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lunes, 27 de marzo de 2017

Los militaristas vientos del Norte


Artículo publicado en La Gaceta el domingo 12 de marzo de 2017:

Los militaristas vientos del Norte
A mediados de los 70, en pleno proceso de fabricación del nuevo PSOE, estructura tan útil para incorporar a España al club europeo, pero también a la OTAN, los emisarios venidos de Estados Unidos y de Alemania, consignaban en sus informes la pasión europeísta de los españoles. A tal fascinación habían contribuido decisivamente no sólo las acciones pilotadas desde las instituciones, sino también los recursos propios de la cultura pop que marcó la segunda mitad del siglo XX. El movimiento yé-yé fue probablemente la más lograda unión de aspectos castizos y británicos. Si la música vivió un momento de eclosión, el cine también sirvió a los propósitos aperturistas que había iniciado Manuel Fraga, con su Spain is different!, lema vinculado a una nueva industria, el turismo, que de forma masiva dio continuidad a las actividades de los viajeros impertinentes del XIX. Hasta tal punto cobró importancia este sector, que hoy, lograda la ansiada integración europea al precio de desmantelar gran parte del tejido industrial español puesto en marcha durante el franquismo, sigue constituyendo el recurso fundamental de la economía de España.
Como es sabido, la puesta en marcha de esa industria tuvo un importante eco en el cine, dando lugar a un subgénero que tomó su nombre del actor Alfredo Landa: el landismo, que situaba en el centro de la escena a una suerte de chusco depredador sexual, el macho ibérico, encarnado por ese español bajito que seducía a suecas ávidas de encontrar hombres diferentes a sus braquicéfalos y rubios compatriotas. Limadas las distancias económicas y con España dentro del club europeo, el mito nórdico subsistió a despecho de pequeños detalles como las prolongadas prácticas eugenésicas que se mantuvieron en tierras tenidas como paradigma del progreso.
Con el mito apenas erosionado, las noticias llegadas recientemente desde Suecia comprometen seriamente uno de los aspectos principales de progresismo-ambiente español: el pacifismo a ultranza que predican las izquierdas indefinidas que ocupan calles y hemiciclos. Recuerde el lector los ardores antibelicistas de Ada Colau. En efecto, esta semana se ha sabido que el país de Olfo Palme y Björn Borg, se plantea la recuperación del servicio militar obligatorio, al cual, en rigurosa observancia de las políticas no sexistas, deberán integrarse tanto hombres como mujeres. La medida viene motivada por la dificultad para encontrar nacionales interesados en engrosar las filas de las fuerzas armadas, vistas cada vez más necesarias ante la pujanza de una Rusia que a menudo recuerda estampas propias de la Guerra Fría.
Tal iniciativa, proveniente de semejantes latitudes, supone un paso atrás en esa teleología progresista según la cual el futuro sólo se puede construir tras la desmilitarización de unas naciones que, de ese modo, difuminarían sus fronteras o las mantendrían consagrándose únicamente a las taumatúrgicas virtudes del diálogo, de la diplomacia, en suma. A nadie se le escapa que desde grandes áreas de la opinión pública española la implantación en nuestro país de esta medida supondría un intolerable paso atrás que invalidaría todo aquel movimiento que se movía entre los estrechos márgenes existentes entre el «mili KK» y el íntimo subjetivismo aparejado a la objeción de conciencia. 
Sin embargo, algunas realidades distantes de la conciencia individual obligan a replantear una cuestión que, de no errar en nuestro análisis, volverá a suscitarse con frecuencia creciente. Algunos indicios así lo indican. Acaso el principal de ellos han sido las manifestaciones del emperador Trump, que ya ha señalado la obsolescencia de la OTAN actual. Agotados tras décadas de desgaste económico y de prestigio, los Estados Unidos, ahora democráticamente presididos por tan histriónico líder, no están dispuestos a mantener el coste de la garantía bélica que ha permitido el mantenimiento del estado de bienestar en una Europa que tras 1945 se convirtió en dique anticomunista. Los cálculos para mantener la actual situación ascienden, según los norteamericanos, a un aumento militar de un 55% que posiblemente impediría el sostenimiento de ejércitos profesionales. En tal tesitura, y a pesar de que las guerras, rebautizadas como operaciones de paz, se mantienen alejadas de la sublime Europa, es muy probable que en los próximos años el gasto militar, en efecto, suba, intención ya manifestada en la pacifista España por la actual Ministra del Guerra, María Dolores de Cospedal, que ha propuesto duplicar el presupuesto en Defensa en los próximos siete años. La intención, ya deslizada en una exclusiva conferencia-coloquio organizada por el Club Siglo XXI en un hotel de Madrid, va radicalmente en contra de la inercia pacifista existente. Sin embargo, muchos son los sutiles mecanismos, ante los cuales nada tenemos que objetar, capaces de ir doblegando la ideología de unos españoles, los más jóvenes, que han crecido en un contexto de crisis económica. Mecanismos que también tienen su dimensión cinematográfica, como oportunamente nos recuerda el estreno de una película, Zona hostil, repleta de uniformes.
El transcurrir del tiempo y de los acontecimientos, servirá para verificar si una vez más, aquellas letras de Quevedo, de marcado tono cíclico, se mantienen vigentes: 
«Sale de la guerra, paz; de la paz, abundancia; de la abundancia, ocio; del ocio, vicio; del vicio, guerra.»

viernes, 10 de marzo de 2017

Nosotros no parimos

La Gaceta, domingo 5 de marzo de 2017:
Nosotros no parimos

«¡Nosotras parimos! ¡nosotras decidimos!». El lema, acompañado por un gesto manual que pretendía representar una vagina, es un clásico del movimiento a favor de la libertad de las gestantes para abortar los fetos, es decir, para acabar con la vida –abortar es despedazar- de otros cuerpos alojados en sus úteros. Tal voluntad, entendida como liberación, y circunscrita efectivamente a las que pudieran ser madres, sólo recibió un respaldo legal en Cataluña, una vez comenzada la Guerra Civil, siendo la cenetista Federica Montseny quien legalizó unos meses después tal práctica para toda España en 1937. Casi medio siglo después, en la socialdemócrata España de 1985, se despenalizaron algunos casos de aborto inducido, hoy llamado, con evidentes propósitos eufemísticos, «interrupción voluntaria del embarazo». Las últimas modificaciones legales van en la línea del establecimiento de unos plazos durante los cuales, y al margen de la ontogenia del feto, se podría acabar con su vida. La alusión al aborto, entendido como derecho e identificado gratuitamente con posiciones de izquierdas, tiene, tal nos parece, profundas conexiones con la campaña lanzada por la Asociación Hazte Oír, que ha hecho circular recientemente por Madrid un autobús con las siguientes frases impresas en su carrocería:
«Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo.»
Y las tiene en relación con la palabra «mujer» incluida en los laterales del vehículo. En efecto, dado el credo católico que inspira a Hazte Oír, no cabe duda de que la campaña busca la neutralización de determinadas campañas de las plataformas LGTBI, propagadoras de la llamada «ideología de género», ya implantada en diversos ambientes educativos, pero también con los sectores proabortistas que engrosan las filas del feminismo. La polémica, convenientemente judicializada, está servida, y oscurece en gran medida una posibilidad de debate situado más allá de la sensibilidad, la ofensa, y el subjetivismo, en suma. Como de costumbre, el griterío se ha polarizado entre dos posturas de borrosos contornos: «la ultraderecha», que de algún modo seguiría arrastrando a una «derecha» siempre sospechosa de radicalización, y «la izquierda», cada vez más alejada de sus raíces fundacionales, y más identificada con las mentadas ideologías de género, frecuentemente teñidas de un ramplón anticlericalismo.
Si el debate en relación con el lema y la circulación del autobús se ha centrado en las ofensas e incitación al odio que podrían llevar aparejadas las letras impresas, no han faltado quienes han intentado ir más allá, discutiendo a propósito de esos niños y niñas, hombres y mujeres. Dos posiciones han destacado en el intento de deslinde sexual: por un lado, aquellas que se apoyan en lo cromosómico, en los pares XX e XY que, no obstante, admiten una serie de variantes, que impiden establecer un criterio definitivo; y los que lo hacen, tal es el caso de Hazte Oír, apoyándose en argumentos que más que genitalistas, podríamos llamar exogenitalistas. Al cabo, tener pene o vulva no aclara la cuestión, pues el grado de desarrollo al que ha llegado la cirugía permite la implantación o mutilación de genitales externos. En definitiva, los penes y vulvas esgrimidos por la Asociación presidida por Ignacio Arsuaga, bien pudieran haberse sustituido con mayor fortuna por ovarios y testículos, sin perjuicio de que los atributos citados sirvan perfectamente a los intereses que se adivinan en una campaña que no ha dejado a nadie indiferente.
Cabe, no obstante, ensayar una vía alternativa a las comentadas. Una vía que conecta  maternidad y mujer, pues que la mujer pueda ser madre es una propiedad esencial, no accidental, de la misma que va más allá de las apariencias externas. Mientras la hembra pare, el varón, el macho, no puede hacerlo, por más que este haya sido mutilado u hormonado. Y utilizamos el término varón para evitar la palabra de «hombre», que añade aún mayor complejidad… Así pues, la maternidad, es decir, la gestación, pero también el parto, sería el punto de partida para reconducir un debate que quisiera ir más allá de los intereses meramente ideológicos, pero también políticos y económicos, que se esconden tras esta creciente polémica identitaria ligada a una expresión como la de «orientación sexual» que hunde sus raícen en el más radical voluntarismo, pero también en un mercado pletórico ávido de personalísimos consumidores. La conclusión es evidente: los hombres, con o sin vulva, con o sin pene, no parimos.
Sirvan, pues, estas líneas para terciar en un agitado debate en el que comparecemos acogiéndonos a una idea de racionalidad que no ha de buscarse en íntimos mentalismos, sino en algo más fisicalista y operativo, en las manos, las mismas que intervienen en los partos en los cuales, Sócrates, hijo de una partera, se inspiró para dar nombre a su arte: la mayéutica.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Irene Montero y la oposición textil

