyo de Roma y el júbilo de las naciones europeas tras el logro que figura en el epitafio de Isabel y Fernando -Mahometice secte prostratores-. Un objetivo ya señalado en 1478 por Sixto IV en su bula Exigit sincerae devotionis affectus, documento que abría la puerta a la implantación de la Inquisición española. En ella, el papa, incluyó estas líneas:

 

            someter en nuestros tiempos a vuestra autoridad el reino de Granada y las tierras a él agregadas que habitan los infieles, y convertir a estos mismos a la fe verdadera, lo que vuestros predecesores impedidos en diversas formas no pudieron, y todo ello para exaltación de la tal verdadera fe y salvación de las almas y para vuestra perfecta alabanza con la apreciada ganancia del premio eterno de la bienaventuranza.

 

            Erradicada aparentemente la fe mahomética de España, la amenaza islámica, en sus formas turca y berberisca, distaba mucho de disiparse. Ni siquiera Lepanto sirvió para terminar con un peligro que se vio aumentado ante la evidencia de que gran parte de la población morisca se mantenía impermeable a las aguas cristianas. A la apostasía, se unió el delito de lesa majestad que realmente motivó la expulsión de los moriscos, llevada a cabo por Felipe III y apoyada en una serie de decretos que van desde 1609 a 1613. El lacrimógeno testimonio cervantino de Ricote, concentrado en la fórmula «y no era bien criar la sierpe en el seno», habla a las claras de cómo se comportaban muchos de los mahometanos tenuemente cristianizados. A todo ello han de sumarse las connivencias galas con el mundo islamizado, mantenidas todavía en nuestros días, que Quevedo denunció en su Visita y Anatomía de la cabeza del Eminentísimo Cardenal Armando Richelieu, cuando, al describir la prodigiosa exploración craneana llevada cabo por Vesalio, puso en boca del galeno estas alegóricas palabras:

 

…teniendo yo por cierto que la cabeza del Cardenal no tenía seso ninguno, vi el lugar suyo lleno y atestado de sesos; y como era contra mi opinión, admirado me entré en la celda con mis instrumentos y, desenvolviéndolos, vi que era un turbante, de tal manera puesto y mullido, que al principio, aun hallando en él algunas medias lunas, dudaba si eran sesos o turbante.

 

            Mientras todo esto ocurría en una España cuyas iglesias y catedrales hallaron fundamento, es decir, cimientos, en mezquitas que, en ocasiones, se habían asentado sobre estratos cristianos, Santa Sofía permaneció como mezquita hasta 1935, cuando Kemal Atatürk, fundador y primer presidente de la República de Turquía, la convirtió en museo, después de permanecer cerrada al culto desde 1931. La recuperación del estatus que extinguió Atatürk, se ha llevado a cabo después de que el Consejo de Estado turco decretara que la conversión de 1935 fue ilegal. Queda expedita, de este modo, la vía para que Diyanet, fundación religiosa estatal en la que figura el hijo del presidente turco, Bilal Erdogan, proceda a restaurar el culto interrumpido por Attatürk, medida que será bien acogida por el electorado de Erdogan, que ha hecho oídos sordos a las voces que han querido, de manera ingenua, frenar la mentada restauración invocando la condición de Patrimonio de la Humanidad que Santa Sofía ostenta desde 1985.

            Una Humanidad o, por mejor decir, una idea de Humanidad sostenida desde una parte de la misma, que muestra sus perfiles más metafísicos al obviar el hecho de que el inmueble no pertenece sino a una sociedad política concreta, Turquía, en creciente grado de islamización que, previsiblemente, se mostrará cada vez más refractaria a las manifestaciones artísticas que responden a los cánones establecidos por Grecia y Roma, al tiempo que se mantiene como firmante de los Derechos Humanos en el Islam, tan distantes de los enunciados en 1948 como reacción a los horrores de la II Guerra Mundial.

