domingo, 30 de septiembre de 2018

Iván Vélez - Literatos y leyenda negra

Lección de Iván Vélez Cipriano dentro del XV Curso de Filosofía de Santo Domingo de la Calzada, dedicado a Literatura y materialismo filosófico.

Memoria histórica y justicia

Artículo publicado el viernes 28 de septiembre de 2018 en El Mundo:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/09/28/5bacd0d2ca4741aa668b4662.html

Memoria histórica y justicia popular
            La llegada a la Presidencia del Gobierno de Pedro Sánchez ha supuesto la reactivación de la Ley de Memoria Histórica, tanto en lo que atañe a su cumplimiento, como, sobre todo, en lo relativo a su dimensión ideológica. Nadie puede ignorar que este aspecto ofrece inequívocos réditos electorales, o al menos propagandísticos, como ha demostró la propuesta del PSOE de exhumar los restos de Franco de la Basílica del Valle de los Caídos. En un hemiciclo dominado por la partitocracia de obediencia ciega, que tumba gobiernos a puerta cerrada con televisión en abierto, votaciones como la que tuvo lugar a propósito de ese sepulcro, sirven como parteluz, como aviso a electores. Los partidarios de extraer la que dicen momia, sintonizan con la versión histórica que se abrió paso durante la Transición, la que trata de borrar la evidencia de su origen franquista, mientras que los que tímidamente se abstienen, acusarían el peso de un lastre del que son incapaces de zafarse. En tales circunstancias, el maniqueísmo está servido, y la identificación de los grupos abstencionistas con la ultraderecha, con la caverna, responde a automatismos pavlovianos.
            La que puede llamarse «prueba de la momia», ofrece grandes prestaciones clasificatorias, aquellas que permiten a quienes la superan, acceder a esa condición inmarcesible aparejada a la llamada «superioridad moral». Una hegemonía que nos resistimos a llamar «de la izquierda», porque la izquierda se dice de muchos modos, y porque en el grupo que sustenta al actual Gobierno figura una de las derechas más arcaicas y oportunistas de Europa: el Partido Nacionalista Vasco. Para alcanzar tal estado, son necesarios varios pasos. El primero de ellos exige la puesta entre paréntesis del periodo franquista, haciendo de este un tiempo monolítico y oscuro. Paralelamente a esta simplificación, en riguroso ejercicio maniqueo, surge una imagen mitificada de la II República. Mediante esa voluntariosa pirueta, se accede a un tiempo en el que se hallan todas las justificaciones, aplastadas brutalmente por la bota militar. El golpe del 18 de julio habría venido a truncar vidas plenas, tanto las individuales como las de los pueblos, razón por la cual no es raro encontrar banderas tricolores al lado de cualquier reivindicación actual que, se supone, hubiera sido bien acogida en aquellos añorados días.
            Sin embargo, más allá de la ensoñación, el manejo de los documentos, tanto de la etapa franquista como de la segundorrepublicana, ofrece una realidad más compleja de la que nos trasmiten los que se empeñan en contarnos cómo pasó. El estallido de la Guerra Civil, propició la creación de unos tribunales populares que debían responder a una justicia adjetivada de idéntico  modo al del frente tras el cual se desarrolló. Su función era castigar los delitos de adhesión: perturbación del orden público, tenencia de armas y explosivos, divulgación de noticias útiles para el espionaje o la creación de actitudes derrotistas entre la población; y los de auxilio a la rebelión: denuncias falsas, registros domiciliarios o detenciones realizadas sin autorización, actos de pillaje, apropiación o incautación indebida, etc. Ni que decir tiene, que aquellos tribunales perseguían con dureza los delitos de rebelión y sedición, así como los cometidos contra la seguridad exterior del Estado. Hechas estas consideraciones de carácter general, queremos exponer algunos ejemplos ilustrativos del funcionamiento de la justicia popular. Para ello habremos de internarnos en la Casa del Corregidor de Cuenca, pues fue allí donde, en 2011, se encontró gran cantidad de documentación del Juzgado de Instrucción nº 1 de la ciudad. Abandonada u olvidada durante el traslado de los Juzgados al edificio de la Audiencia Provincial, hoy, decenas de expedientes y registros judiciales que abarcan desde 1665 a 1938, se conserva en el Archivo Histórico Provincial de la ciudad, accesibles para quien quiera acceder a fuentes originales.
            En los papeles referidos a la Guerra Civil, aparece una casuística que va desde los delitos más graves dentro de un contexto bélico, a otros más sutiles, que hablan a las claras del orwelliano ambiente vivido durante aquel periodo. En concreto, llaman la atención los expedientes referidos al delito de «derrotismo», tan sujeto al subjetivismo, la arbitrariedad, e incluso a la histeria colectiva inducida por esas acusaciones. Vayamos, pues, con varios ejemplos. El primero de ellos es un proceso abierto contra Fidela Muñoz Aroca, que compareció en la Comisaría de Seguridad (Grupo Civil) el 7 de febrero de 1939, acusada por el jornalero ovetense Rafael Díaz Cueto. El soldado de ametralladoras de la quinta división dijo «que al pasar por la calle de José Cobo de esta localidad, observó un grupo y oyó que una señora que en él se encontraba, se manifestaba en contra del régimen legalmente constituido diciendo “que mientras que no fuesen al frente otros individuos, no tenían que ir nadie como soldados” y esto lo decía dirigiéndose a los que se encontraban con ella, añadiendo que “todo lo que decía Negrín era mentira y que no había que hacerle caso”, por lo cual le requirió para que no formulara dichas frases, contestando ella en forma insolente, requiriendo por este motivo al guardia de la sesenta y nueve compañía llamado Claudio Muñoz Herranz para que la invitara a personarse en esta Dependencia, como así se hizo, que no tiene más que decir».
            Llamada a declarar, la detenida dijo que «se refería únicamente a que lo mismo que iban al frente todos los viejos llamados por el Gobierno, tenía que ir un individuo llamado Mariano Delgado y que reside en Villalba de la Sierra y el cual no se ha presentado a su llamamiento, y que como Negrín decía que todos los útiles que hubiesen tenían que incorporarse y este no lo había hecho, por eso lo comentaba, pero sin pretender dirigir frases en contra del Gobierno de Unión Nacional, que no tiene más que decir».
            Doña Fidela no fue la única que aludió a Negrín. A menos de dos meses del final de la guerra, las críticas arreciaban. Los movimientos fronterizos de Azaña y Negrín, hicieron sospechar a muchos que, como había ocurrido en África y Cuba, determinados sectores de la sociedad española eludirían los efectos más crudos de la guerra o, incluso, la posguerra. La ilusión popular comenzaba a eclipsarse. El 10 de febrero de 1939, Ricardo de León Cardiel, secretario del juzgado municipal de Horcajo de Santiago tuvo que declarar «por propagar vulos en contra del Régimen». El funcionario, afiliado a la U.G.T., compareció en la Comisaría de vigilancia de Tarancón, denunciado por el peluquero Severiano García Osto, sargento de la 77 Brigada, 307 Batallón, 4ª Compañía. Allí, hubo de responder sobre estas palabras, pronunciadas mientras tomaba unas copas en casa de su acusador: «Que el presidente Negrín que se había marchado al extranjero y que no sabe donde se encuentra a estas horas el Gobierno y que el doctor Negrín es un imbécil con decir que hay que resistir que si él estubiera en las trincheras no aguantaría tanto como los que están en las trincheras y que todo el territorio leal sería tomado por el telefóno cuando estuviera normalizada la situación en Cataluña y que todas estas palabras las sabía él de muy buena tinta».
            Un último expediente permite recrear aquella enrarecida atmósfera. Se trata del referido al derrotista Juan Antonio García Quintano, comerciante que habló «en contra del Régimen». El acusado había dicho «“Que la guerra no duraría ni el mes en curso; que entraría un Gobierno Militar y abrirían las puertas a todos, y que las fuerzas llevaban tres días acuarteladas en Madrid, por lo que él lo creía así”, deprimiendo con estas manifestaciones la moral pública». Aquellas manifestaciones determinaron su traslado desde la Prisión del General Porlier, al Juzgado Especial de Guardia de Cuenca.
            Los casos descritos ofrecen una visión cruda y realista, propia de una guerra civil a la que, ochenta años más tarde, sólo cabe acercarse a través de la documentación, lejos de la deformadora lente tallada por la memoria y la emotividad.

