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sábado, 2 de marzo de 2019

Banderas bicolores sobre lienzo

El Debate 23 de febrero de 2019
https://eldebate.es/politica-de-estado/banderas-bicolores-sobre-lienzo-20190223


Banderas bicolores sobre lienzo

            Hace exactamente siglo y medio, el pintor italiano Achille Battistuzzi terminó su obra Vista de la finca de Manuel Girona a Sarriá, óleo conservado actualmente en el Museo de Historia de Barcelona. Un molino de viento junto a un palacete amansardado, centran la composición en la que un surtidor de agua opera como eje vertical y la montaña de Montjuich como horizonte. Destaca también, en el tercio izquierdo, la presencia de una bandera española que ondea sobre lo que parece un pabellón con cubierta de madera a la orilla de un lago en el navega un pequeño velero. Recién llegado de su Italia natal, el virtuosismo de Battistuzzi llamó la atención de una clientela tan distinguida como Manuel Girona, miembro destacado de una poderosa saga dedicada en origen al negocio textil al que tanto favoreció la llegada del Borbón hoy vilipendiado por gran parte del catalanismo más hispanófobo. La muy catalana institución del hereu favoreció la creciente acumulación de capital familiar que ya en la segunda mitad del XIX había diversificado sus actividades.
            Hombre de gran presencia en la vida financiera, fundador del Banco de Barcelona, el primero del Estado, autorizado en 1844, pero también cultural de la Barcelona de su época, Manuel Girona extendía su poder hasta la capital de España, allí donde tenía gran peso el grupo catalán en el que figuraban apellidos tan sonoros como Güell, Ferrer-Vidal, Serra, Muntadas o Jover. En muchos de aquellos sonoros clanes se apoyaron diversos gobiernos nacionales. En concreto, Manuel Girona y Agrafel, que fue alcalde de su ciudad con la restauración borbónica, ocupó desde 1885 el cargo de senador vitalicio por el Partido Conservador.
            Madrid era, lógicamente, el lugar desde donde se tomaban las decisiones más importantes, incluidas las relacionadas con el Caribe, en las que tantos intereses catalanes estaban en juego, y a las que los Girona no fueron ajenos. Prueba de ello es el hecho de que en 1876, el Banco Hispano Colonial, que Manuel había fundado junto a su hermano Jaime, apoyó económicamente al gobierno conservador con un empréstito para la pacificación de Cuba. Fue en ese contexto bélico de trasfondo económico y arancelario en el cual otros pinceles, los de Ramón Padró, sirvieron para dar forma, en 1872, a otra obra pictórica: «Embarque de los voluntarios catalanes en el puerto de Barcelona». En ella, los muchachos catalanes, el colectivo español más grande que abandonó la península para defender la causa nacional, pero también la del mundo en el que se movió Girona, lucen barretinas coloradas que destacan sobre la vestimenta blanca que abarrota una barca de cuyo mástil cuelga una bandera inequívocamente bicolor. Las dos pinturas se unen a una larga lista en la que destaca la presencia de la señera nacional vinculada a unos catalanes que sólo empezaron a repudiar, en parte, esos colores, muchos años más tarde. Basta citar entre ellas el cuadro del pintor gerundense Francisco Sans Cabot dedicado a la batalla de Tetuán, con Juan Prim como protagonista, o el fresco del pintor barcelonés Eduardo Llorens Masdeu, en el que se plasma el embarque de los voluntarios catalanes para la guerra de Cuba en 1869, que decora el palacio de Sobrellano, en la Comillas en la que nació el mismo Antonio López que, una vez enriquecido en Cuba, se estableció en Barcelona para entablar estrechas relaciones con gentes como Girona. Presente en la vía pública hasta que su estatua fuera mandada retirar por Ada Colau, debido a sus negocios esclavistas, compartidos con gran parte de los hombres que engrandecieron la Ciudad Condal, López, cuyo pecado original fue su origen montañés, ha sido el primero al que se le ha aplicado una damnatio memoriae tan grotesca como esa que ahora ha eliminado la denominación Príncipe de Asturias con el propósito, tan indocto como propio de la Colau, de «desborbonizar» Barcelona, ciudad que pudo desbordar sus murallas gracias, precisamente, a las medidas impulsadas por la acción botifler, dinastía bajo la cual se instituyó la bandera que flameaba en los predios de Girona.

Carta de España a la Provincia de España

Artículo publicado el 9 de febrero en El Debate:
https://eldebate.es/rigor-historico/carta-de-espana-a-la-provincia-espana-20190209


Carta de España a la Provincia España

            El 8 de julio de 2017, Antonio José España Sánchez S. J., fue nombrado Provincial de los jesuitas en España por el venezolano, Arturo Sosa, General de la Compañía de Jesús. España Sánchez sucedía de este modo a Francisco José Ruiz Pérez S. J., que pasó a ser Decano de Teología de la Universidad de Deusto. Pérez, tinerfeño de nación, había accedido a esa dignidad coincidiendo con un cambio trascendental en la Compañía, que el 21 de junio de 2014 integró todas las provincias jesuitas de España en una sola, denominada Provincia de España. La transformación vino determinada, en gran medida, por la creciente falta de vocaciones, que ha reducido a esta organización a un número que apenas supera el millar de integrantes, a los que arropan más de 200 instituciones y miles de colaboradores, necesarios para atender a un más que estimable patrimonio y diversos negocios siempre sujetos a las contingencias terrenales, españolas, en este caso.
            Apenas situado en un cargo en el que deberá permanecer durante seis años, España comenzó su labor poco antes del estallido golpista catalanista, acontecimiento que ha hecho brotar de su pluma dos epístolas. La primera de ellas, cauta ante la tensión reinante, se hizo pública el 11 de octubre de 2017. La segunda, Reflexión en clave de Provincia sobre la cuestión territorial y social de Cataluña, que ve la luz en estos días de mesas de partidos y relatores, acusa en su título la previsible omisión de la palabra «España». La ausencia, en absoluto casual dada la taimada redacción que caracteriza a los seguidores del santo de Loyola, es coherente con la perspectiva paulina que incorpora el Provincial en su misiva, dirigida a sus «compañeros jesuitas y –nótese la observancia de la actual perspectiva de género- amigos y amigas en el Señor». En efecto, don Antonio José, que no emplea el término «nación», cita al de Tarso -«Dios nos reconcilió consigo por medio del Mesías y nos encomendó el ministerio de la reconciliación (2 Cor 5, 19)»-, evitando exhibir su posición respecto un conflicto del que no ofrece referencias políticas concretas. Una vaguedad de corte psicologista le sirve para esquivar cualquier compromiso: existe cierto hastío en «buena parte de España, pero la realidad es que este tema nos afecta a todos y no debería percibirse como algo ajeno».
            Sin embargo, pese a la impronta paulina de la circular y a las maniobras elusivas, el problema nacional -territorial, prefiere el clérigo- no es del todo ajeno a los jesuitas españoles, pues como el mismo España confiesa empleando la más pulcra terminología políticamente correcta, la crisis, por más provincial que se pretenda, preocupa a los religiosos y a su influyente entorno, razón por la cual, desde los sucesos golpistas, llevan debatiendo al respecto: «a lo largo del curso pasado hemos desarrollado en la Provincia algunas experiencias de diálogo entre jesuitas, entre laicos, entre laicos y jesuitas... de distintas percepciones y sensibilidades ante la situación de Cataluña. La metodología utilizada nos ha ayudado a abordar estas cuestiones buscando puntos de encuentro y acogiendo la posición del otro». La evidente ruptura social producida en Cataluña queda de nuevo oculta tras un vocablo que sintoniza con el discurso dominante: «sensibilidades».
            La solución a tan honda crisis estaría, no obstante, ya prevista en la obra de san Ignacio, pues como España se ocupa de recordarnos, en los ejercicios espirituales diseñados por el santo, se abogaba por «ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquiera cómo la entiende, y, si mal la entiende, corríjale con amor [...]». O lo que es lo mismo, los jesuitas apuestan por la vía del diálogo, término que figura hasta en cuatro ocasiones en el documento, junto a otros como los de «pluralidad» o «identidad», incorporados tres veces en la Reflexión, en la que figura esta concepción de «provincia» que tan bien se solapa a la idea de España manejada por la clase política del Estado de las Autonomía: «Como Provincia, hemos de seguir tomando conciencia de la enorme pluralidad histórica, cultural, lingüística e identitaria que tenemos. Eso no debería ser percibido como una amenaza sino como una gran riqueza, y cada uno ha de ser respetado profundamente en lo referente a su identidad o identidades». Una apelación, la identitaria, que ha operado a favor del encapsulamiento eusquérico o catalanista de muchos miembros de la babelizada Compañía. En este, como en otros ámbitos de nuestra vida política y económica, las lenguas se alzan como verdaderas fronteras que, en el caso jesuítico, comprometen seriamente la movilidad de un colectivo menguante. En el pecado particularista lleva la penitencia la Provincia de los jesuitas en España.
            Tras este ejercicio de funambulismo, subyace el habitual cálculo de una organización en la cual han militado hombres de trayectorias tan ajustadas a los tiempos como la del padre Llanos, confesor de Franco primero y vecino del Pozo del Tío Raimundo después. Conviene, pues, estar atento a la entrega de nuevas reflexiones, pues no ha de olvidarse que en los lejanos años sesenta, fueron los jesuitas quienes reclamaron iglesias indígenas (sic), que se vieron acompañadas de hachas y serpientes, y que en sus ambientes educativos se fraguaron relevantes personalidades deslumbradas por las culturas españolas, coartada perfecta para la fragua de la actual realidad territorial. Hoy, los efectos distáxicos de aquella ideología posconciliar se hacen evidentes y, por más que el padre España se reafirme en que la misión de su Compañía es «la de crear una sociedad más justa, más fraterna y más evangélica», incluso la integridad de la Provincia, comienza a verse comprometida.

