lunes, 6 de mayo de 2019

Apuntes sobre Antonio de Mendoza, primer virrey de la Nueva España

Libertad Digital 2 de mayo de 2019:
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Apuntes sobre Antonio de Mendoza, primer Virrey de la Nueva España

            La acomplejada actitud del actual gobierno socialista, continuadora de la total imprevisión del precedente, en relación a los fastos conmemorativos de la llegada de Cortés y sus compañeros a las playas donde se fundó Veracruz, auguran un comportamiento similar en relación a otras grandes figuras no ya de la conquista, sino de la pacificación, es decir, de la implantación del orden hispánico en el Nuevo Mundo. A esta posibilidad se expone una figura íntimamente relacionada con el de Medellín, el primer virrey de la Nueva España: Antonio de Mendoza, cuya figura y trayectoria esbozaremos morosamente, apoyándonos en la obra de Francisco Javier Escudero Buendía, Antonio de Mendoza. Comendador de la Villa de Socuéllamos y primer Virrey de la Nueva España (Toledo 2003).
            Afirma Escudero, apoyado en un más que notable aparato documental, que el que llegara a constituir el canon virreinal, nació en Mondéjar, que no en Granada, en torno a 1490. Hijo del Gran Tendilla, Íñigo López de Mendoza, Antonio creció en el seno de una poderosísima familia cuyos estados se fueron desplazando hacia el sur al ritmo de la Reconquista. De Álava, los Mendoza pasaron a Guadalajara para terminar, en palabras de Pedro Mártir de Anglería, tutor de nuestro Antonio, en el «rincón del rincón», es decir, en la capital del conquistado reino nazarí. Fue en Granada donde comenzó la verdadera formación política de Antonio de Mendoza, que creció dentro de una sociedad tenuemente cristianizada. De hecho, el joven, que acaso sabía hablar árabe o algarabía, del mismo modo que lo hacía su hermano Diego Hurtado de Mendoza, vestía a la usanza morisca, como se puede comprobar en una carta que su hermano Luis recibió cuando Antonio se disponía a partir hacia la casa del Marqués de Denia para completar sus estudios:

Da priesa en que se venga luego tu hermano don Antonio, que me escribió el marqués de Denia que lo enviase, y di a Lázaro de Peralta lo que le haga de vestir y sea a la castellana…
Será ese desenvolvimiento dentro de un ambiente no cristiano, un factor probablemente decisivo en su futuro en el Nuevo Mundo, si bien, antes de aquella su definitiva partida, don Antonio acumuló diversas experiencias bélicas y diplomáticas. La vida algo desordenada de su hermano mayor, el primogénito Luis, permitió que Antonio accediera a diversas responsabilidades encomendadas por su padre. Así, durante las ausencias de don Íñigo, será nuestro hombre quien se ocupe de la Capitanía o Virreinato de Granada, tarea a la que hay que añadir su cargo como tesorero de la Casa de la Moneda de la ciudad. Años después, ya como Virrey de la Nueva España, Mendoza fundará la Casa de la Moneda de la ciudad de México.
Si estos cargos, a los que ha de sumarse su condición de alcaide de Dentomiz y Vélez-Málaga, fueron dando relieve a su figura, la estancia en Granada de la Corte de Carlos I, sirvió para que el joven monarca se fijara en Mendoza. Durante los seis meses que tan distinguido colectivo permaneció en la ciudad durante 1526 fueron, a nuestro juicio, decisivos para que Antonio de Mendoza se ganara la confianza del nieto de los Reyes Católicos, el mismo que en los inicios de la revuelta comunera se adscribiera a estas revueltas dentro del bando encabezado, entre otros, por su cuñado Juan Padilla. Todo ello no fue óbice para que entre 1526 y 1530, Antonio de Mendoza mostrase sus dotes diplomáticas en destinos tales como Flandes, Inglaterra y Hungría. Sus buenos oficios le procuraron el cargo de Camarero del rey en Badajoz y Socuéllamos y, más tarde, la Gobernación de León dentro de la Orden de Santiago. No fueron las únicas las embajadas citadas. Entre 1530 y 1532, Antonio de Mendoza visitó Bolonia, Alemania y Hungría.
En ese momento, su nombre ya se barajaba para ser quien estableciera orden en la Nueva España, desde donde el obispo Zumárraga ya había alertado de la inoperancia de la Audiencia. Es muy probable que el ofrecimiento del cargo de virrey le llegara en el otoño de 1529, si bien, diversos avatares impidieron su marcha y permitieron que el abanico de aspirantes a tal cargo se ampliara. Aunque la del virreinato no era un institución castellana, el hecho de que la Nueva España se asentara sobre una estructura imperial en lugar de sobre un mosaico de tribus, justificaba el uso de ese término. Aunque el cronista Herrera afirmara que el puesto le fue ofrecido al Conde de Oropesa y otros, todo parece indicar que el escogido fue siempre Mendoza, cuñado del secretario del emperador, Francisco de los Cobos, que finalmente, cuando partió, debió hacerlo convencido de que aquella oferta tenía como principal característica su perpetuidad. Ello explicará lo ocurrido posteriormente.
Cuando Mendoza llegó a la Nueva España, se comportó de un modo similar a como lo había hecho él mismo y toda su familia en el complejo mundo granadino. El Comendador de Socuéllamos actuó en el Nuevo Mundo como un verdadero pacificador dentro de un ambiente caracterizado por el desorden en el que se movían muchos españoles y por el desconocimiento que muchos naturales tenían de las instituciones y del mismo idioma español. Mendoza actuó con gran tolerancia hacia estos últimos, e incluso permitió que algunos señores mexicas se integraran en campañas bélicas como la de la Guerra del Mixtón. Si esta era su dimensión pública, en lo relativo a sus intereses, el de Mondéjar buscaba establecerse en la Nueva España del mismo modo que lo habían hecho sus antepasados en los lugares ya citados. Razones no le faltaban para albergar esa ambición, pues su envío no tenía un límite temporal, por lo que era posible soñar con un señorío mendocino en ultramar. Con la intención de formar una estirpe gobernante novohispana, don Antonio fue, gradualmente, ampliando las responsabilidades gubernativas de su hijo Francisco, al que pretendía entregar el Virreinato, ilusión que se demostró vana, pues cuando solicitó su regreso a España, la Corona reaccionó enviándole, a pesar de su edad y de su delicado estado de salud, al Virreinato del Perú en el que le esperaba la muerte.

Hechuras de Hernán Cortés

Libertad Digital 5 de marzo de 2019:
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Hechuras de Hernán Cortés

Al pie de las escaleras del Hospital de Jesús que el de Medellín mandó construir, se conserva el busto de Hernán Cortés, esculpido por Manuel Tolsá a finales del XVII. Se trata de una pieza en bronce dorado a fuego en la que el conquistador, dotado de rasgos clásicos, eleva al cielo su mirada. Siglos antes, en 1529, el acuarelista alemán Christoph Weiditz, que conoció en persona a don Hernando, incluyó su enlutado retrato en El libro de los trajes junto al siguiente rótulo: «Don Ferdinando Cordesyus, 1529, a la edad de cuarenta y dos años; él conquistó después todas las Indias para Su Majestad Imperial Carlos Quinto». Weiditz también dejó también anotada esta descripción:

La frente alta, pero estrecha, hundida en las sienes, el pelo castaño oscuro con reflejos claros, lacio, espeso, cayendo en melena cuidada, con las puntas vueltas hacia adentro. La boca carnosa, muy marcada, la mirada triste y lejana, los ojos hinchados, con el párpado enrojecido, como evocando un águila fiera, la nariz fina, pero muy aguileña, una cicatriz en la mejilla derecha, un mentón poco fuerte, disimulado por una barba nazarena, el cuerpo enjuto.

