domingo, 15 de enero de 2017

"El mito de Cortés". Entrevista en EsRadio

Leyenda Negra, sables e imperios

Tercera de ABC, sábado 15 de enero de 2017:
Leyenda Negra, sables e imperios
El día 18 de abril de 1899, invitada por la Sociedad de Conferencias, Emilia Pardo Bazán acuñó, en sentido historiográfico, la expresión leyenda negra en la conferencia titulada «La España de ayer y la de hoy», en la que tal construcción cobraba sentido al oponerse a la no menos nociva leyenda dorada. Años más tarde, Julián Juderías sistematizó los componentes de tal leyenda, asociando su figura a tal rótulo. Ocurría todo ello en la estela de la derrota en la Guerra de Cuba y la pérdida de las provincias de ultramar.
Un siglo más tarde, los efectos de la leyenda negra antiespañola se dejan ver en cada conmemoración que tenga que ver con nuestro pasado imperial, el de los españoles, pero también el de los hispanos en general. La leyenda negra es ya un género que cuenta con anaqueles propios en toda biblioteca que tenga un mínimo fondo histórico, pues su conexión con la idea de imperio parece evidente más allá del uso coloquial de la expresión. Sobran, pues, los motivos para seguir indagando en sus usos pretéritos y en los contextos que propiciaron su empleo.
Todo parece indicar que «leyenda negra» en español, al menos en su uso decimonónico, siglo de la hegemonía cultural y editorial francesa, es un préstamo de su légende noire. En concreto, un préstamo que conecta con el periodo imperial francés y con su figura más representativa: Napoleón Bonaparte. Así es, en 1819 la leyenda negra aparece en un escrito satírico de contenido político: la carente de firma Épitre à mon honneur. Satire politique imitée de Boileau (Imp. de J. G. Dentu).
Et lui-même, pour qui, dans la légende noire, / On vint chercher un nom ronflant comme sa gloire, / Ce grand Napoléon, que la Corse engendra,…
(Y él mismo, para quien, en la leyenda negra / Se fue a buscar un nombre tan rimbombante como su gloria, / ese gran Napoleón, a quien Córcega engendró…).
El uso iba ligado a la personalidad de un personaje concreto, individual, si bien se trataba de un individuo que encarnaba al Imperio, como puede comprobarse en el retrato de Ingres, en el que el corso aparece hierático y rodeado de símbolos áulicos tales como el armiño, el cetro de Carlos V o la Mano de la Justicia de Carlomagno. Napoleón pisa, además, una alfombra con el águila romana y los signos zodiacales… estableciendo así una relación con otro modelo imperial que de algún modo trataba de legitimar su imperio heredero de una revolución cimentada en la guillotina y las ciencias.
La segunda referencia, también anterior a la intervención de Pardo Bazán, aparece en un artículo titulado «La Prensa de gran circulación»
(El Movimiento Católico, Madrid, jueves 10 de junio de 1897, p. 1), periódico dirigido por el carlista, facción que vio al Anticristo en Napoleón, Valentín Gómez y Gómez. Fundador de Unión Católica y arropado por Menéndez Pelayo, Gómez y Gómez también se interesó en una figura negrolegendaria canónica, la que da título a su Felipe II. Estudio histórico-crítico (1879). El texto periodístico al que nos referimos, en el cual se denuncia el sesgo propagandístico de la prensa, es el siguiente:
«Sabíase además que en Cuba se habían personificado en la figura del general Weyler todas las crudezas de la guerra última, como hubiera dicho Ricardo Olney, o todos los rigores fuera de la ocasión del combate, como dice ahora El Imparcial. Quizás fuese injusta la leyenda; pero la leyenda existía: esto es indudable.
»Lo que para los liberales fueron el conde de España y Cabrera; lo que para los carlistas fueron Mina y Nogueras, era Weyler para los cubanos afectos más o menos a la causa separatista. Esa leyenda negra se había extendido por toda América; el romancero mambís reservaba sus estrofas más severas para trazar la figura del general Weyler.
»Probablemente todo esto es inexacto. Los horrores que en los bohíos de Cuba se han venido refiriendo de Weyler, es muy posible que sean calumnias. […] la prensa de gran circulación movió los ánimos, e hizo creer a las gentes que el general Weyler era un salvador que nos deparaba la Providencia. Ahora esa misma prensa muda de bisiesto, y dice todo lo contrario que decía. Quizá tenga razón; pero ¿quién puede hacer caso, ni tomar en serio a la prensa de gran circulación?».
Como en el caso de Napoleón, Valeriano Weyler fue identificado, desde el independentismo cubano, con España, del mismo modo que lo eran, desde determinadas Españas, los Cabrera o Mina, en una rivalidad entre «las dos Españas» que marcó el siglo y de la cual todavía se escuchan ecos maniqueos. Weyler, tal y como aparece en el artículo, nos conecta con Emilia Pardo Bazán, pues, al igual que en el caso parisino, la leyenda negra cobra sentido gracias a un correlato que en este caso viene de la mano de una Providencia que no podía dar de lado a los defensores del católico modo hispánico frente a los sediciosos alimentados por los sectarios de Lutero.
Los sables de Napoleón y de Weyler se manejaron en defensa de dos imperios que hubieron de sufrir guerras propagandísticas, de papel. Ataques que, si en el caso francés fueron neutralizados por la grandeur, en España hicieron mella hasta constituirse en una verdadera patología nacional cuyos efectos llevan a distorsiones tales como considerar un genocidio la conquista y civilización de América, marcada por el mestizaje y las leyes proteccionistas sobre los naturales; o a creer en el mito armónico e irenista de la España de las tres culturas.