Ochenta años después de la muerte de Machado

Artículo publicado el 17 de febrero de 2019 en El Debate:
https://eldebate.es/rigor-historico/ochenta-anos-despues-de-la-muerte-de-machado-20190216


Ochenta años después de la muerte de Machado

            La polémica suscitada por la deficiente actividad conmemorativa en relación a hechos históricos tan relevantes como el quingentésimo aniversario de la llegada de Cortés a México o el de la primera circunnavegación, unida a la inestable situación política en la que queda España después de que parte de los separatistas que habían aupado al poder a Pedro Sánchez le retiraran su apoyo, determinando la convocatoria de elecciones generales, dejarán en segundo plano otros aniversarios que en su día tuvieron gran relevancia. Entre ellos destaca el octogésimo aniversario de la muerte de Antonio Machado, ocurrida el 22 de febrero de 1939.
            Diez años después de que el escritor adquiriera forma cadavérica, Machado comenzó a ser homenajeado por distintos grupos ideológicos. En 1949 Cuadernos Hispanoamericanos, revista dirigida por Pedro Laín dependiente del Instituto de Cultura Hispánica, le dedicó un número monográfico en el que al sevillano se le limaron las aristas ideológicas para presentarlo como un poeta popular.
            Un lustro después, en febrero de 1954, en Madrid se celebraron los encuentros «Entre la poesía y la Universidad», tras los cuales estaba Enrique Múgica. Fuera de España, el poeta continuaba siendo una referencia para las izquierdas definidas de la época, especialmente para los comunistas, activos en su exilio o la clandestinidad. De hecho, el PCE incluyó al poeta en su «Mensaje del PCE a los intelectuales patriotas», fechado en abril de 1954, un año después de los acuerdos entre España y los Estados Unidos, del cual extractamos este pasaje:

          «Las hiperbólicas alabanzas al honor de la bandera no pueden ocultar la tragedia nacional que significa ese acto de compra y venta de España, entre los yanquis y franquistas.
          Ello viene a dar razón, una vez más, a Antonio Machado, quien decía que los señoritos –y el franquismo representa un señoritismo de la peor especie– invocan la patria para venderla.
          […] Pero el Partido Comunista de España, el Partido de Miguel Hernández, el partido junto al cual transcurrieron los últimos años de vida y de trabajo de Antonio Machado; el Partido de Pablo Picasso tiene derecho a pedir a los intelectuales, incluso a los más alejados de su política, que traten de conocerle tal cual es, objetivamente, a través de su propia ideología, de sus propios principios y objetivos, y no a través de la pintura grosera que de ellos hace el franquismo, enemigo del pueblo y enemigo de la intelectualidad. Semejante conocimiento objetivo, incluso si no implica la adhesión a nuestras ideas, sólo puede facilitar el establecimiento de un frente de lucha común contra los enemigos de nuestra Patria, los imperialistas yanquis y sus perros franquistas.»
           
            Al Mensaje del PCE le siguió, en febrero de 1955, el artículo de Rafael Alberti, «Retorno de Antonio Machado», que vio la luz en el semanario Les Lettres Francaises.
            El vigésimo aniversario de la muerte de Machado, abrió el abanico laudatorio. En 1959, se celebraron dos homenajes, uno en la Segovia en la que dio clases don Antonio, y otro en el Collioure en el que le sorprendió la muerte. El primero de ellos se apoyó en un manifiesto firmado por Ramón Menéndez Pidal, director de la Academia de la Lengua, a cuyo nombre acompañaban los de Gregorio Marañón, Pérez de Ayala, Teófilo Hernando, Joaquín Garrigues, Gabriel Celaya, Lauro Olmo, Buero Vallejo, Julián Marías, Dionisio Ridruejo, Pedro Laín, Aranguren, Alfonso Sastre, Raúl Morodo, Moreno Galván y Luis Felipe Vivanco entre otros.
            En cuanto al homenaje de Collioure, alentado por el PCE, contó con un comité de honor integrado, entre otros, por Louis Aragon, Jean Paul Sartre, Marguerite Duras, Simone de Beauvoir, Raymond Queneau y Pablo Picasso, autor de un dibujo realizado para la ocasión. A la cita se adhirieron: Menéndez Pidal, Gregorio Marañón, Gonzalo Lafora, Teófilo Hernando, Manuel Aleixandre, Dámaso Alonso, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Eugenio de Nora, Ridruejo, Pedro Laín, Joaquín Garrigues, Valentín Andrés Álvarez, Gallego Díaz, Montero Díaz, Rafael Lapesa, Julián Marías, Cela, Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre, Buero Vallejo, José Herrera Petere, Rafael Alberti, Max Aub, Léon Felipe, Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga.
            Más allá de estos actos, a los que hay que sumar el organizado por La Sorbona, en el que participó Marcel Bataillon, el aniversario tuvo una amplia repercusión en las publicaciones de la época. Por citar algunas revistas, podemos referirnos a Acento Cultural vinculada al SEU, así como a Praxis, Cuadernos de Arte y Pensamiento, Caracola o Ínsula.
            Como es sabido, la poesía de Machado sirvió durante décadas como fondo lírico para muchas de las reivindicaciones de la así llamada «izquierda española». Hoy, estas facciones parecen haber abandonado a aquel hombre que en 1909 se casó con Leonor Izquierdo poco después de que esta, hija de un sargento de la guardia civil, cumpliera los quince años.


Cortés ante las Cortes

Artículo publicado el 2 de febrero de 2019 en El Debate:
https://eldebate.es/rigor-historico/cortes-ante-los-cortes-20190202


