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viernes, 24 de agosto de 2012


Artículo correspondiente el número de Julio de 2012 de Junio7, págs. 26 y 27.

Del útero como ámbito político
En más de una ocasión, dentro de este periodístico espacio que nos ofrece Junio7, hemos subrayado la influencia que la política española tiene en la mexicana. No es extraño, por lo tanto, que en México, donde también las diferencias políticas entre izquierda y derecha tienden a diluirse, las formaciones políticas traten de hallar sus diferencias, esas que les permiten ofrecer su mercancía diferenciada en el mercado electoral, en terrenos periféricos, en concreto en todo aquello que tenga que ver con cuestiones sociales y/o éticas.
Ello explica la incursión de los dirigentes elegidos urnas mediante, en terrenos antes no hollados por ellos, como pueda ser la regulación del matrimonio, institución antropológica cuya ceremonia era perfectamente asumida por la Iglesia católica que, de este modo, contribuía a la necesaria regulación y ordenación de la propagación de unos individuos integrados en estructuras estatales.
Y si durante siglos el matrimonio era la institución que servía para formalizar el ayuntamiento, doméstico y carnal –domicilio y prole eran el resultado de la ceremonia nupcial-, entre un hombre y una mujer, el desdibujamiento de tal matrimonio, por la vía de ampliar su radio a parejas del mismo sexo, se ha situado en el centro del debate que continuamente mantienen quienes hacen descansar sus posaderas en los curules parlamentarios. De este modo, hoy existe lo que se da en llamar «matrimonio homosexual», nueva variedad nupcial emanada o, cuando menos, amparada por la autodenominada izquierda, una izquierda a la que los calificativos de jacobina, liberal, comunista, anarquista o socialista, empiezan a resultarle molestos. En esta situación, los atributos de la «izquierda», a ambos lados del Océano, se darán por sabidos pese a la imprecisión envolvente.
Parece evidente, pues, que el debate político se ha deslizado en gran medida al ámbito de la ética, como demuestra la regulación del aborto llevada a cabo en ambos países y, más en particular la aprobación de la Ley de Maternidad Subrogada del Distrito Federal, por la cual una pareja puede alquilar el útero de una mujer para tener descendencia.
La medida, que desde algunas filas del progresismo se entenderá como un paso adelante, ofrece interesantes perspectivas de análisis que van más allá de ese pretendido avance que conduciría a no se sabe qué final. En efecto, tras esta ley se ocultan interesantes datos que deben mover a reflexión. La nueva posibilidad abierta legalmente, pretende aumentar o mantener el crecimiento demográfico de México, la propagación de su población, medida que empieza a ser necesaria si tenemos en cuenta que el país norteamericano tiene un índice de natalidad algo inferior a la tasa de reposición de la misma, establecida en 2.1 hijos por mujer. Las mexicanas entre 15 y 49 años han pasado de tener una media de 5.7 hijos en 1976 a quedarse en 2 en la actualidad. Una cifra que, en todo caso, es envidiable desde España, nación cuyas mujeres exhiben una exigua media de fecundidad que no llega a 1.4 hijos por fémina, alarmantes dígitos cuyos resultados se pagarán muy caros cuando el envejecimiento de la población española empiece a mostrar los muchos problemas que acarrea una nación de viejos.
La nueva Ley, pese a estos aspectos eminentemente positivos, oculta también importantes contradicciones, aquellas que se derivan de su concatenación con otras disposiciones legales, en particular, la aludida ley del aborto. Sabido es que desde el año 2007, el aborto está despenalizado hasta las 12 semanas en México D.F., ciudad que en muchos aspectos, y también en este, se tiene por punta de lanza del progresismo mexicano. La medida, los plazos en particular, fueron duramente condenados por la Iglesia católica, quien llegó a caracterizar a la capital como «ciudad homicida», etiqueta que se puede suscribir desde posturas ateas y materialistas, por entender que a las 12 semanas, lo que hay en el vientre de la mujer, no es precisamente lo que afirmó la tristemente célebre Ministra de Igualdad de España, la socialdemócrata Bibiana Aído, quien no tuvo rubor en declarar, contra toda evidencia médica, que lo que se destruía con el aborto –llamado eufemísticamente «interrupción voluntaria del embarazo»- «no era un ser humano sino un ser vivo»…
Es, pues, la trabazón entre la Ley de Maternidad Subrogada del Distrito Federal con la Ley del Aborto, por no hablar de la nueva complejidad que abre la posibilidad de adopción de hijos por parte de los ya oficiales «matrimonios homosexuales», el escenario ideal de una fuerte controversia que se aviva al tener en cuenta que el movimiento del embarazo por parte de la madre contratada, supondría una ruptura de contrato que haría las delicias de los más rigoristas leguleyos.
Finalicemos. Parece evidente que es en estas cuestiones donde en gran medida se decide la coloración de unos gobiernos cuyas diferencias en materia económica son casi irrelevantes. Por otro lado, la aprobación de tan controvertidas leyes, encuentra una acrítica justificación al calor del fundamentalismo democrático, único hábitat que conocen muchos políticos cuya vida ha transcurrido encapsulada en un mundo circularista y a menudo desconectado de la realidad más prosaica.
México, en efecto, se mira en el espejo español, pero, por lo que a estos temas se refiere, es muy probable que la imagen reflejada le muestre un rostro tan desfigurado y traslúcido que termine siendo irreconocible.
Iván Vélez

miércoles, 4 de julio de 2012

Urnas especulares

Artículo en el número del mes de junio de 2012 de la revista Junio7, págs. 26 y 27:

Urnas especulares

Las expropiaciones de que han sido objeto un par de empresas españolas en Argentina y Bolivia han vuelto a poner de relieve una cuestión de gran importancia, a saber: con qué países hispanoamericanos las relaciones políticas y comerciales son más seguras y leales para España. Todos los analistas han coincidido en que naciones como Chile, Colombia, Perú o México cumplen con los requisitos señalados.
De entre estas repúblicas, el caso de México tiene grandes particularidades, y no solo por las estrechas relaciones que mantiene con España sobre todo desde mediados del siglo XX, cuando fue tierra de acogida de muchos exiliados, sino porque además, la nación mexicana está ante unas elecciones generales que se presentan como trascendentes. Ocurre, sin embargo, que la actualidad del país hermano se analiza a menudo empleando el espejo español –en el que, a decir de Ismael Carvallo en esta misma revista, se mira México-, de tal suerte, que lo que ocurre allende el Atlántico, y una vez retirados los ropajes que proporciona el tópico, se ven muy próximos.
De este modo, la campaña electoral mexicana parece en ocasiones un reflejo, una extensión de las que constantemente se arman en España, donde las urnas, dada la compleja estructura política del país, no hallan descanso. Veamos.
Desde esta orilla, los análisis de lo que está ocurriendo en la antesala de las elecciones, están marcados por la ideología que domina a la prensa burguesa española y a los políticos profesionales que a menudo van de la mano de aquéllos. En este sentido, resulta reveladora una noticia que ha aflorado en la prensa española: el hecho de que Enrique Peña Nieto, candidato del PRI, y actual líder en las encuestas en torno a las elecciones del primero de julio, pagó 32 millones de pesos para una serie de periodistas hicieran comentarios laudatorios sobre su persona y posible gestión. Un caso que, para el ciudadano español, es bien conocido, pues todo el mundo sabe que el grupo periodístico que hasta hace poco editaba el diario Público, que se entregaba con el mexicano La Jornada, era parte de una plataforma periodística y televisiva –con el canal La Sexta como buque insignia- que creció y vio declinar su estrella de la mano del presidente socialdemócrata José Luis Rodríguez Zapatero, a quien tanto le debían y al que tanto agradecieron presentando sus políticas aliciescas como un bonito sueño que solo una cavernícola y sotanil derecha se encargó de impedir.
Si esto ocurre en torno a Peña Prieto, el caso de Josefina Vázquez Mota nos sitúa en el contexto de otro de los oscuros mitos de grandes áreas de la población española: el sexismo. En efecto, porque el militante feminismo de que hacen gala algunas organizaciones, queda a menudo reducido a un grosero sexismo que encubre intenciones discriminatorias, visiones maniqueas de la realidad. Para tales facciones, que con frecuencia impregnan y penetran a los partidos políticos, una victoria de la candidata del PAN, constituiría el triunfo de toda una parte de la Humanidad secularmente discriminada. Tal es la alucinógena ideología que ha hecho fortuna en algunos contextos, señaladamente entre los integrantes del 15-M, quienes, en su delirio, han llegado a proponer la supresión de la identificación por sexos de la documentación oficial de unos ciudadanos que, por otra parte, pretenden despojarse de la pesada carga de ser ciudadanos para integrarse en evanescentes cosmogonías próximas a la Pachamama tan cara para políticos como Evo Morales.
Como se puede advertir, muchos de los mitos que mueven la política española, operan de forma similar en México. Entre ellos, evidentemente, se sitúa una imprecisa distinción: el par derecha/izquierda, que muestra a las claras hasta qué punto tales bloques políticos tienen unos borrosos límites. En este sentido, es el PRI el partido que, desde estas coordenadas dualistas, se presenta con mayor nitidez como una derecha que a menudo puede percibirse como equiparable al franquismo, y no sólo por su conservadurismo, sino también por una persistencia en el tiempo que se interpreta como sustentada –y el caso de Peña Prieto viene a consolidar tal percepción- en una turbia red que, por otra parte, en España, viene a igualar de nuevo a derechas e izquierdas, toda vez que en ambos casos nadie puede tirar la primera piedra acusatoria, por encontrarse ambos atrapados en el pecaminoso mundo de la corrupción tanto delictiva como ideológica.
En definitiva, y pues carentes de la ciencia media nada podemos saber sobre el resultado de las próximas elecciones mexicanas, lo que parece evidente es que los partidos que se medirán en las urnas han llegado a un grado de ecualización que esta sólo puede romperse atendiendo a detalles a menudo nimios en materia política.
En cualquier caso, desde España, México sigue de actualidad, pero más que por los programas electorales que se puedan discutir, por cuestiones como las presentadas y, sobre todo, por la implacable actualidad de crímenes que a diario acuden a las telepantallas.
De entre estas noticias luctuosas, destaca el reciente fallecimiento, en este caso por enfermedad, del escritor Carlos Fuentes, cuya trayectoria, al margen de sus logros literarios, se ha presentado como la vía truncada de un México que pudo ser y no fue, interpretación que nos sume de nuevo en otro mito no menos oscuro que los anteriores: el de la Cultura.
Iván Vélez

jueves, 14 de junio de 2012

Entrevista a Ismael Carvallo


Entrevista a Ismael Carvallo Robledo en el número de mayo de 2012 de Junio7, págs. 26 y 27:

Entrevista a Ismael Carvallo

A media tarde me reúno con el filósofo mexicano Ismael Carvallo en un céntrico café de Madrid. Aprovechando su visita a España para impartir diversas conferencias y participar en programas televisivos, halló un hueco en su agenda para conceder esta entrevista a Junio7.

¿Qué diferencias se aprecian entre la situación electoral de México hace 6 años y la de ahora?

Hay muchos planos de implicación. Una diferencia fundamental se definiría en función del hecho de que, en 2006, la candidatura de Andrés Manuel López Obrador era la más fuerte; se trató de una elección en la que fue él la variable principal: la llegada de Felipe Calderón a la presidencia fue el resultado de un proceso anti-López Obrador más que en favor del PAN o de Calderón mismo. Hoy, en 2012, no se ha podido repetir ese esquema, y el candidato más fuerte hasta estos momentos es el del PRI, Enrique Peña Nieto (y en 2006, el candidato de ese partido fue eclipsado por completo). 

¿Qué paralelismos detecta entre la política española y la mexicana?

Yo diría que hay muchos. No olvidemos que la Guerra Civil española influyó decisivamente  en la configuración ideológica de México, toda vez que Lázaro Cárdenas tomó partido por la República; me atrevería a decir que el cardenismo no se entiende sin la influencia de los republicanos que se exilian en México. Pero ahí está precisamente el problema: que el maniqueísmo utilizado para interpretar esa guerra (el maniqueísmo izquierda-derecha), y que sigue perniciosamente vigente en España, se mantiene también en México, donde, de manera muy general, se sigue considerando al PSOE como representante de “la izquierda” (o heredero de la República vencida en la Guerra Civil), y al PP como encarnación de “la derecha” (o heredero del franquismo). Pero esa distinción está totalmente desbordada, sobre todo porque el colapso de la Unión Soviética implica redefinir toda la geometría ideológica de nuestro tiempo. El PSOE es tan capitalista y neoliberal como el PP.

¿Qué repercusiones puede tener para Hispanoamérica la exportación del modelo de la constitución española del 78 y su celebrado estado de las autonomías?

La transición democrática de 1978 ha sido considerada por toda una generación de políticos y analistas como el modelo a seguir y como el proceso de “transición democrática” por antonomasia de nuestro tiempo, y no fueron pocos los analistas o los políticos que no perdían ocasión (en tertulias y debates) para decir que lo que en México hacía falta es un “Pacto de la Moncloa” a la mexicana, o que lo que se necesitaba era un Adolfo Suárez o un Felipe González mexicanos.
Pero para mí, viendo las cosas desde el realismo político materialista más radical, la transición democrática española es uno de los grandes mitos del mundo contemporáneo y uno de los procesos más catastróficos de las últimas décadas. Y esto es así porque ha sido un proceso corrompido de origen, al haber permitido que el mito de la cultura y de la autonomía se colara en todo permitiendo que, en vez de tener una nación política unificada y sólida (al modo jacobino), se tuviera un “estado de autonomías”, que es lo que, desde todos los puntos de vista (económico, político, cultural, sociológico), ha llevado a España al caos institucional y la ha puesto al borde de la disolución. Si esto se reproduce en Hispanoamérica, será el principio del fin, como vemos en Bolivia, donde, en vez de una nación política unida, se tienen, según la última constitución, 36 nacionalidades. ¡Un caos político, antropológico e ideológico!