Por todo ello, y dada la actualidad de los efectos que la leyenda negra causa entre nuestros compatriotas, conviene rescatar estas dos referencias, y sus consecuencias. Extraiga el lector sus propias conclusiones.

viernes, 13 de enero de 2017

Alemania, prisión de naciones


La Gaceta, domingo 9 de enero de 2017:

Alemania, prisión de naciones

El 29 de abril de 2015, el Tribunal Constitucional de Italia rechazó una iniciativa impulsada en la región del Véneto que pretendía celebrar un referéndum independentista. La principal razón esgrimida por los togados fue que la República Italiana es «una e indivisible». El rotundo no, venía acompañado del reconocimiento, perogrullesco para cualquier nación de una mínima escala, del pluralismo de sus regiones, variedad y distinción que en modo alguno podía emplearse para que los gobernantes de las mismas, emboscados en su parcialidad, se arrogaran la representatividad de esa pretendida nación cuya cristalización política supondría la destrucción de la propia Italia. El Alto Tribunal apuntalaba definitivamente su negativa con un argumento que destruía la burda argucia de los secesionistas norteños: la convocatoria de un referéndum consultivo no podía engolfarse en la invocación a la libertad de expresión de los ciudadanos para hacer pasar tal votación como un rutinario y menor proceso de toma de temperatura política. En todo caso, tal libertad debía extenderse al todo, no a una parte, de la ciudadanía. O lo que es lo mismo, las opiniones de los avecindados en Venecia en relación a la unidad de Italia no estaban por encima de las de los habitantes de Nápoles.
Recientemente, otro conjunto de hombres con vestidura talar, el que conforma el Tribunal Constitucional de Alemania, ha dictaminado que el «land» de Baviera no tiene derecho a celebrar un referéndum de independencia porque tan mutiladora como supuestamente democrática ceremonia, atenta contra los derechos del pueblo alemán, constituido en un Estado-nación cuya forma política es una República Federal. La resolución de los jueces alemanes niega de este modo las aspiraciones que pudieran tentar a cualquiera de los Estados de la actual Alemania precisamente porque tales Estados se han federado, es decir, se han fusionado, por más arabescos jurídicos y aspavientos voluntaristas que traten de trazar las facciones separatistas en cualquiera de ellos, acaso tentadas de presentar a Alemania, como una suerte de prisión de naciones, calificativo tan manido en España por parte de los diversos movimientos disolventes que operan impunemente en ella.
En cualquier caso, las dos resoluciones ponen de relieve la existencia en la actualidad de dos fuerzas políticas poderosas, ambas relacionadas con dos naciones políticas que se fraguaron sobre sus respectivas y previas naciones históricas: las canónicas Italia y Alemania, pero que amenazan con extenderse a otras latitudes. En primer lugar, la existencia de sectores sediciosos en aquellos territorios en los cuales floreció por igual la industrialización y el cultivo romántico del mito de la Cultura; y por otro, la fortaleza que, al menos en los ejemplos citados, exhiben algunas sociedades políticas, conscientes de los grandes sacrificios –movimiento poblacional, descapitalización de regiones- que ha sido necesario asumir, y que en el caso de Alemania añade el esfuerzo de la unificación postcomunista, para llegar a la situación actual.
Como es lógico, los procesos tienen su trascendencia en la España embelesada todavía por el mito de Europa. Aunque en los dos casos la situación y la resolución son similares, el alemán tiene una mayor profundidad, pues en él se inserta una de las palabras fetiche de la autodenominada izquierda española y de todo independentista que se precie. Nos referimos al término «federal» que caracteriza a la república alemana que, como es sabido, no sólo fue el espejo en el que se miraron los redactores de la actual Constitución española, sino que fue también desde las tierras germanas desde donde fluyeron jugosas cantidades de dinero para fortalecer a la socialdemocracia española, siempre servil con sus verdaderos compañeros de viaje desde el Contubernio de Múnich financiado por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos: los separatistas vascos y catalanes. Fue precisamente en la Baviera de 1962 donde se agitaron las aspiraciones de las llamadas comunidades naturales por parte del colectivo federalcatólico que tomaría el poder tres lustros más tarde, moldeando una España de aspiraciones asimétricas, adoctrinamiento escolar y exaltación de los rasgos más aldeanos de cada región.

