miércoles, 8 de febrero de 2017

Tiempos Modernos 07-02-2017 Iván Vélez "La leyenda negra española en Europa"

Sedición, coacción y seducción

La Gaceta, domingo 5 de febrero de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/sedicion-coaccion-seduccion-06022017-0908

Sedición, coacción y seducción

Mañana, lunes 6 de febrero de 2017, la ciudad de Barcelona volverá a vivir una nueva jornada de coacción al poder judicial en defensa de quien en su momento fuera máxima autoridad del Estado en tal región, Arturo Mas, quien deberá comparecer ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, junto a las exconsejeras Ortega y Rigau, todos ellos acusados por delitos relacionados con la consulta realizada el 9 de noviembre de 2014.
Un importante despliegue de las televisiones alimentadas por el gobierno catalán ofrecerá, probablemente, el ceremonioso y victimista paseíllo de la sediciosa terna, que se abrirá paso entre una multitud de fieles cuya cifra, si hemos de creer a otra terminal del catalanismo, la Asamblea Nacional de Cataluña, se aproximará a los 30.000 individuos marcados por una hispanofobia administrada desde la más tierna infancia en las aulas dejadas de la mano del Estado. En el límite del fanatismo, hay quien ha sugerido que la provinciana turba, desplazada a la Ciudad Condal en 120 autobuses, pudiera incluso impedir que los citados accedieran a las dependencias judiciales, posibilidad ya apuntada por Cataluña Radio hace meses, cuando lanzó una encuesta en Twitter para saber si sus fieles oyentes estarían dispuestos a impedir «físicamente» que se celebrara el juicio. La iniciativa no es nueva, pues Cataluña es desde hace años escenario de cadenas humanas cuya tensión ha producido una grave fractura social, si bien, nunca se había planteado un bloqueo institucional semejante.
Así las cosas, todo parece indicar que el Tribunal se verá asediado, recordando lo ocurrido en Madrid bajo el lema «Rodea el Congreso», cuando los bloqueados no eran los jueces sino los miembros electos de la partitocracia española, confinados tras los leones de la Carrera de san Jerónimo. Seguro en tal asedio, Pablo Manuel Iglesias Turrión, lanzaba guiños al exterior. Al cabo, en consonancia con su personalísima percepción de la realidad, él se hallaba poco menos que bilocado, dentro y fuera a la vez. Simple herramienta de «la gente», es decir, de sus votantes, Iglesias, adalid de la decencia, ocupa un escaño para dar voz a los sin voz, para dar cauce a la verdadera democracia secuestrada en ese mismo edificio. Cómodo durante el asedio congresil, es lógico que quien ahora se disputa la cúspide piramidal de Podemos con su amigo Íñigo (Errejón), en compañía, entre otros, de su tocayo Pablo (Echenique) y de novia Irene (Montero), no es de extrañar que Iglesias se haya puesto también del lado de los hostigadores de Barcelona, máxime después de que desde el Gobierno se haya filtrado la posibilidad del empleo de «medidas coercitivas» para impedir la repetición de un nuevo 9-N. Repare el lector en el hecho de que el Gobierno que en su día, por boca del mismísimo Rajoy dijo que no se había celebrado la consulta, habla ahora de repetición…
En este contexto, Iglesias, solemne y grave, ha manifestado que tales medidas constituyen una «barbaridad», motivo por el cual ha llamado a la movilización en las calles, situándose, al igual que la Colau, como aliado objetivo de quienes han saqueado durante décadas las arcas públicas, corrompiendo ideológicamente hasta extremos indecibles a la sociedad catalana.
Siempre al servicio de una idea absurda como la de la «nación de naciones» de envoltura federalizante que humedecía los sueños políticos de Zapatero de la misma forma que lo hace con el resucitado Pedro Sánchez, Iglesias siente pavor por la simple insinuación de la aplicación del artículo 155 de la Constitución que permite la asunción por parte del Gobierno, de determinadas competencia autonómicas cuya gestión por parte de los gobiernos regionales nos ha llevado a la distáxica situación actual.