¿Realismo político materialista? ¿Mito de la cultura? ¿Podría abundar en estas cuestiones?

Claro. Con realismo político me refiero a una concepción de la política que los clásicos definen como ex parte principi, es decir, una perspectiva que privilegia el punto de vista del gobernante y que da centralidad cardinal al Estado como figura fundamental de la política y de la historia, o el sistema por excelencia de la historia, según decía José Revueltas, que era marxista. Así, el criterio fundamental es el orden del Estado y, sobre todo, la unidad del Estado (y esto está tanto en Aristóteles como en Maquiavelo o Gramsci, agudísimo lector de Maquiavelo). Por eso digo que, desde este punto de vista, todo lo que contribuya al debilitamiento o fragmentación del Estado nacional es imprudente, y esto va más allá de las izquierdas y las derechas.
Por mito de la cultura entiendo la concepción que quiere hacernos creer que en una serie concreta de instituciones y prácticas antropológicas se encuentran los sedimentos de una supuesta “identidad” pura y esencial (el espíritu del pueblo, dirán muchos). Y el problema no es la institución antropológica, sino el carácter mítico o metafísico que se le atribuye: tú dí que cualquier costumbre, por más aberrante que sea, es parte de una cultura determinada, y no podrás hacer nada al respecto. No la puedes ni criticar ni tocar. Ejemplo: la “cultura vasca” o la “cultura náhuatl” se nos presentan -por ideólogos o antropólogos- como estratos sublimes de identidad oprimidos, bien por el “estado español”, bien por el “estado mexicano”. La peor presa de este mito es la izquierda de hoy, sobre todo la socialdemócrata, que no sabe que la izquierda radical, la jacobina, acabó con todas esas “identidades culturales” (bretonas, alsacianas, etc.) para refundirlas en la identidad política nacional francesa. Y el mismo problema quiso ser resuelto en las Cortes de Cádiz, en 1812; Marx mismo lo entendió y escribió al respecto.  

Dado que usted trabaja en medios de comunicación, ¿qué voces ibéricas le resultan interesantes?

Pues mira, pasa algo escandaloso para quienes nos movemos en el terreno de la filosofía, y es el hecho de que Fernando Savater se tiene como “el filósofo” de España. Al margen de las simpatías o antipatías que se le tengan, lo cierto es que Savater tiene una cobertura mediática total en México: en la UNAM y en otras universidades, en medios de comunicación, entre políticos y entre esa clase de farsantes que son los intelectuales. Pero digo que es un escándalo porque, en términos rigurosos, Fernando Savater tiene un nivel filosófico igual a cero. Se trata de alguien que puede tener solvencia literaria o ensayística, pero que no pasa del plano periodístico. Si viviera en tiempos de Platón sería un sofista menor, no como los importantes (Gorgias o Protágoras).

Entonces ¿qué alternativas sugiere?

A ver: ocurre algo realmente irritante para mí, porque, desde los años en que tuve la fortuna de vivir en España realizando mis estudios de doctorado, tuve contacto con quien para mí es el filósofo más importante de nuestro tiempo, que se llama Gustavo Bueno. Él sí que es un filósofo en sentido riguroso, porque tiene sistema (el Materialismo Filosófico), además de pensar y escribir en español. Frente a él no sólo Savater, sino Habermas, Zizek, o muchos otros autores leídos con fruición aquí y allá quedan reducidos a magnitudes menores. Yo encuentro en él y en su sistema filosófico el más poderoso y acabado resultado de racionalismo crítico de nuestro presente. No conozco algo así. Luego te enteras que le dan el Premio Príncipe de Asturias a segundones como Zygmunt Bauman o Alain Touraine, y a Gustavo Bueno, que vive en Asturias, lo ignoran. Puro enanismo y miseria intelectuales.   

Por último, ¿cómo se percibe histórica e ideológicamente España desde México? 

Es una pregunta muy amplia. Acaso puedan explicarse las cosas desde un punto de vista generacional. Nuestros padres y abuelos fueron educados desde el nacionalismo revolucionario cardenista, que alimentó la Leyenda Negra (y a esto contribuyeron los republicanos españoles en su exilio mexicano). Desde esta plataforma, España representa la conquista y nada más. Pero ahora hay nuevas posibilidades y perspectivas historiográficas, que muestran que España fue una potencia mundial y que el imperio español fue un proyecto histórico y geopolítico igualmente fascinante que dramático.

Iván Vélez

lunes, 21 de mayo de 2012

Ni iberos ni aztecas

Artículo publicado en el nº correspondiente al mes de abril de 2012, págs. 26 y 27:
http://www.junio7.com.mx/impreso/EDICION-WEB-J7.pdf



Ni iberos ni aztecas

Ismael Carvallo detuvo su auto en una de las calles de Coyoacán. La noche cálida envolvía la ciudad mientras nos acercábamos a una plaza. Desde una de sus esquinas, su dedo señaló a unas figuras que se movían espasmódicamente. Nos aproximamos y pudimos ver a un grupo de jóvenes. Semidesnudos, ataviados con plumajes y brazaletes, algunos muchachos del barrio burgués y bohemio que tiene por corazón la casa azul de Frida Khalo, teatralizaban con hondura una danza indígena a la que se le habían adherido ciertos componentes kitsch. Anduvimos un trecho y la escena se desvaneció al entrar en un bar de taurina decoración y banderas tricolores.
Mientras tomábamos unas cervezas Indio, le expliqué que entre los gachupines hispanos también había numerosos entusiastas de lo arcaico, en su acepción más radical, aquella que se remonta a los tiempos anteriores a Hispania. Que en algunas festividades, también los españoles se disfrazaban a la prehispánica usanza, a veces incluso con afanes reivindicativos y nacionalizadores.
La anécdota, absolutamente real y ocurrida hace un par de años, sirve para dar inicio a un artículo sugerido por el propio Enguerrando Tapia: se trataba de, al hilo de una de las fotografías que ilustran este artículo, dar unas pinceladas en torno a los celtíberos. Explicar quiénes fueron esos que comúnmente se definen como la mezcla entre celtas e iberos, pueblos existentes en lo que hoy es España y Portugal antes de la llegada de las imperiales tropas de Roma.
Sabido es que antes de que las legiones romanas llegaran a Iberia hablando el latín del que saldría el romance, muchos eran los pueblos que la habitaban agrupados en torno a los dos conjuntos citados. Pero en realidad no existían tales bloques monolíticos. Iberos y celtas se dividían en turdetanos, lusones, vascones, cántabros y un largo etcétera de pueblos con diversas lenguas cuya enumeración podemos finalizar citando a los lusitanos, a cuya cabeza se situó un caudillo llamado Viriato cuyo mito ha sido muchas veces exhumado, elevando al borroso personaje a la anacrónica categoría de héroe nacional. Cabe, en todo caso, aclarar que tal mosaico de pueblos en absoluto daba unidad a la Península, tierra de la que no tenían ni siquiera una conciencia geográfica completa de la misma. Es precisamente Roma la que, al configurar políticamente, dentro de su proyecto imperial, el territorio llamado Hispania, hace que cristalice la primera totalización que, andando los siglos, dará lugar a España. Una Hispania que rompe con íberos y celtas aun cuando incorpore elementos de estos pueblos.
Si esto ocurrió a este lado del Océano, algo parecido sucedió en el Anáhuac. En 1519, cuando el denostado Cortés pisa tierra firme, sobre el territorio que es hoy conocido como México, cohabitaban polémicamente muchos pueblos, entre ellos los célebres tlaxcaltecas, sometidos por los aztecas o mexicas y aliados del conquistador extremeño. Es, por tanto, Hernán Cortés, quien pone las bases de la unidad mexicana, incorporándola, del mismo modo que ocurrió con Hispania –territorio que proporcionó césares como Adriano o Trajano-, al Imperio español, a través del cual muchos nacidos en tales tierras adquirieron talla histórica y universal. La Nueva España de habla española y no el imperio cuya capital era Tenochtitlán, es el punto de partida de lo que hoy constituyen unos Estados Unidos Mexicanos que se dejaron por el camino grandes jirones de tierra hoy integrados en los USA.
Los argumentos, si bien escandalosos para muchos, entre ellos los crepusculares danzantes de Coyoacán, no son nuevos. La teoría ya la apuntaron destacados mexicanos como el propio Vasconcelos y, más recientemente, a principios de este siglo, el historiador de Tampico Juan Miralles Ostos en su obra Hernán Cortés, el inventor de México. Sin embargo, mientras en México las estatuas dedicadas a Cortés brillan por su ausencia, el indigenismo gana adeptos que, extravagantes o no, a menudo ignoran el peligro que supone tal ideología para la nación mexicana.
Es, sin embargo, evidente, que los trabajos historiográficos que a tales conclusiones llegan, se mantienen a menudo en cerrados y académicos círculos, sin que sus conclusiones conecten con la calle por la que transitan ciudadanos que acaso lleguen a identificarse con supuestos antepasados totonacas. El problema, en absoluto exclusivo de México, es de muy difícil resolución, pues: ¿quién puede extirpar tales mitos?
Iván Vélez

