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lunes, 25 de noviembre de 2019

Hernán Cortés, un nuevo Herodes según la leyenda negra

OkDiario, 1 de julio de 2019:
https://okdiario.com/opinion/hernan-cortes-nuevo-herodes-segun-leyenda-negra-4318457

Hernán Cortés, un nuevo Herodes según la leyenda negra


Su desbordante personalidad y la escala de sus conquistas, han convertido a Hernán Cortés en un verdadero icono de la leyenda negra. Severo en la aplicación de la justicia, tanto en el castigo de los delitos cometidos por sus compatriotas como en el de los protagonizados por los naturales -en Tlaxcala, cuando descubrió la presencia de espías en su campamento, ordenó que se les amputasen las manos-, el de Medellín, capitán general del pequeño ejército español, encabezó algunas acciones sangrientas durante su penetración hacia el corazón del Imperio mexica. De entre todas ellas destaca poderosamente la matanza que tuvo lugar en la ciudad sagrada de Cholula, condición esta, la religiosa, que subrayó Cortés al hablar de sus numerosas «mezquitas», vocablo que asignó a sus muchas pirámides.
            Establecida la crucial alianza con los tlaxcaltecas, Cortés marchó hacia la ciudad lacustre de Tenochtitlán. Antes, hizo escala en Cholula. Allí, después de un cálido recibimiento, la hostilidad cholulteca fue creciendo, mientras se descubrían inquietantes señales: algunas calles estaban cortadas, en el suelo se habían excavado zanjas, ocultadas con ramas y tierra, en cuyo fondo esperaban varas aguzadas para herir a los caballos y en las azoteas había gran cantidad de piedras para ser usadas como proyectiles. A estos datos, presentes en las crónicas, ha de sumarse una historia, de tintes románticos, que introduce en escena a doña Marina para convertirla en delatora. Demos la palabra a Bernal Díaz del Castillo:

Y una india vieja, mujer de un cacique, como sabía el concierto y trama que tenían ordenado, vino secretamente a doña Marina, nuestra lengua. Como la vio moza y de buen parecer y rica, le dijo y aconsejó que se fuese con ella a su casa, si quería escapar la vida, porque ciertamente aquella noche o otro día nos habían de matar a todos, porque ya estaba así mandado y concertado por el gran Montezuma, para que entre los de aquella cibdad y los mexicanos se juntasen y no quedase ninguno de nosotros a vida, o nos llevasen atados a México.
            Doña Marina, tras fingir aceptar la oferta de la anciana, comunicó la traza a Cortés, que dio una razón más prosaica en su Segunda Carta de Relación para efectuar un gran castigo:
Y así por esto como por las señales que para ello veía, acordé de prevenir antes de ser prevenido, e hice llamar a algunos de los señores de la ciudad diciendo que les quería hablar y les metí en una sala y en tanto hice que la gente de los nuestros estuviese apercibida y que en soltando una escopeta diesen en mucha cantidad de indios que había junto al aposento y muchos dentro de él. Así se hizo, que después que tuve los señores dentro de aquella sala, dejélos atando y cabalgué e hice soltar la escopeta y dímosles tal mano, que en pocas horas murieron más de tres mil hombres».
            O lo que es lo mismo, podemos afirmar, usando una terminología actual, que Cortés lanzó un ataque preventivo a quienes pretendían aniquilar a su ejército. Así se hizo. La matanza de Cholula causó una gran conmoción en los dominios de Moctezuma, pero tuvo también gran repercusión en los ambientes españoles en los que se cuestionaba la legitimidad de la conquista. A la cabeza de los críticos se hallaba fray Bartolomé de Las Casas, que dio a Cortés el calificativo de «nuevo Herodes» a partir de aquel episodio. El dominico llegó a afirmar, en su Brevísima relación de la destrucción de Las Indias, que Cortés, mientras se producía la masacre, recitó desde uno de los tejados el siguiente romance, tomado de La Celestina:
Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía;
gritos dan niños y viejos,
y él de nada se dolía.