sábado, 29 de septiembre de 2018

1492. España contra sus fantasmas

Artículo publicado el sábado 22 de septiembre de 2018 en El Debate:
https://eldebate.es/rigor-historico/1492-espana-ante-sus-fantasmas-20180922
1492: España ante sus fantasmas
A mediados de mayo del presente año, la editorial Ariel publicó el libro Pedro Insua, 1492: España ante sus fantasmas que, meses más tarde, y gracias a su excelente acogida entre el público, ha visto una segunda edición. El ambiente, más allá de la indudable calidad de la obra del vigués, era propicio. Como es bien sabido, cada periodo de crisis de nuestra vida nacional, y la actual lo es, dado el proceso de balcanización al que se quiere someter a la Nación española, ha venido acompañado de la reedición de obras que han alimentado ese género historiográfico conocido como Leyenda negra. Un género que remite, sin necesidad de más aclaraciones, a España, y que tiene como temas principales los que Insua trata en su obra: la expulsión de moros y judíos, la expansión hispana en el Nuevo Mundo y la tenebrosa presencia de la Inquisición. Una institución y tres hitos históricos, marcados por la violencia, anudados por la fecha que figura en una portada teñida por los actuales colores nacionales. Sin embargo, tal es el nuevo panorama en el que se inserta este libro, en la actual coyuntura se han abierto paso, en ocasiones con un éxito inusitado, algunos trabajos que van justamente en la dirección contraria a la determinada por la inercia negrolegendaria.
Y si de Leyenda negra hablamos, nada mejor que recurrir a la imagen de unos fantasmas que se mueven con naturalidad por la lóbrega atmósfera propia de una nación que aspiró a demasiado, y que, aferrada a su ambición imperialista, dejó cadáveres humanos, religiosos y culturales a su paso. Unos fantasmas que exhiben en su propia estructura la inconsistencia que Insua demuestra en un ejercicio profundo y erudito, que se enriquece con una serie de conexiones con el presente, que nos recuerdan que lo más nocivo de la Leyenda negra son su persitencia y su asunción por parte de aquellos contra quienes se fabricó.
El primero de esos fantasmas se oculta bajo unos ropajes exóticos y lleva el nombre de Al-Andalus. Sus sastres son, en su mayoría, extranjeros, y se agrupan bajo etiquetas como las de «viajeros impertinentes» o románticos. Hombres que vinieron a la España decimonónica con diferentes propósitos. Si George Borrow –«Jorgito, el Inglés»- vino para difundir la Biblia protestante, otros como Richard Ford, Gautier o Davillier, acompañado del ilustrador Doré, llegaron para buscar o, por decirlo con la fórmula picassiana, para encontrar una España muy concreta. En pos de un orientalismo cercano, aquellos viajeros filtraron de tal modo su mirada, que descubrieron Al-Andalus bajo los escombros de una España devastada por las guerras de aquel siglo. Un siglo más tarde, el muladí Blas Infante se ocuparía de hacer fraguar los cimientos de un andalucismo que no por casualidad se acoge al verde omeya, y abona el terreno para un revisionismo histórico que apela a la idealizada España de las tres culturas. Frente al mito del Al-Andalus, invocado incluso por Bin Laden, opone Insua toda una batería de argumentos ante los que esa Arcadia musulmana muestra su verdadera faz y su incompatibilidad con la idea España como nación histórica. Nadie mejor que Cervantes, a cuya obra cumbre dedicó Insua su Guerra y paz en “El Quijote” (Encuentro, 2017), para expresar el sentir de los españoles posteriores a la desaparición de Al-Andalus. Fue el morisco Ricote quien dijo que «no era bien criar la sierpe en el seno».
El siguiente fantasma en entrar en escena lleva el nombre de Sefarad, y tiene por protagonista a otra expulsión, la de los judíos, tenida por arbitraria, por cuanto estos no disponían de un Estado. Si los enfrentamientos entre cristianos y musulmanes tuvieron una inequívoca dimensión bélica, la relación con los judíos estuvo marcada por factores distintos. La intolerancia entre cristianos y judíos hispanos tenía un núcleo teológico, la negación de la segunda persona de la Trinidad, pero también aspectos económicos y sociológicos, que impulsaron su creciente confinamiento. La inicial protección de aquella comunidad por parte de la Corona, que los llegó a considerar como «tesoro real», fue decayendo hasta que, en 1492, les fue planteada la alternativa de su conversión o su salida de los reinos reunidos tras el matrimonio de Fernando e Isabel. En tales circunstancias, la ocasión para la idealización de Sefarad estaba servida, máxime si se tiene en cuenta que algunas comunidades mantuvieron el ladino fuera de España hasta su «redescubrimiento» en el siglo XIX. Fino identificador de sustratos no católicos, Borrow tuvo el acierto de toparse con un judío, Abarbanel, que, oculto tras la profesión de longanicero, custodiaba las esencias de Sefarad. Insua también se ocupa de la relación entre el franquismo y los judíos. Sin embargo, el intento, no pocas veces ensayado, de establecer una sintonía total, más allá del antisovietismo, entre el Tercer Reich y los vencedores de la Guerra Civil, se desvanece a la luz de los datos. La conexión de España con la «solución final», no se sostiene, pues nuestra nación se desmarcó, gracias a la acción diplomática, de las atrocidades alemanas. Una elocuente cita de J. M. Estrugo, miembro del Socorro Rojo, cierra este capítulo: «en España nunca hubo verdaderamente prejuicios raciales. Habrá habido pasión o fanatismo religioso y político (muy oriental), pero no se concibe el “racismo”. Los españoles y portugueses se han mezclado con los aborígenes se América y de África, contrariamente a los sajones…»
El siguiente fantasma que desfila por 1492 es el de la Inquisición, institución que aglutinaría los atributos españoles más negativos. Implantado tardíamente en España, el Santo Oficio ha ofrecido abundante material para literatos de diversas latitudes. Así, Poe, Dostoievski o nuestro Delibes, han recurrido a la recreación de las mazmorras inquisitoriales, a sus teatrales autos de fe o a un ambiente opresor bajo el cual debían moverse los cerebros más brillantes de cada generación. Si esa es la visión más asentada en el mundo de la ficción, en el de la historiografía no faltan nombres, algunos muy sonoros -Davies, Payne, Lynch o Kamen-, que cultivan la imagen de una Inquisición ajustada a los cánones negrolegendarios. Frente a este grupo de hispanistas, la historiografía especializada, aquella que ha buceado en los archivos, ofrece cifras muy inferiores a las comúnmente aceptadas.
Un último hito fantasmal completa el elenco, el que tiene que ver con la conquista y civilización -sí, civilización frente a exterminio y expolio-, de América. En este sentido, resulta obligado citar otro libro ya publicado por Insua, su Hermes católico (Ed. Pentalfa, 2013), al que remitimos al lector para ahondar en los debates que tuvieron lugar durante la Controversia de Valladolid. Es en este capítulo donde se expone la clasificación que Gustavo Bueno hizo en relación a los imperios, unidad de escala necesaria cuando de lo que se habla es del despliegue por un Nuevo Mundo. «España en América: ¿Acción civilizadora o genocida?», esa es la pregunta que se lanza después de exponer el par, imperialismo generador (politikés)/Imperialismo depredador (despotikés). La respuesta cae del lado generador, pues el Imperio español, cimentado en la construcción de ciudades, que no de factorías o colonias, no sólo integró a las sociedades naturales, sino que incluso, y así lo certificaron los procesos independentistas, ofreció las condiciones suficientes para la cristalización de sociedades políticas soberanas.
1492: España ante sus fantasmas se abre recordando lo mucho que pesó sobre Alejandro la ejecución, ordenada por él mismo, de Calístenes. Aquella mancha acompañó a Alejandro el Magno, el hombre que alcanzó, literalmente, la apoteosis. España fue capaz de surcar todos los mares y de construir un imperio del que subsiste un legado tan valioso como la lengua española. No se puede negar el mérito de hazañas «nunca vistas ni oídas». Sin embargo, como Insua recuerda, recogiendo el argumento al que se aferran los enemigos internos y externos contra los que se alza esta obra, España «destruyó las Indias».