Cortés ante las Cortes

            El primer documento que recibió el registro del Congreso de los Diputados el pasado lunes fue una Proposición no de Ley en la que se solicitaba al Gobierno la inclusión, dentro de la agenda del Ministerio de Cultura, de la conmemoración del V centenario de la llegada de Hernán Cortés a lo que hoy es México. El impulsor de la iniciativa, impulsada por el grupo parlamentario Ciudadanos, fue Guillermo Díaz Gómez, diputado por Málaga que en su labor parlamentaria se ha distinguido por desmontar las patrañas históricas de las que suelen hacer uso, sin asomo de rubor, los diputados que han accedido al edificio custodiado por los leones –tradicional símbolo hispano- que dan forma al bronce de los cañones incautados en la batalla de Wad-Ras, encuadrados en partidos cuyo fin último es la destrucción de la nación española.
            La propuesta de Díaz suponía la reacción a las manifestaciones del ministro José Guirao, que la semana anterior apenas pudo balbucear un, «es que allí ese tema es complicado», como respuesta a la pregunta por la ausencia de fastos cortesianos en la agenda internacional impulsada por su cartera. Hemos de comenzar por reconocerle a Guirao cierta razón pues, en efecto, Cortés no es en absoluto un tema sencillo. Sin embargo, reconociendo la dificultad a la que se enfrenta el sucesor de Màxim Huerta, cabría esperar de él un mayor desarrollo, una aclaración de cuáles son esas complicaciones que han llevado a total omisión de las conmemoraciones que ahora Díaz pretende promover, si consigue que la comisión de Cultura ponga en marcha un debate y una votación que, de prosperar, obligaría a que el Parlamento instara al Gobierno a activar una serie de actos en recuerdo de lo ocurrido hace quinientos años al otro lado del Atlántico. De salir airosa de tan tortuoso camino, la Proposición permitiría comprobar una vez más hasta qué punto amplios sectores de la partitocracia española acusan una patológica fascinación por los tópicos propios de la leyenda negra, que tiene en Cortés a una de sus figuras más representativas, pues no en vano las acciones que el de Medellín lideró en la primavera de 1519, terminaron por dar lugar a la primera gran expansión continental del Imperio español, categoría esta, la de «imperio», que constituye un verdadero tabú para muchas de la señorías que, ayunas de un filosofía de la Historia capaz de clasificar las diversas especies de imperio, huyen de la pronunciación de la palabra, si no es usada con un tono despectivo. Razones son esas, tal nos parece, las que llevan a Guirao a esquivar unos actos que podrían a desfilar las ideas de genocidio, de prisión de naciones y otros lemas similares que regresan puntualmente cada 12 de octubre en todo el orbe hispano o cada 2 de enero en Granada. Si para muchos, empezando por los socios podemitas de Sánchez, el antaño llamado Día de la Raza, resulta ser una fecha en la que no hay «nada que celebrar», nada de laudatorio podría venir aparejado a la hispánica figura de Hernán Cortés que, cinco años después de la conquista de México, escribía en estos leales términos al Emperador Carlos: «deseando que Vuestra Majestad sea muy cierto de mi limpieza y fidelidad en su real servicio, teniéndolo por principal».
            Conscientes del contexto ideológico en el que llega el V centenario, y aunque solo sea por el hecho de que los restos óseos de Cortés se volvieron a localizar en 1946 gracias, entre otros, a las acciones del cortesiófilo socialista monárquico Indalecio Prieto, destacado miembro del exilio español de posguerra para el que sí hay recursos en el Ministerio, nos permitiremos esbozar en esta breve pieza algunos argumentos que pudieran operar a favor de la celebración del olvidado aniversario.
            Como suele ocurrir con los hombres cuyas acciones han resultado trascendentes histórica y políticamente, la figura de Cortés fue adoptando los perfiles característicos del mito con el paso del tiempo. El propio conquistador, que manejó con soltura la pluma para dotarse de una coraza legal que otorgara legitimidad a sus acciones, fue el que, por su mano, comenzó a dar las primeras trazas de su personaje en las Cartas de Relación que envió a Carlos I. En ellas, al margen de sus intereses personales, se percibe hasta qué punto sus acciones trataron de trasplantar a la no en vano llamada Nueva España, las instituciones peninsulares, incompatibles con muchas de las que caracterizaban al imperio señoreado por un Moctezuma que cierta historiografía se ha empeñado en presentar como un gobernante pusilánime que oculta la realidad de un hombre que accedió a tan distinguida posición gracias, en gran medida, a su rigor militar.
            Más allá de los mitos individualistas y del indiscutible talento, probablemente más diplomático que bélico, de Cortés, tanto él como la compañía que en gran parte lo construyó en las playas veracruzanas, demuestran hasta qué punto la idea de unos bárbaros barbudos llegados a aquel territorio movidos por la codicia, no deja de ser una burda caricatura, pues aquellos hombres, de distinta extracción social, de diferentes linajes y formación, fueron coetáneos de otros a los que el Gobierno ha prestado una tardía atención: los integrantes del viaje de Elcano. Tanto unos como otros manejaban una concepción esférica del mundo, verificada finalmente por el marino de Guetaria, que corrió pareja al desbordamiento peninsular que se topó con el inesperado Nuevo Mundo, una tierra que resultó ser un continente interpuesto ante Las Indias a las que Cortés tuvo intención de llegar. La Instrucción que el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, le dio antes de abandonar la isla, acariciaba la posibilidad del encuentro de un paso que diera acceso al Mar del Sur, es decir, al Pacífico descubierto por Núñez de Balboa. Durante toda su vida, Cortés trató en vano de hallarlo. Todavía en su Quinta Carta de Relación, el conquistador mantenía el anhelo de llevar a cabo su primer plan: «Y si Vuestra Majestad fuere servido de me mandar conceder las mercedes que en cierta capitulación envié a suplicar se me hiciesen cerca deste descubrimiento, yo me ofresco a descubrir por aquí toda la Especería y otras islas si hobiere cerca de Maluco y Melaca y la China…». Aquel permiso nunca llegó y Cortés hubo de conformarse con dar apoyo a otras empresas impulsadas por una Corona, la española, a la cual se le había concedido el Real Patronato de Indias. La concesión, hecha por el Papa Alejandro VI, sirvió para que los monarcas españoles atesoraran, además de su poder político, una gran autoridad sobre los religiosos.
            La espada y la cruz se solaparon en el Nuevo Mundo, y no cabe duda de que tal simbiosis constituye uno de los obstáculos insalvables para los sectores más groseramente anticlericales de la sociedad española, incapaz de prescindir del presentismo con el que aborda lo ocurrido hace siglos, razón por la cual no puede concebir exhortaciones como las que Cortés introdujo en las Ordenanzas dictadas en Tlaxcala, que comenzaban por señalar el principal objetivo de sus acciones: «aparatar y desarraigar de las dichas idolatrías a todos los naturales destas partes y reducillos, o al menos desear su salvación, e que sean reducidos al conocimiento de Dios y de su santa fe católica; porque si con otra intención se hiciese la dicha guerra, sería injusta y todo lo que en ella se oviese obnoxio e obligado a restitución». Más allá de la natural visión católica de un hombre nacido en la España de 1485, Cortés, he ahí el tema y el problema, constituye un canon en el que confluyen cualidades personales y modelos previos, que determinaron su comparación con héroes de la Antigüedad como Alejandro que a su vez se miraba en el mítico Aquiles.
            Sin embargo, más allá de la ceguedad, por emplear una expresión cortesiana, con la que viven algunos de los frecuentadores del Congreso de los Diputados, fuera de él existe la gente, parte de la cual, cada vez más numerosa, se interesa por un pasado del que somos herederos y que no cabe contemplar con vergüenza, gente como Guillermo Díaz, distinguido miembro de La Escóbula de la Brújula, espacio radiofónico cuyo éxito demuestra que un gran número de compatriotas es capaz de decir España e incluso Cortés.

Feijóo y la regeneración del PP

Artículo publicado el 26 de enero de 2019 en El Debate:
https://eldebate.es/politica-de-estado/feijoo-y-la-regeneracion-del-pp-20190126