            Como es lógico, Bernal, testigo de aquellos hechos, combatió la versión de Las Casas. El soldado cronista percibió hasta qué punto la obra del dominico podía ser perniciosa para los intereses hispanos, como en efecto así fue, al proporcionar tanta materia a lo que se dio en llamar, siglos después, leyenda negra. Estas fueron las palabras que dedicó al religioso esclavista en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:
Y aun dícelo de arte en su libro a quien no lo vio ni lo sabe, que les hará creer que es ansí aquello e otras crueldades que escribe, siendo todo al revés, e no pasó como lo escribe.
            La versión de Cortés y Díaz del Castillo la avaló, años más tarde, el conquistador Bernardino Vázquez de Tapia, que si en un principio, cuando andaba enemistado con Cortés, trató de presentar lo ocurrido como una caprichosa atrocidad, rectificó después, y se refirió a aquellos acontecimientos como necesarios y prudentes:
[…] ni nos querían dar de comer, ni maíz para los caballos, sino toda la gente de mal arte. Y como el marqués vio todas estas cosas, temió de alguna traición y mandó que toda la gente estuviese muy apercibida, y andando con gran aviso inquiriendo, supo que allí, cerca de Cholula, estaba una guarnición de gente de México y, ratificado dello, determinó, que antes que nos tomasen durmiendo, de dar en los unos y en los otros, y ansí lo hice, aunque con no poco peligro nuestro.
            Como última verificación de lo ocurrido, podemos acudir a la pesquisa que el propio Emperador Carlos ordenó hacer a los franciscanos en la ciudad. Bernal se refirió a ella de este modo:
Y también quiero decir que unos buenos religiosos franciscanos, que fueron los primeros frailes que Su Majestad envió a esta Nueva España después de ganado México, según adelante diré, fueron a Cholula para saber e inquirir cómo y de qué manera pasó aquel castigo y por qué causa, e la pesquisa que hicieron fue con los mesmos papas e viejos de aquella cibdad; y después de bien informados dellos mismos, hallaron ser ni más ni menos que en esta mi relación escribo, y no como dice el obispo.
            A la vista de los testimonios aportados, parece evidente que, tal y como él mismo afirmó, de no haberse adelantado, Cortés y los suyos hubieran perecido en Cholula. Ello no fue, sin embargo, obstáculo para que aquella mancha sangrienta quedase siempre asociada al conquistador de Medellín, modelo de otros muchos, y de la propia doña Marina, a la que muchos prefieren llamar Malinche, para hacer de ella una mujer tan liviana y como traidora de un México inexistente.

Hernán Cortés: el héroe y el mito

OkDiario, 25 de junio de 2019:
https://okdiario.com/opinion/hernan-cortes-bigger-than-life-sin-pelicula-que-haga-justicia-4295554