La cuestión no es en absoluto novedosa, pues el líder morado ha exhibido en numerosas ocasiones su rechazo a la unidad nacional, que identifica paulovianamente con el franquismo, con una guerra civil de la que, a pesar de haber nacido en 1978, se siente perdedor. Lastrado por semejantes prejuicios, Iglesias se ha mostrado firme partidario de la balcanización de España, empleando para ello las urnas y las movilizaciones que llama populares. En definitiva, el político profesional madrileño, no es sino un rigorista de la ideología en la que se sustenta el régimen del 78, de un estado autonómico de objetivos no sólo federales, sino incluso confederales. Aferrado a esa oscura certeza, la de unas naciones eternas que deben sacudirse el yugo español, el podemita trabaja al servicio de las oligarquías y redes clientelares autonómicas, dando siempre un paso más en el vaciamiento de poder del Estado y apuntando a una solución para el problema territorial: las consultas de autodeterminación para cualquier región previamente encajada en el sistema autonómico, en las junturas naturales diseñadas durante el tardofranquismo. Un as se oculta, no obstante, en la arremangada camisa de Iglesias, un recurso relacionado con el culto a su propia personalidad: una vez colocadas las urnas, los consultados no abandonarían una España por él dirigida, incapaces de resistirse a su magnética seducción.

El Gato al Agua | 7-02-2017

domingo, 5 de febrero de 2017

miércoles, 1 de febrero de 2017

El vientre y el mercado. Notas sobre la maternidad subrogada

Artículo publicado en La Gaceta el domingo 30 de enero de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/vientre-mercado-notas-maternidad-subrogada-30012017-0727
El vientre y el mercado. Notas sobre la maternidad subrogada
Entre los que todavía consideran al Partido Popular una organización de firmes convicciones políticas, pero también morales e incluso éticas, ha causado cierto revuelo el anuncio de que este partido, caracterizado por un diferido mimetismo con respecto al PSOE, se planteará próximamente el debate a propósito de la maternidad subrogada. Quien ha hecho pública esta posibilidad es Javier Maroto, firme partidario de darle cobertura legal a una práctica que presenta molestas aristas que exigen ser pulidas. Se avecina, pues, un animado debate motivado por la existencia de una obstinada realidad: en el último año en España se han registrado más niños a través de gestación subrogada que por adopción internacional. Consciente de la complejidad del asunto, Maroto se ha apresurado a señalar como prioritarios los derechos de estos niños que llegan a nuestro país para engrosar una nación biológica escasamente fértil y muy envejecida, aspectos que pueden ser empleados como coartada por los vientrelegalistas.
Las reacciones a la iniciativa regulatoria, ya sopesada por Cristina Cifuentes en la Comunidad de Madrid que gobierna gracias a Ciudadanos, no se han hecho esperar. Desde las filas del propio PP, Lourdes Méndez se ha mostrado refractaria a una legalización que considera una nueva forma de explotación relacionada con la precariedad económica de quien alquila su útero. A tales razones se añaden las de las que se oponen a esta práctica desde la perspectiva religiosa. Nuestra posición, sin perjuicio de que pueda coincidir en su conclusión con la de alguno de los citados, parte de una concepción materialista de la bioética que tiene que ver directamente con el cuerpo. Es decir, con el mantenimiento del individuo, razón por la cual el asesinato constituye el mayor delito, categoría humana que no divina ni animal, ético.