Teniendo en cuenta tales circunstancias históricas y los efectos conseguidos en relación a esa unidad que tanto encarecen los togados italianos y alemanes, los dictámenes de estos deberían servir como modelo no sólo para los exégetas del Derecho Constitucional, colectivo dividido de forma maniquea en progresistas y conservadores bajo cuyas faldas se esconden los políticos, sino también para los propios ciudadanos españoles, siempre atenazados por las cadenas del terruño y las señas de identidad que con tanto entusiasmo cultivaron políticos desde Pujol o Fraga, arquitectos de esta España siempre diferente.

El mito de Aznar

La Gaceta, domingo 26 de diciembre de 2016:
http://gaceta.es/ivan-velez/mito-aznar-26122016-0823
El  mito de Aznar

Desencantado con la política seguida por su heredero deíctico, Mariano Rajoy, José María Aznar ha vuelto a protagonizar numerosas portadas, dando de este modo materia de análisis a una profesión fuertemente arraigada en su familia. Al cabo, tanto el padre como el abuelo de quien presidiera España entre 1996 y 2004, se desempeñaron en tareas periodísticas. Aznar regresaba a la más inmediata realidad mediática, logrando lo que muchos, siempre prestos al análisis psicologista, han interpretado como su mayor anhelo: la avidez de notoriedad que si ahora se alcanza con la dimisión como Presidente de Honor del Partido Popular, se consiguió en su día con aquella imagen en la que el madrileño apoyaba sus presidenciales pies en la mesa del emperador George W. Bush durante una reunión del G-8.
La decisión de Aznar sucedió a la emisión por parte de FAES de un análisis en el que los populares aparecen como un partido acomplejado que ha asumido «el relato de sus adversarios» particularmente en lo tocante al desafío independentista puesto en marcha por las sectas hispanófobas que tienen su asiento en las instituciones políticas catalanas y en su enorme red clientelar financiada con dinero público. La gota que habría colmado el vaso de la paciencia de Aznar, acogido, cuando no inspirador, de las tesis del informe de FAES, habría sido la actividad desplegada en Cataluña por la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, a quien, por otra parte, se atribuye la protección de una serie de medios que dibujan con los más siniestros trazos la figura de Aznar al tiempo que predican las bondades taumatúrgicas del diálogo, panacea del adalid de la Alianza de Civilizaciones: José Luis Rodríguez Zapatero.
Empleando tan simplista como maniqueo esquema, muchos son los que han respirado con impostado alivio al conocer el retiro, aparentemente definitivo, de Aznar, que recibiera el calificativo de «asesino» por su adhesión a las iniciativas bélicas de un célebre trío del que formó parte: el de las Azores, cuyos integrantes parecen estar hoy condenados a un ominoso olvido. Un calificativo, el de asesino, que mostraba las vergüenzas analíticas, no exentas de una impúdica exhibición de odio y sectarismo, de quienes así tildaban al Presidente del Gobierno, pues si bien es cierto que toda guerra, por más que se califique como «misión de paz», lleva aparejadas numerosas muertes, quienes las declaran lo hacen como representantes de naciones en lugar de como individualizados sanguinarios que vieran realizados sus deseos más inconfesables al sembrar de cadáveres la tierra bajo la cual se hayan las bolsas petrolíferas.
Sea como fuere, el abandono de Aznar, figura oscura percibida como una suerte de conciencia del pasado que operaba en la sombra del Partido Popular, puede favorecer el ya citado diálogo planteado por los catalanistas con Cataluña y España como interlocutores, en evidente y habitual manipulación de las proporciones, del todo y la parte, en definitiva. Sin embargo, los datos desmienten el mito de un Aznar presentado como a un feroz anticatalanista que habría contribuido a la crisis que, en forma de interminable proceso, venimos padeciendo los españoles a cuenta de las ansias independentistas de un importante sector de la sociedad catalana. Un simple repaso a
la acción de gobierno desarrollada por Aznar en relación con esta comunidad autónoma lo muestran como todo lo contrario de lo que se pretende transmitir ahora.
Fue Aznar y no Rajoy quien permitió que las comunidades autónomas, con el pacto del Majestic sellado con Pujol como trasfondo, pasar del 0% al 35% en la recaudación del IVA. También fue su Gobierno el que propició que el IRPF transferido a las comunidades autónomas ascendiera del 15% al 33%. Es indudable que tales dineros no se han empleado para fortalecer el patriotismo entre los avecindados en Cataluña. Al margen de estas cesiones económicas, fue Aznar quien frenó al Tribunal Constitucional y al Defensor del Pueblo cuando se pusieron en marcha las sanciones lingüísticas que prácticamente han erradicado el español de la cartelería comercial catalana. Si el asunto de los rótulos es importante, qué decir de su inacción a la hora de garantizar contenidos educativos comunes y enseñanza en español en toda la Nación.
Fue también nuestro hombre quien limitó las competencias de la Guardia Civil en favor de unos Mozos de Escuadra que los más aguerridos independentistas ven como garantes de la culminación de la secesión. Difuminados los tricornios del paisaje catalán, Aznar tomó una decisión que encaja mal con la caricatura bélica de la que es objeto, pues no en vano fue él fue quien eliminó el servicio militar obligatorio, decisión pactada con la propia CiU, que de esta manera conseguía que los catalanes no engrosaran las filas de un ejército cuya misión es «garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional».
Ante tales datos, difícilmente puede definirse a Aznar como enemigo implacable de Cataluña. Antes al contrario, y al igual que sucede con Felipe V, el expresidente favoreció enormemente los intereses de determinados colectivos radicados en esa región. Pese a ello, don José María debe cargar con la losa del anticatalanismo, un peso acaso liviano en comparación con el que supone la íntima certeza de saberse parte del principal problema nacional.


