sábado, 23 de junio de 2018

¿Renovar el pacto constitucional?

Artículo publicado el viernes 22 de junio de 2018 en El Mundo:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/06/22/5b2bb7b3e5fdeaee658b45f7.html


¿Renovar el pacto constitucional?

Bien sé a quuantos contradigo…
Francisco de Quevedo

            Menos de una semana después de la toma de posesión de Pedro Sánchez ante el Rey, del cargo de Presidente del Gobierno de España, el federalismo ha regresado al primer plano de la actualidad política. Si en su primera semana como Ministra de Política Territorial y Función Pública, Meritxel Batet, en una intervención ante su partido, el PSC, invocó las virtudes taumatúrgicas el diálogo, y afirmó que era necesaria una reforma constitucional tan urgente como viable, e incluso deseable, con el noble propósito de que Cataluña se sintiera «feliz dentro de España», un conjunto de intelectuales han dado continuidad a esas palabras, mediante el manifiesto titulado Renovar el pacto constitucional.
            El escrito comienza denunciando el «repliegue» de una Estado que ha respondido con «inmovilismo» a los «errores» de los independentistas catalanes, insinuando, en este y en otros pasajes, la existencia de una suerte de teleología política que conduciría indefectiblemente hacia la estructura política que el colectivo abajofirmante propone. Es decir, hacia un modelo federal del cual nada se precisa, pues en cuanto aparece tal fórmula, una pregunta surge automática: ¿cuántos y que nombres tienen los sujetos federables? Una pregunta que requiere de respuesta, pues en el momento de contabilizar los territorios federables, recordemos la experiencia cantonalista, es muy probable que el número de aspirantes superaría todas las expectativas. Muchos de los redactores del manifiesto, cultivadores del mito de la II República, también parecen haber olvidado de que en los ambientes germanizantes en que se redactó su Constitución, se evitó cuidadosamente el modelo federal. La II República se definió como un «Estado integral compatible con la autonomía de los municipios y de las regiones», y se proclamó sobre un territorio que ya había estado reagrupado en función de parámetros eclesiásticos o militares, que prefiguraron, más las primeras que las segundas, las actuales delimitaciones autonómicas. Una geografía que incluso contó con otro orden germanizante, el nazi, cuyo diseño de la cartografía hispana, fechada en 1945, tiene indudables semejanzas con la España que finalmente se configuró con el concurso de marcos alemanes, altas dosis de socialdemocracia incubada durante la Guerra Fría, y falsilla constitucional germánica.
            El manifiesto, huelga decirlo, mira directamente a la Cataluña que aspira, por boca de sus actuales representantes políticos, a la independencia. Por ello causa estupor leer en él afirmaciones tales como que «las reivindicaciones nacionales catalanas, vascas, gallegas o de otros territorios…», no deben entenderse como «una amenaza a la democracia española ni a la unidad del Estado». Cabe, pues, preguntarse, ¿en nombre de qué espiritualismo se puede caracterizar la secesión, como una simple cuestión de anhelos? Sólo una visión sublime, despegada de la tierra, propiedad de todos y no de unos cuantos españoles, por más henchidos de supremacismo que estén, puede ocultar el hecho de que tal secesión supone la expropiación de parte del territorio nacional, incluidos sus recursos, por un conjunto de compatriotas allí asentados.
            El texto gravita una y otra vez sobre las cuestiones identitarias y la búsqueda del acomodo de sus reivindicaciones, sin aclarar si estas identidades existen desde la noche de los tiempos, o son simples subproductos elaborados con materiales etnolingüísticos, cuando no racistas, disueltos en agua bendita. En la España de la inmersión lingüística obligatoria, no deja de sorprender que el manifiesto sostenga que una buena gestión de las tales aspiraciones identitarias «ha de conducir a una España más cohesionada, más tolerante y más estable».
            Tras estas consideraciones de carácter general, el escrito localiza, certero, el origen de todo el problema: la sentencia constitucional 31/2010, que bloqueó la mágica solución alumbrada por Maragall y Rodríguez Zapatero, cuyo paso por las urnas logró el apoyo del 36% de eso que se ha dado en llamar, bajo la actual divisa amarilla, un sol poble. Así presentada la situación, los autores parecen solicitar un gesto de generosidad hacia unas comunidades de las que se acentúa su carácter «histórico», adjetivo que nada añade, a no ser que se busquen legitimidades en el Antiguo Régimen, pues, ¿acaso las revoluciones que transformaron a los súbditos en ciudadanos no se hicieron sobre determinados escombros puramente históricos?
            El manifiesto parece otorgar unas esencias nacionales, en el sentido político, a las tales comunidades históricas que, tan resignadas como generosas, habrían aceptado carecer «de poder constituyente», en aras de un acuerdo de equilibrio, de «un pacto entre personas». El espectro de Rousseau parece desfilar por la pantalla del ordenador, antes de que aparezca la siguiente imagen apocalíptica, aquella que va ligada al poderoso tabú de la recentralización. Izquierdistas confesos, bien que casi siempre indefinidos, muchos de los que han sumado su pluma al remolino de firmas que figura al pie del texto, acaso desconozcan estas líneas escritas por Lenin hace poco más de un siglo en su El Estado y la Revolución:

El federalismo es una derivación de principio de las concepciones pequeñoburguesas del anarquismo. Marx es centralista. […] ¡Sólo quienes se hallen poseídos de la “fe supersticiosa” del filisteo en el Estado pueden confundir la destrucción de la máquina del Estado burgués con la destrucción del centralismo!

