Mostrando entradas con la etiqueta El catoblepas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El catoblepas. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de mayo de 2017

Blanco Fombona y la tesis del engaño

Blanco Fombona y la tesis del engaño
Iván Vélez
El Catoblepas, núm. 178, pág. 2, invierno 2017

«Nosotros somos indios alzados, rebeldes, nadie nos va a callar, no nos vamos a callar». Así se manifestó hace ya una década Hugo Chávez Frías (1954-2013), por entonces presidente de la República Bolivariana de Venezuela, tras el célebre incidente en el que terció Juan Carlos I, pronunciando su famoso «¿Por qué no te callas?», mientras el Comandante Eterno tildaba de fascista a José María Aznar en presencia del Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que asentía ante las palabras del militar venezolano.

La citada reivindicación indigenista de Chávez tuvo lugar en la Universidad de Santiago de Chile días después de la escena aludida, inserta en la XVII Cumbre Iberoamericana celebrada en esa misma nación. El propósito del militar era claro: marcar distancias con un rey español ya ausente. Al cabo, el silencio que se produjo tras el mandato regio, transmitió una idea de sumisión inaceptable en el contexto ideológico del Cono Sur, marcado en gran medida por la leyenda negra que transforma al Imperio español en una estructura peninsular constituida para expoliar a las naciones indígenas al sangriento precio del genocidio de sus poblaciones. En definitiva, la actitud de Chávez ante la gesticulante admonición del Borbón, podía interpretarse como un episodio más dentro de una larga historia de opresión, como una reliquia del autoritarismo propio de los españoles ante el que presuntamente se rebelaron los indios alzados de cuya herencia se reclamó depositario Chávez. La pretendida identificación debía, no obstante, sortear un importante escollo: La obstinada historiografía, que evidencia que los indígenas tuvieron escasa relevancia en los alzamientos liderados por los criollos burgueses avecindados en las principales ciudades de la América española. Y ello a pesar de que la iconografía bolivariana haya ido transformando el rostro del Libertador suavizando su angulosa efigie para dotarla de rasgos menos europeos y braquicéfalos.
La imagen de unos indígenas que, oprimidos por la metrópoli, se lanzaron contra los europeos siguiendo la dirección marcada por los pálidos espadones a los cuales se erigieron bronces una vez conseguida la independencia, cristalizó durante el afrancesado siglo XIX. Pese a que durante esa liberadora centuria se impulsaron procesos de blanqueamiento de las naciones emergentes, a veces llevados a cabo mediante el exterminio de indígenas, las nuevas soberanías políticas a menudo se presentaron como recuperación de las perdidas con la irrupción de los españoles tocados de morrión y los tonsurados clérigos que les acompañaron. El siglo XX reforzó tal idea gracias a los interesados esfuerzos indigenistas de la etnología, los izquierdismos antiimperialistas trufados de Teología de la Liberación y el evangelismo norteamericano, terna que en gran medida tomó el testigo de la tarea de la masonería anglosajona y de figuras como la del Ministro Plenipotenciario norteamericano Joel Robert Poinsett (1779-1851), no en vano conocido como El azote del Continente. Sea como fuere, las reconstrucciones de lo ocurrido entre 1808 y el fin del proyecto de la Gran Colombia, han sido muy diversas, entre otros motivos por la operatividad política que mantienen en el actual panorama político hispano frecuentemente necesitado de altas dosis de victimismo que oculten determinados fracasos.
Frente a la vía indigenista reclamada por Chávez, la tesis más ortodoxa empleada para analizar las no por casualidad llamadas emancipaciones hispanoamericanas[1], es la que se acoge al método escolástico. Tal vía nos remite, entre otros, el jesuita español Francisco Suárez (1548-1617), de cuyo fallecimiento en Lisboa se cumplirán en septiembre 400 años. En consonancia con las tesis tomistas, el Doctor Eximius, como otros destacados miembros de su Compañía, señaló a Dios para limitar el poder político y terrenal, siempre tentado de caer en el absolutismo, de los reyes. La soberanía tenía un origen divino y descendía hacia el pueblo, quien lo delegaba, en una maniobra contractual, en las personas regias, pudiendo recuperarla en determinadas condiciones. Un contrato de estructura orgánica –nótese el gran peso en América de instituciones colectivas como los cabildos- muy diferente al marcadamente individualista sostenido por Rousseau, autor que influyó en determinados cenáculos criollos. Tal era el mecanismo de la translatio imperii, invocada por las juntas constituidas en los días en los que la familia real española, los antepasados de Juan Carlos de Borbón, permanecía cautiva en la Bayona. Su captor no era otro que Napoleón, identificado con el Anticristo, razón por la cual muchos fueron los clérigos, con el cura Hidalgo a la cabeza, que impulsaron el griterío hispanoamericano, monárquico y virginal. «¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Abajo el mal gobierno! ¡Viva Fernando VII!», fueron las voces escuchadas en México, en consonancia con lo manifestado un año antes en Quito por una junta en absoluto indígena, que proclamó: «… gobernará interinamente a nombre y como representante de nuestro legítimo soberano, el señor don Fernando Séptimo, y mientras su Majestad recupere la Península o viniere a imperar en América».
La sacudida revolucionaria había venido inspirada en gran medida por ideales de la Ilustración que llegaban en forma de libros a través, por ejemplo, de la Compañía Guipuzcoana. Tan ideológicos cargamentos nutrieron a la Universidad caraqueña, sumándose a la recuperación de Las Casas, por el que tanta admiración profesó Bolívar. Tales circunstancias, junto a la movilidad de distinguidos criollos, explica el ascendente de autores como Voltaire sobre hombres como Miranda.
Sea como fuere, la explicación fundamentada en la metodología clásica, escolástica, ha sido empleada frecuentemente para explicar los procesos que condujeron a la cristalización de nuevas naciones en Hispanoamérica, acompañados de numerosos reajustes y trazados de fronteras. Por citar a algunos recientes historiadores, Carlos O. Stoetzer (1921-2011), autor de Las raíces escolásticas de la emancipación de la América Española, (Estudios Constitucionales, Madrid 1982), ha explorado tal vía, subrayando el gran papel jugado por las doctrinas de Suárez, quien junto a Acosta, Suárez fue el quien tuvo de mayor impacto en el Virreinato del Perú mientras su Defensa fidei, era quemada públicamente en Inglaterra y Francia por ser considerada peligrosa para el Estado.
Si esta es una explicación clásica, que permite incorporar a los indígenas en las revoluciones por la vía de la religión, en 1911 apareció la obra de un compatriota de Chávez que ofreció una alternativa acaso tan mezquina como real. Una explicación ni indígena ni escolástica. El libro, editado en Madrid, se tituló La evolución política y social de Hispanoamérica, y era obra de Rufino Blanco Fombona (1874-1944). El escritor venezolano había tomado ya la vía del exilio tras el ascenso al poder de un Juan Vicente Gómez (1857-1935) al que estuvo próximo antes de ingresar en la prisión de La Rotunda, y convertirlo en carne de sátira bajo nombres como Juan Bisonte o Judas Capitolino. Desde el Madrid en el que fundó la Editorial América anticipándose a la estruendosa eclosión de la literatura hispanoamericana, Venezuela quedó transformada en Gomezuela y el régimen del militar y dictador Gomez, en una barbarocracia.
Es en esa obra donde aparece un razonamiento de las independencias que supone una cruda refutación de los sublimes propósitos con los que suelen justificarse tales procesos. Se halla en un epígrafe titulado «Carácter de la Revolución», y se resume en los siguientes extractos: 
«La Revolución, que se inició simultáneamente, como se ha visto, en casi todas las provincias, fue de carácter oligárquico y municipal. El pueblo no tuvo nada que hacer con ella al principio. […] Fue una minoría, la clase superior, la que tuvo aspiraciones.
¿Y de qué medios se valió para conspirar e imponerse? De los que disponía. Una sombra de poder, el poder municipal, y algunos batallones comandados por criollos.
España heredó de Roma la institución municipal, y la transmitió a su vez a sus hijos americanos. […] En España fueron los municipios hogar de la libertad, hasta defenderse con las armas en la mano contra el poder central y caer vencidos por el despotismo de los Reyes austríacos. […] Era el único Cuerpo del Estado adonde se daba acceso a los hijos de América, no de modo absoluto para ser dirigido o compuesto sólo de americanos, sino proporcionalmente a un número de españoles siempre mayor. Y fue esa minoría de los Cabildos capitalinos la que arrastró a la mayoría peninsular o la engañó; la que, fingiendo con gran astucia política conservar los derechos de Fernando VII, preso por Napoleón, se instituyó en Juntas y empezó a gobernar, no la ciudad, sino el país, y a preparar el espíritu público, la declaratoria de independencia y la defensa armada.»[2]
            Una explicación teñida de realismo y oportunismo que hemos querido llamar, para desengaño de indigenistas, alzados o sedentes, «tesis del engaño».

Iván Vélez



[1] Subrayamos el término «emancipación», acogiéndonos a las tesis que explican la transformación del Imperio generador español en un conjunto de naciones sostenidas por Gustavo Bueno en su España frente a Europa (Alba Editorial, Barcelona 1999).
[2] Rufino Blanco Fombona, Ensayos históricos, Fundación Biblioteca Ayacucho, Caracas 1981, pág. 164.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Gustavo Bueno, nuestro mayor filósofo

Gustavo Bueno, nuestro mayor filósofo
Iván Vélez
Dos días después del fallecimiento de su esposa, Bueno nos abandonó dejándonos una irrepetible trayectoria y muchas y muy fértiles vías de trabajo.
Publicado en Libertad Digital · Madrid, domingo 7 de agosto de 2016
A punto de cumplir 92 años, falleció en su casa de Niembro Gustavo Bueno, sin duda el mayor filósofo que haya desarrollado su obra en español. Fundador y principal autor del materialismo filosófico, Bueno construyó un sistema capaz de integrar y reinterpretar elementos propios del marxismo o de la escolástica hasta lograr poner en pie una obra monumental objeto de estudio de la llamada Escuela de Oviedo que ya ha desbordado las fronteras españolas, pues en la mexicana ciudad de León (Guanajuato) está a punto de inaugurarse un centro de estudios basado en su vasto legado.
Trabajador incansable, hombre generoso y accesible, Bueno, al igual que Platón, no distinguió entre temas mayores y menores, entre escenarios solemnes y humildes ambientes. Por ello, no hay aspecto de la realidad que no haya sido objeto de su estudio y análisis a lo largo de una larga y lúcida vida atravesada por profundos cambios políticos, ideológicos y tecnológicos. Este mismo año, Bueno había publicado un libro, titulado El Ego trascendental, que constituye una de sus más acabadas obras, un libro que deberá ir ligado a su persona del mismo modo que lo estuvieron aquellos Ensayos materialistas, menos leídos de lo que debieran, que a menudo acompañaron su nombre antes de que el riojano acometiera la demolición, alimentado por la impiedad propia de un hombre de su temple, de los principales mitos que dominan nuestro presente. Así lo hizo en su libro El mito de la Cultura, en el que se atrevió a demoler tan poderoso mito del presente.
El autor de la teoría del cierre categorial, definido como ateo católico, también construyó una filosofía materialista de la religión, expuesta en El animal divino, que queda resumida en esta audaz frase: “El hombre hizo a los dioses a imagen y semejanza de los animales”.
Tras ser apartado de sus clases universitarias, Bueno continuó su magisterio por otras vías, ya acudiendo a los diversos foros en los que su presencia era requerida, ya a través de la fundación que lleva su nombre, mantenida gracias al enorme trabajo de su hijo, Gustavo Bueno Sánchez, impulsor del Proyecto de Filosofía en Español, que hoy constituye la mayor fuente documental de la filosofía en nuestro idioma.
Repasar la obra de Bueno de una forma tan morosa como la que ofrece el espacio de un breve artículo periodístico es un vano propósito, razón por la cual no podemos sino aludir fugazmente a varios de los aspectos principales de la misma. Destacaremos la serie de mitos que el filósofo español sometió a su crítica. Por el fino tamiz –crítica procede de criba, como le gustaba recordar– manejado por Bueno pasaron derechas e izquierdas políticas, pero también el fundamentalismo científico que aspira a convertirse en un nuevo credo que dé cumplimiento al imposible fin de la Historia mil veces anunciado.
Hombre comprometido con su tiempo, Bueno no rehuyó la batalla política. Si durante el franquismo, desarrollado sobre el trasfondo de la Guerra Fría, se mantuvo crítico e independiente, lejos de las interesadas alternativas que confeccionaron la actual España autonómica, marcada por las más provincianas señas de identidad y los intereses sectarios, Bueno no bajó la guardia a la hora defender a la Nación frente a sus muchos enemigos en el tiempo abierto tras la muerte de Franco. España frente a Europa constituye un verdadero arsenal argumentativo en favor de un pasado, el imperial, que sirvió para construir una de las partes formales del mundo, la Hispanidad, pero también para defender a España de sus muchos hijos enfermos, los mismos que comenzaron a atacar al calceatense del modo más grosero.
Dos días después del fallecimiento de su esposa, Bueno nos abandonó dejándonos una irrepetible trayectoria y muchas y muy fértiles vías de trabajo. Los que tuvimos la inmensa fortuna de conocer en persona a don Gustavo, es el caso de quien firma este texto, nunca olvidaremos al hombre que hoy nos ha dejado en aquel mismo lugar al que unos jóvenes, conmovidos por sus obras, nos acercamos hace dos décadas para conocer al filósofo. Hasta siempre, maestro.