jueves, 22 de diciembre de 2016

Crítica de Jesús G. Maestro a "El mito de Cortés"

Lo que queda del día 21-12-2016

Forcadell. Farsa de un martirologio

La Gaceta. Domingo 18 de diciembre de 2016:
http://gaceta.es/ivan-velez/forcadell-farsa-martirologio-19122016-0724
Forcadell. Farsa de un martirologio

Horas después de que Carme Forcadell declarara ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, apareció en TV3, principal altavoz del independentismo catalán, un dibujo en el cual se veía a la presidenta del parlamento regional catalán envuelta en una bandera estelada, con una corona de espinas ciñendo sus sienes, de las que brotaban, cuatribarrados, hilos de su sangre catalana. La imagen ha llamado la atención por sugerir una suerte de martirologio, el pretendidamente sufrido por la tarraconense, quien se expone a una simple inhabilitación por haber permitido actos prohibidos en la institución que con indisimulada deslealtad a la Nación española, preside.
La mañana del viernes 16 de diciembre había comenzado con la medida puesta en escena callejera habitual cuyos objetivos son al menos dos: el puramente propagandístico, que busca dar la mayor visibilidad posible al movimiento secesionista, empleando para ello recursos y métodos cinematográficos; y, otro de carácter más cortoplacista y práctico, la coacción a los jueces. Así las cosas, la lenta procesión hacia el tribunal que los más arriscados catalanistas perciben como un aggiornado Gólgota, tuvo los componentes y protagonistas habituales de estas escenificaciones que los medios recogen al detalle acogidos al sacrosanto deber de informar. Rodeados por una turba de afines pertrechados de banderas astrales, la azul virginal de la Unión Europea y la que aúna a los sediciosos, pudo verse a los más conspicuos representantes de las diferentes sectas catalanistas, incluido Franco. Franco Rabell, se entiende. No faltaron, alzadas, las varas de mando de algunos ediles catalanes. Al cabo, el factor rural y costumbrista tiene un decisivo peso en un movimiento firmemente vinculado al terruño, a la tierra, cultivada o culta, metáfora en la que se inspira el Mito de la Cultura bajo cuyo patrón se pretenden delimitar las nuevas naciones de la Europa de los pueblos heredera del racismo eclipsado tras la caída de la Alemania nazi.
Minutos después de su entrada en el Tribunal, apenas media hora en la que la Forcadell sólo respondió a las preguntas de su abogado, esta abandonaba el edificio para seguir con fidelidad el guión cuidadosamente redactado. Era el momento de buscar de nuevo la colaboración de los habituales y subvencionados voceros. Así, de entre las soflamas pronunciadas, podemos destacar esta: «No se puede perseguir por la vía penal el debate de las ideas», afirmación que vino acompañada de la habitual acusación: la española no es una verdadera democracia. Se alcanzaba de este modo el clímax de la ceremonia que dejaba en el aire las grandilocuentes palabras salidas del enjuto cuerpo de quien presidiera un colectivo que se arroga la representación de la sociedad civil catalana, la Asamblea Nacional Catalana, autodefinida como «popular, unitaria, plural y democrática que tiene por objetivo recuperar (sic) la independencia política de Cataluña».
Las palabras de nuestra compatriota Forcadell, burdo y lacrimógeno subproducto del catalanismo, muestran una vez más hasta qué niveles de refinamiento han llegado los ideólogos que nutren su tramposo discurso, los fabricantes profesionales de la basura ideológica que con tanto deleite manejan los elegidos para guiar a la fanatizada grey que consume el pasto hispanófobo convenientemente administrado desde multitud de instituciones y expendedurías varias. Sencillamente, porque, en el caso que nos ocupa, tratar de tergiversar de un modo tan victimista la acusación por la que ha debido comparecer ante los jueces tratando de hacerla pasar como una censura del debate de las ideas, es simplemente una exhibición de desfachatez que nos recuerda a las palabras del diputado español Francesc Homs, mentando los tanques y los matones al tiempo que anunciaba, en flagrante petición de principio, la celebración de un referéndum que presupone lo que se trata de alcanzar: la soberanía de Cataluña.
Este y no otro, debiera ser el debate al que tendrían que dedicarse, si sus entendederas todavía lo permiten, tanto Forcadell como Homs, embrutecidos después de tantos años expuestos al discurso sedicioso fabricado en Cataluña. Manufactura que comenzó a producirse desde inicios de los años 60, cuando recobró impulso, primero en los debates que tanto encarecen, y después en las instituciones y escuelas, auténtico laboratorio ideológico que moldea la formación de las nuevas oleadas catalanistas, como bien se ha podido comprobar recientemente tras la difusión del vídeo escolar de Cambrils.
El espectáculo, naturalmente, continuará, pues no en vano su desarrollo viene garantizado por el Gobierno, por los sucesivos Gobiernos ocupantes de La Moncloa, configurados por colectivos profesionalizados de políticos que deben su presente y futuro a los escaños desde los que mercadean con la Nación. La obra continuará, pues ni siquiera en tiempos en los que vuelve a hablarse de reforma constitucional nadie parece dispuesto a bajar el telón que cancelaría definitivamente esta representación: el de la ilegalización de los partidos que programáticamente propugnan la destrucción de España.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Cortés y el indigenismo