            El simbolismo de la decisión de Erdogan es muy ilustrativo, tanto de los derroteros por los que se mueve el político y gran parte de la sociedad turca, como de la esterilidad del proyecto Alianza de Civilizaciones puesto en marcha por el José Luis Rodríguez Zapatero prebolivariano y el propio líder turco, que acaso vio en el presidente español al pánfilo útil, llegado al poder gracias a los atentados del 11M, que le permitiera ganar tiempo y espacio en determinadas moquetas, en particular las de la Asamblea General de la ONU, mientras afianzaba su poder en Turquía. Tres lustros después del inicio de aquel pueril proyecto, la verdad desagradable asoma y Erdogan no parece dispuesto a aceptar, más que en beneficio propio, los objetivos marcados por la propia Alianza de Civilizaciones: «fomentar el diálogo y la cooperación entre diferentes comunidades, culturas y civilizaciones y construir puentes que unan a los pueblos y personas más allá de sus diferencias culturales o religiosas, desarrollando una serie de acciones concretas destinadas a la prevención de los conflictos y a la construcción de la paz». Una realidad armónica inalcanzable, que choca frontalmente con esas tozudas realidades llamadas naciones políticas, movidas por intereses propios y delimitadas por unas fronteras que son algo más que líneas sobre un mapa coloreado en el que se mueven migrantes.

            Así las cosas, las dificultades para establecer los límites y el número de civilizaciones susceptibles de una tal alianza, que requeriría, además, de la disolución de las incompatibilidades entre las ideas cristiana y musulmana de hombre, son enormes. En estas condiciones, la Alianza de Civilizaciones, a la que España sigue contribuyendo económicamente, y cuyo Alto Representante de las Naciones Unidas es el ex ministro Miguel Ángel Moratinos, constituye poco más que una estructura susceptible de ser operativa geopolíticamente dentro de estrategias como la manifestada recientemente por ZP, a quien suponemos todavía alineado con su aliciesco proyecto, cuando expresó su deseo de poner a los trumpianos EE.UU., que no a su alternativa, «en una posición imposible».

            Mientras todo esto ocurre en los brumosos cenáculos globalistas, los hombres atravesados por el entendimiento agente universal elevarán sus plegarias a la atmósfera atrapada bajo la cúpula de Santa Sofía, ganando terreno para una causa, la teocrática, invisible para ojos como los de un presidente, Sánchez, dueño de una perra llamada Turca, que probablemente comparta con Nicolás de Cusa la beatífica idea de que existe una única fe manifestada mediante diversos ritos.


martes, 21 de julio de 2020

Luz sefardí en Sofía

Libertad Digital, 16 de julio de 2020:
Luz sefardí en Sofía

            Fray Tomás de Torquemada se librará de la oleada iconoclasta y, en general, anticatólica, que ha dejado a su paso pedestales que ya no sirven para sostener el bronce fundido en su día en honor de prohombres cuyas acciones no tienen encaje en una sociedad marcada por el más radical presentismo. La efigie del inquisidor general no caerá, pues su figura se ensombreció definitivamente en el siglo XIX sin dejar huella iconográfica en los espacios públicos. Dos siglos después, el apellido del prior de Santa Cruz se ha convertido en un adjetivo que concentra una aplastante carga de intolerancia, y no parece que en el sexto centenario de su nacimiento, la situación vaya a cambiar, pues el personaje histórico, del que poco se sabe, continúa atrapado en su propio arquetipo.
            Durante su desempeño como inquisidor general, el Santo Oficio llevó a cabo la expulsión de los judíos españoles, idea que ya fue acariciada por otros hombres de religión e incluso por un buen número de cristianos que veían con recelo y preocupación el fenómeno de los conversos. No es el análisis de esta controvertida decisión el que mueve este artículo, sino el rescate de una noticia que da cuenta de la persistencia de comunidades sefardíes en diversos enclaves europeos. Hebreos de raíces hispanas que mantuvieron una importante cohesión lejos de la tierra que un día hubieron de abandonar «con muchos trabajos e fortunas, unos cayendo, otros levantando, otros muriendo, otros nasçiendo, otros enfermando, que no había christiano que no oviese dolor dellos», según la emotiva narración de Andrés Bernáldez.
            En particular, queremos rescatar una noticia publicada en La Correspondencia Militar el 28 de agosto de 1908, protagonizada por el militar español, Joaquín de la Llave García, cuya formación académica y acciones bélicas durante la última guerra carlista, le procuraron continuos ascensos y condecoraciones. La breve nota periodística aludida, informa de su participación en una comisión que viajó por Bulgaria y Rumanía, a fin de estudiar la organización militar de esos países. Fue en la capital búlgara donde ocurrió el siguiente suceso:

Durante su permanencia en Sofía, el coronel La Llave recibió las visitas de muchas significadas personas de Sofía. Entre las que fueron al hotel en que se alojaba, con objeto de saludarle, merece especial mención la de un Mr. Farchy, que se presentó solicitando el honor de ser recibido por el señor coronel. Hízole pasar nuestro compatriota, y se le presentó hablando en castellano perfectamente inteligible. Era un israelita seffardi (sic), de los que se consideran descendientes de los expulsados de España en 1492. Deseaba saber si podría hacer sin inconveniente un viaje á España, creyendo, sin duda, que aún se halla en vigor el decreto que inspiró Torquemada.

