jueves, 16 de agosto de 2018

La Leyenda Negra. De propaganda de guerra a autoodio

Participación en el V Congreso de Catalanidad Hispánica organizado por Somatemps. Barcelona 14 de julio de 2018:
https://www.youtube.com/watch?v=7H-CdTJ_W2o

Un perro andaluz

Artículo publicado el 9 de agosto de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2018-08-09/ivan-velez-un-perro-andaluz-85745/


Un perro andaluz

            Mi perra llegó de Jaén hace año y medio porque allí la iban a matar
A los 10 días ya entendía las órdenes en catalán. Ahora ya no atiende a ninguna en castellano ni a su antiguo nombre
Decidme. Eres de dónde naces o de dónde te quieren?
Pos eso. Aplicad el símil

            El 31 de julio, el perfil de Twitter @gallifantes, con casi 86.000 seguidores y una imagen de fondo con el lema, Spain is a fascist state, publicó el mensaje reproducido. Inmediatamente, se desató un alud de reacciones, que se movieron entre el más agudo sarcasmo y las más groseras manifestaciones de odio.
            Cris, que así parece llamarse quien escribe bajo la cuenta @gallifantes, condensó en el limitado número de caracteres que ofrece Twitter, algunos de los clásicos ingredientes que no pueden faltar en toda manifestación catalanista que se tenga por tal. La historia del can salvado de una muerte segura en su Jaén natal, que reniega de su antiguo nombre y desoye las órdenes en castellano, permite recordar muchos de los contenidos ideológicos, también de sus obsesiones, de quienes ahora conducen sus días bajo la divisa del lazo amarillo.
            El mensaje, teñido de una evidente carga alegórica, comienza presentando a un animal que va a ser sacrificado en la muy andaluza provincia de Jaén, pero que finalmente salva su vida, en Cataluña. Andalucía sigue siendo una tierra sin oportunidades, un territorio duro, sin espacio para el cariño que el perro encuentra al norte del Ebro, allí donde, además, ha prendido el animalismo y se han prohibido las corridas de toros, la Fiesta Nacional. Esta primera línea del tuit nos lleva a aquellas palabras que en 1976 dejó escritas Jordi Pujol y Soley en su obra La inmigración, problema y esperanza de Cataluña:

El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido (…) es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza de número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. E introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad.