La Gaceta, domingo 5 de diciembre de 2016: http://gaceta.es/ivan-velez/cortes-indigenismo-05122016-0907
Cortés  el indigenismo

En 1864, el aristócrata mexicano Francisco Javier Pimentel publicó su Memoria sobre las causas que han originado la situacion actual de la raza indígena de México, y medios de Remediarla, obra en la defiende a indios y mestizos. Consideraba Pimentel que el catolicismo no había calado hondo en los naturales, interpretación diferente a la de los primeros religiosos allí llegados, que vieron en los indígenas a una suerte de cristianos envilecidos por el pecado, hombres, al cabo, confundidos por las parodias que de las obras de Dios hacía el Demonio. Pimentel abogaba por el integracionismo según una fórmula que espantará a los relativistas culturales de hogaño: «que los indios olviden sus costumbres y hasta su idioma mismo, si fuera posible. Sólo de ese modo perderán sus preocupaciones y formarán con los blancos una masa homogénea, una nación verdadera». Para realizar tal tarea, señalaba a la Iglesia como factor decisivo.
Siglo y medio después, la propuesta pimenteliana choca frontalmente con la segunda acepción que da la Real Academia del vocablo indigenismo: «Doctrina y partido que propugna reivindicaciones políticas, sociales y económicas para los indios y mestizos en las repúblicas iberoamericanas». Tan trascendental controversia nos remite a un personaje cuya acción abrió la posibilidad de la oposición entre integracionismo e indigenismo: Hernán Cortés, conquistador del imperio mexica, «Babilonia, república de confusión y mal», convertida tras su paso en «otra Jerusalén, madre de provincias y de reinos», al decir de Juan de Torquemada.
Desaparecido del espacio público mexicano, blanco de las iras de los indigenistas de ambos lados del Atlántico, Cortés, que irrumpió en el continente hace casi quinientos años, llevó a cabo un integracionismo que se manifestó por diferentes vías.
Una de las principales es la que va ligada al catolicismo. El de Medellín que, al igual que hiciera el cura Hidalgo en 1810, actuó bajo un estandarte cristiano, llevó a cabo una metodología evangelizadora que podemos caracterizar como descendente en lo relativo a la escala social. Los personajes principales fueron los primeros en recibir las aguas, seguidos por los más humildes, método a veces transformado en una suerte de aspersión que los clérigos que le acompañaban criticaron. En coherencia con este proceder hay que insertar el bautismo de los cuatro caciques tlaxcaltecas, que trocaron sus nombres por los de don Lorenzo, don Vicente, don Bartolomé y don Gonzalo. También cambió su nombre una mujer crucial en la acción cortesiana, la esclava de Malinalli o Malintzin, regalada al español junto a una veintena de mujeres tras la batalla de Centla. Tras su bautismo, se convertirá en doña Marina, lengua, consejera y amante del conquistador.
Paralelamente a los bautismos y a las exhortaciones a la conversión, de las que fue objeto el propio Moctezuma, Cortés actuó como iconoclasta al destruir –«el marqués saltaba sobrenatural, y se abalanzaba tomando la barra por en medio a dar en lo más alto de los ojos del ídolo», nos cuenta Bernal- la figura de Huitzilopochtli que presidía el Templo Mayor, actos que se vieron acompañados por la construcción de iglesias, monasterios e incluso hospitales, que, dado el concepto de medicina que se manejaba, tenían un profundo aroma religioso. Asediada por las iglesias evangélicas norteamericanas, bien haría la Iglesia mexicana en revisar su relación con Cortés, cuyos restos descansan tras una humilde lápida en un céntrico templo por él fundado.
Ser español en la época a la que nos estamos refiriendo exigía no sólo la pertenencia al orbe católico que adjetivaba a los reyes hispanos. Era también necesario sujetarse a la obediencia imperial. Cortés también introdujo en esta esfera a las diferentes naciones étnicas con las que entró en contacto. La conquista no puede explicarse sin la participación de los de Tlaxcala, víctimas de la opresión de los mexicas que vieron en el español a un libertador, razón por la cual engrosaron su exigua hueste y combatieron con fiereza, a veces vengativa y antropófaga, contra sus igualmente indígenas enemigos. La participación de estos primeros cristianos indígenas, los tlaxcaltecas, fue premiada desde la Península con la obtención en 1563 del título de Leal Ciudad para la ciudad de Tlaxcala, que recibió un escudo de armas, premio que lograron tras enviar varias embajadas al Emperador. Finalmente, la definitiva integración política del Anahuac se produjo con la cristalización del Virreinato de Nueva España, que reprodujo las instituciones imperiales españolas y convirtió a los naturales en súbditos del emperador introduciendo «policía», es decir, un orden civilizatorio del que se maravilló Humboltd. Es en tal Virreinato, y no en el México precortesiano, en el que se sientan las bases de los actuales Estados Unidos Mexicanos.
Por último, queda un aspecto fundamental en lo relativo a las relaciones entre españoles y naturales: el mestizaje que se produjo tras la llegada de los primeros. Cortés es también protagonista en este aspecto al tener un hijo, siempre querido, con doña Marina. La vía biológica, la de la generación de hombres es, sin duda, un anticipo de lo que ocurriría tres siglos después a escala política. Plenamente civilizadas, las sociedades con las que trabó contacto Cortés, pudieron emanciparse de su madre España. Dos siglos después del inicio de constitución de las naciones políticas hispanoamericanas, una legión de antropólogos, propagandistas y mercenarios, intoxicados de leyenda negra, trabajan para mantener encapsulados en la barbarie a los restos de aquel complejo mosaico en el que Cortés, quien deseó siempre regresar a aquellas tierras, introdujo el orden hispano.

