viernes 17 de febrero de 2012

Contra la visión castellanista del español

Artículo publicado en Altamira. Revista de Estudios Montañeses, Núm. 81, 2011, págs. 307-312.

Contra la visión castellanista del español

En el presente artículo, escrito al hilo del discurso de ingreso en la R.A.E. de la filóloga Inés Fernández-Ordóñez, se pretende reexponer la ya clásica teoría que trata de esclarecer las verdaderas relaciones entre las lenguas castellana y española partiendo desde sus orígenes. Dado que la Montaña ha pertenecido durante siglos al reino de Castilla y que de ella son originarios algunos de los más insignes estudiosos de la lengua española, ofrecemos al lector este trabajo en el que se ponen de relieve los importantes aspectos ideológicos que sobrevuelan asuntos que en primera instancia pudieran parecer puramente filológicos.

***

El pasado 13 de febrero, la Catedrática de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid, especialista en dialectología rural y literatura medieval y encargada desde 1990 del Corpus Oral y Sonoro del Español Rural, Inés Fernández-Ordóñez Hernández, tomó posesión del sillón P de la Real Academia, antes ocupada por el poeta ovetense Ángel González. El título del discurso de ingreso fue: La lengua de Castilla y la formación del español.



El trabajo de Inés Fernández-Ordóñez, pese a mostrar ciertas discrepancias, sigue diversas líneas trazadas por Ramón Menéndez Pidal, no en vano, la filóloga es discípula de Diego Catalán, nieto del célebre filólogo.
La principal tesis defendida por Menéndez Pidal, consiste en señalar el papel preponderante del castellano en la formación del español. Para el gran estudioso del Cantar del Mío Cid, el español se constituye con el castellano como fuente primordial, al tiempo que consiste en una evolución de los dialectos castellano, asturleonés y navarroaragonés. Estas son las ideas plasmadas en la obra Orígenes del español (1926). Las tesis de Menéndez Pidal se apoyan, en gran medida, en materiales literarios que, según su parecer, tendrán una raíz popular. Con estos argumentos, surge su célebre teoría de la cuña invertida o «cuña castellana» que, con vértice en Cantabria, se fue ensanchando hacia el sur con un desarrollo endogámico de la lengua.
A Menéndez Pidal debemos también la puesta en marcha del Centro de Estudios Históricos y el proyecto del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica, confeccionado a partir de encuestas de campo que sólo excluyeron las zonas de habla vasca, y a cuya dirección estuvo Tomás Navarro Tomás, al frente de un equipo de seis dialectólogos que trabajaron entre los años 1931 y 1936. El trabajo se articula en torno a encuestas de 828 preguntas que indagan en cuestiones fonéticas, morfológicas, sintácticas, léxicas y etnográficas. Tras el parón de la Guerra Civil, en 1947 se completan algunos territorios de Asturias y Cataluña. Finalmente, en 1952 se estudió el Rosellón y posteriormente Portugal.
Fue la Guerra Civil la que envió al exilio a Navarro Tomás, que se llevó los materiales a Estados Unidos, documentación que regresó a España para ser publicada en diez volúmenes, de los que sólo vio la luz el primero de ellos en 1962. Tras estos avatares, gran parte del material se perdió, aflorando en 2001 gracias al profesor canadiense David Heap, cuya labor fue apoyada a partir de 2008 por el CSIC con la intención de permitir el acceso a estos valiosos estudios a través de Internet, proyecto en el que ha colaborado la propia Inés Fernández-Ordóñez.
Pero regresemos a la sede de la RAE. El discurso de doña Inés, de menendezpidalista, plantea algunas objeciones. Sobre todo, el uso que Menéndez Pidal hizo de la literatura castellana, no contrastada con las periféricas, lo que propició cierto ensimismamiento. El sabio gallego, al sumergirse en la dicha literatura, cerró el paso a influencias externas, dejando de lado otros materiales escritos, aquellos que no son literatura pero que tienen una influencia cierta en la evolución de un idioma, máxime si tenemos en cuenta que en el período estudiado, el grueso de la población era analfabeto, razón por la cual entre la lengua hablada y la escrita, existirán diferencias. En descargo de Menéndez Pidal hemos de señalar la imposibilidad que éste tuvo de acceder a la información y los métodos de que hoy se disponen, algunos de los cuales, sin embargo, le deben su paternidad como el propio Atlas. En efecto, el ALPI, recibe su impulso, tomando como modelos los estudios llevados a cabo en Francia a principios de siglo, y otros que se estaban realizando en Europa, lo que da cuenta de hasta qué punto don Ramón estaba a la altura de los tiempos.
Los resultados de tan vastos estudios, sirven para confeccionar mapas geolingüísticos. Una cartografía elaborada a partir de unas líneas llamadas isoglosas que se disponen en una estructura de ejes verticales que distinguen el gallego, las lenguas del centro de la Península, el portugués y el catalán, a las que hemos de añadir otras horizontales que dan cuenta de los avances ligados a la Reconquista, cuyo ritmo dispar, complicará sobremanera el estudio evolutivo de nuestra lengua.
Con los citados mapas como apoyo, Inés Fernández-Ordóñez analiza una variada casuística que recoge la distribución geográfica y la movilidad de diversos términos, significados, diminutivos, terminaciones & c. A la vista de esta documentación, surge una de sus principales conclusiones:
«...quizá sea preferible hablar de variedades españolas y no de variedades castellanas, ya que no lo son de forma excluyente».
Así, el propio castellano, lejos de constituir una totalidad homogénea, también puede clasificarse dividiéndolo entre su forma occidental y la oriental, tesis defendida por Diego Catalán. Los ejemplos para ilustrar tal idea, a la que se puede añadir la de un castellano septentrional y uno meridional, se suceden en la intervención de la nueva académica.
En definitiva, tales variedades del castellano, muestran cómo la lengua es una construcción humana, una institución inserta en un proceso histórico que en España tuvo interesantes particularidades por cuanto la Reconquista llevó aparejados numerosos movimientos poblacionales. Repoblaciones que llevaban consigo particularidades lingüísticas e institucionales –jurídicas, tecnológicas - que se han mantenido en diversas áreas en función de su aislamiento, o que se han visto expandidas –el Descubrimiento de América abriría enormemente estos horizontes dando lugar a lo que Catalán llamó «español atlántico»- conforme se tomaban nuevas tierras.  
Estas continuidades históricas quedan señaladas en el discurso al analizar la evolución de las cartas forales, documentos confeccionados por la capa conjuntiva de los dinámicos reinos hispanos, que forman un género plotiniano que permite rastrear sus antecedentes y posteriores influencias. Por decirlo de otro modo, el Fuero de Cuenca, basado en otros anteriores norteños, es tomado como modelo para la redacción de fueros sureños.
Las conclusiones que hemos ido desgranando, encajan, según nos parece, con la visión que de la España de la época dio Claudio Sánchez-Albornoz. Los españoles, especialmente los castellanos, pequeños propietarios libres agrupados en behetrías, principal fuerza de choque contra el Islam, avanzaron hacia el sur ganando un terreno surcado por innumerables vías por las que se fue tejiendo la lengua española. Comerciantes, soldados, arrieros y pastores, siempre en movimiento, son en gran medida los artífices de este mestizaje que tuvo su correlato ganadero en el siglo XIII, con la fundación de la Mesta.
Persiste, sin embargo, la coexistencia de los vocablos «español» y «castellano» para designar a la lengua hablada por más de 400 millones de individuos, confusión cuyo origen, como señala Fernández-Ordóñez, puede localizarse en la obra de Alfonso X, atribuible, entre otras causas, a la enorme diferencia poblacional existente entre los reinos de Castilla y Aragón, que terminarían de unirse –manteniendo ortogramas políticos convergentes desde mucho antes- con los Reyes Católicos.
Durante el reinado de tan importantes monarcas surgirá una obra crucial para el futuro de la lengua española, por cuanto suponía una sistematización que la ponía en consonancia con la idea de Imperio ejercida desde el mismo reino astur. Nos referimos a la Gramática de la lengua castellana o española de Antonio de Nebrija, publicada en 1492, primer libro en que se estudian las reglas de una lengua europea distinta al latín. Junto a esta obra, dedicada a la lengua del Imperio, podemos situar muchas otras, destacando el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias, publicada en 1611 y que sirvió de referencia, entre otras, al Diccionario de Autoridades de 1726, punto de partida de los subsiguientes diccionarios.
Si esto ocurría en el terreno libresco, no son menos relevantes algunos gestos realizados por las más altas instancias españolas, destacando la respuesta que Carlos V, dio al Obispo Maçon en 1536, tras el discurso pronunciado en Roma por el Emperador ante el Papa León X. Cuando el prelado se le acercó diciéndole que no entendía sus palabras, la respuesta de Carlos V, nacido en Gante y tardío hispanohablante, fue tajante:
«Señor Obispo, entiéndame si quiere; y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente chistiana».
Las conexiones entre lengua y nación histórica, eran ya muy sólidas y excedían tanto el territorio castellano como su nada homogénea lengua. El idioma empleado por Carlos V en tan señalado discurso, era ya una lengua de alcance universal, máxime teniendo en cuenta que en 1522, el vasco Juan Sebastián de Elcano había completado la vuelta al mundo demostrando la esfericidad de la Tierra.
La lengua española constituyó un decisivo aglutinante para el Imperio, contribuyendo a configurar un bloque histórico de escala mundial del que España no es ya, si atendemos al número de hispanohablantes, sino parte de su dintorno. Pese a ello, desde hace más de un siglo, operan en nuestra nación facciones hispanófobas que son conscientes de que atacar al español es atacar a España. En efecto, varias son las regiones españolas que se emplean a fondo para erradicar la lengua de Cervantes de todo aquello que tenga que ver con el mundo oficial y la enseñanza. A esta versión fuerte de unos separatismos intoxicados por el Mito de la Cultura, hemos de añadir una más suave, aquella que, de un modo sibilino, ataca a la lengua española apelando a uno de sus nombres clásicos. Así, a la lengua hablada por los hombres hispanizados, en lugar de español, se le llamará «castellano», dejando la puerta abierta, en España, a la equiparación con lenguas regionales. Con total y acrítica naturalidad, podrán decir tan solemnes y agraviados representantes de las culturas y naciones sojuzgadas por España, que en Castilla se habla castellano de la misma forma que en Galicia se habla gallego como «idioma propio», llegándose, en el uso de este subterfugio que relegaría al castellano a la categoría de lengua regional, a resultar molesto el nombre de las lenguas habladas en Asturias, los bables, cuya conexión con una Asturias protonacional, se establecerá mejor con un bable normalizado que acabará llamándose «asturiano». Y si esto ocurre en la vecina Asturias, qué decir de lo que trata de construirse en la no por casualidad denominada oficialmente Cantabria en vez de La Montaña en relación con el llamado cántabru
En la lucha contra estas ideologías, el trabajo de Inés Fernández-Ordóñez constituye un arsenal de datos que pueden ser empleados para neutralizar tales movimientos, a la vez que sirve como estímulo para ahondar en el modo en que avanzaron y se relacionaron aquellos hombres que construyeron España antes de llevar sus instituciones al Nuevo Mundo.