Iván Vélez, editor de Gustavo Bueno: 60 visiones sobre su obra.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Apunte vital (y contable) de José Jiménez Lozano

Artículo publicado en El Catoblepas, n. 166, diciembre 2015, p. 9.
Apunte vital (y contable) de José Jiménez Lozano
Iván Vélez


En 2002, José Jiménez Lozano (Langa, 1930) recibió el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, galardón concedido por el Ministerio de Cultura que venía a reconocer la larga trayectoria de este hombre de letras. De letras llamadas «castellanas» que en su caso habían encontrado un amplio soporte en prensa, singularmente en el periódico El Norte de Castilla, en el que escribió desde 1956, llegando a ser su director en 1992. La fidelidad al periódico castellano no impidió que don José tuviese una gran presencia en la primera década del periódico del tardofranquismo, El País, desde cuyas páginas pasó a las de ABC y La Razón, una vez que el otrora Periódico independiente de la mañana fue tomando distancia con determinados colaboradores como, por ejemplo, el recientemente fallecido Ricardo de la Cierva[1], a medida que se identificaba con la socialdemocracia felipista.
Si la obra periodística de Jiménez Lozano es larga, no es menor la lista de libros de variado género que ha dado a la imprenta. Diarios, novelas, cuentos, poesía y ensayos configuran la vasta producción de un autor que ha sido etiquetado como «católico liberal». Será precisamente a algunas de sus obras librescas a las que nos referiremos en este breve escrito que acaso sirva para llenar algún hueco de la biografía de tan insigne escritor.[2]
Cuando en 1962 cristaliza la Comisión española del Congreso por la Libertad de la Cultura, Jiménez Lozano es ya una firma periodística representante de un catolicismo en cierto modo heterodoxo[3], cuya actividad no pasó inadvertida a esta organización siempre atenta a las diversas corrientes más o menos discrepantes que se movían dentro del franquismo. No obstante, antes de abordar este caso particular, conviene señalar que la actividad de la Comisión española ya había sido reajustada en una reunión celebrada en Madrid el 10 de diciembre de 1962 bajo la presidencia de Pedro Laín Entralgo. A ella asistieron Brú, Martí Zaro, Chueca, Cano, Marías y Aranguren, con la incomparecencia del sector catalán por problemas de logística. Entre los temas tratados, la cuestión de los auspicios dedicados a la financiación de libros fue sometida a debate. Así consta en la documentación:

Las bolsas para realización de trabajos deberían ser elevadas a la cuantía de 4 ó 5.000 francos nuevos. Para concederlas, sería condición indispensable que los aspirantes presentaran un plan sumamente detallado del libro que se proponen escribir, acompañado del primer capítulo y de una exposición sobre el espíritu con que ha sido concebida la obra. Estos proyectos deberían ser también sometidos al citado “Comité d´Ecrivains”, para que éste participara igualmente en la selección. Convendría que fuese fijada una fecha límite para la entrega del trabajo, a cada uno de los autores favorecidos con estas bolsas, en la inteligencia de que en el caso de no entregar el texto completo antes de la fecha señalada, perdería todo derecho a percibir el resto de la bolsa concedida, de la cual se le abonaría un anticipo de unos 1.000 francos nuevos en el momento en que hubiera presentado los tres primeros capítulos de la obra. El Sr. Chueca hace observar que la exigencia de que los aspirantes presenten el primer capítulo del libro es improcedente, ya que eso equivaldría, a pedirles que hubieran madurado completamente la obra que se proponen escribir y a la ejecución de un trabajo que, en la hipótesis de que no le sea otorgada la bolsa, no podrían probablemente continuar. Los reunidos expresan su acuerdo con la observación del Sr. Chueca y deciden proponer esta modificación cuando se trate definitivamente el asunto.

Reunida la Comisión el 11 de enero de 1963, se acuerda solicitar que sean cinco las bolsas para libros que se van a solicitar, y, en lo relativo a las bolsas de libros, lo que sigue:

Los aspirantes habrán de presentar con su solicitud un “curriculum vitae”, una relación de los trabajos que han publicado y el texto de algunos de estos trabajos, así como un plan detallado del libro que se proponen escribir y una exposición sobre el espíritu con que lo han concebido. Se rechaza, por juzgarla inadecuada, la condición de que presenten también el primer capítulo del libro que proyectan.
Entre los proyectos recibidos, el Comité elegirá aquéllos que le parezcan mejores. Todo aspirante a quien se le conceda una de estas bolsas, percibirá un anticipo en la cuantía y condiciones establecidas en las normas de que más adelante se tratará. En cualquier caso, los beneficiarios perderán todo derecho a la parte de la bolsa que quedare pendiente de liquidar, en el supuesto de que no entreguen el libro dentro del plazo que se les haya sido señalado.
En esta propuesta figura también la cláusula, según la cual el mencionado “Comité d´Ecrivains et d´Editeurs” habrá de tener conocimiento de los proyectos presentados para participar en la elección. Y como en el caso anterior, los reunidos estiman que es necesario concretar su exacto alcance.

Estas ulteriores «condiciones establecidas» serán:

Como las bolsas de viajes y las bolsas para libros no requieren la publicidad propiamente dicha, no es necesario que el Comité convoque de manera pública los concursos correspondientes. Basta con que establezca unas normas de uso interno, pero claras y precisas, destinadas a regular de un modo inequívoco la concesión de estas bolsas, y a informar a sus beneficiarios tanto de las condiciones en que se otorgan como de las obligaciones que contraerán en el caso de que les sean concedidas. Su difusión entre los posibles aspirantes puede ser realizada de manera directa y personal por los miembros del Comité y por los corresponsales en provincias, a cada uno de los cuales habrá de serle enviado un ejemplar de las mismas. Se encarga a los señores Brú y Martí Zaro que redacten un proyecto de normas, para que sea examinado y aprobado, con las rectificaciones que procedan, en la próxima reunión del Comité.

En este contexto hemos de insertar la documentación elaborada por Pablo Martí Zaro, quien dedica a Jiménez Lozano un par de páginas en sus apuntes relativos al proyecto de los libros que se van a patrocinar ese año. Aunque acaso el mentor de Jiménez Lozano pudiera haber sido Miguel Delibes, director de El Norte de Castilla, quien figura en la lista de «Críticos», sección «Provincias», confeccionada por Martí Zaro, en la entrevista que reproduciremos al final, sabremos quién conectó al abulense con esta organización anticomunista.
El informe comienza con una breve semblanza de Jiménez Lozano en la que destaca su publicación en un medio judío:


PANORAMA DEL ANTICLERICALISMO ESPAÑOL
Autor: José Jiménez Lozano
Licenciado en Derecho. Estudios superiores de Filosofía, Título de Periodista, colaborador en “El Norte de Castilla”, “La Gaceta del Norte”, revistas universitarias y de carácter nacional. Actividades de investigación en el Seminario de Historia de Simancas”. Traductor de Editorial Fax.
PUBLICACIONES
“Nosotros los Judios”, traducida a varios idiomas y difundida por la “Review of World Jewish Congress”.
Domiciliado en Alcazarén (Valladolid)

Tras el breve curriculum, aparece el detallado índice del que debiera haber sido un libro del que no hemos hallado rastro alguno en su extensa bibliografía:


 José Jimenez Lozano
PANORAMA DEL ANTICLERICALISMO ESPAÑOL
PARTE I.
Capítulo I.– El anticlericalismo, Delimitación de su concepto.
PARTE II.
Capítulo I.- El anticlericalismo medieval, un anticlericalismo de cristiandad.
Capítulo II. La Reforma de Cisneros, el Movimiento Erasmista, la Reforma Protestante.
Capítulo III. La inquisición española.
  Capítulo IV. Carlos III y el Jansenismo español, la reacción contra los privilegios de la Iglesia, la expulsión de los jesuitas.
Capítulo V. Aparición de los libertinos en el s. XVIII español, influencia de Voltaire y de Bayle, el racionalismo español, la masonería y otras sociedades secretas.
Capítulo VI. El reinado de Fernando VII, el pensamiento y la acción absolutistas, el pensamiento y la acción liberales, politización de la Iglesia, el fenómeno carlista, el reinado de Isabel II, la primera República, la Restauración y el clericalismo canovistas, el reinado de Alfonso XIII y la Dictadura, la segunda República.
Capítulo VII. El Folklore anticlerical.
Capítulo VIII. Una teoría del anticlericalismo español.

Apéndice, textos. Notas. Bibliografía.
Nota: Con este libro pretende el solicitante aportar su contribución al panorama de la investigación sobre el sentimiento religioso español, en una materia que a su juicio está insuficientemente explorada. La parte principal de este trabajo correspondiente al estudio del siglo XIX, durante el cual, el sentimiento anticlerica desborda el universo cristiano y se enraiza en el racionalismo y laicismo del mundo moderno, para culminar en el análisis del anticlericalismo que alcanzó su punto culminante y sus manifestaciones mas extremas en el curso de nuestra guerra civil. Sin olvidar, por otra parte, la capital cuestión histórica de un movimiento antiinquisitorial, de grandes proporciones y plenamente independiente, por ser anterior al pensamiento laico-racionalista. Estudiando el tema singular del divorcio entre Iglesia y Pueblo en nuestro país, que a su juicio merece un tratamiento histórico y psicológico capaz de esplicar (sic) nuestra propia situación.

