lunes, 11 de junio de 2018

Intolerancia

Artículo publicado el 7 de junio de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-06-07/ivan-velez-intolerancia-85305/

Intolerancia

Hace casi un siglo, el día 31 de marzo de 1921, el diario El Sol, que contó con las plumas de, entre otros, Unamuno, Vasconcelos y Ortega, y sirvió de soporte al manifiesto fundacional de la Agrupación al Servicio de la República, publicó una crónica a propósito del estreno de la película Intolerancia en los cines madrileños. Dirigida por David W. Griffith, Intolerancia fue una superproducción cuyo presupuesto ascendió a dos millones de dólares, gastados en la confección de colosales decorados y en la contratación de miles de extras. La cinta, que llevaba por subtítulo un esperanzador, La lucha del amor a través de los tiempos, recreó cuatro momentos históricos: la caída de Babilonia, la matanza de los hugonotes en la parisina noche de San Bartolomé, la pasión y muerte de Jesucristo, y una huelga de trabajadores, cargada de crítica al reformismo capitalista, cuyo protagonista era un católico irlandés. La imagen de una cuna que se mece bajo la mirada de una mujer, junto a los versos de Walt Whitman -«la cuna se mece sin fin uniendo el presente y el futuro»- sirvió para hilvanar las distintas escenas.
Rodada en 1916, pese al ambicioso planteamiento y el derroche de medios, Intolerancia, en cuyo guión participó Tod Browning, no obtuvo el favor de la taquilla. Su tono pacifista chocaba con la cruda realidad de una Europa inmersa en la Gran Guerra. Ello determinó que en Inglaterra, la cinta fuera mutilada, mientras que los franceses impidieron que en su suelo se proyectara la parte dedicada a la matanza de San Bartolomé. Como solución a esos contratiempos, el filme fue fragmentado para poder presentar los episodios separadamente. Exhibida de forma tardía en la Unión Soviética, Intolerancia influyó a directores como Eisenstein.
            En España la acogida también fue favorable. La crónica de su estreno, firmada por Anthonius, dio cuenta de cómo el público madrileño salió entusiasmado no sólo por lo que se proyectó en la pantalla, sino porque, además, antes de su comienzo, Federico García Sanchiz, ofreció algunas de sus célebres charlas. Son precisamente algunas de las palabras que García Sanchiz, académico de la Lengua a partir de 1941, lanzó desde el escenario del Real Cinema, las que permiten reconstruir la idea que de la herencia hispana pudo tener el director estadounidense. Demos la palabra al escritor valenciano y al comentario posterior de Anthonius:

«—El coloso americano de la cinematografía –dijo Federico García Sanchiz– ha buscado en la Historia los argumentos supremos para demostrar que la intolerancia vivió siempre desde la época de Caín y Abel.
Y al bucear en ese gran libro de las amargas verdades, surgió potente, fiera como una obsesión escalofriante, la visión de España, que se ofrece en el extranjero con la negra leyenda de nuestro duque de Alba en los Países Bajos, de nuestra Inquisición, de nuestros capitanes conquistadores de América. Pero Griffith no aceptó esta página de España, porque Griffith ve a España reflejada en una reproducción de la Giralda que se yergue, soberbia y morena entre los rascacielos de Nueva York, a modo de una espléndida peineta que aguarda la filigrana de una mantilla española hecha con la gasa de las nieblas de la ciudad.»
Las palabras de Anthonius perfilan a un Griffith que descartó la inclusión del Imperio español entre las páginas más oscuras de la Historia Universal. La pregunta surge de modo inmediato, máxime si se tiene en cuenta que alrededor de 1898, apenas dieciocho años antes del rodaje, la prensa americana lanzó una brutal ofensiva hispanófoba. Con ocasión de la Guerra de Cuba, junto a las más groseras caricaturas, se reeditó la Brevísima de Las Casas. En esta estela, los motivos de esta omisión, bien pudieran tener que ver con la percepción de un Imperio vencido y, por ende, ya irrelevante, reducido a lo pintoresco. Un pintoresquismo ilustrado por la Giralda neoyorquina aludida por García Sanchiz, edificada en Manhattan en 1890 y posteriormente demolida en 1925.
Frente a esta interpretación se abre otra vía, la ligada a la biografía de Griffith, pues acaso en los ambientes que moldearon su personalidad, o en los que se movió ya como director, pudieran ocultarse las claves de su decisión. David Wark Griffith nació en 1875 en el Estado de Kentucky en el seno de una familia metodista de orígenes irlandeses, expuesta a los racistas aires sureños que persistieron en su obra cumbre, El nacimiento de una nación. A sus convicciones religiosas, Griffith sumó un gusto por el aristocratismo heredado de su padre. Si estos factores moldearon primero al niño y luego al joven, ya incorporado dentro de la industria cinematográfica, el director entró en contacto con alguien que pudo influir en su positiva idea del mundo hispano. Ese hombre no era otro que el hispanófilo Charles Fletcher Lummis. Admirador de fray Junípero Serra, gran estudioso de los indios Pueblo, su interés por el mundo hispánico le llevó a recorrer gran parte de México y Perú. Lummis se ganó un puesto destacado entre los hispanistas norteamericanos gracias a su libro, Los exploradores españoles del siglo XVI (Chicago 1893), vertida al español por Arturo Cuyás gracias al filántropo Juan Cebrián Cervera, también benefactor de la segunda edición de la obra de Julián Juderías. En su desplazamiento hacia el Oeste, Lummis dejó atrás su Massachusetts natal para afincarse Hollywood. Allí, pronto se relacionó con hombres de cine de la talla de Douglas Fairbanks y Harold Lloyd. Sus conocimientos del mundo indígena le permitieron trabajar como consultor, entre otras, de la película The Penitentes, rodada en 1915 y hoy perdida. La producción corrió a cargo de D.W. Griffith’s Fine Arts Film Company. En sus conversaciones californianas, quizá Griffith pudo escuchar palabras similares a las que Lummis dejó escritas. Unas palabras imposibles de incluir en el libro que Philip W. Powell publicó medio siglo después de la proyección de Intolerancia bajo el título Árbol de odio. En el primer capítulo de la edición española de Los exploradores españoles del siglo XVI, Lummis dejó muy clara su visión del Imperio español:

«Una de las cosas más asombrosas de los exploradores españoles –casi tan notable como la misma exploración- es el espíritu humanitario y progresivo que desde el principio hasta el fin caracterizó a sus instituciones. Algunas historias que han perdurado, pintan a esta heroica nación como cruel para los indios; pero la verdad es que la conducta de España en este particular debiera avergonzarnos. La legislación española referente a los indios de todas partes era incomparablemente más extensa, más comprensiva, más sistemática, y más humanitaria que la de Gran Bretaña, la de las colonias y la de los Estados Unidos todas juntas. Aquellos primeros maestros enseñaron la lengua española y la religión cristiana a mil indígenas por cada uno que nosotros aleccionamos en idioma y religión. Allá por 1575 –un siglo antes de que hubiera una imprenta en la América inglesa- se habían impreso en la ciudad de Méjico muchos libros en doce diferentes dialectos indios, siendo así que en nuestra historia sólo podemos presentar la biblia india de John Eliot; y tres universidades españolas tenían casi un siglo de existencia cuando se fundó la de Harvard. Sorprende por el número la proporción de hombres educados en colegios que había entre los exploradores; la inteligencia y el heroísmo corrían parejas en los comienzos de colonización del Nuevo Mundo.»

Iván Vélez

jueves, 24 de mayo de 2018

Especial Informativo | Quim Torra y sus supremacismos

Especial informativo presentado por Xavier Horcajo en el que se analiza la actualidad política. Profundizamos en el perfil del nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña. ¿Quién es realmente Quim Torra? ¿Cuál es la actuación del Gobierno español ante el desafío independentista? ¿Existe una solución? Todas las claves sobre el peligroso escenario que se dibuja con un radical a los mandos de la Generalitat en este vídeo.