Ante la muerte de Fidel Castro

Ante la muerte de Fidel Castro

Bajo los retratos de los masónicos padres de la nación cubana, frente a las cámaras de la televisión pública, Raúl Castro dio a conocer la noticia del fallecimiento de su hermano Fidel. Se extinguía de este modo la vida de quien prestara el apellido a un movimiento revolucionario que alcanza seis décadas caracterizado por fuertes personalidades y abundancia de mitos.
El hombre que en la madrugada del viernes expiró en La Habana se constituiría como icónico personaje en un contexto muy concreto: el de la Guerra Fría que marcó la segunda mitad del siglo XX. Bajo el nuclear equilibrio marcado por los dos bloques separados por el Telón de Acero, la Cuba de la que los barbudos expulsaron a Fulgencio Batista, pronto se decantaría por el encabezado por la Unión Soviética. En efecto, tras un par de intentos, una docena de barbudos alcanzaría el poder de la isla. Junto a Fidel sobresalía la figura de Ernesto Ché Guevara, muerto posteriormente en Bolivia mientras trataba de mantener viva la llama de la revolución. En la órbita soviética, encontró Cuba la posibilidad de sacar adelante algunos de sus planes al contar con la asistencia técnica que desde Moscú se prestaba a cambio de tener una plataforma desde la cual mantener la tensión con Washington. La crisis de los misiles de 1962 supuso el momento de mayor tensión en la carrera armamentística posterior a la II Guerra Mundial.
La triunfante revolución todavía ilusionaba a un pueblo cubano que aún hoy disfruta de algunos incuestionables logros que distinguen a la isla de muchos de sus países vecinos. Cuba, hundida económicamente, todavía puede exhibir un alto nivel de alfabetización y unas exiguas cifras mortalidad infantil, rasgo este compartido con España, que debemos relacionar con la larga tradición médica que ha distinguido históricamente nuestra patria.
Sin embargo, la maniquea línea trazada por el Telón comenzaría a desdibujarse en la década de los 80, cuyo final se precipitó por el hundimiento de la Unión Soviética, golpe del que la Cuba castrista no pudo recuperarse. La caída del comunismo implantado allende los Urales dejaba a Cuba sin referencias geopolíticas casi al mismo tiempo que la España que en 1959 había aprobado el Plan de Estabilización, se integraba en la Unión Europea tras transformarse en una coronada democracia de mercado.
Con la muerte de Fidel desparece una figura esencial de aquel tiempo, el modelo de unos mandatarios hispanos que se aferran al llamado Socialismo del Siglo XXI alimentado de petróleo y coca. Mirándose en el espejo de Castro, los gobernantes que mantienen su fe en tan viscosa ideología contemplan el empobrecimiento de sus países entre lamentos negrolegendarios y victimismo antiyanqui. En el Malecón, pícaros y mecaniqueros, tan diferentes al hombre politécnico que nunca llegó, aguardan su momento.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

"El mito de Cortés" en Cima&Holzenthal Magazine

Venezuela, paraíso de politólogos

Artículo publicado en el Blog "España Defendida" el 20 de noviembre de 2016 en La Gaceta:
Venezuela, paraíso de politólogos