Hernán Cortés: el héroe y el mito


Como ocurre con todos los grandes hombres que han dejado su impronta en la Historia universal, Hernán Cortés se mueve entre los datos que los documentos propios y los de sus coetáneos se conservan, y las trazas del mito o mitos que gravitan sobre el de Medellín. Por lo que a su aspecto se refiere, la apariencia de Cortés oscila entre el retrato que de él hizo el acuarelista alemán Christoph Weiditz, que lo trató y lo pintó en El libro de los trajes, cuando el conquistador tenía cuarenta y dos años, y el busto de bronce dorado que esculpió Manuel Tolsá  a finales del XVII para ser colocado en el Hospital de Jesús fundado por el conquistador y todavía en funcionamiento. En él, el anguloso rostro weiditziano suaviza sus rasgos y eleva sus ojos hacia el cielo de un modo similar a las representaciones de Alejandro, con quien tantas veces se ha comparado a Cortés. A esos hitos plásticos ha de unirse el célebre mural de Rivera, en el cual la deformidad física trata de hacer aflorar las malformaciones morales de un hombre en el que se concentrarían todos los atributos de la Leyenda Negra. Muchos son, en definitiva, los corteses a los que dio vida Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano, hidalgo nacido probablemente en 1485 en Medellín y muerto el 2 de diciembre de 1547 en Castilleja de la Cuesta de mal «de cámaras», años después de que él mismo incorporara estas elocuentes palabras en su Quinta Carta de Relación, dirigida al emperador Carlos: «Según lo que yo he sentido, Muy Católico Príncipe, puesto que desde el principio que comencé a entender en esta negociación yo he tenido muchos, diversos y poderosos émulos y contrarios».
            Hernán fue un muchacho inquieto al que sus padres quisieron encauzar por la vía de las letras, es decir, de las leyes, enviándolo a Salamanca, donde vivía su tío Francisco Núñez de Valera, escribano casado con la hermanastra de su padre, Inés Gómez de Paz. Allí aprendió Gramática y todos los rudimentos legales que tan útiles le fueron durante su vida. Con los saberes y experiencia adquiridos, junto con algunas recomendaciones, el joven estuvo en condiciones de pasar a América. La primera ocasión se presentó en 1502, dentro de la gran flota de Nicolás de Ovando, a quien acaso conoció durante la estancia de éste en la Extremadura a la que Cortés había regresado. Al parecer, el muchacho no pudo embarcarse debido a las lesiones que se produjo al caer desde un tejado mientras cortejaba a una mujer casada. La fecha comúnmente aceptada de su viaje a Las Indias es el año 1504. Lo hizo a bordo del navío La Trinidad. Así lo declaró él mismo años más tarde en un memorial dirigido al Emperador. Su primer destino fue La Española. Allí trabajó durante seis años en la escribanía de la villa de Compostela de Azúa, antes de pasar a Cuba, donde se convirtió en un hombre influyente y adinerado que alcanzó un profundo conocimiento de los españoles que vivían en la isla. Esta intuición le acompañó durante toda su vida y le permitió salir airoso de difíciles trances.