También negro sobre blanco encontramos un apunte contable de Martí Zaro según el cual, en julio de 1963, José Jiménez Lozano recibió un pago de 1.000 francos franceses en concepto de bolsa de libros, equivalentes a 12.160 pesetas.
Todo hace suponer que se trataba del «anticipo» comentado en la reunión de principios de año, sin que el proyecto llegara a culminarse. Acaso parte de los materiales trabajados por Jiménez Lozano fueran útiles para la redacción de un libro publicado posteriormente: Meditación española sobre la libertad religiosa (Ed. Destino, Barcelona 1966). La temática religiosa continuaría siendo objeto de preocupación para quien fuera corresponsal de El Norte de Castilla en el Concilio Vaticano II.
Más de medio siglo después de aquellos acontecimientos, el día 28 de febrero de 2015, junto a mi esposa, Esther Jesús Muriana, y a Fernando López Laso, visitamos, gracias a las gestiones de este último, la casa de José Jiménez Lozano. El escritor, en compañía de su mujer, nos acogió con gran hospitalidad. En el transcurso de una larga conversación, pude preguntarle al respecto de aquellos lejanos episodios. Estos son algunos de los fragmentos más destacados de la charla:

-          Iván Vélez Cipriano: ¿Usted conoció el Congreso por la Libertad de la Cultura?
-          José Jiménez Lozano: Ah, no yo esas cosas… no, yo… Cuando escucho la palabra cultura… me cambio de acera… no… (Risas).
-          Fernando López Laso: No es que saques la pistola pero vamos, no quieres saber nada…del Mito de la Cultura.
-          JJL: No quiero saber nada.
-          IVC: No, del Congreso por la Libertad de la Cultura…
-          JJL: ¿Cuándo fue eso?
-          IVC: Año 62 en adelante…
-          JJL: Ah, no, no, no. Yo estaba inmaduro entonces… Nada, nada… No, llamándose así no. Aquel al que fue Bergamín y esas cosas…
-          IVC: Sí, las bolsas de libros aquellas que concedían… las becas…
-          JJL. Ah, sí, sí, pero no fui, ¿cómo voy a ir? Si yo entonces no había empezado a escribir apenas. Me andaba de los lugares estos pero no… No, yo de las cosas de tipo político, yo he huido siempre. Para bien o para mal.
-          IVC: Julián Marías, Aranguren, Chueca Goitia…
-          JJL: Sí, a Marías sí. Hombre, a Marías… y tanto lo conocíamos, que hacía que no nos veíamos 30 años y todavía me dijo: «¿Se acuerda usted de aquel día que me contestó usted a propósito de unas cosas de los presocráticos?»; «Pues no don Julián, se me ha olvidado». (Risas)
-          FLL: No me extraña ¡qué memoria!
-          JJL: Julián Marías era una bendita persona. Con una vanidad infantil, infantil. Hombre, una americana, Agnes, me contó que su jefe, su decano, la dijo que le fuera a buscar al aeropuerto, y no le conocía, y llevaba una foto y le dijo por teléfono: «Llevo una foto, pero además llevaré una Historia de la Filosofía debajo del brazo», y dijo Marías: «¿Y si otra americana lleva otra Historia de la Filosofía?». (Risas).
-          FLL. Tenía un punto infantil.
-          JJL. Era así. Luego era un hombre estupendo.
[…]
-          JJL. […] No hablaban español, ninguno. Hablaban catalán, eso era cosa de las chachas y de los de pueblo, pero ellos no, ¡por favor! Hablaban catalán. Que yo tengo ahí, ¡ahí están!, galeradas tachadas por el censor en catalán. En tiempo de Franco. La censura hablaba catalán. En vez de la lengua del Imperio, hablaba catalán. Que es de cachondeo.
-          IVC: Pero entonces, lo que yo quiero saber es el contexto en el cual usted conoce a Pablo Martí Zaro ¿Cuál pudo ser?
-          JJL: El contexto de Martí Zaro probablemente viene por Laín.
-          IVC: Por Laín, ¿no? Claro, claro, claro…
-          JJL: Seguramente viene por Laín. Yo lo leí siempre, se portó conmigo muy bien y… este hombre, ¿cómo se llama?... Un hombre buenísimo. Era un hombre, pues muy dolido…había estado represaliado, le habían condenado a muerte…No sé cómo, un día le dije a Laín: «Este señor todos los días nos trae la sentencia de muerte». Y un día nos dio un papel y nos dice: «¿Qué le parece a usted?». Dice que eran unos artículos de la lucha antifranquista que estaban escritos en Suiza. Y me dijo: «¿Le parece a usted bien que me condenen a muerte?»... Todo el mundo con la servilleta así puesta (Se tapa la boca). Y le dije: «Hombre, es que no lo he leído...» «Pues ya lo podía usted haber dicho porque me daba unos disgustos…» Era así de inocente… era así de inocente. Pues era un viejo profesor de la Residencia. En la Residencia, pues también han luchado heroicamente, pues yéndose todos, claro.
-          IVC: Y eso que ha contado de que le decían que usted cobraba de la CIA, ¿quién se lo dijo?
-          JJL: ¿Eh?
-          IVC: ¿Quién le dijo a usted que usted cobraba de la CIA?
-          JJL: Yo no sé quién me lo dijo. Pues algún amigo de Valladolid. Alguien que no podía ver a Laín o a uno de estos… ¿Yo qué sabía? Aparte, bueno, mientras, claro, nunca se sabe…eso dice Gabriel. Nosotros escribimos en los periódicos, no sabemos de dónde viene el dinero,… con tal de que no venga de la venta de armas nos conformamos… Pero que sea puro, pues no, porque es imposible, es imposible... Pero ese mundo que usted dice, ¡es que no lo puede decir!, ¡no lo puede decir! Porque lo machacan. Claro, machacan lo que usted puede hacer de bueno… es lo tremendo…Usted puede hacer… Nosotros es que no disponemos de un agit prop. Son más listos…
-          IVC: Pero, ¿y usted no cree que aunque esa gente fueran unos señoritos como ha dicho, que lo eran,…
-          JLL: Hombre, usted ya lo sabe, cuando está don Juan Valera en su pueblo, en Archidona, y le dicen si tiene miedo de la revolución del 69, que tiene miedo y le dice su cuñado: «¿Hay algún señorito?»; «No»; «Pues entonces no va a pasar nada, ¿qué va a pasar?».
-          IVC: Pero, ¿usted no cree que ideológicamente sentaron las bases de la España autonómica? Esa gente…
-          JJL: Yo la España autonómica no lo sé, yo los que yo conozco no pensaban en eso. Pensaban en la revolución, y como decía el del PT, que se llamaba Partido del Trabajo ¡que ya está bien!, decía: «Cuanto más dura, mejor, proletarios». Pero tú eres profesor, a ti te van a fusilar…
-          IVC: Eso le pasaba a Tierno, que no conocía a ningún proletario.
-          JJL: Bueno, cuando decía Tierno esas cosas del Retiro: «hay que cortar los árboles», cortaron los árboles… Sí, tenía una demagogia un poco… un poco desagradable don Enrique. Lo que pasa es que conocido de cerca, pues parecía inofensivo, pero… esa demagogia… Yo creo que sin esa demagogia y sin la mentira no se hacen las revoluciones. A lo que llamamos revolución hoy, que copian de la francesa, no pueden copiar de otro lado.
-          IVC: Y Pujol, ¿cómo era entonces?
-          JJL: Hombre, Pujol nos parecía un tío inteligente. Hombre, yo no pensé que eso de Cataluña tampoco me lo podía tomar en serio, porque los catalanes que yo conocía no eran... Eran normales. Luego ya más adelante, ya empezaron con las… Yo conocí a un catalán que se llamaba... El padre de Luis Carandell, y a este otro que se llamaba Serrahima, que llegó a ser conseller, me parece. Tuve mucha amistad con él. Me acuerdo que una de las veces, la primera vez que fui... Él vivía en Sarriá. Y entonces, pues yo, la primera vez que vas a Sarriá, vi un portal así más… me metí allí… y ya estaban con calzón corto: «¡Uy! estos demócratas cristianos». Y me dijo: «Se ha equivocado usted, esos son los proletarios»… Estaban el señor Vargas Llosa y García Márquez, que estaban ahí bien pagados. No, estos por la CIA no, estaban  pagados y tenían un portero con un coche.
[…]
-          IVC: ¿Y a  Josep Benet lo conoció?
-          JJL: No. Eso…, Trapiello me hubiera enemistado con él, porque siempre me oponía a Benet.
-          IVC: No, no, me refería a Josep Benet, el catalán.
-          JJL: ¿A Josep? Sí, sí, a Josep Benet, sí. Hombre, era un tipo… No era separatista... Yo he pasado mucho miedo con estos separatistas, porque una de las reuniones que hubo… Yo no sé, esta no, una de las reuniones, esta era… que juré no volver a Montserrat en la vida. Esta fue en Montserrat. La primera bobada que me dijeron fue que si quería ocupar la habitación del presidente Azaña, y digo:, «Pues no» (Risas). «¿Por qué?»;  «Porque no, me da  igual cualquiera». Bueno, yo veía a la policía dando vueltas… un miedo espantoso. Y yo le dije a un amigo: «Oye ven a buscarme», y se reía, y me dijo: «Pero vamos a ver ¿no te ha dicho Gironella que ahí no pueden entrar?» (Risas).
-          IVC: Pero Benet sí fue un separatista, luego, furibundo.
-          JJL: No, mejor, porque luego… ¿era separatista a la hora de la verdad Pujol? Pues yo no lo sé. Yo no creo que la gente sea tan táctica sino que se monta al caballo cuando las cosas están hechas. Yo no creo que fueran en absoluto.
-          IVC: Porque Pujol…
-          JJL. La prueba es que sus padres, sus abuelos pensaban lo mismo y no hicieron el… Pero claro, como decía don Juan Carandell: «Si viene Suárez, llama a vascos y catalanes y les deja sin respiración, porque les ofrece cien veces más de lo que piden, pues claro, a ver, tienen ahí un ancho para respirar, para ser separatistas ya…». Pero lo de la lucha contra Franco entre intelectuales era una cosa de risa completamente, de risa. Son unos desgraciados, porque luego a mucha gente la echaron por delante. Como ha pasado siempre, claro. ¿La revolución quién la hace? Pepito, el de abajo, claro. ¡A ver quién la va a hacer! Unos cobrando y otros sin cobrar, que es lo malo. Cobrando, todavía…
-          IVC: Pero la pregunta entonces es, la que a mí se me ocurre es: ¿Entonces por qué la CIA tenía dinero, o tenía interés en subvencionar a estos grupos? ¿Por qué la CIA financia a estos grupos que eran una especie de alternativa al franquismo anticomunista?
-          JJL: No, no, no creo que pensaran tanto, cuando lo de la alternativa al comunismo fue al sufragar al partido socialista los alemanes. Inventaron al señor González.
-          IVC: Pero eso fue después.
-          JJL: ¿Cómo íbamos a ser alternativa nosotros si no teníamos más que los libros? Y a ninguno nos preocupaba la política. No, en absoluto. La política nos daba miedo, porque conocíamos la política de la policía nada más, y la buena...es decir, la más suave. La otra no. Yo le oía a un carbonero, esto lo contaba en el Relieve, donde Pepe… cuando se hablaba de política allí. Por cierto, estaba Muñoz Alonso…. En medio de todos los rojos aquellos, estaba Muñoz Alonso también… Si es que es cómico…
-          FLL. El talentoso Muñoz Alonso, que anda que no mandaba…
-          JJL: Decía: «Ustedes están estudiando y no saben lo que es luchar. La política es una cosa muy engañosa. Yo me he chupado 9 años en la cárcel de Burgos, y no me han fusilado porque menos mal que han indultado a la mayoría de la gente. Porque yo no he matado a nadie y ni siquiera he estado en las filas. Ni siquiera en la guerra… Pero en fin, procuren ustedes no jugar a estas cosas, que luego las pago yo». Me impresionó tanto aquello…

La conversación, tal nos parece, muestra hasta qué punto un régimen político que ha sido a menudo caricaturizado por el hecho de que su hombre principal deambulara bajo palio, se fue transformando en gran medida dentro de ambientes católicos. Cuando la Iglesia española fue despejando sus temores ante las amenazas anticlericales que habían alcanzado su cénit en la década de los años 30, la unidad alcanzada dentro del bando encabezado por Franco se relajó, permitiendo que afloraran las tensiones territoriales a las que tanto se había contribuido desde los púlpitos y las publicaciones eclesiásticas que tanto hicieron por el fomento de las lenguas vernáculas.
«Pero vamos a ver ¿no te ha dicho Gironella que ahí no pueden entrar?». La revelación de Jiménez Lozano, unido por razones de fe a los Pujol y Benet, permite entender mejor el hecho de que estos dos personajes pudieran organizar la campaña Volem bisbes catalans!, excluyente lema de carácter eminentemente catalanista, escrito en catalán en los franquistas años 1966 y 1967. Antes de la finalización de la década se producirá el encierro de 60 sacerdotes en el seminario de Derio, del cual se conserva una petición a Roma que reclamaba una iglesia «pobre», «libre» e «indígena».
El papel jugado por las iglesias locales de Cataluña y Vascongadas, aderezadas con ingredientes obreristas, es más que conocido. También sus distáxicos resultados.
En 1963, como ya había ocurrido a principios de siglo[4], algunos literatos, deslumbrados por el Mito de la Cultura o atraídos por las bolsas que llevaban aparejada la publicación de libros, no detectaron el verdadero alcance de las actividades promovidas por el Congreso por la Libertad de la Cultura. José Jiménez Lozano así lo corrobora al manifestar que «a ninguno nos preocupaba la política».