martes, 18 de septiembre de 2018

Cortés y Franco: sepulcros paralelos

Artículo publicado el 13 de septiembre de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-09-13/ivan-velez-cortes-y-franco-sepulcros-paralelos-86000/


Cortés y Franco. Sepulcros paralelos

La iniciativa de exhumar a Francisco Franco de su tumba en la Basílica de la Santa Cruz del Valle los Caídos es, sin duda, la más comentada de cuantas se han emprendido o anunciado por un presidente, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, que acaba de cumplir sus primeros cien días de mandato. Cuarenta y tres años después de su fallecimiento en un hospital público construido durante su mandato, Franco ocupa un lugar central en el debate entre partidos que necesitan de elementos diferenciadores, toda vez que sus políticas, sujetas a férreas determinaciones, se asemejan enormemente. En tal contexto, nada mejor que usar a Franco como parteluz ideológico. Mientras se resuelve tan necrófilo como, al parecer, urgente asunto, la ocasión nos permite regresar a otras polémicas óseas. En este caso a la que tuvo a la osamenta de Hernán Cortés como protagonista.
El 2 de diciembre de 1547, a los sesenta y dos años de edad, Cortés falleció en Castilleja de la Cuesta. Allí recibió su primera inhumación, en el Monasterio de San Isidoro del Campo, vinculado a los Duques de Medina Sidonia. Años después, en 1566, los huesos de Cortés, en cumplimiento de sus postreros deseos, cruzaron el Atlántico y fueron enterrados en la Iglesia de san Francisco de Texcoco. Allí se reunió con su madre y sus hijos Catalina y Luis, ya sepultados en un templo perteneciente a la orden que siempre favoreció. Ya en el siglo siguiente, en 1629, al morir don Pedro Cortés, IV Marqués del Valle, lo que quedaba de Cortés fue llevado a la iglesia de los franciscanos de la Ciudad de México. Para el traslado se organizó un solemne funeral, tras el cual sus restos quedaron integrados en un conjunto funerario formado por «un lienzo representando al Conquistador, el escudo de sus armas, y donde se conservaba también el guión o estandarte que se decía había servido en sus empresas bajo un dosel acompañado de un lienzo con su figura». Sin embargo, la inquietud por el lugar donde debían ubicarse sus huesos no cesó ahí. El 8 de noviembre de 1794, aniversario del encuentro del conquistador con Moctezuma, estos fueron trasladados a la iglesia del Hospital de Jesús, institución fundada por el propio Cortés. Junto a sus reliquias se colocó un famoso e idealizado busto, salido de las manos de Manuel Tolsá, Director de la Academia de San Carlos. La ceremonia se anunció con campanas por toda la ciudad y fue celebrada por el dominico fray José Servando de Mier Noriega y Guerra (1763-1827), quien se refirió al conquistador como la persona que había «destruido la idolatría, los sacrificios humanos sangrientos y traído y comunicado la luz del evangelio a los que moraban en las tinieblas de Egipto». Todo ello ocurrió un mes antes de que el 12 de diciembre de 1794, festividad de Guadalupe, el mismo fray Servando pronunciara el sermón en el cual afirmó que santo Tomás Apóstol había cristianizado el continente en el siglo I. En su prédica, también aseguró que «la imagen de Guadalupe no está pintada sobre la tilma de Juan Diego sino sobre la capa de Santo Tomás Apóstol de este reino». La identificación entre santo Tomás y Quetzalcóalt estaba servida.
Años más tarde, el 16 de septiembre de 1823, el gobierno mexicano, ya soberano, propuso que se exhumaran los restos de Cortés y fueran llevados al quemadero de San Lázaro. Conocida la noticia, la noche anterior a la fecha en que se debía ejecutar ese mandato, Lucas Alamán (1792-1853), junto al capellán mayor del Hospital, don Joaquín Canales, extrajo del mausoleo lo quedaba de aquel esqueleto, y lo colocó bajo la tarima del altar de la iglesia. Un rumor, el de que había sido llevado a Italia, donde residían sus descendientes, disuadió a muchos de emprender su búsqueda. Con los ánimos públicos más calmados, en 1836, Alamán mandó abrir un nicho en el muro del lado del Evangelio, que se cerró sin referencia alguna. Oculto detrás de un tabique de ladrillo y un revoco de cal, reposó Cortés durante más de un siglo. Siete años después, en 1843, Alamán entregó a la Embajada de España una copia del «Documento del año 1836», que detallaba el lugar preciso del último entierro del Marqués. Esta copia se mantuvo en secreto hasta su inesperada reaparición.
Pese a todo, el interés sobre la localización de aquella, persistió. En 1906, González Obregón publicó un ensayo: «Los restos de Hernán Cortés. Disertación histórica y documentada», en el que comentó una noticia aparecida en The Mexican Herald, que informaba de una reunión celebrada en Madrid entre el Ministro de Relaciones y el Ministro de México. En ella se abordó la posibilidad de trasladar a Cortés a España. Es de suponer que el planteamiento de dicho movimiento se realizaba con el conocimiento, restringido a círculos discretos, del lugar en el que se hallaban los huesos del conquistador. González Obregón, sin embargo, optaba por dejar los a Cortés en tierras mexicanas.
El siguiente hito óseo nos lleva al año 1946, y a los círculos republicanos españoles exiliados en México, pues fue en ese ambiente en el que los huesos de Cortés afloraron. El 28 de noviembre de 1946, Prensa Gráfica dio noticia de cómo, el subsecretario de la Presidencia del Consejo de Ministros, José de Benito, sustrajo los documentos de la caja fuerte en que se conservaban, siendo neutralizado antes de salir con ellos en dirección a Europa. La búsqueda del nicho en el que reposaba Cortés fue finalmente favorecida por Fernando Baeza, quien no reveló de qué modo llegó a sus manos una copia de los papeles que condujeron a la localización de los restos. La cuestión no quedó ahí, pues ese mismo día, Indalecio Prieto publicó en Novedades un encendido elogio de Cortés, apoyado en las tesis de Salvador de Madariaga. El artículo se cerró con la reproducción de un patriótico discurso de Prieto, libre de toda mácula negrolegendaria, pronunciado el 16 de diciembre de 1940. En cuanto a Cortés, el líder socialista lo consideraba tan español como mexicano, por lo que pedía su glorificación:
Conocida la ubicación del nicho, una comisión hispanomexicana los extrajo y los reinhumó en el muro el 9 de julio de 1947, tras una sobria placa de bronce con su escudo de armas y una lacónica inscripción: «Hernán Cortés 1485-1547». Hasta aquí las vicisitudes de unos restos hoy casi olvidados y apenas visitados, los de Hernán Cortés.
Comenzado en 1940 e inaugurado el 1 de abril de 1959, año de la puesta en marcha del Plan de Estabilización que supuso un giro a la economía española, el complejo del Valle de los Caídos, según el Decreto Ley de 23 de agosto de 1957 debía responder a unos propósitos de «unidad y hermandad entre los españoles». Ello explica que allí se reunieran restos de compatriotas caídos en los dos bandos de la Guerra Civil. Muerto el Generalísimo, la decisión de enterrar a Franco en el suelo de la basílica la tomó el gobierno de Carlos Arias Navarro, y la ratificó el rey Juan Carlos I, que debía su corona al finado. Sepultado bajo una pesada losa, Franco y su régimen volvieron a cobrar máxima actualidad durante el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, impulsor de la Ley de Memoria Histórica que sirve ahora como resorte para la exhumación de la que dicen ser momia.
A la espera de ver lo que ocurre con los restos mortales de Franco, existen un claro paralelismo con ocurrido con los de Cortés, cuya salvadora exhumación hubo de hacerse para evitar su conversión en cenizas. El actual México, insistimos en nuestras tesis, es el resultado de la transformación del Virreinato de la Nueva España, a cuya cristalización contribuyó el de Medellín con la conquista, pero también con la implantación de las instituciones y cánones hispanos. Enterrado finalmente, al igual que Franco, en un templo que él mismo mandó construir, Cortés ha sido considerado por muchos, entre ellos los mexicanos Alamán, Vasconcelos y Miralles, el padre de la patria mexicana. La analogía con Franco, al que hoy se trata de extraer de su tumba, surge si entendemos que de la transformación de su régimen, gracias a la no por casualidad llamada Transición, surgió la actual democracia coronada, sólo posible tras la creación de unas condiciones materiales y económicas impulsadas durante el periodo en que gobernó. Por decirlo con las palabras que hace una década pronunció Gustavo Bueno, la dictadura de Franco, con todos sus horrores y errores, «hizo el mismo trabajo sucio que los soviet en Rusia con su revolución».