            Todo ello determinó que el Gobernador de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar, se fijara en él para encabezar la tercera de las expediciones a Tierra Firme con las que aquel hombre trataba de obtener la vanguardia en la carrera hacia el continente. Fue en Veracruz donde, aupado por los descontentos, fundó un cabildo, se erigió en capitán general y justicia mayor y envió una serie de tesoros, que llegó a contemplar Alberto Durero, y documentos, según los cuales, aquel municipio se situaba bajo la obediencia del rey Carlos y cortaba amarras con un Velázquez al que movía el interés puramente personal. También fue allí donde barrenó y echó al través las naves, impidiendo el regreso del bando velazquista a Cuba. El mito prefiere hacer arder aquellas naves, si bien, en ningún documento de la época se habló del fuego.
            A partir de entonces, el de Medellín mantuvo constantes contactos con los emisarios de Moctezuma, al tiempo que establecía una serie de alianzas con los pueblos tributarios del emperador mexica. Sin duda, fueron sus habilidades diplomáticas, unidas a su severidad en la aplicación de la justicia, las que permitieron que su hueste, de poco más de quinientos españoles, se viera sensiblemente aumentada con la incorporación de guerreros nativos. La audacia de Cortés le llevó a entrar en la ciudad lacustre de Tenochtitlan, corazón del imperio mexica, donde poco después, tras conocerse el ataque lanzado sobre la Villa Rica de Veracruz, hizo prisionero a Moctezuma, cuya captura garantizó durante un tiempo la seguridad de los españoles. Meses después, la llegada a la costa de Pánfilo de Narváez, enviado por Velázquez, rompió aquella extraña atmósfera cortesana. Hostigados por los mexicas, los españoles abandonaron Tenochtitlan en la catastrófica Noche Triste, a la que siguió la batalla de Otumba y la contraofensiva en la cual tuvieron un papel fundamental los aliados tlaxcaltecas. Tras un duro asedio, invadida por la pestilencia favorecida por el hacinamiento de sus habitantes, la ciudad cayó definitivamente en manos españolas con la captura de Cuauhtémoc. La victoria precedió al nombramiento de Cortés como Marqués del Valle de Oaxaca. Al señor novohispano le fueron concedidos 23.000 vasallos y grandes extensiones de tierra. A este éxito se unió su ascenso en la escala social española, gracias a su boda con Juana de Zúñiga, que le dio a su hijo Martín, tocayo del Martín que tuvo con doña Marina, al que quiso tanto como para solicitar al Papa una bula de legitimidad y procurarle el hábito de Santiago.
            La conquista del Imperio mexica no aquietó a Cortés. Convertido en armador, sus barcos navegaron por el Pacífico atravesado por Elcano en ayuda de quienes siguieron aquella derrota. Con él al mando de una flotilla, ascendió hacia el norte para descubrir y dar un nombre mitológico a una nueva tierra: California. Todo ello ocurrió después de que emprendiera una catastrófica expedición por la selva de Honduras en pos del rebelde Cristóbal de Olid. Si estos fueron los lugares en los cuales destacó su figura, el sometimiento al Juicio de Residencia, por el que estaban obligados a pasar todos los gobernantes españoles, le mantuvo rodeado del papel al que tanto debía. Al cabo, la legitimación de sus acciones la logró gracias a su habilidad con su pluma. Envuelto en mil pleitos y en razonamientos a propósito de la conveniencia de la encomienda indiana, Cortés pasó sus últimos años en España, donde recibió el trato propio de un hombre que había alcanzado la gloria en un mundo nuevo y exótico. Antes de que su cuerpo fatigado exhalara su último aliento, el de Medellín era ya espejo de conquistadores. Moría el hombre, nacía el mito.