Entre el pigmento acuoso y el metal oscila la imagen de Hernán Cortés, cuya figura adoptó perfiles míticos con el paso del tiempo. Al cabo, ya en vida fue comparado con Julio César, Alejandro y otros héroes de la Antigüedad.
No resulta fácil reconstruir la apariencia de Cortés, pues las descripciones de la época a menudo ajustaban ciertos rasgos físicos con determinadas virtudes. La fisiognomía imponía sus dictados. Recuerde el lector de qué modo Cervantes resalta el hecho de que Maritornes era chata, rasgo asociado a las mujeres de vida licenciosa. Hábil manejador de la pluma, Cortés dejó pocos datos de sí. Su esfera más íntima se halla en las cartas que envió a su primo el licenciado Francisco Núñez, procurador en la Chancillería de Valladolid y relator en el Consejo Real. En ellas se definió como «algo colérico» y habló de los embarazos de su esposa Juana, de la pérdida de los hijos a los que «Dios quiso para sí» y de la muerte de su madre, Catalina Pizarro. Destaca también su preocupación por Martín, el hijo mestizo que tuvo con doña Marina. Poco sabemos por ellas de su aspecto.
El mejor retrato de Cortés, tanto en el plano físico como en el psicológico, se lo debemos a sus coetáneos. Francisco López de Gómara, que debió conocerle a finales de 1528 o comienzos del año siguiente en Toledo, fue autor de La historia de la conquista de México, libro que sirvió como fuente para multitud de obras posteriores. En él encontramos un capítulo titulado «Condición de Cortés»:

Era Fernando Cortés de buena estatura, rehecho y de gran pecho; el color ceniciento, la barba clara, el cabello largo. Tenía gran fuerza, mucho ánimo, destreza en las armas. Fue travieso cuando muchacho, y cuando hombre fue asentado; y así, tuvo en la guerra buen lugar, y en la paz también. Fue alcalde de Santiago de Barucoa, que era y es la mayor honra de la ciudad entre vecinos. Allí cobró reputación para lo que después fue. Fue muy dado a mujeres, y diose siempre. Lo mismo hizo al juego, y jugaba a los dados a maravilla bien y alegremente. Fue muy gran comedor, y templado en el beber, teniendo abundancia. Sufría mucho la hambre con necesidad, según lo mostró en el camino de Higueras y en la mar que llamó de su nombre. Era recio porfiando, y así tuvo más pleitos que convenía a su estado. Gastaba liberalísimamente en la guerra, en mujeres, por amigos y en antojos, mostrando escasez en algunas cosas, por donde le llamaban rico de avenida. Vestía más pulido que rico, y así era hombre limpísimo. Deleitábase de tener mucha casa y familia, mucha plata de servicio y de respeto. Tratábase como señor, y con tanta gravedad y cordura, que no daba pesadumbre ni parecía nuevo. Cuentan que le dijeron, siendo muchacho, cómo había de ganar muchas tierras y ser grandísimo señor. Era celoso en su casa, siendo atrevido en las ajenas; condición de putañeros. Era devoto, rezador, y sabía muchas oraciones y salmos de coro; grandísimo limosnero; y así, encargó mucho a su hijo, cuando se moría, la limosna.

Como reacción al libro de Gómara, Bernal Díaz del Castillo, cuyo padre, Francisco, compartió concejo con Garci Rodríguez de Montalvo, editor del Amadís, escribió su Historia verdadera de la conquista de Nueva España. En ella aparece un minucioso retrato de don Hernando:

Fue de buena estatura e cuerpo, e bien proporcionado e membrudo, e la color de la cara tiraba algo a cenicienta, e no muy alegre; e si tuviera el rostro más largo, mejor le paresciera; y era en los ojos en el mirar algo amorosos, e por otra parte graves. Las barbas tenía algo prietas e pocas e ralas, e el cabello, que en aquel tiempo se usaba, de la misma manera que las barbas. E tenía el pecho alto y la espalda de buena manera, e era cenceño e de poca barriga y algo estevado, e las piernas e manos bien sacadas. E era buen jinete e diestro de todas armas, ansí a pie como a caballo, e sabía muy bien menearlas; e, sobre todo, corazón y ánimo, que es lo que hace al caso. Oí decir que cuando mancebo en la isla Española fue algo travieso sobre mujeres e que se acochilló algunas veces con hombres esforzados e diestros, e siempre salió con vitoria. E tenía una señal de cuchillada cerca de un bezo de abajo, que si miraban bien en ello, se le parecía, mas cubríaselo las barbas, la cual señal le dieron cuando andaba en aquellas cuistiones.
En todo lo que mostraba, ansí en su presencia y meneos como en pláticas e conversación, e en comer e en el vestir, en todo daba señales de gran señor. Los vestidos que se ponía eran según el tiempo e usanza, e no se le daba nada de traer muchas sedas ni damascos ni rasos, sino llanamente y muy polido […]
Servíase ricamente, como gran señor, con dos maestresalas e mayordomos e muchos pajes, e todo el servicio de su casa muy complido, e grandes vajillas de plata y de oro. Comía bien e bebía una buena taza de vino aguado que cabría un cuartillo, e también cenaba; e no era nada regalado ni se le daba nada por comer manjares delicados ni costosos, salvo cuando vía que había necesidad que se gastase o los hobiese menester. Era de muy afable condición con todos nuestros capitanes e compañeros, en especial con los que pasamos con él de la isla de Cuba la primera vez. Y era latino, e oí decir que era bachiller en leyes, y cuando hablaba con letrados e hombres latinos, respondía a lo que le decían en latín. Era algo poeta: hacía coplas en metros e en glosas, e en lo que platicaba lo decía muy apacible y con muy buena retórica; e rezaba por las mañanas en unas horas, e oía misa con devoción.
Tenía por su muy abogada a la Virgen María, nuestra señora, la cual todos los fieles cristianos la debemos tener por nuestra intercesora e abogada; e también tenía a señor San Pedro, a Santiago e a señor San Juan Bautista; e era limosnero. Cuando juraba decía: «En mi conciencia»; e cuando se enojaba con algún soldado de los nuestros, sus amigos, le decía: «¡Oh, mal pese a vos!»; e cuando estaba muy enojado se le hinchaba una vena de la garganta e otra de la frente; e aun algunas veces, de muy enojado, arrojaba un lamento al cielo; e no decía palabra fea ni injuriosa a ningún capitán ni soldado. Y era muy sofrido, porque soldados hobo muy desconsiderados que decían palabras muy descomedidas, e no les respndía cosa muy sobrada ni mala; y aunque había materia para ello, lo más que les decía: «Callá e oíd»; o «Id con Dios, y de aquí adelante tené más miramiento en lo que dijéredes, porque os castigaré por ello».


            Así fue Cortés durante siglos. Sin embargo, su figura, ya oscurecida durante el siglo XIX en el que se trató de poner entre paréntesis la impronta española a la que él tanto contribuyó, comenzó a deformarse definitivamente gracias a Diego Rivera, principal figura del muralismo mexicano que, tras dotar a sus pinceles de un cromatismo negrolegendario, dejó sobre las paredes del Palacio Nacional la imagen de un conquistador disminuido que hoy constituye el retrato canónico de aquellos que aplaudieron las epístolas de Andrés Manuel López Obrador.

Calvo, Junco y la negación de las glorias españolas

Libertad Digital 4 de abril de 2019
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Calvo, Junco y la negación de las glorias españolas

            El pasado 1 de marzo, en respuesta a una petición cursada por Bieito Rubido, director de ABC, la Real Academia de la Historia emitió un informe sobre la primera circunnavegación a la Tierra. En un breve escrito que adoptó todas las cautelas para evitar que la conmemoración se convierta en «una fuente de disidencias entre los dos países vecinos», los reunidos en la madrileña calle del León fueron claros en una conclusión cimentada en la abundante documentación que se conserva en relación a tan gran hazaña: «Es incontestable la plena y exclusiva españolidad de la empresa». El informe recoge todos los argumentos que conducen a semejante resultado.
            En lo relativo a Magallanes, se aclara que él mismo fue el que castellanizó su nombre, el original Fernão de Magalhaes mutó en Fernando de Magallanes. Ya convertido en Magallanes, don Fernando dictó y firmó su testamento en el Alcázar de Sevilla. El él instituyó un mayorazgo cuyo benefactor era su hijo Rodrigo, nacido en Sevilla. De fallecer este sin descendencia, Magallanes impuso a su familia que el heredero castellanizara su apellido, llevara sus armas y se avecindase en Castilla. La ruptura familiar con Portugal queda establecida inequívocamente sobre el papel. Los Magallanes pasaban de este modo a convertirse en un linaje netamente castellano.
            Si este fue el proceder individual del navegante, la envoltura legal de la empresa, por no hablar de una financiación hecha a costa de la Corona y del poderoso grupo burgalés encabezado por Cristóbal de Haro, se ajustó plenamente a una tradición cimentada en las Partidas alfonsíes, en las que se apoyó gran parte de las Leyes de Indias. Todo ello determinó que Magallanes prestase  pleito-homenaje a Carlos I y le rindiese pleitesía según uso y fuero de Castilla. Quien se hizo a la mar rumbo a la Especiería era un vasallo del rey español, sin vínculo alguno con el portugués. En estas condiciones se hizo a la mar Magallanes navegó bajo un estandarte, el real, que se comprometió a defender hasta la muerte. A estas condiciones previas hay que sumar el obstruccionismo portugués encarnado en las personas de Álvaro Da Costa y Sebastián Álvarez, que consideraron traidor y renegado a Magallanes.
            De nada han servido tan sólidos argumentos frente a un Gobierno, el actual, obsesionado con ajustar a su lecho de Procusto ideológico cualquier hecho del pasado. En efecto, un mes después de que se emitiera el informe comentado, la vicepresidenta Carmen Calvo y el ministro de Negocios Extranjeros de Portugal, Augusto Santos Silva, han dado a conocer algunos detalles de la celebración conjunta del V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo de Magallanes y Elcano. La conjunción conmemorativa viene a enmendar el olvido, uno más, de nuestros gobernantes, los actuales y los populares pretéritos, en relación a nuestra Historia. Un olvido motivado en gran medida por la ausencia de una filosofía de la Historia capaz de enfrentarse al origen imperial de España y a su existencia como nación histórica previa a su transformación en nación política. Este es, probablemente, el motivo por el cual el historiador escogido para diluir la españolidad de la primera circunnavegación haya sido José Álvarez Junco que, en relación al viaje culminado por Elcano, a quien se debe la decisión de regresar a España por la ruta índica, anegó la especie española en el género humano antes de regresar a uno de sus lugares comunes. Al decir del ilerdense, España no existía en 1519...
            Nada hay de novedoso en la afirmación alvarezjunquiana, pues el autor de Mater dolorosa sostiene que no ha habido una conciencia nacional española anterior a la Guerra de la Independencia, más allá de la que se diera en «ciertas élites intelectuales y políticas cercanas al poder». Esta fue la respuesta que dio al suplemento El Cultural del periódico El Mundo en abril de 2008, postura que no parece haberse modificado en la última década. A buen seguro es esta perspectiva, mantenida en el tiempo, la que ha hecho que los ojos de la Calvo, o los de sus asesores, se posaran en la figura de don José, que se ha apresurado a afirmar que en estos fastos no hay lugar para glorias nacionalistas. Al cabo, según dijo tratando de evitar tan, a su juicio, peligrosa glorificación, «España en esos años significa Península Ibérica». La afirmación, que parece evocar a Camoens, arroja una nebulosa de tintes geográficos sobre una tierra en la que reinaban dos reyes: el Carlos español y el Manuel portugués, que tan mal trató a Magallanes. Cinco siglos después de que comenzase aquella gesta española que culminó en 1522 cuando al otro lado del Atlántico ya se hablaba de la Nueva España, la ministra Calvo busca el apoyo de un hombre de letras para rebajar los méritos de nuestros ancestros y de nuestra propia nación. Lejos quedan aquellas letras que dejó escritas Quevedo en su España –que no península- defendida: «Hijo de España, escribo sus glorias».