Feijóo y la regeneración del PP

            Los personalísimos movimientos producidos en el seno -¿o acaso se trate del núcleo irradiador?- de Podemos, han dejado en un segundo plano lo ocurrido esta semana en el Parlamento gallego, en el que se han vuelto han reclamar más competencias encaminadas al fortalecimiento del autogobierno de Galicia. La petición de sus señorías vendría a dar continuidad al habitual flujo de cesiones que va del gobierno central a las estructuras pseudoestatales que han cristalizado gracias a la Constitución de 1978, la misma que distingue, sin mayores especificaciones -que a buen entendedor…- entre nacionalidades y regiones. Después de una década sin recibir nuevas transferencias, los diputados gallegos han alcanzado una desusada unanimidad para solicitar los traspasos que se consideren «convenientes», bien por mímesis en relación a otras comunidades bien por dar fin a los procesos de cesión ahora en curso.
            El giro que ahora da la partitocracia sentada en el Parlamento de Galicia ha sido posible después del cambio de postura del Partido Popular de Galicia que, en la estela del BNG, se ha sumado a este impulso después del anuncio del calendario de transferencias que recibirá el País Vasco de manos del Gobierno presidido por Pedro Sánchez. Sabedores de la debilidad del doctor madrileño que ahora pernocta en La Moncloa, los tan jesuíticos como tecnocráticos políticos que manejan la cosa pública vasca, concierto económico y coartadas junteras incluidas, se aprestan a recoger 33 nuevas competencias.
            La iniciativa de los nuevos compañeros de viaje de Beiras, tan conectada al movimiento del PNV, remite a lo ocurrido en Cataluña en la última década, tiempo en el que las facciones independentistas allí radicadas se han convertido en la punta de lanza de un movimiento que trata de socavar, y ya ha dado lugar a una grave fractura social interna, la soberanía nacional. El recuerdo de la vieja Galeuscat, en unos momentos en los cuales ha regresado la terminología guerracivilista cultivada al calor de la ideología propia de la Memoria Histórica –«Frente Popular» y «extrema derecha»-, parece inevitable. Sin embargo, el fácil paralelismo, que no es tal si se atienden a las muy diferentes condiciones -¿cómo hablarle de la cuestión agraria a los millenials dedicados a la indagación identitaria?- en las cuales se han configurado unas alianzas que apenas acusan ciertas semejanzas con las fraguadas hace ocho décadas, queda roto por el comportamiento, aparentemente desconcertante, del PPdeG, máxime en un momento en el que Pablo Casado parece decidido a reclamar cierta recentralización de las competencias estatales.
            En efecto, apenas unos días después de que José María Aznar, en el curso de la convención nacional del PP, mostrara públicamente su confianza en Casado, la diputada Paula Prado, compañera de partido de ambos, declaró, sin asomo de rubor, que «Galicia no puede permitir que tras ser perjudicada por los presupuestos del ultraje, encima tengamos que sufrir una marginación mayor en materia de competencias. Galicia tiene los mismos derechos que el País Vasco o Cataluña, por lo que demandamos que se negocie en igualdad de condiciones y al mismo nivel». Las comunidades con las que la Prado compara a su Galicia son reveladoras y muestran hasta qué punto las intenciones mostradas por Casado tendrán que comenzar por doblegar la inercia o, por mejor decir, vicios, de muchos de sus compañeros, rigurosos observantes de la Constitución en lo referido al narcisismo y rapaz oportunismo que se embosca tras el término «nacionalidad».
            Nada es lo que parece en el partido en el que la gaviota resultó ser charrán. El hoy presentado como ogro españolista, el Aznar que hogaño unge a Casado, es el mismo que, incapaz de realizar el menor atisbo de autocrítica, entregó a Pujol la cabeza de Vidal Cuadras, acompañada por las transferencias de tráfico, justicia, educación, agricultura, cultura, farmacias, sanidad, empleo, puertos, medio ambiente, mediación de seguros, política lingüística y vivienda. Y es que, al igual que ocurre con el partido de los círculos y «la gente», hoy en crisis, el que fundara Manuel Fraga Iribarne, verdadero arquitecto de las estructuras protonacionalistas en las que se asienta su delfín Feijóo, demuestra día tras día su talento para cabalgar contradicciones.


sábado, 19 de enero de 2019

Fisuras progresistas

El Debate 19/01/2019:
https://eldebate.es/politica-de-estado/fisuras-progresistas-20190119

Fisuras progresistas

            El pasado jueves, dos noticias sacudieron la actualidad de las principales formaciones políticas españolas que se reclaman «de izquierdas» o «progresistas». Dentro del partido que hace tiempo olvidó los círculos de los que decía proceder, su indiscutido líder, abrumadoramente respaldado por unas recientes votaciones internas, hubo de interrumpir su permiso de paternidad para hacer frente a una crisis desatada por su otrora amigo y compañero de hostigamientos universitarios. En el día en que se cumplían cinco años de la fundación del autodefinido como «partido de la gente», Íñigo Errejón, en una decisión previsible desde que Iglesias le relegara, hizo pública su intención de pugnar por el poder madrileño integrado dentro de las filas de Más Madrid, razón por la cual, quien trocara el póster de Pulp Fiction y la botella de Fairy que formaban parte de su hogar vallecano, por la tinaja y la piscina de un chalet, vulgo casoplón, en la exclusiva zona Galapagar, se apresuró a regresar a la palestra mediática para manifestar, con su habitual sentimentalismo, que tratará de volver a derrotar a Errejón en un escenario más amplio que el de Vistalegre.
            Si esto ha pasado dentro del mundo podemítico, sin que pueda descartarse por completo una escisión por parte de algunos miembros de la corriente anticapitalista o incluso un improbable movimiento dentro de las famélicas filas de Izquierda Unida, el PSOE también vivió una jornada de suave agitación motivada por la votación celebrada en la Asamblea de Extremadura, región que, en una evocación de aquellas Hurdes que dejara en el celuloide Luis Buñuel, ha vuelto recientemente a la actualidad a causa del paupérrimo estado de su red ferroviaria. La iniciativa, que contó con la única oposición de Podemos, partió de las filas del Partido Popular y pedía a Pedro Sánchez la aplicación, con mayor intensión y extensión que la empleada por Rajoy, del artículo 155 de la Constitución en Cataluña. En el escrito sometido a votación, se instaba al control de la televisión pública catalana, en aras de una desusada imparcialidad, pero también la asunción de las competencias de Educación y Seguridad Pública para velar por «los intereses de todos los ciudadanos de Cataluña, entre los que se encuentran miles de extremeños, sin exclusiones ni sectarismos». En este contexto, ha sorprendido la postura del PSOE de Extremadura que, al mostrarse favorable a tales medidas, ha dado la espalda, al menos retórica y mediáticamente al Gobierno socialista a cuya estabilidad contribuye con un puñado de diputados.
            Lo ocurrido en el hemiciclo emeritense se presta, como todo gesto escenificado en un escenario tan distinguido, a interpretaciones sujetas al punto de vista desde el que se aborde el análisis. El primero de ellos nos mantendría en la escala regional, es decir, dentro de la pugna entre dos regiones que acusan los efectos de las enormes asimetrías, todavía insuficientes para los colectivos hispanos e hispanófobos más rapaces, a las que ha conducido el elogiado Estado de las Autonomías. Dicho de otro modo, el Estado autonómico ha comenzado a mostrar el verdadero rostro para la cual fue diseñado, en forma de descarrilamientos, despoblación y cristalización de una ingente masa funcionarial como la que caracteriza a la propia Extremadura. Son precisamente esas desigualdades, palpables cuando se cotejan las vías férreas, las que impulsan quejas como la comentada, que sugieren un enfrentamiento interregional. En definitiva, y este es uno de los efectos más nocivos del actual panorama político, la Extremadura autonómica, que fértil en hombres destacadísimos en la Historia de España, no adquirió en 1978 la viscosa condición de «nacionalidad», pese a contar actualmente con instituciones que replican las de escala nacional, ve cómo el actual Gobierno mercadea con los Presupuestos Generales de Estado para contentar al sector lazi de Cataluña, amplio colectivo especializado en el chantaje al irresponsable Gobierno central de turno.
            La votación de la Asamblea de Extremadura, señala, por lo tanto, al Presidente del Gobierno, el mismo que esta misma semana ha exhibido en Estrasburgo su fe europeísta, y por ende, federalista, estructura que tan bien suena en amplios sectores de nuestra partitocracia. Un Pedro Sánchez que debe su cargo a los sectores a los que trata de contentar con todo tipo de gestos y con una ingente cantidad de dinero que desde la tierra de la Virgen de Guadalupe y de Robe Iniesta, se percibe como la compra de más noches en La Moncloa. El conflicto interregional que ha aflorado en Extremadura, que ha unido a los partidos que hasta la fecha se niegan a aceptar el derecho de autodeterminación, se suma a acuerdos semejantes, como el que hace meses unió a aquellos presidentes autonómicos encargados de gestionar y atender a la célebre España vacía. El hartazgo de muchos españoles que ven cómo tras cada deslealtad se obtienen grandes réditos, empieza incluso a cundir entre quienes nutren las filas de los partidos mayoritarios, las de aquellos que han de atender las necesidades que aquejan a las tierras alejadas de la Carrera de San Jerónimo. La posibilidad de que en una eventual votación los diputados extremeños rompieran la disciplina de voto, solo parece frenarse ante la última frontera del político español: el sectarismo.