Hernán Cortés, conquistador del Imperio mexica

OkDiario 9 de julio de 2019:
https://okdiario.com/opinion/hernan-cortes-conquistador-del-imperio-mexica-4350344

Hernán Cortés, conquistador del Imperio mexica


Hijo de Martín Cortés y de Catalina Pizarro Altamirano, Hernán Cortés nació en Medellín en 1485. Durante su juventud estudió durante dos años en Salamanca, ciudad en la que obtuvo una formación en leyes que le fue muy útil durante toda su vida. Sin terminar sus estudios, regresó al seno familiar, donde permaneció poco tiempo. Pronto dejó el ambiente familiar para dar el salto al Nuevo Mundo. En el Caribe hizo valer sus habilidades y observó de qué modo se desenvolvían los hombres ávidos de fortuna y fama, mientras acrecentaba su hacienda esperando su momento.
Hombre de prestigio, Cortés llamó la atención de Diego Velázquez, Gobernador de Cuba, que le confió una expedición con la que trataba de reponerse de los reveses sufridos por Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva. De Cuba salieron alrededor de quinientos cincuenta soldados, entre ellos treinta y dos ballesteros y trece escopeteros. Al ejército han de sumarse doscientos indios y algunos esclavos negros, junto a cierto número de indias de servicio. A bordo de los navíos viajaron diez cañones de bronce, cuatro falconetes y dieciséis caballos. En aquel contingente se había incorporado un importante número de participantes en las dos expediciones, hombres descontentos que en las playas de Veracruz dieron a Cortés el respaldo para fundar un cabildo y enviar desde allí, documentos y joyas al rey Carlos I. La ruptura con Cuba se había consumado, para dar comienzo a la incursión en el imperio dominado por Moctezuma, cuyos emisarios tomaron contacto con los barbudos de inmediato.
En el litoral se produjo la primera batalla, la de Centla, en la que algunos creyeron ver al apóstol Santiago combatiendo del lado cristiano. También allí, Cortés mandó barrenar y desmantelar la mayor parte de su flota para impedir que la facción que quería regresar a Cuba, pudiera hacerlo. Con el paso del tiempo, a aquella trascendental decisión se le añadieron las llamas que completan la imagen mítica de Cortés quemando sus naves. Desde la costa, los españoles penetraron y comenzaron a establecer alianzas con los pueblos tributarios de Tenochtitlan. La primera de ellas se hizo con Cempoala, sin embargo, la decisiva fue la que sellaron con los mayores enemigos de los mexicas, los tlaxcaltecas, principales aliados de los españoles durante la conquista. Mientras todo esto ocurría, Moctezuma alternaba ofrendas con las que trataba de disuadir a aquellos hombres de entrar en su ciudad, con estrategias bélicas.
En la ciudad sagrada de Cholula, el Emperador había previsto acabar con los españoles. Cortés, viendo las señales de una posible emboscada, se adelantó e hizo un baño de sangre entre la nobleza cholulteca. La conmoción de aquella matanza allanó el camino de los castellanos, que cruzaron entre volcanes y se dirigieron a la capital del imperio, donde fueron recibidos fastuosamente. La ciudad lacustre de Tenochtitlan les impresionó hondamente. Era tan bella como peligrosa, pues la isla, dentro de un lago comunicado por calzadas interrumpidas por puentes levadizos, permitía dejar aislados a sus visitantes. Temerosos de ello, los españoles secuestraron a Moctezuma, que ya había atacado a los blancos en su retaguardia.
Durante meses, Cortés y Moctezuma convivieron dentro del palacio de Axayácatl. Sin embargo, aquella calma quedó rota con la llegada a la costa de los hombres de Velázquez, encabezados por Pánfilo de Narváez. Aquellos españoles, pronto establecieron pactos con Moctezuma, que seguía conservando mucho de su poder. Era preciso neutralizar a aquellos españoles que amenazaban lo logrado hasta ese momento, por lo que Cortés abandonó la ciudad dejando en ella a Pedro de Alvarado. La victoria, cayó con facilidad del lado del extremeño, que usó de toda su astucia para desactivar a Narváez. Con muchos de los soldados de este incorporados a su tropa, Cortés no tuvo tiempo para paladear su victoria, pues en la capital, Alvarado, temiendo un ataque, había masacrado a la nobleza mexica. A partir de entonces, la calma abandonó a los españoles, que se vieron asediados en su palacio. De nada sirvió hacer salir a Moctezuma a la azotea para amansar a sus súbditos. El Emperador, que había perdido su poder, fue abatido de una pedrada.
Muerto Moctezuma, Cortés dispuso la huida de la ciudad, que se produjo durante la que pasó a la Historia como la Noche Triste. En ella, gran parte del ejército español y de los aliados tlaxcaltecas, murieron en los pasos de la calzada de Tacuba a manos de los mexicas. Golpeados por aquel revés, los españoles fueron capaces de vencer en la batalla de Otumba y de regresar a Tlaxcala, donde fueron atendidos. Un factor añadido, una epidemia para la que los naturales no tenían defensas, comenzó a propagarse. En Tlaxcala, Cortés diseñó un contragolpe anfibio. Allí dio orden de confeccionar unos bergantines que debían navegar por la laguna en apoyo de la infantería y la caballería. Así se hizo. Bajo las órdenes de Martín López se cortó la madera y se elaboraron las piezas que, a hombros de los indios, se llevaron a la orilla del lago Texcoco donde se armaron los bergantines.
La ofensiva final sobre Tenochtitlan combinó las acciones en las calzadas con el apoyo de aquellos barcos para los que las canoas no eran rival. Poco a poco, el ejército español, aumentado por un creciente número de aliados, fue encerrando a los bravos mexicas, que fueron capaces de hacer mucho daño antes de su rendición causada en gran medida por el desabastecimiento y las enfermedades. El 13 de agosto de 1521, después de más de dos meses de asedio en los que la ciudad quedó arrasada, el último emperador, Cuauhtémoc, fue apresado mientras trataba de huir a bordo de una canoa.