Iván Vélez Cipriano

lunes 13 de febrero de 2012

Una CELAC sin Iberia

Artículo publicado en Junio7, enero de 2012, págs. 26 y 27:



Una CELAC sin Iberia

El 30 de junio de 1856, Facundo Goñi y López, Encargado de Negocios y Cónsul General de España en Costa Rica y Nicaragua, escribía una carta desde Guatemala en la que informaba de una reunión sostenida a propuesta de los Ministros Plenipotenciarios de México y de Costa Rica en Guatemala: Juan Neponucemo de Pereda y Nazario Toledo. En tan distinguida como discreta tertulia, los ministros americanos le plantearon al diplomático navarro lo que sigue: “… que la invasion cada dia creciente de los Estados Unidos en el territorio ocupado por los pueblos hispano-americanos habrá tomado ya todos los caractéres de una lucha entre las dos razas: que en tal concepto la hispano-americana debía proponerse seriamente y desde luego la cuestion de su futura existencia y adoptar las medidas necesarias para su conservacion y comun defensa.”
Alarmados ante el avance yanqui, en gran medida sostenido por el filibusterismo que aprovechaba la fragmentación política centroamericana, los dos diplomáticos buscaban en la unidad la solución a tales problemas y servían como estímulo a Goñi para establecer en sus reflexiones una distinción entre los estados “hispano-americanos” y los “anglo-americanos”. La palabra “Latinoamérica”, acuñada por el colombiano José María Torres Caicedo, echaba a rodar ese mismo año.
Siglo y medio más tarde, el 23 de febrero de 2010, se constituía, en la mexicana ciudad de Playa del Carmen, la CELAC -Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe-, que ha celebrado en los primeros días de diciembre, y en la venezolana Caracas, su primera cumbre presidencial.
La organización, edificada sobre los restos de proyectos preexistentes, congrega a cerca de 600 millones de habitantes distribuidos en 33 naciones soberanas, alguna de las cuales, si nos regimos por su nombre oficial, parecen contener en su seno otras muchas, tal es el caso del Estado Plurinacional de Bolivia.
Con los idiomas español, portugués y francés como oficiales, tal organización excluye en América a los Estados Unidos, Canadá y la Guayana francesa, es decir, a la anglo-América que distinguía Goñi, y a esa cuña que Francia conserva como pálido destello de su fallido imperio americano del que México guarda buena memoria. Una exclusión que, desbordado el ámbito territorial, obliga a volver la vista sobre España y Portugal.
En efecto, a nadie le es ajeno que sin estas naciones geográficamente europeas, la América actual es incomprensible. Y diremos todavía más, sin España y Portugal, no existiría América, pues la totalización geográfica y la posterior organización política que ahora pretende establecerse, no hubieran podido realizarse “desde dentro”, es decir, desde las fragmentarias perspectivas precolombinas. Las naciones hoy soberanas, no se edificaron, por más que se recurra al manido mito indigenista, sino sobre unos imperios que introdujeron las más importantes instituciones hoy plenamente hispanoamericanas o, si se quiere, iberoamericanas.
La nueva organización, y así lo manifiesta de manera más o menos explícita, pretende sacudirse las tutelas de Estados Unidos y Europa, en una declaración de intenciones que, en su original victimismo, parece inspirada por Eduardo Galeano. Sin embargo, y pese a la inicial declaración de intenciones, el futuro de la CELAC no está escrito en sus estatutos fundacionales, pues América no es, y mucho menos esta América cerrada en las cinco siglas referidas, un proyecto que pueda realizarse de un modo tan homogéneo y armónico como la solemnidad de los eventos realizados pueda sugerir.
En primer lugar porque no se da tal armonía ni siquiera en el seno de la CELAC, como prueban las tensiones fronterizas existentes; y por otro, porque las fronteras con los territorios americanos no adscritos a la CELAC, también muestran indicios de inestabilidad, tal es el caso de la frontera norte mexicana, la que divide el actual México del antiguo Nuevo México hoy gringo.
A ello hemos de añadir la presencia de otros bloques políticos y de terceras potencias –China, el petrolífero Irán- que añaden complejidad al asunto, pues como es sabido, existen acuerdos bilaterales protagonizados por miembros de la CELAC que se entrecruzan e incluso se oponen entre sí. Circunstancias, todas ellas, que cuestionan muy mucho la coherencia de la exclusión ibérica más allá de prejuicios ideológicos negrolegendarios, pues la mayoría de los integrantes de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, España y Portugal, son el resultado de una codeterminación histórica que muy bien puede propiciar el refuerzo de unas relaciones que van mucho más allá del terreno comercial.