martes, 17 de abril de 2012

Josefina y Carme. Candidatas paralelas

Artículo publicado en el nº del mes de marzo de Junio 7, págs. 26-27:


Josefina y Carme. Candidatas paralelas

La proximidad de las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos Mexicanos ha hecho emerger a una figura política hasta ahora desconocida en España: Josefina Vázquez Mota (México DF, 1961), cuya irrupción en tan importante escena no ha pasado inadvertida. En este artículo, señalaremos algunas de las analogías que se pueden establecer entre la conocida como Josefina, y la socialdemócrata ex Ministra de Defensa española, Carme Maria Chacón Piqueras (Esplugas de Llobregat, Barcelona, 1971) quien, tras la histórica derrota de su partido en las últimas elecciones generales, ha sido vencida en su intento de liderar el PSOE, precisamente por quien se presentó como candidato al gobierno de España bajo tales siglas: el veterano Alfredo Pérez Rubalcaba (Solares, Cantabria, 1951).



Una de las circunstancias que más han llamado la atención en torno a Vázquez, es que es autora de un libro de tremendista título: Dios mío hazme viuda por favor, obra que, tras una portada de pretendido impacto comercial, esconde un manual de autoayuda personal cuyo objetivo, al margen del consabido y escurridizo fin de obtener la felicidad, es «favorecer el crecimiento integral del ser humano». Tan acríticos, míticos y pueriles fines, han conseguido, unidos a otros méritos de una candidata hasta entonces diputada federal y Secretaria de Educación Pública, su imposición sobre sus oponentes internos, los otros candidatos del PAN: Ernesto Cordero y Santiago Creel.
Todo ello ha animado a Josefina a escribir una nueva obra: Nuestra oportunidad, un México para todos, con objetivos políticos más precisos, pero que sigue apelando a cuestiones tales como la ideología de género o una visión eticista y sentimenteal de la política.
Son estos aspectos citados los que nos sirven para detectar los paralelismos entre Chacón y Vázquez, pues si de la primera ya hemos esbozado algunos de sus rasgos más significativos, de la segunda, fiel representante del Pensamiento Alicia de Zapatero, quien en un gesto extravagante y nada marcial situó a la por entonces encinta nacionalista catalana al frente de las Fuerzas Armadas, daremos algunos datos interesantes.
En cuanto a su dimensión pública, Chacón, casada y no viuda, cuenta con el inestimable favor de su marido, Miguel Barroso, poderoso hombre de la plataforma televisiva Mediapro, que se distingue por impulsar un discurso en el que encaja perfectamente el de la propia Vázquez, pese a su situación ideológicamente antagónica. A esta circunstancia personal nada anecdótica, hemos de sumar declaraciones hechas por Carme Chacón, entre las que destaca la siguiente: «¿Quién se atreve a decir que una mujer y catalana no puede dirigir el PSOE?», frase que desvela el burdo y sexista contenido de un pensamiento político que tiene gran implantación dentro y fuera de España, y que han conducido a la absurda medida de implantar cuotas que buscan la llamada paridad aritmética entre sexos. De este modo, desde el feminismo de brocha gorda sostenido por semejantes representantes públicos, los ascensos al poder de Bachelet en Chile, Cristina Fernández de Kirchner en la Argentina, Laura Chinchilla en Costa Rica o Dilma Rousseff en Brasil, se presentarán trascendentales conquistas, interpretación que revela la falta de asunción, por parte de las señaladas, de la necesaria ecualización que debe darse en cualquier sociedad política, ecualización que no sólo borrará las viejas diferencias estamenteales sino, incluso, cuestiones irrelevantes políticamente como puedan ser el sexo de los gobernantes.
Una ideología que, en cualquier caso, no brota de las mentes de sus voceras, sino que está disuelta en muchos medios de comunicación en los que éstas se apoyan. En efecto, es, entre otros, en el diario defensor de Carme Chacón, Público, periódico afín al mexicano La Jornada, donde se ha resaltado la condición de mujer, tan empleada por la española para sacar tajada política, de Josefina, cuya imagen sonriente no es sino un espejo del forzado y exhibicionista despliegue de emotividad llevado a cabo por la Chacón en su intento de escalar en el poder. Tras la sonrisa de la catalana, como acaso ocurre en el caso de Josefina, no existía propuesta política concreta alguna, tan sólo un vacuo sentimentalismo que en el futuro pudiera convertirse en un grave daño a la nación española, pues el eticismo –que pone sus ojos en cuestiones como el aborto, la eutanasia, la homosexualidad- es a menudo hostil con determinadas estructuras políticas, demasiado rígidas para poder anegarse en tan viscosa ideología.
Sea como fuere, y al margen de la maniquea adscripción de ambas a unas derechas e izquierdas políticas absolutamente imprecisas, estas dos mujeres son presentadas como apetecibles productos que han de buscar compradores –léase votantes- en los respectivos mercados políticos a los que concurren. Democracias, la española y la mexicana, que permiten la irrupción de tales candidatas paralelas.