Cosas nunca oídas ni vistas

Libertad Digital 28 de marzo de 2019:
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El último tramo del viaje a Tenochtitlan se vio favorecido por la ayuda de los porteadores tlaxcaltecas y la colaboración de algunos pueblos que, secretamente, se fueron aliando con los cristianos. Los totonacas y los cempoaltecas, temerosos de lo que pudiera ocurrir en la gran ciudad, regresaron a su tierra. Incapaz de convencerles para que siguieran a su lado, Cortés les entregó una buena cantidad de mantas en agradecimiento por los servicios prestados. Quienes permanecieron con los españoles fueron los embajadores de Moctezuma, al que mantenían continuamente informado de todo lo que ocurría. En esas condiciones, hubo de escogerse entre un camino que pasaba por Chalco, cuyo inicio estaba despejado, y otro lleno de árboles cortados, por el que finalmente se optó, pues se entendió que la limpieza del primero constituía un señuelo para conducir al ejército a alguna trampa. «Me querían encaminar por cierto camino donde ellos debían tener algún concierto para ofendernos», de esta manera tan intuitiva dejó escrita Cortés su decisión en su Segunda carta de relación. Bernal confirmó esta idea. Era preciso atravesar la sierra, por lo que la comitiva comenzó el ascenso por la ruta que pasaba entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl, que significa «la mujer blanca». La cercana presencia del Popocatépetl permitió a Diego de Ordás protagonizar una proeza. El leonés, junto a nueve compañeros, entre ellos Gutierre de Casamori, el joven Juan Larios y algunos indígenas que hicieron de porteadores, subió hasta las cercanías del cráter del volcán, coronado perpetuamente por un «gran bulto de humo». De la existencia de cumbres blancas tenían alguna noticia los españoles desde antes de su partida de Cuba, pues en la Instrucción de Velázquez ya se hablaba de la provincia de Sancta María de las Nieves. Desde aquella cota, que los veteranos de Italia compararon con el volcán Etna de Sicilia, vieron por primera la ciudad de Tenochtitlan, los lagos y el camino que conducía a ella. Años después, en reconocimiento a su hazaña, cuando Ordás regresó a España para casarse, se le otorgó un escudo de armas con la figura de un volcán.
En la cumbre de la cordillera, la nieve cubrió el suelo que pisó la hueste hispana. Allí, los embajadores pidieron evitar el paso por la ciudad de Huexotzingo, lugar enemigo de los mexicas. A pesar de sus ruegos, la ruta escogida se mantuvo. El frío de las cumbres no fue lo único que atenazó a los españoles. Como en ocasiones anteriores, el miedo volvió a apoderarse de algunos de ellos que, amotinados secretamente, trataron en vano de desandar el camino. De nuevo, la prudencia cortesiana, sustentada por el apoyo de la gran mayoría de los hombres, que estaban dispuestos a seguir adelante asumiendo los riesgos que se presentaran, bastaron para disolver la discordia. No faltaban motivos para la inquietud. Si al final del camino se encontraba la gran ciudad lacustre, durante el camino se habían percibido una serie de indicios que delataban la presencia de espías que merodeaban por los alrededores. Conscientes del peligro en que se hallaban, durante la noche se volvieron a poner centinelas. En la oscuridad, uno de ellos, Martín López, a punto estuvo de acertar con su ballesta en el cuerpo de Cortés, que también velaba.
Finalizado el descenso, el grupo se adentró en territorio chalca. Informado en todo momento de los movimientos de los extranjeros, Moctezuma volvió a consultar a sus dioses y sacerdotes, quienes le aconsejaron que tratara de impedir por todos los medios que éstos entraran en la ciudad. El Emperador envió a cuatro señores, cargados con tres mil pesos de oro y mantas. Con ellos reiteró su compromiso de dar oro, plata y chalchihuis -piedras verdes semipreciosas- al rey español. Moctezuma no se olvidó de Cortés, al que trató de ganarse con el envío de cuatro cargas de oro y una para cada uno de sus compañeros. Cuando los dignatarios llegaron, comunicaron a Cortés que los tributos serían entregados anualmente en el puerto, esto es, en Veracruz. A cambio, le pedían que no entrara en Tenochtitlan. La extensión del pago a toda la compañía buscaba comprar la voluntad de unos hombres a los que se informó de que la ciudad estaba en armas. En la carta enviada por Cortés al rey Carlos, se describió el ofrecimiento, si bien se omitió la extensión de éste a los soldados, acaso con el propósito de concentrar en sí mismo la renuncia al soborno propuesto por Moctezuma. Los continuos cambios de opinión, las «mudanzas» de Moctezuma, fueron sin duda interpretadas como una muestra de debilidad. Aquella intuición se mezclaba con el miedo. Con su habitual viveza, Bernal describió así los sentimientos de la tropa: «Y como somos hombres y temíamos la muerte, no dejábamos de pensar en ello. Y como aquella tierra es muy poblada íbamos siempre caminando muy chicas jornadas y encomendándonos a Dios y a su bendita madre, Nuestra Señora».
La siguiente escala se hizo en Amecameca. Allí, los españoles fueron acogidos en las estancias de su cacique, que les entregó cuarenta esclavas y tres mil pesos de oro. Junto a los regalos, el señor transmitió sus quejas sobre el trato que recibía de los mexicas, que ya esperaban a los españoles a orillas de la laguna. Aquellas palabras, como tantas otras del mismo tono, agradaron a Cortés que, cerca de su objetivo final, seguía verificando la división existente en los dominios de Moctezuma. Dos noches después de su llegada, el ejército abandonó Amecameca, dejando nuevos aliados. Al día siguiente, los castellanos, acompañados por un buen número de criados de Moctezuma, pernoctaron a orillas del lago. En la oscuridad de la noche, el campamento español recibió un ataque que fue repelido por disparos de arcabuz. La siguiente noche la pasaron en Ayotzingo. Con la luz del día apareció un lujoso cortejo en el que destacaba Cacamatzin, señor de Texcoco y sobrino de Moctezuma, que venía llevado sobre unas ricas andas de platería y plumas verdes, exhibiendo gran boato o «fausto». Unos sirvientes barrieron el suelo antes de que Cacamatzin lo pisara. El señor excusó la ausencia de Moctezuma, que dijo hallarse enfermo. Una vez más el mensaje varió. Ahora, el Emperador ofrecía a los barbudos entrar en la ciudad. Cortés respondió a la embajada con la entrega de tres perlas o margaritas. A las puertas de Tenochtitlan, un número creciente de curiosos se acercaron a los españoles. Para evitar que se provocara un tumulto, el capitán pidió a sus lenguas que avisaran a los lugareños de que no se entremetieran en la tropa ni tocaran los caballos. La distancia favorecía la seguridad, al tiempo que mantenía ese halo de fuerza invencible que trataban de preservar.
En compañía de Cacamatzin, los españoles pasaron por la bella y torreada ciudad de Mixquic. La siguiente parada se hizo en Cuitláhuac, pueblo construido sobre el lago, que contaba con unos dos mil hogares dedicados en su mayoría a la pesca. Como en ocasiones anteriores, el señor de aquel poblado mostró su descontento a Cortés por los agravios que recibía del Emperador. El ejército, que ya pisaba las calzadas, fue apremiado por el rey de Texcoco para que siguiera hasta Iztapalapa. Pese a que las vías parecían sólidas, Cortés sopesó entrar en la metrópoli a bordo de embarcaciones, sin embargo, carente de clavazón y herramientas, era imposible armarlas. Desestimada esta opción, dos jinetes se adelantaron para avisar de cualquier dificultad que pudiera surgir en el camino. Mientras tanto, el trasiego de mensajeros que iban y venían al palacio de Moctezuma era constante.
El siguiente en aparecer en escena fue el hermano de Moctezuma, Cuitláhuac, que llegó acompañado por otro lujoso séquito en el que destacaba el señor de Culhuacán. Cuando el señor mexica se encontró frente a frente con Cortés, se produjo un nuevo intercambio de regalos. La ciudad, la mitad de ella situada sobre la laguna y la otra sobre tierra firme, tenía, a decir de Cortés, entre doce y quince mil vecinos. Hechas las habituales cortesías, los españoles quedaron aposentados en el gran palacio ajardinado que ocupaba el centro de la ciudad. En su estanque pudieron ver garzas y diferentes tipos de peces. Construido con piedra y madera cedro, el edificio, de planta cuadrada, disponía de un embarcadero propio al que se accedía a través de unas escaleras. En tan suntuosos aposentos pasó el ejército su última noche antes de entrar definitivamente en la ciudad.