Iván Vélez

viernes 3 de febrero de 2012

Hombres del régimen

Artículo publicado el 3 de febrero en Cuenca News:
http://www.cuencanews.es/index.php?option=com_content&view=article&id=16194:hombres-del-regimen&catid=59:entasis&Itemid=658


Hombres del régimen

Hace un par de semanas fallecía Manuel Fraga Iribarne y con su muerte se venía abajo una de las más graves acusaciones que sobre su partido han lanzado lo más rigoristas observantes de la ideología que envuelve la democracia coronada del 78: la conexión, por no decir continuidad, que por medio de la figura de Fraga, se establecía entre el PP y el franquismo, régimen del que la Constitución vigente se habría alejado.
Muerto el general gallego, los españoles, así nos lo recuerdan de tanto en tanto los que se definen de forma imprecisa como «demócratas», «nos dimos un régimen democrático». La afirmación no por repetida carece de solidez, pues más que «los españoles», cabría decir que fueron unos y no otros grupos de españoles los que redactaron  aprobaron el celebrado texto. Es precisamente dentro de un escogido grupo de españoles aludidos, el conformado por los llamados «padres de la Constitución», donde hemos de ubicar al brillante hombre de leyes muerto recientemente.


En definitiva, Fraga, ministro con Franco, es una figura fundamental en este tiempo postfranquista coronado por quien jurara los principios del Movimiento Nacional, circunstancia que obliga a preguntarse por la ruptura efectiva entre estos dos tiempos políticos. En efecto, frente al pretendido corte histórico, se alza uno de los lemas fundamentales de la Transición: «de la ley a la ley», proceso en el cual ha de inscribirse una ley, la de Amnistía hoy fuertemente criticada desde algunos sectores políticos y sociales. Fraga, por tanto, es una figura que ilustra la continuidad entre dos tiempos históricos menos antagónicos de lo que pueda parecer. El ejemplo de su trayectoria da cuenta incluso de las transformaciones que se han dado en España desde la Guerra Civil. Sirva de ejemplo el hecho de que el mismo hombre que en 1968 consideraba «delito defender y exaltar el idioma gallego», es el mismo que, mirándose en el espejo de Pujol, impulsó la inmersión lingüística en Galicia.
Tal capacidad de adaptación explica en parte unos homenajes post mortem a los que se ha adherido la  práctica totalidad de los partidos hegemónicos del actual régimen, los mismos que son incapaces de ver más allá de una crisis económica que encubre otra de mayor calado, y que, en gran medida, explica lo ocurrido en el terreno que abarca desde las macrocifras y la bolsa de la compra. Ninguna formación, salvo las que programáticamente proponen la destrucción de la Nación española propone medidas que vayan dirigidas en el sentido contrario, en el de un fortalecimiento que consideramos imprescindible para iniciar una sólida recuperación.
Finalicemos. Un mes antes de su óbito, el partido fundado por don Manuel recibió por parte de los españoles un grado de confianza que le permite tomar drásticas decisiones sin otras hipotecas que las que le marcan sus propios complejos. No obstante, sin que hasta esta temprana fecha se pueda calibrar el alcance de las reformas que emprenderá Rajoy, cabe dudar de que los hombres del régimen sean capaces de acometer su destrucción o regeneración.

Iván Vélez

martes 31 de enero de 2012

Países Catalanes

El Catoblepas • número 119 • enero 2012 • página 10
«Países Catalanes»
Iván Vélez
Origen y evolución del rótulo




1. Objetivo

En la España de principios del siglo XXI, el proyecto secesionista de mayor escala –una superficie de 69.823 km2 en términos territoriales– que amenaza la unidad de la Nación Española, es el que propugna la escisión de los llamados «Países Catalanes», pretendida estructura política que comprendería la totalidad de Cataluña, la Comunidad Valenciana y las Islas Baleares, así como parte de Aragón y de Murcia. Las ambiciones de los impulsores de unos tales «Países» no se detienen en las fronteras españolas, pues, atendiendo oportunamente a cuestiones lingüísticas e históricas, pretenden incorporar Andorra, la ciudad sarda de Alguer y el Rosellón francés.

En el presente trabajo trataremos de indagar el origen y la evolución de esta construcción, empleando para ello las herramientas a nuestro alcance, sin que ello signifique necesariamente la finalización de una tarea que queda abierta a nuevos hallazgos documentales y a otros colaboradores que pudieran completarla.

2. Un origen religioso

El inicio de nuestras pesquisas, pasa por el análisis del momento en que en España se comienza a usar la voz «país», que nos remite, originariamente, a la nación vecina, Francia, y al vocablo «pays». Una voz gala que ya encontramos en alguna remota documentación española, como es el Fuero de Burgos, del siglo XIII.

«Titulo de vna fazannya Ferran yannes et gunçalo peres de ferran yanes. desoto mayor pelearon con ferrantgonzales de pais et mataronle & prisieron vn su fijo que auya fasta quinze o sezeannos & era sobrinno de ferranyanes fijo de su hermana Y mataron le & sobre la muerte deste moço enbio el Rey mandar prender a ferrant martines & a gunçalo peres & aduxieron los auylla presos & mandolos matar…»{1}

Durante la siguiente centuria hallamos la palabra «pays» en dos obras del diplomático aragonés –circunstancia que nos acerca al indicado origen francés del vocablo– Juan Fernández de Heredia (1310?-1396). En su Grant Crónica de Espanya (1376-1391), leemos:

«Encara pregando a los caualleros que passassen en romeria a Santiague, pregauan que iustassen o que fiziessen qual cosa de caualleria segunt el costumbre de lur pays, et si lo querien fer prestauan les cauallos et armas et iustauan, hideauiendo muchos estrangeros.»{2}

En los siglos posteriores, la voz «país» se incorporó con éxito al léxico español, prueba de ello es su presencia en el Diccionario de Autoridades de 1737.

Pero vayamos al caso. Nuestras investigaciones nos conducen a la obra de Claudio Bernardo de Chasan (16..-1709), Histoire chronologique des papes, des empereurs et des rois: qui ont regné en Europe depuis la naissance de Jesus-Christ jusqu´à present (París, chez Jean de La Caille, rue S. Jacques, à la Prudence. M.DC.LXXXIV, p. 47). Y decimos nos conducen, porque en tal libro leemos esta breve semblanza del papa Bonifacio VIII:

«1294. BONIFACE VIII. Nommé Benoist Cajetan, né des Parens Catalans, lui succeda le 24. Decembre 1294. Il étoit hardi, ambitieux & plein de courage, mais sçavant, adroit, & qui avoit beaucoup d´esprit: il mourut le 11. Octobre de l´an 1303 aprés 8. Ans 9. Mois & 18. jours de Pontificat.»