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Y le dava lo que avía menester

Artículo publicado en El Debate el 3 de septiembre de 2018:
https://eldebate.es/identidad/ser-conservador-en-espana-hoy-20180910

Y le dava lo que avía menester

«Quien pretende determinarlo todo con leyes, provocará más bien los vicios, que los corregirá. Lo que no puede ser prohibido es necesario permitirlo, aunque muchas veces se siga de ahí algún daño»
Benito Espinosa, Tratado Teológico Político, XX, III.

            «Si no es sí, es no». Hace un par de años, el grupo Charity Project Consent lanzó desde los Estados Unidos una campaña que, bajo tal lema, y apoyada en una serie de animaciones, obtuvo una amplia difusión en las redes sociales. Su objetivo era, literalmente, «combatir y deconstruir la cultura de la violación». En España, el rótulo se recuperó y adquirió gran popularidad, dentro del contexto marcado por la huelga feminista del 8 de marzo y la publicación de la sentencia de La Manada, que condenó, en primera instancia, a sus cinco integrantes a nueve años de prisión por abuso continuado, que no por violación. Desde entonces, la mayoría de las fiestas populares, regadas por vino eucarístico en el templo y por botellón en los aparcamientos, cuentan con personal dedicado a recoger y, en su caso, amparar, a aquellas mujeres víctimas de abusos o violaciones.
            Que las relaciones sexuales deben ser consentidas, es algo que está fuera de toda duda, sin embargo, es un hecho que las violaciones, a pesar de la puesta en circulación de fórmulas tan intencionalmente expeditivas como la citada, se siguen produciendo. Por lo que respecta a España, la persecución de los delitos sexuales viene de antiguo. En efecto, en el mes de marzo de 1255, Alfonso X el Sabio otorgó a los vecinos de Aguilar de Campoo el Fuero Real de España. En él se establecía la pena de muerte para los que participaran en lo que hoy conocemos como violación en grupo:

«Quando muchos se ayuntan e lievan alguna mujer por fuerza, si todos yoguieren con ella mueran por ello: et si por aventura uno fuere el forzador e yoguiere con ella, muera, e los otros que fueren con él, peche cada uno L maravedis, la meytad al rey e la meytad a la mujer, que prisó la fuerza, et non se puede ninguno escusar porque diga que fue con su sennor». (Fuero Real de España, Lib. IV, Tít. X, «De los que furtan y engañan las mugeres», Ley II).

            Históricamente, las diversas legislaciones han castigado la violación y determinadas  violencias contra las mujeres, que si bien existentes, y a menudo conocidas, fueron habitualmente mal vistas en el orbe hispano. Prueba de ello es el caso que contó Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. En ella aparece el nombre del vizcaíno Monjaraz, padre de la hermosa Monjaraza, que pasó a la Nueva España en 1520. De él dice el soldado cronista que aquel hombre jamás fue a guerra alguna, pero que un día, por ver cómo los españoles batallaban con los mexicanos, se subió a un templo, en cuya cumbre encontró la muerte a manos de los indios. El de Medina del Campo añadió este comentario:

  «Y muchas personas dijeron, que le habían conocido en la isla de Santo Domingo, que fue promisión divina que muriese aquella muerte, porque había muerto a su mujer, muy honrada y buena persona, sin culpa ninguna, y que buscó testigos falsos que juraron que le hacía maleficio». (Historia verdadera…, cap. CXXXVI).

            En ese mismo siglo eran relativamente comunes los falsos raptos, práctica que servía para doblegar la voluntad de los padres especialmente celosos de la honra –contextualice el lector- de sus hijas. En ellos, la mujer pretendidamente raptada era cómplice de su captor. Camilla Townsend, en su Malinztin. Una mujer indígena en la Conquista de México (México D.F., 2015), relató un caso relevante. En 1535, Antonio de Mendoza llegó a Nueva España para desempeñarse como virrey. Entre sus acompañantes iba don Luis de Quesada, que no tardó en poner sus ojos en María, la hija que Juan Jaramillo tuvo con doña Marina, después de que Hernán Cortés le entregara a aquella mujer decisiva en la conquista del Imperio mexica. La niña, que perdió a su madre a los tres años, creció bajo la mirada de su estéril madrastra, doña Beatriz de Aranda, esposa española de Jaramillo.
            Una noche, don Luis trató de robar a la moza. Sin embargo, algo le detuvo, por lo que puso en circulación el rumor de que había tenido acceso carnal a la muchacha. El chisme hizo ceder a Jaramillo, que permitió el casamiento. Aquel episodio fue aprovechado por Hernán Cortés, ya enfrentado al Virrey, pues entre los jaraneros acompañantes de Quesada, se hallaba Agustín Guerrero, mayordomo de Mendoza. Tan hábil con la pluma como con la espada, el de Medellín incluyó aquellos hechos en un interrogatorio elaborado en 1543, en el que puede leerse la siguiente pregunta: «ítem, si saben que usando de la dicha parcialidad y favores el dicho don Antonio favoreció a don Luis de Quesada, que fue con él, que se casase con la hija de Juan Jaramillo contra la voluntad della y de su padre, y le consintió y disimuló que porque pidiéndola el dicho don Luis, que no se la quería dar el dicho su padre, el dicho Agustín Guerrero su mayordomo del dicho don Antonio, y así mismo otros sus criados fuesen como fueron con el dicho don Luis y tomasen la calle donde vivía el dicho Juan Jaramillo de parte y de otra y les escalaron la casa para sacar por fuerza a la dicha doncella e hija, y como no pudo salir con ello, publicó que estaba casado con ella y le hizo tantas molestias hasta que el dicho Juan Jaramillo, por no se ver tan enfrentado se la dio por mujer, digan lo que pasa».
            Sin embargo, y no pretendemos en absoluto frivolizar sobre estos asuntos, no siempre cuando no es sí, es no, pues en relaciones de esta índole intervienen factores, a veces incontrolables, que explican la ausencia de negativas taxativas, e incluso de denuncias. Sirva como ejemplo de tan complejo mundo, este con el que queremos cerrar esta escrito.
            En 1585, una viuda acudió al corregidor de la ciudad de Cuenca para querellarse contra un vecino que le dijo que ella y otra eran unas «picaronas». No contento con ello, el hombre la siguió, forcejeó con ella y la tiró por las escaleras. Conocidos los hechos, el corregidor ordenó mandamiento de prisión para aquel individuo y, aunque ella se apartó de la querella, el Alcalde mayor se reservó el derecho para hacer justicia en la causa. Finalmente ella retiró la denuncia porque, según confesó, «estaban amançevados y le dava lo que avía menester». 