Banderita andaluza

El Debate 12/01/2019:
https://eldebate.es/politica-de-estado/banderita-andaluza-20190112


Banderita andaluza

            «Los socialistas en #Andalucía somos la garantía de la igualdad, la justicia social y la defensa de la bandera blanca y verde. Con la fuerza del millón de andaluces que apoyaron al @psoedeandalucia, continuaremos defendiendo los derechos de todos y todas en nuestra tierra». El sol se había puesto el pasado 9 de enero cuando Susana Díaz Pacheco, presidenta de la Junta de Andalucía durante el último lustro, lanzó a twitter tan esperanzador mensaje frente al apocalíptico futuro que, según parece, amenaza a la mayor parte de los andaluces, excepción hecha de los preclaros votantes, un millón, que mantuvieron su fe en la antaño catequista trianera.
            Más allá de la pataleta que puede adivinarse tras el gorjeo de la principal opositora de Pedro Sánchez, papel que acaso comience a quebrarse cuando quede convertida en opositora de Moreno Bonilla, en su tuit destaca la defensa de la bandera blanca y verde que, si hemos de hacer caso a Wikipedia, siempre acompañó a la Díaz, al menos desde aquellas tardes de domingo en las que se sentaba en las gradas del Benito Villamarín. Militante del PSOE desde antes de alcanzar la mayoría de edad, apoyada por la vieja guardia que custodia las añejas esencias del «clan de la tortilla», Susana Díaz, la alternativa más españolista de un partido que en Andalucía ha llegado a ver precedidas sus siglas por un «la» que sugiere unas colocaciones muy diferentes a las que aconsejaba Tierno Galván, no ha dudado en hacer flamear la enseña verdiblanca en lugar de la española. Un cambio textil que, sin duda, busca el enfrenamiento con el verde voxiano y, por ende, con los otros dos partidos que han admitido, de manera desigual, los votos de los de Abascal. Doña Susana, en suma, se nos ha arrancado por autonomías.
            Omnipresentes dentro de las estructuras protoestatales que ha propiciado el desarrollo de la Constitución de 1978, las banderas autonómicas parecen haber existido desde siempre y razones no faltan para creerlo si nos fijamos, por ejemplo, en la de Aragón, región a la que se hurta su condición de «histórica» frente a, por ejemplo, la comunidad catalana, cuyo territorio formó parte de la Corona de Aragón, falseada por los pseudohistoriadores orgánicos subvencionados como Corona Catalanoaragonesa. Sea como fuere, la enseña andaluza no fue una creación posfranquista, pero tampoco un diseño que haya que buscar en la noche de tiempos. En definitiva, si las Vascongadas autonomizadas adoptaron la anglófila bandera confeccionada por los sastres del PNV, la bandera que ahora pretende enarbolar en exclusiva Susana Díaz, tiene también unas manos reconocibles, las de los que participaron en el Congreso de Ronda en 1918.
            Fue el muladí Blas Infante, cuya nueva fe mahomenata fue hecha pública el 15 de septiembre de 1924, quien inspiró un diseño en el que las franjas verdes arrastran el adjetivo «omeya», tonalidad propia de quien se hizo llamar Ahmad, y al que la bala de su fusilamiento en Coria del Río, puso fin a su vida. Los planes califales de Infante, más allá de su realismo, buscaban la vuelta a un pasado idílico, pues el notario rechazaba incluso la idea de la invasión árabe. A su romántico parecer, los refinados árabes habrían poco menos que seducido a los habitantes de la Península y después habrían impuesto su superior civilización frente a la tosquedad visigótica precedente, interpretación esta, combatida entre otros por Serafín Fanjul, que ha tenido diversos cultivadores, desde el falangista Ignacio Olagüe a González Ferrín. El término yihad, es interpretado por quienes se adscriben a esta corriente, como una suerte de lucha interior o esfuerzo.
            Los vínculos de las franjas verdiblancas andaluzas con el islam son inequívocos y dan cuenta de hasta qué punto los movimientos que han dado lugar a nacionalismos fragmentarios, por más que la estrella que algunos insertan en la bandera mentada sea menos refulgente que la comúnmente llamada estelada, hunden sus raíces en contenidos culturales que buscan obsesivamente distanciarse de los que caracterizaron la nación histórica española, de la que no formaron parte los hijos de Alá. Convertida en símbolo omnipresente en la administración construida por una Junta de Andalucía siempre en poder del PSOE que le dio forma, la bandera en la que hoy se envuelve doña Susana parece, no obstante, tener una dimensiones inferiores a las que necesitaría para cubrir lo que se presume como una amplísima red de instituciones muy asentadas en el paisaje andaluz durante las últimas cuatro décadas: los chiringuitos.

El regreso de Nuestro señor el desollado

El Debate 5/01/2019:
https://eldebate.es/soberania/el-regreso-de-nuestro-senor-el-desollado-20190105


El regreso de Nuestro señor el desollado

            En 2015, el hallazgo de los restos del gran tzompantli que acompañaba al Templo Mayor de Tenochtitlan supuso la verificación, por la vía arqueológica, de las crónicas de los españoles, textos que para los cultivadores de la leyenda negra son siempre susceptibles de estar repletos de mentiras y de justificaciones de las acciones –lúbricas, codiciosas, crueles- de los españoles en el Nuevo Mundo. A pesar de la suavidad de su significado –tzompantli quiere decir «estandarte de cabellos»- las estructuras que sobrecogieron a los españoles en su penetración hacia la capital del Imperio mexica, consistían en una suerte de andamios en los quedaban insertadas por sus parietales los cráneos los sacrificados, a los que, después de abrirles el pecho con el filo del sílex, se les extraía el corazón para ofrecer al sol su «vaho». El tzompantli encontrado en la bajo el suelo de la actual calle de Guatemala es el que recogía las calaveras de los sacrificados en honor al dios Huitzilopochtli. Señor de la caza y de la guerra, también llamado «El Colibrí Azul», aquel al que los españoles llamaron Huichilobos era el dios tutelar de los mexicas, que temían un final catastrófico anticipado por vientos, incendios, inundaciones y terremotos que precederían a la llegada de seres monstruosos. Un fin sólo aplazable mediante el constante suministro a los dioses de sangre humana y de ocasionales ofrendas de bellos objetos. La aparición de las reliquias óseas en el subsuelo de la Ciudad de México vino a corroborar lo visto y narrado por los conquistadores hace casi medio mileno.
            El arranque de un año tan importante como 2019, en el que se cumplen quinientos años desde que Cortés y su compañía pisaran las calzadas de Tenochtitlan para ver el rostro de Moctezuma, el huey tlatoani, el hombre que hablaba con los dioses, ha ofrecido ya una noticia que evoca la descrita. Según se ha podido saber por la prensa, un grupo de arqueólogos ha descubierto el primer templo dedicado a Xipe Tótec -«Nuestro señor desollado»- dios vinculado a la fertilidad. Dos cráneos pétreos despellejados y un torso cubierto con la piel de un sacrificado, han aparecido en el Estado de Puebla junto a las ruinas del templo de Ndachjian-Tehuacán, datadas entre los años 1000 y 1260. La aparición de estos vestigios relacionados con Xipe Tótec, constituyen un excelente pretexto para esbozar los perfiles de esta importante deidad del panteón prehispánico, de la que se conservan representaciones en los códices. En ellas vemos una figura que sostiene con una mano un chicahuaztli, es decir, un instrumento parecido a un gran sonajero con el que producía un ruido que evocaba el de la lluvia, mientras en la otra aparece un cuchillo de pedernal ensangrentado. Las dos manos que manejan esos instrumentos no son, sin embargo, las únicas que podemos observar, pues en su figura aparecen otras dos que cuelgan de sus antebrazos. Se trata de las de pertenecientes al pellejo vuelto, con grumos de sangre representados por puntos rojos, de un sacrificado. Tan peculiar como macabra vestimenta se explica por el hecho de que Xipe Tótec representa la renovación, la repetición de los ciclos agrícolas, la muda de piel y pelaje de los animales. Como a menudo ocurre con las deidades adscritas a las religiones secundarias que sucedieron a los animales divinos, que tomaron elementos de estos últimos, los dioses zoomorfos venían acompañados por una fuerte carga alegórica. Ello explica el hecho de que los cueros de los desafortunados que terminaban sus días en la piedra sacrificial, fueran interpretadas como una suerte de hojas secas de una mazorca de maíz que han de retirarse para que la semilla germine.
            La llegada de los españoles, de los cristianos, al Anáhuac, impuso el cese de los martirios  incorporados a las ceremonias religiosas que se desarrollaban en unos templos que, por la costra de sangre que tapizaba sus paredes, recordó a Bernal «los mataderos de Castilla». El sacrificio humano y otras prácticas «contra natura», fueron paulatinamente barridas del virreinato de la Nueva España, para dar paso a un sincretismo aconsejado por la prudencia de unos eclesiásticos que trataron de ir más allá de la iconoclasia. La construcción de iglesias corrió paralela a la ruina de unos templos que muchos hombres, entre ellos Cortés, los consideraban construcciones diabólicas. Prueba de ello son las palabras que Francisco Cervantes de Salazar atribuyó al de Medellín cuando ascendió a la plataforma que coronaba el Templo Mayor. Allí, don Hernando dijo: «Verdaderamente, me da el corazón que desde aquí se han de conquistar grandes reinos y señoríos, porque aquí está la cabeza donde el demonio principalmente tiene su silla».