            «Todo camina hacia atrás, como si el diseño territorial de 1978 hubiese sido un error que debe ser corregido devolviendo poderes al centro», afirman fatalistas los redactores de un manuscrito bajo cuyas líneas parece operar un determinado final que obliga a corregir los yerros centralizadores. Una corrección que debe evitar –la terminología guerracivilista o abertzale brota, irenista, en este punto- la existencia de vencedores y vencidos. La salida debe ser civilizada, reconocedora de la diversidad y consolidadora de una unión sólo posible bajo una forma federal. Para nuestros conciudadanos, todos los caminos territoriales conducen a Quebec. Allí donde un suponemos que pulcro tribunal, sentenció hace dos décadas que:

La democracia no se agota en la forma en la que se ejerce el gobierno. Al contrario, la democracia mantiene una conexión fundamental con objetivos sustantivos, el más importante de los cuales es el autogobierno. La democracia da cobijo a las identidades culturales y grupales. Dicho de otra manera, el pueblo soberano ejerce su derecho al auto-gobierno a través de la democracia.

            Como colofón a la propuesta renovadora no podía faltar la apelación a otro mito, el de Europa. La impronta orteguiana aparece de nuevo al invocar a una Europa «que podría ofrecer una propuesta constitucional inclusiva que asegurase la concordia y ofreciese estabilidad y seguridad para una generación». Pudorosos, acaso para ocultar sus fuentes, los autores no han incluido la sentencia que don José expelió en su día. España es el problema y Europa la solución, parece clamar un texto tan oportunista que sintoniza perfectamente con lo manifestado por el nuevo Presidente. En efecto, casi al tiempo que se escogían las palabras del texto comentado, don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, en cuya estela se adivinan canonjías, afirmó que Europa, el lugar en el que los catalanistas buscan la internacionalización de su causa secesionista, es «nuestra nueva patria».

En el centenario de Julián Juderías

Artículo publicado el 21 de junio de 2018 en el suplemento Ideas, de Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-06-21/ivan-velez-en-el-centenario-de-julian-juderias-85416/

En el centenario de Julián Juderías

Sus ojos se cerraron el 19 de junio de 1918. Agotado por la bronconeumonía, o gripe española, Julián Juderías y Loyot exhaló su último aliento en su casa de la madrileña calle Preciados. Una suscripción pública, impulsada por el periódico en el que su pluma era asidua, El Debate, y encabezada por Alfonso XIII, sirvió para mejorar las precarias condiciones en que quedaron su madre, viuda e hija. Un siglo después de aquel luctuoso suceso, Juderías, al que dos meses antes de su fallecimiento se le habían abierto las puertas de la Real Academia de Historia, es una figura central en un género historiográfico, el de la leyenda negra, que hoy goza de un inusitado éxito de ventas.
Hijo de un periodista manilense entusiasmado por la Historia de España, y de una madre parisina, don Julián había nacido el 16 de septiembre de 1877 en Madrid. Instruido en la lengua francesa dentro de su ambiente doméstico, el joven, tras convertirse en bachiller, entró en la órbita del Ministerio de Estado, en el que ya trabajaba el padre. Allí se desempeñó como intérprete y traductor de documentos. En este contexto laboral, desde la capital de España, vivió Juderías la Guerra de Cuba, crucial para la acuñación del rótulo, «leyenda negra», con el que hoy se le identifica. En efecto, poco después del final de aquella guerra, marcada por el sensacionalismo periodístico, el 18 de abril de 1899, e invitada por la Sociedad de Conferencias, Emilia Pardo Bazán pronunció en la Universidad de la Sorbona la conferencia titulada, «La España de ayer y la de hoy. (La muerte de una leyenda)». El acto tuvo un gran eco en la prensa nacional de la época, y dio como fruto la publicación del discurso en edición bilingüe. No es descabellado pensar que alguno de los periódicos de aquellos días llegara a manos de nuestro hombre. Por lo que respecta al origen de la expresión, todo parece indicar que «leyenda negra» pudo ser un préstamo que la Condesa tomó del idioma francés que dominaba, y en el cual se desarrolló su intervención parisina. Doña Emilia no era, naturalmente, la primera pluma española que se enfrentaba a la propaganda hispanófoba, sin embargo, fue la primera en usar el rótulo «leyenda negra» en un sentido contrapuesto a lo que denominó «leyenda dorada», que definió como una apoteosis del pasado. Fijado por doña Emilia, el lema fue empleado con cierta frecuencia. Eduardo Gómez Baquero, Andrenio, o Vicente Blasco Ibáñez fueron dos de sus usuarios más célebres.
Poco después de que la Pardo Bazán interviniera en París, Juderías pasó por la Escuela de Lenguas Orientales de París y, posteriormente, por la Universidad de Leipzig, donde aprendió ruso. Con esa formación pasó a Odesa. El contacto con una sociedad tan diferente como esa Rusia a la que conocía gracias a sus novelistas, hizo brotar en Juderías el interés por la imagen externa de las naciones y por los tópicos que gravitan sobre ellas. De algún modo, los trabajos sobre España están conectados con su estancia en una Rusia en la que siempre hubo espacio para una hispanofilia concentrada en la admiración por un personaje literario tan estilizado y arquetípico como don Quijote. Fruto de aquel viaje, ya de vuelta a España, publicó Rusia contemporánea (1904). Su ingreso en el Instituto de Reformas Sociales, que trató de canalizar las corrientes regeneracionistas de la época, le llevó a ocuparse de cuestiones como la situación del obrero, la criminalidad o la trata de blancas. Juderías participó en varios congresos internacionales en los que se abordó este último problema. Con una creciente presencia en la prensa de la época, a veces emboscado bajo el pseudónimo Marcos de Obregón, Juderías era un asiduo de los círculos literarios madrileños. También del Ateneo de Madrid, institución de la que llegó a ser bibliotecario.
Todas esas actividades comenzaron a quedar en un segundo plano a partir de 1913. Fue en esa fecha cuando ganó un concurso convocado por la Ilustración Española y Americana dirigido a escritores españoles e hispanoamericanos, cuyo tema era, precisamente, la imagen de España en el extranjero. El trabajo de Juderías, titulado La leyenda negra y la verdad histórica. España ante Europa, se publicó en cinco entregas entre los meses de enero y febrero de ese año. Un año más tarde, aquellas piezas, convenientemente completadas, dieron forma a un libro de elocuente título: La leyenda negra y la verdad histórica: contribución al estudio del concepto de España en Europa, de las causas de este concepto y de la tolerancia política y religiosa en los países civilizados (Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, 1914). Bien recibida por la crítica, la obra se reeditó muy ampliada en 1917 bajo los auspicios del ingeniero y empresario español afincado en los Estados Unidos, Juan Cebrián Cervera, circunstancia que aprovechó Juderías para añadir un nuevo capítulo titulado «La obra de España». Cebrián, contrario al empleo de la expresión «América Latina», entusiasmado con la obra y consciente de la mala imagen que España tenía en su país de acogida, especialmente desde los tiempos del conflicto cubano, pretendía que el libro se difundiera por los centros de enseñanza. El título de esta edición, aparecida en mitad de la Gran Guerra, fue La leyenda negra: estudios acerca del concepto de España en el Extranjero: segunda edición completamente refundida, aumentada y provista de nuevas indicaciones bibliográficas (Ed. Araluce, Barcelona 1917).
La obra constituye un estudio pormenorizado, y convenientemente contextualizado en el ambiente político e histórico en que se publicó, de las diversas facetas o expresiones que ha ido adoptando la leyenda negra antiespañola, adjetivo este que, dada su persistencia en relación a España, resulta incluso redundante. El libro, que despertó la admiración de Maeztu, tomó el testigo de autores que, como Juan Valera, ya habían salido al paso de los ataques lanzados contra España, y constituye un ejercicio de Filosofía de la Historia capaz de enfrentarse a las seculares acusaciones recibidas por el Imperio español. Por sus páginas desfilan personajes como Torquemada, Felipe II y su desdichado hijo, pero también todas aquellas cuestiones que cabe denominar como negrolegendarias. La tolerancia religiosa, la conquista de América o la brujería, son sometidas a análisis, y en su caso, al cotejo con lo ocurrido en Europa. Trata incluso Juderías, de la tan enconada querella de las ciencias, es decir, de la supuesta incapacidad de los españoles para las disciplinas científicas.
Cabe, por último, detenerse en la definición que Juderías dio de la leyenda negra:

«Por leyenda negra entendemos el ambiente creado por los fantásticos relatos que acerca de nuestra patria han visto la luz pública en casi todos los países; las descripciones grotescas que se han hecho siempre con el carácter de los españoles como individuos y como colectividad; la negación o, por lo menos, la ignorancia sistemática de cuanto nos es favorable y honroso en las diversas manifestaciones de la cultura y del arte; las acusaciones que en todo tiempo se han lanzado contra España, fundándose para ello en hechos exagerados, mal interpretados o falsos en su totalidad, y, finalmente, la afirmación contenida en libros al parecer respetables y verídicos y muchas veces reproducida, comentada y ampliada en la prensa extranjera, de que nuestra patria constituye, desde el punto de vista de la tolerancia, de la cultura y del progreso político, una excepción lamentable dentro del grupos de las naciones europeas.
En una palabra, entendemos por leyenda negra la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos lo mismo ahora que antes, dispuesta siempre a las represiones violentas; enemiga del progreso y de las innovaciones; o, en otros términos, la leyenda que habiendo empezado a difundirse en el siglo XVI, a raíz de la Reforma, no ha dejado de utilizarse en contra nuestra desde entonces, y más especialmente en momentos críticos de nuestra vida nacional».

Más de un siglo después, en los tiempos de las falsas noticias, el párrafo reproducido invita a la reflexión. En él se habla de fantásticos relatos extendidos por diversos países, en los cuales dominan la distorsión y la caricatura. El papel escrito, aquel que se puede leer, que a ello se alude cuando de leyenda se habla, arroja la imagen de una España excepcional por negativa. Una nación no homologable con las naciones de su entorno. Sin cabida en los terrenos roturados por el Mito de la Cultura, incapaz para practicar la tolerancia, secularmente refractaria al progreso.
Cien años después de su muerte, en otro momento crítico de nuestra vida nacional, marcado por unos movimientos disolventes de profunda impronta negrolegendaria, las palabras de Juderías mantienen plena vigencia.

lunes, 11 de junio de 2018

Intolerancia

Artículo publicado el 7 de junio de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-06-07/ivan-velez-intolerancia-85305/