            Pero también a estas otras, que dejó para la posteridad el actual Presidente de la Generalidad de Cataluña, Joaquín Torra, lazohabiente, preclaro detector de baches en la cadena de ADN, y autor de un libro que se ajusta a la perfección a los caracteres expelidos por @gallifantes, La lengua y las bestias. En tal obra, publicada en 2008, el por entonces meritorio Torra, decía, fantaseando no ser español, que sus compatriotas, los españoles, son «bestias con forma humana que destilan odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con moho, contra todo lo que representa la lengua catalana». Ante la irreductibilidad e incomprensión de los españoles, singularmente los procedentes de la Andalucía que en su día llevó el flamenquismo a las noches barcelonesas, pero también la mano de obra que contribuyó a mantener la industrialización y muchas de las fortunas de Cataluña, algunas de las cuales tuvieron origen caribeño y fenotipos negroides, la lengua catalana, implantada por bautismales procesos de inmersión y por medidas coactivas, ha sido la herramienta perfecta para llevar a cabo la construcción de los nuevos catalanes, muchos de los cuales, jienenses o no, entienden y obedecen las órdenes en catalán.
            Presentada la historia del perro, desconectado ya de su origen, @gallifantes se plantea, no sin ciertos baches ortográficos, una pregunta trascendental: Eres de dónde naces o de dónde te quieren? La disyuntiva, que induce una evidente respuesta, muestra a las claras la transformación que ha sufrido el catalanismo. Cris, apoyada en el ejemplo de su bestia adoptada, parece decantarse por la segunda opción, algo que choca con las esencias del catalanismo frenológico y abiertamente racista de los padres fundadores de tal ideología, como bien expuso Francisco Caja en sus dos volúmenes de La raza catalana: el núcleo doctrinal del catalanismo (2009 y 2013). Si durante décadas, al menos hasta la caída del nazismo, el catalanismo se preocupó de buscar diferencias craneanas que demostrarían la existencia de un pueblo incontaminado que se expresaba a través de una lengua propia, el eclipse del racialismo obligó a reconducir la estrategia. Abandonados los laboratorios, arrumbados los calibradores que distinguían las testas braquicéfalas de las dolicocéfalas, el nuevo terreno propicio fue el de la cultura, aquel que permitía incorporar a nuevas gentes capaces de ajustarse a los cánones delimitados por unas señas de identidad recuperadas del pasado o fabricadas ad hoc. La antipática perspectiva racista, de la que, como puede comprobarse, sobreviven algunos rescoldos, quedó abandonada. Otros eran los mitos a los que era obligado acogerse. Singularmente aquellos que tienen que ver con Europa. Cataluña, siempre europea, carolingia al cabo, se diferenciaría de España, por su carácter tolerante, por su constitutivo y dialogante democratismo. Y aunque generosamente se ofreció a los recién llegados la condición de nous catalans, nadie mejor que aquellos que cuentan con un buen puñado de apellidos locales, para pastorear, desde el Parlamento, las consejerías, los púlpitos y las pseudo embajadas catalanas, a tan heterogénea grey. Un sacrificio, el de la construcción nacional de una nación que se dice milenaria, que conlleva pasar por dolorosos trances, como aquel al que quedan expuestos mensualmente numerosos altos cargos del Gobierno de Torra, más de doscientos cuarenta patriotas con un sueldo superior al del Presidente del Gobierno.
            Ardorosa activista de la causa lazi, @gallifantes apela al habitual sentimentalismo, casi siempre convertido en visceralidad, de quienes militan, vocacional o profesionalmente, en el frente hispanófobo. Una oleada, un movimiento, marcado por la falsa conciencia, y por un conductismo casi pavloviano, que cuenta con un antecedente popular: «Por el pan baila el perro».

lunes, 6 de agosto de 2018

La Malinche y la imposibilidad de una traición

Artículo publicado el 2 de agosto de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-08-02/ivan-velez-la-malinche-y-la-imposibilidad-de-una-traicion-85723/



La Malinche y la imposibilidad de una traición

Era doncella apuesta, grave, hermosa,   
nació en Biluta, de Jalisco aldea,   
y en una alteración escandalosa   
fue hurtada de cierta gente rea.   
Era de sangre clara, generosa,   
dada a Cortés por alta y gran presea,   
la cual (del agua santa ya lavada)   
Marina de Biluta fue llamada.