            Medio siglo después de que los sefardíes fueran redescubiertos en Tetuán, De la Llave pudo saber de la existencia de unos 10.000 sefardíes que publicaban en Sofía un periódico, titulado La Luz, escrito en español, pero impreso con caracteres hebraicos. Farchy, además, estaba suscrito al periódico ABC y a Blanco y Negro, y aunque se le suponía perfectamente informado de la realidad española de principios del siglo XX, mostró un singular celo legal. No faltaban razones para ello, pues el decreto de expulsión, firmado el 31 de marzo de 1492, se derogó formalmente el 21 de diciembre de 1969, un año después de que se inaugurara la primera sinagoga sefardí en Madrid. Se cerraba de este modo una exclusión de cuatro siglos apenas interrumpida durante un lustro, el que transcurrió entre la aprobación de la Constitución de 1869, durante el gobierno provisional del general Prim, protagonista casi una década antes de los hechos de Tetuán, y el regente Serrano, y diciembre de 1874, año en el que se produjo el golpe de Martínez Campos que determinó la restauración borbónica y la derogación de una constitución que garantizaba la completa libertad de culto, a pesar de mantener la confesionalidad del Estado.
            Sirvan este apunte para completar el mosaico del afloramiento de las comunidades judías españolas que supieron mantener una lengua, el ladino, que todavía conserva los ecos de aquellos que «salieron de las tierras de sus naçimientos».

Torquemada, el aniversario más negro

Libertad Digital, 25 de junio de 2020:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2020-06-25/ivan-velez-torquemada-el-aniversario-mas-negro-91097/


Torquemada, el aniversario más negro

Durante las últimas semanas, una oleada iconoclasta, tan henchida de ignorancia como de intereses políticos, ha vandalizado las estatuas de relevantes figuras históricas. Desde Colón a Alejandro Magno, desde Isabel la Católica a Churchill, un heterodoxo colectivo de efigies ha sufrido los daños provocados por unas embrutecidas hordas provistas de espray y sogas que tratan de ajustar cuentas con el pasado, a despecho de los contextos históricos en los que tales personajes se movieron. El fenómeno no es, ni mucho menos, nuevo, pues son multitud las estatuas que, después de levantarse, se derribaron o mutilaron al calor de las diferentes modulaciones de la damnatio memoriae.
Muchos de los monumentos que hoy son atacados se erigieron durante el siglo XIX, coincidiendo con aniversarios significativos y con la elaboración de las historias nacionales. Sin embargo, en esa centuria, algunos personajes de nuestra historia ya habían sido erosionados. Tal es el caso de fray Tomás de Torquemada, primer inquisidor general, de cuyo nacimiento se cumplen seiscientos años en el presente 2020. Figura icónica de la leyenda negra, Torquemada, que no cuenta con presencia en el espacio público, no protagonizará, previsiblemente, ningún acto conmemorativo, pues sobre él ya se ha dictado una inapelable y popular sentencia denigratoria. Una imagen que ya estaba plenamente asentada a principios del siglo XX, especialmente en aquellos ambientes que hoy se etiquetarían como progresistas. Prueba de ello es el hecho de que el 21 de junio de 1907, en el semanario Las Dominicales, que se decía «Órgano de la Federación internacional de Librepensadores en España, Portugal y América», aparecieron estas líneas sin firma al pie:

El peso de la crueldad heredada gravita sobre el alma española y todo es creíble, y todo es posible en esta triste patria de Torquemada.

