martes, 21 de julio de 2020

Negros, esclavos y pantallas

Libertad Digital, 18 de junio de 2020:
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Negros, esclavos y telepantallas

            La muerte a manos o, por mejor decir, a rodillas de la policía de Minneapolis, del delincuente George Floyd, ha echado a las calles a un gran número de individuos que, al amparo del ya clásico lema, Black Lives Matter, han puesto sus rótulas en tierra para pedir perdón con perspectiva de raza. Al tiempo que se llevaban a cabo tan pacíficas ceremonias, han sido derribadas las estatuas de quienes se identifican como símbolos del racismo inherente, al parecer, al hombre blanco, signifique esto lo que signifique, pues no parece sencillo establecer la cantidad de melanina que delimite a este colectivo. Junto al brote internacional de violencia callejera que ha acompañado a las sentidas peticiones de perdón, fenómenos recortados sobre el fondo de las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, ha destacado la caída de los bronces colombinos, derribo que cuenta ya con una larga tradición en todo el continente americano.
            Al margen de la consideración que se tenga de la iconoclasia, tan asumida en la España memoriohistoricista, no faltan razones para critica la figura de Colón, pues el almirante dejó mucho que desear como gobernante. En relación al asunto que nos ocupa, fracasado en su intento de implantar en las Antillas una factoría esclavista a la genovesa, Colón fue desposeído de sus cargos. Francisco de Bobadilla se encargó de capturar al venal almirante, apodado el Faraón por su despotismo, para su traslado, cargado de cadenas, a Castilla. La caída en desgracia de Colón se debió a su desviamiento del ortograma imperial marcado por los Reyes Católicos, que prohibía la reducción a la esclavitud de los naturales, a los que se consideró súbditos. Si en su momento los bronces colombinos se fundieron para reforzar la presencia de los italianos en la sociedad norteamericana, su actual derribo supone un ataque al despliegue imperial español en el Nuevo Mundo, entendido este desde coordenadas negrolegendarias. De hecho, Colón no ha sido el único damnificado en efigie. A su nombre hemos de sumar, por ejemplo, el de Ponce de León, que buscó, sin éxito, la fuente de la eterna juventud. Del carácter hispanófobo de estos ataques da cuenta el hecho de que la podemita Jéssica Albiach se ha mostrado partidaria de desmontar el monumento erigido a Colón en una ciudad, Barcelona, que debe mucho a los pingües dividendos que arrojó el tráfico de esclavos al que destacados clanes catalanes se entregaron.
            Es innegable que en el Imperio español existieron esclavos, sin embargo, no puede caracterizarse a este como netamente esclavista, pues en lo relativo a la población natural, las leyes, al margen de su estricta obediencia -¿acaso alguna ley se cumple por el mero hecho de ser enunciada?- buscaron siempre la protección de los indígenas. Ello no fue óbice para que en 1517, un lustro después de la aprobación de las Leyes de Burgos, y contraviniendo estas, Francisco Hernández de Córdoba, que ya había acompañado a Pedrarias, se echó al mar para capturar esclavos. Sin embargo, ya en ese tiempo existían españoles esclavizados por unos indígenas que en absoluto responden al idealizado retrato que de ellos hizo Las Casas. La realidad de lo españoles esclavizados se plasmó en la Instrucción que dio Diego Velázquez de Cuéllar a hernan Cortés, en la que destaca el mandato de buscar a «seis cristianos captivos y los tienen por esclavos y se sirven dellos en sus haciendas, que los tomaron muchos días ha de una carabela que con tiempo forzoso por allí aportó perdida, que se cree que alguno dellos debe ser Nicuesa, Capitán que el muy católico Rey don Femando, de gloriosa memoria, mandó ir a Tierra Firme; y redimirlos será grandísimo servicio de Dios Nuestro Señor y de Sus Altezas».
            Iniciada la travesía, la primera escala de la flota cortesiana se hizo en Cozumel, isla en la que fue rescatado Jerónimo de Aguilar, natural de Écija, que llevaba allí desde 1511 como superviviente de un naufragio. Durante aquel tiempo, había conseguido escapar de las manos de un cacique que, según Bernal Díaz del Castillo, lo tuvo junto a otros españoles, «en caponera a engordar para otro banquete y ofrenda». Aguilar, que conservaba un libro de horas que le sirvió para saber que el día de su retorno al orbe cristiano, era miércoles, fue muy valioso, al convertirse en intérprete de Cortés.