Intolerancia

Hace casi un siglo, el día 31 de marzo de 1921, el diario El Sol, que contó con las plumas de, entre otros, Unamuno, Vasconcelos y Ortega, y sirvió de soporte al manifiesto fundacional de la Agrupación al Servicio de la República, publicó una crónica a propósito del estreno de la película Intolerancia en los cines madrileños. Dirigida por David W. Griffith, Intolerancia fue una superproducción cuyo presupuesto ascendió a dos millones de dólares, gastados en la confección de colosales decorados y en la contratación de miles de extras. La cinta, que llevaba por subtítulo un esperanzador, La lucha del amor a través de los tiempos, recreó cuatro momentos históricos: la caída de Babilonia, la matanza de los hugonotes en la parisina noche de San Bartolomé, la pasión y muerte de Jesucristo, y una huelga de trabajadores, cargada de crítica al reformismo capitalista, cuyo protagonista era un católico irlandés. La imagen de una cuna que se mece bajo la mirada de una mujer, junto a los versos de Walt Whitman -«la cuna se mece sin fin uniendo el presente y el futuro»- sirvió para hilvanar las distintas escenas.
Rodada en 1916, pese al ambicioso planteamiento y el derroche de medios, Intolerancia, en cuyo guión participó Tod Browning, no obtuvo el favor de la taquilla. Su tono pacifista chocaba con la cruda realidad de una Europa inmersa en la Gran Guerra. Ello determinó que en Inglaterra, la cinta fuera mutilada, mientras que los franceses impidieron que en su suelo se proyectara la parte dedicada a la matanza de San Bartolomé. Como solución a esos contratiempos, el filme fue fragmentado para poder presentar los episodios separadamente. Exhibida de forma tardía en la Unión Soviética, Intolerancia influyó a directores como Eisenstein.
            En España la acogida también fue favorable. La crónica de su estreno, firmada por Anthonius, dio cuenta de cómo el público madrileño salió entusiasmado no sólo por lo que se proyectó en la pantalla, sino porque, además, antes de su comienzo, Federico García Sanchiz, ofreció algunas de sus célebres charlas. Son precisamente algunas de las palabras que García Sanchiz, académico de la Lengua a partir de 1941, lanzó desde el escenario del Real Cinema, las que permiten reconstruir la idea que de la herencia hispana pudo tener el director estadounidense. Demos la palabra al escritor valenciano y al comentario posterior de Anthonius:

«—El coloso americano de la cinematografía –dijo Federico García Sanchiz– ha buscado en la Historia los argumentos supremos para demostrar que la intolerancia vivió siempre desde la época de Caín y Abel.
Y al bucear en ese gran libro de las amargas verdades, surgió potente, fiera como una obsesión escalofriante, la visión de España, que se ofrece en el extranjero con la negra leyenda de nuestro duque de Alba en los Países Bajos, de nuestra Inquisición, de nuestros capitanes conquistadores de América. Pero Griffith no aceptó esta página de España, porque Griffith ve a España reflejada en una reproducción de la Giralda que se yergue, soberbia y morena entre los rascacielos de Nueva York, a modo de una espléndida peineta que aguarda la filigrana de una mantilla española hecha con la gasa de las nieblas de la ciudad.»
Las palabras de Anthonius perfilan a un Griffith que descartó la inclusión del Imperio español entre las páginas más oscuras de la Historia Universal. La pregunta surge de modo inmediato, máxime si se tiene en cuenta que alrededor de 1898, apenas dieciocho años antes del rodaje, la prensa americana lanzó una brutal ofensiva hispanófoba. Con ocasión de la Guerra de Cuba, junto a las más groseras caricaturas, se reeditó la Brevísima de Las Casas. En esta estela, los motivos de esta omisión, bien pudieran tener que ver con la percepción de un Imperio vencido y, por ende, ya irrelevante, reducido a lo pintoresco. Un pintoresquismo ilustrado por la Giralda neoyorquina aludida por García Sanchiz, edificada en Manhattan en 1890 y posteriormente demolida en 1925.
Frente a esta interpretación se abre otra vía, la ligada a la biografía de Griffith, pues acaso en los ambientes que moldearon su personalidad, o en los que se movió ya como director, pudieran ocultarse las claves de su decisión. David Wark Griffith nació en 1875 en el Estado de Kentucky en el seno de una familia metodista de orígenes irlandeses, expuesta a los racistas aires sureños que persistieron en su obra cumbre, El nacimiento de una nación. A sus convicciones religiosas, Griffith sumó un gusto por el aristocratismo heredado de su padre. Si estos factores moldearon primero al niño y luego al joven, ya incorporado dentro de la industria cinematográfica, el director entró en contacto con alguien que pudo influir en su positiva idea del mundo hispano. Ese hombre no era otro que el hispanófilo Charles Fletcher Lummis. Admirador de fray Junípero Serra, gran estudioso de los indios Pueblo, su interés por el mundo hispánico le llevó a recorrer gran parte de México y Perú. Lummis se ganó un puesto destacado entre los hispanistas norteamericanos gracias a su libro, Los exploradores españoles del siglo XVI (Chicago 1893), vertida al español por Arturo Cuyás gracias al filántropo Juan Cebrián Cervera, también benefactor de la segunda edición de la obra de Julián Juderías. En su desplazamiento hacia el Oeste, Lummis dejó atrás su Massachusetts natal para afincarse Hollywood. Allí, pronto se relacionó con hombres de cine de la talla de Douglas Fairbanks y Harold Lloyd. Sus conocimientos del mundo indígena le permitieron trabajar como consultor, entre otras, de la película The Penitentes, rodada en 1915 y hoy perdida. La producción corrió a cargo de D.W. Griffith’s Fine Arts Film Company. En sus conversaciones californianas, quizá Griffith pudo escuchar palabras similares a las que Lummis dejó escritas. Unas palabras imposibles de incluir en el libro que Philip W. Powell publicó medio siglo después de la proyección de Intolerancia bajo el título Árbol de odio. En el primer capítulo de la edición española de Los exploradores españoles del siglo XVI, Lummis dejó muy clara su visión del Imperio español:

«Una de las cosas más asombrosas de los exploradores españoles –casi tan notable como la misma exploración- es el espíritu humanitario y progresivo que desde el principio hasta el fin caracterizó a sus instituciones. Algunas historias que han perdurado, pintan a esta heroica nación como cruel para los indios; pero la verdad es que la conducta de España en este particular debiera avergonzarnos. La legislación española referente a los indios de todas partes era incomparablemente más extensa, más comprensiva, más sistemática, y más humanitaria que la de Gran Bretaña, la de las colonias y la de los Estados Unidos todas juntas. Aquellos primeros maestros enseñaron la lengua española y la religión cristiana a mil indígenas por cada uno que nosotros aleccionamos en idioma y religión. Allá por 1575 –un siglo antes de que hubiera una imprenta en la América inglesa- se habían impreso en la ciudad de Méjico muchos libros en doce diferentes dialectos indios, siendo así que en nuestra historia sólo podemos presentar la biblia india de John Eliot; y tres universidades españolas tenían casi un siglo de existencia cuando se fundó la de Harvard. Sorprende por el número la proporción de hombres educados en colegios que había entre los exploradores; la inteligencia y el heroísmo corrían parejas en los comienzos de colonización del Nuevo Mundo.»