sábado, 19 de mayo de 2018

El Imperio y los gusanos

Artículo publicado el 16 de mayo de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-05-18/ivan-velez-el-imperio-y-los-gusanos-85119/
El Imperio y los gusanos
«Y en nuestro último beso/mordimos el gusano del mezcal/Y en nuestro último beso/mordimos de la noche el final». La letra corresponde al músico español Javier Corcobado, que incluyó estos versos en la canción Dientes de mezcal, integrada en su disco Arco iris de lágrimas (DRO 1995). Descansando sobre el fondo de la botella, el gusano del maguey, como las calaveras o las máscaras de la lucha libre, forma parte de la iconografía mexicana más popular. Sin embargo, como en tantas otras ocasiones, la tradición no es sino puro y reciente artificio. Destilado desde antaño, el gusano se incorporó al mezcal hace menos de un siglo. Cuatro centurias de que el hypopta agavis quedara empapado en alcohol, otro insecto mucho más valioso cobró gran protagonismo en la Nueva España: el gusano de seda. Tan frágil animal, y la industria que gravitó sobre él, resulta de enorme utilidad para refutar una extendida visión esgrimida por conspicuos representantes de la Academia, capaces de definir al Imperio español como una grosera suma de minas y esclavos.
Minas y esclavos dice codicia y explotación, y señala directamente a figuras como la de Hernán Cortés, el hombre que se hizo con el tesoro de Moctezuma, el mismo que buscó minas de oro y herró a cientos de indios con un hierro candente, si bien la letra G con que fueron marcados, es la inicial de la causa, legítima en la época, de la reducción a tan lamentable estado: Guerra. Sobre estas afirmaciones, la deformada figura del conquistador pintada por Diego Rivera en los muros del Palacio Nacional de la Ciudad de México, parece cobrar vida movida por los habituales resortes ideológicos propios de la leyenda negra. Sin embargo, más allá del sanguinario estereotipo, el de Medellín debió más a sus habilidades empresariales y diplomáticas que al filo de su espada. Y lo que es más importante, Cortés sobrevivió más de dos décadas al cénit vital que talló su mito: la conquista del Imperio mexica.
Convertido en Marqués del Valle de Oaxaca, desoyendo los consejos de su segunda esposa, Isabel de Zúñiga, que le rogó «que mirase los hijos e hijas que tenía, y dejase de porfiar más con la fortuna y se contentase con los heroicos hechos y fama que en todas partes hay de su persona», el inquieto conquistador se involucró en grandes proyectos marítimos, al tiempo que mantenía una gran actividad económica. De entre sus negocios, entre los que había explotaciones mineras, pero también ganaderas y agrícolas, llama la atención el de la producción de seda, pues más allá de su rentabilidad, su implantación en suelo novohispano suponía, en cierto modo, aproximar el Oriente en el que florecía una industria que durante mucho tiempo anduvo envuelta en misterios.
Un lustro después de tomar Tenochtitlan, el 1 de octubre de 1526, Cortés escribió a su padre pidiéndole bastimentos, ovejas, carneros y simiente de morera. Muerto su progenitor, en 1532, el Marqués hizo lo propio con su pariente y representante en España, el licenciado Francisco Núñez, para que solicitara licencia al rey para llevar a sus tierras «dos docenas de esclavos o esclavas moriscas del reino de Granada o de otra parte que sepan criar seda para esprimentar cómo se podría criar sin que pague derechos». Una nota al margen aclaraba: «Consulta con el Emperador, nuestro señor». Puesto que los primeros conquistadores fueron desplazados, con mayor o menor fortuna, del centro de poder virreinal, trataba Cortés, al menos así lo interpretamos, de escapar de la acción fiscalizadora de Antonio de Mendoza. La maniobra, pensada para eludir por elevación al virrey, parece que no dio resultado, pues en el Archivo General de Indias se conserva un documento revelador fechado el 6 de octubre de 1537. En él, ante la ausencia del padre, quien aparece es su hijo legítimo, Martín Cortés de Zúñiga, que habría de heredar su marquesado, siendo el símbolo de una revuelta que trató de retener el régimen encomendero a que dio lugar la conquista. El Martín Cortés que en él aparece es un niño, por lo que cabe suponer que tras él se hallaba la tutela del licenciado Altamirano, apoderado de Cortés, que acaso pudiera encontrarse en sus astilleros de Tehuantepec o Huatulco. Sea como fuere, conviene reparar en el contenido de este fragmento, en el que resuena la voz del de Medellín:

«…vuestra señoría bien sabe cómo yo he seido el primero que en esta tierra he criado árboles de morales y he criado y aparejado seda y he hallado las tintas de carmesí e otras colores convinientes e provechosas para ella, y porque de criarse y multiplicarse en esta Nueva España en mucha cantidad de los dichos árboles de morales redundará en señalado servicio de Sus Magestades e acresçentamiento de su Real Patrimonio, mucho provecho de los españoles e naturales conservación e buen tratamiento dellos, yo quiero, con todas mis fuerças, travajar e dar orden cómo en esta tierra aya la dicha cantidad de árboles, e porque por lo que he visto por vista de ojos e tengo espirençia metido en la postura e criança de los dichos árboles y en la criança e sanidad de la dicha seda en las proviçias de Quojoçengo e Cholula e Taxcala, ay mucho aparejo e dispusiçión para ello.»
En él no ya no hay rastro de esclavos. La actividad, rentable para Sus Majestades, la desdichada reina Juana y su hijo Carlos, también sería provechosa para los españoles y los naturales, es decir los indios, que bajo el sistema de depósito, que no de esclavitud, se hallaban tutelados por aquéllos. Cortés, consciente de los desmanes antillanos, habla de conservación y buen tratamiento de los indios. En el párrafo también se habla de las tintas carmesí, es decir, de la cochinilla. También llamado grana, este producto, ya empleado por los mexicas y muy abundante en Oaxaca, fue durante mucho tiempo el segundo más valioso de los que salían de Nueva España, pues no se podía cultivar en Europa. Su valor tan sólo era superado por el oro.
Pionero en el impulso de esta industria, Cortés buscaba hacerse con una posición dominante en tan rentable actividad, sin olvidarse de ofrecer a los indios, a los que pretendía instruir en este oficio, unas condiciones de vida razonables:

«La merçed que vuestra señoría me ha de hazer en nombre de Su Magestad ha de ser que çiertos morales viejos que ay del tiempo de los yndios en la provincia de Cholula de que persona alguna no se aproveche, que yo sólo e no otra persona, si no fuere con mi poder, durante el tiempo de los dichos çinco años, crie seda con la hoja dellos para mi, pagando yo de la seda que con ellos crie e cogeré los derechos que vuestra señoría ynpusiere que se paguen a Su Magestad e para criar la dicha seda se me mande hazer en el dicho pueblo una casa de adobes del tamaño que fuere menester, e porque conviene que dende agora que los naturales de las dichas provincias donde se han de poner e criar los dichos morales comiençen a saber e deprendan los ofiçios e beneficios de dicha seda, e por la merçed que yo en ello resçibo se me han de dar quinze ombres de los naturales de cada una de las dichas tres provinçias.»
Si estas eran las tareas que tenía previstas para los varones, a las mujeres les había reservado la actividad a la que, junto a otras tareas domésticas, se habían dedicado durante la época prehispánica:
«Serán menester sesenta días y así criada, se me han de dar otras tantas mugeres de las naturales de los dichos pueblos para que me ayuden a hilar e aparejar la dichas seda, que se ocuparan otros sesenta días, a los quales dichos ombres e mugeres yo les daré a comer a mi costa todo el tiempo e días que los ocupare y me ayudaren.»
Cuando se redactó este documento, que obtuvo las mercedes solicitadas, a Hernán Cortés le quedaban diez años de vida. Enfrentado al Virrey Mendoza, y acompañado de su sucesor, regresó a España a principios de 1540. Cercano a la Corte y enredado en mil pleitos, falleció el viernes 2 de diciembre de 1547 en Castilleja de la Cuesta, siendo enterrado en la cripta del duque de Medina Sidonia. Sus restos mortales, sin embargo, no hallarían descanso. Tras cruzar el Atlántico en 1566, quedaron sepultados junto a los de su madre y una de sus hijas en el templo de San Francisco de Texcoco. El 8 de noviembre de 1794, día en que se conmemora su encuentro con Moctezuma, los restos de quien todavía se tenía por un héroe, fueron llevados, con gran pompa, hasta la iglesia del Hospital de Jesús Nazareno, fundado por él mismo. Junto a su busto de bronce dorado, dentro de una urna funeraria, su cráneo quedó envuelto por un paño mortuorio de lino blanco con una cruz lobulada en su centro y rematado en sus bordes por un encaje de seda negra, acaso deudora de las semillas que él mismo encargó traer a aquellas tierras en las que anheló morir de su muerte.   

jueves, 17 de mayo de 2018

Iván Vélez 'La amenaza de la secesión es leyenda negra'

Iván Vélez, arquitecto y escritor, presenta en el programa La Redacción Abierta, una nueva edición del libro 'Sobre la Leyenda Negra', esta vez con prólogo de María Elvira Roca Barea. La obra nos transporta hasta el origen de la leyenda negra, un concepto que aflora en periodo de crisis y que se ha logrado convertir en todo un género periodístico. Es el conjunto de mecanismos que distorsionan la verdad histórica. Una falsa realidad vinculada al protestantismo que en la actualidad se ha sumergido en el separatismo y en la izquierda. España está en crisis económica y política. Existe una amenaza de secesión sobre la mesa que se sustenta en la leyenda negra´.