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Las Casas vs Sepúlveda. A propósito de la guerra justa

Artículo publicado el 30 de agosto de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-08-30/ivan-velez-las-casas-vs-sepulveda-a-proposito-de-la-guerra-justa-85897/


Las Casas vs Sepúlveda. A propósito de la guerra justa

El 22 de diciembre de 1520, ante el escribano Juan de Ribera, Hernán Cortés dictó en Tlaxcala las Ordenanzas militares y civiles, que fueron pregonadas por la ciudad aliada antes de la partida del ejército hispano-tlaxcalteca hacia Tenochtitlan, ciudad que fue definitivamente tomada el 13 de agosto de 1521. En ellas se podía leer lo siguiente:

Exhorto y ruego a todos los Españoles que en mi compañía fueren a esta guerra que al presente vamos, y a todas las otras guerras y conquistas que en nombre de S. M. por mi mandato hubieren de ir, que su principal motivo e intención sea apartar y desarraigar de las dichas idolatrías a todos los naturales destas partes, y reducirlos, o a lo menos desear su salvación, y que sean reducidos al conocimiento de Dios y de su santa fe católica; porque si con otra intención se hiciese la dicha guerra sería injusta, y todo lo que en ella se hubiese obnoxio e obligado a restitución: e S. M. no tendría razón de mandar gratificar a los que en ellas sirviesen.

            Cortés dejaba meridianamente clara la motivación y objetivos de una conquista que respondía a las responsabilidades legales que Alejandro VI había otorgado a España en el Nuevo Mundo. En las bulas alejandrinas, redactadas inmediatamente después del regreso de Colón, se exigía la conversión de los habitantes de las nuevas tierras. A estas tareas se encomendó, con un grado de total autonomía con respecto de Roma expresado a través del Real Patronato, la Corona española, responsable del ingreso en la Ciudad de Dios de aquellos que en principio se hallaban dejados de su mano. Nadie mejor que Cortés, que al cabo, había construido toda una arquitectura legal que le vinculara con los reyes –Carlos y Juana- y le permitiera romper vínculos con la Cuba de Diego Velázquez de Cuéllar, para llevar adelante esa tarea. Con la reducción al conocimiento de Dios de los naturales, Cortés aparece como el devoto católico que siempre fue, pero también como un riguroso observador de las disposiciones legales que, con tanto talento como astucia, supo manejar.
            Fue también Cortés el que llevó a cabo la primera expansión continental hispana en América. Sus logros, narrados en las Cartas de Relación enviadas al rey Carlos desde la no en vano llamada Nueva España, hicieron de él un héroe del que se habló en las cortes europeas, lo cual no impidió que se le sometiera a un juicio de residencia. En el último tramo de una vida enredada en mil litigios, el de Medellín entró en contacto con una personalidad trascendental para el futuro del Imperio español: Juan Ginés de Sepúlveda. Instalado en Valladolid en 1542, coincidió con aquel teólogo formado en Bolonia. En la ciudad castellana, Cortés proveyó a Sepúlveda de muchos datos que sirvieron para confeccionar su Democrates Segundo, obra en la que se sintetizaron los argumentos que opuso a Las Casas durante la Controversia de Valladolid. En el Democrates, el personaje llamado Leopoldo, afirma haber estado con Cortés en el Palacio del príncipe don Felipe. Es en la conversación con Leopoldo, donde Demócrates traza su teoría, de raigambre aristotélica, sobre el dominio español de Las Indias:

Y siendo esto así, bien puedes comprender ¡oh Leopoldo! si es que conoces las costumbres y naturaleza de una y otra gente, que con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes clementísimas, de los prodigiosamente intemperantes a los continentes y templados, y estoy por decir que de monos a hombres.

            La visión que sobre los indios tenía Sepúlveda no distaba en exceso de la de Las Casas, para quien aquellos hombres eran «ovejas mansas» a las cuales acometieron los españoles «como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos». Ante aquellos paganos, siempre legítimos propietarios de sus territorios, los dos hombres propusieron distintos modos de actuar en el transcurso de un debate que se asentaba tanto en la experiencia del comportamiento de los españoles en Las Indias, como en la existencia de un cuerpo legal. El precedente legislativo más inmediato fueron las Leyes Nuevas, aprobadas en 1542, que recogían en gran medida los argumentos de Francisco de Vitoria, quien trazó las líneas maestras de lo que por entonces se consideró «guerra justa». Vitoria desarrolló la doctrina de los «Justos Títulos», tras los cuales adivinamos la silueta de Cortés. Unos títulos que atendían a cuestiones religiosas, pues se debía garantizar el derecho a recorrer libremente la tierra y predicar la religión cristiana, al tiempo que  obligaban a proteger a los naturales ya convertidos al cristianismo; pero también a aspectos políticos, al sostener que los indios podrían tomar como soberano al rey de España y aliarse con los españoles en caso de guerra. Finalmente, se exhortaba a proteger a los indios de su propio estado de atraso, y a perseguir la sodomía y la antropofagia, delitos cometidos «contranatura».
            Con estos precedentes, el Colegio de san Gregorio fue el escenario en el que Las Casas, coherente con su visión del indio como un buen salvaje, abogaba únicamente por la predicación pacífica de la fe católica. Los españoles, según su perspectiva, habían irrumpido en una suerte de Arcadia que ofrecía todas las posibilidades de implantación católica. En su afán por ajustar la realidad a sus deseos, Las Casas llega incluso a admitir la antropofagia. La conclusión de sus intervenciones era clara: la única razón de ser de la presencia de los españoles en América era la evangelización, razón por la cual el Imperio español, por su dimensión política, era ilegítimo. De persistir el dominio temporal hispano, el mismísimo Emperador se condenaría. Todas estas ideas, aparentemente sólidas dentro del contexto discursivo, habían chocado ya varias veces con la realidad. En efecto, a Las Casas se le dieron varias oportunidades de demostrar las bondades de sus proyectos. La primera de ellas en la venezolana Cumaná, donde su fértil imaginación ideó la creación de una orden militar compuesta por caballeros de espuelas doradas. El experimento venezolano fracasó estrepitosamente. Aquel desastre no arredró al dominico, quien en 1537 puso en marcha la iniciativa de la Vera Paz, que tuvo un final similar, pues los indios lacandones, lejos de ser mansas ovejas, acabaron con la vida de algunos misioneros y se resistieron a abandonar sus prácticas. Aún existió un nuevo intento de que las ideas del Obispo de Chiapas prendieran sobre la tierra. En 1549, Luis de Cáncer murió a manos de aquellos a quienes pacíficamente pretendía evangelizar, durante su expedición a La Florida.
            Si estas fueron, grosso modo, las posiciones defendidas por Las Casas, con su correlato de desafortunadas implantaciones en la realidad, Sepúlveda planteó una tutela no estrictamente religiosa, sino también política, aquella que permitiera a los indios alejarse del estado de barbarie en que se hallaban. La guerra era posible en virtud de objetivos civilizatorios, que permitieran el perfeccionamiento de esas sociedades, de las que debían erradicarse los crímenes que ofendían a la Naturaleza, entre ellos, singularmente, los sacrificios humanos y la antropofagia. Para alcanzar tal estado, nada mejor que ajustar las acciones a los cánones cristianos. Los españoles podían, o por mejor decir, debían enseñorearse de Las Indias e implantar sus instituciones políticas, para elevar a un estado civilizado, humano, a sus habitantes. Los frutos de aquella labor, así lo dejó escrito Sepulveda, se recogerían a largo plazo:

Así con el correr del tiempo, cuando se hayan civilizado más y con nuestro imperio se haya reafirmado en ellos la probidad de costumbres y la Religión Cristiana, se les ha de dar un trato de más libertad y liberalidad.

            Naturalmente, las posturas enfrentadas de Sepúlveda y Las Casas, no habían emanado de su individualidad, ni se mantuvieron apegadas únicamente a sus figuras. No faltaron, como hemos visto, precedentes de aquellas posturas, ni cultivadores ulteriores de aquellas líneas trazadas en la Junta de Valladolid, convocada por Carlos I en 1550, y acompañada por la paralización de la conquista. Entre los adscritos a la postura lascasiana podemos citar a Domingo de Soto y a Melchor Cano, mientras que con Sepúlveda pueden figurar José de Acosta y el teólogo dominico fray Vicente Palatino de Curzola, residente en el Yucatán, firme defensor de la acción española en América y autor de un libro que se sitúa en la estela del Democrates, titulado, Tratado del derecho y justicia de la guerra que tienen los reyes de España contra las naciones de la India occidental (1559), en el que compara a Cortés con Hércules, Alejandro Magno, Mario y Escipión el Africano.
            La Junta de Valladolid, que propició el debate que hemos esbozado, fue la consecuencia de las guerras que tuvieron lugar tras la conquista del Perú, pero también de las polémicas que acompañaron a la encomienda, herramienta empleada a veces de manera abusiva, con la que se pretendía favorecer la incorporación de los indios al orbe hispano. No hay duda de que estas turbulencias, que tuvieron su eco en Nueva España, favorecieron el triunfo inicial de Las Casas, a quien Bolívar, en su Carta de Jamaica, escrita en Kingston en 1815, llamó «apóstol de la América». Sin embargo, y pese a la persistencia en el uso de Las Casas como símbolo, lo cierto es que las tesis de Sepúlveda triunfaron, hasta el punto de que en los inicios del XIX, las sociedades políticas hispanoamericanas, se habían nivelado con la metrópoli. Los procesos independentistas, vinieron, en definitiva, a avalar la acción conquistadora, pues tres siglos más tarde, los próceres hispanos, hombres de política, pero también de religión, alzaron sus voces en nombre de la Corona y de la cruz, dando cuenta de hasta qué punto, en los ámbitos de poder se habían erradicado aquellas prácticas desajustadas con los cánones del XVI a los que se atuvo Cortés.
            Si comenzábamos este artículo apoyándonos en las Ordenanzas que ya incluyen una noción de la guerra justa, no podemos evitar la alusión a la obra que Francisco López de Gómara, dedicó a la conquista de México. En ella, Cortés aparece como un héroe individual que se eleva sobre el colectivo. Fue en sus páginas donde el clérigo vinculó lo ocurrido sobre el Anáhuac con las discusiones vallisoletanas en las que triunfó Sepúlveda:

Yo escribo sola y brevemente la conquista de Indias. Quien quisiere ver la justificación de ella, lea al doctor Sepúlveda, cronista del emperador, que la escribió en latín doctísimamente; y así quedará satisfecho del todo.

jueves, 30 de agosto de 2018

Bunbury y su "Hijo de Cortés"

Artículo publicado el 23 de agosto de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-08-23/ivan-velez-bunbury-y-su-hijo-de-cortes-85839/

Bunbury y su «Hijo de Cortés»

No me digas hijo de Cortés
ni de Aguirre ni de Pizarro,
no somos parientes lejanos
O, en todo caso, tan emparentados
como un italiano
con Calígula o Nerón.

Con estos versos comienza la canción «Hijo de Cortés», incluida en Palosanto, disco grabado en Los Ángeles en 2013. Su autor, el músico español, ex líder de Héroes del Silencio, Enrique Ortiz de Landázuri Izarduy, vulgo Enrique Bunbury (Zaragoza 1967). Ídolo en México, Bunbury no pudo sustraerse a la tentación de tratar a propósito de Hernán Cortés. Un tratamiento que, tal y como era de prever, se movió dentro de los estrechos márgenes negrolegendarios propios de la industria a la que pertenece el cantante maño. Ello explica el hecho de que Bunbury trate de establecer un artificioso corte histórico que le distancie de Cortés, pero también de Aguirre y de Pizarro, personajes que, en un burdo paralelismo, considera tan lejanos a un español como lo son Nerón y Calígula de un italiano. Más allá de tal pirueta, la elección de los dos emperadores romanos, no parece en absoluto inocente. Equiparar a Hernán Cortés con tan sanguinarios gobernantes, habla a las claras de la visión que de don Hernando tiene don Enrique, quien probablemente ignore que Cortés, con quien más se ha comparado históricamente ha sido con el emperador Julio César. Y es que, en este caso, los paralelismos son más fáciles de establecer, pues ambos narraron sus propias hazañas bélicas. El primero en Las Galias y el segundo en una Nueva España que replicó las instituciones peninsulares, muchas de ellas herederas del Imperio romano. Guste o no, un español, y Bunbury lo es, está mucho más cerca de Hernán Cortés, que un italiano de Calígula o de Nerón.
El segundo tramo de la canción plantea paralelismos semejantes. En esta ocasión, los invocados, quizá por mirarse en el espejo cortesiano que cree manejar Bunbury, son nada menos que Fujimori y Pinochet. Huelgan las explicaciones del porqué de tales comparaciones:

No me digas hijo de Cortés,
ni confundas pueblo y soberano,
igual que un chileno o peruano
no tiene por qué ser hermano
de Fujimori o Pinochet.

Destaca también en esta estrofa su segundo verso, pues en él, Bunbury nos advierte sobre la diferencia entre «pueblo» y «soberano». El autor de «Hijo de Cortés» salva en ella al «pueblo», sea ello lo que fuere, y concentra el mal en determinadas figuras individuales que, por alguna razón, están desconectadas de ese «pueblo» que abarrota los estadios para ver a los deportistas populares o a los artistas pop que igual brindan con chelas que con pisco, pues tal brindis adereza el tema que andamos analizando.

No me digas hijo de Cortés
ni de Isabel “la marrana”
yo no nací en su cama,
ni la Malinche me dio de mamar,
ni tengo por qué ocultar
que en esta tierra
tengo mi hogar.