Centinela contra misioneros

El Debate 29/12/2018:
https://eldebate.es/identidad/centinela-contra-misioneros-20181229


Centinela contra misioneros

            Hace algo más de un mes, la prensa mundial se hizo eco de la muerte de John Allen Chau a manos de los indios flechadores de la isla de Sentinel –Centinela en español-, enclave que constituye una suerte de cápsula del tiempo antropológico en la que viven aislados de todo contacto exterior los descendientes de los primeros humanos que salieron con éxito fuera de África hace aproximadamente 60.000 años. Bajo la coartada profiláctica, Survival International trata de preservar a esta fiera sociedad de una epidemia que pudiera poner fin a un colectivo que sobrevivió a las campañas que diezmaron a numerosas tribus en los tiempos de la ocupación colonial británica. Tal es la fragilidad de los aborígenes que, desde hace un año, el gobierno de la India prohibió, so pena de una condena de prisión de hasta tres años, la toma de fotografías o de vídeos de estos naturales. Sin embargo, la fuerza de tan severa prohibición no fue obstáculo para que el norteamericano Chau, movido por la fe en Jesús, pisara la isla en la que su figura terminó por adoptar los perfiles de un san Sebastián contemporáneo pues, en efecto, al igual que el efébico santo que tantas pasiones ha movido, el joven, de 27 años, cerró su vida protagonizando un martirologio. Asaeteado, su cuerpo cayó sobre la arena de la playa de Sentinel, sin poder siquiera comenzar su apostolado.
            Chau, integrado en All Nations Family, estaba convencido de la inminente segunda llegada de Jesús y, de algún modo, su acción suicida trató de desencadenar la parousía en la que creía firmemente. No en vano, All Nations Family, está adherida al Pacto de Lausanne en el que se afirma: «Creemos que Jesús regresará personal y visiblemente, en poder y gloria, para consumar su salvación y su juicio. Esta promesa de su venida es un estímulo adicional para nuestro evangelismo, porque recordamos sus palabras de que el evangelio debe predicarse primero a todas las naciones». A esta última tarea se aplicó ardorosamente Allen, con el resultado por todos conocido.
            La muerte del misionero de Washington evoca, de algún modo, a Bartolomé de Las Casas, pues el tardío dominico sevillano, inflamado por «la voz que clama en el desierto» de fray Antonio de Montesinos, también trató de mantener a los indios –los del Nuevo Mundo- en una suerte de Edad de Oro, liberándolos de unos penosos trabajos de los que deberían ocuparse los esclavos negros, color de piel, por cierto, de quienes ultimaron a Allen. Imbuido por una armonismo y un pacifismo sin límites, Las Casas, gran proveedor de materia negrolegendaria de los enemigos del Imperio español, obtuvo un permiso para tratar de implantar una nueva sociedad despojada de los vicios asentados en la vieja Europa. El lugar en el que se le permitió implantar su particular visión fue un terreno de unas doscientas lenguas de extensión en la venezolana Cumaná. Allí, su fértil imaginación proyectó la creación de una nueva orden militar compuesta por caballeros de espuelas doradas. Sustentado por misioneros, el experimento, sin embargo, fracasó estrepitosamente.
            Aquel revés no arredró a Las Casas, quien, a partir de 1537 puso en marcha otra experiencia parecida: la de la Vera Paz, con similar final, pues los indios lacandones, lejos de ser los mansos corderos de los que hablaba en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, acabaron con la vida de algunos misioneros y se resistieron a abandonar la idolatría y otras prácticas bárbaras. Años más tarde, los discípulos del Obispo de Chiapas impulsaron un nuevo ensayo. El encargado de llevarlo a cabo fue su compañero de orden Luis de Cáncer que, en 1549, encabezó una expedición a La Florida en la que encontró la muerte a manos de aquellos a los que pretendía hacer llegar la fe católica.
            Con vidas en cierto modo paralelas, los trágicos finales de Cáncer y Allen nos recuerdan que la cruz siempre necesitó del respaldo, más o menos explícito, de la espada.

La cara tostadita de la Navidad

El Debate 22/12/2018
https://eldebate.es/crisis-de-valores/la-cara-tostadita-de-la-navidad-20181222


La cara tostadita de la Navidad

Si la Virgen fuera andina
y san José de los llanos
el Niño Jesús sería
un niño venezolano.

Tendría los ojos negritos
quién sabe si aguarapados
y la cara tostadita
del sol de por estos lados.

Él crecería en la montaña
cabalgaría por los llanos
cantándole a las estrellas
con su cuatrico en la mano.

            Este y otros muchos villancicos compuestos en Hispanoamérica, dan cuenta de los ajustes y contextualizaciones realizados por la Iglesia Católica después de su desembarco en un Nuevo Mundo que no había recibido la palabra de Dios… o que la había recibido en un tiempo tan remoto que las tinieblas heréticas con que se toparon los clérigos hispanos habían conseguido distorsionar hasta hacerla irreconocible. En efecto, cuando los primeros religiosos pisaron Tierra Firme hubieron de enfrentarse a una realidad incompatible con el canon católico. La idolatría y una serie de crímenes «contra natura», debían ser erradicados, sin bien, el método más eficaz para alcanzar tal objetivo, fue materia de discusión. La conquista debía tener una dimensión política –«Por Dios hacia el Imperio»-, pero también religiosa –«Por el Imperio hacia Dios»- y fue ese complicado equilibrio el que marcó, con diferentes intereses y diversos grupos humanos involucrados, el tiempo abierto desde el momento en el que un navegante genovés echó sus anclas en un archipiélago que constituyó la antesala de un continente inesperado.
            Los retos que planteaba aquella realidad eran enormes, comenzando por la circunstancia de que la palabra divina debía ser comunicada de algún modo inteligible a unos naturales que no sólo desconocían a Nebrija, sino que, además, carecían de unas coordenadas ontológicas capaces de asumir dogmas como el de la Santísima Trinidad. La lengua –castellana- era compañera del Imperio, si bien existían objetivos menos temporales que los representados por la espada: los de la cruz. Ello determinó que los hombres dedicados al cultivo de la esfera espiritual optaran a menudo por el latín y las lenguas indígenas, en detrimento de la lengua empleada por los oficiales de la Corona. El resultado fue la confección de vocabularios, gramáticas y catecismos apoyados precisamente en la obra y metodología de Nebrija. La lingüística misionera española supone una obra monumental, que sirvió, en suma, para salvaguardar numerosas lenguas ágrafas.
            Si la necesidad de buscar un vehículo lingüístico para trasmitir la fe católica a los naturales provocó estos efectos, el traslado de devociones produjo otros no menos interesantes, entre los que destacan los vinculados a la implantación de los cultos marianos. Sirva como ejemplo lo ocurrido después de la catastrófica Noche Triste. Durante aquella jornada, Juan Rodríguez Villafuerte, que había pasado desde Las Antillas acompañado por una imagen de la Virgen de los Remedios regalada por su hermano agustino, la depositó entre unas piedras. Tiempo después, aquella Señora, que había cegado con puñados de tierra a los gentiles mexicas para favorecer a los católicos, fue hallada por el indio don Juan, cacique noble cristianizado. El hallazgo dio pie para levantar un templo que gozó de gran popularidad, aunque, naturalmente, muy inferior a la que concitó el Tepeyac, lugar donde hoy se concentra el culto a la Virgen de Guadalupe, emblema mexicano que desborda los predios de la fe, pues no ha de olvidarse que la Guadalupana ondeó en el estandarte bajo el que lanzó su grito Miguel Hidalgo y Costilla en la iglesia de Atotonilco.
            Casi como un preámbulo navideño, el doce de diciembre de 1531, diez años después de la pacificación de la ciudad de México, Juan Diego Cuauhtlatoatzin, que había experimentado hasta cuatro mariofonías, se presentó como embajador de la virgen ante el obispo Zumárraga, que pudo ver la imagen divina sobre la tilma del piadoso indio. Impresionado por aquel suceso, el prelado autorizó la erección de un lugar de culto para una virgen que en España contaba con un santuario de enorme importancia. Si en Extremadura se adoraba a una pequeña y oscura virgen sedente de estilo románico, en la Nueva España, la Virgen de Guadalupe, se mantiene sobre las fibras de agave, mostrando el mundo un rostro moreno, espejo del mayor logro del Imperio español, el mestizaje –«la cara tostadita»- al que se alude en el villancico que abre esta pieza.