sábado, 5 de octubre de 2019

Antonio de Villarroel, el ausente del 11 de septiembre

OKDiario, 9 de septiembre de 2019:
https://okdiario.com/opinion/antonio-villarroel-ausente-del-11-septiembre-4549988


Antonio de Villarroel, el ausente del 11 de septiembre

            Como viene siendo habitual cada 11 de septiembre, la estatua erigida en memoria de Rafael Casanova sigue siendo el lugar donde se concentra la mayor carga dramática de unos fastos completamente ideologizados que viraron de lo religioso a lo puramente político. En efecto, el origen de las actuales ofrendas florales hemos de buscarlo a finales del siglo XIX. En concreto, en el año 1886, cuando diversas entidades católicas celebraron una misa en la Parroquia de Santa María de la Mar en recuerdo de los fallecidos en el final de aquel verano de 1714. El canónigo de Vic, Jaume Collell, fundador de La Veu del Montserrat y, más tarde, de La Veu de Catalunya junto a Jacinto Verdaguer y Joaquín Cabot, ofició aquella ceremonia que rogó por el alma de aquellos que se habían desprendido de su realidad corpórea 172 años antes. Un par de años después, con motivo de la Exposición Universal de Barcelona, se fundió una estatua en honor a aquel conseller en cap que huyó de la ciudad vestido de fraile, para regresar a ella en 1719. Fue allí donde, ya octogenario, sus ojos se cerraron definitivamente en 1743.
            Propaganda aparte, lo que en rigor se celebra a los pies del metal decimonónico desde que allí se colocaran las primeras flores en 1894, es la rendición de la ciudad de Barcelona, no de Cataluña, pues esta se dividió entre partidarios del archiduque Carlos y de Felipe de Anjou, ante las tropas del duque de Berwick. Después de catorce meses de asedio, con aquella entrega finalizó la Guerra de Sucesión en la que se vieron involucradas diversas potencias ávidas de intervenir en el posible reparto del imperial botín hispano. No era, sin embargo, el interés político el único que movilizó a los españoles. El conflicto sirvió para que muchos se alinearan en un bloque u otro en función de variados factores. En Cataluña, comarcas como las de Berga, Arán o Cervera, apoyaron a Felipe por su catolicidad, frente a la opción alternativa, en la cual militaban, bajo banderas alemanas o inglesas, heréticos soldados. El rencor antifrancés, fortalecido después de la fallida incorporación a la nación transpirenaica después del Corpus de Sangre se concentraba, sobre todo, en la Ciudad Condal, bombardeada en 1691 y tomada apenas unos años antes, en 1697, por Luis José de Borbón, duque de Vendôme.
            En aquel contexto bélico, Antonio de Villarroel Peláez, teniente de mariscal general del ejército austracista, se dispuso a defender la ciudad ante el asedio de las tropas borbónicas. Poco antes de la derrota, el 3 de septiembre, Villarroel se mostró favorable a reunirse con el duque de Berwick para capitular, iniciativa que fue desestimada por Rafael Casanova y el resto de consellers. Ante esa negativa, el barcelonés Villarroel, hijo de un militar gallego casado con una asturiana, presentó su dimisión el día 6, si bien, durante el asalto final, en el cual resultó herido, regresó a su puesto. Además del célebre bando de Casanova, en el cual se confiaba en que los barceloneses, «como verdaderos hijos de la patria y amantes de la libertad acudirán todos a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España», de aquella jornada se conserva la arenga que Villarroel lanzó a sus hombres:
            «Señores, hijos y hermanos, hoy es el día en que se han de acordar del valor y gloriosas acciones que en tiempos ha ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no somos dignos de ser catalanes e hijos legítimos de nuestros mayores. Por nosotros y por toda la nación española pelamos. Hoy es el día de morir o vencer, y no será la primera vez que con gloria inmortal fue poblada de nuevo esta ciudad defendiendo la fe de su religión y sus privilegios.»
            La derrota fue, no obstante, inevitable, y Villarroel, después de caer preso, dio con sus huesos en el castillo de Alicante, antes de ser enviado a La Coruña a principios del año siguiente. Allí, en condiciones extremas, permaneció una década hasta ser liberado después de la firma, en 1725, de la Paz de Viena. Los largos años de cautiverio habían quebrantado hasta tal punto su salud, que meses después falleció. Sirvan estas líneas como evocación de aquel a quien las diversas corrientes catalanistas, elaboradoras de un Casanova manipulado hasta ser ajustado al discurso secesionista, han olvidado.

Iván Vélez

lunes, 24 de junio de 2019

Fraude en 1936. ¿Fraude en 2019? Paralelismos

OkDiario, 10 de abril de 2019
https://okdiario.com/opinion/fraude-1936-fraude-2019-paralelismos-3969738