Así reza la penúltima estrofa, por la que desfilan tanto Isabel la Católica como la Malinche. En el caso de la primera, el calificativo de «marrana» lanzado por Bunbury no parece tener que ver con el hecho de que a los judeoconversos españoles se les llamara «marranos», acusación que pondría en un brete de perfiles antisemitas a nuestro cantante, sino por una cuestión mucho más vulgar y escatológica. Todo parece indicar que el marranismo isabelino está emparentado con esa leyenda según la cual, la reina Isabel prometió no cambiarse la camisa hasta que no conquistase Granada, frase de la que no hay evidencia documental alguna. Muy al contrario, sépalo o no nuestro autor, la reina destacó por su pulcritud, hasta el punto de ser recriminada por ello por su confesor, fray Hernando de Talavera. Pero aún hay más, pues aunque Bunbury reniega de Isabel I de Castilla, lo cierto es que la posibilidad del éxito logrado allende el Atlántico por el artista zaragozano, se debe en gran medida a algunas de sus iniciativas. El mestizaje, tan elogiado por la progresía más rigorista, debe mucho a aquella mujer nacida en Madrigal de las Altas Torres, pues fue ella quien incluyó estas voluntades proteccionistas en su testamento:

«Y no consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien»

            Fue también Isabel la Católica, la primera persona que se preocupó por los derechos de los indios, al ordenar que estos continuaran siendo propietarios de las tierras que les pertenecían antes de la llegada de los españoles. A ella también se debe un decreto que prohibió la esclavitud de los naturales, dando al traste con el proyecto esclavista de Cristóbal Colón. En cuanto a la incorporación a la letra de la Malinche, es evidente que se trata de otro oportunista guiño a cierto sector del público mexicano, aquel que considera a doña Marina una traidora a un México que, sencillamente, no existía como unidad política cuando la esclava fue entregada por los totonacas a Hernán Cortés. La nación mexicana, pese a quien pese, es más hija de Cortés que de Moctezuma, personaje que desfila también por la canción:

  No me digas hijo de Cortés,
  no digas más palabrotas,
  que Moctezuma jamás se vengó
  de este vuestro hermano sincero o idiota
  enterremos de una vez el rencor
  que es muy mal consejero.

            El broche, de tono conciliador, aparece antes del último brindis con el que se cierra la canción. El rockero insiste, sin embargo, en sacudirse lo que para él es una palabrota. Al cabo, hijo de Cortés parece sonar en sus oídos igual que hijo de puta. Sin embargo, y a pesar de que Bunbury reniega del linaje cortesiano, lo cierto es que su éxito debe mucho a algunos acontecimientos que corrieron paralelos, cuando no fueron protagonizados, por Cortés. Entre ellos cabe destacar que en el trascendental año de 1492, Antonio de Nebrija publicó su Gramática castellana, obra dedicada al idioma en el que se desenvuelve Enrique Bunbury, aclamado en aquellas tierras que un día integraron el Imperio español a cuya ampliación contribuyó más que nadie Hernán Cortés, hombre que puso las bases de lo que no por casualidad se llamó Nueva España.


jueves, 23 de agosto de 2018

Neil Young y su "Cortés, el asesino"

Artículo publicado el 16 de agosto de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-08-16/ivan-velez-neil-young-y-su-cortes-el-asesino-85744/
Neil Young y su "Cortés, el asesino"


En el 1975, el rockero Neil Young (1945) publicó el álbum Zuma, un disco de nueve canciones entre las que se hallaba la que llevaba por título, Cortez, the Killer (Cortés, el asesino). Más de cuatro décadas después, el tema continúa gozando del gusto de sus muchos seguidores, los que en los setenta ya acudían a sus conciertos, y el renovado público que se sumó con la irrupción de los grupos grunge, que reconocían el magisterio del músico de Ontario.
Dentro de unos meses se cumplirán quinientos años desde que el que Young califica de asesino, pisara las playas hoy pertenecientes a México. Tal aniversario servirá, como es lógico, para reinterpretar una figura histórica que suscita enormes controversias. Frente al Cortés homicida, pueden contraponerse otras versiones, las que lo presentan como un héroe, e incluso como un libertador de pueblos. También aquellas que lo ven como un instrumento de la Providencia para erradicar la idolatría e implantar la fe verdadera, aquella simbolizada por una cruz. En este contexto, es evidente la enorme influencia que los representantes de la cultura popular pueden ejercer sobre aquellos que no están dispuestos a acudir a las fuentes originales, prefiriendo versiones abreviadas, a menudo simplistas, de personajes y hechos como los que van aparejados a la figura del conquistador metelinense. Por tal motivo, conviene proceder al análisis de los versos que Young ha hecho llegar a tan nutrido conjunto de oyentes.
Más allá de la inexactitud se embarcar a Cortés en unos galeones, a bordo de los cuales habría llegado a las tierras mexicanas, llama poderosamente la atención la segunda estrofa:

En la playa estaba Montezuma
Con sus hojas de coca y sus perlas
En sus salones se preguntaba a menudo
Sobre los secretos del mundo.

Máxime cuando sabemos por las crónicas, que Moctezuma no se acercó en ningún momento al litoral, pues los que allí trabaron contacto con los españoles fueron sus emisarios, quienes hasta el mismo momento de la entrada de los barbudos en Tenochtitlan, trataron por todos los medios, incluyendo la oferta de vasallaje al rey español, de impedir el contacto entre Hernán Cortés y Moctezuma. Por otro lado, los mexicas no cultivaban ni consumían hojas de coca, sino, como bien subrayó Hugh Thomas en su clásico La conquista de Mexico, hongos alucinógenos que formaban parte de sus ceremonias religiosas. Todo parece indicar que Neil Percival Young confunde, acaso envuelto en las volutas contraculturales de la California en la que se instaló a mediados de los sesenta, a los mexicas con los incas. Una fugaz consulta a la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, hubiera sido suficiente para saber qué sustancias consumía Moctezuma. El cronista indica que, después de las comidas, al emperador «le ponían en la mesa tres cañutos muy pintados y dorados, y dentro tenían liquidámbar revuelto con unas yerbas que se dice tabaco. E cuando acababa de comer, después que le habían bailado y cantado y alzado la mesa, tomaba el humo de uno de aquellos cañutos, y muy poco, y con ello se adormecía».
Los siguientes pasajes, muestran hasta qué punto Young está imbuido de la idea del buen salvaje:

Y sus súbditos le rodeaban
Como las hojas alrededor de un árbol
Con sus vestidos de muchos colores
Para que los enfadados dioses les viesen.

Y las mujeres eran todas bellas
Y los hombres rectos y fuertes
Ofrecían sus vidas en sacrificio
Para que los otros pudieran seguir.

De nuevo, una consulta al cronista de Medina del Campo le hubiera alejado de tan idealizada visión del Anáhuac. Por ejemplo, cuando Bernal se refirió a la esposa de Cuauhtémoc, hija de Moctezuma, de quien dijo que se trataba de una «bien hermosa mujer para ser india», comentario que habla bien a las claras, por un lado, del desajuste que aquellas mujeres tenían  en relación a los cánones de belleza occidentales, y por otro, de la diversidad de rostros indígenas con que los españoles se enfrentaron. La descripción de los varones mexicas, huelga decirlo, es también una pura idealización.

El odio era sólo una leyenda
Y la guerra nunca se había conocido
La gente trabajaba junta
Y levantaban muchas piedras.

Y las llevaban a las llanuras
Pero morían por el camino
Y construyeron con sus manos desnudas
Lo que aún hoy no podemos hacer.