miércoles, 16 de mayo de 2018

La Nación y España en la obra de Gustavo Bueno

Cuarta conferencia del ciclo "Diálogos filosóficos", promovido por la Fundación Gustavo Bueno y el Centro Riojano de Madrid, que tiene lugar dentro de las jornadas “El sagastismo y el inicio de la disputa catalanista (1886-1892)". Presenta y modera Pedro López Arriba. Intervienen Pedro Insua e Iván Vélez.

viernes, 4 de mayo de 2018

La verdad (y las tres negaciones) sobre Tierno Galván

Artículo publicado el 3 de mayo de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2018-05-03/ivan-velez-la-verdad-y-las-tres-negaciones-sobre-tierno-galvan-85010/
La verdad (y las tres negaciones) sobre Tierno Galván
«Ni era hijo de agricultor, ni era republicano, ni era socialista revolucionario». Estas tres negaciones forman parte de la introducción de La verdad sobre Tierno Galván (Madrid 1997), obra del recientemente fallecido César Alonso de los Ríos. El libro vio la luz una década después de la desaparición de Enrique Tierno Galván, y supuso uno de los primeros rasguños que comenzaron a erosionar, para aquellos que quisieron estar al loro, la figura del venerado Viejo Profesor (VP), apodo que acuñó Raúl Morodo cuando Tierno tenía 36 años.
Un lustro antes, VP había dado a la imprenta un calculado autorretrato cuyo título contenía altas dosis de elocuencia. Cabos sueltos, en efecto, constituyó un minucioso trabajo de cosmética en el cual Tierno confeccionó una máscara repleta de claroscuros, omisiones y medias verdades, algunas de las cuales mostraban los complejos y ambiciones de quien se presentaba como un sabio despistado. El texto de César Alonso de los Ríos comienza por el final, es decir, por el multitudinario entierro por el que transitaron, primero la carroza Imperial de pompas fúnebres de Barcelona, y después un Dodge, vehículo que depositó su fúnebre carga en el Cementerio de la Almudena. El hombre que había adquirido la forma cadavérica fue despedido por que paladeaban las barrocas formas de sus bandos municipales, pero también por los que se acogieron al estridentismo de la Movida. La idea de escribir o, por mejor decir, reescribir la biografía de aquel hombre, brotó como idea dentro de esa ceremonia luctuosa.
Era preciso, pues, buscar un orden cronológico, y ello llevó al primer cabo suelto. Pese a que en la obra de Tierno hay una constante alusión a su origen soriano y campesino, lo cierto es que VP no había visto sus primeras luces en Valdeavellano de Tera, y ello a pesar de que don Enrique llegó a solicitar al párroco de la localidad un certificado de buena conducta. Tierno no había nacido «accidentalmente en Madrid», según su propia confesión, sino en la muy urbana Madrid, en el seno de una familia alejada de arados y besanas. Nieto del capitán Julián Tierno Gómez, muerto por paludismo en Cuba, su padre fue el sargento Alfredo Tierno, también combatiente en la isla, mérito por el cual obtuvo condecoraciones, pensiones, y una plaza en las oficinas de la Capitanía General de la Primera Región. Ello determinó que el niño naciera en un piso de la Calle Calvo Asensio, y que pudiera formarse, tardíamente, en el Instituto Cisneros. También que en 1937 fuera movilizado por el bando republicano, encontrando acomodo en el Centro de Reclutamiento e Instrucción Militar del Paseo de María Cristina. Incapaz de encontrar documentación que acreditara su militancia, conocedor del personaje, Alonso de los Ríos concluye: «Pienso que, al igual que no cogió un fusil, tampoco cogió carné alguno. Su actitud es la de un espectador que se dedica lo menos posible al hecho bélico y a la confrontación ideológica». Las dudas acerca de la adscripción política de Tierno crecen si se tiene en cuenta que durante la guerra se produjo la detención y encarcelamiento del padre, el hermano y su mejor amigo, sospechosos de pertenecer a la quinta columna. Sea como fuere, Tierno, que trató posteriormente de pasar por vencido, tras terminar brillantemente la carrera de Derecho, leyó su tesis dirigido por el tradicionalista Elías de Tejada, y ganó la plaza de jefe de negociado del Ministerio de Educación Nacional, obteniendo así la estabilidad ligada al funcionariado del régimen franquista.