La Gaceta, domingo 26 de domingo de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/irene-montero-oposicion-textil-26022017-1134

Irene Montero y la oposición textil
Husos, hilaturas y telares, jornadas de trabajo interminables y explotación humana son el trasfondo sobre el que se escribió El Capital, obra cumbre del Carlos Marx que localizó en la lucha de clases el motor de una Historia que consideró Prehistoria. La morosa alusión al principal autor sobre el que se edificó el primer régimen comunista, seguida de la apelación al mundo textil, está justificada cuando se trata la figura de Irene Montero. No en vano, y sin que los podemitas hayan propuesto más que tímidas iniciativas de carácter estatalizador que ni por asomo se acercan a las que Franco fue capaz de articular al desarrollar un régimen mucho más socialista que el de sus sucesores, la formación morada es a menudo tildada como comunista, siendo tributaria, a través de dicho calificativo, de una profunda carga despectiva que no requiere de matices. Si este es el reduccionismo ideológico que se les aplica, el otro factor, el textil, lo sirven un día sí otro también en todo escenario al que tienen acceso, a excepción de la gala de los Goya, que para eso comulgan con aquella vieja y maniquea dicotomía establecida entre las fuerzas del trabajo y las de la cultura.
Pese a que el mayor peso de su labor propagandística lo desarrollan mediante un constante bombardeo de mensajes en las redes sociales, acompañado de su ubicuidad mediática, los podemitas se distinguen por su uso, que algunos califican de abuso, de la camiseta o remera. Es este textil soporte, tan alejado de la formalidad pequeñoburguesa y derechista del traje y la corbata, el que les permite convertirse en verdaderos hombres (y mujeres) anuncio. Si en la Puerta del Sol, revuelta plaza en cuyas aguas supieron pescar Iglesias y los suyos, es fácil encontrar a hombres que exhiben el añejo «compro oro», en la Carrera de los Jerónimos, sus amoratadas señorías prolongan la tradición bilduitarra de convertir su pecho en crisol de casi todas las reivindicaciones.
Recientemente, la encargada de mantener la tradición de la oposición textil ha sido Irene Montero, que apareció en el escaño del que fue desocupado Íñigo Errejón, enfundada en una camiseta que pedía la libertad para activista Milagro Sala, coincidiendo con la visita que ha realizado a España el presidente argentino, Mauricio Macri. Si hace unos años el hombre de paz de Maduro, José Luis Rodríguez Zapatero, tuvo a bien mantenerse sentado al paso de la bandera de los Estados Unidos para expresar su rechazo a la política internacional de Bush, doña Irene Montero, Irene para los compañeros y compañeras, incluidos algunos periodistas, mostró de ese modo su oposición a quien ha desplazado a esa Cristina Fernández de Kirchner por la que hace unos años bebía los vientos Pablo Manuel Iglesias Turrión.
La protagonista de la camiseta es, naturalmente, una lideresa indigenista en absoluto irenista, pues según se ha sabido, los métodos empleados por el colectivo que representa Milagro Sala, Tupac Amaru, no se han limitado al diálogo, sino que han incorporado una en ocasiones cruda violencia. En definitiva, la hoy encarcelada representa a una organización que ha recibido el apoyo financiero del kirchnerismo y que tiene un fin último: la constitución de un Estado en la provincia de Jujuy, limítrofe con la plurinacional Bolivia. Conocido el objetivo de Tupac Amaru, no es de extrañar que Podemos, partido comprometido con toda iniciativa que tenga un mínimo halo hispanófobo, se haya puesto del lado de una organización que sólo puede conseguir sus objetivos al alto precio de destruir la República Argentina, abriendo de este modo, una nueva fisura a una nación soberana que ya tiene que lidiar con el movimiento mapuche financiado desde el corazón de Europa. Movimientos ambos, que desdibujarían las actuales fronteras argentinas, el segundo de los cuales exigiría también la destrucción de las chilenas, para configurar un mosaico de carácter étnico cuyo banco de pruebas ya se halla en la Bolivia asesorada por gentes de la Fundación CEPS, encargada de exportar la distáxica receta autonómica española. He ahí el alcance del comunismo podemita, consistente en hacer añicos las estructuras estatales que una vez dislocadas serán fácil presa de la depredación de estados –capitalistas- más fuertes, encantados de que tan voluntariosos muchachos les hayan hecho el trabajo sucio a las multinacionales que podrán negociar con el debilitado y corrompible gobernante local. Abundando en las contradicciones, la asociación que ahora recoge el calor del pecho de doña Irene, lleva el nombre no de un proletario o de una idea sublime y probablemente irrealizable, sino el de un inca de distinguido y teocrático linaje, práctica esta, la de acudir a los caudillos indígenas, que ya tiene una larga tradición en Hispanoamérica de la mano de las logias masónicas.
Nada, sin embargo, se interpone ante aquellos capaces de concebir imposibles como la nación de naciones, nada ante los que, como Irene, comparten el algodonado territorio de los sueños con el providencial y democrático hombre elegido por la gente.




España congresual

La Gaceta, domingo 13 de febrero de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/espana-congresual-13022017-0730

España congresual


Del mismo modo que los púgiles que a la espera del próximo combate hacen guantes con un sparring, los políticos profesionales españoles necesitan mantener la forma en los tiempos, cada vez más cortos, que separan las convocatorias electorales. En tal contexto, el periodo de entrevotaciones va quedando colmatado por infinidad de debates televisivos, recuerde el lector el título de aquella obra de Gustavo Bueno: Telebasura y democracia, y por congresos de partido tras los cuales suele salir fortalecido quien partió con mayor ventaja inicial, victoria a menudo legitimada por la aparición de anónimos adversarios ávidos de medro o empujados por una democrática ingenuidad.
Probablemente, el «partido de la gente», ese Podemos que sigue sin poder tomar las riendas de la «patria plurinacional» –Rita Maestre dixit- sea quien más atención ha concitado, pues en su caso, dos eran sus conocidos cabezas de cartel: Pablo (Iglesias) e Íñigo (Errejón), secundadas por sobresalientes de lujo. El lugar escogido fue una plaza de toros desacralizada, la de Vistalegre, donde ya no ofician los herederos de los sacerdotes paleolíticos, donde el tabaco y oro ha sido sustituido por el púrpura transversal. Ello no impidió que desde la arena del coso emergiera, frente a la cúpula dominante, la figura del espontáneo, un dialogante y programático escracheador que fue inmediatamente neutralizado, pues la fuerza de las mareas es ya incapaz de impulsar a nadie hasta los cuadros directivos del partido de las confluencias.
Cerca de allí, en un contexto más británico, el tenístico para el que se levantó la Caja Mágica en la que tantas veces ha ganado el agónico Rafael Nadal evocado por Cospedal, Mariano Rajoy recibía las bendiciones casi unánimes de su partido, fortaleciendo una posición cimentada en gran medida en el adecuacionismo marcado por la demoscopia, pilar fundamental de la democracia de mercado pletórico. Es precisamente la maleabilidad de un partido capaz de entretenerse en discutir si en su logo vuela una gaviota o un charrán, la que le ha permitido superar el mordisco de la corrupción y aplazar sine die, tal y como ya ocurriera con el aborto, la discusión a propósito de la maternidad subrogada. Una comisión de expertos convenientemente seleccionados, ofrecerá una solución que se presenta con forzada asepsia, evocando la tecnocracia con la que se pretendió marcar distancias con la ideología en tiempos pretéritos.
Prietas las filas populares, la mañana dominical ha ofrecido los datos de la votación podemita, tras las cuales aparece un Podemos compactado en torno a la figura de Iglesias, indudable vencedor de lo que se presentó como un duelo que de haberse decantado por el lado de Errejón transformaría, aparentemente, el partido de los círculos. La contundente victoria de Pablo Iglesias y de su equipo más próximo, incluso íntimo, blindado desde hace tiempo, mas abierto a la posibilidad de incorporaciones provenientes de los anticapitalistas de Urban, deja flotando en el ambiente un sordo vae victis, apenas envuelto por la habitual emotividad y los abrazos forzados.
Más allá de la tensión PP-Podemos, esa suerte de bipartidismo de encuesta, queda un difuminado Ciudadanos que ha reforzado el liderazgo de su histórico líder Rivera, incontestable dentro de un partido obsesionado por definir su posición, hasta el punto de hallarla en el Cádiz de 1812 donde cristalizó la izquierda liberal española que apelaba a los españoles de ambos hemisferios. Atrapado en su bizantinismo ideológico, la formación europeísta anaranjada parece estancarse lastrada por la indefinición que en la España actual lleva aparejado el propio término liberal.