Como el lector habrá observado, en la cita no aparece la fórmula «Países Catalanes», como tampoco lo hará en las sucesivas ediciones que sin casi variación salieron de las imprentas francesas. Sin embargo, será precisamente una de esas ediciones la que nos pone en la pista de nuestro rótulo. Concretamente la que estuvo a cargo de Pierre de Bats en 1714, pues, si no nos equivocamos, dicha edición sirvió de base al que consideramos primer uso de la expresión «Países Catalanes», empleada en idioma portugués en una obra que vio la luz en Coimbra. He aquí el párrafo impreso en la oficina de Antonio Simo?s Ferreyra.

«BONIFACIO VIII. antes Benedicto Caetano, filho de Pays Catala?s, lhe succedeu a 24 de Dezembro de 1294. Foy intrepido, sabio, e judicioso. Morreu a 11 de Outubro de 1303. com 8. annos, 9. mezes, e 18. dias de Pontificado.» (Historia Chronologica dos Papas, e reys, que tem reinado na Europa, de Nascimento de Christo até o fim do anno de 1730. Traduzida do idioma Francez, correcta em muytas partes, e em outras accrecentado, especialmente nos Reys do Portugal., Coimbra 1731. Na offic. de Antonio Simo?s Ferreyra, pág. 47).

El giro obrado es muy sutil. De este modo, el Vicario de Cristo, hasta entonces «nacido de padres catalanes», Benedicto Cayetano, pasa a ser «hijo de los Países Catalanes».

La obra, primero francesa y más tarde portuguesa, tendría pronto un reflejo español. En 1760 ya tenemos noticias de una edición madrileña del libro Compendio histórico, geográfico y genealógico de los soberanos de la Europa: descripción de sus cortes, religión y fuerzas, con la série de sus principes, hasta el año de 1760, llevada a cabo por Manuel Trincado, del que sabemos que fue «Presbítero de la Villa de Cintruenigo, en el Reyno de Navarra». En ella, sin embargo, el origen de Bonifacio VIII es literalmente Cataluña:

«Bonifacio VIII, oriundo de Cataluña, sucediò a 24. De Diciembre de 1294. Fuè zeloso, aunque algo intrépido. Añadiò segunda corona a la Tiara. Tuvo dissensiones con los Reyes de Francia sobre derechos en que padeció mucho. Puso Canonigos Seculares en San Juan de Letràn: murió a 11. de Octubre de 1303. Gobernó 8. años, 9. meses y 18. días.» (Compendio histórico, geográfico y genealógico de los soberanos de la Europa: descripción de sus cortes, religión y fuerzas, con la série de sus principes, hasta el año de 1760.Por Manuel Trincado. Madrid: Joachin Ibarra, calle de las Urosas, Año de 1764. Tercera impresión. «Historia Chronologica de los Papas», Santos y Escritores del XII siglo, pág. 97.)

El libro tuvo una amplia difusión, siendo objeto de varias reimpresiones durante los años siguientes. El aumento significativo en el uso de la expresión que andamos trabajando, lo hallaremos en el siglo XIX tanto en España como en Francia y en su área de influencia lingüística. Su uso lo encontramos en una edición realizada en Bélgica, dentro de la novela de Carlos Collinet Deslys (1821-1885), Quentin le forgeron (Tip. & Lith. de J. Nys, Rue du Nord 68, Bruselas 1858, pág. 117):

«…fin n'est plus le même, car c'est dans un patois presque français que ce douanier, revêtu d'un autre uniforme, chante en passant: Fille aux yeux noirs, prends cette orange / Cueillie aux pays catalans, / Ne la coupe, ni ne la mange, / Car mi coeur quit´aime est dedans...»

Un año más tarde, en 1859, la Academia de las Ciencias y las Letras de Montpellier se refiere a ellos en sus publicaciones. Las tesis racialistas elaboradas en los gabinetes franceses de Antropología que tanta influencia tuvo en algunos prohombres –entre los que destaca Pompeyo Gener– del nacionalismo catalán, comienzan a soplar hacia un territorio en el cual tuvieron una cálida acogida:

«Du côté du Nord , le contact de la race celtique avec les pays catalans actuels remonte à une époque moins reculée. En combinant les renseignements que nous fournissent à cetégard les témoignages les plus anciens, on arrive à ce...» (Mémoires de la Section des lettres, Volumen 3, pág. 491.)

El filólogo occitanista francés, Correspondiente en la Real Academia de Historia, y convencido defensor de un federalismo basado en la unión entre naciones étnicas europeas, Carlos de Tourtoulon (1836-1913), la empleará refiriéndose a Raymundo Villanova en relación con las conquistas de Jaime I:

«Il se conduisit avec tant de vaillance qu'il chassa les Maures des pays catalans et fonda des baronnies dans les principales villes» («Les français aux expéditions de Mayorque et de Valencesous, Jacques le Conquérant, roi d´Aragon (1229-1238)», Revue nobiliaire historique et biographique, Novena Serie, Tomo duodécimo, París 1866, pág. 453).

El Barón de Tourtoulon también fue autor de una obra titulada: Etudes sur la maison de Barcelone, Jacme Ier le Conquérant, roi d'Aragon, conte de Barcelone, seigneur de Montpellier d´après les chroniques et des documents inédits (Montpellier 1863) que se tradujo al idioma español. En una de estas traducciones, hallamos las siguientes referencias:

«Bajo este último concepto, dividiremos los Estados de D. Jaime I en cuatro distintos grupos:1.º países de derecho romano: 2.º países catalanes: 3.ºAragon: 4.° reino de Valencia.» (Charles Tourtoulon, barón de, Don Jaime I, el conquistador, rey de Aragón, conde de Barcelona, señor de Montpellier, según las crónicas y documentos inéditos, Volumen 2, J. Domenech, Barcelona 1874, pág. 107). «Los trovadores de la otra parte de los Pirineos tenían en los países catalanes émulos, que cultivaban la poesía provenzal.» (Op. cit., pág. 364).

La adscripción de determinadas tierras a los Países Catalanes, así caracterizados por Tourtoulon, vendrá dada por cuestiones lingüísticas.

Un lustro más tarde, la expresión vendrá incorporada en una obra escrita ya en España, se trata de la Historia del derecho en Cataluña, Mallorca y Valencia. Código de las costumbres de Tortosa, obra del historiador valenciano del Derecho, Bienvenido Oliver y Esteller (1836-1912), en la que el académico de número de la Real Academia de la Historia, incorpora tal construcción. La expresión hará fortuna en el contexto de la Renaixença catalana.

«Examinada desde este punto de vista y con este criterio la legislación de los países catalanes durante el siglo XIII, es como se explica que poblaciones tan importantes como Barcelona, Lérida, Tarragona, Mallorca y aun Valencia pudiesen…» (Aunque publicada en 4 tomos en Madrid entre 1876 y 1881, extraemos la cita de la edición hecha en Tortosa, Impr. de M. Ginesta, 1876, pág. XXII).

El rótulo pasará a obras históricas regionalistas como la Historia de Rivagorza desde su origen hasta nuestros días (1879),del cronista aragonés y ultraconservador foralista, Joaquín Manuel de Moner y de Siscar (1822-1907).