El 8 de noviembre de 1519, el ejército español, «con mucho concierto», es decir, en orden de formación, tomó la calzada que llevaba a Tenochtitlan. La anchura de la vía permitía que ocho de a caballo pudieran ir a la par. En los bordes de la laguna brillaban las salinas. Tenochtitlan estaba conectada con la tierra firme por tres calzadas, si bien en la de Iztapalapa moría otro tramo que, partiendo de las inmediaciones de Coyoacán, se unía al ramal principal en un punto fortificado que disponía de dos puertas con las que se controlaba el paso de mercancías y personas. En ese sitio, los españoles fueron recibidos por otro grupo de notables, que escenificaron una prolongada salutación. El ejército mantuvo en todo momento su estructura. Al frente de la tropa, compuesta por unos trescientos hombres, a lomos de los caballos que hacían sonar a su paso los cascabeles de sus pretiles, se situaron cuatro jinetes cubiertos con sus armaduras: Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid y Juan Velázquez de León. Tras ellos iba el alférez Cristóbal del Corral que, de tanto en tanto, hacía girar el estandarte. Protegido por caballeros armados con lanzas, le seguía Diego de Ordás al frente de la infantería. Más atrás los ballesteros, vestidos con sus corazas de algodón prensado. Cerraban el grupo jinetes y arcabuceros. En la retaguardia, Cortés, con más jinetes y sus gentes de servicio. La cola del desfile la formaban los aliados indios, unos seis mil hombres que, con sus rostros pintados con colores de guerra, que destacaban sobre sus capas rojas y blancas, llevaban la artillería y otros enseres. Es fácil imaginar los murmullos de los soldados, también las de los curiosos que, desde la tierra, las azoteas o sobre las canoas que se acercaban por los costados de la calzada, contemplaban por primera vez a esos hombres venidos del mar, montados sobre extraños animales. Nadie mejor que Bernal para describir la honda impresión que la ciudad causó en las filas españolas: «Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desque vimos tantas cibdades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parescía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro del agua; y todas de calicanto. Y aun de nuestros soldados decían que si aquello que veían era entre sueños. Y no es de maravillar que yo aquí lo escriba de esta manera, porque hay que ponderar mucho en ello, que no sé cómo lo cuente: ¡ver cosas nunca oídas ni vistas y aun soñadas como víamos!».
La fascinación de los visitantes convivía con el recelo que provocaba la presencia, cada cierto tramo de calzada, de cortaduras para el paso de las canoas, sobre las cuales se situaban puentes móviles de madera que, una vez retirados, impedían la salida de la ciudad. Bernal transmitió con su pluma el temor que sintieron los soldados durante su marcha hacia el corazón del imperio mexica: «¿qué hombres habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?». Mientras avanzaban por la vía de piedra, muchos recordaron las continuas advertencias que habían recibido sobre sus anfitriones. Finalmente, al fondo de la calzada apareció el cortejo que traía a Moctezuma, llevado en una fastuosa litera cubierta por un palio de plumas verdes, oro y plata. La litera iba a hombres de nobles que iban descalzos, precedidos por otros que barrían el suelo y por los encargados de portar las insignias imperiales. Los reyes de Tacuba, Texcoco y Tlatelolco, independiente de Tenochtitlan hasta 1473, también formaban parte del séquito imperial. Al ver a los españoles, los señores hicieron el habitual saludo, besándose las manos después de tocar la tierra. En ese momento, Moctezuma, tomado de la mano de Cuitláhuac y de Cacamatzin, descendió de la litera y pisó unas mantas estiradas sobre el suelo, que impedían que sus imperiales pies, calzados con unas sandalias de oro y pedrería, entraran en contacto con la tierra. Ninguno de aquellos hombres miraba a la cara al Emperador, al que Cortés, al igual que otros caballeros, correspondió bajándose de su montura y descubriendo su cabeza. De manera instintiva, el capitán español quiso abrazar a Moctezuma, pero los señores que le rodeaban lo impidieron.
Tras el intercambio de los saludos de cortesía, facilitados por las lenguas que acompañaban a los españoles, el de Medellín le entregó el collar de margaritas perfumadas con almizcle, que llevaba al cuello. Un sirviente de Moctezuma entregó a Cortés dos collares, uno de caracoles rojos y camarones de oro, que eran las insignias de Quetzalcóatl, y otro de hueso. Cuitláhuac tomó al conquistador de la mano. Después de atravesar un tramo de ciudad ante la atónita mirada de sus habitantes, los españoles llegaron al centro ceremonial y fueron conducidos al palacio de Axayácatl, en el cual se guardaba el tesoro y se aposentaban las sacerdotisas. En su sala principal, se había habilitado un estrado en el que hicieron sentar a Cortés. Moctezuma le pidió que aguardara mientras sus compañeros se instalaban en el palacio, en el que se habían dispuesto esteras a modo de camas, con almohadas de cuero llenas de borra y braseros en los que se quemaban materias olorosas. Antes de que Moctezuma regresara, al tiempo que reponían fuerzas y daban cuenta de los alimentos ofrecidos por sus anfitriones, los españoles examinaron el edificio y la forma de defenderlo. La artillería quedó instalada apuntando a la puerta. Según lo dicho, el huey tlatoani volvió más tarde, con joyas de oro y plata, plumajes y muchas piezas de ropa de algodón. Entregados los obsequios, se sentó junto a Cortés. En aquel escenario se entabló un diálogo del que existen varias versiones. Según el conquistador, el Emperador mexica le confesó que desde hacía tiempo, por las escrituras de sus antepasados, sabía que su pueblo procedía de otras tierras. Que eran, en definitiva, extranjeros en ese valle al que habían llegado gracias a un gran señor del que renegaron en su ausencia. Ofendido por el trato que recibió a su regreso, Quetzalcóatl prometió volver y sojuzgar a sus antiguos vasallos. El anunciado regreso se haría desde la parte de donde nace el sol, es decir, desde donde habían llegado aquellos hombres blancos. Moctezuma estaba relatando la leyenda de Quetzalcóatl, cuyos perfiles parecían ajustarse a los del gran rey al que Cortés representaba. En ese momento, siempre según Cortés, Moctezuma propuso obediencia y vasallaje al Emperador español, su «señor natural». Dada la lejanía del rey de España, Moctezuma añadió: «vos sed cierto que os obedeceremos y tendremos por señor en lugar de ese gran señor que vos decís y que en ello no habrá falta ni engaño alguno y bien podéis en toda la tierra, digo que en la que yo en mi señorío poseo, mandar a vuestra voluntad, porque será obedecido y hecho y todo lo que nosotros tenemos es para lo que vos en ello quisiéredes disponer. Y pues estáis en vuestra naturaleza y en vuestra casa, holgad y descansad del trabajo del camino y guerras que habéis tenido…». A estas palabras añadió otras. El representante del rey de España, convertido de facto en un virrey que todavía no podía recibir órdenes desde la Península, debía hacer oídos sordos a todo lo que le habían contado de los mexicas, sus nuevos vasallos. Moctezuma trató también de hacer ver la modestia de su imperio, señalando que las paredes de sus palacios no eran de oro, sino de piedra y cal. Incluso alzó su vestimenta para mostrar que era de carne y hueso, «mortal y palpable».
Cortés fue consciente de los réditos que podía ofrecerle la leyenda del dios blanco y barbado, de la que ya había oído hablar durante su viaje a la corte de Moctezuma. Según escribió al emperador Carlos, «yo le respondí a todo lo que me dijo, satisfaciendo a aquello que me pareció que convenía, en especial en hacerle creer que Vuestra Majestad era a quien ellos esperaban»…
Libertad Digital 15 de marzo de 2019
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2019-03-15/ivan-velez-no-somos-fachas-somos-espanoles-87327/