[1] La breve nota necrológica publicada el día de su muerte subrayaba su «ideología franquista» pero omitía sus frecuentes apariciones como articulista del diario. El lector interesado puede, no obstante, acceder a sus artículos si se toma la molestia de consultar las etiquetas de la noticia: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/11/19/actualidad/1447950708_710699.html
[2] José Jiménez Lozano cuenta con una magnífica página web en la que se recoge la mayoría de su obra: http://www.jimenezlozano.com/v_portal/apartados/apartado.asp
[3] Véase nuestro: «Curas rojos, verdes dólares. Notas sobre Francisco Pérez Gutiérrez», El Catoblepas, n. 159, mayo 2015, p. 9, http://www.nodulo.org/ec/2015/n159p09.htm
[4]Véase la magnífica página: El Presupuesto Extraordinario de Cultura y la Institución de Cultura Popular (1908) del Ayuntamiento de Barcelona, http://filosofia.org/mon/cul/pecbarna.htm 

miércoles, 7 de octubre de 2015

Hernán Cortés y la peripecia de sus reliquias

El Catoblepas • número 163 • septiembre 2015 • página 1

Hernán Cortés y la peripecia de sus reliquias

Iván Vélez


El pasado día 3 de junio de 2015, coincidiendo con la visita a México de los reyes de España, Jan Martínez Ahrens firmaba un breve artículo titulado, «La tumba secreta de Hernán Cortés», que vio la luz en las páginas del periódico español El País[1]. En él se daba cierta información que trataba de reconstruir el proceso del descubrimiento de tales reliquias corpóreas que tuvo lugar hace siete décadas. Dado que en el texto apenas se ahondaba en tan interesante asunto, en el presente artículo, parte de un trabajo de más largo alcance, nos proponemos reconstruir la peripecia de un cuerpo muerto: el de Hernán Cortés. 
Unas pinceladas biográficas del último tramo de la vida del conquistador nos ayudarán a situarnos.
En 1546 Cortes se instala en Madrid. Cansado y desengañado, planea su regreso a México. La siguiente escala, que sería la última, será Sevilla. En la segunda quincena de octubre de 1546 Cortés viaja a Sevilla para recibir a su hija María, cuya venida de Nueva España se esperaba con la intención de contraer matrimonio con don Álvaro Osorio. Es allí donde, el 12 de octubre de 1547, dicta su prolijo testamento –en el que dejaba encargadas dos mil misas por sus compañeros muertos en la conquista de Nueva España- ante el escribano público Melchor de Portes y los testigos Juan Gutiérrez Tello, Juan de Saavedra, Antonio de Vergara, Diego de Portes, Juan Pérez y Pedro de Trejo; estos dos últimos notarios de la mencionada ciudad.
La muerte de Hernán Cortés, acaso producida por disentería, se produjo el viernes 2 de diciembre de 1547 en la localidad sevillana de Castilleja de la Cuesta. El conquistador contaba con 62 años y tenía una salud quebrantada, como señala Gómara al advertir que al partir hacia Sevilla «iba malo de cámaras e indigestión»[2]. Cortés, tras recibir los últimos sacramentos administrados por fray Pedro de Zaldívar, expiró en la casa de su amigo Alonso Rodríguez de Medina. Sus últimas palabras, según la tradición, aludían a sus pleitos con el Virrey y sus peticiones a Carlos V:

-¡Mendoza… nó… nó…Emperador… te, te lo prometo… 11 de noviembre… mil quinientos… cuarenta y cuatro!

Por lo que respecta a su cuerpo, en su testamento solicitaba ser enterrado en la iglesia de la parroquia donde muriese, aunque mostraba también su deseo de que se trasladara a la Nueva España. Sin embargo, tal documento fue modificado y se dio a los albaceas la libertad para decidir.
El 4 de diciembre de 1547 el féretro se depositó en una cripta familiar del monasterio sevillano de San Isidoro del Campo propiedad del duque de Medina Sidonia, con el que ya tenía trato desde su primer viaje a España. El epitafio se debió a su hijo Martín Cortés:

Padre cuya suerte impropiamente
aqueste bajo mundo poseía;
valor que nuestra edad enriquecía,
descansa ahora en paz, eternamente.

En su Historia general y natural de las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo habla del entierro y la primera tumba del conquistador:

… que don Juan Alonso Guzmán, duque de medina Cidonia, como gran señor y verdadero amigo de Hernán Cortés, celebró sus exequias y honras fúnebres la semana antes de la Navidad de Chripsto, Nuestro Redemptor, de Sevilla, é con tanta pompa é solempnidad como pudiera hacer con muy grand príncipe. É se le hizo un mausoleo muy alto é de muchas gradas, y encima un lecho muy alto, entoldado con todo aquel ámbito é a la iglesia de paños negros, é con incontables hachas é cera ardiendo, é con muchas banderas é pendones de sus ramas del marqués, é con todas las ceremonias é oficios divinos que se pueden é suelen hacer á un grand príncipe un día á vísperas é otro á misa, donde le dixeron muchas, é se dieron muchas limosnas á pobres. É concurrieron quantos señores é caballeros é personas principales ovo en la cibdad, é con el luto el duque é otros señores é caballeros; y el marqués nuevo o segundo del Valle, su hijo, lo llevó é tuvo el ilustrísimo duque é par de sí: y en fin, se hico en esto lo posible é sumptuosamente que se pudiera hacer con el mayor grande de Castilla.[3]

Sus restos, no obstante, hallarían poco descanso, como veremos, pues estos no estuvieron exentos de instrumentalizaciones vinculadas a diversos grupos que sostenían posiciones ideológicas a menudo enfrentadas, y para los cuales Cortés, vivo o muerto, seguía siendo útil.
Habíamos dejado sepultado a Cortés en el Monasterio de San Isidoro del Campo, donde fue enterrado en depósito junto al altar mayor, lugar escogido por los Duques para su propio entierro. Tal circunstancia hizo que sus restos fueran desplazados, «en una caja de palo», a los pies del altar de santa Catalina el 9 de junio de 1550. Doce años más tarde, en 1562, se presentó la primera oportunidad de que los restos pasaran a Nueva España, aprovechando el traslado de su hijo, Martín Cortés, al Virreinato. No obstante, parece que esto no se produjo hasta 1566, encontrando su primer acomodo en la Iglesia de san Francisco de Texcoco, donde estaban enterrados su madre y sus hijos Catalina y Luis. La discreción con la que llegaron los restos de Cortés a Nueva España es explicable por producirse en el contexto de la conspiración de su hijo, los Ávila y un conjunto de encomenderos descontentos con su situación.
En la iglesia de san Francisco en Texcoco reposó Cortés, no si algún cambio interior de ubicación, pues los franciscanos lo movieron dos veces, una al enterrarlo en un nicho detrás del Sagrario de la iglesia, y otra al colocarlo en la parte posterior del retablo.
La siguiente fecha que nos interesará será la el comienzo del año 1629. Es entonces, al morir don Pedro Cortés, IV Marqués del Valle y último descendiente masculino del conquistador, cuando se decide darle tierra en la iglesia de los franciscanos en la Ciudad de México, organizándose un solemne funeral el 24 de febrero de 1629 tras el cual quedaron los restos dentro de un conjunto funerario formado por «un lienzo representando al Conquistador, el escudo de sus armas, y donde se conservaba también el guión ó estandarte que se decía había servido en sus empresas bajo un dosel acompañado de un lienzo con su figura»[4]. Las pinturas -banderas, tarjas, armas, muertes, barandillas, pirámides, y basas- fueron obra de Estévan de Orona Celi también llamado Estévan de Baraona, vecino de la ciudad.[5]
La urna que contenía los huesos, con su escudo de armas pintado, quedó tras una puerta doble de hierro y madera dorada con cristal y la siguiente inscripción: Ferdinandi Cortés ossa servatur hic famosa. Las Actas del Cabildo de la Ciudad de México recogieron con detalle todo lo relativo a esta tumba y las ceremonias asociadas a la misma:

[…] en 30 de Enero de dicho año, acordó el Sr. Arzobispo de México, D. Francisco Manso de Zúñiga y el señor Virey de México, Marques de Cerralvo, que se hiciesen estos dos entierros juntos en uno, honrándolos principalmente á los huesos de Cortés: fué el entierro en San Francisco de México; salió de las casas del Marques del Valle; fueron adelante todos los estandartes de las cofradías; fueron todas las órdenes de frailes; fueron todos los tribunales de México; fue la audiencia de los oidores; iba el dicho Arzobispo y cabildo de la Catedral de México, y en este lugar iba el cuerpo del Marques D. Pedro Cortés en un ataud descubierto y detras los huesos de D. Hernando Cortés en un ataud de terciopelo negro, cerrado: llevaba á un lado un guion de raso blanco con un crucifijo, y Nuestra Señora, y San Juan Evangelista, bordado de oro; y del otro lado las armas del Rey de España, bordadas en oro, este guion á la mano izquierda de terciopelo negro: con las armas del Marques del Valle, bordado de oro; y los que llevaban los guiones iban armados; y detras del Señor Arzobispo con todos los prebendados, y detras los enlutados, y un caballo despalmado todo enlutado; todo lo dicho con mucho órden: luego proseguian todos los tribunales y la universidad, y tras estos iba la audiencia y el Virey, con mucho acompañamiento de caballeros; y tras de estos iban cuatro capitanes armados, con sus plumeros, picas en los hombros ; y tras estos iban cuatro compañías de soldados con sus arcabuces, y otros picas, y detras banderas arrastrando, y los tambores cubiertos de luto: llevaban los huesos oidores, y el cuerpo del Marques D. Pedro Cortés caballeros del hábito de Santiago: la concurrencia era inmensa, y hubo seis posas donde ponian los ataúdes, todas las órdenes de frailes en cada posa decian un responso.

La inquietud por los huesos de Cortés no cesaría. De este modo, el 14 de septiembre de 1790, el Virrey Revillagigedo, dirige un oficio al Barón de Santa Cruz de San Carlos, gobernador del Estado y Marquesado del Valle, solicitando fondos:

Gastos hay que aunque parezcan nuevos, no pueden menos de aprobarse y celebrarse por el mismo que debe hacer el desembolso: tal seria el de construir un magnífico sepulcro, cual corresponde al ilustre y esclarecido Hernán Cortés, cuyo nombre sólo excusa todo elogio, y aun cuando sus ilustres sucesores, herederos de su gloria, de sus honores y de sus cuantiosas rentas, no tuvieran con qué costearlo, contribuiría con gusto y satisfacción al efecto todo buen español, y desde luego yo seria el primero que ofrecerla mi caudal, persuadido á que este era el más digno objeto á que se pudiera destinar.