Con sus líderes fortalecidos, el último partido en discordia en estos tiempos primariocongresuales, el PSOE, no termina de encontrar a su hombre, o su mujer, en este caso la Susana Díaz que fue designada por Chaves y Griñán para heredar el semillero de votos andaluz, toda vez que el granero catalán fue esquilmado por el catalanismo del PSC y los cinturones rojos de las ciudades mostraron su desengaño. Con una cautela que ha animado a Francisco Javier Patxi López, a disputarle la hegemonía del partido, la prudencia de Susana ha permitido el regreso de un Pedro Sánchez cuyo éxito iba, tal nos parece, aparejado a la victoria del errejonismo. El gris domingo de febrero ha dejado, no obstante, un amargo resultado en Vistalegre. La victoria del agitador y callejero Iglesias y el eclipse de Errejón, amenaza con gripar el motor del coche con el que Sánchez pretendía recorrer su federable España para proclamar a los cuatro vientos su único credo: No es no.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Sedición, coacción y seducción

La Gaceta, domingo 5 de febrero de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/sedicion-coaccion-seduccion-06022017-0908

Sedición, coacción y seducción

Mañana, lunes 6 de febrero de 2017, la ciudad de Barcelona volverá a vivir una nueva jornada de coacción al poder judicial en defensa de quien en su momento fuera máxima autoridad del Estado en tal región, Arturo Mas, quien deberá comparecer ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, junto a las exconsejeras Ortega y Rigau, todos ellos acusados por delitos relacionados con la consulta realizada el 9 de noviembre de 2014.
Un importante despliegue de las televisiones alimentadas por el gobierno catalán ofrecerá, probablemente, el ceremonioso y victimista paseíllo de la sediciosa terna, que se abrirá paso entre una multitud de fieles cuya cifra, si hemos de creer a otra terminal del catalanismo, la Asamblea Nacional de Cataluña, se aproximará a los 30.000 individuos marcados por una hispanofobia administrada desde la más tierna infancia en las aulas dejadas de la mano del Estado. En el límite del fanatismo, hay quien ha sugerido que la provinciana turba, desplazada a la Ciudad Condal en 120 autobuses, pudiera incluso impedir que los citados accedieran a las dependencias judiciales, posibilidad ya apuntada por Cataluña Radio hace meses, cuando lanzó una encuesta en Twitter para saber si sus fieles oyentes estarían dispuestos a impedir «físicamente» que se celebrara el juicio. La iniciativa no es nueva, pues Cataluña es desde hace años escenario de cadenas humanas cuya tensión ha producido una grave fractura social, si bien, nunca se había planteado un bloqueo institucional semejante.
Así las cosas, todo parece indicar que el Tribunal se verá asediado, recordando lo ocurrido en Madrid bajo el lema «Rodea el Congreso», cuando los bloqueados no eran los jueces sino los miembros electos de la partitocracia española, confinados tras los leones de la Carrera de san Jerónimo. Seguro en tal asedio, Pablo Manuel Iglesias Turrión, lanzaba guiños al exterior. Al cabo, en consonancia con su personalísima percepción de la realidad, él se hallaba poco menos que bilocado, dentro y fuera a la vez. Simple herramienta de «la gente», es decir, de sus votantes, Iglesias, adalid de la decencia, ocupa un escaño para dar voz a los sin voz, para dar cauce a la verdadera democracia secuestrada en ese mismo edificio. Cómodo durante el asedio congresil, es lógico que quien ahora se disputa la cúspide piramidal de Podemos con su amigo Íñigo (Errejón), en compañía, entre otros, de su tocayo Pablo (Echenique) y de novia Irene (Montero), no es de extrañar que Iglesias se haya puesto también del lado de los hostigadores de Barcelona, máxime después de que desde el Gobierno se haya filtrado la posibilidad del empleo de «medidas coercitivas» para impedir la repetición de un nuevo 9-N. Repare el lector en el hecho de que el Gobierno que en su día, por boca del mismísimo Rajoy dijo que no se había celebrado la consulta, habla ahora de repetición…
En este contexto, Iglesias, solemne y grave, ha manifestado que tales medidas constituyen una «barbaridad», motivo por el cual ha llamado a la movilización en las calles, situándose, al igual que la Colau, como aliado objetivo de quienes han saqueado durante décadas las arcas públicas, corrompiendo ideológicamente hasta extremos indecibles a la sociedad catalana.
Siempre al servicio de una idea absurda como la de la «nación de naciones» de envoltura federalizante que humedecía los sueños políticos de Zapatero de la misma forma que lo hace con el resucitado Pedro Sánchez, Iglesias siente pavor por la simple insinuación de la aplicación del artículo 155 de la Constitución que permite la asunción por parte del Gobierno, de determinadas competencia autonómicas cuya gestión por parte de los gobiernos regionales nos ha llevado a la distáxica situación actual.

La cuestión no es en absoluto novedosa, pues el líder morado ha exhibido en numerosas ocasiones su rechazo a la unidad nacional, que identifica paulovianamente con el franquismo, con una guerra civil de la que, a pesar de haber nacido en 1978, se siente perdedor. Lastrado por semejantes prejuicios, Iglesias se ha mostrado firme partidario de la balcanización de España, empleando para ello las urnas y las movilizaciones que llama populares. En definitiva, el político profesional madrileño, no es sino un rigorista de la ideología en la que se sustenta el régimen del 78, de un estado autonómico de objetivos no sólo federales, sino incluso confederales. Aferrado a esa oscura certeza, la de unas naciones eternas que deben sacudirse el yugo español, el podemita trabaja al servicio de las oligarquías y redes clientelares autonómicas, dando siempre un paso más en el vaciamiento de poder del Estado y apuntando a una solución para el problema territorial: las consultas de autodeterminación para cualquier región previamente encajada en el sistema autonómico, en las junturas naturales diseñadas durante el tardofranquismo. Un as se oculta, no obstante, en la arremangada camisa de Iglesias, un recurso relacionado con el culto a su propia personalidad: una vez colocadas las urnas, los consultados no abandonarían una España por él dirigida, incapaces de resistirse a su magnética seducción.