Partiendo de la negación de toda posibilidad de existencia de espíritus que pudieran interferir en la realidad, la concepción, gestación, parto y crianza de los humanos, involucra a otros cuerpos que en modo alguno pueden considerarse propiedad de uno mismo con la que poder mercadear. Precisamente porque «uno mismo» no puede abandonar su cuerpo, salvo por metáfora o delirio, para insertarlo como algo ajeno en el circuito comercial. En definitiva, lo que puede venderse, comprarse o alquilarse es siempre algo extrasomático.
Dicho todo lo anterior, la realidad de niños criados por personas distintas a los llamados padres biológicos, tiene una profunda tradición histórica acompañada de adjetivos o sufijos, «padre adoptivo» o «madrastra», hoy muy incómodos en una sociedad anestesiada por los efectos de esa omnipresente epidural ideológica llamada corrección política. Larga es la tradición de los expósitos cuyo recuerdo perdura aún en apellidos. Niños, a menudo «no deseados», que eran introducidos en la inclusa gracias al giro de un torno que garantizaba el anonimato del depositador y la supervivencia del depositado, ya sea en el seno de familias sexualmente estériles, ya engrosando las filas de una compleja organización de beneficencia a menudo tutelada por la Iglesia.
Detenidos los tornos, las posibilidades abiertas por la embriología han favorecido prácticas que buscan limitar al máximo la conexión entre el vientre, asimilado pretendidamente a una suerte de recipiente, de la contratada y el niño que nacerá. Escorando la maternidad hacia el laboratorio más que a la sala de partos, a la carga genética más que al canal del parto, se impone el caso en el que se implanta un óvulo previamente fecundado en la mujer que constituye una de las partes de la transacción. Una mujer ajena a la carga genética del niño que nacerá, no sin riesgos y responsabilidades para la gestante, cuyo papel tendría un carácter cuasimecánico, buscando así la eliminación de los lazos afectivos que podrían perdurar después de que se verificara la operación financiera. Reduccionismo genético cuya impotencia se demuestra por la existencia de contratos en los cuales figuran cláusulas que tratan de evitar la posibilidad de que quien ha criado en su vientre al niño haya desarrollado afectos ajenos a los arcanos del ADN…
Dicho todo lo cual, nadie ignora que el alquiler de vientres vive su mayor auge. Con creciente frecuencia, las telepantallas muestran la emoción de personas relevantes que acunan sonrientes a bebés que han llegado a sus brazos sin siquiera haber pasado por el trance, engorroso para algunos, de yacer con un miembro del sexo contrario; o que han accedido a un niño después de que el cuerpo propio o el de su pareja no hubiera sido capaz de concebirlo por diversas causas. Frente a esta metodología, existe la ya clásica de la adopción, sometida en España a laberínticos procesos que llevan a la desesperanza, abriendo una vía mercantil que tiene mucho de tráfico de seres humanos, de componentes relacionados con la eugenesia y de un elitismo que discrimina, por la vía económica, a aquellos que, deseosos también de incorporar niños a sus familias, no pueden permitirse esta vía.
Opuesto a la idea del alquiler de vientres, frente al que caben más argumentos de los contenidos en esta tribuna, quien esto suscribe no duda de que en los debates venideros surgirá la habitual figura autodenominada liberal que, distanciada de la fe del religioso, pero también de la del ateo, se acogerá a otra mucha más oscura: la que se encomienda al mito de la autorregulación del mercado, del que acaso brote una ética ajustada a estos tratos.