Fraude en 1936. ¿Fraude en 2019? Paralelismos

            El próximo 28 de abril se celebrarán unas elecciones generales en las que muchos han visto una reedición de hechos pasados. Una victoria del PSOE abocaría al partido del puño y la rosa a renovar, con un inaceptable coste para la nación, el pacto que llevó al doctor Sánchez a pernoctar en La Moncloa. Para seguir alojado en tan distinguido edificio, Sánchez debería seguir pactando –léase, haciendo concesiones- con ese Podemos en el que muchos adivinan perfiles comunistas, pero también con las plataformas de los colectivos más desleales y rapaces de la nación española. Ante este panorama, la tentación de establecer paralelismos es poderosa, máxime si se tiene en cuenta que desde los tiempos de Zapatero se puso en marcha una poderosa maquinaria ideológica que se desarrolló a la sombra de un oxímoron llamado Memoria Histórica, rótulo tras el cual han crecido diversos colectivos que no están dispuestos a que los hechos ocurridos desde hace ocho décadas en adelante, abandonen la actualidad mediática. Como efecto de todo ello, Franco sigue presente a diario en las telepantallas, ya sea para rescatar su imagen en los archivos del NO-DO ya para especular a propósito del lugar último en el que debe descansar su momia.
            La forzada actualidad de unos hechos del pasado instrumentalizados con objetivos políticos y económicos ofrece, no obstante, la oportunidad, siempre abierta, de bucear en archivos para exhumar documentos amarilleados por el paso de las décadas. Papeles que permiten ajustar el análisis de una época que distó mucho de ser una Arcadia democrática que un grupo de militares africanistas rociados de agua bendita se encargaron de alterar. La mitificada II República dejó un caudaloso reguero de sangre y muchos episodios que cuestionan el mantra, mil veces invocado, de una arbitraria ruptura de la legalidad llevada a cabo por la España más ultra y reaccionaria.
            En efecto, tal y como demostraron Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García en su 1936. Fraude y violencia en las elecciones del frente popular, la cita electoral prebélica distó mucho de ser un modelo de pulcritud democrática. Como muestra de las graves irregularidades que se dieron en aquellas fechas, nos referiremos a un caso que cualquiera puede consultar en el Archivo Histórico Provincial de Cuenca. En ese edificio que en tiempos fue cárcel de la Inquisición, se conserva un revelador expediente que tiene como protagonista a Ramón Portela Prado, abogado natural de Puerto Rico y vecino de esa misma Cuenca en la que Indalecio Prieto pronunció su discurso el 1 de mayo de 1936. En tan simbólica fecha, el socialista lanzó al aire palabras del siguiente tono: «A medida que la vida pasa por mí, yo, aunque internacionalista, me siento cada vez más profundamente español. Siento a España dentro de mi corazón y la llevo hasta el tuétano de mis huesos…».
            Sin embargo, dos días después de tan patrióticas soflamas, se produjeron los hechos juzgados el 4 de noviembre de 1939. Durante el proceso quedó comprobado que Portela, miembro de Izquierda Republicana, se dirigió hasta Castillejo de la Sierra acompañado por tres motoristas. Una vez allí sustrajo las actas de la elección. Todavía impune, Portela Prado ocupó el cargo de Gobernador Civil de la capital desde el 20 de Agosto hasta el 6 de Octubre de 1936, fecha en que marchó a Valencia, donde se desempeñó como Abogado del Estado para huir, acaso a su Puerto Rico natal, desde Barcelona. Aquellos hechos le procuraron una condena de pérdida total de sus bienes y de doce años de inhabilitación absoluta, con extrañamiento del territorio nacional. Más de ocho décadas después, no cabe imaginar un motorizado robo de votos, si bien existen métodos más sutiles que el expuesto, formas discretas que bien pudieran reeditar aquellos hechos que precedieron a la catastrófica Guerra Civil.

Cortés, la serpiente emplumada y los sobrecargados agravios

OkDiario, 1 de abril de 2019
https://okdiario.com/opinion/cortes-serpiente-emplumada-sobrecargados-agravios-3926660


