jueves, 5 de febrero de 2026

Raíces

La Gaceta de la Iberosfera, 22 de enero de 2024.

https://gaceta.es/opinion/raices-20240122-0500/ 

Raíces

En 1979, TVE estrenó la serie Raíces. Aquella España para la que se abría una democracia coronada impulsada, en gran medida, por los Estados Unidos, pudo asistir a las penurias del esclavo Kunta Kinte, a quien sus ansias de libertad, de liberarse también de su nuevo nombre (Toby), convirtieron en una persona con discapacidad, al serle amputada parte de un pie para evitar nuevas fugas. Ese mismo año, ETA mató en Beasain al guardia civil Antonio Ramírez y a su novia Hortensia. Un cortometraje titulado 27 minutos, rodado bajo la dirección de Fernando González Gómez, rinde homenaje a la pareja que la banda terrorista mató dentro de su coche, cuyo claxon, sobre el que cayó el agente, sonó durante esa casi media hora en la que ningún vecino se acercó al vehículo.

Casi medio siglo después, ETA no mata, pues no tiene necesidad alguna de hacerlo. Sillar destacado dentro del muro alzado por el PSOE contra la derecha, la ultraderecha, la extrema derecha, el fascismo, el franquismo y otros mitos, Bildu es un socio preferente y fiable al que los periodistas orgánicos tratan con mimo. «ETA no existe», afirman indignados, mientras fantasean combatir un franquismo vivo, ambiental, inextinguible. En este confortable hábitat ideológico se mueven propagandistas, actores y creadores a los que el Gobierno, sustentado, en gran medida, por los compañeros de Otegui, que esta semana se permitió el desahogo de culpar al Estado (español) «de evitar que la violencia armada —etarra, para más señas— desapareciera de la ecuación política», mima, sabedor de que se trata de una inversión con un gran retorno.

No es, por ello, extraño, que la actriz Itziar Ituño participara en una marcha en apoyo a los presos etarras, calificativo éste, que gran parte de la prensa subvencionada omite, no ya por pudor, sino porque se sobreentiende. «Los presos» son eso, los presos etarras. No son necesarias más explicaciones. «Los presos», para muchos de los que se han criado dentro de modelos educativos elaborados por el PNV, omitiendo la mayor parte de la Historia de Vascongadas, son gudaris, libertadores de un pueblo casi tan oprimido como el de Kunta Kinte.

En ese ambiente se formó la Ituño, firmemente integrada en la industria cinematográfica de Maketania, cuya destacada presencia pancartera ha desencadenado una oleada de críticas por parte de los no alineados con la banda terrorista. A ello ha de añadirse la pérdida de algunos contratos publicitarios que, sin duda, serán resarcidos de algún modo desde lo público. Al cabo, Bildu manda cada vez más y no dejará atrás a una de las suyas. Tampoco lo hará el mundo cinematográfico, que tal y como era de suponer, y a diferencia de lo ocurrido hace unos años con Marta Etura, se ha solidarizado con la filoetarra, acogiéndose a la libertad de expresión como a sagrado. Nada debe, por lo tanto, temer Itziar Ituño, en cuya defensa ha salido el Festival de San Sebastián, tan equidistante siempre con «el conflicto». La tormenta pasará pronto. De hecho, ya se atisban claros para quien ha manifestado, en el curso de una complaciente entrevista, que: «Una es quién es, es de dónde es, hay gente que eso no le ata tanto, pero yo tengo como un árbol, unas raíces enormes que me atan a mi identidad de pueblo». Una metáfora arbórea que, en su caso, va sólidamente ligada a la imagen de un hacha sobre la que se enrosca una serpiente.

 

 

Llaves para una solución

La Gaceta de la Iberosfera, 15 de enero de 2024.

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Llaves para una solución

La última sesión parlamentaria evidenció lo tensa que será la convivencia intramuros del espacio en el que ha decidió moverse Sánchez. Aliado de todas las facciones que trabajan para destruir la nación «discutida y discutible» —Zapatero dixit— que gobierna, el presidente tendrá que seguir haciendo concesiones a unos nacionalistas fragmentarios que las emplearán para construir sus indiscutibles Estados. El espectáculo ofrecido estos días ha sido tal que ni la envoltura en medidas «sociales» de la cesión de la competencia de inmigración a Cataluña, ni los contorsionismos de los periodistas orgánicos, han sido capaces de ocultar la realidad de que Sánchez está dispuesto a todo para mantener la organización empresarial que opera bajo las siglas PSOE.

Hecha esta cesión a los secesionistas de Junts, que Sánchez ha explicado a sus corifeos como algo propio del Estado autonómico «que todos nos hemos dado», le ha faltado decir, ha llegado el momento del más exitoso turnismo de nuestra democracia coronada. En vista del éxito del golpista de Amer, el PNV se ha apresurado a pedir lo mismo que la banda de Puigdemont. Acostumbrados a moverse bien entre las bambalinas madrileñas, los herederos de Sabino Arana, que han elegido un perfil distinto a los habituales, temen, y razones no le faltan, el ascenso de los filoetarras de Bildu, que han vuelto a exhibir músculo callejero en la muy vizcaína Bilbao. Conviene anticiparse, piensan los sabinianos, conscientes de que los de Otegui cuentan con las simpatías de Moncloa.

El primer impacto, el más visible, lo han dado los bildutarras, desplegando una pancarta con fondo negro, sobre el que convergen dos flechas blancas que dibujan una suerte de ikurriña mutilada. Tras el enorme símbolo, una multitud tomó la calle el pasado sábado, enarbolando banderas de la Navarra que será disuelta en Euskal Herria y de la Palestina judeófoba con la que, en exótica solidaridad entre pueblos oprimidos, se identifican muchos de los manifestantes que reclaman algo que se acaricia con los dedos: la entrega de la llave con la que liberar a los criminales etarras que tanto han hecho por mantener los privilegios de los que goza la Comunidad Autónoma Vasca. Entre los manifestantes, representantes de casi todos los partidos que sostienen a Sánchez. Como remate de la jornada, el estadio de San Mamés —téngase en cuenta que el Barcelona andaba por tierras mahometanas— fue el único que no homenajeó a la Policía Nacional, deshumanizada en Vascongadas bajo el vocablo txakurra, con motivo de sus dos siglos de vida.

Paralelamente a la puesta en escena de estas y otras ceremonias, a las que ha de sumarse el continuo homenaje a etarras, el mundo terrorista vasco sigue permeando una sociedad dispuesta a escuchar fábulas que mezclen victimismo y heroísmo. El cóctel se sirve, incluso, en dosis personalizadas como la distribuida por Lorentxa Beyrie, condenada por colaborar en el asesinato, en 2001, del mozo de escuadra Santos Santamaría Avendaño, que esta semana ofreció su catequesis a unos estudiantes del Liceo Etxepare de Bayona, habitual receptor de etarras enclavado en ese Iparralde que el gobierno vasco riega con subvenciones con la vana ilusión de incorporarlo a Euskal Herria.