Durante el verano de 1961Enrique Tierno Galván (1918-1986) es invitado a la Universidad de Princeton. Desde ese año hasta 1978, el Viejo Profesor dirigió, dentro de la editorial Tecnos, la Colección Estructura y Función, que en los años de la Guerra Fría nutrió al público de lengua española con traducciones de obras de lógica y filosofía de la ciencia de corte neopositivista y analítico, así como de ensayos de sociología y politología atlantista.
Ese mismo año, la revista comunista Nuestras Ideas, editada en Bruselas, le dedica en su número de julio un artículo, «Sociología de la Decadencia», firmado por Antonio Paz, en el que se realiza una ácida crítica del autor de Introducción a la Sociología, don Enrique, por su pretensión de reducirlo todo a categorías lógicas. Críticas de las que extractamos este párrafo:
«Para Tierno Galván lo que diferencia a un obrero de su patrono, no es el lugar que uno y otro ocupan, en las relaciones de producción, sino que el primero, tiene resentimiento y el segundo no. En resumen, las clases sociales no existen sino sólo fenómenos psicológicos.»
Lustros después, tal y como recordaba Ignacio Gracia Noriega (1945-2016), Tierno, «maestro de la perogrullada» al decir de don Ignacio, cual castizo Zaratustra, todavía seguía buscando a un obrero con el que poder dar una pátina mínimamente proletaria a su Partido Socialista Popular, configurado en gran medida por gentes provenientes del mundo académico.
El demoledor artículo de Nuestras Ideas, venía, no obstante, firmado bajo pseudónimo. Embozado tras la firma de Antonio Paz, el verdadero autor del texto era Juan Carlos Rey, nacido en San Sebastián en 1936, y emigrado a Venezuela, donde reside, desplegando una más que apreciable actividad. Rey había recalado en Venezuela siguiendo la estela de su familia, de simpatías franquistas, tras terminar el bachillerato en Madrid. En el país hispanoamericano desarrolló Rey su brillante carrera académica, cimentada en sus estudios de Derecho, durante los cuales ingresó en el Instituto de Estudios Políticos como Auxiliar Investigación dos años antes de publicar el artículo aludido. La vinculación de Rey con tal instituto se prolongó hasta su jubilación en 1985. Graduado en 1960, visitó París entre 1960 y 1962, desde donde viajó a España en diferentes ocasiones. Es en ese contexto en el que entra en contacto con Federico Sánchez -Jorge Semprún- y Fernando Claudín, director de la revista. La relación con la ideología marxista se había producido en la Universidad Central de Venezuela, donde,  pese a no militar en formaciones políticas o estudiantiles, frecuentó a un grupo de jóvenes estudiante universitarios españoles antifranquistas, algunos de los cuales pertenecían al Partido Comunista de España en Caracas, o a la ASU (Asociación Socialista Universitaria).
El Instituto de Estudios Políticos en el que arrancan estas actividades de Juan Carlos Rey, fue un lejano proyecto que nos remite a la Asamblea General de Falange celebrada en Salamanca en febrero de 1937 dentro de un amplio proyecto que también atendía a aspectos propagandísticos. Tal Instituto cristalizó en España en septiembre de 1939, y sería el modelo de su réplica venezolana, dirigida por el germanizado y combatiente en el ejército de la República, en el que alcanzó el grado de capitán del Alto Estado Mayor, Manuel García-Pelayo (1909-1991), quien décadas después fue designado como primer Presidente del Tribunal Constitucional español. Formado al lado de García-Pelayo, Juan Carlos Rey le sustituyó en la presidencia de tal Instituto.
Si la crítica a Tierno es interesante, no menos lo será otro artículo, «Venezuela y Cuba: dos perspectivas», aparecido en el undécimo número de Nuestras Ideas, correspondiente al mes de abril de 1961. El pseudónimo empleado esta vez fue Carlos Martínez, y tal argucia se entiende al observar las críticas vertidas por Rey sobre la Venezuela en la que estaba instalado, al margen del paréntesis europeo. El texto muestra la decepción respecto de Venezuela y la ilusión que le produce la reciente revolución cubana. Rey observa Venezuela bajo el prisma marxista, apostando por la transformación de la democracia burguesa en una democracia proletaria. El artículo, que lamenta que entre 1811 y 1961, Venezuela haya conocido 26 constituciones, destila un profundo antiamericanismo, y lamenta proyectos fallidos como el encabezado por Haya de la Torre (1895-1979) y el APRA en Perú. Para Juan Carlos Rey, hay algo que lastra el desarrollo de Hispanoamérica: el fatalismo yanqui, marcado por un potente intervencionismo colonialista de la potencia norteamericana.

Las líneas académicas trazadas por García-Pelayo y Rey vendrían a desdibujarse a finales del convulso siglo XX, cuando emergió la figura del comandante Hugo Chávez Frías (1954-2013), quien, como sus predecesores, contó con asesoría española, la de los aduladores y sentimentales profesores que aprovecharon la estela de la Fundación CEPS para desembarcar en Sudamérica. Los bien remunerados asesores españoles encontraron de este modo un terreno propicio para pasar del plano teórico a uno más real y prosaico, el que sirvió para tratar de implantar el así llamado Socialismo del siglo XXI. De regreso de tal viaje, con la lección propagandística bien aprendida, los antaño asesores, hogaño profesionales de la política, queman sus vidas en defensa de «la gente», es decir, de sus votantes.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Buero centenario. Historia de una dimisión

Artículo publicado el 13 de noviembre de 2016 en el blog "España Defendida" de La Gaceta:
Buero centenario. Historia de una dimisión