El oficio fue remitido a Madrid al Duque de Terranova y Monteleone, heredero de Cortés. Don Diego María Pignatelli, contestó el 22 de Octubre de 1791, disponiendo que al lado del Evangelio y en el presbiterio de la iglesia del Hospital de Jesús se erigiesen dos sepulcros, uno para el Conquistador y otro para su nieto D. Pedro.[6]
El 30 de abril de 1792 se contrató al Arquitecto D. José del Mazo, ejecutor de la obra realizada con «piedra de jaspe, sincotel ó villería y tecali, y ejecutando el busto y escudo de las armas en bronce dorado á fuego, D. Manuel Tolsa, Director de la Academia de San Carlos; importando todo 3,054 pesos, de los cuales recibió Mazo 1,554 y 1,500 Tolsa.»
La inscripción del sepulcro rezaba:

«Aquí yace el grande héroe Hernán Cortés, conquistador de este reino de Nueva España, gobernador y capitán general del mismo, caballero del orden de Santiago, primer marqués del Valle de Oajaca y fundador de este santo hospital é iglesia de la Inmaculada Concepción y Jesús Nazareno. Nació en la villa de Medellin, provincia de Extremadura en España, año de 1485, y falleció á 2 de diciembre de 1547 en la villa de Castilleja de la Cuesta, inmediata á Sevilla. Desde esta se le condujo al convento de la orden de San Francisco en la de Tezcuco, y de esto el año de 1629 á sus casas principales en esta ciudad de Mégico, con motivo de haber fallecido en las mismas á 30 de enero su nieto D. Pedro Cortés, cuarto marqués del referido título del Valle de Oajaca. En 24 de febrero de dicho año de 1629, habiendo precedido el fúnebre aparato correspondiente á tan grande héroe, con asistencia de los Sres. arzobispo y virey, real audiencia, tribunales, cabildo, clero, comunidades religiosas y caballeros, se depositaron en diferentes cajas abuelo y nieto, en el sitio en que se hallaban en la iglesia del convento de San Francisco de esta ciudad, de donde se traslado á este panteón en 2 de Julio de 1794, Gobernador el marqués de Sierra Nevada».
El 8 de noviembre de 1794 la urna se trasladó al Hospital de Jesús, colocándose treinta blandones de plata en el sepulcro[7]. La ceremonia se anunció con campanas por toda la ciudad y fue celebrada por el dominico fray José Servando de Mier Noriega y Guerra (1763-1827). En la homilía por el alma de Cortés, un sermón que por propia confesión en sus memorias era encargo del virrey, lo elogió por haber «destruido la idolatría, los sacrificios humanos sangrientos y traído y comunicado la luz del evangelio a los que moraban en las tinieblas de Egipto». La comparación con Moisés, como es sabido, no era nueva, pues ya la había establecido Mendieta.
Todo ello ocurría apenas un mes antes de que el 12 de diciembre de 1794, festividad de Guadalupe, el propio fray Servando pronunciara el célebre sermón[8] en el cual se afirmaba que Sto. Tomás Apóstol había cristianizado el continente en el siglo I y en el que también se asevera que la imagen de Guadalupe era «célebre y adorada en la cima plana de esta sierra de Tenanyuca donde la erigió templo, y colocó Santo Tomas». Una virgen que quedaba unida al propio santo, pues «la imagen de Guadalupe no está pintada sobre la tilma de Juan Diego sino sobre la capa de Santo Tomás Apóstol de este reino». La identificación entre Sto. Tomás y Quetzalcóalt estaba servida sin necesidad de ver en Cortés al viejo dios blanco y barbudo regresado.
La búsqueda de piezas que pudieran servir de base para afirmar una evangelización previa a la llegada de los españoles tiene precedentes como las actuaciones del abogado novohispano José Ignacio Borunda (1740-1800)[9], tan destacado en la excavación, en 1790, de la Plaza de Armas, o la más lejana, la del exjesuita Carlos de Sigüenza y Góngora, director de las excavaciones de Teotihuacán en 1675, que veía en Quetzalcóatl a Sto. Tomás.
Momento es de dar otro salto en el tiempo para situar en escena a Lucas Alamán dentro de un contexto político tan agitado que llegó al punto de que el gobierno mexicano propusiera que el 16 de septiembre de 1823[10] se exhumaran los restos de Cortés y fueran llevados al quemadero de San Lázaro. Conocida la noticia, la noche del 15 de septiembre de 1823,  Lucas Alamán (1792-1853), administrador del duque de Terranova y Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores, -quien señala la presencia de D. Fernando Lucchesi, apoderado del señor duque de Terranova y Monteleone, que dispuso de la caja con los huesos- junto al capellán mayor del Hospital, don Joaquín Canales, extrajeron los huesos del mausoleo y los colocaron bajo la tarima del altar Jesús, donde estuvieron al menos hasta 1827. El mausoleo fue desmantelado -en 1833 debido a la acción de la ley nacionalizadora de 26 de noviembre abolida por Santa Anna el 6 de julio de 1834- y el busto y armas de bronce dorado se enviaron a Palermo, haciendo creer que iban acompañados de los huesos. Alamán, en su Historia de Méjico (1849-1852) –nótese el uso de la j- considerará a Cortés el padre de la patria mexicana, tesis que sostendrán otros más adelante, entre ellos Vasconcelos.
Uno de los crédulos de tal viaje fue el propio Carlos María de Bustamante, en gran medida contrafigura de Alamán -si bien salvaba de la herencia española el catolicismo-, que precisaba que los restos de Cortés no yacían ya en la iglesia:

… hoy están en Italia, y ya desapareció su sepulcro de la Iglesia de Jesús Nazareno. Nótese, que Cortés exhumó muchos cadáveres de caciques Mexicanos, por sacar de sus sepulcros tesoros.. Tampoco sus cenizas reposaron en paz: ¡juicios de Dios![11]

Con los ánimos públicos más calmados, en 1836 Alamán manda abrir un nicho en el muro del lado del Evangelio, que se cierra sin referencia alguna. En este nicho reposarán en secreto los restos de Cortés durante 110 años. Siete años después, en 1843, el propio Alamán entrega a la Embajada de España una copia del «Documento del año 1836» que detallaba el lugar preciso del entierro del marqués. Esta copia se mantuvo en secreto hasta hacerse pública de manera inesperada.
El histórico movimiento de los huesos de Cortés no fue, hasta ese momento, un secreto, como podemos advertir en estas palabras de Luis de Solís y Manso, VI Marqués de Rianzuela (¿?-1892), en su obra La sombra de Hernan-Cortés, ó discurso que dirige a la nación el héroe de Nueva-España (Sevilla, 1857). En ella es el espectro del conquistador quien lanza esta lastimera queja:

Con esto y avanzado en años, viviendo en la escuridad, y devorando en silencio los crudos desengaños de la ingratitud, llamó á mis puertas la muerte mas ayna que pensaba, reclamando su presa; antes que en vida lo fuera de muchos envidiosos, que ni aun en la soledad de mi retiro dejaban de revolver mis huesos, haciendo negra anatomía de mi honra.[12]

Con los huesos de Cortés a buen recaudo, la ignorancia en cuanto a su lugar de reposo alimentó una polémica entre Luis González Obregón y Ángel de Altolaguirre.
En 1906, Luis González Obregón publica un ensayo: «Los restos de Hernán Cortés. Disertación histórica y documentada» (Anales del Museo Nacional, México 1906), que comienza comentando una noticia aparecida en The Mexican Herald que daba cuenta de una reunión celebrada en Madrid entre el Ministro de Relaciones y el Ministro de México en la que se abordó la posibilidad de trasladar los restos de Cortés a España. Es de suponer que el planteamiento de dicho traslado se realizaba con el conocimiento, restringido a círculos discretos, del lugar en el que se hallaban los huesos del conquistador. El proyecto, naturalmente, suscitó polémica. González Obregón opta por dejar los restos de Cortés en tierras mexicanas. Sin embargo, una pregunta comenzó a cobrar forma ¿Los restos de Cortés realmente estaban en México?
La cuestión no era nueva, pues –citamos de nuevo a González Obregón- El Popular de México, el 13 de octubre de 1903, aseveraba, citando un reciente telegrama, que los huesos, la urna que los contenía y el busto, junto al pedestal, se hallaban en la casa del procurador D. Sebastián Alamán, descendiente lineal de Cortés, domiciliado cerca del Hospital de Jesús, datos todos ellos negados por González Obregón.
El documento refutado también señalaba la congruencia entre la obra de Lucas Alamán, «nieto de Cortés» y las características del pedestal encontrado en tal domicilio. Pero sobre todo, lo que interesa de esa información es la afirmación de que los restos habían ido a parar a Italia en 1786, por decisión del tercer duque de Monteleón, si bien estos volverían a la iglesia de Jesús gracias al siguiente duque, permaneciendo en ella hasta el revolucionario 1824, error de fecha que señala Obregón.
Es entonces cuando Alamán y Monteleón, alarmados por las revueltas que se están produciendo, esconden los restos y comunican su ubicación al doctor Canalis, que a su vez permitiría que las reliquias volviesen a la casa de los Alamán, donde el bibliotecario nacional, señor Ágreda, los identificó. Sería precisamente el tal Sebastián Alamán quien sugeriría la idea de donar los restos para el panteón de hombres ilustres de la patria mexicana que se estaba construyendo.
La historia está bien trabada, si bien los restos de Cortés nunca pisaron Italia, como demostrará González Obregón reconstruyendo su itinerario y desmontando los muchos embustes contenidos en tal información. Sin embargo, esto no es esto lo más interesante del escrito, sino otra refutación, la que realiza a la afirmación de Pedro Sainz de Baranda de que los restos de Cortés nunca salieron de España. La tesis es sostenido en titulado «Castilleja de la Cuesta», del Diccionario geográfico, estadístico, histórico de España, publicado por Miñano, en el cual se afirma que los restos de Cortés se encuentran en España, sospecha fundada en que «el francés José I dispuso, en 21 de Junio de 1810, que fueran trasladados á Méjico, y no se tiene noticia de que el traslado se efectuara». No obstante, como subraya González Obregón, el viaje a México de los huesos está bien documentado en ambos lados del Océano.
Entre los testimonios, además de los de Bernal o Torquemada, cita la obra El Corregidor Sagas (1656), de Bartolomé de Góngora (c. 1578-1657), en la que aparece un curioso dato sobre el año de la muerte de Cortés y el cráneo del conquistador. En cuanto a la fecha del fallecimiento, dice que 1547 fue «año peligroso por ser climatérico superior»; por lo que respecta a su testa: «hoy está su cuerpo en S. Francisco de México y su calavera es de una pieza sin comezura, porque la naturaleza señaló al más señalado del Universo»
Prosigue González Obregón narrando la entrega del cuerpo y añade:

El Prior y algunos monjes de San Isidro, mandaron abrir la caja adonde venía el difunto, y abierta, le descubrieron el rostro para que fuese conocido de los presentes, el cual fue reconocido por el de D. Hernando Cortés, dándose por recibidos del cuerpo los frailes y el superior, para entregarlo «cada y cuando fuese pedido por su hijo ó su apoderado.»