Con los etarras convertidos en héroes populares, el PNV, que siempre jugó a varias barajas para mantener su rentable perfil institucional, se apresura a cambiar de imagen gracias a un candidato estéticamente alejado de los Esteban y Urkullu. El tiempo, sin embargo, juega en su contra, pues el partido de las Leyes Viejas se ocupó de diluir la sangre de la que se benefició. Al cabo, los etarras son y serán siempre de ellos, de los de su camarada Otegui. Convertido en el más fiel constructor del muro tras el que se blinda Sánchez, Bildu urge a la entrega de las llaves con las que abrirá las celdas de los mitificados gudaris. Después vendrá la solución, es decir, la secesión.

 

Ernest el belga

La Gaceta de la Iberosfera, 8 de enero de 2024.

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Ernest el belga

Educado en el Liceo Francés, hijo de militantes de un PSUC cuya S tanto confundió a quienes siempre estuvieron dispuestos a aceptar esa confusión de confusiones tan asentada en la Cataluña tardofranquista, Ernest Urtasun ha desarrollado su vida al calor de la atmósfera política española. En particular, dentro de ese nicho que oscila entre la preocupación planetaria y el ensimismamiento en un terruño con aires cosmopolitas. Entre medias, una España tan negada como denostada, contradicción favorita del hispanófobo promedio español.

Con esos precedentes, no es extraño que Urtasun, estudiosamente desaliñado ministro de Cultura de España, se descolgara con unas declaraciones netamente negrolegendarias que retratan al personaje. A su decir, España debe mirarse en el espejo belga, ese en el cual se sigue contemplando el Dorian Gray lazi que decide el futuro de la España que le ha otorgado el maletín ministerial, para ir corrigiendo la «cultura colonial heredada». Se avecinan, por lo tanto, cambios que el miembro de Sumar todavía no ha desvelado, pero que se pueden adivinar. Modificaciones que bien pudieran ir encaminados a la devolución —¿a quién?— del oro de América. Cambios que podrían ir orientados a poner en valor, galicismo que acaso agrade los oídos del antitaurino barcelonés, el papel jugado por algunas mujeres antes, durante y después, ¿de qué colonia?

No cabe duda de que Urtasun tiene un nutrido público que aplaudirá cualquier decisión que erosione unos museos que hace tiempo dejaron de ser la transformación de viejos gabinetes para convertirse en industrias propagandísticas. Un público encantado de desmantelar todo aquello que huela a nacional para dejarlo en manos de nacionalizadores regionales. Una clientela que trata de confinar el idioma español en el corsé regional castellano y que se finge ajena al pasado imperial, sí imperial, de nuestra nación. Una Historia a la que no fue ajena ninguna región española, empezando por Cataluña, en cuya capital recibió Colón su primer revés: la derogación de su proyecto esclavista, y europeísta, indiano. España, a diferencia de la depredadora Bélgica, se hizo bajo el influjo de Las Indias en las que hubo esclavitud negra, negocio de que se lucraron poderosas familias catalanas cuya fortuna se cimentó en un tráfico que hoy se mantiene, transformado, en el Mediterráneo, pero en las que se prohibió tempranamente la esclavitud de los naturales. España, sépalo o no Urtasun, consideró a los indígenas del Nuevo Mundo, a menudo enfrentados a muerte entre sí, súbditos de la Corona, y mantuvo —cosas del Antiguo Régimen— el estatus señorial de muchos de ellos. Por todo ello, como en su día afirmó el argentino Levene, Las Indias no fueron colonias, sino algo muy diferente, algo muy poco belga.

Lo belga, por decirlo de otro modo, entronca perfectamente con algunos de los componentes nucleares de los nacionalismos fraccionarios que brotaron en regiones españolas como la catalana, donde hizo fortuna la frenología, hoy ocultada bajo varias capas de barniz cultural. Fue en Cataluña y no en Cuenca donde se exhibió no una oscura leyenda como la que cultiva Alberto San Juan, autor de estas palabras: «Desde 1492, ser español supone pensar menos», sino un auténtico negro disecado. Lo belga, recordemos al célebre Erik, es el expolio.

 

De Iruña a Euskal Herria

La Gaceta de la Iberosfera, 1 de enero de 2024.

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De Iruña a Euskal Herria

La entrega, por parte del PSOE, del Ayuntamiento de Pamplona, Iruña en terminología indigenista, a Bildu, tendrá unas consecuencias más que previsibles. El consistorio de la capital de Navarra, Nafarroa para todos aquellos que no pueden pronunciar la palabra España, es la plataforma idónea para que los filoetarras se conviertan no sólo en gobernantes de las provincias Vascongadas, Euskadi en torcido neologismo del racista Arana, sino en impulsores de la unión de esas provincias castellanas y Navarra. En una España en la que los principales partidos, con el PSOE que declaró dos estados de alarma inconstitucionales a la cabeza, se aferran talmúdica e interesadamente a la Constitución, la disposición transitoria cuarta, que establece un procedimiento para la incorporación de Navarra al País Vasco, y no al revés, ofrece unas condiciones inmejorables para la creación de una Euskal Herria a la que las provincias francesas que considera suyas, se le resisten tenazmente.

Antes de alcanzar ese sueño, han de darse algunos pasos. El principal de ellos, pues el proyecto euskalherriaco tiene, pese a sus recientes envolturas, una raíz etnolingüística, será la implantación, en los que llaman «territorios históricos», de la neolengua vasca: el euskera batua. El procedimiento es bien conocido, consiste en hacer general lo que es particular, siempre que este particularismo sirva a los propósitos secesionistas. En el caso del vascuence, Navarra está fragmentada entre los que lo han hablado y lo hablan con mayor o menor soltura, y los que nunca emplearon la que delirantemente se llamó, cuando aquellas tierras guardaban las esencias cristianas españolas, la lengua del Paraíso. Fuera del bíblico Paraíso debió quedar la Ribera, comarca en la que siempre se ha hablado español, anomalía esta, que habrá de corregirse con adecuadas dosis de medidas coercitivas y el establecimiento de una tupida red euskoclientelar.