Iván Vélez

jueves, 24 de mayo de 2018

Especial Informativo | Quim Torra y sus supremacismos

Especial informativo presentado por Xavier Horcajo en el que se analiza la actualidad política. Profundizamos en el perfil del nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña. ¿Quién es realmente Quim Torra? ¿Cuál es la actuación del Gobierno español ante el desafío independentista? ¿Existe una solución? Todas las claves sobre el peligroso escenario que se dibuja con un radical a los mandos de la Generalitat en este vídeo.

sábado, 19 de mayo de 2018

El Imperio y los gusanos

Artículo publicado el 16 de mayo de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-05-18/ivan-velez-el-imperio-y-los-gusanos-85119/
El Imperio y los gusanos
«Y en nuestro último beso/mordimos el gusano del mezcal/Y en nuestro último beso/mordimos de la noche el final». La letra corresponde al músico español Javier Corcobado, que incluyó estos versos en la canción Dientes de mezcal, integrada en su disco Arco iris de lágrimas (DRO 1995). Descansando sobre el fondo de la botella, el gusano del maguey, como las calaveras o las máscaras de la lucha libre, forma parte de la iconografía mexicana más popular. Sin embargo, como en tantas otras ocasiones, la tradición no es sino puro y reciente artificio. Destilado desde antaño, el gusano se incorporó al mezcal hace menos de un siglo. Cuatro centurias de que el hypopta agavis quedara empapado en alcohol, otro insecto mucho más valioso cobró gran protagonismo en la Nueva España: el gusano de seda. Tan frágil animal, y la industria que gravitó sobre él, resulta de enorme utilidad para refutar una extendida visión esgrimida por conspicuos representantes de la Academia, capaces de definir al Imperio español como una grosera suma de minas y esclavos.
Minas y esclavos dice codicia y explotación, y señala directamente a figuras como la de Hernán Cortés, el hombre que se hizo con el tesoro de Moctezuma, el mismo que buscó minas de oro y herró a cientos de indios con un hierro candente, si bien la letra G con que fueron marcados, es la inicial de la causa, legítima en la época, de la reducción a tan lamentable estado: Guerra. Sobre estas afirmaciones, la deformada figura del conquistador pintada por Diego Rivera en los muros del Palacio Nacional de la Ciudad de México, parece cobrar vida movida por los habituales resortes ideológicos propios de la leyenda negra. Sin embargo, más allá del sanguinario estereotipo, el de Medellín debió más a sus habilidades empresariales y diplomáticas que al filo de su espada. Y lo que es más importante, Cortés sobrevivió más de dos décadas al cénit vital que talló su mito: la conquista del Imperio mexica.
Convertido en Marqués del Valle de Oaxaca, desoyendo los consejos de su segunda esposa, Isabel de Zúñiga, que le rogó «que mirase los hijos e hijas que tenía, y dejase de porfiar más con la fortuna y se contentase con los heroicos hechos y fama que en todas partes hay de su persona», el inquieto conquistador se involucró en grandes proyectos marítimos, al tiempo que mantenía una gran actividad económica. De entre sus negocios, entre los que había explotaciones mineras, pero también ganaderas y agrícolas, llama la atención el de la producción de seda, pues más allá de su rentabilidad, su implantación en suelo novohispano suponía, en cierto modo, aproximar el Oriente en el que florecía una industria que durante mucho tiempo anduvo envuelta en misterios.
Un lustro después de tomar Tenochtitlan, el 1 de octubre de 1526, Cortés escribió a su padre pidiéndole bastimentos, ovejas, carneros y simiente de morera. Muerto su progenitor, en 1532, el Marqués hizo lo propio con su pariente y representante en España, el licenciado Francisco Núñez, para que solicitara licencia al rey para llevar a sus tierras «dos docenas de esclavos o esclavas moriscas del reino de Granada o de otra parte que sepan criar seda para esprimentar cómo se podría criar sin que pague derechos». Una nota al margen aclaraba: «Consulta con el Emperador, nuestro señor». Puesto que los primeros conquistadores fueron desplazados, con mayor o menor fortuna, del centro de poder virreinal, trataba Cortés, al menos así lo interpretamos, de escapar de la acción fiscalizadora de Antonio de Mendoza. La maniobra, pensada para eludir por elevación al virrey, parece que no dio resultado, pues en el Archivo General de Indias se conserva un documento revelador fechado el 6 de octubre de 1537. En él, ante la ausencia del padre, quien aparece es su hijo legítimo, Martín Cortés de Zúñiga, que habría de heredar su marquesado, siendo el símbolo de una revuelta que trató de retener el régimen encomendero a que dio lugar la conquista. El Martín Cortés que en él aparece es un niño, por lo que cabe suponer que tras él se hallaba la tutela del licenciado Altamirano, apoderado de Cortés, que acaso pudiera encontrarse en sus astilleros de Tehuantepec o Huatulco. Sea como fuere, conviene reparar en el contenido de este fragmento, en el que resuena la voz del de Medellín:

«…vuestra señoría bien sabe cómo yo he seido el primero que en esta tierra he criado árboles de morales y he criado y aparejado seda y he hallado las tintas de carmesí e otras colores convinientes e provechosas para ella, y porque de criarse y multiplicarse en esta Nueva España en mucha cantidad de los dichos árboles de morales redundará en señalado servicio de Sus Magestades e acresçentamiento de su Real Patrimonio, mucho provecho de los españoles e naturales conservación e buen tratamiento dellos, yo quiero, con todas mis fuerças, travajar e dar orden cómo en esta tierra aya la dicha cantidad de árboles, e porque por lo que he visto por vista de ojos e tengo espirençia metido en la postura e criança de los dichos árboles y en la criança e sanidad de la dicha seda en las proviçias de Quojoçengo e Cholula e Taxcala, ay mucho aparejo e dispusiçión para ello.»
En él no ya no hay rastro de esclavos. La actividad, rentable para Sus Majestades, la desdichada reina Juana y su hijo Carlos, también sería provechosa para los españoles y los naturales, es decir los indios, que bajo el sistema de depósito, que no de esclavitud, se hallaban tutelados por aquéllos. Cortés, consciente de los desmanes antillanos, habla de conservación y buen tratamiento de los indios. En el párrafo también se habla de las tintas carmesí, es decir, de la cochinilla. También llamado grana, este producto, ya empleado por los mexicas y muy abundante en Oaxaca, fue durante mucho tiempo el segundo más valioso de los que salían de Nueva España, pues no se podía cultivar en Europa. Su valor tan sólo era superado por el oro.
Pionero en el impulso de esta industria, Cortés buscaba hacerse con una posición dominante en tan rentable actividad, sin olvidarse de ofrecer a los indios, a los que pretendía instruir en este oficio, unas condiciones de vida razonables:

«La merçed que vuestra señoría me ha de hazer en nombre de Su Magestad ha de ser que çiertos morales viejos que ay del tiempo de los yndios en la provincia de Cholula de que persona alguna no se aproveche, que yo sólo e no otra persona, si no fuere con mi poder, durante el tiempo de los dichos çinco años, crie seda con la hoja dellos para mi, pagando yo de la seda que con ellos crie e cogeré los derechos que vuestra señoría ynpusiere que se paguen a Su Magestad e para criar la dicha seda se me mande hazer en el dicho pueblo una casa de adobes del tamaño que fuere menester, e porque conviene que dende agora que los naturales de las dichas provincias donde se han de poner e criar los dichos morales comiençen a saber e deprendan los ofiçios e beneficios de dicha seda, e por la merçed que yo en ello resçibo se me han de dar quinze ombres de los naturales de cada una de las dichas tres provinçias.»
Si estas eran las tareas que tenía previstas para los varones, a las mujeres les había reservado la actividad a la que, junto a otras tareas domésticas, se habían dedicado durante la época prehispánica:
«Serán menester sesenta días y así criada, se me han de dar otras tantas mugeres de las naturales de los dichos pueblos para que me ayuden a hilar e aparejar la dichas seda, que se ocuparan otros sesenta días, a los quales dichos ombres e mugeres yo les daré a comer a mi costa todo el tiempo e días que los ocupare y me ayudaren.»
Cuando se redactó este documento, que obtuvo las mercedes solicitadas, a Hernán Cortés le quedaban diez años de vida. Enfrentado al Virrey Mendoza, y acompañado de su sucesor, regresó a España a principios de 1540. Cercano a la Corte y enredado en mil pleitos, falleció el viernes 2 de diciembre de 1547 en Castilleja de la Cuesta, siendo enterrado en la cripta del duque de Medina Sidonia. Sus restos mortales, sin embargo, no hallarían descanso. Tras cruzar el Atlántico en 1566, quedaron sepultados junto a los de su madre y una de sus hijas en el templo de San Francisco de Texcoco. El 8 de noviembre de 1794, día en que se conmemora su encuentro con Moctezuma, los restos de quien todavía se tenía por un héroe, fueron llevados, con gran pompa, hasta la iglesia del Hospital de Jesús Nazareno, fundado por él mismo. Junto a su busto de bronce dorado, dentro de una urna funeraria, su cráneo quedó envuelto por un paño mortuorio de lino blanco con una cruz lobulada en su centro y rematado en sus bordes por un encaje de seda negra, acaso deudora de las semillas que él mismo encargó traer a aquellas tierras en las que anheló morir de su muerte.   

jueves, 17 de mayo de 2018

Iván Vélez 'La amenaza de la secesión es leyenda negra'

Iván Vélez, arquitecto y escritor, presenta en el programa La Redacción Abierta, una nueva edición del libro 'Sobre la Leyenda Negra', esta vez con prólogo de María Elvira Roca Barea. La obra nos transporta hasta el origen de la leyenda negra, un concepto que aflora en periodo de crisis y que se ha logrado convertir en todo un género periodístico. Es el conjunto de mecanismos que distorsionan la verdad histórica. Una falsa realidad vinculada al protestantismo que en la actualidad se ha sumergido en el separatismo y en la izquierda. España está en crisis económica y política. Existe una amenaza de secesión sobre la mesa que se sustenta en la leyenda negra´.

miércoles, 16 de mayo de 2018

La Nación y España en la obra de Gustavo Bueno

Cuarta conferencia del ciclo "Diálogos filosóficos", promovido por la Fundación Gustavo Bueno y el Centro Riojano de Madrid, que tiene lugar dentro de las jornadas “El sagastismo y el inicio de la disputa catalanista (1886-1892)". Presenta y modera Pedro López Arriba. Intervienen Pedro Insua e Iván Vélez.