miércoles, 1 de febrero de 2017

El vientre y el mercado. Notas sobre la maternidad subrogada

Artículo publicado en La Gaceta el domingo 30 de enero de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/vientre-mercado-notas-maternidad-subrogada-30012017-0727
El vientre y el mercado. Notas sobre la maternidad subrogada
Entre los que todavía consideran al Partido Popular una organización de firmes convicciones políticas, pero también morales e incluso éticas, ha causado cierto revuelo el anuncio de que este partido, caracterizado por un diferido mimetismo con respecto al PSOE, se planteará próximamente el debate a propósito de la maternidad subrogada. Quien ha hecho pública esta posibilidad es Javier Maroto, firme partidario de darle cobertura legal a una práctica que presenta molestas aristas que exigen ser pulidas. Se avecina, pues, un animado debate motivado por la existencia de una obstinada realidad: en el último año en España se han registrado más niños a través de gestación subrogada que por adopción internacional. Consciente de la complejidad del asunto, Maroto se ha apresurado a señalar como prioritarios los derechos de estos niños que llegan a nuestro país para engrosar una nación biológica escasamente fértil y muy envejecida, aspectos que pueden ser empleados como coartada por los vientrelegalistas.
Las reacciones a la iniciativa regulatoria, ya sopesada por Cristina Cifuentes en la Comunidad de Madrid que gobierna gracias a Ciudadanos, no se han hecho esperar. Desde las filas del propio PP, Lourdes Méndez se ha mostrado refractaria a una legalización que considera una nueva forma de explotación relacionada con la precariedad económica de quien alquila su útero. A tales razones se añaden las de las que se oponen a esta práctica desde la perspectiva religiosa. Nuestra posición, sin perjuicio de que pueda coincidir en su conclusión con la de alguno de los citados, parte de una concepción materialista de la bioética que tiene que ver directamente con el cuerpo. Es decir, con el mantenimiento del individuo, razón por la cual el asesinato constituye el mayor delito, categoría humana que no divina ni animal, ético.
Partiendo de la negación de toda posibilidad de existencia de espíritus que pudieran interferir en la realidad, la concepción, gestación, parto y crianza de los humanos, involucra a otros cuerpos que en modo alguno pueden considerarse propiedad de uno mismo con la que poder mercadear. Precisamente porque «uno mismo» no puede abandonar su cuerpo, salvo por metáfora o delirio, para insertarlo como algo ajeno en el circuito comercial. En definitiva, lo que puede venderse, comprarse o alquilarse es siempre algo extrasomático.
Dicho todo lo anterior, la realidad de niños criados por personas distintas a los llamados padres biológicos, tiene una profunda tradición histórica acompañada de adjetivos o sufijos, «padre adoptivo» o «madrastra», hoy muy incómodos en una sociedad anestesiada por los efectos de esa omnipresente epidural ideológica llamada corrección política. Larga es la tradición de los expósitos cuyo recuerdo perdura aún en apellidos. Niños, a menudo «no deseados», que eran introducidos en la inclusa gracias al giro de un torno que garantizaba el anonimato del depositador y la supervivencia del depositado, ya sea en el seno de familias sexualmente estériles, ya engrosando las filas de una compleja organización de beneficencia a menudo tutelada por la Iglesia.
Detenidos los tornos, las posibilidades abiertas por la embriología han favorecido prácticas que buscan limitar al máximo la conexión entre el vientre, asimilado pretendidamente a una suerte de recipiente, de la contratada y el niño que nacerá. Escorando la maternidad hacia el laboratorio más que a la sala de partos, a la carga genética más que al canal del parto, se impone el caso en el que se implanta un óvulo previamente fecundado en la mujer que constituye una de las partes de la transacción. Una mujer ajena a la carga genética del niño que nacerá, no sin riesgos y responsabilidades para la gestante, cuyo papel tendría un carácter cuasimecánico, buscando así la eliminación de los lazos afectivos que podrían perdurar después de que se verificara la operación financiera. Reduccionismo genético cuya impotencia se demuestra por la existencia de contratos en los cuales figuran cláusulas que tratan de evitar la posibilidad de que quien ha criado en su vientre al niño haya desarrollado afectos ajenos a los arcanos del ADN…
Dicho todo lo cual, nadie ignora que el alquiler de vientres vive su mayor auge. Con creciente frecuencia, las telepantallas muestran la emoción de personas relevantes que acunan sonrientes a bebés que han llegado a sus brazos sin siquiera haber pasado por el trance, engorroso para algunos, de yacer con un miembro del sexo contrario; o que han accedido a un niño después de que el cuerpo propio o el de su pareja no hubiera sido capaz de concebirlo por diversas causas. Frente a esta metodología, existe la ya clásica de la adopción, sometida en España a laberínticos procesos que llevan a la desesperanza, abriendo una vía mercantil que tiene mucho de tráfico de seres humanos, de componentes relacionados con la eugenesia y de un elitismo que discrimina, por la vía económica, a aquellos que, deseosos también de incorporar niños a sus familias, no pueden permitirse esta vía.
Opuesto a la idea del alquiler de vientres, frente al que caben más argumentos de los contenidos en esta tribuna, quien esto suscribe no duda de que en los debates venideros surgirá la habitual figura autodenominada liberal que, distanciada de la fe del religioso, pero también de la del ateo, se acogerá a otra mucha más oscura: la que se encomienda al mito de la autorregulación del mercado, del que acaso brote una ética ajustada a estos tratos.

sábado, 28 de enero de 2017

Militares en el salón de Colau

Artículo publicado en La Gaceta el domingo 22 enero 2016:
Militares en el salón de Colau
Con la suficiencia propia de quien se cree en el final de la Historia, de un fin desde el que se podrían contemplar con displicencia las armas, los uniformes militares y las guerras, convertidas en reliquias arcaicas de un pasado definitivamente superado gracias a la aplicación de inmensas dosis de diálogo, tolerancia y democracia participativa, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se acercó hace un año a los uniformados que se hallaban en el Salón de la Enseñanza de Barcelona, para decirles, sonriente y moralizante: «Ya sabes que nosotros preferimos como ayuntamiento que no haya presencia militar en el salón». La poderosa y topológica razón que esgrimió quien en su día lució colores y talle de avispa en su papel de Supervivienda, fue la que sigue: «por lo de separar espacios». De este modo, invitando a los representantes de las Fuerzas Armadas a abandonar el Salón, pretendía Colau apartar a los infantes de la tentación de optar por la vía bélica que, incompatible según sus entendederas con cualquier suerte de enseñanza digna de tal nombre, ofrecían los militares allí apostados.
Un año más tarde, el mismo Ejército que en su día aterró al sedicente Ministro de Asuntos Exteriores de Cataluña por sobrevolar Cataluña, temiendo una invasión tan imposible como la bien remunerada condición ministerial con que se presenta en algunas estancias europeas, ha triplicado su marcial ocupación en esa región. Queremos decir con esto, para sosiego de cabezas tan despejadas como la citada o tan pobladas como la de Puigdemont, que tras el referido incidente con Ada Colau, el Ejército se ha apresurado a realizar su preinscripción en el mismo Salón de la Enseñanza de Barcelona, dejando sin reacción a los pacifistas de todo pelaje y condición, pues la fobia a lo militar se dice de mucha formas.
Una de ellas es la que busca la desaparición de lo bélico en todo el orbe, anhelando la instauración de una atmósfera irenista de escala planetaria que contrasta con la realidad hasta el punto de hacer imposible tan ingenuo propósito. Quienes así se conducen, ya sean los más arriscados antisistema, herederos en Cataluña del clásico anarquismo, y capaces de elaborar refinados lemas como el ya clásico «¡tanques sí!, pero de cerveza»; ya los más sesudos defensores de una siempre desarmada sociedad civil de borrosas fronteras, ignoran la cruda realidad de un globo mucho menos globalizado de lo que creen, repleto en los mapas de manchas de color, las naciones políticas, y de una verdadera maraña de líneas llamadas fronteras, institución humana alrededor de la cual crece el federalismo, pero también la diplomacia y…. el poder militar. Dentro de este colectivo parece figurar, salvo que nos encontremos ante un infiltrado que borda su papel, un correligionario de Colau, el ex JEMAD José Julio Rodríguez, que tras su incorporación a las filas moradas se ha confesado militar pacifista, testimonio similar al de algunos de sus ex compañeros de gremio, que han sustituido el desagradable vocablo «guerra», por una fórmula imprecisa y procesual, la que responde a la resolución, pacífica, de conflictos. Huelga decir que la tradición pacifista española es larga, si bien uno de sus precedentes más mediáticos y recientes, con evidentes réditos políticos, fue el que se dio en los días del «¡No a la guerra!», que tenía en su metafórico punto de mira a quien había terminado con el servicio militar obligatorio: José María Aznar.
Sería, por otro lado, una imperdonable ingenuidad obviar un aspecto fundamental en esta controversia barcelonesa: las Fuerzas Armadas que triplicarán su espacio en el Salón, debido en gran medida al efecto llamada provocado por la propia alcaldesa con sus nada hospitalarias palabras, lo son de España, y tienen un mandato constitucional nítido: «garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional», misión que choca frontalmente con el fin de todas las maniobras, argucias y apelaciones al políticamente inexistente pueblo catalán, a las que se ha sumado la propia Colau, firme partidaria de mutilar el cuerpo nacional y electoral español necesario para dar paso al famoso «derecho a decidir».
En estas circunstancias, y pese a que la alcaldesa logró que en el Salón de la Infancia navideño no participara ningún cuerpo armado, el Ejército podrá, seguramente con gran éxito, ofrecer su jugosa oferta. Una oferta que no es sólo educativa, pues es evidente que un militar debe estar adiestrado en el llamado, no sin razón, arte de la guerra, sino también profesional, la que ofrece el Ministerio de Defensa, antes de la Guerra.
La vuelta de las Fuerzas Armadas al Salón ofrecerá a la alcaldesa una nueva oportunidad de exhibir sus escasas dotes interpretativas, aquellas que no le alcanzaron para hacer carrera como actriz. Cabe, no obstante, esperar que nos regale una escena similar, fiel a su prontuario ideológico en el cual tiene cabida, paralelo al mentado pacifismo, un laicismo que tiene mucho de anticlericalismo. Precisamente en el punto en el que confluyen Iglesia y Ejército aparece la figura de un gigante de la dramaturgia, Calderón de la Barca, clérigo, soldado y autor de unas letras indigeribles en el Ayuntamiento de la Ciudad Condal: «la milicia no es más que una religión de hombres honrados».