El proceso lleva ya muchos años en marcha y ha dado sus frutos en muchos ámbitos. Particularmente en el de la toponimia, fundamental campo de batalla para aquellos que tratan de presentar a Euskal Herria como una realidad históricamente o, por mejor decir, ahistóricamente, desconectada del resto de España y de su lengua franca. Prueba de ello es el hecho de que el Pacto de Estella, firmado en 1998 por el PNV, Herri Batasuna y toda la patulea de organizaciones secesionistas en un momento de flaqueza de ETA, fue llamado Pacto de Lizarra, pues Estella sonaba demasiado castellano. El truco leguleyo, en este caso, es aprobar un nombre oficial que los medios de comunicación, deudores de sus subvenciones, repetirán machaconamente. Preparémonos, pues, para escuchar la palabra Iruña, ignorada por uno de los principales propagandistas de Pamplona, Hemingway.

Con Pamplona en su poder, Bildu, que prudentemente ha dejado en un segundo plano al hombre de paz, se dispone, si las encuestas no fallan, a gobernar la Comunidad Autónoma Vasca, orillando a un PNV cuya estética y discurso palidecen ante la amplia paleta cromática que exhiben aquellos chicos de la gasolina que hoy pisan los más elegantes salones.

 

Botellas y pistolas

La Gaceta de la Iberosfera, 25 de diciembre de 2025.

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Botellas y pistolas

José Antonio Ortega Lara es una de las principales referencias de VOX, partido en el que también milita Ana Velasco Vidal-Abarca, hija de una de las fundadoras de la AVT, a la que la banda terrorista ETA dejó huérfana de padre. Santiago Abascal y su familia han sufrido numerosas amenazas por parte de ETA. La más gráfica de todas ellas dejó sobre los lomos de sus caballos su impronta homicida. La liberación del terrorista Bolinaga, en tiempos de gobierno popular, hizo que muchos se alejaran de Génova y buscaran amparo en el partido que se ha enfrentado al secesionismo en general y al terrorismo en particular, de la manera más inequívoca. Por ello, no es extraño que Javier Ortega Smith se encarara con el concejal Eduardo Fernández Rubiño, Eduardo Rubiño en X y en Instagram, cuando este calificó de asquerosas las palabras que el de VOX pronunció desde la tribuna.

Después vendría el incidente de la botella, en sus variadas versiones. La primera, lanzada al aire madrileño por la vocinglera Rita Maestre, aseguraba que Ortega-Smith había agredido a Rubiño «tirándole una botella de Coca-Cola a la cara». Las siguientes eliminaron la bebida hiperazucarada y la lata sustituyéndolas por el contaminante plástico y el agua. Un agua agresora, pese a su débil mineralización, golpeada por los papeles de Ortega Smith, que cerca estuvo de establecer contacto físico con Rubiño, arropado ese mismo día en la angelical —por la Barceló— Cadena SER, donde prosiguió el tremendo drama. Ante los micrófonos de la Sociedad Española de Radiodifusión, frente a un presentador de voz grave abismado ante la ficticia agresión, Rubiño sermoneó acerca de la masculinidad tóxica y deslizó una serie de argumentos que, en su día, tratarán de ser usados para la ilegalización de VOX, único partido que combate la España de castas y desigualdades a la que nos lleva el PSOE con el habitual seguidismo del PP. La jugada mediática la remató ese resentimiento apellidado Simancas, que en sus redes sentenció, a propósito de Ortega-Smith: «O se le para ahora, o acabará llevándose la pistola al Pleno. Al tiempo». 

Una afirmación temeraria viniendo de quien viene, de un representante del partido que ha impuesto una sesgada visión sobre la Historia de la España del último siglo, tiempo en el cual, el PSOE, que se ufana de una trayectoria de más de 140 años, a diferencia de Ortega-Smith, ha introducido armas en los hemiciclos. En efecto, como algunos se han encargado de recordarle al diputado, fue el socialista Indalecio Prieto quien el 4 de julio de 1934 sacó una pistola, y no una pistola de agua ni una invisible como la que disparó Mónica García en la Asamblea de Madrid, en el Congreso de los Diputados durante un debate acerca de la situación de Cataluña.

La advertencia de Simancas parece contener una alusión velada a la dialéctica joseantoniana de los puños y las pistolas, a la que, irremediablemente, estaría adscrito Ortega-Smith y, por ende, VOX. Dentro de este nuevo cuento de Navidad, el partido de Abascal vendría a representar esa España cerril, violenta y machista, frente a la tolerante y dialogante alternativa encabezada por el PSOE que, sin restos de cal viva, se abraza a los simpatizantes de los pistoleros de la ETA, el FRAP y los CDR.

 

«Bildu no es ETA»

La Gaceta de la Iberosfera, 18 de diciembre de 2025.

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«Bildu no es ETA»

El último cambio de opinión de Pedro Sánchez, en realidad, del PSOE, pues no hay vanidad capaz de hacer girar en torno a sí una estructura de la escala del partido tardofranquista, dará a Bildu la alcaldía de Pamplona. Una moción de censura servirá para que UPN pierda un consistorio al que, probablemente, nunca regrese. El tiempo juega a favor del partido de Otegui, ampliamente respaldado por una juventud a la que se le ha escondido la sangrienta realidad de ETA. Como contrapeso a esta ocultación, Bildu ofrece altas dosis de todos aquellos ismos que forman parte del de mayor escala: el globalismo.

Alcanzada la alcaldía de Pamplona, Bildu, que habrá de hacer ajustes importantes, entre ellos los que tienen que ver con su postura frente a la tauromaquia, dispondrá de una excelente plataforma para matar —en este caso, metafóricamente— al padre, es decir, al PNV. Desde Iruña, como gustan llamar los abertzales a Pamplona, tratando de borrar su origen romano —Pompaelo— para dar la apariencia de irreductible aldea, la formación del etarra David Pla disputará el poder vascongado a los de Ortúzar, que en su pecado bizkaitarra llevan la penitencia, pues, acaso sea en Vizcaya donde acaben confinados. Al cabo, Bildu lleva en sus siglas la totalidad del territorio que los delirios supremacistas conciben como propios de eso que dan en llamar «pueblo vasco». 

Que la entrega de Pamplona a los bildutarras es parte del pacto establecido con Sánchez es algo evidente. No hay más que ver cómo el doctor lo negaba antes de las elecciones para tener la certeza de que todo estaba acordado. Un pacto que, por otra parte, no tendrá repercusión alguna en su electorado. Los pastores mediáticos ya administran el forraje propagandístico —«cualquier cosa antes de que gobierne la ultraderecha»— a un colectivo ansioso de encontrar argumentos que consoliden su sectarismo, prejuicios y servidumbres. «Bildu no es ETA», repiten sin cesar los voceros a sueldo. «ETA es Historia», gritan exigiendo olvido quienes tienen al franquismo siempre presente. «ETA ha sido derrotada», asienten cargados de razón, ocultando que ETA mataba por conseguir los logros que hoy se otorgan en despachos mucho más cálidos que el siempre incómodo zulo. Con estas tres recetas se contenta la parroquia socialista.