No somos fachas, somos españoles

            En el bar, incluso en el barro, es decir, en la discusión eterna en la que nos hallamos enredados los españoles en relación a nuestra condición nacional, es en tan proceloso hábitat donde Emilia Landaluce, autora de No somos fachas, somos españoles (La Esfera de los Libros, Madrid 2018) considera que su obra adquiere su mayor utilidad. Un libro combativo, urgente, necesario para todos aquellos que siguen pensando que España no es una cantidad –política, histórica, cultural- despreciable.
            No duda doña Emilia en señalar, presurosamente, a los principales responsables de configurar una España que califica de «pesimista». Su dedo apunta a las «élites», entendidas estas como «todos aquellos (periodistas, empresarios de conveniencia ideológica, políticos, académicos que viven de la subvención…) capaces de influir en eso que llaman la opinión pública». Un colectivo que conecta en el tiempo con los principales receptores de la leyenda negra, a la que nuestra autora dedica un buen número de páginas en las que acomete con solvencia la crítica a las principales cuestiones negrolegendarias.
            Un sutil hilo conecta la atmósfera inquisitorial, el aire viciado de clericalismo, con un colectivo hispano, el etiquetado como facha, que a su vez remite a ese Francoland que helaría el corazón de España. Esa identificación es desactivada en un epígrafe titulado Los españoles somos españoles pese a Franco, de quien Landaluce afirma que «acaba apareciendo de cuerpo presente o de espíritu insistente», antes de afirmar que la peor herencia del franquismo, más allá de los muertos, represaliados y exiliados, fue la desafección a España, particularmente acusada en las denominadas izquierdas, que caló en muchos de nuestros compatriotas. «El nacionalismo español, encarnado por el franquismo (aunque Franco era más bien un conservador) también trató de reinterpretar el pasado del Imperio, de modo que la bandera que debería ser de todos los españoles quedó expropiada a la mitad. Esencialmente porque la Reconquista, asimilada a la cruzada nacional (es decir: la causa del bando nacional) era el origen de España y el Imperio», así se pronuncia la autora de No somos fachas… en relación a una identificación histórica y religiosa abrazada por muchas de esas élites culpables que ocultaron aquellas filias coyunturales una vez pasó el peligro y se avistaron nuevas oportunidades de negocio de ribetes menos imperiales.
            Agotado el franquismo con la muerte de quien le dio nombre, la Transición vino a culminar, tales son las tesis landalucianas con las que mostramos nuestro acuerdo, un periodo histórico a menudo considerado, de forma más propagandística que veraz, como una suerte de páramo. Doña Emilia esboza una razón: «la historia no la escriben los vencedores sino los que primero la escriben». Nuestra autora percibe la existencia de un erial, el configurado por la ausente u oposición, excepción hecha del partido donjuanista. Ni PCE ni PSOE actuaron antes de su transformación en eurocomunistas y socialdemócratas. No hay titubeo en su conclusión: «hay que buscar la semilla o el brote de nuestras libertades también en el franquismo. Y rescatar lo bueno». Pese a ello, su crítica se ceba en el nocivo Spain is different, que recuperó e incluso fabricó una imagen tan pintoresca como chusca del país.
            Todo ello, el franquismo, la España soleada y exótica, es pasado, historia para Landaluce, que sostiene que la inmensa mayoría de los españoles se han reconciliado con su pasado, pero también con su presente. De ello se trata en el tercer bloque de la obra en el que se desmontan algunas de las acusaciones que con mayor frecuencia se lanzan sobre una España que es algo más que una marca. A propósito de la corrupción, recuerda la autora que el yerno del rey Juan Carlos cumple condena en prisión y que el Gobierno de Rajoy cayó por la sentencia del caso Gürtel, según la cual el PP se benefició en 245.000 €. Hechos que cabría alinear con una tradición de justicia popular que dio cuerpo a Fuenteovejuna y a El alcalde de Zalamea… España, en definitiva, tampoco es diferente a los países de su entorno en lo que a la corrupción se refiere. Tan negativa percepción está determinada por la obsesiva –cenicismo lo llama Landaluce- autocrítica española, que ha propiciado un aluvión de leyes pensadas para controlar y prevenir la corrupción de una España de débil nacionalismo, capaz de convertir el españolismo identitario en residual. Al cabo, la Seguridad Social es, hoy en día, el último reducto del orgullo nacional de una España eminentemente tolerante, capaz de confeccionar tempranamente una legislación que avalara el sufragio femenino o que reconociera los derechos de los homosexuales. Un respeto a la diversidad cuyo origen detecta Landaluce en el carácter del Imperio español, que duró tanto porque «no era imperialista: es decir, no trataba de universalizar sus esencia, sino que trataba de integrar a los diferentes». Los españoles, en suma, no han sido más intransigentes y carcas que los habitantes de otros países.
            La cuarta parte del libro aborda la reconciliación de los españoles con sus símbolos. Es en ese momento cuando se regresa a la manifestación del 8 de octubre, marcada por la presencia de la bandera española, por más que algunas facciones trataran de teñir de azul unionista a la marea humana que inundó Barcelona. Una respuesta a la abdicación del Estado en Cataluña, ausencia aprovechada por el secesionismo catalanista para proceder a la identificación entre catalán e independentista, término este que la abreviatura indepe trata de hacer más amable, menos violento y delictivo de lo que encubre. Durante décadas, la propaganda catalanista ha sido capaz de oponer la supuesta modernidad catalana al cerrilismo mesetario, si bien Landaluce describe el giro de la antaño Cataluña cosmopolita a la actual, a la que califica de «ñoña parroquial» y «paleta»
            El último tramo del libro está cargado de dinamismo, de diversos puntos de vista y testimonios, de hechos que se suceden y son interpretados de manera muy diferente. La manifestación de la Diada contrasta con la que siguió a los atentados de Las Ramblas, apenas un paréntesis en la estridencia de las caceroladas que pusieron fondo sonoro a una fractura social de difícil solución. Sobre el estruendo metálico, la sensación de impunidad de los poderes fácticos de una Cataluña dominada por los que luego comenzaron a ser llamados lazis. Landaluce, testigo de aquellas jornadas, reproduce los acontecimientos que se arremolinaron ante las totémicas urnas, incluida la farsa de los heridos. Hay también un hueco para los ecos mediáticos internacionales, apoyados en la evidencia de una Generalidad que «llevaba años trabajándose a los periodistas extranjeros». Frente a ellos, la reacción encabezada por un rey que evitó el error de pronunciar la palabra «diálogo».
            El final del libro describe la masiva movilización callejera de Barcelona. En ella, los que asistimos pudimos escuchar el grito «Puigdemont a prisión» y el «Resistiré» del Dúo Dinámico. Lejos de la medida coreografía nacionalista, la marea del 8 de octubre ofrecía diversidad, gentes venidas de toda España y otras que por primera vez dejaban sus domicilios catalanes para gritar la frase que da título a esta obra que se cierra con estas líneas cargadas de realismo:
            «En cualquier caso, los españoles deben –debemos- ser conscientes de que somos los únicos que podemos contener la deriva que suponga el final de España y su voluntad “verdaderamente empecinada” de vivir en libertad juntos los distintos».

1949: España según 'Life'

Libertad Digital 7 de marzo de 2019
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2019-03-07/ivan-velez-1949-espana-segun-life-87309/
1949: España según Life