Cortés, la serpiente emplumada y los sobrecargados agravios

«El Gobierno de México propone a Su Majestad que se trabaje a la brevedad, y en forma bilateral, en una hoja de ruta para lograr el objetivo de realizar en 2021 una ceremonia conjunta al más alto nivel; que el Reino de España exprese de manera pública y oficial el reconocimiento de los agravios causados y que ambos países acuerden y redacten un relato compartido, público y socializado de su historia común, a fin de iniciar en nuestras relaciones una nueva etapa plenamente apegada a los principios que orientan en la actualidad a nuestros respectivos estados y brindar a las próximas generaciones de ambas orillas del Atlántico los cauces para una convivencia más estrecha, más fluida y más fraternal». Las palabras reproducidas forman parte de la carta que Andrés Manuel López Obrador, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, envió al rey de España, Felipe VI, luego de hacer lo propio con el Papa Francisco.
Bajo las vaharadas posmodernas que envuelven las manifestaciones de AMLO, subyacen los viejos resabios negrolegendarios que, acuñados en el XIX, afloran cuando la ocasión lo requiere. En este caso, el recientemente elegido por los votantes mexicanos, ha decidido introducir el factor Cortés dentro de la complicada situación a la que le ha conducido su guerra contra el guachicoleo, que así se denomina el tráfico ilegal de combustible en el petrolífero México. Maniobra de distracción o no, el recurso al victimismo ligado a la conquista muestra hasta qué punto gran parte de la opinión pública, que no académica, mexicana, sigue imbuida de una visión distorsionada de hechos acaecidos hace ahora quinientos años.
La petición de AMLO llega, no obstante, casi dos siglos de retraso, pues el 29 de diciembre de 1836, la reina Isabel II estampó su firma en el Tratado definitivo de Paz entre la República Mexicana y S.M.C. la Reina Gobernadora de España, documento en el que se contienen estas declaración de intenciones: «Y esta amnistía se estipula y ha de darse por la alta interposición de S. M. C., en prueba del deseo que la anima de que se cimente sobre principios de justicia y beneficencia la estrecha amistad, paz y unión que desde ahora en adelante, y para siempre, han de conservarse entre sus súbditos y los ciudadanos de la república mexicana». No hay, por lo tanto, motivo alguno para buscar polémicas que ya estaban cerradas, en el terreno oficial en el que ahora pretende moverse AMLO, apenas quince años después de ese 1821, fecha fundacional de la nación política mexicana, a la que don Andrés Manuel parece no encontrar tantas objeciones como las que encuentra en los hechos ocurridos tres siglos antes.
Muchos son, por otro lado, los errores que contiene la carta del Presidente. En ella, por ejemplo, afirma que la incursión hispana fue «un acto de voluntad personal contra las indicaciones y marcos legales del Reino de Castilla y la conquista se realizó bajo innumerables crímenes y atropellos». Sin embargo, el conocimiento documental que poseemos desmiente por completo esta visión personalista de los hechos encabezados por Hernán Cortés. Una visión que ya combatió en su día el propio Bernal Díaz del Castillo, cuya firma aparece en la Petición al cabildo de Veracruz hecha por los vecinos de aquel primer municipio fundado en 1519. El documento, estudiado por María del Carmen Martínez, es un ejemplo de la compleja estructura del Imperio español, tan apoyado en la espada como en la pluma que, con tanta destreza, sostuvo Cortés, tan vencedor sobre el campo de batalla como en la atmósfera legalista de los despachos. Al cabo, el de Medellín conservó la cabeza sobre sus hombros hasta el momento de su fallecimiento, en lugar de perderla, como hubiera ocurrido si se le hubiera considerado rebelde al rey.
Las palabras de AMLO desvían también la atención hacia unos terrenos, los del «relato», que no pueden ocultar la realidad con la que se toparon los barbudos. Entre los volcanes y lagos por los que se adentraron aquellos españoles, los mexicas, gobernados por un emperador con atributos de semidiós y por una casta sacerdotal que hundía el cuchillo pétreo en el tórax de los destinados a ofrecer su corazón a los dioses, mantenían un cruel y hegemónico poder militar que Cortés se encargó de desmantelar. La obediencia al lejano rey del que hablaba el de Medellín a través de sus intérpretes- Jerónimo de Aguilar y la esclava Malintzin, convertida, agua bautismal mediante, en doña Marina-, era más llevadera que la entrega de vidas humanas cuyo punto final se localizaba en el altar de Huitzilopochtli, dios tutelar de los mexicas. Estas y no otras eran las condiciones que hallaron los españoles que, percibidos como libertadores del poder mexica, incorporaron a miles de guerreros indígenas sedientos de venganza. Sin el apoyo tlaxcalteca, los blancos hubieran, sin duda, fracasado.
Caída Tenochtitlan, los hispanos, acompañados, entre otros, por mexicas, emprendieron otras conquistas, las de pueblos también enfrentados con el gobernado por Moctezuma. Mientras las fronteras del territorio gobernado por barbudos y tonsurados se iban ampliando, cristalizaron las estructuras de un virreinato, el de la Nueva España, sobre el que se cimentó la nación hoy gobernada por AMLO. Una nación hermana cuyos problemas reales nada tienen que ver con pretendidos agravios cometidos hace medio milenio sobre unas sociedades inasumibles dentro de marco político mexicano.