Sin embargo, más allá de la propaganda, que todo lo resuelve, la pregunta es la siguiente: ¿Bildu es ETA? Evidentemente, los miembros de Bildu no matan, ni secuestran, ni extorsiona, acciones propias de la banda del hacha y la serpiente que el matrimonio PSOE-Bildu pretende que olvidemos. Sin embargo, es bien sabido que ETA excedía, con mucho, el ámbito de las capuchas y las pistolas. Orbitando a su alrededor crecieron periódicos, partidos políticos, gestores económicos, falsificadores y un gran número de chivatos a los que la sangre no salpicó. «Bildu no es ETA», repiten con el ceño fruncido unos sicofantes incapaces de explicar por qué Sánchez dio un sentido pésame a sus representantes después de que el etarra Igor González Sola se suicidara en la prisión de Martutene. «Bildu no es ETA», repiten, a pesar de que en las últimas listas de la formación figuraban más de cuarenta etarras. «Bildu no es ETA», insisten, pero su coordinador general es el etarra, acaso transicionado, Arnaldo Otegui. «Bildu no es ETA», musita el votante socialista mientras se prepara para un heroico combate contra la extrema derecha.

 

Puigdemont o muerte

La Gaceta de la Iberosfera, 11 de diciembre de 2023.

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Puigdemont o muerte

Unas veces de manera subliminal y otras de un modo crudo. Entre esos dos estilos oscila la sistemática distribución de propaganda gubernamental y secesionista que La Sexta lleva a cabo diariamente bajo diferentes formatos. A los programas de investigación, a menudo dedicados a cultivar un antifranquismo necesariamente post mortem, se añaden numerosos debates desarrollados bajo la dirección de un supuesto moderador. Los invitados, entre los cuales figura cierta cuota de discrepantes con el discurso oficial que ofrecen apariencia de pluralismo, suelen debatir sobre lo divino —la religión, pero también los arcanos de la autopercepción— y lo humano.

En ocasiones, abriéndose paso entre los argumentarios desgranados por los tertulianos habituales, aparecen figuras aparentemente diletantes que no son sino rapsodas del sistema, pues ningún gobernante, menos aún nuestro doctor, tolera críticas que puedan erosionarle realmente. Así fue siempre. Si, en su momento, por El Pardo desfilaban artistas, creadores y deportistas, en los actuales prados televisivos pastan personajes dedicados a cantar las bondades del sistema del que dependen. El último meritorio que se ha asomado al púlpito catódico para esparcir la doctrina oficial ha sido Benjamín Prado, que se ha acogido, como a gubernamental sagrado, a la falaz disyuntiva que emplea Sánchez para justificar la confección de su gobierno. Estas han sido las palabras del dylaniano Prado, habitual escudero de un Sabina, acaso ya convertido en facha, que hace tiempo tomó distancia respecto a eso que se da en llamar izquierda: «La disyuntiva era la siguiente: O Puigdemont o VOX. Puigdemont… ehhhh, no ha matado a nadie. No nos gusta lo que ha hecho, estamos de acuerdo en que ha cometido delitos. No soy de los que piensa que no ha hecho nada, pero no ha matado a nadie. Algunas de las políticas que propone y que impone VOX sí matan a la gente». O lo que es lo mismo: Puigdemont o muerte.

Como era de esperar, las palabras de Prado han desatado una tormenta en las redes sociales. Sin embargo, conociendo la fractura existente en la sociedad española, su desahogo le puede procurar beneficios añadidos a los que ya disfruta gracias a una pluma siempre alineada con la ideología dominante. No ha de olvidarse, y en ello radica parte de su éxito, que el PSOE es especialista, véase el caso de Iceta, convertido en diplomático sin mérito profesional alguno, en no dejar a nadie —a nadie que sea útil al partido, se entiende— atrás. Por ello, no sería de extrañar que los servicios que don Benjamín presta a la causa desde las telepantallas amigas fueran debidamente recompensados, si no con la colocación de su nombre en el frontispicio de una estación ferroviaria, con la concesión de alguna canonjía. Laica, por supuesto. Al cabo, en España, escribir, dependiendo de a favor de quién se haga, no es, contrariamente a lo que afirmó Larra, necesariamente, llorar.

 

España bajo un reloj de cuco

La Gaceta de la Iberosfera, 4 de diciembre de 2023.

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España bajo un reloj de cuco

Seis años después del golpe de Estado perpetrado por los supremacistas catalanes, tibiamente respondido por el partido de la gestión que ahora se reparte con el PSOE y Sumar las comisiones en el Congreso de los Diputados, el principal protagonista de aquella asonada decide gran parte del futuro de esa España a la que tanto odia. En Suiza, con el salvadoreño Galindo, especializado en acuerdos con narcoterroristas, como mediador y bajo una total desinformación, se negocia el futuro de una España que va camino de convertirse en una república. Bananera, para más señas.

Bajo una oscura atmósfera, el PSOE se ha ido plegando a todas y cada una de las exigencias del golpismo, hasta el punto de elaborar una ley de amnistía que se adapta como un guante a los delitos cometidos por los facciosos de la urna cuatribarrada. A la ley a la carta se unen 15.000 millones de euros que servirán para mantener sólidas las estructuras golpistas y llenos los bolsillos de los cabecillas lazis. El próximo paso de la gran empresa con sede en Ferraz será la fabricación de fórmulas retóricas bajo las que se tratará de encubrir un referéndum de autodeterminación para Cataluña.

Mientras llega ese día, Sánchez y su electricista de confianza han concedido a Puigdemont la anhelada bilateralidad que tanto ha perseguido el secesionismo. En algún lugar de Suiza, bajo un reloj de cuco al que cabría añadir el lema latino «todas duelen, la última mata», transcurren unas horas que, para la soberanía nacional, pueden suponer una auténtica cuenta atrás. Asentado cómodamente en Europa, Puigdemont acaricia su éxito con los dedos y sólo su condición de investigado por terrorismo, causa que Sánchez tratará de desactivar, podría dar al traste con una estrategia consistente en esperar a que el PSOE le necesitara para sobrevivir. Porque, en efecto, tal y como el propio doctor ha reconocido, la necesidad de los votos del derechista catalán ha sido el único motivo por el cual él mismo y sus ministros se han desdicho de lo afirmado públicamente durante años. Cambio de opinión, le llaman. «Antes una amnistía que la entrada en el Gobierno de la ultraderecha», afirman ante un público trabajado ideológicamente durante décadas de propaganda y adulación.