            Entre los días 25 y 27 de marzo de 1949 se celebró en el neoyorquino Hotel Waldorf-Astoria la Conferencia Cultural y Científica por la Paz Mundial, impulsada por la Kominform. El alcance de la ofensiva soviética no pasó inadvertido para las autoridades estadounidenses, que trataron de boicotearla infiltrando a elementos como el ideólogo Sydney Hook (1902-1989), que en 1927 había colaborado en la edición en inglés de Materialismo y empiriocriticismo, y que en 1950 se afincó en Berlín. La réplica a la conferencia soviética neoyorquina tuvo lugar en dicha ciudad alemana entre el 26 y el 30 de junio de 1950. En plena oleada macartista, en el Palacio Titania se hizo público el Manifiesto a los hombres libres, documento dividido en 14 puntos que enfatizaban el valor de la libertad de opinión. Junto a la palabra «libertad», la expresión «estado totalitario» aparecía varias veces en velada referencia a la Unión Soviética y a sus naciones satélites. Como presidentes de honor del Congreso figuraban hombres de prestigio como: Benedetto Croce, Jacques Maritain, Karl Jaspers, John Dewey, Bertrand Russell y Salvador de Madariaga, junto a los cuales se concitaban los apoyos de otras relevantes personalidades: Raymond Aron, John Dos Passos, André Gide, Malraux, Arthur Koestler o Denis Rougemont. La conmoción producida por las detonaciones atómicas había abierto un tiempo de silencio en el que jugó un importante papel la propaganda vehiculada por canales culturales.
            Dentro de la pugna cultural, el primer golpe lo habían dado los soviéticos, capaces de operar en el mismísimo corazón norteamericano, hecho que no pasó inadvertido para la revista Life, que el 4 de abril de 1949 dedicó cinco páginas a la Conferencia. En ellas informó a propósito de lo que calificó como una «ópera cómica, si no fuera por sus trágicas implicaciones», así como de las protestas callejeras que desencadenó aquel acontecimiento. En su reportaje destacaba un mosaico fotográfico compuesto por los rostros de algunos de los más destacados asistentes. En él aparecían, por ejemplo: Dorothy Parker, Arthur Miller, Norman Mailer, Charles Chaplin, Albert Einstein y Thomas Mann.
            En ese mismo número, la revista dedicó trece páginas a la siempre exótica España. Diez años después del final de la Guerra Civil, las fotografías del ucraniano Dmitri Kessel sirvieron para ilustrar un texto en el que se afirmaba que algunos militares y ciertos grupos de políticos y diplomáticos conservadores y liberales, deseaban que España diera un giro atlantista. Los anhelos de estos grupos chocaban, no obstante, con la hostilidad que hacia Franco existía en el nuevo contexto europeo. Sobre ese trasfondo político, el informe, no exento de pintoresquismo, se abrió con la imagen de dos guardias civiles con capa y mosquetón, colocados en las cunetas de una larga y desierta carretera. Tratándose de España, la efigie del cardenal y arzobispo primado de Toledo, Enrique Pla y Deniel, el hombre que sancionó como «Cruzada» la acción del bando franquista, se hacía inexcusable, del mismo modo que la de un campesino, Celestino Gómez, capaz de enfrentarse a la dureza de la tierra castellana. En el paseo por España no podía faltar la vista, evocadora de la obra de El Greco, de la ciudad de Toledo, ni la de los emblemáticos olivares andaluces. Tampoco otra que con el tiempo se hizo familiar, Franco de cacería. Como contrapeso a la escena cinegética, Life lanzaba una mirada sobre los últimos focos guerrilleros, localizados en los Pirineos por los que se adentró el maquis.
            La guerra seguía marcando la actualidad española, razón suficiente como para incorporar al reportaje al general Juan Vigón, pero también a los presos políticos que penaban en la Cárcel Modelo de Barcelona, a la que pronto acompañaría la de Carabanchel. Era necesario, no obstante,  mantener las formas con respecto al poder efectivo, por lo que Raimundo Fernández Cuesta, ministro de Justicia, también fue retratado, al igual que ocurrió con el banquero Juan March, figura clave en el Alzamiento, o con el alcalde de Bilbao, Joaquín de Zuazagoitia. En las páginas de Life también apareció el influyente obispo de Málaga, Ángel Herrera Oria. Pero, sin duda, la personalidad que destacó en aquella pieza periodística fue la del príncipe Juan Carlos Bourbon y Bourbon (sic), que en 1957 protagonizó otra portada en la que se afirmaba que era el candidato de Franco al trono de España, hecho que se consumó en detrimento de su padre, ese Don Juan que, junto al apoyo sustanciado en el acrónimo VERDE, hubo de cargar con el malicioso apodo de Don Juan Tercero Izquierda.

            Lógicamente, nada había de ingenuo ni de casual en la atención mediática que suscitaba la España de finales de los 40. Pese a que este periódico sea a menudo encapsulado como el de la autarquía, el aislamiento no era completo. El radical anticomunismo del régimen franquista sirvió para suavizar los aspectos menos atractivos para la esfera capitalista. Pese a sus déficits democráticos, España fue ganando gradualmente reconocimiento internacional. A finales de 1952, fue admitida en la UNESCO, con las únicas negativas de Yugoslavia, México y Uruguay. Meses después, en agosto de 1953, se suscribió el Concordato con la Santa Sede, poco antes de que se suscribieran los convenios con los Estados Unidos por los cuales la potencia norteamericana implantaba una serie de bases militares en nuestro suelo a cambio de ayuda económica y técnica. Todo ello no impidió que España siguiera haciendo, incluso hasta nuestros días, las delicias de aquellos que se acercan a ella con ojos parecidos a los de los viajeros impertinentes del XIX.

sábado, 2 de marzo de 2019

La verdadera historia de la primera vuelta al mundo: así se convirtió Elcano en leyenda

El Mundo 29 de enero de 2019:
https://www.elmundo.es/papel/historias/2019/01/29/5c4f3ecf21efa04f638b4696.html


De la primera, y española, circunnavegación de la Tierra

«Flacos como jamás hombres estuvieron». Con estas palabras describió Juan Sebastián Elcano el estado de los diecisiete hombres que junto a él descendieron de la nao Victoria el 6 de septiembre de 1522 en Sanlúcar de Barrameda. Hace exactamente un siglo, el guipuzcoano Elías Salaverría atrapó sobre el lienzo las miradas perdidas de aquellos marineros que, ya en Sevilla, iluminados por la temblorosa luz de unos velones, dejaron atrás las tablas del barco y se dirigieron descalzos hacia la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, en acción de gracias, después de haber «dado la vuelta a toda la redondeza del mundo». La expresión corresponde de nuevo a Elcano. Como ocurriera en 1919, el año que ahora arranca ofrece la posibilidad de conmemorar una fecha redonda: los quinientos años desde que cinco naves bajaran por el Guadalquivir para comenzar un viaje histórico. Tres años después de la botadura fluvial, el espectral conjunto de hombres aludido regresó a España después de circunnavegar la Tierra.
En el contexto de tan importante aniversario, se ha desatado una pequeña tormenta, tan académica como diplomática, al saberse que Portugal ha tratado de obtener, por parte de la UNESCO, el reconocimiento de la Ruta Magallanes como Patrimonio de la Humanidad. La iniciativa, en marcha desde hace años, convertiría a Elcano en un mero continuador de un viaje cuyo mérito cabría atribuir a Magallanes, portuense de nación. Según la interpretación portuguesa, la gesta del de Guetaria vendría impulsada por una suerte de inercia debida a Magallanes. Sea como fuere, el desajuste interpretativo ofrece una magnífica oportunidad de regresar a lo ocurrido hace medio milenio.
Insatisfecho con el trato recibido por la corona portuguesa, Fernando de Magallanes, que ya había navegado hasta la India, ofreció sus servicios a Carlos I. El ir y venir de pilotos y navegantes se recortaba sobre el fondo del Tratado de Tordesillas de 1494, que había dividido la esfera terráquea en dos mitades, con las islas de Cabo Verde como referencia fundamental. A 370 leguas al oeste de ese archipiélago se estableció un meridiano de demarcación que dio lugar a una polémica en el Pacífico, a propósito del lado –español o portugués- en el que caían las Molucas. En un momento en el cual se creía que el diámetro del planeta era inferior al real, era obligado tratar de fijar tan lucrativo enclave. Todo ello determinó que desde España se impulsara una armada que buscaba un fin muy diferente al que ahora se celebra. Las cinco naves tenían como principal misión la búsqueda de un paso natural a través del Nuevo Mundo que acortara el viaje hacia la Especiería. Una vez descubierto el estrecho, las naves capitaneadas por Magallanes debían dirigirse al Maluco, surcando en todo momento aguas españolas.
Si estos eran los principales objetivos, entre los cuales no se hallaba la vuelta al mundo, hay que señalar, en relación a la autoría del proyecto, que fue el poderoso mercader burgalés de origen converso, Cristóbal de Haro, dedicado al negocio de las especias, quien aportó la mayor parte de los 1.592.769 maravedís que dieron viabilidad al viaje de un Magallanes que era ya súbdito del rey Carlos. Fue el monarca español quien el 22 de marzo de 1518 firmó en Valladolid unas capitulaciones muy favorables a Fernando de Magallanes, que recibió los títulos de capitán general de la expedición, adelantado y gobernador de las tierras que descubriera. Haro no estaba solo, pues contó con el apoyo de los Welser y del poderoso Fonseca, obispo de Burgos. Por otro lado, aunque había tenido grandes intereses comerciales en Lisboa, el hundimiento de una flota dedicada al tráfico de esclavos negros por parte del portugués Lusarte, había provocado su hostilidad hacia el reino vecino. Si estos fueron los fines y los principales apoyos financieros del proyecto, en lo que respecta a la composición de la tripulación de las naves, las proporciones vuelven a decantarse claramente hacia el lado español, que aportó dos tercios del total de hombres. Apenas veinticuatro portugueses subieron a los barcos dentro de un total aproximado de doscientos cincuenta marineros.
Pese a la cuidada preparación y la nitidez del plan que había de seguirse, la flota, en la que Elcano se integró como contramaestre de la Concepción, encontró dificultades incluso antes de soltar amarras, lo cual demuestra hasta qué punto las dudas en relación al diámetro de la Tierra, afectaban tanto a portugueses como a españoles. Prueba de ello es el hecho de que, ante la posibilidad de que las Molucas cayeran dentro de la demarcación española establecida en Tordesillas, los portugueses, por la vía diplomática primero y por otras más expeditivas después, trataron de abortar la partida de los barcos.
Tras dejar atrás la península, Magallanes hizo escala en enclaves que consideraba situados dentro del lado español. Entre ellos estaba el Río de la Plata, ya descubierto por Juan Díaz de Solís mientras buscaba el anhelado paso hacia el Pacífico. La condición fluvial de esas aguas obligaba a seguir hacia el sur, hacia un rumbo tan desconocido como gélido. Ante la prolongada estancia en Puerto de San Julián, no tardó en urdirse un complot en el que participaron tanto españoles como portugueses. El 7 de abril de 1520 Gaspar de Quesada, capitán de la Concepción, fue decapitado y descuartizado, mientras Juan de Cartagena y el fraile Pedro Sánchez Reina quedaron desterrados en una isla en la que hallaron su final. Superadas innumerables dificultades, el estrecho ante el que se abría la Mar del Sur, apareció por fin.
En medio de la inmensidad oceánica descubierta por Núñez de Balboa, la flota, con la excepción de la San Antonio, que regresó a España y de la Santiago, que naufragó, alcanzó la que llamaron Isla de los Ladrones, hoy Guam. Esta escala fue la primera de una larga serie en la que Magallanes trabó relaciones con los reyes locales e intentó implantar el cristianismo. En Mactán, una lanza segó la vida del almirante, al que sucedió el débil Lopes Carvalho. Ante la inoperancia de Lopes, Gonzalo Gómez de Espinosa tomó el mando y Juan Sebastián Elcano la capitanía de la Victoria. Ambos decidieron dirigirse a Tidore, donde reinaba un musulmán que llamaron Almanzor, para obtener especias. Estando allí, el portugués Pedro Alfonso de Lorosa alertó del riesgo que corrían por la cercanía de una factoría establecida por sus compatriotas. Era necesario abandonar Tidore y fue en entonces cuando se produjo un giro trascendental. Con las naves cargadas de clavo y dispuestas para zarpar, se detectó una vía de agua en la Trinidad. Los trabajos de reparación y carenado llevarían mucho tiempo, por lo que la Victoria partió, pero no hacia el Darién dominado por los españoles, sino en una dirección opuesta, hacia la demarcación portuguesa. Empujada por los vientos que soplaban en aquella dirección, la nave pilotada por Elcano puso su proa hacia España abriéndose paso entre los mares portugueses.
Una vez reparada, la Trinidad trató sin éxito de cruzar el Pacífico. Los vientos desfavorables y una recia tempestad le impidieron seguir la corriente de Kuro Siwo que en 1565 sirvió a Andrés de Urdaneta para establecer el camino de regreso de Asia a América, el llamado Tornaviaje, que permitió la puesta en marcha del Galeón de Manila con el que Oriente, Nueva España mediante, estableció un crucial nexo comercial con Europa. Después navegar durante meses, la Trinidad, en su regreso a las Molucas, cayó en manos portuguesas, en las que sus escasos supervivientes permanecieron cautivos durante años.
Por su parte, la Victoria, capitaneada por Elcano, navegó durante meses sin tocar tierra hasta remontar el cabo de Buena Esperanza. Cuenta Pigafetta, que aquellos hombres se movieron más por el honor que por la vida, con un único objetivo: volver a su patria. Por el camino, muchos encontraron en el mar su última morada. Desesperados, atacados por el hambre y las enfermedades, decidieron tocar las islas de Cabo Verde, haciéndose pasar por viajeros que regresaban de América. Fue allí donde tuvieron constancia de la realidad de su vuelta completa a la Tierra, al observar que mientras ellos creían hallarse en el día 9 de julio de 1522, los portugueses decían vivir un día más tarde. Un par de meses después, los supervivientes celebraron en Sevilla la procesión que encabeza nuestro escrito.
Hecha esta sucinta descripción de tan prodigiosos hechos, el factor portugués queda ajustado a sus justos y minoritarios términos. La empresa tuvo el inequívoco sello español, pero fueron las complejas circunstancias que la envolvieron, las que propiciaron una decisión, la de Elcano y sus compañeros, con la que aquellos hombres, como tantos otros de su tiempo, buscaron alcanzar la fama. El lema concedido por Carlos I al de Guetaria: Primus circumdedisti me  -El primero que me circundaste-, no deja lugar a dudas de quién abrió aquella ruta circular, por más que quinientos años más tarde, en los tiempos del consenso y el diálogo, una iniciativa conjunta, nombrada con el término geográfico «Península Ibérica», trate de repartir, democráticamente, los méritos de aquel viaje que Portugal trató en vano de impedir.