viernes, 20 de enero de 2017

España arbórea

La Gaceta, domingo 15 de enero de 2017:
http://gaceta.es/ivan-velez/espana-arborea-16012017-0720
España arbórea
Acuñada por Estrabón, la imagen de una Hispania tupida hasta tal punto de vegetación que permitiera a una ardilla cruzar la Península de punta a punta, ha sido un lugar común hasta, al menos, la aldeanización educativa que padece una de las dos naciones políticas que se asientan sobre los terrenos por los que todavía serpentean las huellas de la calzadas o en los que permanecen los cráteres auríferos de Las Médulas: esa España cuyo nombre es impensable en determinados labios que la identifican, de forma indocta, con Franco. Tal fisionomía clásica y forestal contrasta, no obstante, con la desenfocada percepción de Ortega, que veía a la Castilla mesetaria y a menudo yerma, como hacedora y deshacedora de la propia España. Sea como fuere, la metáfora arbórea acude puntualmente a la prensa cada cierto tiempo. Dos han sido esta semana las noticias que han permitido recordar alegorías vegetales trazadas por históricos representantes nacionalistas: Pujol y Arzalluz.
            La primera de ellas tiene que ver con la dulce visita que ha realizado el menor del clan Pujol Ferrusola, Oleguer, a un edificio cercano a ese kilómetro cero que acaso sea el último vestigio del denostado centralismo español: el edificio de la Audiencia Nacional. La visita se saldó con la aplicación de rigurosas medidas para un individuo del que se reconocen amplias habilidades en el lavado de capitales al que diera nombre el higiénico talento de Al Capone: la retirada de su pasaporte, detalle menor que no le impedirá recorrer media Europa, y el compromiso de comparecer ante el juzgado cada quince días. Semejante mimo del poder judicial con respecto al clan Pujol ha hecho, en efecto, evocar aquellas palabras pronunciadas por Jordi Pujol y Soley en el Parlamento de Cataluña ante sus dóciles opositores y herederos hace poco más de dos años. En tan singular comparecencia, avisaba el pater familias del catalanismo de los riesgos de una poda desmesurada, pues, a su parecer, «si se siega una rama del árbol, caen las demás».
       Emboscada tras las palabras de Pujol habitaba una potente y velada amenaza fundamentada en la sospecha de que el expresidente de la Generalidad, ante el que claudicaron todos los presidentes de la Nación, dispone de amplios informes que comprometerían seriamente a personas que han ostentado las más altas responsabilidades políticas en España. Esta sería, al parecer, la razón por la cual ningún miembro del extenso clan ha sentido en sus carnes las sensaciones que se experimentan en los a menudo desforestados patios carcelarios. En tales circunstancias, y aunque nos gustaría equivocarnos, todo parece indicar que la poda de la maleza que ha crecido en Cataluña gracias a los cuidados de los jardineros de Madrid, será puramente ornamental.
            Mientras todo esto ocurría en el Principado, otro territorio distinguido por su feracidad política, las Vascongadas en las que crece el roble de Guernica, ha ofrecido una nueva muestra de hasta qué punto la política de claudicación con los separatistas, ya se trate de los escatológicos aferrados al «derecho a decidir» ya los más hábiles chantajistas, sigue vigente. Si desde hace años se ha procedido a la imposición del vascuence en la toponimia, llegando incluso a transformar los nombres, borrando de paso todo pasado histórico, esta semana, el Partido Popular, representado por la omnipresente Soraya Sáenz de Santamaría, en su afán por obtener el apoyo del PNV, ha cedido nuevamente. En esta ocasión, tras la sustitución del incómodo delegado del Gobierno Carlos Urquijo por Javier de Andrés, la complicidad de ambos partidos permitirá, gracias a una nueva renuncia, que los municipios vascos se comuniquen únicamente en vascuence.
            Los efectos, huelga decirlo, son evidentes. Al levantamiento de una nueva frontera laboral y ciudadana se añadirá el fortalecimiento de la red clientelar que se viene tejiendo dentro del sistema educativo transferido hace décadas. Gracias al Partido Popular, un jugoso mercado se abre en la dirección contraria a la que señalara Cervantes hace cuatro siglos, cuando durante el breve mandato de Sancho en la ínsula Barataria, situaba a su lado a un secretario que desarrollaba tal oficio de forma casi consustancial a su origen: «Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno», decía, bordando su papel. Privilegiados antaño, los privilegiados vascongados de hogaño serán aquellos secretarios que dominen en este caso el batúa.
            Echados definitivamente al monte, Puigdemont y Urkullu, máximos representantes del Estado en las Comunidades que gobiernan, han manifestado ya su intención de no asistir a la conferencia de presidentes que tendrá lugar el próximo martes en el Senado. Despreciando las exhortaciones del Gobierno y avanzando por la senda del exclusivismo y la bilateralidad, ambos, sin duda con el nogal de Arzalluz en la memoria, esperan que las nueces, sin necesidad de agitar el árbol, caigan al suelo de puro maduras en forma de nuevas concesiones por parte de un nuevo Gobierno tan cortoplacista como sus predecesores.

viernes, 13 de enero de 2017

Alemania, prisión de naciones


La Gaceta, domingo 9 de enero de 2017:

Alemania, prisión de naciones

El 29 de abril de 2015, el Tribunal Constitucional de Italia rechazó una iniciativa impulsada en la región del Véneto que pretendía celebrar un referéndum independentista. La principal razón esgrimida por los togados fue que la República Italiana es «una e indivisible». El rotundo no, venía acompañado del reconocimiento, perogrullesco para cualquier nación de una mínima escala, del pluralismo de sus regiones, variedad y distinción que en modo alguno podía emplearse para que los gobernantes de las mismas, emboscados en su parcialidad, se arrogaran la representatividad de esa pretendida nación cuya cristalización política supondría la destrucción de la propia Italia. El Alto Tribunal apuntalaba definitivamente su negativa con un argumento que destruía la burda argucia de los secesionistas norteños: la convocatoria de un referéndum consultivo no podía engolfarse en la invocación a la libertad de expresión de los ciudadanos para hacer pasar tal votación como un rutinario y menor proceso de toma de temperatura política. En todo caso, tal libertad debía extenderse al todo, no a una parte, de la ciudadanía. O lo que es lo mismo, las opiniones de los avecindados en Venecia en relación a la unidad de Italia no estaban por encima de las de los habitantes de Nápoles.
Recientemente, otro conjunto de hombres con vestidura talar, el que conforma el Tribunal Constitucional de Alemania, ha dictaminado que el «land» de Baviera no tiene derecho a celebrar un referéndum de independencia porque tan mutiladora como supuestamente democrática ceremonia, atenta contra los derechos del pueblo alemán, constituido en un Estado-nación cuya forma política es una República Federal. La resolución de los jueces alemanes niega de este modo las aspiraciones que pudieran tentar a cualquiera de los Estados de la actual Alemania precisamente porque tales Estados se han federado, es decir, se han fusionado, por más arabescos jurídicos y aspavientos voluntaristas que traten de trazar las facciones separatistas en cualquiera de ellos, acaso tentadas de presentar a Alemania, como una suerte de prisión de naciones, calificativo tan manido en España por parte de los diversos movimientos disolventes que operan impunemente en ella.
En cualquier caso, las dos resoluciones ponen de relieve la existencia en la actualidad de dos fuerzas políticas poderosas, ambas relacionadas con dos naciones políticas que se fraguaron sobre sus respectivas y previas naciones históricas: las canónicas Italia y Alemania, pero que amenazan con extenderse a otras latitudes. En primer lugar, la existencia de sectores sediciosos en aquellos territorios en los cuales floreció por igual la industrialización y el cultivo romántico del mito de la Cultura; y por otro, la fortaleza que, al menos en los ejemplos citados, exhiben algunas sociedades políticas, conscientes de los grandes sacrificios –movimiento poblacional, descapitalización de regiones- que ha sido necesario asumir, y que en el caso de Alemania añade el esfuerzo de la unificación postcomunista, para llegar a la situación actual.
Como es lógico, los procesos tienen su trascendencia en la España embelesada todavía por el mito de Europa. Aunque en los dos casos la situación y la resolución son similares, el alemán tiene una mayor profundidad, pues en él se inserta una de las palabras fetiche de la autodenominada izquierda española y de todo independentista que se precie. Nos referimos al término «federal» que caracteriza a la república alemana que, como es sabido, no sólo fue el espejo en el que se miraron los redactores de la actual Constitución española, sino que fue también desde las tierras germanas desde donde fluyeron jugosas cantidades de dinero para fortalecer a la socialdemocracia española, siempre servil con sus verdaderos compañeros de viaje desde el Contubernio de Múnich financiado por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos: los separatistas vascos y catalanes. Fue precisamente en la Baviera de 1962 donde se agitaron las aspiraciones de las llamadas comunidades naturales por parte del colectivo federalcatólico que tomaría el poder tres lustros más tarde, moldeando una España de aspiraciones asimétricas, adoctrinamiento escolar y exaltación de los rasgos más aldeanos de cada región.