Preguntarse por las causas que han llevado a España a tal grado de corrupción obliga a retroceder más de siete décadas en nuestra historia. Obliga a retrotraerse al tiempo en el cual España entró en la órbita imperialista norteamericana que hoy, en lo ideológico, trascurre por las vías del wokismo que la izquierda abraza con efusión y cierta derecha con el anhelo de hacerse perdonar el olor a naftalina. Retroceder a esos días, y a los que siguieron, permite ver el nacimiento de un nuevo partido emergido sobre las ruinas de un clásico desaparecido durante el franquismo. Ese partido se llama PSOE y ha sido la marca bajo la cual han operado estrategias capaces de conducirnos, a su debido tiempo y a su debido precio, a la OTAN y a la UE. Especializado en el manejo de cacicazgos, el poder del PSOE, capaz de llegar al villorrio más recóndito, dócil herramienta de poderes ajenos, asume ahora el discurso de Puigdemont, marcado por una apelación a los Derechos Humanos que España habría conculcado hace seis años.

Para resolver cuestión tan elevada como embustera, los de Ferraz han llamado a una puerta que es su propia puerta, la de la Fundación Henry Dunant, cuyo presidente de honor es Javier Solana, también presidente del Aspen Institute que en 1949 arropó a Ortega y Gasset y abrió la vía de penetración cultural norteamericana, Congreso por la Libertad de la Cultura mediante, que en España cultivó la idea de las comunidades diferenciadas, del federalismo y de un europeísmo en el que tan arropado se halla Puigdemont.  

 

Claro y audaz

La Gaceta de la Iberosfera, 27 de noviembre de 2023.

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Claro y audaz

Coincidiendo con el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, fecha conectada por un hilo violeta con el 8 de marzo, la organización terrorista Hamás ha agradecido la «postura clara y audaz» mostrada por Pedro Sánchez durante su visita a Israel. Los agradecimientos también se han extendido a Alexander De Croo, primer ministro de Bélgica, nación que protege al golpista Puigdemont, cuyas exigencias, relator internacional incluido, han sido asumidas por el doctor que hace de la necesidad —los famosos siete votos de Junts— virtud, entendida esta como el bloqueo a un gobierno en el que participa la ultraderecha.

Imbuido de eticismo, Sánchez se dolió de las muertes de civiles y planteó una solución para el conflicto: el reconocimiento unilateral, por parte de España, del Estado palestino, si la Unión Europea no lo hace antes. Como era previsible, sus manifestaciones han abierto una crisis diplomática de indeseables consecuencias.

Enredado en los mil y un pactos necesarios para seguir pernoctando en La Moncloa y mantener las tupidas redes clientelares tejidas por su partido, las palabras de Sánchez son coherentes con el pensamiento de muchos de sus socios de gobierno, singularmente la facción sumatoriopodemita, mucho más afín al keffieh que a la kipá. Superados los tiempos en los que los kibutz causaban fascinación entre las filas de un izquierdismo mucho más definido que el actual, el llamado zurderío se caracteriza por un antisemitismo de intensidad variable y por una identificación con la causa palestina, en la que, acaso, ven trazas proletarias. Dentro de esta lógica, al otro lado de la franja, allí donde el desierto ha sido neutralizado, se situaría el tópico del judío avaro.

Sin embargo, más allá de este simplista esquema, las contradicciones se agolpan. Llama poderosamente la atención que mientras en España se trata de bloquear a Vox bajo la ficción de que es un partido que pretende arrebatar derechos a las mujeres, se haga la vista gorda con los terribles abusos y crímenes cometidos recientemente por Hamás sobre mujeres israelíes. Sorprende todavía más ver con qué naturalidad, el Gobierno de Sánchez, autodefinido como el más feminista, nada dice o lo dice en voz queda del papel que juega la mujer en el Islam, ese en cuyo seno surgió Hamás con el firme propósito de barrer a los israelíes y arrojarlos a un mar en el que no habrá pateras dispuestas.

Las manifestaciones de Sánchez también pueden tener una enorme trascendencia política, pues a las cuestiones éticas y religiosas se unen las territoriales. Además de lo humanitario, lo que está en juego en Gaza es una frontera, objetivo que persiguen en España muchos de los integrantes del frente golpista. En este contexto, si Sánchez reconociera al Estado palestino, no es descabellado pensar que Israel pudiera hacer lo propio con una Cataluña que, en ocasiones, se ha victimizado mirándose en el espejo israelí. De darse así, el doctor podría, incluso, hallar un motivo para fortalecerse ante sus incondicionales. Revestido como un héroe ético, Sánchez, acaso fingiendo cierto fatalismo, asumiría las consecuencias de una secesión; sin embargo, tanto la República de Cataluña como la España residual seguirían siendo objetivos de facciones islamistas. Al cabo, ambas fueron en su día al Andalus, cuya recuperación, como señaló en su día Bin Laden, es un deber para los hombres y mujeres sometidos y sometidas.

De la AP-7 a la A-6

La Gaceta de la Iberosfera, 20 de noviembre de 2023.

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De la AP-7 a la A-6

Durante el verano de 2019, los CDR, a los que hoy, por mor de las dádivas de Pedro Sánchez al golpismo acaso haya que darles el trato de muy honorables CDR, llamaron a cortar la AP-7. Los encapuchados trataban de yugular una artería fundamental para el flujo de mercancías entre España y Francia, «Estado español» y «Catalunya Nord» en jerigonza lazi. Decepcionados ante la falta de firmeza golpista de Torra, máximo representante del Estado en Cataluña, que harto tenía con detectar baches en el ADN de los españoles, los CDR pretendían mantener el corte de una forma prolongada y sostenida en el tiempo, a la espera de la sentencia del Tribunal Supremo en relación a los llamados «hechos de octubre». Con este sabotaje a una infraestructura de tal entidad trataban de condicionar la decisión de los togados que hoy, por primera vez, se han puesto de acuerdo contra un presidente, Sánchez, que ha emponzoñado sus  togas hasta extremos indecibles.

Cinco años después, el doctor ha sido investido presidente del Gobierno después de cederlo todo a las facciones que tratan de erosionar, algunas de balcanizar, la nación que pretende dirigir al precio de su desmantelamiento. Rodeado de un ejército de asesores y aduladores, con una policía que de nacional parece mutar a gubernamental, Sánchez, al que la calle le fue siempre mucho más hostil que los salones donde se diseñan las estrategias globalistas, se mantiene en La Moncloa a la espera del agotamiento de las protestas, mientras sus sicofantes a sueldo se desgañitan en los medios subvencionados gritando «¡que viene la ultraderecha!» o sosteniendo que el Gobierno rematado en Bruselas es el democrático resultado de las elecciones de julio.