Banderas bicolores sobre lienzo

El Debate 23 de febrero de 2019
https://eldebate.es/politica-de-estado/banderas-bicolores-sobre-lienzo-20190223


Banderas bicolores sobre lienzo

            Hace exactamente siglo y medio, el pintor italiano Achille Battistuzzi terminó su obra Vista de la finca de Manuel Girona a Sarriá, óleo conservado actualmente en el Museo de Historia de Barcelona. Un molino de viento junto a un palacete amansardado, centran la composición en la que un surtidor de agua opera como eje vertical y la montaña de Montjuich como horizonte. Destaca también, en el tercio izquierdo, la presencia de una bandera española que ondea sobre lo que parece un pabellón con cubierta de madera a la orilla de un lago en el navega un pequeño velero. Recién llegado de su Italia natal, el virtuosismo de Battistuzzi llamó la atención de una clientela tan distinguida como Manuel Girona, miembro destacado de una poderosa saga dedicada en origen al negocio textil al que tanto favoreció la llegada del Borbón hoy vilipendiado por gran parte del catalanismo más hispanófobo. La muy catalana institución del hereu favoreció la creciente acumulación de capital familiar que ya en la segunda mitad del XIX había diversificado sus actividades.
            Hombre de gran presencia en la vida financiera, fundador del Banco de Barcelona, el primero del Estado, autorizado en 1844, pero también cultural de la Barcelona de su época, Manuel Girona extendía su poder hasta la capital de España, allí donde tenía gran peso el grupo catalán en el que figuraban apellidos tan sonoros como Güell, Ferrer-Vidal, Serra, Muntadas o Jover. En muchos de aquellos sonoros clanes se apoyaron diversos gobiernos nacionales. En concreto, Manuel Girona y Agrafel, que fue alcalde de su ciudad con la restauración borbónica, ocupó desde 1885 el cargo de senador vitalicio por el Partido Conservador.
            Madrid era, lógicamente, el lugar desde donde se tomaban las decisiones más importantes, incluidas las relacionadas con el Caribe, en las que tantos intereses catalanes estaban en juego, y a las que los Girona no fueron ajenos. Prueba de ello es el hecho de que en 1876, el Banco Hispano Colonial, que Manuel había fundado junto a su hermano Jaime, apoyó económicamente al gobierno conservador con un empréstito para la pacificación de Cuba. Fue en ese contexto bélico de trasfondo económico y arancelario en el cual otros pinceles, los de Ramón Padró, sirvieron para dar forma, en 1872, a otra obra pictórica: «Embarque de los voluntarios catalanes en el puerto de Barcelona». En ella, los muchachos catalanes, el colectivo español más grande que abandonó la península para defender la causa nacional, pero también la del mundo en el que se movió Girona, lucen barretinas coloradas que destacan sobre la vestimenta blanca que abarrota una barca de cuyo mástil cuelga una bandera inequívocamente bicolor. Las dos pinturas se unen a una larga lista en la que destaca la presencia de la señera nacional vinculada a unos catalanes que sólo empezaron a repudiar, en parte, esos colores, muchos años más tarde. Basta citar entre ellas el cuadro del pintor gerundense Francisco Sans Cabot dedicado a la batalla de Tetuán, con Juan Prim como protagonista, o el fresco del pintor barcelonés Eduardo Llorens Masdeu, en el que se plasma el embarque de los voluntarios catalanes para la guerra de Cuba en 1869, que decora el palacio de Sobrellano, en la Comillas en la que nació el mismo Antonio López que, una vez enriquecido en Cuba, se estableció en Barcelona para entablar estrechas relaciones con gentes como Girona. Presente en la vía pública hasta que su estatua fuera mandada retirar por Ada Colau, debido a sus negocios esclavistas, compartidos con gran parte de los hombres que engrandecieron la Ciudad Condal, López, cuyo pecado original fue su origen montañés, ha sido el primero al que se le ha aplicado una damnatio memoriae tan grotesca como esa que ahora ha eliminado la denominación Príncipe de Asturias con el propósito, tan indocto como propio de la Colau, de «desborbonizar» Barcelona, ciudad que pudo desbordar sus murallas gracias, precisamente, a las medidas impulsadas por la acción botifler, dinastía bajo la cual se instituyó la bandera que flameaba en los predios de Girona.