Teniendo en cuenta tales circunstancias históricas y los efectos conseguidos en relación a esa unidad que tanto encarecen los togados italianos y alemanes, los dictámenes de estos deberían servir como modelo no sólo para los exégetas del Derecho Constitucional, colectivo dividido de forma maniquea en progresistas y conservadores bajo cuyas faldas se esconden los políticos, sino también para los propios ciudadanos españoles, siempre atenazados por las cadenas del terruño y las señas de identidad que con tanto entusiasmo cultivaron políticos desde Pujol o Fraga, arquitectos de esta España siempre diferente.

El mito de Aznar

La Gaceta, domingo 26 de diciembre de 2016:
http://gaceta.es/ivan-velez/mito-aznar-26122016-0823
El  mito de Aznar

Desencantado con la política seguida por su heredero deíctico, Mariano Rajoy, José María Aznar ha vuelto a protagonizar numerosas portadas, dando de este modo materia de análisis a una profesión fuertemente arraigada en su familia. Al cabo, tanto el padre como el abuelo de quien presidiera España entre 1996 y 2004, se desempeñaron en tareas periodísticas. Aznar regresaba a la más inmediata realidad mediática, logrando lo que muchos, siempre prestos al análisis psicologista, han interpretado como su mayor anhelo: la avidez de notoriedad que si ahora se alcanza con la dimisión como Presidente de Honor del Partido Popular, se consiguió en su día con aquella imagen en la que el madrileño apoyaba sus presidenciales pies en la mesa del emperador George W. Bush durante una reunión del G-8.
La decisión de Aznar sucedió a la emisión por parte de FAES de un análisis en el que los populares aparecen como un partido acomplejado que ha asumido «el relato de sus adversarios» particularmente en lo tocante al desafío independentista puesto en marcha por las sectas hispanófobas que tienen su asiento en las instituciones políticas catalanas y en su enorme red clientelar financiada con dinero público. La gota que habría colmado el vaso de la paciencia de Aznar, acogido, cuando no inspirador, de las tesis del informe de FAES, habría sido la actividad desplegada en Cataluña por la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, a quien, por otra parte, se atribuye la protección de una serie de medios que dibujan con los más siniestros trazos la figura de Aznar al tiempo que predican las bondades taumatúrgicas del diálogo, panacea del adalid de la Alianza de Civilizaciones: José Luis Rodríguez Zapatero.
Empleando tan simplista como maniqueo esquema, muchos son los que han respirado con impostado alivio al conocer el retiro, aparentemente definitivo, de Aznar, que recibiera el calificativo de «asesino» por su adhesión a las iniciativas bélicas de un célebre trío del que formó parte: el de las Azores, cuyos integrantes parecen estar hoy condenados a un ominoso olvido. Un calificativo, el de asesino, que mostraba las vergüenzas analíticas, no exentas de una impúdica exhibición de odio y sectarismo, de quienes así tildaban al Presidente del Gobierno, pues si bien es cierto que toda guerra, por más que se califique como «misión de paz», lleva aparejadas numerosas muertes, quienes las declaran lo hacen como representantes de naciones en lugar de como individualizados sanguinarios que vieran realizados sus deseos más inconfesables al sembrar de cadáveres la tierra bajo la cual se hayan las bolsas petrolíferas.
Sea como fuere, el abandono de Aznar, figura oscura percibida como una suerte de conciencia del pasado que operaba en la sombra del Partido Popular, puede favorecer el ya citado diálogo planteado por los catalanistas con Cataluña y España como interlocutores, en evidente y habitual manipulación de las proporciones, del todo y la parte, en definitiva. Sin embargo, los datos desmienten el mito de un Aznar presentado como a un feroz anticatalanista que habría contribuido a la crisis que, en forma de interminable proceso, venimos padeciendo los españoles a cuenta de las ansias independentistas de un importante sector de la sociedad catalana. Un simple repaso a
la acción de gobierno desarrollada por Aznar en relación con esta comunidad autónoma lo muestran como todo lo contrario de lo que se pretende transmitir ahora.
Fue Aznar y no Rajoy quien permitió que las comunidades autónomas, con el pacto del Majestic sellado con Pujol como trasfondo, pasar del 0% al 35% en la recaudación del IVA. También fue su Gobierno el que propició que el IRPF transferido a las comunidades autónomas ascendiera del 15% al 33%. Es indudable que tales dineros no se han empleado para fortalecer el patriotismo entre los avecindados en Cataluña. Al margen de estas cesiones económicas, fue Aznar quien frenó al Tribunal Constitucional y al Defensor del Pueblo cuando se pusieron en marcha las sanciones lingüísticas que prácticamente han erradicado el español de la cartelería comercial catalana. Si el asunto de los rótulos es importante, qué decir de su inacción a la hora de garantizar contenidos educativos comunes y enseñanza en español en toda la Nación.
Fue también nuestro hombre quien limitó las competencias de la Guardia Civil en favor de unos Mozos de Escuadra que los más aguerridos independentistas ven como garantes de la culminación de la secesión. Difuminados los tricornios del paisaje catalán, Aznar tomó una decisión que encaja mal con la caricatura bélica de la que es objeto, pues no en vano fue él fue quien eliminó el servicio militar obligatorio, decisión pactada con la propia CiU, que de esta manera conseguía que los catalanes no engrosaran las filas de un ejército cuya misión es «garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional».
Ante tales datos, difícilmente puede definirse a Aznar como enemigo implacable de Cataluña. Antes al contrario, y al igual que sucede con Felipe V, el expresidente favoreció enormemente los intereses de determinados colectivos radicados en esa región. Pese a ello, don José María debe cargar con la losa del anticatalanismo, un peso acaso liviano en comparación con el que supone la íntima certeza de saberse parte del principal problema nacional.


jueves, 22 de diciembre de 2016

Forcadell. Farsa de un martirologio

La Gaceta. Domingo 18 de diciembre de 2016:
http://gaceta.es/ivan-velez/forcadell-farsa-martirologio-19122016-0724
Forcadell. Farsa de un martirologio