Asiduo de la Revista del Instituto de Estudios Políticos, Tierno mantuvo relaciones con un amplio espectro de personalidades que se movían dentro de un régimen en absoluto homogéneo ideológicamente. Fue a partir del decisivo 1953, cuando comenzó a adquirir relevancia gracias a su plaza en la Universidad de Salamanca, regida por Antonio Tovar. Desde allí comenzó a trabajar a propósito de las comunidades y adquirió un perfil más político tras fundar la Asociación Funcionalista para la Unidad de Europa. En este sentido, la década se cerró con su asistencia a la famosa cena del hotel Menfis en la que se presentó Unión Española organización impulsada por Joaquín Satrústegui y Jaime Miralles. Estos movimientos no pasaron inadvertidos para los Estados Unidos, que ya habían puesto los ojos en la anómala –anticomunista, pero no democrática- España. Alonso de los Ríos aporta un interesante dato al señalar que Arthur Whitaker, profesor de Historia Latinoamericana de la Universidad de Pennsylvania, envió un informe al Consejo de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos, en el que habló del «funcionalismo» de Tierno, término pretendidamente neutro pero atractivo. Whitaker señalaba también el anticomunismo que unía a Franco, la Unión Española y el grupo de Dionisio Ridruejo con el que Tierno ya había establecido relaciones. Biográficamente ajeno al mundo rural, VP fue asiduo vendimiador, es decir, habitual visitante de universidades americanas, muy interesadas en las derivas ideológicas del franquismo.
A principios de los 60, en España existía ya una oposición al franquismo. Un colectivo que se hizo visible en Múnich en 1962, ciudad a la que no llegó la personalidad corpórea de don Enrique, sino una epístola que en cierto modo anticipaba los bandos que tanta popularidad le dieron tras alcanzar una alcaldía cuyos cimientos se fraguaron en los círculos que se reunieron en la ciudad bávara. A esas alturas, Tierno había virado del monarquismo a un socialismo que contó con los generosos auspicios del Congreso por la Libertad de la Cultura, organización que se fijó pronto en nuestro personaje. Inmerso en esos ambientes, tras su separación de la cátedra en 1965, Tierno lo apostó todo a los socialismos, es decir, al PSOE exiliado en Toulouse primero, y al financiado por Alemania después. La plataforma desde la que operó fue el Partido Socialista Popular (PSP), cantera de socialdemócratas que hicieron carrera posteriormente tras ver cómo la vía monárquica donjuanista, con la que tanto coquetearon, se agotaba.
        Tras el fracaso de su intento más ambicioso, acaparar el socialismo español por medio del Partido Socialista del Interior, al que le faltó el apoyo de un sostén sindical, Tierno se ajustó a la última de las negaciones que desgranara Alonso de los Ríos. Asistente bajo un embozo marxista a cenáculos en los que tenía gran protagonismo un PCE cada vez más alejado del estalinismo, Tierno terminó, tras su paso por la Junta Democrática, por integrarse en el partido ganador, el PSOE que asumió las deudas de su aventura política. Muerto Franco, recuperó su plaza universitaria y, en palabras de César Alonso de los Ríos, «representó su papel a la perfección», hasta el punto de constituir un icono madrileño impermeable a la verdad que el escritor palentino desveló hace más de tres décadas en la obra que hemos evocado