sábado, 28 de enero de 2017

Entrevista en El Norte de Castilla

El mito de Cortés en El Norte de Castilla

Militares en el salón de Colau

Artículo publicado en La Gaceta el domingo 22 enero 2016:
Militares en el salón de Colau
Con la suficiencia propia de quien se cree en el final de la Historia, de un fin desde el que se podrían contemplar con displicencia las armas, los uniformes militares y las guerras, convertidas en reliquias arcaicas de un pasado definitivamente superado gracias a la aplicación de inmensas dosis de diálogo, tolerancia y democracia participativa, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se acercó hace un año a los uniformados que se hallaban en el Salón de la Enseñanza de Barcelona, para decirles, sonriente y moralizante: «Ya sabes que nosotros preferimos como ayuntamiento que no haya presencia militar en el salón». La poderosa y topológica razón que esgrimió quien en su día lució colores y talle de avispa en su papel de Supervivienda, fue la que sigue: «por lo de separar espacios». De este modo, invitando a los representantes de las Fuerzas Armadas a abandonar el Salón, pretendía Colau apartar a los infantes de la tentación de optar por la vía bélica que, incompatible según sus entendederas con cualquier suerte de enseñanza digna de tal nombre, ofrecían los militares allí apostados.
Un año más tarde, el mismo Ejército que en su día aterró al sedicente Ministro de Asuntos Exteriores de Cataluña por sobrevolar Cataluña, temiendo una invasión tan imposible como la bien remunerada condición ministerial con que se presenta en algunas estancias europeas, ha triplicado su marcial ocupación en esa región. Queremos decir con esto, para sosiego de cabezas tan despejadas como la citada o tan pobladas como la de Puigdemont, que tras el referido incidente con Ada Colau, el Ejército se ha apresurado a realizar su preinscripción en el mismo Salón de la Enseñanza de Barcelona, dejando sin reacción a los pacifistas de todo pelaje y condición, pues la fobia a lo militar se dice de mucha formas.
Una de ellas es la que busca la desaparición de lo bélico en todo el orbe, anhelando la instauración de una atmósfera irenista de escala planetaria que contrasta con la realidad hasta el punto de hacer imposible tan ingenuo propósito. Quienes así se conducen, ya sean los más arriscados antisistema, herederos en Cataluña del clásico anarquismo, y capaces de elaborar refinados lemas como el ya clásico «¡tanques sí!, pero de cerveza»; ya los más sesudos defensores de una siempre desarmada sociedad civil de borrosas fronteras, ignoran la cruda realidad de un globo mucho menos globalizado de lo que creen, repleto en los mapas de manchas de color, las naciones políticas, y de una verdadera maraña de líneas llamadas fronteras, institución humana alrededor de la cual crece el federalismo, pero también la diplomacia y…. el poder militar. Dentro de este colectivo parece figurar, salvo que nos encontremos ante un infiltrado que borda su papel, un correligionario de Colau, el ex JEMAD José Julio Rodríguez, que tras su incorporación a las filas moradas se ha confesado militar pacifista, testimonio similar al de algunos de sus ex compañeros de gremio, que han sustituido el desagradable vocablo «guerra», por una fórmula imprecisa y procesual, la que responde a la resolución, pacífica, de conflictos. Huelga decir que la tradición pacifista española es larga, si bien uno de sus precedentes más mediáticos y recientes, con evidentes réditos políticos, fue el que se dio en los días del «¡No a la guerra!», que tenía en su metafórico punto de mira a quien había terminado con el servicio militar obligatorio: José María Aznar.
Sería, por otro lado, una imperdonable ingenuidad obviar un aspecto fundamental en esta controversia barcelonesa: las Fuerzas Armadas que triplicarán su espacio en el Salón, debido en gran medida al efecto llamada provocado por la propia alcaldesa con sus nada hospitalarias palabras, lo son de España, y tienen un mandato constitucional nítido: «garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional», misión que choca frontalmente con el fin de todas las maniobras, argucias y apelaciones al políticamente inexistente pueblo catalán, a las que se ha sumado la propia Colau, firme partidaria de mutilar el cuerpo nacional y electoral español necesario para dar paso al famoso «derecho a decidir».
En estas circunstancias, y pese a que la alcaldesa logró que en el Salón de la Infancia navideño no participara ningún cuerpo armado, el Ejército podrá, seguramente con gran éxito, ofrecer su jugosa oferta. Una oferta que no es sólo educativa, pues es evidente que un militar debe estar adiestrado en el llamado, no sin razón, arte de la guerra, sino también profesional, la que ofrece el Ministerio de Defensa, antes de la Guerra.
La vuelta de las Fuerzas Armadas al Salón ofrecerá a la alcaldesa una nueva oportunidad de exhibir sus escasas dotes interpretativas, aquellas que no le alcanzaron para hacer carrera como actriz. Cabe, no obstante, esperar que nos regale una escena similar, fiel a su prontuario ideológico en el cual tiene cabida, paralelo al mentado pacifismo, un laicismo que tiene mucho de anticlericalismo. Precisamente en el punto en el que confluyen Iglesia y Ejército aparece la figura de un gigante de la dramaturgia, Calderón de la Barca, clérigo, soldado y autor de unas letras indigeribles en el Ayuntamiento de la Ciudad Condal: «la milicia no es más que una religión de hombres honrados».