Horas después de que Carme Forcadell declarara ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, apareció en TV3, principal altavoz del independentismo catalán, un dibujo en el cual se veía a la presidenta del parlamento regional catalán envuelta en una bandera estelada, con una corona de espinas ciñendo sus sienes, de las que brotaban, cuatribarrados, hilos de su sangre catalana. La imagen ha llamado la atención por sugerir una suerte de martirologio, el pretendidamente sufrido por la tarraconense, quien se expone a una simple inhabilitación por haber permitido actos prohibidos en la institución que con indisimulada deslealtad a la Nación española, preside.
La mañana del viernes 16 de diciembre había comenzado con la medida puesta en escena callejera habitual cuyos objetivos son al menos dos: el puramente propagandístico, que busca dar la mayor visibilidad posible al movimiento secesionista, empleando para ello recursos y métodos cinematográficos; y, otro de carácter más cortoplacista y práctico, la coacción a los jueces. Así las cosas, la lenta procesión hacia el tribunal que los más arriscados catalanistas perciben como un aggiornado Gólgota, tuvo los componentes y protagonistas habituales de estas escenificaciones que los medios recogen al detalle acogidos al sacrosanto deber de informar. Rodeados por una turba de afines pertrechados de banderas astrales, la azul virginal de la Unión Europea y la que aúna a los sediciosos, pudo verse a los más conspicuos representantes de las diferentes sectas catalanistas, incluido Franco. Franco Rabell, se entiende. No faltaron, alzadas, las varas de mando de algunos ediles catalanes. Al cabo, el factor rural y costumbrista tiene un decisivo peso en un movimiento firmemente vinculado al terruño, a la tierra, cultivada o culta, metáfora en la que se inspira el Mito de la Cultura bajo cuyo patrón se pretenden delimitar las nuevas naciones de la Europa de los pueblos heredera del racismo eclipsado tras la caída de la Alemania nazi.
Minutos después de su entrada en el Tribunal, apenas media hora en la que la Forcadell sólo respondió a las preguntas de su abogado, esta abandonaba el edificio para seguir con fidelidad el guión cuidadosamente redactado. Era el momento de buscar de nuevo la colaboración de los habituales y subvencionados voceros. Así, de entre las soflamas pronunciadas, podemos destacar esta: «No se puede perseguir por la vía penal el debate de las ideas», afirmación que vino acompañada de la habitual acusación: la española no es una verdadera democracia. Se alcanzaba de este modo el clímax de la ceremonia que dejaba en el aire las grandilocuentes palabras salidas del enjuto cuerpo de quien presidiera un colectivo que se arroga la representación de la sociedad civil catalana, la Asamblea Nacional Catalana, autodefinida como «popular, unitaria, plural y democrática que tiene por objetivo recuperar (sic) la independencia política de Cataluña».
Las palabras de nuestra compatriota Forcadell, burdo y lacrimógeno subproducto del catalanismo, muestran una vez más hasta qué niveles de refinamiento han llegado los ideólogos que nutren su tramposo discurso, los fabricantes profesionales de la basura ideológica que con tanto deleite manejan los elegidos para guiar a la fanatizada grey que consume el pasto hispanófobo convenientemente administrado desde multitud de instituciones y expendedurías varias. Sencillamente, porque, en el caso que nos ocupa, tratar de tergiversar de un modo tan victimista la acusación por la que ha debido comparecer ante los jueces tratando de hacerla pasar como una censura del debate de las ideas, es simplemente una exhibición de desfachatez que nos recuerda a las palabras del diputado español Francesc Homs, mentando los tanques y los matones al tiempo que anunciaba, en flagrante petición de principio, la celebración de un referéndum que presupone lo que se trata de alcanzar: la soberanía de Cataluña.
Este y no otro, debiera ser el debate al que tendrían que dedicarse, si sus entendederas todavía lo permiten, tanto Forcadell como Homs, embrutecidos después de tantos años expuestos al discurso sedicioso fabricado en Cataluña. Manufactura que comenzó a producirse desde inicios de los años 60, cuando recobró impulso, primero en los debates que tanto encarecen, y después en las instituciones y escuelas, auténtico laboratorio ideológico que moldea la formación de las nuevas oleadas catalanistas, como bien se ha podido comprobar recientemente tras la difusión del vídeo escolar de Cambrils.
El espectáculo, naturalmente, continuará, pues no en vano su desarrollo viene garantizado por el Gobierno, por los sucesivos Gobiernos ocupantes de La Moncloa, configurados por colectivos profesionalizados de políticos que deben su presente y futuro a los escaños desde los que mercadean con la Nación. La obra continuará, pues ni siquiera en tiempos en los que vuelve a hablarse de reforma constitucional nadie parece dispuesto a bajar el telón que cancelaría definitivamente esta representación: el de la ilegalización de los partidos que programáticamente propugnan la destrucción de España.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Cortés y el indigenismo

La Gaceta, domingo 5 de diciembre de 2016: http://gaceta.es/ivan-velez/cortes-indigenismo-05122016-0907
Cortés  el indigenismo

En 1864, el aristócrata mexicano Francisco Javier Pimentel publicó su Memoria sobre las causas que han originado la situacion actual de la raza indígena de México, y medios de Remediarla, obra en la defiende a indios y mestizos. Consideraba Pimentel que el catolicismo no había calado hondo en los naturales, interpretación diferente a la de los primeros religiosos allí llegados, que vieron en los indígenas a una suerte de cristianos envilecidos por el pecado, hombres, al cabo, confundidos por las parodias que de las obras de Dios hacía el Demonio. Pimentel abogaba por el integracionismo según una fórmula que espantará a los relativistas culturales de hogaño: «que los indios olviden sus costumbres y hasta su idioma mismo, si fuera posible. Sólo de ese modo perderán sus preocupaciones y formarán con los blancos una masa homogénea, una nación verdadera». Para realizar tal tarea, señalaba a la Iglesia como factor decisivo.
Siglo y medio después, la propuesta pimenteliana choca frontalmente con la segunda acepción que da la Real Academia del vocablo indigenismo: «Doctrina y partido que propugna reivindicaciones políticas, sociales y económicas para los indios y mestizos en las repúblicas iberoamericanas». Tan trascendental controversia nos remite a un personaje cuya acción abrió la posibilidad de la oposición entre integracionismo e indigenismo: Hernán Cortés, conquistador del imperio mexica, «Babilonia, república de confusión y mal», convertida tras su paso en «otra Jerusalén, madre de provincias y de reinos», al decir de Juan de Torquemada.
Desaparecido del espacio público mexicano, blanco de las iras de los indigenistas de ambos lados del Atlántico, Cortés, que irrumpió en el continente hace casi quinientos años, llevó a cabo un integracionismo que se manifestó por diferentes vías.
Una de las principales es la que va ligada al catolicismo. El de Medellín que, al igual que hiciera el cura Hidalgo en 1810, actuó bajo un estandarte cristiano, llevó a cabo una metodología evangelizadora que podemos caracterizar como descendente en lo relativo a la escala social. Los personajes principales fueron los primeros en recibir las aguas, seguidos por los más humildes, método a veces transformado en una suerte de aspersión que los clérigos que le acompañaban criticaron. En coherencia con este proceder hay que insertar el bautismo de los cuatro caciques tlaxcaltecas, que trocaron sus nombres por los de don Lorenzo, don Vicente, don Bartolomé y don Gonzalo. También cambió su nombre una mujer crucial en la acción cortesiana, la esclava de Malinalli o Malintzin, regalada al español junto a una veintena de mujeres tras la batalla de Centla. Tras su bautismo, se convertirá en doña Marina, lengua, consejera y amante del conquistador.
Paralelamente a los bautismos y a las exhortaciones a la conversión, de las que fue objeto el propio Moctezuma, Cortés actuó como iconoclasta al destruir –«el marqués saltaba sobrenatural, y se abalanzaba tomando la barra por en medio a dar en lo más alto de los ojos del ídolo», nos cuenta Bernal- la figura de Huitzilopochtli que presidía el Templo Mayor, actos que se vieron acompañados por la construcción de iglesias, monasterios e incluso hospitales, que, dado el concepto de medicina que se manejaba, tenían un profundo aroma religioso. Asediada por las iglesias evangélicas norteamericanas, bien haría la Iglesia mexicana en revisar su relación con Cortés, cuyos restos descansan tras una humilde lápida en un céntrico templo por él fundado.
Ser español en la época a la que nos estamos refiriendo exigía no sólo la pertenencia al orbe católico que adjetivaba a los reyes hispanos. Era también necesario sujetarse a la obediencia imperial. Cortés también introdujo en esta esfera a las diferentes naciones étnicas con las que entró en contacto. La conquista no puede explicarse sin la participación de los de Tlaxcala, víctimas de la opresión de los mexicas que vieron en el español a un libertador, razón por la cual engrosaron su exigua hueste y combatieron con fiereza, a veces vengativa y antropófaga, contra sus igualmente indígenas enemigos. La participación de estos primeros cristianos indígenas, los tlaxcaltecas, fue premiada desde la Península con la obtención en 1563 del título de Leal Ciudad para la ciudad de Tlaxcala, que recibió un escudo de armas, premio que lograron tras enviar varias embajadas al Emperador. Finalmente, la definitiva integración política del Anahuac se produjo con la cristalización del Virreinato de Nueva España, que reprodujo las instituciones imperiales españolas y convirtió a los naturales en súbditos del emperador introduciendo «policía», es decir, un orden civilizatorio del que se maravilló Humboltd. Es en tal Virreinato, y no en el México precortesiano, en el que se sientan las bases de los actuales Estados Unidos Mexicanos.
Por último, queda un aspecto fundamental en lo relativo a las relaciones entre españoles y naturales: el mestizaje que se produjo tras la llegada de los primeros. Cortés es también protagonista en este aspecto al tener un hijo, siempre querido, con doña Marina. La vía biológica, la de la generación de hombres es, sin duda, un anticipo de lo que ocurriría tres siglos después a escala política. Plenamente civilizadas, las sociedades con las que trabó contacto Cortés, pudieron emanciparse de su madre España. Dos siglos después del inicio de constitución de las naciones políticas hispanoamericanas, una legión de antropólogos, propagandistas y mercenarios, intoxicados de leyenda negra, trabajan para mantener encapsulados en la barbarie a los restos de aquel complejo mosaico en el que Cortés, quien deseó siempre regresar a aquellas tierras, introdujo el orden hispano.