Afirmaciones parecidas, con el dominico como alguien capaz de impregnar a una época histórica e incluso a la nación española, con su sombría personalidad, recorren todo el siglo en la prensa del XIX y persisten hasta la actualidad. Sin embargo, la consideración que se tuvo del dominico no fue siempre tan negativa. En 1481, Juan López de Segovia, protonotario apostólico y deán de la catedral de Segovia, cuya madre fue condenada a la hoguera por judaizante, le dedicó una pequeña obra titulada De haeresi et haereticorum reconciliatione, eorum que pertinacium damnatione. El libro se publicó en Roma, ciudad en la que López de Segovia buscó la protección del papa Sixto IV. La temática del opúsculo pero, sobre todo, la fecha de aparición, es importante, pues para que fray Tomás fuera nombrado inquisidor general faltaban todavía dos años. La dedicatoria, por lo tanto, carece de intereses espurios y apunta a las condiciones personales del prior de Santa Cruz.
A las ya citadas palabras de su compañero de orden, fray Hernando del Castillo, hay que sumar las que le dedicó el padre Juan de Mariana en su Historia general de España: «Persona prudente y docta, y que tenía mucha cabida con los reyes, por ser su confesor, y prior del monasterio de su orden de Segovia». Un siglo después de su muerte, la imagen que se tenía del dominico era la que trazó el jesuita.
Cabe, por lo tanto, cuestionarse cuándo comenzó a deformarse su figura hasta adquirir la apariencia que popularmente se tiene de Torquemada. La respuesta apunta al último tramo del siglo XVIII y a un influjo francés. La Inquisición española y, por ende, uno de sus mayores símbolos, el primer inquisidor general, eran insolubles en las deístas y anticlericales aguas de la Ilustración. A pesar de que el abate Nicolas Masson de Morvilliers, en la entrada enciclopédica «España», afirmó que la nuestra era la nación más ignorante de Europa, se refirió de este elogioso modo a Torquemada y a la Inquisición:

Este importantísimo establecimiento se debe atribuir particularmente a la Reina Católica doña Isabel, y al influjo del gran Barón Fr. Tomás de Torquemada, del Orden de Predicadores, y Confesor de dicha Reina Doña Isabel desde que era Princesa en tiempo de su hermano Don Enrique el IV; el cual viendo las ofensas de Dios, conjuró a la Princesa en nombre del Señor, a que si Dios la ensalzaba al Trono, tomaría por su cuenta el perseguir en sus estados los delitos contra la Fe, como lo verificó, instituyendo luego que entró a reinar el santo Tribunal de la Inquisición, y eligiendo por primer Inquisidor General al mismo Torquemada, protegido del gran Cardenal Arzobispo de Sevilla, principal móvil de esta obra. Y así con justa razón la Orden de Santo Domingo se puede gloriar de ser como la fundadora de este establecimiento en España…