viernes, 4 de mayo de 2018

La verdad (y las tres negaciones) sobre Tierno Galván

Artículo publicado el 3 de mayo de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/sala-lectura/2018-05-03/ivan-velez-la-verdad-y-las-tres-negaciones-sobre-tierno-galvan-85010/
La verdad (y las tres negaciones) sobre Tierno Galván
«Ni era hijo de agricultor, ni era republicano, ni era socialista revolucionario». Estas tres negaciones forman parte de la introducción de La verdad sobre Tierno Galván (Madrid 1997), obra del recientemente fallecido César Alonso de los Ríos. El libro vio la luz una década después de la desaparición de Enrique Tierno Galván, y supuso uno de los primeros rasguños que comenzaron a erosionar, para aquellos que quisieron estar al loro, la figura del venerado Viejo Profesor (VP), apodo que acuñó Raúl Morodo cuando Tierno tenía 36 años.
Un lustro antes, VP había dado a la imprenta un calculado autorretrato cuyo título contenía altas dosis de elocuencia. Cabos sueltos, en efecto, constituyó un minucioso trabajo de cosmética en el cual Tierno confeccionó una máscara repleta de claroscuros, omisiones y medias verdades, algunas de las cuales mostraban los complejos y ambiciones de quien se presentaba como un sabio despistado. El texto de César Alonso de los Ríos comienza por el final, es decir, por el multitudinario entierro por el que transitaron, primero la carroza Imperial de pompas fúnebres de Barcelona, y después un Dodge, vehículo que depositó su fúnebre carga en el Cementerio de la Almudena. El hombre que había adquirido la forma cadavérica fue despedido por que paladeaban las barrocas formas de sus bandos municipales, pero también por los que se acogieron al estridentismo de la Movida. La idea de escribir o, por mejor decir, reescribir la biografía de aquel hombre, brotó como idea dentro de esa ceremonia luctuosa.
Era preciso, pues, buscar un orden cronológico, y ello llevó al primer cabo suelto. Pese a que en la obra de Tierno hay una constante alusión a su origen soriano y campesino, lo cierto es que VP no había visto sus primeras luces en Valdeavellano de Tera, y ello a pesar de que don Enrique llegó a solicitar al párroco de la localidad un certificado de buena conducta. Tierno no había nacido «accidentalmente en Madrid», según su propia confesión, sino en la muy urbana Madrid, en el seno de una familia alejada de arados y besanas. Nieto del capitán Julián Tierno Gómez, muerto por paludismo en Cuba, su padre fue el sargento Alfredo Tierno, también combatiente en la isla, mérito por el cual obtuvo condecoraciones, pensiones, y una plaza en las oficinas de la Capitanía General de la Primera Región. Ello determinó que el niño naciera en un piso de la Calle Calvo Asensio, y que pudiera formarse, tardíamente, en el Instituto Cisneros. También que en 1937 fuera movilizado por el bando republicano, encontrando acomodo en el Centro de Reclutamiento e Instrucción Militar del Paseo de María Cristina. Incapaz de encontrar documentación que acreditara su militancia, conocedor del personaje, Alonso de los Ríos concluye: «Pienso que, al igual que no cogió un fusil, tampoco cogió carné alguno. Su actitud es la de un espectador que se dedica lo menos posible al hecho bélico y a la confrontación ideológica». Las dudas acerca de la adscripción política de Tierno crecen si se tiene en cuenta que durante la guerra se produjo la detención y encarcelamiento del padre, el hermano y su mejor amigo, sospechosos de pertenecer a la quinta columna. Sea como fuere, Tierno, que trató posteriormente de pasar por vencido, tras terminar brillantemente la carrera de Derecho, leyó su tesis dirigido por el tradicionalista Elías de Tejada, y ganó la plaza de jefe de negociado del Ministerio de Educación Nacional, obteniendo así la estabilidad ligada al funcionariado del régimen franquista.
Asiduo de la Revista del Instituto de Estudios Políticos, Tierno mantuvo relaciones con un amplio espectro de personalidades que se movían dentro de un régimen en absoluto homogéneo ideológicamente. Fue a partir del decisivo 1953, cuando comenzó a adquirir relevancia gracias a su plaza en la Universidad de Salamanca, regida por Antonio Tovar. Desde allí comenzó a trabajar a propósito de las comunidades y adquirió un perfil más político tras fundar la Asociación Funcionalista para la Unidad de Europa. En este sentido, la década se cerró con su asistencia a la famosa cena del hotel Menfis en la que se presentó Unión Española organización impulsada por Joaquín Satrústegui y Jaime Miralles. Estos movimientos no pasaron inadvertidos para los Estados Unidos, que ya habían puesto los ojos en la anómala –anticomunista, pero no democrática- España. Alonso de los Ríos aporta un interesante dato al señalar que Arthur Whitaker, profesor de Historia Latinoamericana de la Universidad de Pennsylvania, envió un informe al Consejo de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos, en el que habló del «funcionalismo» de Tierno, término pretendidamente neutro pero atractivo. Whitaker señalaba también el anticomunismo que unía a Franco, la Unión Española y el grupo de Dionisio Ridruejo con el que Tierno ya había establecido relaciones. Biográficamente ajeno al mundo rural, VP fue asiduo vendimiador, es decir, habitual visitante de universidades americanas, muy interesadas en las derivas ideológicas del franquismo.
A principios de los 60, en España existía ya una oposición al franquismo. Un colectivo que se hizo visible en Múnich en 1962, ciudad a la que no llegó la personalidad corpórea de don Enrique, sino una epístola que en cierto modo anticipaba los bandos que tanta popularidad le dieron tras alcanzar una alcaldía cuyos cimientos se fraguaron en los círculos que se reunieron en la ciudad bávara. A esas alturas, Tierno había virado del monarquismo a un socialismo que contó con los generosos auspicios del Congreso por la Libertad de la Cultura, organización que se fijó pronto en nuestro personaje. Inmerso en esos ambientes, tras su separación de la cátedra en 1965, Tierno lo apostó todo a los socialismos, es decir, al PSOE exiliado en Toulouse primero, y al financiado por Alemania después. La plataforma desde la que operó fue el Partido Socialista Popular (PSP), cantera de socialdemócratas que hicieron carrera posteriormente tras ver cómo la vía monárquica donjuanista, con la que tanto coquetearon, se agotaba.
        Tras el fracaso de su intento más ambicioso, acaparar el socialismo español por medio del Partido Socialista del Interior, al que le faltó el apoyo de un sostén sindical, Tierno se ajustó a la última de las negaciones que desgranara Alonso de los Ríos. Asistente bajo un embozo marxista a cenáculos en los que tenía gran protagonismo un PCE cada vez más alejado del estalinismo, Tierno terminó, tras su paso por la Junta Democrática, por integrarse en el partido ganador, el PSOE que asumió las deudas de su aventura política. Muerto Franco, recuperó su plaza universitaria y, en palabras de César Alonso de los Ríos, «representó su papel a la perfección», hasta el punto de constituir un icono madrileño impermeable a la verdad que el escritor palentino desveló hace más de tres décadas en la obra que hemos evocado