Ante la muerte de Fidel Castro

Ante la muerte de Fidel Castro

Bajo los retratos de los masónicos padres de la nación cubana, frente a las cámaras de la televisión pública, Raúl Castro dio a conocer la noticia del fallecimiento de su hermano Fidel. Se extinguía de este modo la vida de quien prestara el apellido a un movimiento revolucionario que alcanza seis décadas caracterizado por fuertes personalidades y abundancia de mitos.
El hombre que en la madrugada del viernes expiró en La Habana se constituiría como icónico personaje en un contexto muy concreto: el de la Guerra Fría que marcó la segunda mitad del siglo XX. Bajo el nuclear equilibrio marcado por los dos bloques separados por el Telón de Acero, la Cuba de la que los barbudos expulsaron a Fulgencio Batista, pronto se decantaría por el encabezado por la Unión Soviética. En efecto, tras un par de intentos, una docena de barbudos alcanzaría el poder de la isla. Junto a Fidel sobresalía la figura de Ernesto Ché Guevara, muerto posteriormente en Bolivia mientras trataba de mantener viva la llama de la revolución. En la órbita soviética, encontró Cuba la posibilidad de sacar adelante algunos de sus planes al contar con la asistencia técnica que desde Moscú se prestaba a cambio de tener una plataforma desde la cual mantener la tensión con Washington. La crisis de los misiles de 1962 supuso el momento de mayor tensión en la carrera armamentística posterior a la II Guerra Mundial.
La triunfante revolución todavía ilusionaba a un pueblo cubano que aún hoy disfruta de algunos incuestionables logros que distinguen a la isla de muchos de sus países vecinos. Cuba, hundida económicamente, todavía puede exhibir un alto nivel de alfabetización y unas exiguas cifras mortalidad infantil, rasgo este compartido con España, que debemos relacionar con la larga tradición médica que ha distinguido históricamente nuestra patria.
Sin embargo, la maniquea línea trazada por el Telón comenzaría a desdibujarse en la década de los 80, cuyo final se precipitó por el hundimiento de la Unión Soviética, golpe del que la Cuba castrista no pudo recuperarse. La caída del comunismo implantado allende los Urales dejaba a Cuba sin referencias geopolíticas casi al mismo tiempo que la España que en 1959 había aprobado el Plan de Estabilización, se integraba en la Unión Europea tras transformarse en una coronada democracia de mercado.
Con la muerte de Fidel desparece una figura esencial de aquel tiempo, el modelo de unos mandatarios hispanos que se aferran al llamado Socialismo del Siglo XXI alimentado de petróleo y coca. Mirándose en el espejo de Castro, los gobernantes que mantienen su fe en tan viscosa ideología contemplan el empobrecimiento de sus países entre lamentos negrolegendarios y victimismo antiyanqui. En el Malecón, pícaros y mecaniqueros, tan diferentes al hombre politécnico que nunca llegó, aguardan su momento.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Venezuela, paraíso de politólogos

Artículo publicado en el Blog "España Defendida" el 20 de noviembre de 2016 en La Gaceta:
Venezuela, paraíso de politólogos

Durante el verano de 1961, Enrique Tierno Galván (1918-1986) es invitado a la Universidad de Princeton. Desde ese año hasta 1978, el Viejo Profesor dirigió, dentro de la editorial Tecnos, la Colección Estructura y Función, que en los años de la Guerra Fría nutrió al público de lengua española con traducciones de obras de lógica y filosofía de la ciencia de corte neopositivista y analítico, así como de ensayos de sociología y politología atlantista.
Ese mismo año, la revista comunista Nuestras Ideas, editada en Bruselas, le dedica en su número de julio un artículo, «Sociología de la Decadencia», firmado por Antonio Paz, en el que se realiza una ácida crítica del autor de Introducción a la Sociología, don Enrique, por su pretensión de reducirlo todo a categorías lógicas. Críticas de las que extractamos este párrafo:
«Para Tierno Galván lo que diferencia a un obrero de su patrono, no es el lugar que uno y otro ocupan, en las relaciones de producción, sino que el primero, tiene resentimiento y el segundo no. En resumen, las clases sociales no existen sino sólo fenómenos psicológicos.»
Lustros después, tal y como recordaba Ignacio Gracia Noriega (1945-2016), Tierno, «maestro de la perogrullada» al decir de don Ignacio, cual castizo Zaratustra, todavía seguía buscando a un obrero con el que poder dar una pátina mínimamente proletaria a su Partido Socialista Popular, configurado en gran medida por gentes provenientes del mundo académico.
El demoledor artículo de Nuestras Ideas, venía, no obstante, firmado bajo pseudónimo. Embozado tras la firma de Antonio Paz, el verdadero autor del texto era Juan Carlos Rey, nacido en San Sebastián en 1936, y emigrado a Venezuela, donde reside, desplegando una más que apreciable actividad. Rey había recalado en Venezuela siguiendo la estela de su familia, de simpatías franquistas, tras terminar el bachillerato en Madrid. En el país hispanoamericano desarrolló Rey su brillante carrera académica, cimentada en sus estudios de Derecho, durante los cuales ingresó en el Instituto de Estudios Políticos como Auxiliar Investigación dos años antes de publicar el artículo aludido. La vinculación de Rey con tal instituto se prolongó hasta su jubilación en 1985. Graduado en 1960, visitó París entre 1960 y 1962, desde donde viajó a España en diferentes ocasiones. Es en ese contexto en el que entra en contacto con Federico Sánchez -Jorge Semprún- y Fernando Claudín, director de la revista. La relación con la ideología marxista se había producido en la Universidad Central de Venezuela, donde,  pese a no militar en formaciones políticas o estudiantiles, frecuentó a un grupo de jóvenes estudiante universitarios españoles antifranquistas, algunos de los cuales pertenecían al Partido Comunista de España en Caracas, o a la ASU (Asociación Socialista Universitaria).
El Instituto de Estudios Políticos en el que arrancan estas actividades de Juan Carlos Rey, fue un lejano proyecto que nos remite a la Asamblea General de Falange celebrada en Salamanca en febrero de 1937 dentro de un amplio proyecto que también atendía a aspectos propagandísticos. Tal Instituto cristalizó en España en septiembre de 1939, y sería el modelo de su réplica venezolana, dirigida por el germanizado y combatiente en el ejército de la República, en el que alcanzó el grado de capitán del Alto Estado Mayor, Manuel García-Pelayo (1909-1991), quien décadas después fue designado como primer Presidente del Tribunal Constitucional español. Formado al lado de García-Pelayo, Juan Carlos Rey le sustituyó en la presidencia de tal Instituto.
Si la crítica a Tierno es interesante, no menos lo será otro artículo, «Venezuela y Cuba: dos perspectivas», aparecido en el undécimo número de Nuestras Ideas, correspondiente al mes de abril de 1961. El pseudónimo empleado esta vez fue Carlos Martínez, y tal argucia se entiende al observar las críticas vertidas por Rey sobre la Venezuela en la que estaba instalado, al margen del paréntesis europeo. El texto muestra la decepción respecto de Venezuela y la ilusión que le produce la reciente revolución cubana. Rey observa Venezuela bajo el prisma marxista, apostando por la transformación de la democracia burguesa en una democracia proletaria. El artículo, que lamenta que entre 1811 y 1961, Venezuela haya conocido 26 constituciones, destila un profundo antiamericanismo, y lamenta proyectos fallidos como el encabezado por Haya de la Torre (1895-1979) y el APRA en Perú. Para Juan Carlos Rey, hay algo que lastra el desarrollo de Hispanoamérica: el fatalismo yanqui, marcado por un potente intervencionismo colonialista de la potencia norteamericana.

Las líneas académicas trazadas por García-Pelayo y Rey vendrían a desdibujarse a finales del convulso siglo XX, cuando emergió la figura del comandante Hugo Chávez Frías (1954-2013), quien, como sus predecesores, contó con asesoría española, la de los aduladores y sentimentales profesores que aprovecharon la estela de la Fundación CEPS para desembarcar en Sudamérica. Los bien remunerados asesores españoles encontraron de este modo un terreno propicio para pasar del plano teórico a uno más real y prosaico, el que sirvió para tratar de implantar el así llamado Socialismo del siglo XXI. De regreso de tal viaje, con la lección propagandística bien aprendida, los antaño asesores, hogaño profesionales de la política, queman sus vidas en defensa de «la gente», es decir, de sus votantes.