"Lamentábase recientemente Victoria Rodríguez, viuda de Antonio Buero Vallejo (1916-2000), de que coincidiendo con el centenario del nacimiento de su marido no haya dinero para subir a las tablas una obra del dramaturgo alcarreño. El centenario, empero, ha sido conmemorado por la Biblioteca Nacional, que le ha dedicado una modesta exposición, Del dibujo a la palabra, en su Sala Mínima, a la que se han sumado una serie de actos en la SGAE, Sociedad a la que Buero perteneció desde 1949, diez años después de que terminara la Guerra Civil en la que nuestro hombre, encuadrado en el bando republicano, estuvo a las órdenes del comandante médico húngaro Goryan. Buero, dotado para las artes plásticas, se desempeñó como ilustrador de La Voz de la Sanidad de la XV División. En ese sanitario contexto conocerá a Miguel Hernández, de quien realizó un famoso retrato.
            Terminada la guerra, tras su paso por un campo de concentración en Castellón, será conducido a Madrid, donde es condenado a muerte. No ejecutada la sentencia, Buero pasó por diversas cárceles hasta alcanzar la libertad. Orillada su faceta pictórica, el de Guadalajara se volcará en otra de sus pasiones: la dramaturgia. Pronto llegarán los premios: El Lope de Vega, convocado por el Ayuntamiento de Madrid, en 1949, por Historia de una escalera, o el Nacional de Teatro en 1956 y 1957. Atesorando un gran prestigio en el mundo de la escena, Buero llamaría la atención de un importante proyecto: el impulsado por el Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC), que no en vano tenía como agente liberado en España a otro hombre de las tablas: Pablo Martí Zaro, que en 1951 obtuvo el Premio Nacional Calderón de la Barca, y que pronto contactaría con Dionisio Ridruejo. Retomaremos esos asuntos más abajo…
            La prensa ha recordado en estas fechas la vinculación que existió entre Buero y Orson Welles, sustanciada en la elaboración de una adaptación a nuestro idioma del guión que el norteamericano, apoyado en Shakespeare, había preparado para la película Campanadas a medianoche. El productor Emiliano Piedra (1931–1991) fue quien hizo el encargo, ofreciendo a cambio 200.000 pesetas y la aparición de Buero en los títulos de crédito, circunstancia, esta última, que este rechazó por las muchas modificaciones introducidas por Piedra en su trabajo. El rodaje en España comenzó, no obstante, el 14 de octubre de 1964.
            Los vínculos norteamericanos de Buero habían comenzado antes. En mayo de 1961, junto a personalidades como AldecoaLilí Álvarez o Luis Díez del Corral, es invitado a participar en «Soluciones occidentales a problemas de nuestro tiempo», organizado por la Asociación Española de Cooperación Europea, organismo que serviría para canalizar diversas iniciativas culturales financiadas por la CIA en España, particularmente las de la Comisión española del CLC, en cuya nómina estaba Martí Zaro, beneficiario en 1958 de una beca de la misma Fundación March que había premiado a Buero en 1956 por su Hoy es fiesta.
            Desembarcada en España tal Comisión, que en 1966 entregó 2.500 pesetas por un trabajo titulado Realismo y realidad en la literatura contemporánea, a Julián Marías y al mismo Guillermo de Torre (1900-1971), cuñado de Borges, cuyas cartas con Buero son expuestas en la exposición de la Biblioteca Nacional, don Antonio participaría asiduamente en diversas actividades impulsadas por tal plataforma europeístafederalista y, sobre todo, anticomunista. Buero figurará varias veces como jurado en la concesión del Premio de los Escritores Europeos, galardón auspiciado por esta plataforma, e incluso formará parte, junto a CelaMenéndez PidalPemán, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Pedro Laín Entralgo, Julián Marías, Lafuente Ferrari, Chueca Goitia, José Antonio Maravall, Aranguren, y otros, del intento de recuperar el Pen Club Español. Buero se integrará incluso en el consejo asesor de la editorial Seminarios y Ediciones.
            La quiebra de la dolarizada trama político-literaria llegaría una vez que la propia prensa norteamericana, el New York Times, principalmente, destapó la desagradable realidad: los dineros que financiaban tan culturales programas venían de la célebre Central de Inteligencia. Las fundaciones que lo distribuían no eran sino burdas tapaderas… Conocedores de tal circunstancia, los principales integrantes de la Comisión española: Laín, Ridruejo, Chueca, Manet y Martí Zaro, se reúnen para tejer una estrategia. Un año más tarde, el 30 de junio de 1967, el colectivo escribirá una carta que mostraba estupor, pero dejaba la puerta abierta a continuar con tan jugosas actividades.

             Tan sólo un miembro de la Comisión dimitió. Su nombre: Antonio Buero Vallejo. El 15 de abril de 1967, Martí Zaro escribe a Roselyne Chenu para comunicarle que, a pesar de los esfuerzos realizados para que reconsiderara su situación, «Buero Vallejo a été la seule exception, comme vous le savez». El sustituto no tardaría en aparecer. Su nombre: Carlos Santamaría Ansa, hombre que recién había dejado atrás su etapa como secretario del Movimiento Pacifista Internacional Pax Christi, con sede en la misma París desde la que el poeta Pierre Emmanuel dirigía la Comisión española de la que Buero hizo mutis.