Ello no fue óbice para que, olvidándose de que en Francia también existía la censura, se hiciese al siguiente pregunta: «¿Qué se puede esperar de un pueblo que necesita la licencia de un fraile para leer y pensar?». En definitiva, la imagen que de España se construyó más allá de los Pirineos, alimentada por viajeros como Jean-Marie Fleuriot de Langle, autor en 1784 de Voyage de Figaro en Espagne, fue la de una nación fanatizada por la religión y la superstición, incapacitada, en definitiva, para la ciencia. En su libro, el noble bretón afirmó que «Torquemada», «Fernando», «Isabel», «Inquisición» y «auto de fe», deberían ser tenidas en el futuro como blasfemias. Echando de menos una justicia divina Fleuriot de Langle lamentó que tanto los Reyes Católicos como el fraile dominico, al contrario de lo ocurrido con Enrique IV, que fue asesinado, murieran en la cama. A pesar de las palabras de Masson de Morvilliers, las condiciones para que Torquemada concentrara sobre sí gran parte de la culpa del supuesto estado de postración de España, estaban servidas. Al factor exterior, pronto se sumó el doméstico.
En diciembre de 1808, Napoleón abolió el Santo Oficio, medida que, después de vencer no pocas resistencias, también fue fue tomada en las Cortes de Cádiz el 22 de febrero de 1813. Con el regreso de Fernando VII, la Inquisición fue restaurada y comenzó a ser empleada para perseguir a destacados liberales. El papa Pío VII tuvo que poner coto a los excesos del inquisidor general, Francisco Javier de Mier, prohibiendo el tormento el 31 de marzo de 1816. Este uso partidista acrecentó la polarización respecto al tribunal y dio como fruto la configuración de dos bloques que situaron al dominico en el centro de su polémica. Las invocaciones al siempre oscuro «espíritu de Torquemada», por más distancia que hubiere entre el dominico y las materias sobre las que se polemizaba, se convirtieron en habituales. El Torquemada que protagonizó los enconados debates del XIX es un personaje estereotipado, cuyos vacíos historiográficos fueron a menudo completados con materiales negrolegendarios.
Gran parte del material empleado por estos escritores foráneos les fue dado por un español, el sacerdote apóstata afrancesado Juan Antonio Llorente, secretario del Santo Oficio entre 1789 y 1791. Llorente, que en 1808 había elaborado un Reglamento para la Iglesia Española hecho a la medida de sus intereses, y que había alcanzado altos cargos que le permitieron amasar una gran fortuna, salió de España tras la derrota de Napoleón y, tras visitar varias ciudades francesas, se instaló en París. Allí, en 1817, publicó sus cuatro volúmenes de la Historia crítica de la Inquisición de España, vertida al español en 1822, año en el que apareció su Retrato político de los papas, que determinó su expulsión de Francia. En su Historia crítica de la Inquisición de España, el canónigo bonapartista ofreció unas abultadísimas cifras de víctimas inquisitoriales: 31.912 quemados vivos, 17.659 quemados en efigie y 291.450 penitenciados con penas graves, a los que añadía el número de moros y judíos expulsados. Aquellos datos, fruto de las extrapolaciones realizadas sobre los procesos desarrollados durante el mandato de Torquemada, hicieron las delicias de la masonería, protectora de Llorente en su exilio francés, y consolidaron la imagen que en el país vecino se tenía del Santo Oficio. El retrato que Llorente elaboró de Torquemada, se recrudeció con el tiempo. Si en sus Anales de la Inquisición de España dejó estos trazos:

Torquemada fué desinteresado, austero y justo á su modo. Nunca quiso ser obispo, aunque pudo por lo mucho que lo estimaba el rey. Fundó el convento de dominicos de Ávila, su patria, donde fué sepultado. Su excesivo celo en el empleo de inquisidor general le produxo grandes pesadumbres y cuidados. Tres veces envió á Roma su compañero fray Alonso Badaja para defender su inocencia en calumnias que le formaron. La multitud de familias infamadas le atraxo enemigos poderosos públicos y secretos.

En su Historia crítica de la Inquisición en España, dentro de un epígrafe titulado «Carácter personal de Torquemada y sus consecuencias», la figura del dominico, tras cuya muerte Llorente consideró que no solo no debía haber tenido sucesor, sino que debería haberse aniquilado un «tribunal tan sanguinario y opuesto á la mansedumbre y lenidad evangélicas», adquirió, como puede comprobar el lector, tintes más oscuros:

Todos estos daños, y muchos otros más, fueron consecuencia del sistema que adoptó y dejó recomendado el primer inquisidor general fray Tomás de Torquemada, quien por lo mismo murió aborrecido generalmente, despues de haberlo sido diez y ocho años, hasta el extremo de no tener segura su vida. Para defenderse de los enemigos públicos, le concedieron los reyes Fernando e Isabel que llevara consigo en los viajes cincuenta familiares de la Inquisicion a caballo y doscientos de a pie. Para precaverse de los enemigos ocultos tenía en su mesa continuamente un asta de unicornio, que decían tener virtud de manifestar e inutilizar la fuerza de los venenos. Nadie se admirará de la multiplicación de enemigos suyos despues de las noticias indicadas, a que se agrega que aun el papa mismo llegó a extrañar tanto rigor, pues eran continuas las quejas, de manera que Torquemada se vió en la precisión de enviar a Roma tres veces en distintas épocas a fray Alonso Badaja, su socio, para defenderle de las acusaciones que se hicieron contra su persona, llegando el caso de que Alejandro VI, cansado de oir quejas, quiso despojarle de la potestad que le había dado, y dejó de hacerlo solamente por consideraciones políticas al rey Fernando…

                        Dos siglos después de que se escribieran esas letras, Torquemada y la Inquisición constituyen, para muchos, la imagen de una España caracterizada por su fanatismo, razón por la cual, que la oportunidad que 2020 brinda para tratar de reconstruir el verdadero rostro del primer inquisidor, se escapará, dejando que el arquetipo siga ocultando al hombre.