lunes, 3 de marzo de 2014

El franquismo y los intelectuales

Artículo publicado el lunes 3 de marzo en La Voz Libre:

El franquismo y los intelectuales

Antonio Martín Puerta, economista, historiador y profesor en la Universidad San Pablo CEU, acaba de publicar el libro: El franquismo y los intelectuales. La cultura en el nacionalcatolicismo (Ed. Encuentro, Madrid 2014, 365 pp.). La obra, que en cierto modo continúa otras anteriores, llama la atención desde su mismo título, pues nadie ignora que en determinados contextos ideológicos, los términos «franquismo» e «intelectual» resultan incompatibles.

Esta cuestión, que el autor tiene bien presente, le obligará a detenerse en ambos conceptos, tratando de buscar cierta neutralidad desde la que ir cimentando una obra que afirma precisamente, y ello aportando numerosos ejemplos, la posibilidad, necesidad realmente, de que un régimen político se proyecte en los campos a los que se suele vincular al colectivo intelectual.
Así de aséptica será la definición que Martín Puerta adjudica al término «intelectual»:

… utilizaremos aquí el término intelectual desligándolo de sus originarias y sesgadas connotaciones ideológicas, adjudicándola a quienes realizan una labor artística, científica o de pensamiento con independencia de su adscripción (p. 28).

Y de este modo responderá a la pregunta: «¿Qué abarca el nacionalcatolicismo?», acudiendo a la temprana definición dada por Karl Schewendemann, jefe de la división política III-A del Ministerio de Asuntos Exteriores del Reich, el 7 de octubre de 1938:

La concepción del Estado en la España nacionalista se orienta hacia una síntesis de la tradición católica y de las ideas de un gobierno autoritario de tendencia social (p. 29).

Así pues, a lo largo de las páginas de El franquismo y los intelectuales veremos cómo el componente falangista, cercano en su aspecto revolucionario al fascismo italiano, más lejano al pagano nazismo en tanto en cuanto el elemento racista no está presente en España, entre otras razones por la pronta incorporación del tradicionalismo, irá perdiendo fuerza hasta convertirse, en el final de la década de los 50 –cerrada con el Plan de Estabilización de 1959- en poco más que una envoltura estética que, por otro lado, hace regresar al falangismo a alguno de sus componentes primigenios: el estético.
En definitiva, el libro abarca dos décadas de un franquismo que en modo alguno puede percibirse como un todo homogéneo. Será precisamente una percepción tan tosca como habitualmente implantada en amplios sectores de la sociedad española, la que impida un riguroso análisis del período histórico que dio lugar a la España del presente, transformación de la España franquista. Prueba de ello, de que el franquismo, por más que vaya vinculado a la figura de Francisco Franco, sufrió diversas transformaciones, la encontramos en un libro que no en vano reconoce que el nacionalcatolicismo se agostaría con la llegada de los tecnócratas de un Opus Dei que sin renunciar a la fe cristiana, introducirá nuevos componentes.
Es, por lo tanto, adoptando esta perspectiva que admite un pluralismo dentro del franquismo, como Martín Puerta puede afinar al hablar de censura, depuraciones y exilios –existentes también durante la II República-, a los que dedica capítulos específicos en el que se advierte hasta qué punto la coyuntura política, interior, pero también externa, determinaron en gran medida la evolución de personas, ideologías e instituciones o explica la transformación de personajes como Dionisio Ridruejo, falangista de primera hora, pronto desengañado, que romperá con Franco en 1942.
El desvanecimiento del falangismo se producirá por motivos varios, entre los que cabe señalar los acontecimientos universitarios de 1956, cuando el SEU es cuestionado y comienza a tomar cuerpo una oposición a las posiciones dominantes desde los ya por entonces lejanos días de la Guerra Civil de la que hasta el PCE prefería olvidarse apostando por la reconciliación nacional. Se hará visible entonces una particular oposición liderada por franquistas como Ruiz-Giménez, Antonio Tovar o Pedro Laín, integrados en una universidad que verá nuevas revueltas casi una década después, de la mano de revolucionarios tales como Aranguren o Tierno.
Tras pasar por estos asuntos, el autor elaborará unas prolijas listas de literatos y de publicaciones en las que el franquismo posterior al Concordato o la implantación de bases militares estadounidenses, cambiará por completo. España contará con escritores de talla, pero también con filósofos -algunos a caballo entre nuestro país y las universidades americanas, como Julián Marías, discípulo del en absoluto marginado Ortega-, economistas, historiadores, médicos, arquitectos y artistas plásticos de un nivel que permite que Martín Puerta afirme que «no puede decirse honestamente que el período tratado constituyese un páramo cultural o intelectual».
Pese a todo, tras la caída del falangismo, el nacionalcatolicismo también se disolverá, o se deshilachará, si nos atenemos a las palabras del autor que dedica un capítulo a tal circunstancia. El motivo no habrá de buscarse en un súbito hundimiento, sino más bien en la frágil estructura de tal modelo. Demos la palabra a Martín Puerta:

De modo que el catolicismo institucional de tendencias restrictivas vino a encontrarse con numerosos espacios que le resultaban casi infranqueables en la práctica, herméticos a una impregnación por parte de una cultura cristiana entendía a su modo que, cuando menos para el caso español, carecía de capacidad para una obra tan amplia, y manifestándose incluso entre los propios católicos no pequeñas lagunas. Y ello sin acudir a la consideración acerca de la pervivencia de sectores históricos -en todos los grupos sociales- hostiles al catolicismo, ahora acallados pero en modo alguno conquistados (p. 316).

La década siguiente, diferente al tiempo histórico estudiado en esta obra, serviría para ver las diversas evoluciones de la Iglesia en España, y encontrará en terceras potencias la energía y los recursos necesarios para contrarrestar las bondades que a los descontentos con el franquismo ofrecía un bloque político marcado por el ateísmo científico, materia ésta que ameritaría un trabajo específico.


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