Iván Vélez - El Imperio español: ¿Oro y esclavos?

Conferencia pronunciada el lunes 30 de abril de 2018 en la Fundación Gustavo Bueno:
https://www.youtube.com/watch?v=SfLSJPUf0lw&t=651s

En la muerte de César Alonso de los Ríos

Artículo publicado el domingo 1 de mayo de 2018 en Libertad Digital:
https://www.libertaddigital.com/opinion/ivan-velez/en-la-muerte-de-cesar-alonso-de-los-rios-84993/
En la muerte de César Alonso de los Ríos
«La utilización del talante era un modo de reducir lo político o lo religioso a lo psicológico». Las palabras reproducidas formaron parte de Yo tenía un camarada. El pasado franquista de los maestros de la izquierda (Ed. Áltera, Madrid 2007), libro cuyo título procede de la célebre versión falangista de una canción alemana homónima compuesta contra Napoleón. La obra de César Alonso de los Ríos, apareció un año después de que lo hiciera una recopilación de artículos titulada Yo digo España. Ambos volúmenes se insertan en aquellos lejanos días en los que el talante, cuyo precedente teórico situó Alonso de los Ríos en la obra del ideólogo José Luis López Aranguren, era la energía que nutría al por entonces presidente del Gobierno, el mismo que dejó para los anales una frase: «España es un concepto discutido y discutible». Yo digo España fue la respuesta que el palentino dio a los cultivadores de la elusiva fórmula «Estado español».
Nacido meses antes del estallido de la Guerra Civil, durante su infancia recibió la impronta del jesuítico Colegio de San Zoilo en el mismo Carrión de los Condes donde en 1963 echara a andar la primera encuesta sociológica que sirvió para ir implantando en España la tecnología necesaria para la cristalización de una democracia de mercado trazada bajo los patrones del anticomunismo. Educado en semejante ambiente, no es de extrañar que don César acabara formando parte del monarquizante, antifranquista y anticomunista Frente de Liberación Popular, hecho que le condujo a prisión un año antes de que Aranguren, José Luis Sampedro y Ramón Tamames pusieran en marcha la encuesta de Carrión bajo la atenta mirada y los socorridos dineros del Congreso por la Libertad de la Cultura. El anticomunismo se decía de muy diferentes, en gran medida, jesuíticas formas.
Tras su breve paso por la cárcel, la pluma de Alonso de los Ríos formó parte de revistas pertenecientes al entorno de los grupos aludidos, como Cuadernos para el Diálogo o Triunfo, publicación en la que llegó a figurar como redactor jefe. Por lo que respecta a su trayectoria política, el desengaño sufrido tras su paso por el Felipe, no impidió que nuestro hombre, fallecido en el día de hoy, se afiliara al PCE, que ya había dado su viraje hacia un Eurocomunismo compatible con la estructura de comunidades diferenciadas que se había fraguado en distinguidos salones. Siempre moviéndose en ambientes tan culturales como periodísticos, la evolución de César Alonso de los Ríos no podía derivar hacia otros lugares que no fueran los de la socialdemocracia de ribetes federalizantes y aliento germánico, representada por el nuevo PSOE, aquel que arrumbó a Llopis y abrió las puertas de la Moncloa a Felipe González. Fue, sin embargo, durante la apoteosis del socialismo español, cuando el periodista comenzó a distanciarse del partido del puño y la rosa. Privilegiado conocedor del pasado de muchos de los próceres de la democracia que comenzó a rodar durante la Transición, Alonso de los Ríos abrió una nueva fase profesional que sumó a sus artículos en El Independiente, El Sol o ABC, una serie de títulos, las ya aludidos, a las que hemos de añadir sus trabajos sobre Tierno Galván, o su libro La izquierda y la nación. Una traición políticamente correcta.
En todos estos libros, César Alonso de los Ríos, firmemente comprometido con la defensa de la Nación, fue desvelando algunos de los secretos mejor custodiados por algunos de los protagonistas de la transformación interna del franquismo. Así, las máscaras confeccionadas por hombres como Aranguren, Ridruejo, el Padre Llanos, Laín y, sobre todo, Tierno, con el objeto de ajustar sus biografías a los nuevos cánones, fueron cayendo, dejando asomar una incómoda verdad.
Vaya desde aquí este modesto homenaje al hombre que hoy nos ha abandonado.