Sin embargo, a pesar de la aplastante propaganda, pese a que la grey socialista es capaz de tragar con todo lo que beneficie a sus siglas —las roturas de carnés han sido excepcionales—, se percibe preocupación en las filas del partido que coordina el desguace de España. Son ya muchos los días en los que la blindada Ferraz asiste a unas protestas que el Gobierno trata de desvirtuar mediante viejas argucias callejeras puntualmente televisadas. Maniobras estériles para quienes no están dispuestos a convertirse en españoles de segunda, los mismos que dieron cuerpo a las enormes movilizaciones de Madrid y Sevilla que han ciertos voceros que tratan de encapsular bajo la etiqueta Cayetana.

Pese al enorme aparato mediático del que dispone, no va le va a resultar fácil al PSOE, configurador de la España del último medio siglo, acallar la ola de protestas. Y ello a pesar del intento de equiparar a los CDR con quienes se concentran en Ferraz horas antes del televisivo reparto de jarabe de porra. Dentro de esta estrategia se inscribe el intento de igualar el corte de la AP-7 con el del colapso de la A-6 del pasado sábado. Vana ilusión pues, aunque en apariencia se trata de lo mismo, de interrumpir el tráfico, las razones son radicalmente opuestas. Si el corte barcelonés formó parte de una ofensiva que buscaba la sustracción de parte del territorio español, pues la secesión es un robo, la sentada de la A-6 trataba de impedir que el embuste que pernocta en La Moncloa siga colaborando con los beneficiarios de los encapuchados.

 

Desmovilización

La Gaceta de la Iberosfera, 13 de noviembre de 2023.

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Desmovilización

Durante una lluviosa jornada, en un hotel de Bruselas, el fontanero mayor del PSOE se plegó a las principales exigencias del golpista Puigdemont al que los socialdemócratas, tal es su servilismo, han llegado a llamar president. Si el clamor de la calle o alguna toga limpia de polvo caminero no lo impide, el fugado regresará a Cataluña cómodamente sentado en un sillón del que se levantará para disputar el de la Generalidad, en el que acaso plante sus posaderas, no diremos reales, el PSC, verdadero manejador de la política española, que quizá acabe siendo el mayor beneficiado de la pugna entre Puigdemont y Junqueras. Lejos queda su huida, en el interior en un maletero, a la Europa que le ha arropado. Una fuga, por cierto, no detectada por los servicios secretos del Estado opresor.

Se cerrará así un paréntesis de más de seis años, en los cuales, el de Amer se rodeó de una pequeña corte configurada por un sincopado trovador, algún que otro bufón e incluso una giganta que también se beneficiará de la barra libre pagada por todos y servida por Sánchez. Un periodo de tiempo en el que el golpista fomentó aquello que ya denunciara Julián Juderías hace más de un siglo, cuando dijo que España, desde la perspectiva de la Europa sublime, constituía «desde el punto de vista de la tolerancia, de la cultura y del progreso político, una excepción lamentable dentro del grupos de las naciones europeas». El daño hecho por los agentes lazis es enorme. La respuesta de nuestra diplomacia, hipotecada por sus muchas deudas dactilares, tibia.

Como digo, falta por ver si los mecanismos judiciales pueden bloquear el golpe de Estado que, nacido en Cataluña, se ha llevado a Madrid, lugar en el que opera esa coordinadora de secesionistas, terroristas blanqueados y corruptos de diverso pelaje, llamada PSOE. Con el acuerdo firmado, corresponde ahora a Sánchez controlar los votos de aquéllos que le deben el puesto; a la prensa subvencionada buscar fórmulas publicitarias y cargar de razones a aquellos que están ávidos de ellas para aceptar semejante atropello no democrático, sino nacional; y a los sindicatos patrocinados, hallar un reclamo laboral para que sus liberados toquen a rebato e impidan ver lo evidente: que esas organizaciones están involucradas en una balcanización que también lo es de esa clase obrera que dicen defender.

Falta, por el contrario, ver el efecto que tienen los pronunciamientos de aquellos gremios funcionariales aún no contaminados por el autonomismo que, desde hace demasiado tiempo, han asumido su maniquea división en «progresistas» y «conservadores» sin reparar en la evidencia de que su propia existencia y fortaleza están ligadas a la del Estado con el que mercadea Sánchez. Falta, por último, ver los efectos que produce, pues no todo el poder se ejerce de manera descendente, por muy despótico e invulnerable que este parezca, una movilización callejera constante que necesita verse complementada por su contrario, por una total desmovilización productiva: por una huelga general que paralice España.

 

De la amnistía a la amnistía

La Gaceta de la Iberosfera, 6 de noviembre de 2023.

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De la amnistía a la amnistía

Gran conocedor del público al que se dirige, pues en gran medida éste ha sido configurado por las escuelas y los medios de comunicación afines durante más de cuatro décadas, Pedro Sánchez terminó por pronunciar la palabra «amnistía», tantas veces dicha como negada durante la campaña electoral. A pesar de haber sido derrotado en las urnas, el doctor ya apareció exultante durante la noche del 23 de julio. A partir de ese momento, el PSOE, que siempre lleva grasa en la guantera para facilitar el movimiento de la maquinaria mediática que le rodea, desplegó una estrategia que tenía un objetivo evidente: el mantenimiento de Sánchez en La Moncloa, con las jugosas consecuencias que para todo el aparato socialista ello acarrea.

Durante más de tres meses, los propagandistas del sanchismo, apenas molestados por pellizcos de monja de amortizados jarrones chinos, se han dedicado a poner sordina a un tiempo de oscuras negociaciones con golpistas y formaciones en las que operan viejos terroristas. En los argumentarios distribuidos entre los voceros destacaban varios mantras. El primero de ellos, que ya expira, es que no se podía hablar de lo que no se conocía. Se trataba, así, de ganar tiempo para negociar, es decir, para plegarse a las cada vez más crecientes demandas de los lazis, al tiempo que se etiquetaba de exaltados, en el mejor de los casos, a quienes no estuvieran dispuestos a tragar con semejante medida, aniquiladora de nuestro Estado de derecho. Complementario al argumento del desconocimiento, se ha aseverado que todo lo que se haga se situará dentro de los márgenes del marco constitucional, dándose la circunstancia de que al frente del Tribunal Constitucional se ha situado al togado que con más complacencia luce lamparones sobre su vestidura talar. Por último, la estrategia del «y tú más», ha recordado la amnistía fiscal impulsada por el PP, en realidad, un reajuste económico de consecuencias mucho menores que la amnistía que ahora se trata de llevar adelante, que no borró el delito, sino que supuso la negociación con diversos defraudadores. Medida no exenta de prudencia economicista capaz de recaudar lo posible ante la realidad de la evasión de capitales.