            Ya en tierra firme, los españoles tuvieron frecuentes contactos con los hombres esclavizador por los mayas. De hecho, doña Marina formó parte de la ofrenda de una veintena de esclavas entregadas a los barbudos tras la batalla de Centla. Nacida probablemente en Olutla, la joven pertenecía a un distinguido linaje, algo que no fue obstáculo para su venta como esclava a los mercaderes mexicas. Es muy posible que la niña, junto a otros esclavos y a productos artesanos y agrícolas, viajara por vías fluviales hasta Xicallanco, donde fue comprada por los mayas de Potonchan. Ya en su marcha hacia Tenochtitlan, en Tlaxcala, los embajadores de Moctezuma, tratando de frenar el avance hacia la capital del Imperio mexica, ofrecieron un tributo anual de plata, piedras preciosas, esclavos, plumería y ropa de algodón para el rey Carlos. La de Tlaxcala no fue la única oferta de mercancía humana. Cerca del corazón mexica, en Amecameca, los españoles fueron acogidos en las estancias de su cacique. Este, tratando de congraciarse con tan exóticos como poderosos visitantes, les entregó cuarenta esclavas y tres mil pesos de oro.
Una vez dentro de la ciudad lacustre, Cortés y sus compañeros pudieron visitar el fabuloso mercado de Tlatelolco, en el que el cacao y las mantas hacían las veces de moneda. Al carecer de unidades de peso, las transacciones se hacían por piezas y tamaños. En el gran tiánguez se comerciaba con todo tipo de materias, productos y seres vivos. Entre ellos los esclavos, que iban atados a unas varas largas a modo de colleras, y que se valoraban en función de sus aptitudes. Sus habilidades para cantar o danzar, es decir, para convertirse en gentes de placer, aumentaban su valor. Al ver a aquellos hombres maniatados, Bernal evocó a los negros de Guinea con los que comerciaban los portugueses.
            A todos estos testimonios hemos de sumar el de Gonzalo Fernández de Oviedo. En su Sumario de la natural historia de las Indias, el cronista, que participó en la expedición de Pedrarias, dejó escritas estas palabras:
            Las diferencias sobre que los indios riñen y vienen a batalla son sobre cuál tendrá más tierra y señorío, y a los que pueden matar matan, y algunas veces prenden y los hierran, y se sirven de ellos por esclavos, y cada señor tiene su hierro conocido; y así, hierran a los dichos esclavos, y algunos señores sacan un diente de los delanteros al que toman por esclavo, y aquello es su señal.
            Aquella realidad esclavista fue incrementada por el propio Cortés que, ajustado a los cánones de la época, esclavizó a los rebeldes marcándoles a fuego la mejilla con un hierro en forma de G, letra con la que empieza la palabra «guerra». Los motivos para dejar esa impronta en sus rostros, los dejó escritos Francisco López de Gómara. En relación a lo sucedido en Tepeaca, dijo:
Cortés les convidó con la paz otras muchas veces, y como no la quisieron, dioles guerra muy de veras, […] y porque estuvieron muy rebeldes, hizo esclavos a los pueblos que se hallaron en la muerte de aquellos doce españoles, y de ellos sacó el quinto para el rey. Otros dicen que sin partido los tomó a todos, y castigó así aquellos en venganza, y por no haber obedecido sus requerimientos, por putos, por idólatras, porque comen carne humana, por rebeldía que tuvieron, porque temiesen otros, y porque eran muchos, y porque, si así no los tratara, luego se rebelaran. Como quiera que ello fue, él los tomó por esclavos, y a poco más de veinte días que la guerra duró, domó y pacificó aquella provincia, que es muy grande.
            Ya convertido en Marqués del Valle, el conquistador escribió a su primo, el licenciado Francisco Núñez, pidiéndole que solicitara licencia al rey para llevar a sus tierras «dos docenas de esclavos o esclavas moriscas del reino de Granada o de otra parte que sepan criar seda para esprimentar cómo se podría criar sin que pague derechos». Tres años después, a principios de 1533, en otra misiva dirigida al mismo destinatario, le encargó la compra de quinientos esclavos negros de entre quince y veinticinco años. La encargada de hacerle llegar aquellas «piezas» en la Nueva España, fue la compañía alemana de la familia Welser, representada por sus factores, Gerónimo Sailer y Enrique Ehinger.
            Todos estos ejemplos, y otros muchos que podrían exponerse, demuestran que tanto las sociedades prehispánicas, hoy idealizadas por sus autoerigidos defensores, como las sociedades europeas de hace medio milenio, disponían de esclavos. El intento de establecer una línea filogenética entre aquellos hombres, determinados por factores aristotélicos, económicos pero también egoístas, y los racistas coetáneos, sólo es posible gracias a la existencia de un gran número de individuos que, convencidos de que los límites del mundo coinciden con los límites de sus celulares, trabajan a favor de proyectos muy ajenos a lo capturado en sus pantallas.

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