Iván Vélez

martes, 20 de marzo de 2012

México alejado de la auténtica democracia

Artículo publicado en el número de febrero de 2012 de Junio7, págs. 26 y 27.


México alejado de la auténtica democracia


 Junto al gastado tópico del mexicano entequilado e indolente, se va fraguando, al menos desde puntos de vista externos como puede ser el de España, el de individuos criminales integrados en bandas carentes de escrúpulos. La creciente ola de asesinatos ocasionada por el narco, avala una imagen a la que se suma, aunque en los medios tiene menor presencia últimamente, el asesinato de mujeres en Ciudad Juárez. Esta nueva imagen, la ligada al narcotráfico y a una corrupción generalizada que afecta especialmente a las fuerzas del orden, es relativamente nueva, hija del siglo que apenas comenzó. Sin embargo, México no acusa las tensiones rupturistas, en el plano político y territorial, que otras naciones, por ejemplo España, sufren.
 La situación, grave de por sí especialmente a partir de 2006, cuando Felipe Calderón declara la guerra al narco, se agudiza desde la perspectiva politológica española, sobre todo si tenemos en cuenta lo que para muchos así llamados «hombres de izquierdas» significan los Estados Unidos Mexicanos. En efecto, México fue la tierra de acogida del último gobierno de la mitificada II República española, quien situó en su capital la sede gubernamental en el exilio, y dejó a su paso, en la Ciudad de México, una honda y fecunda huella todavía perdurable, de la cual tanto españoles como mexicanos pueden hoy beneficiarse. Sin embargo, no es este el tema que aquí queremos resaltar. Muy al contrario, lo que nos interesa es señalar hasta qué punto el fundamentalismo democrático atenaza a muchos analistas políticos, especialmente a aquellos que desarrollan su trabajo en España. Es este el caso del periodista británico John Carlin, colaborador habitual del periódico favorito de la socialdemocracia española, el diario El País, fundado por un colectivo de gentes bien posicionadas en el régimen franquista, a cuya cabeza de sitúa Juan Luis Cebrián, quien contó con el apoyo del recientemente fallecido Manuel Fraga Iribarne.
 Sea como fuere, lo cierto es que Carlin publicó hace unos días un artículo de revelador título: «Enemigo público nº 1 de la democracia», en el que, además de mostrar un buen conocimiento del país americano, hace una afirmación que merece ser comentada: «No hay Estado de derecho en México. O no uno que funcione. Es decir, México, por más elecciones que haya celebrado a lo largo de los últimos 80 años, no es una auténtica democracia.», para luego afirmar que el civismo del pueblo mexicano es admirable.
 Llama la atención, en dicho artículo, que Carlin no se cuestione la propia viabilidad futura de la nación y que cargue sus tintas contra su capa conjuntiva política, la encargada de redactar y hacer cumplir la ley, a lo que hemos de añadir el hecho, siempre desde sus coordenadas, de que no nos hallemos ante una «auténtica democracia», problema que tiene una antigüedad, al parecer, de ocho décadas.
 Para Carlin, la solución a los males mexicanos parece pasar por más democracia o por una purificación de ésta. Sin embargo, cabe ampliar tan reducida visión del conflicto y cuestionarse por qué en México y no en otros lugares se produce tal auge del crimen. Ello debemos ponerlo en consonancia con una realidad que no se niega en el artículo, el hecho de que México no muestra, de momento, síntomas de desmembramiento. Carlin, no obstante, soslaya cuestiones que parecen cruciales si se tiene un concepto más amplio de democracia que la que él parece manejar, especialmente si se atiende a una etimología que remite a un territorio sobre el que se asientan ciudadanos. El problema mexicano y su posible solución, a nuestro juicio, no reside únicamente en los hemiciclos, sino que incorpora a la tierra que, coloreada, figura en los mapamundis bajo el nombre de México.
 Son precisamente, así nos parece, la escala y situación del territorio mexicano factores decisivos para su propia subsistencia, al menos hasta la actualidad, como nación política. Máxime si comparamos su situación con la suerte que han corrido los pequeños países centroamericanos. Por otro lado, la unidad incluso favorecerá el funcionamiento de unos grupos de narcotraficantes que se valen de las infraestructuras y el tamaño de una nación que, para más fortuna de sus ilícitos intereses, limita al norte con otra plataforma política, la anglosajona, receptiva para los productos que tales cárteles manejan.
 Es indudable, sin embargo, que las particularidades territoriales no son la única circunstancia que permite que México se mantenga «atado», otros factores –lingüísticos, culturales, religiosos- favorecen tal unidad. Sorprende, sin embargo, que el periodista, el mismo que reconoce las deficiencias de un sistema, el democrático que, al menos nominalmente lleva ocho décadas implantado, ni siquiera se plantee otras formas de gobierno que puedan añadir orden y seguridad. La democracia parece ser un punto político de no retorno que sólo permite la huida hacia adelante, hacia la depuración de la misma. Todo ello, y con el mantenimiento de unos inauditos niveles criminales, nos obliga a mirar al próximo verano. Así es, en julio se celebrarán elecciones generales en México, suponiendo de paso, una nueva oportunidad para el acceso a la auténtica democracia que muchos perciben como estación término de toda sociedad política.

Iván Vélez

lunes, 13 de febrero de 2012

Una CELAC sin Iberia

Artículo publicado en Junio7, enero de 2012, págs. 26 y 27:



Una CELAC sin Iberia

El 30 de junio de 1856, Facundo Goñi y López, Encargado de Negocios y Cónsul General de España en Costa Rica y Nicaragua, escribía una carta desde Guatemala en la que informaba de una reunión sostenida a propuesta de los Ministros Plenipotenciarios de México y de Costa Rica en Guatemala: Juan Neponucemo de Pereda y Nazario Toledo. En tan distinguida como discreta tertulia, los ministros americanos le plantearon al diplomático navarro lo que sigue: “… que la invasion cada dia creciente de los Estados Unidos en el territorio ocupado por los pueblos hispano-americanos habrá tomado ya todos los caractéres de una lucha entre las dos razas: que en tal concepto la hispano-americana debía proponerse seriamente y desde luego la cuestion de su futura existencia y adoptar las medidas necesarias para su conservacion y comun defensa.”
Alarmados ante el avance yanqui, en gran medida sostenido por el filibusterismo que aprovechaba la fragmentación política centroamericana, los dos diplomáticos buscaban en la unidad la solución a tales problemas y servían como estímulo a Goñi para establecer en sus reflexiones una distinción entre los estados “hispano-americanos” y los “anglo-americanos”. La palabra “Latinoamérica”, acuñada por el colombiano José María Torres Caicedo, echaba a rodar ese mismo año.
Siglo y medio más tarde, el 23 de febrero de 2010, se constituía, en la mexicana ciudad de Playa del Carmen, la CELAC -Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe-, que ha celebrado en los primeros días de diciembre, y en la venezolana Caracas, su primera cumbre presidencial.
La organización, edificada sobre los restos de proyectos preexistentes, congrega a cerca de 600 millones de habitantes distribuidos en 33 naciones soberanas, alguna de las cuales, si nos regimos por su nombre oficial, parecen contener en su seno otras muchas, tal es el caso del Estado Plurinacional de Bolivia.
Con los idiomas español, portugués y francés como oficiales, tal organización excluye en América a los Estados Unidos, Canadá y la Guayana francesa, es decir, a la anglo-América que distinguía Goñi, y a esa cuña que Francia conserva como pálido destello de su fallido imperio americano del que México guarda buena memoria. Una exclusión que, desbordado el ámbito territorial, obliga a volver la vista sobre España y Portugal.
En efecto, a nadie le es ajeno que sin estas naciones geográficamente europeas, la América actual es incomprensible. Y diremos todavía más, sin España y Portugal, no existiría América, pues la totalización geográfica y la posterior organización política que ahora pretende establecerse, no hubieran podido realizarse “desde dentro”, es decir, desde las fragmentarias perspectivas precolombinas. Las naciones hoy soberanas, no se edificaron, por más que se recurra al manido mito indigenista, sino sobre unos imperios que introdujeron las más importantes instituciones hoy plenamente hispanoamericanas o, si se quiere, iberoamericanas.
La nueva organización, y así lo manifiesta de manera más o menos explícita, pretende sacudirse las tutelas de Estados Unidos y Europa, en una declaración de intenciones que, en su original victimismo, parece inspirada por Eduardo Galeano. Sin embargo, y pese a la inicial declaración de intenciones, el futuro de la CELAC no está escrito en sus estatutos fundacionales, pues América no es, y mucho menos esta América cerrada en las cinco siglas referidas, un proyecto que pueda realizarse de un modo tan homogéneo y armónico como la solemnidad de los eventos realizados pueda sugerir.
En primer lugar porque no se da tal armonía ni siquiera en el seno de la CELAC, como prueban las tensiones fronterizas existentes; y por otro, porque las fronteras con los territorios americanos no adscritos a la CELAC, también muestran indicios de inestabilidad, tal es el caso de la frontera norte mexicana, la que divide el actual México del antiguo Nuevo México hoy gringo.
A ello hemos de añadir la presencia de otros bloques políticos y de terceras potencias –China, el petrolífero Irán- que añaden complejidad al asunto, pues como es sabido, existen acuerdos bilaterales protagonizados por miembros de la CELAC que se entrecruzan e incluso se oponen entre sí. Circunstancias, todas ellas, que cuestionan muy mucho la coherencia de la exclusión ibérica más allá de prejuicios ideológicos negrolegendarios, pues la mayoría de los integrantes de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, España y Portugal, son el resultado de una codeterminación histórica que muy bien puede propiciar el refuerzo de unas relaciones que van mucho más allá del terreno comercial.

Iván Vélez

viernes, 6 de enero de 2012

Elecciones generales en España

Artículo publicado en el nº correspondiente a diciembre de la revista Junio7:

México y España. Trabajar coordinada y cercanamente

Cuando estas líneas se escriben, han transcurrido escasas diez horas desde que se hicieran públicos los resultados de las Elecciones Generales de España. Como el lector de Junio 7 sabrá, los comicios han sido ganados de manera rotunda, casi aplastante, por el Partido Popular, con el gallego Mariano Rajoy a la cabeza. Su principal opositor, el PSOE que durante la campaña ha escondido a quien ha presidido España desde 2004 hasta la actualidad, ha obtenido su peor resultado desde que a principios de la década de los 80 se convirtiera en el protagonista de la construcción de un modelo, el del Estado de las Autonomías que, unido a la acrítica fascinación por la Unión Europea, se ha mostrado nefasto para España.
Como decíamos, Alfredo Pérez Rubalcaba, el candidato socialdemócrata, tratando de desmarcarse de la catastrófica gestión de Zapatero, en la que él ha tenido tanta influencia, prefirió sacar a escena a un político de gran predicamento en algunos ambientes mexicanos: Felipe González, que, en palabras del filósofo mexicano Ismael Carvallo Robledo, constituye la punta de lanza de los que, apuntando un aura profética, da en llamar transitólogos.
Tal desmarque, sin embargo, no ha impedido que se haya consumado uno de los efectos más perversos de la gestión zapateril. Así es, frente a las dos potencias políticas aludidas, Partido Popular y PSOE, el parlamento se haya llenado de curules en los que se sientan los diversos frentes hispanófobos y separatistas a los que Zapatero, con la banda terrorista ETA a la cabeza, ha fortalecido debido a un proceder que emana de su fundamentalismo democrático y de su percepción de España como concepto “discutido y discutible”, por emplear sus propias palabras.
Sea como fuere, con el país bordeando la bancarrota, a Rajoy le queda una labor titánica para hacer reflotar a la nación, y muchas son las dudas que razonablemente asaltan a aquel que, como quien esto escribe, piensan que el problema no es simplemente mercantil, sino estructural. La organización territorial que con tanta fe como réditos económicos exportan algunos politólogos españoles a determinadas naciones hispanas, supone un grave obstáculo para llevar a cabo tal reanimación.
Pero si estas son cuestiones que a un lector le puedan parecer ajenas, la realidad de las relaciones entre España y México, y en general toda Hispanoamérica –relaciones en muchos casos no de dependencia sino de codeterminación-, es insoslayable. Ya Felipe Calderón, atendiendo a las elementales normas de cortesía, habló vía telefónica con el electo mandatario la misma noche de las Elecciones para, según filtró por twitter, desearle suerte y acordar “trabajar coordinada y cercanamente”, sino porque el aludido influjo europeo, en el que ya recayó Rajoy en su primera manifestación pública, acabará por desvanecerse cuando se demuestre, de una manera más explícita todavía, que tal proyecto esconde la verdadera lucha entre los intereses de un conjunto de naciones a cuya cabeza se sitúan Francia y Alemania.
Quizá sea entonces cuando, girando nuestra mirada, descubramos que un océano, al igual que los 20 años de los que habla el tango, no es nada.

Iván Vélez

domingo, 4 de diciembre de 2011

Españolistas mexicanos


Artículo aparecido en las páginas 26 y 27 de la revista Junio 7 correspondiente al mes de noviembre de 2011