            Los versos reproducidos se deben al poeta Gabriel Lobo Lasso de la Vega (1555-1614), y forman parte de La Mexicana (1588), obra dedicada a Fernando Cortés Ramírez de Arellano, III Marqués del Valle, que probablemente actuó como mecenas del bardo madrileño. En el poema, que cantaba las glorias de Hernán Cortés, se dan unas ligeras pinceladas sobre el pasado de doña Marina, así nombrada tras recibir las aguas bautismales. Cuando se publicó La Mexicana, la presencia de aquella mujer era común a numerosas obras, tanto indígenas como españolas. Su figura aparece en el Códice del Aperreamiento, representada con un rosario en sus manos del que cuelga una cruz; en el Lienzo de Chontalcoatlán, en el que acompaña a Cortés sentado sobre una silla de tijera; o en el célebre Lienzo de Tlaxcala, en el cual la señora aparece constantemente al lado del de Medellín, actuando como traductora o lengua.
            Por su parte, las primeras crónicas elaboradas por los españoles le prestan diferentes grados de atención. Si Cortés apenas la alude en sus Cartas de Relación dirigidas a Carlos I, Francisco López de Gómara señaló su condición de cautiva, y cómo fue entregada a los españoles por el  señor de Tabasco dentro de un grupo de mujeres que debían cocinar y servir a los barbudos. De entre los narradores de la conquista del Imperio mexica, Bernal Díaz del Castillo fue quien más destacó las dotes de aquella extraordinaria mujer, de la que es obligado esbozar algún apunte biográfico. Su aparición se produjo después de una serie de escaramuzas con los indios champotones, derrotados finalmente en la batalla de Centla. En ella resultó decisiva la caballería. Fue también Bernal quien dejó escrito que los indios creían pelear contra una suerte de centauros que, unidos a la artillería, causaron estragos entre las filas de los guerreros mayas, apenas protegidos por sus corazas de algodón acolchado. Como en otras ocasiones, los relatos elaborados posteriormente incluyeron la ayuda divina. Juan Ginés de Sepúlveda, citando a Cortés, afirmó que en Centla «apareció mucho antes de la llegada de nuestros jinetes un caballero de porte sobrehumano que sobre un caballo blanco luchaba con los enemigos», mientras que Francisco Cervantes de Salazar escribió: «lo que se averiguó por muy cierto fue no haber sido hombre humano ni alguno de los de la compañía; de adonde consta claramente cómo Dios favorescía esta jornada». La inclusión de la imagen de Santiago sobre su corcel establece un evidente paralelismo. En España, la iconografía del apóstol Santiago iba ligada a la leyenda de su milagrosa intervención en la Batalla de Clavijo, que permitió acabar con el tributo de las cien doncellas. Ahora, en la nueva tierra, poblada también por infieles, Santiago Matamoros, a quien Cervantes llamó «caballero andante de Dios», se transformaba en Santiago Mataindios.
Alcanzada la victoria, se celebró una misa a la que siguió la procesión del Domingo de Ramos, tras la cual los españoles recibieron a aquellas mujeres entre las que se hallaba una de la cual se ignora su nombre original. Nacida cerca de Coatzacoalcos, la joven pertenecía a un distinguido linaje, condición que no impidió que siendo niña fuera vendida como esclava a los mercaderes mexicas. Es posible que fuera conducida por vías fluviales hasta la ciudad costera de Xicallanco. Allí fue comprada por los mayas de Potonchan, ciudad a la que los españoles llamaron Santa María de la Victoria. La muchacha hablaba maya, pero también náhuatl, conocimientos que le permitieron entenderse con Jerónimo de Aguilar, conocedor del maya y del español. Así, a través de una doble traducción, Cortés pudo comunicarse con los naturales. Una vez bautizada junto a sus compañeras, la joven, que recibió el nombre de Marina, fue entregada inicialmente a Alonso Hernández Portocarrero, primo hermano del conde de Medellín, pasando luego a ser amante de don Hernando, a quien doy un hijo, Martín Cortés, muy querido por su padre, que le procuró el hábito de Santiago. Pronto, su inteligencia le permitió aprender los rudimentos del español, desplazando a Aguilar en las tareas de traducción, pero también en las de consejera, y poniendo al servicio de sus protectores su fina intuición y su conocimiento de la realidad del Anáhuac.
A ella, según Bernal, se atribuye la alerta que produjo la matanza de la ciudad sagrada de Cholula:

«Y una india vieja, mujer de un cacique, como sabía el concierto y trama que tenían ordenado, vino secretamente a doña Marina, nuestra lengua. Como la vio moza y de buen parecer y rica, le dijo y aconsejó que se fuese con ella a su casa, si quería escapar la vida, porque ciertamente aquella noche o otro día nos habían de matar a todos, porque ya estaba así mandado y concertado por el gran Montezuma, para que entre los de aquella cibdad y los mexicanos se juntasen y no quedase ninguno de nosotros a vida, o nos llevasen atados a México». (Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de Nueva España, cap. LXXXIII).