3. El giro político

El giro hacia un sentido plenamente político de los Países Catalanes será ya patente en la siguiente década, siendo uno de sus mayores cultivadores en este terreno el barcelonés José Narciso Roca y Farreras (1834-1891). Roca, tras estudiar Farmacia y doctorarse en Medicina, entrará en contacto con los ambientes republicanos federalistas –compartía tertulia con Narciso Monturiol y Ángel Guimerá– y será un activo colaborador del periódico semanal escrito en catalán: L´Arch de Santa Martí. Periódich polítich defensor dels interessos morals y materials del país. Es en dicha publicación donde hallamos su uso del rótulo que venimos estudiando. En concreto, esto ocurrirá en un artículo titulado «Nostra catedral de Colonia» (L´Arch de Santa Martí, núm. 143, domingo 18 de abril de 1886, págs. 356-358, firmado como J. Narcis Roca). Estableciendo un simbolismo arquitectónico, que deja en un segundo plano el carácter religioso del monumento, Roca hablará de la reconstrucción del Monasterio de Ripoll, contrastándola con la de la catedral alemana que figura en el título, e interpretando tales trabajos como una metáfora de una reconstrucción más ambiciosa, política. He aquí la cita:

«Unió nacional de las provincias catalanas, de tota Catalunya; simpatía de tots los païssos catalans, d´ensá y d´enllá del Ebro, d´ensá y d´enllá dels Pirineus orientals, fraternitat de tots los pobles de la confederació ibérica de l´antigüetat; emancipació nacional, y vida y drets politichs de Catalunya com poble y patria; renaixensa de Catalunya com nacionalitat ó gent: aixó simbolisa la restauració de Ripoll.»


Roca fue un ardoroso defensor de la independencia de Cataluña, ruptura política que dejaba la puerta abierta a una posible federación ibérica –durante algún tiempo fue, por cierto, colaborador del madrileño La República Ibérica–, ideas que fue desgranando en sucesivos artículos entre los que destaca una serie de cuatro publicados bajo el título: «La Nacionalidad Catalana» –adelantándose en dos décadas a la obra del mismo título de Enrique Prat de la Riba– durante ese mismo año de 1886. Con una arcaica ortografía no ajustada a las actuales normas que franquean el paso al Nivel C exigido por numerosas instituciones públicas catalanas, este constructor de lenguaje del que tanto se han servido algunos de los constructores o reconstructores nacionales de Cataluña, fue el pionero en usar en lengua catalana el término «Nacionalismo», tras ensayar la fórmula «patriotismo social».

Sus textos, sin embargo, le produjeron algunos problemas legales. En concreto, por su artículo titulado: «Dos procedimientos para la emancipación», del año 1878, fue acusado de «delito de rebelión por medio de la imprenta». Roca y Farreras no concebía sus planes como un simple combate verbal, pues no descartaba la lucha armada para conseguir sus últimos objetivos políticos. En consecuencia, el año 1886 se dicta un auto de prisión contra él por la publicación de un artículo titulado: «Ni españoles ni franceses», del que reproduciremos este esclarecedor pasaje:

«Ni espanyols, ni francesos súbdits; sinó catalans lliures, autònoms, confederats amb pactes lliures o amb senzills tractats d’aliança. Llibertat i fraternitat, res de vassallatge, ni de subjecció: independència i amistat de germans, tant respecte dels espanyols com dels francesos.»

Por último, añadiremos que Roca fue uno de los 6.000 firmantes de un telegrama de felicitación enviado al líder nacionalista irlandés Carlos Stewart Parnell (1846-1891), con motivo de la concesión del estatuto de autonomía. La respuesta irlandesa no se hizo esperar, cerrándose con un «Dios dé la independencia a la tierra catalana». El mensaje telegráfico, nos trae a la memoria una similar actuación protagonizada por uno de los discípulos aventajados del nacionalismo catalán: Sabino Arana, quien el 25 de mayo de 1902 envía otro telegrama a Teodoro Roosevelt, felicitándole por el reconocimiento de la independencia de Cuba. Como se puede observar, los incipientes movimientos separatistas hispanos, tal y como sigue ocurriendo hoy, ya se miraban en el ejemplo irlandés.

En la última década del XIX, la expresión estaba plenamente asentada, siendo empleada con especial frecuencia en ambientes krausistas. Prueba de ello es sus presencia en la Historia de las instituciones sociales de la España goda: Parte general: Resumen histórico. La sociedad hispano-goda considerada en su conjunto, de Eduardo Pérez Pujol (1830-1894). El jurista, historiador y sociólogo salmantino, la incluye en este párrafo en el que se refiere a la obra del citado Oliver:

«…las ciudades de Cataluña se constituyeron sobre la base del municipio hispano-godo, como lo prueba para Tortosa el profundo libro del Sr. Oliver. Por eso en los países catalanes como en todo el Mediodía de Francia no se interrumpen las tradiciones del Gremio y de la Curia en el gobierno de la ciudad. De otra manera pasaron las cosas en Asturias, Galicia, León y Castilla…»

Al fortalecimiento de la visión unitaria y política de los Países Catalanes, contribuirán historiadores como José Coroleu e Inglada y José Pella y Forgas, quienes ponen el acento en el carácter confederado de la Corona de Aragón mientras hablan abiertamente de la Nación Catalana, que unificaría a las tierras de habla catalana: tres pueblos que son Cataluña en la que se incluyen los condados del Rosellón y la Cerdeña, el Reino de Valencia y el de Mallorca. El carácter ternario de la Nación Catalana descrito por Coroleu y Pella, evoca el poema «El pino de las tres ramas»{3}, de Jacinto Verdaguer.

En gran medida, el testigo de L´Arch de Sant Martí lo recogerá el autodenominado «periódico nacionalista liberal» Catalonia, con una sección fija en la que se recogen aquellas obras, escritas o no en catalán, que interesen a la causa.

El inicio del siglo XX nos remitirá de nuevo a Francia, en particular a la figura del hispanista francés Jorge Nicolás Desdevises du Dezért (1854-1942), quien mantuvo una relación epistolar con Unamuno a la que no hemos tenido acceso. En concreto Desdevises empleará la fórmula en un artículo aparecido en la francesa Revue Bleue y reproducido en la prensa madrileña:

«Los países catalanes no fueron conquistados por Castilla, que actualmente los gobierna; entraron con todos sus privilegios y conservando los derechos de su nacionalidad en la Confederación aragonesa, guardándolos hasta que Carlos V heredó las dos coronas de Aragón y de Castilla. Hasta el siglo XVIII conservaron la plenitud de su independencia administrativa y judicial, y hasta que Felipe V las suprimió, las Cortes estuvieron en posesión de las leyes civiles particulares de su región.» («La cuestión catalana». El Globo, Madrid, sábado 23 de diciembre de 1905, pág. 1.)