Españolistas mexicanos

Como el lector de Junio7 sabe, España lleva más de un siglo padeciendo las amenazas de grupos secesionistas cuya hispanofobia, y otros intereses espurios ligados a diversos colectivos económicos y de poder, busca la fractura de la Nación española, paso imprescindible para la construcción de diminutas naciones irrelevantes en el contexto internacional no sólo por su pequeñez, sino por la renuncia a la herencia hispana, la misma que liga a España con México.
En este contexto político, no es raro contemplar cómo los independentistas periféricos oponen, fingiendo una igualdad de escalas, los términos catalanista o vasquista a uno más general de resonancias negrolegendarias: españolista.
Así pues, todo aquel que defienda la unidad nacional, será tildado de españolista, epíteto casi siempre despectivo, que vendrá a definir posturas habitualmente señaladas como “de derechas”, razón por la cual, algunas facciones separatistas que han dejado atrás sus raíces integristas católicas, verán con aversión al que, no contento con defender la integridad nacional y territorial de España, son además católicos o monárquicos. La situación se complicará sobremanera si se inserta en tan agrio debate el asunto de las culturas. La cultura española, también la hispana, se verán como ajenas a unos proyectos obsesionados con señas de identidad que se alejen al máximo de aquello que nos es común.
Sin embargo, como suele suceder en muchos de los asuntos españoles, las cuestiones acaban agrandándose, desbordando a esta península del sur de Europa. En efecto, en el caso de la palabra españolista, el origen se aleja no sólo del territorio español, sino que también se distancia en el tiempo, siendo así que tiene una antigüedad de casi dos siglos, si nos atenemos a la documentación que este articulista maneja. Una de las primeras referencias del mismo, nos lleva a consultar el número 43 del Registro Oficial del Gobierno de los Estados-Unidos Mexicanos, fechado el jueves 4 de marzo de 1830 y estampado en la Imprenta del Águila de la Ciudad de México. La cita contextual es la que sigue:
«No es posible, dicen esplicarse con mas amargura ni con mayor desprecio de los mexicanos, que lo ha hecho aquí Mr. Poinsset: no puede ocultar sus deseos de venganza, su desprecio por el gobierno, que califica de monarquista, de españolista; y sus anuncios de terribles convulsiones han dado aquí de esa república una idea muy desventajosa».
Nada en este texto nos remite a España, sino a un personaje escrito en la documentación oficial de forma errónea, que respondía al nombre de Joel R. Poinsett, ministro plenipotenciario enviado por los Estados Unidos para tratar de conseguir establecer una serie de acuerdos comerciales tras los que venía incorporado el propósito de implantar el modelo político yanqui. La herramienta para conseguir tales fines fue la constitución de diversas logias masónicas que no sirvieron sino para sembrar cizaña en unos turbulentos años para el México que se acababa de independizar de España, pero que mantenía, como es lógico, un sustrato hispano que ha llegado hasta hoy como núcleo de la forma de ser del mexicano del siglo XXI.
Así pues, y para decepción de aquellos cuyo odio –objetivamente autoodio en virtud de su objetiva pertenencia a España-, manifestado de las formas más inverosímiles, tiene en España, sus símbolos, su nombre y su propia existencia, el blanco de sus acciones, el objetivo queda desviado, pues es evidente que las acusaciones del ministro americano no iban dirigidas a los gachupines, expulsados incluso de México, sino contra grandes áreas y personajes –en especial Lucas Alamán- del México ya independiente que, sin embargo, seguía adscrito en gran medida al Plan de Iguala. Un Plan, que en esencia, era españolista, si entendemos este calificativo como el que designa a unos lazos comunes que hoy siguen existiendo y a la vez distinguiendo lo hispano de lo anglosajón.
El término acusatorio tendrá, por tanto, un viejo origen, y vendrá acompañado de la amargura de ese apóstol de la Doctrina Monroe, del llamado Azote del Continente, cuyas turbias acciones ocultaban un objetivo aún más lesivo para México: la anexión a los Estados Unidos de la hasta entonces mexicana Texas.


Españolistas mexicanos, si nos atenemos a su percepción, expulsaron finalmente al intrigante Ministro. Si la estrategia norteamericana para obtener Texas consistió en ir enviando blancos colonos acompañados de sus esclavos negros –esclavitud abolida por los vecinos del sur-, dos siglos más tarde, con sus espaldas mojadas, los hispanos van poco a poco regresando a lugares cuyos topónimos les son absolutamente familiares.
Iván Vélez



viernes, 28 de octubre de 2011

Cielos de lona para Alicia

Artículo publicado en las páginas 26 y 27 del número del mes de octubre de la revista Junio 7:
http://www.junio7.com.mx/impreso/INTERIOROctubre2011.pdf


Cielos de lona para Alicia

El 15 de mayo de 2011, cristalizó en España un movimiento intencionalmente político  originado en las redes sociales auspiciadas por la tecnología informática. Sus reivindicaciones se resumían en un lema: Democracia Real Ya (DRY), exigencia de un heterodoxo colectivo que pretende poner fin a las derivas de una democracia –la española- que, o se habría desvirtuado o habría nacido muerta. Con las reformas políticas y sociales como protagonistas, DRY ha dejado, al margen de un copioso contingente de asambleas, diálogos y lemas emparentados con el quiasmo, elementos físicos que perduraron en diversos espacios públicos, destacando el de la madrileña Puerta del Sol, lugar en el que, desmontado el campamento inicial, se levantó una bóveda confeccionada con materiales de desecho reciclados. Con la bóveda como protagonista, analizaremos algunas relaciones entre arquitectura efímera y movimientos revolucionarios.

Alberto Araico, diseñador de la bóveda

DRY tiene un texto de referencia, el libro ¡Indignaos!, del francés Esteban Hessel, quien arremete contra una difusa clase política y banquera, amén de exhibir un indisimulado antisemitismo. Sin embargo, más allá de propuestas concretas circunscritas a la escena política española, algunas de las cuales han tratado de internacionalizarse bajo el rótulo Spanish Revolution, DRY ha mostrado hasta qué punto el Pensamiento Alicia asiste de nutrientes ideológicos a numerosos grupos operantes en la España actual, idea por otra parte, la de España, frente a la cual se muestra refractaria una gran parte de tan heterogéneo movimiento. Prueba de ello es que el 15-M, no ha mostrado objeción alguna al retorno a las instituciones de la organización terrorista E.T.A., facción nacionalista custodia de las más rancias esencias del antiespañolismo. Para DRY, atrapada en el fundamentalismo democrático que se aloja en sus propias siglas, todo es posible urnas mediante, pues sus últimos objetivos: «cambiar el mundo», no pueden detenerse en pequeñeces como la Nación Española. DRY, con su henchido de idealismo, cree firmemente que el asamblearismo, asentado en puro voluntarismo, puede subsistir al margen del territorio y los bienes que de él se extraen.
Dadas estas pinceladas en torno a los aspectos ideológicos, pasemos a los tecnológicos. El asentamiento de Sol se basó en una gran red de toldos de plástico tensados con cuerdas, material que nos permite conectar con uno de los inspiradores objetivos, -si tenemos en cuenta que la mayoría de los asentados en Sol eran españoles e incluso alguno, alumno de la Escuela de Arquitectura de Madrid- de este tipo de construcciones realizadas a base de membranas: el arquitecto español José Miguel de Prada Poole (Madrid, 1935), que en la década de los 70 –posterior a las revueltas callejeras del 68- destacó por levantar una serie de construcciones que aplicaban técnicas novedosas mediante materiales derivados del petróleo.
Alejado a menudo de los focos que señalan a los arquitectos mediáticos, pese a ser autor de uno de los principales edificios de la Exposición Universal de Sevilla celebrada en 1992, Prada Poole, de quien el que esto escribe fue alumno, ha seguido desarrollando trabajos, casi siempre de investigación, en torno a arquitecturas que resuelvan el importante problema de una vivienda accesible para el gran público. La arquitectura efímera y modular, es también un campo en el que ha hecho importantes aportaciones.