La estrategia, en cualquier caso, ha supuesto una enmienda total a las declaraciones que, respecto a la amnistía, hicieron la inmensa mayoría de altos cargos socialistas hasta la víspera de las elecciones de julio. Meses después, levantados como coreanos resortes para aplaudir la última comparecencia de Sánchez, todos se han abonado a los cambios de opinión de aquel al que deben su designación. En la cima de la desvergüenza, José Luis Ábalos, que hace un lustro decía que los CDR eran el germen de la kale borroka, dice ahora que sus acciones respondían a una «expresión popular».

Sea como fuere, la ley de amnistía, sobre la que planea la sombra de la prevaricación, parece ya precocinada y difícilmente los recursos jurídicos tendrán efecto, pues cuando estos lleguen, Puigdemont podría haber alcanzado un nuevo cargo público intocable, pues la apelación a la democracia blinda, cuando conviene, casi cualquier situación. 

En este contexto, España parece entrar definitivamente en un proceso balcanizador cuyo origen ha de buscarse en otra amnistía, tantas veces invocada, bajo la que ya operaban algunas de las principales fuerzas disolventes de la nación, razón por la cual, y bien sé a cuántos contradigo, es el momento idóneo para abordar la crítica de aquella ley que convivía, en fácil pareado, con los estatutos de autonomía.

 

España en la cajuela

 La Gaceta de la Iberosfera, 23 de octubre de 2023.

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España en la cajuela

Desde hace años, los artículos de Leyre Iglesias constituyen una lectura obligada para todos aquellos que quieran descender a los macabros detalles que caracterizaron la actividad criminal de la banda terrorista ETA. En sus últimas entregas, la periodista ha ofrecido una serie de documentos manuscritos que adquieren una enorme relevancia por haber salido, así lo aseguran algunos grafólogos, de las manos del hombre que constituye la gran esperanza blanca, un blanco no calcáreo, de la socialdemocracia española, que sueña con ver presidir a Arnaldo Otegui la Comunidad Autónoma Vasca, a la que prefieren llamar, tal es su sumisión araniana, Euskadi.

Una letra redondeada, alegórica del apodo —El Gordo— dado por sus compañeros de boina y capucha, dejó sobre el papel esta instrucción: «El tío estará en el capó, metido en un saco, esposado y con los ojos vendados, además de ello estará atontado pues le habrán suministrado 2 valium 5». Quien se hallaba retenido en la cajuela de aquel automóvil, al que Otegui llamaba capó, era un industrial de ignorada identidad en el que, probablemente, los etarras veían a un opresor de la clase obrera vasca, esa que, bajo veladuras indigenistas, querían preservar los seminaristas de Derio de los vientos castellanistas. Casi cuatro décadas después, en 2017, otro maletero cobró un enorme protagonismo. Si en aquel al que El Gordo se refería estaba encerrada la España opresora, el que sirvió para que Puigdemont, actual árbitro de la política española, se fugara, llevaba a una víctima de esa misma España, prisión de naciones, que los etarras trataban de destruir. 

Ungido como hombre de paz por ese mismo Zapatero, principal impulsor de la Ley de Memoria Histórica, que hoy pide amnesia para los delitos cometidos por el maletérico Puigdemont y sus correligionarios, Otegui, viejo militante de ETA-PM que se mantuvo en la banda mientras otros renunciaban al terrorismo, califica ahora como «enemigos de la paz» a aquellos que no olvidan a ETA. Para seguir con vida, el mismo Frankenstein que fantasea con una eterna lucha contra un franquismo irredento exige desmemoria para con el pasado más inmediato.

Envalentonado por el incondicional apoyo de su socio prioritario, el PSOE, Otegui ha ido incluso más allá a propósito de la respuesta dada por Israel al ataque de los terroristas de Hamás. «No somos partidarios de utilizar rehenes civiles para hacer canjes de un tipo o de otro», ha manifestado el de Elgóibar, sin que a sus mejillas asome el rubor. Cabe recordar que civiles eran el funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, que permaneció 532 días secuestrado. También lo era el empresario Emiliano Revilla, que sufrió el cautiverio etarra durante 239 días, así como el doctor Julio Iglesias Puga, que estuvo 116 días retenido por la banda del hacha y la serpiente, hoy desactivada gracias a la legalización de HB-Bildu a la que sólo se opusieron UPyD y Vox. Arguyen los propagandistas progubernamentales que aquella medida evitó que continuara el derramamiento de sangre y, en efecto, así es. Hoy la sangre, tal y como predijo la madre de Joseba Pagazaurtundua, permanece helada.

 

La «vaporización» del PSOE y Bildu

La Gaceta de la Iberosfera, 16 de octubre de 2023.

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La «vaporización» del PSOE y Bildu

El ejemplo más plástico de las purgas soviéticas, en las que se inspiró Orwell para dar forma a su célebre «vaporización», son un conjunto de fotografías de las cuales, con el paso del tiempo y un hábil uso del aerógrafo, fueron desapareciendo personajes incómodos. No hay más que ver la imagen de Lenin subido a una tribuna para arengar a las tropas que partían hacia el frente de Polonia para comprobar que de ella se ausentaron Trotski y Kámenev. Unos oportunos peldaños de madera sustituyeron las efigies de tan heterodoxos camaradas. A estas prácticas fotográficamente vaporizantes, se sumó Stalin, que como es sabido, se fue quedando solo en algunas fotografías. Los soviéticos, sin embargo, no hacían más que dar continuidad a la clásica damnatio memoriae empleada por un imperio, el romano, en el que, al menos desde un punto de vista religioso, se miró Rusia para establecer en Moscú la Tercera Roma. Más de un siglo después, aunque la imagen en movimiento, el cine y la televisión al que todos accedemos desde nuestros celulares, ocupan un amplio espacio en nuestro presente, la imagen estática, la fotografía, sigue atesorando un gran simbólico.

Dentro de la serie de imágenes que ilustran el presente más inmediato destaca la capturada la pasada semana. En ella aparecían los socialistas Pedro Sánchez y Santos Cerdán, y los bildutarras, Mertxe Aizpurua y Gorka Elejabarrieta. Que el PSOE ha negociado en numerosas ocasiones con la banda terrorista ETA no es, en absoluto, noticia. De hecho, no son pocos los españoles que aprobaron en su día aquellas conversaciones discretas de las que la banda, visceralmente hispanófoba, levantaba cumplidas actas. Muchos, incluso, atenidos a una perspectiva puramente eticista, las veían como positivas. La política, decían, debía quedarse en un segundo plano para evitar más derramamiento de sangre. Sin saberlo, quienes así razonaban, no hacían más que entrar, de modo inconsciente, dentro de la lógica de toda acción terrorista: la consecución de logros políticos.