viernes, 20 de enero de 2017

España arbórea

La Gaceta, domingo 15 de enero de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/espana-arborea-16012017-0720
España arbórea
Acuñada por Estrabón, la imagen de una Hispania tupida hasta tal punto de vegetación que permitiera a una ardilla cruzar la Península de punta a punta, ha sido un lugar común hasta, al menos, la aldeanización educativa que padece una de las dos naciones políticas que se asientan sobre los terrenos por los que todavía serpentean las huellas de la calzadas o en los que permanecen los cráteres auríferos de Las Médulas: esa España cuyo nombre es impensable en determinados labios que la identifican, de forma indocta, con Franco. Tal fisionomía clásica y forestal contrasta, no obstante, con la desenfocada percepción de Ortega, que veía a la Castilla mesetaria y a menudo yerma, como hacedora y deshacedora de la propia España. Sea como fuere, la metáfora arbórea acude puntualmente a la prensa cada cierto tiempo. Dos han sido esta semana las noticias que han permitido recordar alegorías vegetales trazadas por históricos representantes nacionalistas: Pujol y Arzalluz.
            La primera de ellas tiene que ver con la dulce visita que ha realizado el menor del clan Pujol Ferrusola, Oleguer, a un edificio cercano a ese kilómetro cero que acaso sea el último vestigio del denostado centralismo español: el edificio de la Audiencia Nacional. La visita se saldó con la aplicación de rigurosas medidas para un individuo del que se reconocen amplias habilidades en el lavado de capitales al que diera nombre el higiénico talento de Al Capone: la retirada de su pasaporte, detalle menor que no le impedirá recorrer media Europa, y el compromiso de comparecer ante el juzgado cada quince días. Semejante mimo del poder judicial con respecto al clan Pujol ha hecho, en efecto, evocar aquellas palabras pronunciadas por Jordi Pujol y Soley en el Parlamento de Cataluña ante sus dóciles opositores y herederos hace poco más de dos años. En tan singular comparecencia, avisaba el pater familias del catalanismo de los riesgos de una poda desmesurada, pues, a su parecer, «si se siega una rama del árbol, caen las demás».
       Emboscada tras las palabras de Pujol habitaba una potente y velada amenaza fundamentada en la sospecha de que el expresidente de la Generalidad, ante el que claudicaron todos los presidentes de la Nación, dispone de amplios informes que comprometerían seriamente a personas que han ostentado las más altas responsabilidades políticas en España. Esta sería, al parecer, la razón por la cual ningún miembro del extenso clan ha sentido en sus carnes las sensaciones que se experimentan en los a menudo desforestados patios carcelarios. En tales circunstancias, y aunque nos gustaría equivocarnos, todo parece indicar que la poda de la maleza que ha crecido en Cataluña gracias a los cuidados de los jardineros de Madrid, será puramente ornamental.
            Mientras todo esto ocurría en el Principado, otro territorio distinguido por su feracidad política, las Vascongadas en las que crece el roble de Guernica, ha ofrecido una nueva muestra de hasta qué punto la política de claudicación con los separatistas, ya se trate de los escatológicos aferrados al «derecho a decidir» ya los más hábiles chantajistas, sigue vigente. Si desde hace años se ha procedido a la imposición del vascuence en la toponimia, llegando incluso a transformar los nombres, borrando de paso todo pasado histórico, esta semana, el Partido Popular, representado por la omnipresente Soraya Sáenz de Santamaría, en su afán por obtener el apoyo del PNV, ha cedido nuevamente. En esta ocasión, tras la sustitución del incómodo delegado del Gobierno Carlos Urquijo por Javier de Andrés, la complicidad de ambos partidos permitirá, gracias a una nueva renuncia, que los municipios vascos se comuniquen únicamente en vascuence.
            Los efectos, huelga decirlo, son evidentes. Al levantamiento de una nueva frontera laboral y ciudadana se añadirá el fortalecimiento de la red clientelar que se viene tejiendo dentro del sistema educativo transferido hace décadas. Gracias al Partido Popular, un jugoso mercado se abre en la dirección contraria a la que señalara Cervantes hace cuatro siglos, cuando durante el breve mandato de Sancho en la ínsula Barataria, situaba a su lado a un secretario que desarrollaba tal oficio de forma casi consustancial a su origen: «Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno», decía, bordando su papel. Privilegiados antaño, los privilegiados vascongados de hogaño serán aquellos secretarios que dominen en este caso el batúa.
            Echados definitivamente al monte, Puigdemont y Urkullu, máximos representantes del Estado en las Comunidades que gobiernan, han manifestado ya su intención de no asistir a la conferencia de presidentes que tendrá lugar el próximo martes en el Senado. Despreciando las exhortaciones del Gobierno y avanzando por la senda del exclusivismo y la bilateralidad, ambos, sin duda con el nogal de Arzalluz en la memoria, esperan que las nueces, sin necesidad de agitar el árbol, caigan al suelo de puro maduras en forma de nuevas concesiones por parte de un nuevo Gobierno tan cortoplacista como sus predecesores.