Así concluye González Obregón su disertación, en la que introduce su interpretación y significado de la figura de Cortés:

Bien censuradas ya las máculas que tuvo el más célebre y el más afamado de los conquistadores castellanos; mejor elogiadas sus sobresalientes cualidades como hábil político y capitán valeroso; desechados los temores que pudieron haberse tenido de que sus restos hubiesen sido ó sean profanados; sería un acto de justicia reconstruír el monumento sepulcral que existía en el templo del Hospital de Jesús, ó levantarle otro monumento en algún sitio adecuado, para recordar á la posteridad que allí reposaban tranquilas las cenizas del fundador de una Colonia y de una Raza, que constituyeron más tarde la nacionalidad independiente de la hoy República Mexicana.
Como se ha dicho, el militar e historiador español Ángel de Altolaguirre (1857–1939) terció en la polémica sirviéndose del Boletín de la Real Academia de la Historia -Tomo 48 (1906), pp. 410-412- para acusar al mexicano de no haber sido capaz de precisar el momento en que se trasladaron los restos al Nuevo Mundo, a pesar de que este apunte a una fecha anterior al año 1568. La conclusión más contundente es que Obregón tampoco indica dónde están los restos…
Así quedó la cuestión de los huesos de Cortés hasta que en el año 1946, en el seno del colectivo republicano español exiliado en México, saltó la sorpresa al aflorar, de manera irregular, la documentación entregada por Alamán el siglo anterior. A continuación se exponen una serie de documentos que debo a don Alonso J. Puerta, Presidente de la Fundación Indalecio Prieto. Todos ellos estaban conservados en el archivo personal de Prieto.
El primero de ellos, «Cómo se violó el secreto Cortés», es un recorte de Prensa Gráfica (México, D.F., jueves 28 de noviembre de 1946), y en él se narra la conducta del subsecretario de la Presidencia del Consejo de Ministros, José de Benito, quien sustrajo los documentos de la caja fuerte en que se conservaban, siendo neutralizado antes de salir con ellos en dirección a Europa. La búsqueda del nicho en el que reposaba Cortés vendrá dada, finalmente, por la extravagante participación de Fernando Baeza, quien no reveló de qué modo llegó a sus manos una copia de los mismos. En cualquier caso, la rocambolesca escena sirvió para hallar los huesos tantas veces manipulados:

Cómo se violó el secreto de Cortés
Revuelo por el Robo de los Documentos Depositados en la Embajada Española en México

Ha correspondido a nuestro fraternal colega LA PRENSA el destacar los aspectos más apasionantes del reciente descubrimiento de los huesos de Hernán Cortés; efectivamente, ayer anunciaba que en torno al documento que permitió la identificación de los restos, iba a estallar un escándalo de desmesuradas proporciones.
El documento en cuestión fue robado de la Embajada española; aunque gracias a los cuidados del actual Embajador pudo recuperarse. Personas poco escrupulosas hicieron, sin autorización de quien podía darla, una copia del mismo, y fue la que permitió descubrir los restos.
He aquí una síntesis de este sensacional acontecimiento:
Los huesos de Hernán Cortés fueron enterrados subrepticiamente en 1836, comprometiéndose a guardar el secreto las personas que en este acto tomaron parte: entre ellas el célebre historiador don Lucas Alamán.
El secreto fué desde entonces, transmitida de padres a hijos. En la época en que estaba en México el general Prim, una de las personas por aquel entonces conjuradas, depositó en la Embajada de España una copia del acta que, al hacerse el entierro clandestino, se levantó.
Este depósito fue considerado tradicionalmente, en la Embajada Española, como sagrado. Por el edificio de las calles de Londres han desfilado personajes de raigambre monárquica como Polavieja; republicanos como Gordon Ordás; socialistas como Alvarez del Vayo; por encima de todas las ideologías quedaron ligados por el secreto diplomático y nadie reveló jamás el contenido de aquellos documentos, que para muchos de ellos eran incluso, desconocidos.
Tampoco el actual Embajador señor Nicolau d´Olwer, uno de los intelectuales más destacados entre los españoles de ahora, competentísimo historiador y muy versado en Humanidades, ha sido quien rompiera el secreto tan celosamente guardado durante un siglo, de acuerdo con las tradicionales normas del espíritu caballeresco español.
Tan triste sino –aunque los resultados del mismo hayan sido nada menos que el descubrimiento de los restos del Conquistador- ha correspondido a un auténtico “metiche”, que responde al nombre de José de Benito. Según informes que han sido proporcionados por Indalecio Prieto, ese señor, político segundón y arriviste, siempre en busca de la protección de los que mandan, que jamás ocupó en España puestos de responsabilidad alguna, aunque actualmente sí lo tenga en el Gobierno republicano español, aprovechó la confianza que en él se depositó para revisar los documentos que estaban depositados en la Embajada Española.
Dándose cuenta de la importancia de los mismos, los llevó a su casa y según se dice, intentó llevárselos a Europa, cuando el gobierno de Giral se trasladó a París, no sin antes por interpósita persona, sondear las posibilidades que había de realizar con los mismos alguna operación comercial.
Gracias a la entereza y diligencia del Embajador español, los documentos volvieron adonde jamás debieron salir.
Entre estas personas figura Fernando Baeza, un joven refugiado, íntimo de José de Benito. Este Baeza es conocido en los medios españoles por su escaso seso y menor preparación. Aunque presume de “intelectual” no se conoce ninguna actividad suya que pueda darle fama de tal.
Con un grupo de sus amigos discutió la importancia de ese documento y decidieron ponerlo en conocimiento del historiador mexicanos Alberto María Carreño, quien, como se sabe, llevó a cabo el resto de las investigaciones.
En los medios de republicanos españoles existía esta mañana un gran disgusto al ser conocidos los detalles que han quedado expuestos y que, repetimos, adelantó LA PRENSA. Una prominente personalidad republicana nos manifestó que el hecho de que ese secreto hubiera sido revelado solamente puede atribuirse a la reconocida impreparación y ligereza del señor De Benito, que contrasta con la de otros funcionarios que también tenían conocimiento de la existencia de ese documento que, sin embargo, jamás se atrevieron a violar.
El Documento que ha permitido localizar los restos de Hernán Cortés se encontraba depositado en la Embajada española (abajo). Un funcionario, el señor José de Benito (que aparece en la foto superior acompañando al Embajador Nicolau d´Olwer) ha revelado el secreto guardado celosamente por la misión diplomática española durante un siglo. Gracias a la diligencia del señor Nicolau d´Olwer el documento en cuestión ha vuelto a su primitivo lugar de depósito.

El siguiente es un artículo de Indalecio Prieto, aparecido en Novedades ese mismo día, 28 de noviembre de 1946, en el que, además de contar todas las citadas vicisitudes, se hace un encendido elogio de Cortés, apoyándose en ocasiones en palabras de Salvador de Madariaga[13]. El artículo se cierra con la reproducción de un discurso del siempre patriota Prieto pronunciado el 16 de diciembre de 1940, en el que exalta las virtudes civilizatorias del Imperio español, entre ellas su condición católica, que suponen una refutación de muchos de los contenidos de la Leyenda Negra, y que resultarán chocantes cuando no enteramente indigeribles, a muchos de los que actualmente militan en el partido de Prieto, refundado en los años 70.
En cuanto a Cortés, Prieto lo considera tan español como mexicano, y pide su glorificación:

Mano española violó el secreto de los restos
El acta del último enterramiento de ellos, estaba depositada en la embajada de España en México.
Por Indalecio Prieto
Mexicanos: Os habla un español que, por carecer de toda representación, puede y debe hablaros con entera libertad; un español –nada más, pero nada menos- y consiguientemente un hermano vuestro. Hermano no sólo por vínculos de raza y de idioma sino, además, por lazos de gratitud. También la gratitud crea hermandades, y la mía es inmensa por haber hallado hospitalaria acogida en vuestro suelo, cuando la desventura, como a tantos otros, me arrojó hacia él.
Acaben de ser descubiertos los restos de Hernán Cortés, ocultos hasta ahora por temor a venganzas inflamadas de odio. Salvador de Madariaga, hablando de quien con cuatrocientos hombres y dieciséis caballos conquistó un imperio, dice que “en cuanto su propia grandeza le hubo elevado por encima del común de sus compatriotas, fue blanco favorito de la injuria, la calumnia, la insidia, todos los ruines sentimientos con que los bajos e impotentes procuran nublar a los ojos del pueblo sencillo la odiosa encarnación de un éxito para ellos demasiado evidente”. Y añade: “Puede afirmarse, sin temor a torcer los hechos ni un ápice, que Cortés fue el primer hombre que sintió latir en su corazón un patriotismo mexicano. La primera cláusula de su testamento estipula que se enterrarán sus huesos en Coyoacán. Abundan los trozos de sus cartas e informes en que expresa su clara visión de una Nueva España donde vivirán españoles y mexicanos en paz y prosperidad, es decir, un México moderno, esencialmente mestizo de espíritu, aun en aquellos mexicanos que son o indios puros o europeos puros de origen”. “¿Cómo podía adivinar –dice de Cortés su elocuente panegirista- que en la entraña de razas y naciones viven ocultos océanos de instintos, de emociones y de oscuras, pero tenaces memorias, y de que preparaba para la Nueva España siglos de tormentos morales y mentales?¿Cómo podía adivinar que un día vendría en que habría que proteger con el secreto de sus cenizas, enterradas por expreso deseo suyo, en la Nueva España, contra la furia de las multitudes de la nación que había fundado, revuelta en frenesí destructora de sí misma contra el hombre a cuya visión debía su existencia?” Pero el secreto se ha roto. ¿Subsiste tal furia vengativa? Debemos creerla ya extinguida, aunque todavía perduren algunos posos.
¿Cómo se ha roto el secreto? Yo os lo diré mexicanos, alumbrando el punto oscuro donde se pierden entre tinieblas las informaciones periodísticas. No ha obedecido el descubrimiento a pesquisas fatigosas de ninguno de vosotros, movidas por afanes históricos ni mucho menos por deseos de venganza. Mano española ha sido la violadora del secreto. Lo confieso con sonrojo, porque a todos nosotros, dada la forma en que los hechos han ocurrido, nos salpica la vergüenza.
El acta del último enterramiento de Hernán Cortés conservábase aquí en la Embajada de España, celosamente guardada dentro de la caja de caudales de dicho centro, junto con otros importantísimos documentos, originales e inéditos, estrechamente relacionados con la historia de nuestra patria y de la vuestra, hermanos de México. Todos los embajadores –monárquicos y republicanos- mantuvieron impenetrable reserva acerca del sagrado depósito, y cuando se sucedían, transmitíanse, como consigna de centinelas en el relevo, el compromiso de honor de seguir sosteniendo el secreto, también impuesto a consejeros o secretarios a cuyo cargo quedaba la caja. Nunca se supo nada hasta ahora que se ha sabido todo.
Adelantaré que la culpa no alcanza al caballeroso embajador actual, don Luis Nicolau D´Olwer, ni a ninguno de sus subalternos; pero sí, según las trazas, a un alto funcionario de nuestra República, al subsecretario de la Presidencia del Consejo de Ministros, José de Benito. Este, desde que fué nombrado en agosto de 1945 hasta que marchó a Francia recientemente, mangoneó, con su osadía característica, cuanto pudo mangonear. En la primera página de un diario mexicano, cierta diligente informadora registró el hecho, sin dejar de comentarlo, de que habiendo ido varios periodistas a entrevistar al jefe del Gobierno, don José Giral, fuera, en presencia de éste, el subsecretario, José de Benito, quien, interponiéndose irrespetuosamente, contestara las preguntas reporteriles. En documentación publicada por el Grupo Parlamentario Socialista aparece comedida protesta contra la absurda ingerencia de dicho funcionario arrogándose facultades superiores, y en mi archivo particular hay testimonio de otra queja contra actuaciones intolerables en cualquier régimen que no esté presidido por la irregularidad. Mas tantas y tan leales advertencias, resultaron inútiles. La osadía, lejos de ser castigada, se premió. Suprimidos en el nuevo presupuesto del Gobierno republicano español los subsecretarios –auxiliares superfluos de ministros ociosos-, se ha hecho una excepción a favor de José de Benito. Es la suya la única subsecretaría que continúa. Veremos si también ahora, caso de que el expediente ya iniciado confirme lo que aquí se narra, la aprobación superior asegura otra vez la impunidad. Creemos que no, porque el Gobierno no querrá sumar a su previsible fracaso una inesperada vergüenza.
José de Benito, sin que las funciones de su cargo le autorizaran a ello, puso mano en los papeles encerrados en la caja de caudales de la Embajada, y el acta del enterramiento de Hernán Cortés salió de ella. El embajador, señor Nicolau D´Olwer, prevenido de la desaparición y de que José de Benito, sin permiso de nadie, se llevaba consigo el documento a Europa, con la inseguridad de portarlo como cualquier cosa baladí entre su equipaje particular, sujeto a rigurosos registros aduaneros en fronteras de países que no han reconocido al Gobierno español, pudo proceder a tiempo, y supo hacerlo con energía, obligando a José de Benito a sacar el acta de sus valijas, y a entregárselo a él, que debía ser su custodio. El documento volvió a la caja donde siempre lo guardaron fuertes herrajes, más el honor de los representantes diplomáticos de España. Pero se habían obtenido copias, y una quedó en poder del español Fernando Baeza, amigo de José de Benito. Lo demás lo conoce el lector con verídicos detalles. Como el acta fijaba con exactitud centimétrica el lugar del muro de la iglesia de Jesús, donde, protegida por empaques de madera y plomo, se empotró la urna con los restos del Conquistador, fué tarea harto fácil dar con ésta. Y como también reseñaba minuciosamente urna y envoltorios, la identificación tampoco ofreció dificultad.
El pueblo de México está ya en posesión de los restos mortales de tan gigantesca figura humana. No sólo porque cuanto hay en suelo de México pertenece a los mexicanos, sino porque además, según su voluntad postrera, el Conquistador yacerá para siempre aquí, en la patria que fundó, en unión de los nobles indios, aquí deben quedar los huesos. Pero han de quedar dignamente, glorificándolos, elevando sobre ellos un majestuoso monumento. ¿Obra sólo de los mexicanos? No, obra de mexicanos y españoles. Hernán Cortés es vuestro, mas también nuestro, muy nuestro. ¿Por qué no hermanarnos, más aún, en torno a su glorificación?
El 16 de diciembre de 1940, para festejar la Independencia de México, aquel día conmemorada, hablé a los mexicanos desde una estación radiodifusora. De aquel discurso son estas palabras:
“¿Quién puede negar la grandeza a la obra de España en América? ¿Y quién puede negar la grandiosidad de esa misma obra en las tierras de México? Los templos, los palacios, las casonas andaluzas y extremeñas del tiempo colonial, esa arquitectura maravillosa en que, asegurada la comodidad, el arte, para ornarla, se entretuvo en exquisiteces, eso ¿qué es, sino español? Mientras las soberbias catedrales se levanten en vuestro suelo, y permanezcan erguidos los magníficos palacios, hasta no derrumbarse las casas de bello patio interior que recuerdan a Andalucía; en tanto todas esas edificaciones subsistan, España estará aquí, amorosamente, no imperiosamente, pero estará, y la huella de su genio resultará imborrable. Pensemos, dejando desbordar alocadamente la imaginación, que un fenómeno telúrico o una gigantesca ola de odio derribara tanta muestra del genio español. ¡Pues no bastaría para borrar la traza de España aquí! Tendrían vuestros literatos que romper las plumas con que escriben en castellano, y tendríais vosotros todos, mexicanos, que enmudecer. Porque en tanto habléis nuestro viril idioma, limpio de acentos duros, de gangosidades confusas, y de dulzarronerías empalagosas, este idioma sonoro y bello en que cada palabra parece un diamante y todo él una joya majestuosa, en tanto lo habléis, que lo hablaréis siempre, no podréis negar la huella de lo español en México… ¿Qué es, sino español, el magnífico respeto a la inteligencia y a la sabiduría que figura en vuestras fórmulas sociales cuando decís: Sr. Ingeniero, Sr. Licenciado…? Esa es una vieja costumbre española, que en nuestra patria fue extinguiéndose. ¿Qué es, sino española, vuestra delicada cortesía, que tiene, aun entre las clases humildes, extraña expresión?... Yo, que no milito en la Iglesia Católica, y que acaso crea que ésta perdió mucho de su pureza fundacional inspirada en las doctrinas de Cristo, ahogándola, en parte, entre la pompa excesiva de sus ritos, afirmo que la Iglesia Católica ha sido y es una soberbia congregación de abnegaciones y un ejemplo excelso de disciplina. Pues bien, este hombre descreído no puede menos de reconocer la inmensa superioridad de la religión católica sobre los cultos idolátricos practicados por las razas que poblaban México cuando el país fué conquistado, porque en los altares católicos no hay inmolaciones, no se sacrifican vidas humanas, no se depositan, en holocausto a los ídolos, dioses o no de la guerra, corazones palpitantes de hombres a quienes al pie del ara se les desgarraban las entrañas para el sacrificio. Idioma, costumbres, cultura, religión, todo eso trajo España a México. Pero, además, cualesquiera que sean las salpicaduras crueles de la conquista, y que se hayan repetido durante la dominación -¿qué conquista y qué dominación están libres de ellas?- queda aquí un testimonio irrecusable del sentido humano que tuvo la empresa española. ¿Cuál es ese testimonio? Los millones de indios que todavía pueblan el territorio mexicano. España no los exterminó, sino que respetó su vida”.
Todo esto vuelvo a evocarlo al plantearse al plantearse el destino que debe darse a los restos de Hernán Cortés. Hacer un llamamiento a vuestra hidalguía, mexicanos, sería más que ocioso, sería ofensivo. Mi llamamiento es a la colaboración en la empresa glorificadora. México –perdonadme que os lo diga con ruda franqueza- constituye el único país de América donde aún no ha muerto del todo el rencor originado por la conquista y la dominación. Que no se diga que los restos del sin par Cortés los ha descubierto a destiempo de una infidencia, y que iras ancestrales pueden ultrajarlos. No, mexicanos. Prosternémonos juntos ante el prócer que la Historia ha colocado en cumbres rayanas con el sol. Os lo pide de corazón un hermano, un español.