Las dos estrofas vuelven a mostrar las limitaciones de los conocimientos de Young, pues el mexica no eran en absoluto un pueblo pacifista, sino una muy guerrera nación que había alcanzado su hegemonía gracias a un carácter militar cultivado desde la infancia en unas escuelas llamadas calmécac, o «casas de lágrimas», donde los niños eran severamente instruidos en el arte de la guerra. La idea de que el odio era una leyenda es también totalmente gratuita, pues aquellos pueblos vivían en un constante enfrentamiento. Tal inestabilidad, encubierta bajo la hegemonía mexica, fue aprovechada por Cortés, que estableció una sólida alianza con la nación tlaxcalteca, tan fiel como decisiva en la conquista. En definitiva, la violencia era el telón de fondo sobre el que se dibujaban las relaciones entre etnias. Una belicosidad que determinó la institución de las llamadas «guerras floridas», cuya culminación conducía a los altares de sacrificio de las pirámides. Consciente de la fuerza militar mexica, y de esas extrañas relaciones con los tlaxcaltecas, el conquistador Andrés de Tapia preguntó a Moctezuma por qué no aniquilaba a sus vecinos. Este le respondió que aun pudiéndolo hacer no se hizo, porque si Tlaxcala caía definitivamente, «no quedara donde los mancebos ejercitaran sus personas». Junto a esta utilidad como tropas de entrenamiento, los tlaxcaltecas ofrecían algo muy preciado en Tenochtitlan: «queríamos que siempre hubiese gente para sacrificar a nuestros dioses».
En cuanto a la imagen de unos mexicas levantadores de grandes piedras, todo parece indicar que de nuevo Young los confunde o mezcla con los pueblos del Cono Sur, que se distinguían por sus construcciones a base de sillería ciclópea. En cualquier caso, conviene recordar que Cortés se dolió de la destrucción de Tenochtitlan, ciudad que quiso entregar a su rey en todo su esplendor.
Nada se interpone, no obstante, entre las fuentes documentales y la visión preconcebida que el guitarrista tiene del México prehispánico. Young, alumno de Historia en la escuela de Winnipeg, se desvela como un subproducto de la idea que del Imperio español se ha tenido y propagado en la América protestante, aquella que denunció Philip W. Powell en una obra de revelador título: Árbol de odio.

jueves, 16 de agosto de 2018

La Leyenda Negra. De propaganda de guerra a autoodio

Participación en el V Congreso de Catalanidad Hispánica organizado por Somatemps. Barcelona 14 de julio de 2018:
https://www.youtube.com/watch?v=7H-CdTJ_W2o

Un perro andaluz

Artículo publicado el 9 de agosto de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2018-08-09/ivan-velez-un-perro-andaluz-85745/


Un perro andaluz

            Mi perra llegó de Jaén hace año y medio porque allí la iban a matar
A los 10 días ya entendía las órdenes en catalán. Ahora ya no atiende a ninguna en castellano ni a su antiguo nombre
Decidme. Eres de dónde naces o de dónde te quieren?
Pos eso. Aplicad el símil

            El 31 de julio, el perfil de Twitter @gallifantes, con casi 86.000 seguidores y una imagen de fondo con el lema, Spain is a fascist state, publicó el mensaje reproducido. Inmediatamente, se desató un alud de reacciones, que se movieron entre el más agudo sarcasmo y las más groseras manifestaciones de odio.
            Cris, que así parece llamarse quien escribe bajo la cuenta @gallifantes, condensó en el limitado número de caracteres que ofrece Twitter, algunos de los clásicos ingredientes que no pueden faltar en toda manifestación catalanista que se tenga por tal. La historia del can salvado de una muerte segura en su Jaén natal, que reniega de su antiguo nombre y desoye las órdenes en castellano, permite recordar muchos de los contenidos ideológicos, también de sus obsesiones, de quienes ahora conducen sus días bajo la divisa del lazo amarillo.
            El mensaje, teñido de una evidente carga alegórica, comienza presentando a un animal que va a ser sacrificado en la muy andaluza provincia de Jaén, pero que finalmente salva su vida, en Cataluña. Andalucía sigue siendo una tierra sin oportunidades, un territorio duro, sin espacio para el cariño que el perro encuentra al norte del Ebro, allí donde, además, ha prendido el animalismo y se han prohibido las corridas de toros, la Fiesta Nacional. Esta primera línea del tuit nos lleva a aquellas palabras que en 1976 dejó escritas Jordi Pujol y Soley en su obra La inmigración, problema y esperanza de Cataluña:

El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza de número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad.

            Pero también a estas otras, que dejó para la posteridad el actual Presidente de la Generalidad de Cataluña, Joaquín Torra, lazohabiente, preclaro detector de baches en la cadena de ADN, y autor de un libro que se ajusta a la perfección a los caracteres expelidos por @gallifantes, La lengua y las bestias. En tal obra, publicada en 2008, el por entonces meritorio Torra, decía, fantaseando no ser español, que sus compatriotas, los españoles, son «bestias con forma humana que destilan odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con moho, contra todo lo que representa la lengua catalana». Ante la irreductibilidad e incomprensión de los españoles, singularmente los procedentes de la Andalucía que en su día llevó el flamenquismo a las noches barcelonesas, pero también la mano de obra que contribuyó a mantener la industrialización y muchas de las fortunas de Cataluña, algunas de las cuales tuvieron origen caribeño y fenotipos negroides, la lengua catalana, implantada por bautismales procesos de inmersión y por medidas coactivas, ha sido la herramienta perfecta para llevar a cabo la construcción de los nuevos catalanes, muchos de los cuales, jienenses o no, entienden y obedecen las órdenes en catalán.
            Presentada la historia del perro, desconectado ya de su origen, @gallifantes se plantea, no sin ciertos baches ortográficos, una pregunta trascendental: Eres de dónde naces o de dónde te quieren? La disyuntiva, que induce una evidente respuesta, muestra a las claras la transformación que ha sufrido el catalanismo. Cris, apoyada en el ejemplo de su bestia adoptada, parece decantarse por la segunda opción, algo que choca con las esencias del catalanismo frenológico y abiertamente racista de los padres fundadores de tal ideología, como bien expuso Francisco Caja en sus dos volúmenes de La raza catalana: el núcleo doctrinal del catalanismo (2009 y 2013). Si durante décadas, al menos hasta la caída del nazismo, el catalanismo se preocupó de buscar diferencias craneanas que demostrarían la existencia de un pueblo incontaminado que se expresaba a través de una lengua propia, el eclipse del racialismo obligó a reconducir la estrategia. Abandonados los laboratorios, arrumbados los calibradores que distinguían las testas braquicéfalas de las dolicocéfalas, el nuevo terreno propicio fue el de la cultura, aquel que permitía incorporar a nuevas gentes capaces de ajustarse a los cánones delimitados por unas señas de identidad recuperadas del pasado o fabricadas ad hoc. La antipática perspectiva racista, de la que, como puede comprobarse, sobreviven algunos rescoldos, quedó abandonada. Otros eran los mitos a los que era obligado acogerse. Singularmente aquellos que tienen que ver con Europa. Cataluña, siempre europea, carolingia al cabo, se diferenciaría de España, por su carácter tolerante, por su constitutivo y dialogante democratismo. Y aunque generosamente se ofreció a los recién llegados la condición de nous catalans, nadie mejor que aquellos que cuentan con un buen puñado de apellidos locales, para pastorear, desde el Parlamento, las consejerías, los púlpitos y las pseudo embajadas catalanas, a tan heterogénea grey. Un sacrificio, el de la construcción nacional de una nación que se dice milenaria, que conlleva pasar por dolorosos trances, como aquel al que quedan expuestos mensualmente numerosos altos cargos del Gobierno de Torra, más de doscientos cuarenta patriotas con un sueldo superior al del Presidente del Gobierno.
            Ardorosa activista de la causa lazi, @gallifantes apela al habitual sentimentalismo, casi siempre convertido en visceralidad, de quienes militan, vocacional o profesionalmente, en el frente hispanófobo. Una oleada, un movimiento, marcado por la falsa conciencia, y por un conductismo casi pavloviano, que cuenta con un antecedente popular: «Por el pan baila el perro».