domingo, 15 de enero de 2017

"El mito de Cortés". Entrevista en EsRadio

Leyenda Negra, sables e imperios

Tercera de ABC, sábado 15 de enero de 2017:
Leyenda Negra, sables e imperios
El día 18 de abril de 1899, invitada por la Sociedad de Conferencias, Emilia Pardo Bazán acuñó, en sentido historiográfico, la expresión leyenda negra en la conferencia titulada «La España de ayer y la de hoy», en la que tal construcción cobraba sentido al oponerse a la no menos nociva leyenda dorada. Años más tarde, Julián Juderías sistematizó los componentes de tal leyenda, asociando su figura a tal rótulo. Ocurría todo ello en la estela de la derrota en la Guerra de Cuba y la pérdida de las provincias de ultramar.
Un siglo más tarde, los efectos de la leyenda negra antiespañola se dejan ver en cada conmemoración que tenga que ver con nuestro pasado imperial, el de los españoles, pero también el de los hispanos en general. La leyenda negra es ya un género que cuenta con anaqueles propios en toda biblioteca que tenga un mínimo fondo histórico, pues su conexión con la idea de imperio parece evidente más allá del uso coloquial de la expresión. Sobran, pues, los motivos para seguir indagando en sus usos pretéritos y en los contextos que propiciaron su empleo.
Todo parece indicar que «leyenda negra» en español, al menos en su uso decimonónico, siglo de la hegemonía cultural y editorial francesa, es un préstamo de su légende noire. En concreto, un préstamo que conecta con el periodo imperial francés y con su figura más representativa: Napoleón Bonaparte. Así es, en 1819 la leyenda negra aparece en un escrito satírico de contenido político: la carente de firma Épitre à mon honneur. Satire politique imitée de Boileau (Imp. de J. G. Dentu).
Et lui-même, pour qui, dans la légende noire, / On vint chercher un nom ronflant comme sa gloire, / Ce grand Napoléon, que la Corse engendra,…
(Y él mismo, para quien, en la leyenda negra / Se fue a buscar un nombre tan rimbombante como su gloria, / ese gran Napoleón, a quien Córcega engendró…).
El uso iba ligado a la personalidad de un personaje concreto, individual, si bien se trataba de un individuo que encarnaba al Imperio, como puede comprobarse en el retrato de Ingres, en el que el corso aparece hierático y rodeado de símbolos áulicos tales como el armiño, el cetro de Carlos V o la Mano de la Justicia de Carlomagno. Napoleón pisa, además, una alfombra con el águila romana y los signos zodiacales… estableciendo así una relación con otro modelo imperial que de algún modo trataba de legitimar su imperio heredero de una revolución cimentada en la guillotina y las ciencias.
La segunda referencia, también anterior a la intervención de Pardo Bazán, aparece en un artículo titulado «La Prensa de gran circulación»
(El Movimiento Católico, Madrid, jueves 10 de junio de 1897, p. 1), periódico dirigido por el carlista, facción que vio al Anticristo en Napoleón, Valentín Gómez y Gómez. Fundador de Unión Católica y arropado por Menéndez Pelayo, Gómez y Gómez también se interesó en una figura negrolegendaria canónica, la que da título a su Felipe II. Estudio histórico-crítico (1879). El texto periodístico al que nos referimos, en el cual se denuncia el sesgo propagandístico de la prensa, es el siguiente:
«Sabíase además que en Cuba se habían personificado en la figura del general Weyler todas las crudezas de la guerra última, como hubiera dicho Ricardo Olney, o todos los rigores fuera de la ocasión del combate, como dice ahora El Imparcial. Quizás fuese injusta la leyenda; pero la leyenda existía: esto es indudable.
»Lo que para los liberales fueron el conde de España y Cabrera; lo que para los carlistas fueron Mina y Nogueras, era Weyler para los cubanos afectos más o menos a la causa separatista. Esa leyenda negra se había extendido por toda América; el romancero mambís reservaba sus estrofas más severas para trazar la figura del general Weyler.
»Probablemente todo esto es inexacto. Los horrores que en los bohíos de Cuba se han venido refiriendo de Weyler, es muy posible que sean calumnias. […] la prensa de gran circulación movió los ánimos, e hizo creer a las gentes que el general Weyler era un salvador que nos deparaba la Providencia. Ahora esa misma prensa muda de bisiesto, y dice todo lo contrario que decía. Quizá tenga razón; pero ¿quién puede hacer caso, ni tomar en serio a la prensa de gran circulación?».
Como en el caso de Napoleón, Valeriano Weyler fue identificado, desde el independentismo cubano, con España, del mismo modo que lo eran, desde determinadas Españas, los Cabrera o Mina, en una rivalidad entre «las dos Españas» que marcó el siglo y de la cual todavía se escuchan ecos maniqueos. Weyler, tal y como aparece en el artículo, nos conecta con Emilia Pardo Bazán, pues, al igual que en el caso parisino, la leyenda negra cobra sentido gracias a un correlato que en este caso viene de la mano de una Providencia que no podía dar de lado a los defensores del católico modo hispánico frente a los sediciosos alimentados por los sectarios de Lutero.
Los sables de Napoleón y de Weyler se manejaron en defensa de dos imperios que hubieron de sufrir guerras propagandísticas, de papel. Ataques que, si en el caso francés fueron neutralizados por la grandeur, en España hicieron mella hasta constituirse en una verdadera patología nacional cuyos efectos llevan a distorsiones tales como considerar un genocidio la conquista y civilización de América, marcada por el mestizaje y las leyes proteccionistas sobre los naturales; o a creer en el mito armónico e irenista de la España de las tres culturas.

Por todo ello, y dada la actualidad de los efectos que la leyenda negra causa entre nuestros compatriotas, conviene rescatar estas dos referencias, y sus consecuencias. Extraiga el lector sus propias conclusiones.

viernes, 13 de enero de 2017

Alemania, prisión de naciones


La Gaceta, domingo 9 de enero de 2017:

Alemania, prisión de naciones

El 29 de abril de 2015, el Tribunal Constitucional de Italia rechazó una iniciativa impulsada en la región del Véneto que pretendía celebrar un referéndum independentista. La principal razón esgrimida por los togados fue que la República Italiana es «una e indivisible». El rotundo no, venía acompañado del reconocimiento, perogrullesco para cualquier nación de una mínima escala, del pluralismo de sus regiones, variedad y distinción que en modo alguno podía emplearse para que los gobernantes de las mismas, emboscados en su parcialidad, se arrogaran la representatividad de esa pretendida nación cuya cristalización política supondría la destrucción de la propia Italia. El Alto Tribunal apuntalaba definitivamente su negativa con un argumento que destruía la burda argucia de los secesionistas norteños: la convocatoria de un referéndum consultivo no podía engolfarse en la invocación a la libertad de expresión de los ciudadanos para hacer pasar tal votación como un rutinario y menor proceso de toma de temperatura política. En todo caso, tal libertad debía extenderse al todo, no a una parte, de la ciudadanía. O lo que es lo mismo, las opiniones de los avecindados en Venecia en relación a la unidad de Italia no estaban por encima de las de los habitantes de Nápoles.
Recientemente, otro conjunto de hombres con vestidura talar, el que conforma el Tribunal Constitucional de Alemania, ha dictaminado que el «land» de Baviera no tiene derecho a celebrar un referéndum de independencia porque tan mutiladora como supuestamente democrática ceremonia, atenta contra los derechos del pueblo alemán, constituido en un Estado-nación cuya forma política es una República Federal. La resolución de los jueces alemanes niega de este modo las aspiraciones que pudieran tentar a cualquiera de los Estados de la actual Alemania precisamente porque tales Estados se han federado, es decir, se han fusionado, por más arabescos jurídicos y aspavientos voluntaristas que traten de trazar las facciones separatistas en cualquiera de ellos, acaso tentadas de presentar a Alemania, como una suerte de prisión de naciones, calificativo tan manido en España por parte de los diversos movimientos disolventes que operan impunemente en ella.
En cualquier caso, las dos resoluciones ponen de relieve la existencia en la actualidad de dos fuerzas políticas poderosas, ambas relacionadas con dos naciones políticas que se fraguaron sobre sus respectivas y previas naciones históricas: las canónicas Italia y Alemania, pero que amenazan con extenderse a otras latitudes. En primer lugar, la existencia de sectores sediciosos en aquellos territorios en los cuales floreció por igual la industrialización y el cultivo romántico del mito de la Cultura; y por otro, la fortaleza que, al menos en los ejemplos citados, exhiben algunas sociedades políticas, conscientes de los grandes sacrificios –movimiento poblacional, descapitalización de regiones- que ha sido necesario asumir, y que en el caso de Alemania añade el esfuerzo de la unificación postcomunista, para llegar a la situación actual.
Como es lógico, los procesos tienen su trascendencia en la España embelesada todavía por el mito de Europa. Aunque en los dos casos la situación y la resolución son similares, el alemán tiene una mayor profundidad, pues en él se inserta una de las palabras fetiche de la autodenominada izquierda española y de todo independentista que se precie. Nos referimos al término «federal» que caracteriza a la república alemana que, como es sabido, no sólo fue el espejo en el que se miraron los redactores de la actual Constitución española, sino que fue también desde las tierras germanas desde donde fluyeron jugosas cantidades de dinero para fortalecer a la socialdemocracia española, siempre servil con sus verdaderos compañeros de viaje desde el Contubernio de Múnich financiado por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos: los separatistas vascos y catalanes. Fue precisamente en la Baviera de 1962 donde se agitaron las aspiraciones de las llamadas comunidades naturales por parte del colectivo federalcatólico que tomaría el poder tres lustros más tarde, moldeando una España de aspiraciones asimétricas, adoctrinamiento escolar y exaltación de los rasgos más aldeanos de cada región.

Teniendo en cuenta tales circunstancias históricas y los efectos conseguidos en relación a esa unidad que tanto encarecen los togados italianos y alemanes, los dictámenes de estos deberían servir como modelo no sólo para los exégetas del Derecho Constitucional, colectivo dividido de forma maniquea en progresistas y conservadores bajo cuyas faldas se esconden los políticos, sino también para los propios ciudadanos españoles, siempre atenazados por las cadenas del terruño y las señas de identidad que con tanto entusiasmo cultivaron políticos desde Pujol o Fraga, arquitectos de esta España siempre diferente.