Un día más tarde, Prieto dirigió una carta al director de Tiempo, que reproducimos.
México, D.F., 29 de Noviembre 1946
Sr. D. Martin Luis Guzman
Director Gerente de “Tiempo”
Ciudad.

Querido amigo:- Esta mañana vino a visitarme en nombre de usted un redactor de “Tiempo” para pedirme le dijera algo nuevo acerca de cómo se descubrieron los restos de Hernán Cortés. Señalé a mi visitante el nombre de persona que. a querer, podría informarle muy detalladamente; y, por mi parte, le dije breves palabras que no merecen ser recogidas; pero por si lo fueran, como soy del oficio y sé que a veces, sin mala fé, se tergiversan las declaraciones, quisiera que las mias, caso de ser objeto de reproducción, apareciesen en la siguiente forma, que fue la empleada por mi:
“Nada tengo que añadir ni nada que quitar al relato que hice en mi articulo publicado en el diario “Novedades” respecto a cómo se divulgó el acta que sobre el último enterramiento de los restos de Hernán Cortés se guardaba sigilosamente en la Embajada de España. Con cierta rectificación que mañosa y debilmente opone a mis rotundas manifestaciones uno de los promotores del escándalo pretende una coartada que creo no podrá prosperar, por parecerme imposible que funcionarios, con pleno y directo conocimiento de los hechos, contribuyan a ella negándolos ó desvirtuándolos, en oposición a muy terminantes afirmaciones suyas hechas en el terreno particular. El expediente que se instruye, si los testigos que en él deben deponer ratifican esas afirmaciones, y es de esperar que asi procedan comprobará totalmente mi relato de conductas a virtud de las cuales un secreto mantenido durante muchísimos años por personas respetabilisimas, lo llevo algun mozalbete como tema a tertulias de café”.
Anticipándole las gracias le saluda afectuosamente su amigo y s.s.

Por último, reproducimos el artículo «Los Huesos de D. Hernán», publicado en Tiempo el 6 de diciembre de 1946, en el que se hace una buena reconstrucción de los enterramientos de Cortés y de lo ocurrido en la embajada española. En él se entiende lo que Prieto decía en su carta en relación con la coartada que trataba de desmontar su reconstrucción de los hechos. Llamamos la atención sobre el final del mismo, en el que diversas personalidades consultadas a propósito de lo que se debía hacer con los huesos encontrados, muestran sus inclinaciones ideológicas. Destacan las propuestas de los ideológicamente opuestos, Vicente Lombardo Toledano (1894-1968) y Jesús Guisa y Azevedo (1899-1986).
Ambas hacen buena la observación del historiador Arturo Arnaiz y Freg: «Los restos de Hernán Cortés no nos dicen nada nuevo sobre el conquistador, pero sí, en cambio, nos permiten conocer cosas nuevas sobre nuestros contemporáneos».