De aquel tiempo proceden muchas de las dialogantes justificaciones que recientemente se han esgrimido para hacer digerible la imagen de Sánchez junto a Mertxe Aizpurua, condenada por enaltecimiento del terrorismo y responsable de la portada de Egin con el titular «Ortega vuelve a la cárcel», en referencia Ortega Lara, y de Gorka Elejabarrieta, asistente al homenaje que se ofreció a Alex Akarregi cuando éste salió de prisión tras cumplir condena por formar parte de la estructura logística del aparato militar de ETA.

La foto de esta semana, que viene a culminar un proceso cuidadosamente diseñado, es deudora de la tomada en 2006, cuando Patxi López, acompañado por Rodolfo Ares, apareció, con rictus serio, compartiendo mesa con Arnaldo Otegui, Rufi Etxeberria y Olatz Dañobeiti. Casi dos décadas después, el secesionismo vasco ya no necesita de la banda terrorista, razón por la cual, revestido de ropajes de género y sostenibilidad, Bildu, que amenaza con arrinconar en su originario espacio vizcaíno al PNV, se pasea por los elegantes salones a los que Sánchez no está dispuesto a renunciar. Unos salones cuyas puertas dejaron entreabiertas siete encorbatados hombres que permanecen inmortalizados, sin amenaza de vaporización, en una vieja foto en blanco y negro.

 

Día de la Hispanidad: descubrimiento, conquista y pacificación

La Gaceta de la Iberosfera, 12 de octubre de 2023.

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Día de la Hispanidad: descubrimiento, conquista y pacificación

De entre las muchas facciones que, transidas de indigenismo negrolegendario, alzan su voz en España cada 12 de octubre, suele destacar la andaluza, que a los habituales argumentos propios de este credo añade románticas dosis maurófilas. Su patria, al cabo, es la ensoñación de Blas Infante, la de la mahomética enseña verdiblanca, la de una jerigonza plena de faltas de ortografía que llaman andalú y que ya deja su impronta en forma de grafitis como ese No gemô naide con el que a diario se cruza quien esto firma.

«Nada que celebrar», tal es el lema de quienes sostienen que el descubrimiento —sí, descubrimiento—, conquista —sí, conquista— y pacificación, es decir, civilización de aquel Nuevo Mundo fue un genocidio seguido de un expolio. A desmontar tales argumentos, de los que se en su día se distanció el propio Galeano, autor del exitoso Las venas abiertas de América Latina, he dedicado muchas páginas y debates. Huelga regresar a los argumentos mil veces esgrimidos, por lo que en este apunte, tan solo trataré de buscar, por si de algo sirviera, algún desajuste entre el lema antilaudatorio y ciertas realidades ante las que quienes lo cultivan no hallan contradicción alguna.

Las celebraciones a propósito de la fecha en la que la armada española encabezada por Colón tocó un nuevo continente tienen una larga tradición y se llevaron a cabo bajo un lema, «Día de la Raza»inadmisible para quienes cultivan ese racismo de nuevo cuño llamado racialización. Quizá por su conexión con la película que se filmó inmediatamente después de la Guerra Civil sobre un guion firmado en 1942 por Jaime de Andrade, es decir, por Francisco Franco, raza y, por lo tanto, cualquier fecha que contenga tal vocablo es inadmisible para los custodios del antifranquismo post mortem, incapaces de entender que «raza» en ese contexto histórico, un contexto establecido tres décadas antes, en 1913, año en el que la Unión Ibero-Americana propuso conmemorar la fecha del descubrimiento de América, decía «carácter», «cultura». Dicho lo cual, el esfuerzo aclaratorio probablemente sobre, pues los refractarios a tal celebración lo son precisamente por entender que nada positivo acarreó la incorporación de las gentes de aquel continente a la Historia universal, acaso porque tal Historia, de escala imperial, esté siendo impugnada en favor de perspectivas de marcado subjetivismo e individualismo consumista, el alimentado por las cookies que detectan gustos e inclinaciones.

Desechada la Fiesta de la Raza desde 1935, actualmente el 12 de octubre, contestado por el Día de la Resistencia Indígena, en cuya estela han sido derribadas tantas estatuas colombinas erigidas para italianizar el descubrimiento, conmemora la «Hispanidad», concepto dotado de un enorme clasicismo, que fue retomado en 1910 nada menos que por Miguel de Unamuno, hecho que no encaja del todo con la amenabarización que el Rector de la Universidad de Salamanca ha experimentado recientemente. Sea como fuere, lo cierto es que en 1910 fue don Miguel, posterior contrafigura de un caricaturesco retrato de Millán Astray, fue quien contrapuso la «hispanidad» a la «argentinidad», en parte italianizante, hegemónica en aquellos tiempos dorados para la nación albiceleste. El testigo lo tomó uno de los últimos de Filipinas, Eugenio García Nielfa en la misma Córdoba que más tarde sería base de operaciones del primero comunista y luego muladí, Roger Garaudy.

Junto a los de letras, singularmente Ramiro de Maeztu, fueron gentes de Iglesia quienes se ocuparon de cultivar, haciendo bueno el lema «Por el imperio hacia Dios», el rótulo. Como es sabido, entre ellos destacó un sacerdote vizcaíno, Zacarías de Vizcarra, que estableció analogías entre «Hispanidad», «Humanidad» y «Cristiandad». Relaciones posibles por entender que el canon cristiano albergaba una carga plena de humanidad que otros credos religiosos no eran capaces de incorporar. Más de un siglo después de la recuperación unamuniana del concepto «Hispanidad», su conmemoración, que nos remite al 12 de octubre en el que las naves colombinas abrieron la posibilidad de la configuración de una parte formal del mundo, es contestada por las autodenominadas izquierdas españolas, las mismas que asumen los postulados del demócrata Joe Biden. Un presidente, Biden, miembro del partido en el que militó el presbiteriano Andrew Jackson, bajo cuya presidencia se produjo el «sendero de lágrimas», itinerario que los cheroquis recorrieron dejando un rastro de mortandad durante su deportación de la Georgia en la que se había descubierto oro, que se permite el indocto lujo cultivar la visión negrolegendaria de nuestro pasado, sin que desde las filas de sus hispanos admiradores nadie le recuerde que su nación se expandió según los patrones racistas y supremacistas del Destino Manifiesto.