El mito de Aznar

La Gaceta, domingo 26 de diciembre de 2016:
http://gaceta.es/ivan-velez/mito-aznar-26122016-0823
El  mito de Aznar

Desencantado con la política seguida por su heredero deíctico, Mariano Rajoy, José María Aznar ha vuelto a protagonizar numerosas portadas, dando de este modo materia de análisis a una profesión fuertemente arraigada en su familia. Al cabo, tanto el padre como el abuelo de quien presidiera España entre 1996 y 2004, se desempeñaron en tareas periodísticas. Aznar regresaba a la más inmediata realidad mediática, logrando lo que muchos, siempre prestos al análisis psicologista, han interpretado como su mayor anhelo: la avidez de notoriedad que si ahora se alcanza con la dimisión como Presidente de Honor del Partido Popular, se consiguió en su día con aquella imagen en la que el madrileño apoyaba sus presidenciales pies en la mesa del emperador George W. Bush durante una reunión del G-8.
La decisión de Aznar sucedió a la emisión por parte de FAES de un análisis en el que los populares aparecen como un partido acomplejado que ha asumido «el relato de sus adversarios» particularmente en lo tocante al desafío independentista puesto en marcha por las sectas hispanófobas que tienen su asiento en las instituciones políticas catalanas y en su enorme red clientelar financiada con dinero público. La gota que habría colmado el vaso de la paciencia de Aznar, acogido, cuando no inspirador, de las tesis del informe de FAES, habría sido la actividad desplegada en Cataluña por la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, a quien, por otra parte, se atribuye la protección de una serie de medios que dibujan con los más siniestros trazos la figura de Aznar al tiempo que predican las bondades taumatúrgicas del diálogo, panacea del adalid de la Alianza de Civilizaciones: José Luis Rodríguez Zapatero.
Empleando tan simplista como maniqueo esquema, muchos son los que han respirado con impostado alivio al conocer el retiro, aparentemente definitivo, de Aznar, que recibiera el calificativo de «asesino» por su adhesión a las iniciativas bélicas de un célebre trío del que formó parte: el de las Azores, cuyos integrantes parecen estar hoy condenados a un ominoso olvido. Un calificativo, el de asesino, que mostraba las vergüenzas analíticas, no exentas de una impúdica exhibición de odio y sectarismo, de quienes así tildaban al Presidente del Gobierno, pues si bien es cierto que toda guerra, por más que se califique como «misión de paz», lleva aparejadas numerosas muertes, quienes las declaran lo hacen como representantes de naciones en lugar de como individualizados sanguinarios que vieran realizados sus deseos más inconfesables al sembrar de cadáveres la tierra bajo la cual se hayan las bolsas petrolíferas.
Sea como fuere, el abandono de Aznar, figura oscura percibida como una suerte de conciencia del pasado que operaba en la sombra del Partido Popular, puede favorecer el ya citado diálogo planteado por los catalanistas con Cataluña y España como interlocutores, en evidente y habitual manipulación de las proporciones, del todo y la parte, en definitiva. Sin embargo, los datos desmienten el mito de un Aznar presentado como a un feroz anticatalanista que habría contribuido a la crisis que, en forma de interminable proceso, venimos padeciendo los españoles a cuenta de las ansias independentistas de un importante sector de la sociedad catalana. Un simple repaso a
la acción de gobierno desarrollada por Aznar en relación con esta comunidad autónoma lo muestran como todo lo contrario de lo que se pretende transmitir ahora.
Fue Aznar y no Rajoy quien permitió que las comunidades autónomas, con el pacto del Majestic sellado con Pujol como trasfondo, pasar del 0% al 35% en la recaudación del IVA. También fue su Gobierno el que propició que el IRPF transferido a las comunidades autónomas ascendiera del 15% al 33%. Es indudable que tales dineros no se han empleado para fortalecer el patriotismo entre los avecindados en Cataluña. Al margen de estas cesiones económicas, fue Aznar quien frenó al Tribunal Constitucional y al Defensor del Pueblo cuando se pusieron en marcha las sanciones lingüísticas que prácticamente han erradicado el español de la cartelería comercial catalana. Si el asunto de los rótulos es importante, qué decir de su inacción a la hora de garantizar contenidos educativos comunes y enseñanza en español en toda la Nación.
Fue también nuestro hombre quien limitó las competencias de la Guardia Civil en favor de unos Mozos de Escuadra que los más aguerridos independentistas ven como garantes de la culminación de la secesión. Difuminados los tricornios del paisaje catalán, Aznar tomó una decisión que encaja mal con la caricatura bélica de la que es objeto, pues no en vano fue él fue quien eliminó el servicio militar obligatorio, decisión pactada con la propia CiU, que de esta manera conseguía que los catalanes no engrosaran las filas de un ejército cuya misión es «garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional».
Ante tales datos, difícilmente puede definirse a Aznar como enemigo implacable de Cataluña. Antes al contrario, y al igual que sucede con Felipe V, el expresidente favoreció enormemente los intereses de determinados colectivos radicados en esa región. Pese a ello, don José María debe cargar con la losa del anticatalanismo, un peso acaso liviano en comparación con el que supone la íntima certeza de saberse parte del principal problema nacional.