Zaragoza 1118, nueve siglos de su toma

El Debate 15/12/2018:
https://eldebate.es/rigor-historico/zaragoza-1118-nueve-siglos-de-su-toma-20181215


Zaragoza 1118, nueve siglos de su toma

            El próximo 18 de diciembre se cumplirán nueve siglos desde que Alfonso I, el Batallador, conquistara la ciudad de Zaragoza. La vieja Caesar Augusta, en poder de los almorávides, por fin caía del lado cristiano después de haber resistido a las campañas encabezadas por Alfonso VI de León en 1086 o Sancho Ramírez de Aragón en 1091. A pesar de la resistencia de la ciudad, desde Huesca y Barbastro, el reino aragonés se había expandido sobre la taifa que ocupaba el valle del Ebro. Fue en ese contexto en el que el término «extrematura» comenzó a sustituirse por otro de carácter bélico: «frontera». Tal y como demostró Pablo Dorronzoro Ramírez, a finales de su reinado, en 1059, el primer monarca aragonés, Ramiro I, ya empleó tal vocablo.
            Junto al poder ostentado por los sucesores de Ramiro I, la corona aragonesa creció fuertemente vinculada al poder eclesiástico, a sus obispos, pero también a Roma, por su condición reino vasallo, circunstancia que la distingue de los reinos castellanos y leoneses. No hemos de olvidar que la invención del sepulcro de Santiago por parte de Alfonso II, el Casto, y el obispo Teodomiro, sirvió para tomar distancias con el Papado. Distancias que, con Bernardo del Carpio como elemento principal, también se marcaron con respecto a Francia. La menor entidad del reino aragonés determinó que los obispos participaran en unas campañas militares que tenían carácter de cruzada. La misma conquista de Zaragoza se impulsó después de un concilio celebrado en la primavera de 1118 en Toulouse, que otorgó honores de cruzada a una campaña en la cual se integraron numerosos franceses, algunos de ellos, presentes en la Cruzada de Jerusalén de 1099. En apoyo del contingente militar, desde Roma llegó la indulgencia papal concedida por Gelasio II en diciembre de 1118. Si el factor religioso fue determinante en la configuración de la tropa, años antes lo había sido en la formación del propio Alfonso Sánchez, que fue tutelado en Jaca por Esteban de Huesca, obispo de la sede catedralicia jacetana desde 1099.
            Habitada por 25.000 almas, Zaragoza, dominada por el poder almorávide, sintió el vacío que dejó la muerte, en 1116, de su último gobernante africano, Ibn Tífilwít. Su fallecimiento precipitó la reacción cristiana. El asedio, en el que participaron, aragoneses, franceses, castellanos, navarros y catalanes, comenzó en mayo de 1118, antes incluso, de la llegada de Alfonso I desde Castilla. La razón de la inicial ausencia del rey aragonés hemos de buscarla en su matrimonio con Urraca I de León. Fue este enlace el que permitió que Alfonso se hiciera llamar, entre 1109 y 1127, «emperador de León y rey de toda España» o «emperador de todas las Españas». En las capitulaciones de esponsales, Urraca y Alfonso acordaron designarse recíprocamente en soberana potestas en las posesiones del otro, circunstancia que de algún modo anticipa lo ocurrido con el matrimonio de los Reyes Católicos. El pacto nupcial también incluyó que si el matrimonio tenía descendencia, el hijo sería el heredero y relegaría al primogénito del matrimonio de Urraca con Raimundo de Borgoña, Alfonso Raimúndez, que perdería sus derechos al trono de León. Entre los contrarios a estos acuerdos destacaron los nobles gallegos, encabezados por el Obispo de Santiago de Compostela, Diego Gelmírez, partidarios del infante Alfonso Raimúndez, que finalmente ocupó el trono de los reinos de León y Castilla y pasó a la Historia como Alfonso VII, el Emperador, dando continuidad a la condición, en absoluto psicologista, de su padrastro. Como demuestra la continuidad del título, la carga imperial, cayó siempre del lado castellano-leonés. En efecto, el 26 de mayo de 1135, Alfonso, hijo de Urraca, se hizo coronar en la Catedral de León ​como Imperator totius Hispaniae. La ceremonia la ofició el obispo Arriano ante el enviado del papa Inocencio II. Durante la misma, el emperador recibió el homenaje de su cuñado Ramón IV, conde de Barcelona, de su primo, el rey García Ramírez de Pamplona, del conde de Tolosa, de los embajadores de Gascuña, del señor de Montpelier, e incluso de algunos caudillos musulmanes.
            Hechas estas consideraciones, es preciso regresar al cerco de Zaragoza. En ayuda de sus compañeros de fe, numerosas fuerzas almorávides acudieron a la ciudad ribereña del Ebro. Sin embargo, el gobernador granadino, Abd Allah ibn Mazdali, principal apoyo de los asediados, falleció el 16 de noviembre. Su muerte decanto la balanza hacia el lado cristiano, cuyas filas habían sido abandonadas por algunos señores franceses, cuyo hueco fue cubierto por mendigos a los que el obispo Esteban entregó sus tesoros. Rendida por el hambre, Zaragoza quedó en poder de los cristianos el 18 de diciembre de 1118. En las capitulaciones se dio a los musulmanes un plazo de un año para abandonar la ciudad e instalarse extramuros, donde podrían seguir practicando su religión.
            La victoria reforzó al rey batallador que, un año más tarde, conquistó Tudela y Tarazona. Con la incorporación de estas plazas, la ciudad de Jaca perdió importancia política. Muerta Urraca sin más descendencia que su primogénito, este ocupó el trono heredado de su madre después de la firma del pacto de Támara. A partir de 1127, el aragonés Alfonso dejó de emplear el rótulo imperial para usar el lema Regnante Adefonsus, Dei gratia rex. A su muerte en 1134, Alfonso I de Aragón legó sus reinos a las órdenes militares. Sus deseos, sin embargo, no fueron aceptados por la nobleza, que eligió a su hermano Ramiro II el Monje en Aragón y a García Ramírez el Restaurador en Navarra. Disuelta la posibilidad unificadora con la anulación de su matrimonio, su propio reino quedó también dividido.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Los artistas del hambre

Artículo publicado el 8 de diciembre de 2018 en El Debate:
https://eldebate.es/separatismo/los-artistas-del-hambre-20181208