Iván Vélez - El Imperio español: ¿Oro y esclavos?

Conferencia pronunciada el lunes 30 de abril de 2018 en la Fundación Gustavo Bueno:
https://www.youtube.com/watch?v=SfLSJPUf0lw&t=651s

En la muerte de César Alonso de los Ríos

Artículo publicado el domingo 1 de mayo de 2018 en Libertad Digital:
https://www.libertaddigital.com/opinion/ivan-velez/en-la-muerte-de-cesar-alonso-de-los-rios-84993/
En la muerte de César Alonso de los Ríos
«La utilización del talante era un modo de reducir lo político o lo religioso a lo psicológico». Las palabras reproducidas formaron parte de Yo tenía un camarada. El pasado franquista de los maestros de la izquierda (Ed. Áltera, Madrid 2007), libro cuyo título procede de la célebre versión falangista de una canción alemana homónima compuesta contra Napoleón. La obra de César Alonso de los Ríos, apareció un año después de que lo hiciera una recopilación de artículos titulada Yo digo España. Ambos volúmenes se insertan en aquellos lejanos días en los que el talante, cuyo precedente teórico situó Alonso de los Ríos en la obra del ideólogo José Luis López Aranguren, era la energía que nutría al por entonces presidente del Gobierno, el mismo que dejó para los anales una frase: «España es un concepto discutido y discutible». Yo digo España fue la respuesta que el palentino dio a los cultivadores de la elusiva fórmula «Estado español».
Nacido meses antes del estallido de la Guerra Civil, durante su infancia recibió la impronta del jesuítico Colegio de San Zoilo en el mismo Carrión de los Condes donde en 1963 echara a andar la primera encuesta sociológica que sirvió para ir implantando en España la tecnología necesaria para la cristalización de una democracia de mercado trazada bajo los patrones del anticomunismo. Educado en semejante ambiente, no es de extrañar que don César acabara formando parte del monarquizante, antifranquista y anticomunista Frente de Liberación Popular, hecho que le condujo a prisión un año antes de que Aranguren, José Luis Sampedro y Ramón Tamames pusieran en marcha la encuesta de Carrión bajo la atenta mirada y los socorridos dineros del Congreso por la Libertad de la Cultura. El anticomunismo se decía de muy diferentes, en gran medida, jesuíticas formas.
Tras su breve paso por la cárcel, la pluma de Alonso de los Ríos formó parte de revistas pertenecientes al entorno de los grupos aludidos, como Cuadernos para el Diálogo o Triunfo, publicación en la que llegó a figurar como redactor jefe. Por lo que respecta a su trayectoria política, el desengaño sufrido tras su paso por el Felipe, no impidió que nuestro hombre, fallecido en el día de hoy, se afiliara al PCE, que ya había dado su viraje hacia un Eurocomunismo compatible con la estructura de comunidades diferenciadas que se había fraguado en distinguidos salones. Siempre moviéndose en ambientes tan culturales como periodísticos, la evolución de César Alonso de los Ríos no podía derivar hacia otros lugares que no fueran los de la socialdemocracia de ribetes federalizantes y aliento germánico, representada por el nuevo PSOE, aquel que arrumbó a Llopis y abrió las puertas de la Moncloa a Felipe González. Fue, sin embargo, durante la apoteosis del socialismo español, cuando el periodista comenzó a distanciarse del partido del puño y la rosa. Privilegiado conocedor del pasado de muchos de los próceres de la democracia que comenzó a rodar durante la Transición, Alonso de los Ríos abrió una nueva fase profesional que sumó a sus artículos en El Independiente, El Sol o ABC, una serie de títulos, las ya aludidos, a las que hemos de añadir sus trabajos sobre Tierno Galván, o su libro La izquierda y la nación. Una traición políticamente correcta.
En todos estos libros, César Alonso de los Ríos, firmemente comprometido con la defensa de la Nación, fue desvelando algunos de los secretos mejor custodiados por algunos de los protagonistas de la transformación interna del franquismo. Así, las máscaras confeccionadas por hombres como Aranguren, Ridruejo, el Padre Llanos, Laín y, sobre todo, Tierno, con el objeto de ajustar sus biografías a los nuevos cánones, fueron cayendo, dejando asomar una incómoda verdad.
Vaya desde aquí este modesto homenaje al hombre que hoy nos ha abandonado.

viernes, 27 de abril de 2018

Si algún preso adoleciere en la cárcel

Artículo publicado en el suplemento Ideas, de Libertad Digital el día 26 de abril de 2018:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-04-26/ivan-velez-si-algun-preso-adoleciere-en-la-carcel-84939/