            Después de jugar un importante papel en la conquista, doña Marina fue dada por Cortés a Juan Jaramillo, junto al que terminó sus días. Sin embargo, el fin de su vida no supuso el final de su existencia como personaje de numerosas obras escritas a ambos lados del Atlántico. Obras históricas, pero también dramáticas, como el Cortés triunfante en Tlascala (1768), debido a Agustín Cordero, que se representó con éxito en la capital novohispana. 
Como le ocurriera a Cortés, la imagen de doña Marina comenzó a erosionarse en México durante el siglo XIX. La nueva nación política hispana procedió a reelaborar su historia, y en su afán por erradicar su pasado virreinal y ligarse a los tiempos prehispánicos, trazó un retrato en el que aquella mujer aparecía como traidora a la nación mexicana. A partir de entonces, el personaje de doña Marina dio un giro. Ignacio Ramírez (1818-1879), El Nigromante, en su obra La Noche Triste (1876), hizo que Cuitláhuac se enamorara de ella, sirviendo de objeto de discordia entre México y España. Otros, como Alfredo Chavero (1841-1906), autor de Xóchitl (1877), la utilizaron para armar un triángulo amoroso formado por Cortés, ella misma, y Xóchitl, hermana de Cuauhtémoc. El dramaturgo nos la presentó como una mujer celosa que conduce a su rival al suicidio, amenaza con matar a su hijo, e incluso confiesa haber tomado la espada de Cortés para matar a Moctezuma y a sus hijas durante la Noche Triste, crímenes que el autor da por hechos. Una mujer vengativa que sabe que, por su ciega pasión hacia el conquistador, ha traicionado a su patria. Una Malinche, en definitiva, que ofrece todos los atributos de ese arraigado y peyorativo malinchismo al que dio nombre.
En efecto, doña Marina, la Malinche, ha servido para acuñar un término incorporado al Diccionario de la Real Academia: «Actitud de quien muestra apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio». Popularmente convertida en la gran traidora de México, un análisis más equilibrado y ajustado a la realidad histórica en la que se desenvolvió, nos devuelve la imagen de una mujer cuya labor fue decisiva en la conquista de un Imperio que supuso el paso previo a la implantación del Virreinato de la Nueva España, estructura sobre la cual se asientan los actuales Estados Unidos Mexicanos. La niña esclavizada, la amante de Cortés, tal es nuestra tesis, no pudo traicionar a una nación que, simplemente, no existía, pues lo que los españoles encontraron después de la batalla de Centla, fue un mosaico de sociedades, en absoluto armónicas, que no constituían totalidad política alguna contra la que poder atentar. México, en suma, no es la restauración del Imperio mexica, por más que la sinécdoque lo insinúe.

lunes, 30 de julio de 2018

Viaje a España, el orientalismo a bajo coste de Teófilo Gautier

Artículo publicado en Libertad Digital el 26 de agosto de 2018:

Viaje a España, el orientalismo a bajo coste de Teófilo Gautier

En los inicios de los años 60, Manuel Fraga Iribarne, Ministro de Información y Turismo, lanzó el célebre lema «Spain is different!», que venía a dar continuidad a una campaña anterior, lanzada durante la posguerra, bajo el escueto rótulo, «Visit Spain». Las dos iniciativas, encaminadas a recibir turistas y divisas, dan buena cuenta de hasta qué punto, una vez eclipsada Alemania, el régimen franquista se tiñó de una anglofilia, o por mejor decir, de un atlantismo, que quedó sellado a principios, a través de diversos acuerdos, de la década de los 50. Apoyadas en la cartelística, disciplina que en España contaba con una gran tradición, las campañas explotaron los viejos tópicos iconográficos españoles, si bien, la segunda de ellas añadió sol y playas a las ya habituales estampas de toreros y vírgenes. El imaginario que quedó atrapado en el papel publicitario no era en absoluto novedoso, pues durante el siglo anterior, España recibió un verdadero aluvión de viajeros, llamados impertinentes, que, aureolados de romanticismo, contribuyeron a consolidar la imagen de una nación excepcional por exótica. Tanto como para que a Juan Valera le llegaran a preguntar si en España se cazaban leones.
Uno de los que más contribuyeron a la consolidación de estos tópicos, fue el francés Teófilo Gautier (1811-1872) que, acompañado de un daguerrotipo, llegó a España en calidad de corresponsal periodístico. Fruto de aquel viaje fue su libro Viaje a España (París 1843), que se publicó por primera vez bajo el título Tras los montes, en clara alusión a unos Pirineos a menudo vistos como el límite que separa a la civilizada Europa de una España bárbara y atrasada, integrada en África. A esta obra, a la que debe el literato francés su fama, siguieron otras inspiradas en sus seis meses de estancia en España. En efecto, en 1845 publicó el poemario España, al que ha de añadirse una novela breve titulada Melitone, y vertida al español como Los amores de un torero. Traducido por el krausista Enrique Mesa, Viaje a España se editó por primera vez en Madrid en 1920, convirtiéndose en un texto que ha gozado del interés de numerosos lectores y de plumas como las de Azorín o Vázquez Montalbán. Hace dos décadas, en 1998, Jesús Cantera Ortiz de Urbina hizo una nueva traducción para Cátedra, de la cual nos hemos servido para realizar este breve comentario sobre un libro convertido en un clásico de su género.
Lo primero que llama la atención del relato de Gautier es el abismo sobre el que se alza el puente del Bidasoa. Una fractura tan sólo visible para unos ojos tan condicionados como los de nuestro autor. Los dos mundos sobre los que vuela el puente no pueden ser más distintos. En el lado francés, el puesto fronterizo lo ocupa un gendarme grave, honesto y serio; en el otro extremo se sitúa un soldado español «saboreando en la hierba verde los encantos y dulzuras del descanso con una beatífica indolencia». Tras él se halla la vida española, que se hace plenamente reconocible en Irún, donde, para disgusto de los cultivadores de las ensoñaciones racistas aranianas, nos dice Gautier que «todo está blanqueado a la cal según el gusto árabe».
            El resto de la narración de lo vivido en la España que ha dejado atrás la Guerra de la Independencia, y que se recupera de la Primera Guerra Carlista, ofrece la imagen de un país en el que conviven reliquias de un pasado glorioso, con escenas de un pintoresquismo teatral y a menudo forzado. Y es que, como hemos visto, aunque Gautier percibe rasgos orientalizantes desde el mismo momento en que sus curiosos pies pisan el suelo español, toda su obsesión es alcanzar Andalucía, lugar donde se custodian las esencias de una verdadera y floreciente España oculta bajo veladuras imperiales, las arrojadas por figuras como «el triste hijo de Carlos Quinto», el sombrío Felipe II, «rey nacido para ser gran inquisidor», impulsor de una «lúgubre fantasía»: El Escorial. El anhelo de encontrar los rasgos de la España mora es el que espolea a Gautier a cruzar Castilla, haciendo escala en unas posadas de las que da una versión más favorable que la de otros viajeros coetáneos, no sin antes acercarse a visitar la tumba del Cid, antes de llegar a la ciudad de Madrid rodeada de un paisaje desolador. Ya en la capital, por la que deambulan aguadores gallegos y buscavidas de toda condición, urge asistir a una corrida de toros. Los dos días que faltan para su celebración consumen de impaciencia al narrador. El espectáculo, amenazado por la civilización, resulta excitante desde antes de su inicio. La calle de Alcalá está repleta de bestias, manolas y toda suerte de personajes. Gautier confiesa sentirse dentro de «una especie de deslumbramiento vertiginoso» al ocupar su asiento en lo que no duda en calificar como «circo». A partir de ahí, por el relato cruza la presencia majestuosa de los ocho toros que embisten con fiereza y descosen a cornadas a los caballos, catorce de ellos muertos sobre el ruedo. En las gradas centellean las miradas de las mujeres madrileñas, que «son muy monas, de bonito tipo, el pie delgado, el busto echado hacia atrás, el pecho de un contorno un tanto exuberante». El tipo español, afirma Gautier, «no existe en España». Sin embargo, estos desajustes que se le aparecen a nuestro escritor, pueden ser enmendados, como de hecho le ocurrirá en Sevilla, donde halla a hembra que no ha encontrado en Madrid: «Cuando una mujer española, casada o soltera pasa junto a vosotros, baja lentamente sus párpados, y al instante los levanta de repente, os lanza de frente una mirada de un esplendor incontenible, hace una especie de guiño y vuelve a bajar las pestañas». Gautier, como Picasso, no busca, encuentra, y todo lo que espera hallar está en el sur.
Si al atravesar la línea fluvial del Bidasoa accede a otra atmósfera, Sierra Morena permite a nuestro hombre entrar en la España ajustada al canon exótico con el que llegó desde Francia. A pesar de que Gautier es capaz de afirmar, anticipándose de algún modo a Azaña, que «ya no existe la España católica. La Península ya se ha hecho a las ideas volterianas y liberales acerca del feudalismo, la inquisición y el fanatismo», no decae en su empeño en encontrar lo que viene a buscar. Aquello que hay al sur de Despeñaperros

