lunes, 6 de mayo de 2019

Calvo, Junco y la negación de las glorias españolas

Libertad Digital 4 de abril de 2019
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Calvo, Junco y la negación de las glorias españolas

            El pasado 1 de marzo, en respuesta a una petición cursada por Bieito Rubido, director de ABC, la Real Academia de la Historia emitió un informe sobre la primera circunnavegación a la Tierra. En un breve escrito que adoptó todas las cautelas para evitar que la conmemoración se convierta en «una fuente de disidencias entre los dos países vecinos», los reunidos en la madrileña calle del León fueron claros en una conclusión cimentada en la abundante documentación que se conserva en relación a tan gran hazaña: «Es incontestable la plena y exclusiva españolidad de la empresa». El informe recoge todos los argumentos que conducen a semejante resultado.
            En lo relativo a Magallanes, se aclara que él mismo fue el que castellanizó su nombre, el original Fernão de Magalhaes mutó en Fernando de Magallanes. Ya convertido en Magallanes, don Fernando dictó y firmó su testamento en el Alcázar de Sevilla. El él instituyó un mayorazgo cuyo benefactor era su hijo Rodrigo, nacido en Sevilla. De fallecer este sin descendencia, Magallanes impuso a su familia que el heredero castellanizara su apellido, llevara sus armas y se avecindase en Castilla. La ruptura familiar con Portugal queda establecida inequívocamente sobre el papel. Los Magallanes pasaban de este modo a convertirse en un linaje netamente castellano.
            Si este fue el proceder individual del navegante, la envoltura legal de la empresa, por no hablar de una financiación hecha a costa de la Corona y del poderoso grupo burgalés encabezado por Cristóbal de Haro, se ajustó plenamente a una tradición cimentada en las Partidas alfonsíes, en las que se apoyó gran parte de las Leyes de Indias. Todo ello determinó que Magallanes prestase  pleito-homenaje a Carlos I y le rindiese pleitesía según uso y fuero de Castilla. Quien se hizo a la mar rumbo a la Especiería era un vasallo del rey español, sin vínculo alguno con el portugués. En estas condiciones se hizo a la mar Magallanes navegó bajo un estandarte, el real, que se comprometió a defender hasta la muerte. A estas condiciones previas hay que sumar el obstruccionismo portugués encarnado en las personas de Álvaro Da Costa y Sebastián Álvarez, que consideraron traidor y renegado a Magallanes.
            De nada han servido tan sólidos argumentos frente a un Gobierno, el actual, obsesionado con ajustar a su lecho de Procusto ideológico cualquier hecho del pasado. En efecto, un mes después de que se emitiera el informe comentado, la vicepresidenta Carmen Calvo y el ministro de Negocios Extranjeros de Portugal, Augusto Santos Silva, han dado a conocer algunos detalles de la celebración conjunta del V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo de Magallanes y Elcano. La conjunción conmemorativa viene a enmendar el olvido, uno más, de nuestros gobernantes, los actuales y los populares pretéritos, en relación a nuestra Historia. Un olvido motivado en gran medida por la ausencia de una filosofía de la Historia capaz de enfrentarse al origen imperial de España y a su existencia como nación histórica previa a su transformación en nación política. Este es, probablemente, el motivo por el cual el historiador escogido para diluir la españolidad de la primera circunnavegación haya sido José Álvarez Junco que, en relación al viaje culminado por Elcano, a quien se debe la decisión de regresar a España por la ruta índica, anegó la especie española en el género humano antes de regresar a uno de sus lugares comunes. Al decir del ilerdense, España no existía en 1519...
            Nada hay de novedoso en la afirmación alvarezjunquiana, pues el autor de Mater dolorosa sostiene que no ha habido una conciencia nacional española anterior a la Guerra de la Independencia, más allá de la que se diera en «ciertas élites intelectuales y políticas cercanas al poder». Esta fue la respuesta que dio al suplemento El Cultural del periódico El Mundo en abril de 2008, postura que no parece haberse modificado en la última década. A buen seguro es esta perspectiva, mantenida en el tiempo, la que ha hecho que los ojos de la Calvo, o los de sus asesores, se posaran en la figura de don José, que se ha apresurado a afirmar que en estos fastos no hay lugar para glorias nacionalistas. Al cabo, según dijo tratando de evitar tan, a su juicio, peligrosa glorificación, «España en esos años significa Península Ibérica». La afirmación, que parece evocar a Camoens, arroja una nebulosa de tintes geográficos sobre una tierra en la que reinaban dos reyes: el Carlos español y el Manuel portugués, que tan mal trató a Magallanes. Cinco siglos después de que comenzase aquella gesta española que culminó en 1522 cuando al otro lado del Atlántico ya se hablaba de la Nueva España, la ministra Calvo busca el apoyo de un hombre de letras para rebajar los méritos de nuestros ancestros y de nuestra propia nación. Lejos quedan aquellas letras que dejó escritas Quevedo en su España –que no península- defendida: «Hijo de España, escribo sus glorias».

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