Si algún preso adoleciere en la cárcel
En un alarde de imaginación, Andreu Van den Eynde, abogado de Junqueras y Romeva, no dudó, hace apenas un mes, en denunciar en su recurso la supuesta falta de neutralidad del juez Llarena, conductor de un proceso que, a su interesado juicio, se caracteriza por el uso de «fórmulas propias del sistema inquisitivo». Nada nuevo bajo el sol negrolegendario que, en gran medida, nutre el discurso de las sectas catalanistas, empeñadas en presentar a España como un país autoritario e insoluble en las benditas aguas democráticas de Europa. Es altamente improbable que Llarena se deje amedrentar por tan burda acusación que, en cierto modo, no es sino un halago, pues, sépalo o no don Andreu, los tribunales de la Inquisición se caracterizaron por un garantismo muy superior al que podía hallarse en los tribunales ordinarios que coexistieron con el destinado a inquirir sobre la fe, que no otra cosa era el Santo Oficio, institución común a todos los españoles, incluyendo, por lo tanto, a los ancestros de quienes pagan, con dinero propio o ajeno, su minuta.
Es probable que Van den Eynde sepa de aquel tribunal gracias a los clásicos estereotipos y caricaturas que han acompañado a una institución implantada tardíamente en España. Moviéndose entre los estrechos márgenes del tópico, acaso Llarena se le presente como un Torquemada redivivo capaz de mantener arbitrariamente a sus clientes en unas mazmorras lóbregas y oscuras, semejantes a las que popularizó la etílica pluma de Egdar Allan Poe.
Es evidente que dentro del imaginario que acompaña a la leyenda negra, las estampas asociadas a la Inquisición ocupan un puesto preminente, especialmente desde los tiempos de una Ilustración que, en rigurosa aplicación de su maniqueísmo –las luces de la razón frente a las tinieblas del fanatismo-, halló un terreno clericalmente abonado para buscar objetivos espurios, aquellos que ofrecía el Imperio español. Es en ese tiempo en el que arranca una línea que nos lleva incluso a Julián Juderías, quien, adelantándose a la estrategia desplegada hoy por los golpistas catalanes, detectó el alcance de la propaganda hispanófoba, al señalar que España era ya percibida, «desde el punto de vista de la tolerancia, de la cultura y del progreso político, [como] una excepción lamentable dentro del grupo de las naciones europeas».
Frente a semejante inercia sólo cabe buscar allí donde se conservan las pruebas de cómo procedía la Inquisición española, teniendo siempre presente el origen de la misma, la persecución de los cristianos judaizantes. En nuestro caso, las pesquisas nos han conducido al Archivo de la Inquisición de Cuenca. Hoy severamente despoblada, la actual provincia estuvo integrada en una amplia jurisdicción inquisitorial de la que se conserva abundante documentación. Entre los papeles destaca un legajo revelador, uno de los Libros de Visitas del célebre tribunal, en el que se consignan las realizadas por el inquisidor, el licenciado don Fernando Heras Manrique, a las cárceles secretas, es decir, a aquellas en que se hallaban incomunicados los reos.
Destacan, entre otras, las informaciones referidas a Violante Rodríguez, portuguesa nacida en Lamego, ciudad en la que se asentó una de las mayores comunidades judías del norte del reino de Portugal, antes de sufrir una fuerte represión a mediados del siglo XVIII. Viuda del cordonero Manuel Rodríguez, Violante fue encarcelada bajo la clásica acusación de judaizar. Gracias al archivo, podemos rastrear su paso por la cárcel secreta. La primera noticia nos lleva al 29 de octubre de 1650, cuando la mujer «dijo estar enferma y pidió médico y este inquisidor dijo lo mandaría llamar». Las visitas de don Fernando eran frecuentes. La escritura recoge otra petición de Violante Rodríguez fechada el 26 de noviembre. Testigo de ella fue el licenciado Heras, pero también el inquisidor Jacinto de Sevilla. Ante ellos, la Rodríguez «pidió un jubón con que abrigarse y todos dijeron hacerlo bien el alcalde». Los rigores del invierno conquense se sentían en la prisión. Así, el 21 de enero del año siguiente, la mujer «pidió camisa y jubón y se escribió dicho día al señor inquisidor a Madrid para que lo haga enviar de su secreto desta rea». La camisa, en efecto, llegó desde la capital. Prueba de ello es que, el 28 de marzo, durante otra visita, «pidió se labase su camisa y mandó al alcalde se la lauase».
El frío, pero también el abatimiento alimentado por la soledad, hicieron mella en Violante, que el primero de abril «Dijo no saber la ración que tiene». Tan sólo tres semanas más tarde, su estado alarmó al visitador que «le hizo lebantar de la cama y ponerse un jubón y que se pasease y hiciese ejercicio, riñéndole dicho señor inquisidor y diciéndole que por no lebantarse estaba entumecida y sin gana de comer». A mediados de junio, el nombre de Violante desaparece del papel. No obstante, el Catálogo del Archivo de la Inquisición de Cuenca recoge la resolución del caso de nuestra protagonista. El par de líneas a ella referidas se cierra con una palabra: suspenso.
El caso, uno más entre muchos otros que acaso expongamos en otro momento, rompe con la imagen manejada por muchos que, como Van den Eynde, se deleitan cautivos de sus ensoñaciones. Un sueño del que deberían despertar sobresaltados al conocer las Instrucciones al Santo Oficio redactadas por Fernando de Valdés en Toledo, allá por 1561:
«Si algún preso adoleciere en la cárcel, allende que los Inquisidores son obligados a mandarle curar con diligencia y proveer que se dé todo lo necesario a su salud con parecer del Médico o Médicos que le curaren, si pidiere Confesor, se le debe dar en persona calificada y de confianza…».