sábado, 14 de febrero de 2026

El pueblo

La Gaceta de la Iberosfera, 18 de agosto de 2025.

https://gaceta.es/opinion/el-pueblo-2-20250818-0002/ 

El pueblo 

Ecuador del mes de agosto en el pueblo. Hijos adultos y reaparición en las fiestas. El pase de tarde ha desaparecido. También los pasodobles y los turroneros, sustituidos por feriantes globalistas que ofrecen productos con sospechosos sellos CE. Algún puesto de escopetillas como testimonio del pasado, como última resistencia antes de la próxima prohibición. La nostalgia es un veneno, un refugio tan ventajista como cualquier otro. La certeza transita por terrenos más sólidos. Y la certeza es que la España rural languidece, aunque reaparece, como artificio, como un decorado, en verano. Las trillas se han convertido en mesas y agosto en una semana cultural.

En los últimos años han aparecido ensayos, como el superventas La España vacía, en los que se abordan las causas y consecuencias del éxodo campo-ciudad que dio comienzo durante el franquismo y que parece imparable. No hay wi-fi que remedie la carencia de servicios en los miles de pueblos españoles que, año a año, ven descender su censo o lo maquillan con empadronamientos ficticios que nadie osa denunciar. El pueblo suscita sentimientos encontrados: la salida que fue una huida del apero y el pudor por perder esa conexión telúrica, esa extraña imantación.

En el pueblo al que se regresa, al que se volvía con el coche repleto de objetos aculturizadores, aguardan las bicicletas y los ríos. También la silla de anea y el frescor de un portal. Allí reside la melancolía del último día del verano, anticipado por una tormenta y el acortamiento de las tardes. El regreso late en el mismo momento en el que se emprende la vuelta a la ciudad, ese en el que se enuncian deseos que no se cumplirán. Sin embargo, allí permanece la raíz, la casa vieja, solar conocido, casi siempre, por un mote.

Sin embargo, ante esas verdades, tan intangibles, la realidad, cruda, reaparece a finales de agosto, ese eterno ferragosto hoy vinculado, como si un acto de fe se tratara, al cambio climático, credo obligatorio, a despecho de los mecheros que queman el monte para asegurar trabajos o dar cumplimiento a pulsiones remotas.

La desaparición o modificación esencial del mundo rural es un hecho, aunque el breve trampantojo estival trate de ocultarlo o demorarlo. Y las consecuencias van mucho más allá de unos incendios que son un ejemplo palmario del abandono de las prácticas que construyeron ese paisaje falsamente natural. Al cabo, la biodiversidad la hicieron las cañadas y veredas, la trashumancia, no las directrices de los burócratas que hoy dictan nuevas técnicas de poda y regulaciones paralizantes. Los animales se han convertido en sagrados, pero también en plaga que acecha al borde de las carreteras. 

En dos semanas, los banderines amarillearán. Pero tras el invierno, cuajado de Sintrom y de casas cerradas, volverán las orquestas con sus destellos. Y una pareja bailará, aferrada a ritmos anticuados, como un testimonio del paso de la vida que se escapa, pero que regresa, caprichosa, en la pintada clandestina de una tapia que une los nombres de dos adolescentes. Porque eso, sobre todo eso, es el pueblo al que siempre se vuelve.

 

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