Protagonistas de la España democrática. La oposición a la dictadura 1939-1969

Libertad Digital 28 de febrero de 2019
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Protagonistas de la España democrática. La oposición a la dictadura 1939-1969

            Hace años, ante la irrupción de rostros juveniles en el panorama partitocrático español, el filósofo leonés Tomás García López, empleó el vocablo «efebocracia» para referirse a un colectivo que venía a sustituir a los políticos que habían protagonizado las últimas décadas de la política española. La lógica sustitución generacional vino acompañada por diversos juicios de valor relativos a la Transición y a la Constitución de 1978. Parafraseando a Gil de Biedma, aquellos jóvenes vinieron a llevarse la vida (política) por delante. Aquellos que no volverían a ser jóvenes, pretendían dejar huella. Al cabo, toda generación se siente tentada de cambiar lo hecho por sus predecesores, máxime si estos, como en el caso que nos ocupa, son vistos como una suerte de subproducto de un franquismo que habría marcado aquel mitificado proceso transformista, que no revolucionario. Las críticas no eran nuevas. Desde los ambientes marcados por el trevijanismo, se ha insistido hasta la saciedad en el hecho de que el texto del 78 no es más que una carta otorgada, para reconocer inmediatamente la dificultad de llevar a cabo un proceso constituyente dentro de una atmósfera tan viciada como la actual, a la que habría que sumar la lógica desafección de muchos de nuestros conciudadanos, que harto tienen con superar sus dificultades cotidianas antes de criticar a Hobbes o matizar a Tocqueville. Sea como fuere, el movimiento efebocrático señalado por García López venía a suceder a otros ocurridos en diversos momentos de nuestra vida política. En el presente artículo nos referiremos a lo ocurrido a finales de la década de los 60 en España, cuando se publicó un libro de elocuente título: Protagonistas de la España democrática. La oposición a la dictadura 1939-1969, obra que incluye en su título dos fechas que se prestan a la conmemoración.
            Antes de comentar la obra citada, conviene detenerse en los detalles de su edición. Según consta, el libro, de 746 páginas, vio la luz gracias a Ediciones Sociales, con sede en Barcelona, París y Madrid, y con la Librería Española, sita en el 72 rue de Seine, París 6ᵉ, como depositario. En su contracubierta, el volumen informaba sobre su autor, del que dice nos hace saber que:

«Sergio Vilar nace en 1936. Ha sido secretario de redacción del semanario de artes y letras Revista, de Barcelona, desde el año 1958 al 1961. Subdirector de la revista literaria Papeles de Son Armadans (1961-1964, Palma de Mallorca). Redactor-jefe y a la vez crítico literario del semanario Destino, de Barcelona (1964-1966).
Desde el 1961 es miembro del comité internacional de redacción de la revista Les Lettres Nouvelles, de París. También desde 1961 publica numerosos artículos en el diario La Vanguardia, de Barcelona. En otras revistas españolas y extranjeras como Cuadernos para el Diálogo, de Madrid; Serra d'Or, de Barcelona; Cuadernos Americanos, de México; Sur, de Buenos Aires, &c., Sergio Vilar asimismo ha publicado diversos artículos y ensayos políticos, históricos y culturales.
Los libros que ha publicado son: Manifiesto sobre arte y libertad. Encuesta entre los intelectuales y artistas españoles (Las Américas Publishing Co., New York 1962; y Editorial Fontanella, Barcelona 1964). Cataluña en España, un estudio de los problemas de Cataluña relacionados con los del País Vasco, Galicia, Castilla y Andalucía (Ayma, S. A. Editora, Barcelona 1968). El poder está en la calle, un análisis a fondo del movimiento para-revolucionario de mayo en Francia (Editorial Cuadernos para el Diálogo, Madrid 1968).»

            En cuanto al libro, su estructura y contenido chocan contra la idea simplista de un franquismo capaz de desplegar un poder omnímodo. Protagonistas, concebido cuando a Franco le quedaban nueve años de vida, muestra hasta qué punto el monolitismo atribuido al Régimen constituye un mito que diluye los importantes matices, la lucha entre familias afines y opositoras al mismo. Cuestiones tales como «La formación de una nueva clase política democrática», «La “unidad” de las derechas y las tendencias “multiunitarias” de las izquierdas» o «Desde el capitalismo hacia el socialismo», que dan nombre a algunos capítulos, prueban hasta qué punto la España de la segunda mitad de los 60 poseía una compleja composición ideológica que Vilar, obligado a dar un orden a sus entrevistas, distribuyó en bloques aglutinados en función del espectro izquierda/derecha y del origen de los personajes escogidos.
            Por lo que respecta a la izquierda, concretamente a la adscrita a lo que denomina «Madrid», militarían gentes como Marcelino Camacho, Tierno, Tamames, Raúl Morodo, Boyer o Aranguren. En Euzkadi (sic), destacarían como izquierdistas Ramón Ruibal y Enrique Múgica, mientras que en Cataluña lo harían el hoy apenas recordado Manuel Sacristán, Castellet o Carlos Barral. En cuanto a Andalucía, destaca en ella la figura de Carlos Castilla del Pino, mientras que en Valencia lo hace Joan Fuster y en Galicia, Ramón Piñeiro y Domingo García–Sabell.
            En el centro, con idéntica estructura territorial, destaca Jordi Pujol, acompañado por Josep Benet y Heribert Barrera en Cataluña. En Madrid la centralidad correría a cargo de Joaquín Ruiz-Giménez y Dionisio Ridruejo, mientras que Euzkadi estaría dominado por el así tenido por centrista, Partido Nacionalista Vasco.
            Por último, en cuanto a la derecha, esta se concentraría exclusivamente en Madrid. Seis son los nombres enumerados: los Gil Robles, Fernando Álvarez de Miranda, Joaquín Satrústegui, Antonio de Senillosa y Santiago Nadal. En cuanto al resto de regiones, estas, a juicio de Vilar, no parecen albergar en su seno elementos derechistas.
            Hacia el final del libro se abordan futuribles que se desarrollan bajo títulos como: «Lo que tal vez “puede pasar”», «Un Gobierno de transición», «A favor de la República», «A favor de la Monarquía».
            Lanzado desde Francia, el libro resultó desconcertante para muchos. Entre los que más recelaron de la obra destacó uno de los fundadores de Acción Nacionalista Vasca: José Domingo de Arana, concejal de Bilbao durante la II República y firmante, en diciembre de 1957, de la monárquica y donjuanista Unión Española. El autor de Presente y futuro del Pueblo Vasco: Hombre, Raza, Nacionalidad, Universalidad (Ercilla Libros, Bilbao 1968) creyó que Sergio Vilar estaba al servicio del Partido Comunista. Tal sospecha motivó el envío de una carta a  Gil Robles y a otras personalidades, entre ellas Manuel de Irujo, en la que, bajo el membrete «Un libro anunciado para «organizar» la oposición, intenta «liquidar» la oposición responsable a beneficio del Partido Comunista», afirmaba:

«He leído, con indignación creciente, el pesadísimo libro de ese torpe, cínico y desaprensivo estafador político que se llama Sergio Vilar, en el que se incluye referencia de una entrevista que usted le concedió, y que él aprovecha, como hace con algunas más de otros entrevistados importantes por su significación, para sugerir al lector, con la dosificada interpolación de insidiosas apostillas, odiosas caricaturas presentadas como si fuesen fieles semblanzas».
            Ignoraba don José Domingo que ya en 1965, el sello del Centro de Estudios y Documentación Sociales A. C., publicó en México un libro titulado: Esa gente de España…, obra firmada por Américo Castro, Raúl Morodo, José Marra López, Eduardo Martínez de Pisón, José Ferrater Mora, Manuel Medina Ortega… y Sergio Vilar.
            Arana no fue el único desconcertado por la publicación de Protagonistas, pues incluso el PCE lo creyó elaborado por uno de los suyos. Razones había para mantener tal hipótesis, pues Sergio Vilar se autoexilió de España, incorporándose al Partido, en el que permaneció infiltrado diez años, tal y como se deduce de su obra de 1981 titulada El disidente. Comunistas y anticomunistas fueron, en realidad, víctimas de las sutiles maniobras del Congreso por la Libertad de la Cultura, financiador de una obra de la que John Clinton Hunt ya tenía noticia en octubre de 1966. De hecho, en abril de 1967, Vilar entregó el borrador del libro, para el que obtuvo una bolsa  extraordinaria de 3.000 francos franceses, beca que formaba parte de todo un programa que Olga Glondys publicó en su artículo, «El Congreso por la Libertad de la Cultura y su apoyo a la disidencia intelectual durante el franquismo» (Revista Complutense de Historia de América, Madrid 2015, vol. 41, pp. 121-146). En la lista hallamos sonoros nombres, de los que tan solo citaremos a los agraciados en el curso 1966/67:
            Durante ese ciclo se entregaron becas de libros, dotadas con 4.000 francos franceses, a: Javier Muguerza por Filosofía de la significación; a Luis García San Miguel por Teoría del saber jurídico (Crítica de la razón jusnaturalista), a Carmen Martín Gaite por Macanaz y España entre dos siglos, a Rafael Tasis por Carta a un exiliat català  y a Carlos Moya Valgañón por Durkheim y la Teoría Sociológica .
            Las bolsas de viaje al extranjero para jóvenes intelectuales, dotadas con 5.000 francos franceses, fueron a parar a Francisco Carrillo, Raimundo Ortega Fernández y Pascual Palacios Tardez.
            Vilar recibió la referida beca adicional de 3.000 francos franceses por su libro Protagonistas de la España democrática.
            Décadas después de la publicación de aquel trabajo, puede entretenerse el lector en completar la trayectoria vital de aquellos protagonistas y reubicarlos, en función de sus obras, en el lugar ideológico-topológico correspondiente.