Los artistas del hambre

            Hace una semana, los reclusos Joaquim Forn, Jordi Sánchez, Jordi Turull y Josep Rull, privilegiados internos del frecuentadísimo centro penitenciario de Lledoners, dijeron haber comenzado una huelga de hambre con el fin de presionar al Tribunal Constitucional, al que acusan de carecer de «garantías democráticas». Fracasado en sus reiterados intentos de hacer valer los recursos con los que han tratado de evitar un enrejado futuro, el trío sedicioso pretende ahora buscar el amparo del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. Sabedores de que el hombre al que han hecho Presidente del Gobierno poco más puede hacer para evitar una sentencia condenatoria, la estrategia de los presos trata de desarrollarse en un terreno de fuerte impregnación ética que presupone cierta abstracción política, pues el adjetivo «humano» tiende a borrar las líneas trazadas sobre el globo a las que los citados tratan de añadir una más. Nada hay que objetar al deseo, siempre comprensible, de todo preso que anhela pasear por paisajes más atractivos que el del patio de la cárcel. De hecho, y por lo que a delincuentes catalanes se refiere, Juan José Moreno Cuenca, el Vaquilla, se hizo famoso por organizar motines que solían cesar con ciertas dosis de opiáceos inyectables. Lustros después de la muerte del popular Vaquilla, sus solemnes sucesores en los ambientes carcelarios, tratan de llamar la atención de la prensa con una vieja maniobra: la del ayuno.
            Según se ha podido saber, días después del anuncio de esta iniciativa, los ardorosos defensores de la causa golpista fueron capaces de sustraerse al tentador aroma del pollo y los canelones que la prisión dirigida por Paula Montero había incluido en el menú. Sin embargo, y pesar de la filtración de una foto en la que aparecía el colectivo que en unos meses deberá enfrentarse a gravísimas acusaciones, el resultado de esta efectista medida no está dando los frutos deseados. La prensa se ha hecho escaso eco de la maniobra del trío lazi y acaso ese sea el motivo por el cual, el supremacista Torra haya anunciado un tímido ayuno-dieta prenavideño de 48 horas, con el que hará visible su sacrificio. La estrategia de Torra trata de dar continuidad al encierro y dieta prenavideña de 24 horas sostenida por los Capuchinos de Sarriá, a la que se han sumado diputados de JxCAT, ERC y la CUP, siempre prestos a arrimar el hombro en toda iniciativa hispanófoba que sea digna de tal nombre. Como si de una cuaresma separatista se tratara, los capuchinos pretenden que la grey entre la que distribuyen un pasto espiritual de inequívocos perfiles secesionistas, ayune cada viernes en apoyo de la huelga de hambre que se mantiene, al parecer, en la prisión barcelonesa. Clericales meritorios de la causa catalanista, los miembros de la plataforma Capellans.cat, también prevén hacer actos de «reflexión, meditación y oración» bajo el título «Espiritualidad y solidaridad con los políticos catalanes en huelga de hambre».
            Pese a todos los aspavientos hechos por los hombres de la corbata, la capucha antisistema y la ropa talar, la presunta huelga de Forn, Sánchez, Turull y Rull, que tanto recuerda a la peculiar dieta a la que se sometió el etarra De Juana Chaos, está encontrando un escaso eco en la prensa no subvencionada por la Generalidad. Cada vez más olvidados por los medios de ámbito nacional, los políticos presos, a pesar de los guiños que reciben desde las televisiones afectas, comienzan a diluirse de un modo parecido al del pícaro y vividor Puigdemont. Empresas que deben cuadrar sus balanzas fiscales, los grupos mediáticos, a pesar de sostenerse en una publicidad que a menudo está vinculada a la parcelación mercantil hispana, son conscientes de que existe cierto hastío en relación a unos sujetos que, después de fracasar en el intento de arrebatar una región al resto de sus compatriotas, escenifican un pueril victimismo. El nuevo numerito resulta, no obstante, de agradecer, aunque sólo sea porque puede servir para releer aquel relato escrito por Kafka en 1922. Su título era Un artista del hambre, y en él, el escritor narró el fin de un ayunador circense dedicado a un espectáculo que ya había perdido interés para el público. Después de que el ayunador expirara, el inspector con el que había mantenido su última conversación ordenó que se enterrara su sucinto cuerpo y se limpiara la jaula en la que se exhibía. Poco después, una joven pantera ocupó el lugar del ayunador. Establezca el lector las analogías oportunas.

El árbol de la Noche Triste. Un monumento vegetal

Artículo publicado el 1 de diciembre de 2018 en El Debate:
https://eldebate.es/rigor-historico/el-arbol-de-la-noche-triste-un-monumento-vegetal-20181201


El árbol de la Noche Triste. Un monumento vegetal

            Muerto a causa de la epidemia que asoló la asediada Tenochtitlan, el tlatoani Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma, cuenta con una estatua monumental en la Ciudad de México. Su sucesor, Cuauhtémoc, ejecutado en Las Hibueras y protagonista de diversas escenas de tintes románticos, da forma a un bronce desde que, en 1887, en pleno porfiriato, fue situado sobre tres cuerpos piramidales de piedra volcánica y mármol. La leyenda, «A la memoria de Quauhtémoc y de los guerreros que combatieron heroicamente en defensa de su patria», completa el conjunto. A diferencia de los tlatoanis mentados, Moctezuma y Cortés han tenido menos suerte en el espacio público. El primero es considerado un hombre pusilánime que se entregó a los españoles, mientras el segundo sigue revestido por los más burdos ropajes negrolegendarios.
            A pesar de que autores mexicanos como José Vasconcelos o Juan Miralles calificaron a Hernán Cortés como padre o «inventor» de México, ciertos sectores ideológicos siguen confundiendo el Imperio mexica con un México, el actual, heredero del Virreinato implantado después de la conquista encabezada por el iconográficamente desaparecido Cortés. La sinécdoque, siempre apoyada por cierto indigenismo arcádico, favorece una visión histórica de México teñida de esencialismo, similar a la de algunos ambientes patrios que cultivan la idea de la España eterna. En ese contexto, y en consonancia con su papel popular, el del malvado español que irrumpe en la límpida civilización mexica, Cortés sigue confinando escultóricamente en el hospital de Jesús que él mismo fundó y que hoy sigue funcionando. Un busto obra del dieciochesco Manuel Tolsá y una sencilla placa de bronce colocada en un lateral del altar de la iglesia que forma parte del complejo hospitalario, son todos los elementos monumentales que el visitante, tras algunos esfuerzos, puede contemplar en la que fuera capital de la Nueva España. Atrás quedaron algunos intentos laudatorios, como el llevado a cabo en 1982, cuando la estatua que se erigió en Coyoacán hubo de ser retirada ante las airadas protestas del ofendido vulgo.
            Si esta es la situación en México, al otro lado del charco, Atahualpa y Moctezuma cuentan desde el reinado de Fernando VI con sendas estatuas en la fachada del Palacio Real de Madrid. Integrados dentro del conjunto de reyes hispanos, su presencia responde a un deseo integrador de aquellos imperios doblegados por Cortés y Pizarro, cuyas gentes quedaron sujetas, en mayor o menor medida, a de las instituciones virreinales.
            Pese a la práctica ausencia pública de elementos que remiten a la conquista, la capital mexicana conserva un vestigio relacionado con uno de los episodios más dramáticos de aquellos lejanos días: la Noche Triste, de la que conviene dar una pincelada. Después del regreso de Cortés desde la costa, a la que acudió para neutralizar a Pánfilo de Narváez, el metelinense encontró una ciudad alterada por la matanza del Templo Mayor, ordenada por Alvarado. Con los españoles hostigados en el Palacio de Axayácatl, sin opción de mantenerse por más tiempo, Cortés decidió retirarse, salir de la ciudad aprovechando la noche. Antes de la huida se repartió el tesoro, que para algunos constituyó un verdadero lastre con el que se hundieron en las aguas lacustres. Se calcula que unos siete u ocho mil hombres, entre ellos, mil trescientos españoles y los hijos del fallecido Moctezuma, abandonaron el Palacio, amparados en la oscuridad del 30 de junio de 1520. Al frente de la columna, el capitán Magariño debía ocuparse de que un puente portátil sirviera para cruzar las cortaduras de la calzada de Tlacopan. Según se contó, una mujer, que había salido a buscar agua, dio la voz de alarma. Alertados por sus gritos, los guerreros mexicas se lanzaron sobre los españoles y sus aliados tlaxcaltecas. En el paso de Tecpantzinco, el puente quedó clavado en el fango. Muchos lograron cruzar, sin embargo, la retaguardia, en la que iban Pedro de Alvarado y Juan Velázquez de León, no lo consiguió. Masacrados por los mexicas, los cadáveres de los españoles y los de los indios amigos, colmataron la zanja abierta en la vía. Pisando los cuerpos sin vida de hombres y caballos, muchos soldados pudieron pasar. Alvarado, herido, lo hizo elevándose en un salto prodigioso e hiperbólico.
            Cuando Cortés, ya a salvo, tuvo noticia de lo ocurrido a sus espaldas, se le saltaron las lágrimas. Francisco López de Gómara contó de este modo la congoja que atrapó al capitán bajo un frondoso ahuehuete, conocido como el árbol de la Noche Triste: «Cortés a esto se paró, y aun se sentó, y no a descansar, sino a hacer duelo sobre los muertos y que vivos quedaban, y pensar y decir el baque la fortuna le daba con perder tantos amigos, tanto tesoro, tanto mando, tan grande ciudad y reino; y no solamente lloraba la desventura presente, más temía la venidera, por estar todos heridos, por no saber adónde ir, y por no tener cierta la guardia y amistad en Tlaxcala; y ¿quién no llorara viendo la muerte y estrago de aquellos que con tanto triunfo, pompa y regocijo entrado habían?»
            Medio milenio después, el árbol, desnudo de hojas, superviviente a los siglos y a los incendios, apoyado en un muro de tezontle y abrazado por una reja, sobrevive como testigo de una victoria que preludió el fin del Imperio que más caudal sanguíneo ofreció a Huitzilopochtli.