Los Huesos de Dº Hernán

Hernán Cortés murió en Castilleja de la Cuesta, España, el 2 de Dic. de 1547. Un día después, ante el escribano García de Huerta, se abrió y leyó el testamento que el conquistador había redactado en Sevilla meses antes. “Mando a mi sucesor –dejó dicho Cortés- … llevar mis huesos a la Nueva España, lo que yo le encargo que así haga dentro de 10 años, y antes si fuere posible, y que los lleven a la villa de Coyoacán, y allí les den tierra en el monasterio que mando hacer y edificar en la dicha villa, intitulado de la Concepción, del Orden de San Francisco, en el enterramiento que en el dicho monasterio mando hacer para este efecto…”
Ni este monasterio para mujeres ni el colegio para estudiantes de teología y derecho que el conquistador mandó fundar en Coyoacán, llegaron a construirse. Sí, en cambio, el Hospital de Nuestra Señora de la Concepción, en la ciudad de México, también inspiración suya, y llamado ahora de Jesús.
El cuerpo de Cortés fue sepultado en la iglesia de San Isidoro, en Sevilla. En 1562 los huesos se trajeron a México, y no existiendo el monasterio de Coyoacán, fueron guardados en San Francisco de Texcoco. Cuando, 67 años después, murió el 4º marqués del Valle, quisieron el virrey y el arzobispo de la Nueva España que los huesos del conquistador reposaran junto a los restos del último de sus herederos varones. Así, tas 9 días de solemnísimas honras, la urna que contenía los huesos de Cortés quedó depositada en un nicho abierto detrás del sagrario de la iglesia de los franciscanos.
A fines del siglo XVIII el virrey conde de Revillagigedo inició la construcción de “… un magnífico sepulcro, cual corresponde al ilustre y esclarecido Hernán Cortés, cuyo nombre solo excusa todo elogio”. En 1794 el Arq. José del Mazo y el escultor Manuel Tolsá dieron cima a la obra, y, el 8 de Nov. los huesos del conquistador fueron colocados en la urna del monumento erigido en el Hospital de Jesús. “Parecía –escribió Dº Lucas Alamán- que Cortés debía haber hallado un asilo en que sus huesos reposasen seguros, en un edificio sagrado y dé pública utilidad, construido a sus expensas; pero las vicisitudes políticas vinieron a inquietarlos hasta en él”.
Dº Lucas Alamán (1792-1853), historiador y brillante hombre público, fue jefe del partido conservador y, varias veces, miembro de los gobiernos reaccionarios.
En 1822 se propuso en el Congreso la destrucción del sepulcro, y al año siguiente, próximos a ser traídos a esta capital los restos de los héroes de la Independencia, diversos impresos pidieron al pueblo que extrajera los huesos de Cortés y los llevara a quemar a San Lázaro. Para evitar una profanación, la urna se escondió provisionalmente bajo la tarima del hospital; pero como la agitación continuara, se la cambió nuevamente de sitio, y se hizo secreto el lugar preciso de su ubicación.
“Por una inconsecuencia bastante común en las revoluciones –escribiría Dº José María Luis Mora-, los descendientes de los españoles, en odio de la conquista que fundó una colonia a la cual ellos y la república mexicana deben su existencia natural y la política, con una animosidad a que no se puede dar nombre ni asignar causa alguna racional, hicieron desaparecer este monumento, y aun se habrían profanado las cenizas del héroe, sin la precaución de personas… que, deseando evitar el deshonor de su patria por tan reprensible e irreflexivo procedimiento, lograron ocultarlas de pronto y después las remitieron a Italia…”
Dº José María Luis Mora (1794-1850) fue uno de los más ardientes defensores y propagadores de las ideas liberales en México. Promovió ideológicamente las reformas de 1833, que lo hacen precursor de las doctrinas que culminaron en la época de Juárez.
Los huesos del conquistador no se enviaron, como sugiere Mora, al duque de Terranova, heredero del marquesado, que entonces residía en Palermo, sino que se quedaron en México. El secreto de la exacta ubicación de las reliquias lo compartieron muy pocas personas, y éstas sólo lo confiaron a sus descendientes o sucesores. “Cuando en España se intentó pedir los restos –cuenta Carlos Pereyra-, en México no faltó quien viera con ojos gratos la ocasión de entregar el depósito…” La tumba de Cortés –dijo entonces un insigne español- sólo se concibe en México. Con la urna funeraria necesitarían enviarnos los ahueheutes, los volcanes y el cielo”.
Sabíase, pues, con certeza, que los huesos se hallaban ocultos en esta ciudad. A fines de la 3ª década de este siglo Antonio Pignatelli, hijo del duque de Monteleone declaró que tanto él como los miembros del patronato del Hospital de Jesús sabían a ciencia cierta dónde se encontraban los restos. Y, desde hace algunos años, José C. Valadés realizó una búsqueda infructuosa en la capilla de aquella institución benéfica y apenas erró el lugar por 25 cm.
El descubrimiento de la tumba del capitán extremeño vino a realizarse, en medio de circunstancias especialmente irregulares, la tarde del domingo, 24 de Nov. Ese día, 4 personas excavaron el muro izquierdo del templo anexo a la casa pía que fundó el conquistador, hasta dejar al descubierto la caja –negro y oro- que contenía las reliquias. Una de esas personas, Fernando Baeza –español trotamundos, de 26 años de edad-, había conseguido algunas semanas antes, por medios que se negó reiteradamente a revelar, una copia de la información testimonial que en 1936[14] levantaron las autoridades eclesiásticas al consumarse, en secreto, el último enterramiento de Cortés.
Baeza comunicó su hallazgo al joven historiador Manuel Moreno, cubano, de 26 años, becado por el Colegio de México; y como ambos eran extranjeros, decidieron bien pronto mexicanizar la empresa del rescate. Así, el 11 de Nov. se reunieron con Francisco de la Maza, miembro del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional, y con Alberto María Carreño, viejo historiador confesional que luego quiso adjudicarse la discutible gloria del descubrimiento.
             Hasta el día en que se exhumaron los restos todo parecía ser el desarrollo de una investigación histórica seria y honorable, pese al hecho de continuar en reserva el origen del documento que proporcionó la pista. Este último punto lo dejó en claro, el jueves, 28 de Nov. el político español Dº Indalecio Prieto, con un artículo en que dijo, entre otras cosas:
“El acta del último enterramiento de Hernán Cortés conservábase aquí en la Embajada de España… José de Benito, sin que las funciones de su cargo (SubSrio de la Presidencia del Consejo de Ministros) le autorizaran a ello, puso mano en los papeles encerrados en la caja de caudales…, y el acta salió de ella. El embajador, Sr Nicolau D´Olwer…, pudo proceder a tiempo, y supo hacerlo con energía, obligando a JdeB a sacar el acta de sus valijas y a entregársela a él, que debía ser su custodio… Pero se habían obtenido copias y una quedó en poder de Fernando Baeza…”
Siendo así, José de Benito, que no goza fama de hombre serio ni tiene bien ganada fama de hombre ponderado, resulta ser el verdadero autor del descubrimiento, y los otros 4, simples beneficiarios de una substracción nada airosa. Fernando Baeza se apresuró a rectificar a Prieto, no sin antes romper lanzas en favor de JdeB. “El documento revelador –dijo- fue descubierto en otros parajes que no son la embajada de España y si el lugar y el texto se han ocultado y se siguen ocultando a la opinión pública, ello se debe a poderosas y singulares razones”.
Insistió Prieto el día 29:
“Con cierta rectificación que mañosa y débilmente opone a mis rotundas manifestaciones, uno de los promotores del escándalo pretende una coartada que creo no podrá prosperar, por parecerme imposible que funcionarios, con pleno y directo conocimiento de los hechos, contribuyan a ella negándolos o desvirtuándolos, en oposición a muy terminantes afirmaciones suyas hechas en el terreno particular.
“El expediente que se instruye, si los testigos que en él deben deponer ratifican esas afirmaciones, y es de esperar que así custodia del Instituto Nal. de Antropología.
La polémica –la misma, vieja y mal planteada polémica que enfrenta al hombre con el civilizador- renació en México apenas se conoció el descubrimiento. Dijo, en brillante síntesis, el historiador Arturo Arnaiz y Freg: “Los restos de Hernán Cortés no nos dicen nada nuevo sobre el conquistador, pero sí, en cambio, nos permiten conocer cosas nuevas sobre nuestros contemporáneos”. Estos opinaron:
El Lic. Vicente Lombardo Toledano: “Los restos de Hernán Cortés deben ser enterrados junto con los huesos de Franco”.
Jesús Guisa y Azevedo: “Si la opinión sensata prevalece, esos restos deberían tener un lugar de honor. Según la verdad oficial, Cortés fue un aventurero y esos restos deben echarse al mar”.

Hecho el descubrimiento de las reliquias, del que fueron don Manuel Toussaint, director de monumentos coloniales del INAH; el doctor Pablo Martínez del Río, director de la ENAH y del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM; don Rafael García Granados, presidente de la Sociedad de Estudios Cortesianos; el licenciado Bernardo Iturriaga, representante de la SHCP; don Manuel Romero de Terreros, marqués de San Francisco, y don Felipe Tena Ramírez, secretario del Patronato del Hospital, el 9 de julio de 1947 se reinhumaron los restos, colocándose tras una placa de bronce (1,26 x 0.85 m.) con su escudo de armas y la lacónica inscripción: «Hernán Cortés 1485-1547».[15] Nada se hizo, sin embargo un año después, en 1947, al cumplirse cuatro siglos de su muerte.
El sellado del nicho tampoco sirvió para poner punto y final a la polémica, que se trasladó al terreno artístico, como veremos.
En 1921, Diego Rivera regresó a México, donde representó un papel determinante en el renacimiento de la pintura mural iniciado por otros artistas y patrocinado por el gobierno. El célebre muralista se dedicó a pintar grandes frescos sobre la historia y los problemas sociales de su país en los techos y paredes de edificios públicos, ya que consideraba que el arte debía servir a la clase trabajadora y estar a su alcance. Dentro de este plan, Diego Rivera (1886-1957) inició los murales del Palacio Nacional, pero al salir a la luz los huesos del conquistador lo pintó como un individuo disminuido. El mural, titulado Desembarco de Cortés en Veracruz, fue realizado en 1951. Según su confesión, el artista se inspiró en los estudios del criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón (1910-1978)[16] -elaborados a partir de fotografías de los huesos-, en los que se apunta que en los restos de Cortés «se observan evidentes estigmas degenerativos que corresponden a un padecimiento: el enanismo por sífilis congénita del sistema óseo». Este dictamen fue instrumentalizado por los indigenistas, que presentaron a un Cortés sifilítico o tuberculoso sin reparar en que el conquistador tenía 34 años en 1521 y murió con 62. Otros estudios concluyeron que padecía de osteosis, lo que explicaba las deformaciones, si bien todo parece indicar que tales modificaciones fueron debidas al contacto que tuvieron los huesos por su contacto con el terreno durante su ocultamiento.
Como contrapunto a la corriente muralista de Rivera, el pintor y cartelista español, miembro del Partido Comunista de España, Josep Renau Berenguer (1907-1982), es autor del mural realizado en el Hotel Casino de la Selva construido en la década de los cuarenta por el también arquitecto valenciano Félix Candela. La obra, hoy destruida, se tituló España hacia América, y fue iniciada iniciado en 1946 para finalizarse en 1950. La parte superior la ocupa una alegoría de la Hispanidad –nombre con el que también es conocido-, la inferior la conforman distinguidos personajes. El mural, ubicado en el hotel en el que se desarrolla la novela Bajo el volcán, de Malcom Lowry, fue parcialmente destruido en 2001, cuando la empresa norteamericana Costco adquirió el inmueble.
El Casino de la Selva, en Cuernavaca, había sido adquirido en 1931 por Manuel Suárez y Suárez (1896-1987), empresario asturiano que adquirió fama haciendo negocios con los políticos mexicanos. A Suárez se debe la decisión de levantar la primera estatua ecuestre que se hizo en México a Hernán Cortés, obra del ceramista español Florentino Aparicio hoy retirada y objeto de controversia.
Sirva este artículo para arrojar un poco de luz sobre unos hechos y un personaje histórico de talla universal siempre sujeto a nuevas reinterpretaciones como las que sin duda podrán darse en los próximos años, al acercarse el quinto centenario del punto de arranque de su trayectoria como conquistador, al alcanzar en 1519 las costas del continente americano que quedaría transformado decisivamente tras su paso.





[2] López de Gómara, Historia de la conquista, cap. CCLI.
[3] Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia General y Natural de las Indias, tomo 3 °, Lib. XXXIII, cap. LVI, p. 555.[4]Anales del Museo Nacional, Segunda Época, Tomo III, p. 17.
[5]… y todo lo demás que fué necesario para el entierro de los señores D. Pedro Cortés y D. Femando Cortés, su abuelo, marqueses que fueron del Valle de Oajaca; en que puse manufactura, recaudos de colores y papeles que fué necesario, en que gasté mucho tiempo, trabajo, dineros y cuidado, lo cual estimo en mas de cien pesos; porque pinté ocho banderas de ambas partes con las armas de su señoría, y otras tres de papel de marca, doce pliegos la una y las otras dos en seis; doce muertes grandes de á siete pliegos cada una; tres -docenas chicas, plateadas, en pliego: dos docenas de calaveras plateadas; tres docenas de tarjas; otra docena de muertes para las basas de las pirámides, y toda la pintura del túmulo.— Por lo que á Vm. pido y suplico mande se me paguen por lo menos dichos cien pesos». Así se dirigía el pintor a Doctor D. Juan de Canseco, miembro del consejo de S. M. su oidor en esta real audiencia.
[6]  Según reza una lápida que se conserva en el lugar, el 6 de octubre de 1643, don Juan de Correa y don Andrés Martínez de Villaviciosa,  realizaron en  el Hospital de Jesús, las primeras «anathomias humanas» para la enseñanza de los estudiantes de la Real y Pontificia Universidad de México.
[7] Recientemente se ha restaurado el pañuelo mortuorio de Cortés, un lienzo de lino y seda de 72x73 centímetros adornado en sus extremos con figuras fitomorfas bordadas formando una cruz lobulada en el centro.
[8] Pueden consultarse los Apuntes al sermón de 12 de diciembre de 1794 en:  http://www.filosofia.org/aut/001/17941214.htm
[9] Véase la página a él dedicada elaborada por Gustavo Bueno Sánchez: http://www.filosofia.org/ave/001/a300.htm
[10] El viajero inglés Bullock vio los restos en ese mismo año de 1823, declarando lo siguiente: «Examiné atentamente el cráneo de este personaje extraordinario; pero no vi nada que pudiera distinguirlo de cualquiera otro. Por esta reliquia puede suponerse que el resto del cuerpo era pequeño. Algunos de los dientes había perdido, sin duda, antes de su muerte.» Cit. Los restos de Hernán Cortes. Disertación histórica y documentada por Luis González Obregon, México1903.
[11]Carlos María de Bustamante, Los Tres Siglos de México, tomo I, México 1836, p. 150.
[12]Luis de Solís y Manso, La sombra de Hernan-Cortés, ó discurso que dirige a la nación el héroe de Nueva-España, Sevilla, 1857, pp. 17-18.
[13] Tanto Madariaga como Baeza terminarían años más tarde incorporados al anticomunista Congreso por la Libertad de la Cultura.
[14] se trata de una errata, debía poner 1836.
[15] Pese a que este es el dato comúnmente aceptado, Hugh Thomas sostiene que la fecha de nacimiento de Hernán Cortés pudo ser 1482 (La conquista de México, p. 149).
[16] El criminólogo intervino en el caso de Ramón Mercader, asesino de Trotsky, colaborando en la detención del criminal.