En el texto aparece uno de los habituales temas del nacionalismo catalán, la llamada «pérdida de las libertades de Cataluña», que de modo acrítico y anacrónico se esgrime como argumento justificador de las posturas secesionistas. La lengua será una potente herramienta para este proyecto político que ya ha adquirido presencia propia en la prensa. Es en uno de los diarios de la época donde nos encontraremos con un movimiento de apoyo a la lengua catalana en el que participaron numerosas figuras literarias y académicas de la época. En este sentido, la celebración de los Juegos Florales, ocupará un lugar central a la hora de recuperar la lengua catalana. A ellos se sumaron personalidades como Marcelino Menéndez Pelayo, de cuya participación en uno de estos eventos, reproducimos un párrafo en el que se describe la espiritualista intervención del clérigo catalanista Jaime Collell, elogiando a la Virgen de Montserrat y esperando la llegada de Cataluña a una tierra de promisión, delante de don Marcelino, Cambó, Puig y Cadafalch y Prat de la Riba, entre otros:

«Habla de la transformación del movimiento literario en movimiento de alma catalana, que presenta el espíritu vivificador de la razón, no ideas muertas, hermanándose la vitalidad étnica con la unidad de la lengua de los países catalanes.» («Dels Jochs Florals de Barcelona. El cincuentenario de los Juegos Florales.» La Cruz: diario católico, Año VIII, número 1999, Tarragona, martes 5 de mayo de 1908, pág. 2.)

A estas alturas de siglo, el concepto, incluso, adquiere dimensiones geológicas:

«Los países catalanes (El Rosillón y Cataluña) forman parte de un compartimiento de la corteza terrestre cuya osatura es un complejo de antiguos pliegues, de dirección armoricana unos y constituyendo la extremidad oriental de la cadena...» (Boletín de la Sociedad Española de Historia Natural, volúmenes 9-10, Sociedad Española de Historia Natural, Estab. tip. de Fortenet, Madrid 1909, pág. 370).

E incluso lo emplea Rafael Altamira pocos años después:

«En cuanto a los países catalanes, las generalizaciones de los autores respecto de la perpetuación del elemento romanista son (aparte los tres datos concretos ya referidos) demasiado vagas, y las más de las veces se apoyan en documentos...» (Rafael Altamira, Cuestiones de historia del derecho y de legislación comparada, Librería de los sucesores de Hernando, 1914, pág. 120).

La década de los años 20 supuso un auge del catalanismo, al menos en sus inicios. Veamos:

«El alcalde recibió ayer las siguientes visitas: Del cónsul general de Francia en Barcelona, Mr. Filippi y el vicecónsul Mr. Moraud, trasmitiéndole el encargo de Mr. Póincaré de agradecer en nombre del gobierno de la República el generoso donativo del Ayuntamiento de Barcelona, destinando medio millón de francos para contribuir a la reconstrucción del pueblo francés Belloy-en-Santerre. Don Fernando de Segarra y don Fernando Valls y Taberner, de l'Institut d'Estudis Catalans haciéndole entrega de un ejemplar del Anuario publicado recientemente por la sección Histórico arqueológica de dicho Instituto y que comprende los trabajos de Historia y Arqueología e Historia del Derecho y Literatura de los países catalanes y relaciones con los demás países de Europa correspondiente a los años de 1915 al 1920 ambos inclusive.» (La Vanguardia, Barcelona, miércoles 11 de abril de 1923, pág. 7.).

Sin embargo, la Dictadura de Primo de Rivera, apoyada por diversos sectores de dicha sociedad, supuso la decadencia durante un tiempo, de la orientación separatista de la expresión. Ejemplo de ello es este texto que se ciñe a cuestiones arquitectónicas:

«Aquella arquitectura sobria y austera tuvo desde el principio gran difusión en Cataluña, por amoldarse a su carácter, por su mayor semejanza a la forma románica tan extendida en los países catalanes, y por las relaciones íntimas que hubo entre éstos y los del Mediodía de Francia.» (Razón y fe: revista hispano-americana de cultura, volumen 75, números 299-304, José M. March, «Sobre el origen de la arquitectura jesuítica», pág. 221.)

El regreso a unas coordenadas marcadas por lo lingüístico, reaparecerá en una obra de Menéndez Pidal:

«Los límites de la «recuperación» son bastante imprecisos. Su interpretación presenta hoy en día algunas dificultades ¿afectó a toda la Corona de Aragón? ¿a todos los Países Catalanes?» (Ramón Menéndez Pidal, José María Jover Zamora, Historia de España, «La transición del siglo XVII al XVIII. Entre la decadencia y la reconstrucción». Volumen 28, Espasa-Calpe, Madrid 1935, pág. 553.)

Incluso durante los inicios de la dictadura franquista, su empleo se llevará a cabo en trabajos sobre cuestiones histórico-jurídicas como el que sigue, hallado en una nota al pie que va referida a la institución de las veguerías:

«Un estudio preciso de este aspecto de la administración territorial y local de los países catalanes no puede hacerse en estas páginas, mereciendo un trabajo especial que no rehuímos realizar algún día.» (José María Font Ríus, Orígenes del régimen municipal de Cataluña, Instituto Nacional de Estudios Jurídicos, Madrid 1946, pág. 240.)

La expresión, hasta principios de los años 60 del pasado siglo, se circunscribirá a cuestiones culturales, la emplea, por ejemplo, Jaime Vicens Vives en su Historia de España y América (Editorial Vicens-Vives, Barcelona 1957) para referirse a la influencia lombarda en la arquitectura catalana; o jurídicas, como se puede comprobar al consultar la Nueva enciclopedia jurídica (F. Seix, Barcelona 1960) de Carlos-E. Mascareñas y Buenaventura Pellisé Prats.

A principios de la siguiente década será cuando el sesgo político separatista de la expresión recobre su vigor, en gran medida desde zonas periféricas de dichos Países. Es destacable, en este sentido, la influyente obra del valenciano Juan Fustery Ortells (1922-1992), Nosaltres, els valencians. Nosotros, los valencianos, publicada por Edicions 62 en Barcelona el año de1962, en la cual utiliza el ya manido rótulo. Hijo de un tallista religioso de ideología carlista, Fuster, militante de Falange en su juventud, tras renegar de estas doctrinas de las que él mismo se declaró «intoxicado por la Dictadura», y licenciarse en Derecho en Valencia, derivó hacia posturas que definió como liberales, abriéndose paso a la publicación de numerosos artículos en una prensa alejada de su originaria ideología. Por lo que respecta a la obra que nos ocupa, elogiada entre otros por Ernesto Lluch, fue premiada junto con su autor por diversas instituciones catalanas, siendo reeditada una veintena de veces. He aquí la cita que nos interesa traducida al español:

«El recinto regional nos priva de descubrirnos «idénticos» todos los valencianos. Nos agrade o no a unos y a otros, el hecho es que hay dos tipos de "valencianos" imposibles de fundirse en una sola. Por otra parte, esto traba a los valencianos de la zona catalana ir en la dirección que habría de ser y es su único futuro normal: los Países Catalanes, en tanto que comunidad supraregional donde ha de realizarse su plenitud como «pueblo». Ni "unos" como nosotros mismos, ni "unos" con los otros catalanes: este es el balance que impone la "dualidad" valenciana (dentro del apartado Insoluble».

Este nuevo florecimiento del rótulo tendrá su eco en tierras más lejanas. En concreto, la expresión hizo fortuna en algunas atmósferas académicas mexicanas. Prueba de ello, además de los trabajos realizados en los Cuadernos Americanos por Jesús Silva Herzog (1892-1985){4}, es este párrafo extraído de la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México (volumen 24, México DF 1969, pág. 120), de erradas predicciones:

«Siete millones de personas pertenecientes a los Países Catalanes hablan normalmente catalán. Su cultura atraviesa un momento de florecimiento indiscutible (al ritmo actual, pronto, proporcionalmente, se editarán más libros en catalán que en castellano).»