José María Prada Poole

Pero volvamos a Sol y a las estructuras que han envuelto su pretendida revolución. Cabe cuestionarse si existe una arquitectura para la revolución del mismo modo que la hay para otros fines representativos. Parece oportuno recordar las palabras del crítico de la Arquitectura  Christian Norberg-Schulz: «Durante las grandes épocas del pasado, determinadas formas habían estado reservadas siempre para determinados problemas. Los órdenes clásicos se usaban con cautela fuera de las iglesias y palacios y la cúpula, por ejemplo, tenía una función concreta como símbolo del cielo». De este modo, las lonas y la propia bóveda, que nos remiten a asentamientos de carácter militar, pueden ser percibidas como genuinamente revolucionarias, si bien, su desmantelamiento y la desactivación del propio DRY, parecen mostrar el desvanecimiento de una revolución igualmente efímera.
Con la Puerta del Sol despejada y la fe en un cambio de rumbo político bastante diluida, las alabeadas formas del plástico, evocan otras superficies igualmente significativas. En particular, y tratándose en este caso, de un artículo destinado al público mexicano, la cubierta de la Nueva Basílica de Santa María de Guadalupe, que sustituye a la iglesia barroca original construida en el siglo XVIII por el arquitecto Pedro de Arrieta (¿?–1738), hoy muy castigada por los seísmos. Consagrada el 12 de octubre de 1976, es obra de Pedro Ramírez Vázquez, quien ideó su cubierta como si de un gran manto que protegiera a los fieles se tratase.
Pero ese, es ya otro espiritualismo.

Iván Vélez

miércoles, 5 de octubre de 2011

Ceuta, Melilla y la territorialidad

Publicado en Junio7, septiembre de 2011, págs. 26 y 27.
http://www.junio7.com.mx/impreso/EDICIONIMPRESA.pdf

Ceuta, Melilla y la territorialidad

Un rápido vistazo sobre el mapa de los Estados Unidos de Norteamérica sirve para constatar la ingente presencia de topónimos de raíz hispana. No en vano, lo que hasta hace menos de dos siglos fue Nuevo México, se incorporó a la nación norteña mediante diversas maniobras entre las cuales destaca la marcha hacia el Oeste de un gran volumen de colonos que, por el método de los hechos consumados, de la ocupación del territorio en definitiva, propició la citada incorporación. El desplazamiento poblacional, como es bien sabido, venía auspiciado desde las más altas instancias de una nueva nación que se arrogaba la potestad de poder intervenir en las nuevas y soberanas sociedades políticas que resultaron del desmoronamiento del Imperio español. A principios del siglo XXI, la situación se ha revertido en gran medida, pues ahora son los mexicanos quienes se mueven hacia lugares de resonancias ajenas al mundo anglosajón.

Hacemos notar estos vaivenes fronterizos, porque si lo anteriormente expuesto es perfectamente conocido por el lector de Sonora, es muy probable que este ignore los detalles de otros conflictos de frontera, los que se viven en las tierras españolas situadas en el norte de África.


Las hoy ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, forman parte de la nación histórica española desde hace más de 500 años y constituyen dos visibles notas de color en la cartografía del Atlas, dos puntos que Marruecos pretende disolver e integrar en su territorio mediante una doble estrategia. Por un lado, ambas ciudades han tenido que fortificarse para tratar de contener las oleadas de inmigrantes ilegales que pretenden dejar atrás una vida precaria, circunstancia ante la que Marruecos permanece impasible; y por otro, la nación gobernada por Mohamed VI insiste en tratar de apropiarse de estas ciudades apelando a un argumento muy manido en la política española: la territorialidad.

El asunto migratorio motivado por factores económicos -pues este es el factor mayoritario que empuja a tan peligroso viaje en el caso que nos ocupa- es bien conocido, y sirve a menudo para fomentar un debate ideológico en el cual muchos quedarán alineados bajo el peregrino argumento de que “ningún ser humano es ilegal”, frase que, por muy solemne que pueda sonar, choca con la realidad de que no existen seres humanos desposeídos de atributos entre los que la pertenencia a una nación política resulta imprescindible.

Por lo que concierne al segundo de los asuntos, el de la territorialidad, este se apoya en diversos argumentos. Uno de ellos es de carácter geográfico y aun orográfico. Así es, sobre un mapa extendido, las naciones podrán dibujarse siguiendo una suerte de método fronterizo natural según el cual, como en el caso que venimos  describiendo, no podrán existir posesiones extranjeras “dentro” de un territorio nacional. Esta particular lógica obligaría a España a “devolver” Ceuta y Melilla a Marruecos, aun cuando tal nación no existiera en el momento en que los españoles se hicieron fuertes en tales plazas norteafricanas. Se trata, en suma, de un sistema de resonancias anatómicas, que apela a unas “junturas naturales” que, basadas en accidentes naturales -ríos, mares, cordilleras- serviría para resolver “anomalías” políticas como Ceuta y Melilla.

A la que podemos denominar territorialidad geográfica, se superpone la fundamentada en criterios culturales, pudiendo citarse numerosos casos entre los que se puede destacar, dentro de España, el vasco. Su funcionamiento viene dado por contenidos del Mito de la Cultura, y de forma muy resumida, en Vasconia puede exponerse del siguiente modo: borrando de un plumazo toda la  contribución de los vascos a la Historia universal, pues esta viene aparejada a la Historia de España en su despliegue imperial, el llamado pueblo vasco estaría constituido por un colectivo humano unido en torno a una lengua -el vascuence o euskera- y a una serie de atributos de carácter etnológico.

Tal pueblo, el vasco, compuesto por humildes ganaderos, labriegos o cazadores de ballenas, estaría literalmente cortado en dos debido a la existencia de la frontera existente entre España y Francia, dada en gran medida por la presencia de los Pirineos, insignificante barrera natural en este caso para la existencia de Euskal Herria. Tal argumento histórico-político, dejaría fuera del pueblo vasco a figuras tan destacadas como puedan ser las de Andrés de Urdaneta o a Juan de Zumárraga, quienes nacidos en las provincias vascongadas, desarrollaron gran parte de sus trayectorias vitales, siempre fieles a la causa hispana, en suelo mexicano.

Pese a todo, frente al fuertemente ideologizado debate existente en torno a la territorialidad, se alzan las evidencias de la realidad política. En particular, a quien se halle sometido a tales razones, se le podrá oponer un clásico pasaje de El Quijote: “El discurso de las armas y las letras”. En él, el sediciente caballero, pleno de lucidez, viene a decir que las letras, es decir, las leyes, sólo dejan de ser meros textos cuando el poder de las armas las sostiene y garantizan su cumplimiento. Ceuta y Melilla, independientemente de su ubicación, e incluso de su historia, pertenecen a la Nación española y sus ciudadanos son miembros de pleno derecho de tal realidad política, circunstancias que obligan a los gobernantes españoles a mantener con firmeza sus actuales fronteras, impidiendo que surjan otras de ámbito interno.

Iván Vélez
J7