domingo, 22 de febrero de 2026

Sánchez, encarnación de la soberanía popular

La Gaceta de la Iberosfera, 24 de noviembre de 2025.

https://gaceta.es/opinion/sanchez-encarnacion-de-la-soberania-popular-20251124-0001/

Sánchez, encarnación de la soberanía popular

Con la publicación del fallo de la Sala Segunda del Tribunal Supremo aún caliente, el frente sanchista ha desplegado una feroz crítica hacia los jueces. Poco importa que algunos de los firmantes de la resolución, pues la sentencia todavía no se ha conocido, fueran los mismos que firmaron las condenas del caso Gurtel. Aquellos espejos de imparcialidad han quedado, definitivamente, empañados. La veda abierta contra los togados todavía no controlados en su totalidad por el que Rubalcaba llamara Gobierno Frankenstein, continúa. 

En la carrera por atacar a los jueces que no fallan como quisiera el Gobierno y sus socios, el llamado galgo de Paiporta se anticipó y sentenció que Álvaro García Ortiz era inocente «y más aún tras lo visto en el juicio». Antes, también, de conocerse la condena por un delito de revelación de secretos, Ione Belarra, siempre a rebufo de Pablo Iglesias, propuso, nada menos que en la sede de la soberanía nacional, que no popular, un plan para «reventar a la derecha». En plena carrera toguicida, el golpista Junqueras se volvió a rasgar las vestiduras ante la parcialidad política, lawfare en jerga cosmopaleta, de la justicia española, reminiscencia del franquismo, esa sustancia eterna. Por último, la meritoria Yolanda Díaz ha animado a tomar las calles frente a los «togados reaccionarios» que han condenado al fiscal general del Estado para reclamar, imagino, una justicia popular.

Siendo todo ello tan preocupante como previsible, creo necesario señalar la gravedad de unas manifestaciones de Pedro Sánchez. Durante la presentación de la serie Anatomía de un instante, proyectada en el Congreso de los Diputados con motivo del aniversario del 23F, el presidente dijo estar dispuesto «a defender la soberanía popular frente a aquellos que se creen con la prerrogativa de tutelarla». La sustitución del adjetivo «nacional» por «popular» no puede considerarse una cuestión semántica, pues Sánchez no da puntada sin hilo. No la ha dado, de hecho, durante su ya largo mandato, en el que ha puesto en circulación el término «cosoberanía», con el que ha tratado de contentar a sus socios al tiempo que se descargaba de responsabilidades.

El ex alumno del Real Centro Universitario María Cristina elude siempre que puede el término «nacional», insoportable para sus socios. Sin embargo, lo que mueve a Sánchez no es únicamente un cálculo de equilibrios parlamentarios. La apelación al pueblo, a los españoles de ahora, a los que viven, a los que votan, aporta una carga de actualismo muy oportuna para sus propósitos. La idea de soberanía que él maneja, y de la que, probablemente, se considere encarnación, coincide con el censo electoral. De hecho, aunque el PSOE suele jactarse de una larga trayectoria, el horizonte histórico del presidente no va más allá del zapaterato, todo un referente frente al viejo González.

La nación, y Sánchez lo sabe perfectamente, tiene hondas raíces. Tiene una conexión con el pasado, responsabilidad incómoda para el inquilino de la Moncloa. Del pretérito proceden ese poder que no parece dispuesto a emponzoñarse con el polvo que tanto gusta a Conde-Pumpido. Los jueces que no han sentenciado a favor del confesado objetivo con el que se trató de ganar «el relato», el del Gobierno, naturalmente, son un puñado de fachas. Urge poner remedio. Sin embargo, las contradicciones afloran de inmediato, pues Sánchez y sus socios no piensan en el mismo pueblo. La fórmula plurinacional, tan cara para el autodenominado «Gobierno de progreso», no puede admitir la existencia del pueblo español, pues es incompatible con los pueblos gallego, catalán y vasco. Para estos, el español es un carcelero que les niega el «derecho a decidir», paralizado, de momento, por esos individuos ataviados con vestidura talar.

 

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