El uso de esta expresión en boca del distinguido político nacionalista revolucionario mexicano, pudo venir dado por su estrecho contacto con los numerosos exiliados españoles que frecuentó.

La Transición española servirá, sobre todo a partir de la fragmentación autonómica, para que el proyecto cobre nuevos impulsos. No obstante, la presencia, negro sobre blanco, de los «Países Catalanes», ya era una constante en determinados ambientes que con facilidad burlaban la censura franquista en el desarrollo de una larvada tarea de organización política y social que ya estuvo preparada en el momento de aprobarse la vigente Constitución de 1978. Ejemplo de todo ello es esta cita de 1976 que recoge acontecimientos de 1974:

«La ponencia de Josep Termes y la discusión que le sigue muestran las posiciones de un grupo de historiadores de los países catalanes ante el hecho nacional. Este coloquio fue celebrado en mayo de 1974. Estos textos han sido publicados en catalán y en edición limitada por el Centro de Estudios Históricos Internacionales y por la Fundació Bofill de Barcelona. Las editoriales consultadas estimaron que no podían ser publicados sin pasar previamente por la censura. Decidieron por tanto hacer una publicación no destinada a la venta que ha circulado entre los estudiantes de historia catalana. ¿Qué importancia política tiene el nacionalismo catalán para el resto del Estado? No queremos «instrumentalizar» –una de las palabras más utilizadas en este debate– el nacionalismo catalán ni ningún otro, pero es evidente que los nacionalismos representan un ataque contra el Estado o al menos contra la actual estructura del Estado español y son por tanto aliados de la clase obrera.» (Fragmento inicial de la nota de la redacción [anarquista] a la edición de un artículo sobre la interpretación del nacionalismo catalán, en Cuadernos de Ruedo Ibérico, segunda época, nº 49-50, enero-abril 1976, pág. 41.)

Consignar el frecuente uso que en las tres últimas décadas se ha hecho de la expresión, es una labor prolija que poco añade a lo anteriormente referido, pues estos últimos treinta años de democracia coronada, aunque no han servido para lograr la consolidación de un proyecto político que trató de sumarse a la fallida «Europa de las regiones», de oscuros orígenes hitlerianos, han asistido a la consolidación y popularización del rótulo. La hispanofobia y los mitos dela Cultura y la Europa sublime, sirven para sostener tales proyectos separatistas amparados por la libertad y tolerancia que otorga a los sediciosos el fundamentalismo democrático que envuelve a amplios sectores de la Nación Española. Contra todos esos mitos se alza la obra de del filósofo español Gustavo Bueno, de quien reproducimos el fragmento con el que cerramos este trabajo.

«Las coaliciones o asociaciones entre «culturas afines», al margen de ser muy puntuales (como Galicia y Portugal, Euskadi sur y norte, países catalanes) se mantienen antes en el terreno folclórico que en cualquier otro –«festivales de nacionalidades celtas», en las que se reúnen durante dos o tres días grupos gallegos, astures, bretones, galeses, bebiendo, danzando y delirando acompañados por sonidos de gaitas (la cornamusa romana), de violines, de contrabajos–; y las que puedan tener un mayor calado, en el terreno estrictamente comercial o industrial, como el «grupo de regiones del Arco Atlántico, que congrega a más de 20 regiones de la llamada fachada atlántica.» (Gustavo Bueno, «Asturias: seis modelos para pensar su identidad», Pensando en Asturias, Fundación San Benito de Alcántara, Oviedo 1998, pág. 203.)

Notas

{1} Real Academia Española, CORDE, Corpus diacrónico del español, Voz «pais».

{2} Real Academia Española, CORDE, Corpus diacrónico del español, Voz «pays».

{3} Agradezco, en este punto, la sugerencia del historiador Jesús Laínz Fernández.

{4} En torno a Silva Herzog, véase el artículo de Ismael Carvallo Robledo, «Homenaje a Jesús Silva Herzog (1892-1985). Con motivo de los 70 años de nacionalización del petróleo en México» (El Catoblepas, núm. 73, marzo 2008, pág. 4).


viernes 27 de enero de 2012

lunes 9 de enero de 2012

IU vs ATC

Artículo publicado en Cuenca News el viernes 6 de enero de 2011
IU vs ATC 

       
Ana Sánchez, coordinadora provincial de IU, ha manifestado, en relación con el Almacén Temporal Centralizado (ATC) que se construirá en Villar de Cañas, que: «el cementerio nuclear es una auténtica ruina y desastre para la provincia de Cuenca», declaración tras la que ha anunciado la presentación de mociones en contra de tal infraestructura en todos aquellos ayuntamientos castellano-manchegos donde tengan representación.
Nada hay, sin embargo, de sorprendente en unas declaraciones ya clásicas en esta coalición que ha llevado al PCE a su práctica desaparición, Memoria Histórica aparte. Casi siempre refractaria a apoyar la industria «pesada», máxime desde su deslumbramiento por el ecologismo, IU se ha mostrado desfavorable al desarrollo de la energía nuclear. Desde sus míticas coordenadas, nada debe perturbar a la Naturaleza en la que acaso el hombre no sea sino un intruso si hacemos caso de las ideas de algunos izquierdistas divagantes que proclaman la vuelta al regazo de la Madre Tierra.
Sin embargo, no es el Mito de la Naturaleza el único que fascina a tan heterogénea formación, pues, como para el resto de sus compañeros de hemiciclo, desde el PP a ETA, el Mito de la Democracia supone una de sus incuestionables referencias. Un mito, que al igual que ocurre con el tema nuclear, tiene un momento tecnológico y otro ideológico.
Ignoramos los conocimientos que en materia atómica atesora Sánchez, mas parece evidente que no anda ayuna de argumentos ideológicos sobre los que cimenta su negativa a la construcción de un ATC que muchos perciben como solución, al menos parcial, para una provincia en gran parte despoblada y carente de industria. Sin que las razones de la fobia a la energía nuclear hayan sido nunca explicadas más allá de la filia a las llamadas «energía limpias», tampoco parece muy resolutivo, dentro de este debate, el recurso a una envoltura democrática procedimental en la que la previsible negativa de los representantes de IU irá acompañada de un vacío argumental. Acaso sea tan solo la disciplina de partido la que levante las manos reprobatorias del cementerio nuclear.
Ello nos lleva a aludir al otro mito, el democrático, originario de la no menos mítica que esclavista Grecia Clásica. Criticada por Platón, pues en virtud de una decisión democrática Sócrates fue condenado a muerte, la democracia, incluso la coronada hoy implantada en España, no puede prescindir de los especialistas, individuos difícilmente coincidentes con aquellos que toman decisiones tan trascendentales para una sociedad como la infraestructura que nos ocupa. Poco parece, importarle tal cuestión a nuestros representantes, quienes, movidos por los automatismos de su ideología, superando imperativos legales o aferrados a los de sesgo ecológico, accionan los resortes tecnológicos de la democracia.

 Iván Vélez

viernes 6 de enero de 2012

Elecciones generales en España

Artículo publicado en el nº correspondiente a diciembre de la revista Junio7:

México y España. Trabajar coordinada y cercanamente

Cuando estas líneas se escriben, han transcurrido escasas diez horas desde que se hicieran públicos los resultados de las Elecciones Generales de España. Como el lector de Junio 7 sabrá, los comicios han sido ganados de manera rotunda, casi aplastante, por el Partido Popular, con el gallego Mariano Rajoy a la cabeza. Su principal opositor, el PSOE que durante la campaña ha escondido a quien ha presidido España desde 2004 hasta la actualidad, ha obtenido su peor resultado desde que a principios de la década de los 80 se convirtiera en el protagonista de la construcción de un modelo, el del Estado de las Autonomías que, unido a la acrítica fascinación por la Unión Europea, se ha mostrado nefasto para España.
Como decíamos, Alfredo Pérez Rubalcaba, el candidato socialdemócrata, tratando de desmarcarse de la catastrófica gestión de Zapatero, en la que él ha tenido tanta influencia, prefirió sacar a escena a un político de gran predicamento en algunos ambientes mexicanos: Felipe González, que, en palabras del filósofo mexicano Ismael Carvallo Robledo, constituye la punta de lanza de los que, apuntando un aura profética, da en llamar transitólogos.
Tal desmarque, sin embargo, no ha impedido que se haya consumado uno de los efectos más perversos de la gestión zapateril. Así es, frente a las dos potencias políticas aludidas, Partido Popular y PSOE, el parlamento se haya llenado de curules en los que se sientan los diversos frentes hispanófobos y separatistas a los que Zapatero, con la banda terrorista ETA a la cabeza, ha fortalecido debido a un proceder que emana de su fundamentalismo democrático y de su percepción de España como concepto “discutido y discutible”, por emplear sus propias palabras.
Sea como fuere, con el país bordeando la bancarrota, a Rajoy le queda una labor titánica para hacer reflotar a la nación, y muchas son las dudas que razonablemente asaltan a aquel que, como quien esto escribe, piensan que el problema no es simplemente mercantil, sino estructural. La organización territorial que con tanta fe como réditos económicos exportan algunos politólogos españoles a determinadas naciones hispanas, supone un grave obstáculo para llevar a cabo tal reanimación.
Pero si estas son cuestiones que a un lector le puedan parecer ajenas, la realidad de las relaciones entre España y México, y en general toda Hispanoamérica –relaciones en muchos casos no de dependencia sino de codeterminación-, es insoslayable. Ya Felipe Calderón, atendiendo a las elementales normas de cortesía, habló vía telefónica con el electo mandatario la misma noche de las Elecciones para, según filtró por twitter, desearle suerte y acordar “trabajar coordinada y cercanamente”, sino porque el aludido influjo europeo, en el que ya recayó Rajoy en su primera manifestación pública, acabará por desvanecerse cuando se demuestre, de una manera más explícita todavía, que tal proyecto esconde la verdadera lucha entre los intereses de un conjunto de naciones a cuya cabeza se sitúan Francia y Alemania.
Quizá sea entonces cuando, girando nuestra mirada, descubramos que un océano, al igual que los 20 años de los que habla el tango, no es nada.

Iván Vélez

domingo 4 de diciembre de 2011

Españolistas mexicanos


Artículo aparecido en las páginas 26 y 27 de la revista Junio 7 correspondiente al mes de noviembre de 2011

Españolistas mexicanos

Como el lector de Junio7 sabe, España lleva más de un siglo padeciendo las amenazas de grupos secesionistas cuya hispanofobia, y otros intereses espurios ligados a diversos colectivos económicos y de poder, busca la fractura de la Nación española, paso imprescindible para la construcción de diminutas naciones irrelevantes en el contexto internacional no sólo por su pequeñez, sino por la renuncia a la herencia hispana, la misma que liga a España con México.
En este contexto político, no es raro contemplar cómo los independentistas periféricos oponen, fingiendo una igualdad de escalas, los términos catalanista o vasquista a uno más general de resonancias negrolegendarias: españolista.
Así pues, todo aquel que defienda la unidad nacional, será tildado de españolista, epíteto casi siempre despectivo, que vendrá a definir posturas habitualmente señaladas como “de derechas”, razón por la cual, algunas facciones separatistas que han dejado atrás sus raíces integristas católicas, verán con aversión al que, no contento con defender la integridad nacional y territorial de España, son además católicos o monárquicos. La situación se complicará sobremanera si se inserta en tan agrio debate el asunto de las culturas. La cultura española, también la hispana, se verán como ajenas a unos proyectos obsesionados con señas de identidad que se alejen al máximo de aquello que nos es común.
Sin embargo, como suele suceder en muchos de los asuntos españoles, las cuestiones acaban agrandándose, desbordando a esta península del sur de Europa. En efecto, en el caso de la palabra españolista, el origen se aleja no sólo del territorio español, sino que también se distancia en el tiempo, siendo así que tiene una antigüedad de casi dos siglos, si nos atenemos a la documentación que este articulista maneja. Una de las primeras referencias del mismo, nos lleva a consultar el número 43 del Registro Oficial del Gobierno de los Estados-Unidos Mexicanos, fechado el jueves 4 de marzo de 1830 y estampado en la Imprenta del Águila de la Ciudad de México. La cita contextual es la que sigue:
«No es posible, dicen esplicarse con mas amargura ni con mayor desprecio de los mexicanos, que lo ha hecho aquí Mr. Poinsset: no puede ocultar sus deseos de venganza, su desprecio por el gobierno, que califica de monarquista, de españolista; y sus anuncios de terribles convulsiones han dado aquí de esa república una idea muy desventajosa».
Nada en este texto nos remite a España, sino a un personaje escrito en la documentación oficial de forma errónea, que respondía al nombre de Joel R. Poinsett, ministro plenipotenciario enviado por los Estados Unidos para tratar de conseguir establecer una serie de acuerdos comerciales tras los que venía incorporado el propósito de implantar el modelo político yanqui. La herramienta para conseguir tales fines fue la constitución de diversas logias masónicas que no sirvieron sino para sembrar cizaña en unos turbulentos años para el México que se acababa de independizar de España, pero que mantenía, como es lógico, un sustrato hispano que ha llegado hasta hoy como núcleo de la forma de ser del mexicano del siglo XXI.
Así pues, y para decepción de aquellos cuyo odio –objetivamente autoodio en virtud de su objetiva pertenencia a España-, manifestado de las formas más inverosímiles, tiene en España, sus símbolos, su nombre y su propia existencia, el blanco de sus acciones, el objetivo queda desviado, pues es evidente que las acusaciones del ministro americano no iban dirigidas a los gachupines, expulsados incluso de México, sino contra grandes áreas y personajes –en especial Lucas Alamán- del México ya independiente que, sin embargo, seguía adscrito en gran medida al Plan de Iguala. Un Plan, que en esencia, era españolista, si entendemos este calificativo como el que designa a unos lazos comunes que hoy siguen existiendo y a la vez distinguiendo lo hispano de lo anglosajón.
El término acusatorio tendrá, por tanto, un viejo origen, y vendrá acompañado de la amargura de ese apóstol de la Doctrina Monroe, del llamado Azote del Continente, cuyas turbias acciones ocultaban un objetivo aún más lesivo para México: la anexión a los Estados Unidos de la hasta entonces mexicana Texas.


Españolistas mexicanos, si nos atenemos a su percepción, expulsaron finalmente al intrigante Ministro. Si la estrategia norteamericana para obtener Texas consistió en ir enviando blancos colonos acompañados de sus esclavos negros –esclavitud abolida por los vecinos del sur-, dos siglos más tarde, con sus espaldas mojadas, los hispanos van poco a poco regresando a lugares cuyos topónimos les son absolutamente familiares.
Iván Vélez