«El Puerto de los Perros es así llamado porque fue por allí por donde los moros vencidos salieron de Andalucía, llevándose consigo la felicidad y la civilización de España. España, que está en relación con África como Grecia lo está con Asia, no está hecha para las costumbres europeas. El genio de Oriente penetra bajo todas las formas, y es tal vez de lamentar que no haya seguido siendo mora o mahometana».

Como era de prever, la España oriental, cuyos destellos ya se habían hecho visibles en la otra orilla del Bidasoa, está tras esas otras montañas, en Andalucía, donde sus ojos seleccionan todo aquello que hace de España diferente. Es allí donde Gautier deja volar su imaginación, borrando de su vista todo aquello que puede deformar su idealizada visión. En ella se recrea antes de abandonar España a bordo de un barco que, tras hacer escala en Cartagena, Valencia y Barcelona, le devolvió a su Francia natal. El final de la obra no puede ser más acertado: «El sueño había acabado».

domingo, 22 de julio de 2018

La caverna numinosa de Alarcón

Capítulo del libro Escritos. Pinturas contemporáneas de Jesús Mateo, VV. AA. Cuenca 2018, pp. 163-173:

La caverna numinosa de Alarcón

            Supe de las pinturas murales de Jesús Mateo en Alarcón gracias al ensayo a ellas dedicado por Gustavo Bueno. El filósofo español, de quien me confieso discípulo, había escrito a finales de 1998 un extenso texto titulado: «Más allá de lo Sagrado: un análisis del proyecto del mural de Jesús Mateo», que formó parte del volumen Pinturas Murales de Alarcón[1]. Ni que decir tiene que la lectura de tan magistral texto condicionó y sigue marcando mi acercamiento a unas pinturas que sólo tiempo después pude contemplar in situ. Años después de aquella lectura reveladora, tuve la fortuna de conocer la generosa personalidad de Jesús Mateo, quien amablemente me propuso escribir sobre su impresionante obra después de haber mantenido algunos debates al respecto.[2]
            Aceptado el reto, la primera pregunta que surge parece evidente: ¿cómo abordar el análisis, cómo interpretar la impronta de Mateo sobre los muros de la iglesia de Alarcón? Acaso reconstruyendo los diversos itinerarios que nos conducen a las pinturas pueda resultar fértil. Veamos.
            Quien visita Alarcón deberá dejar atrás la llanura conquense para internarse en un terreno quebrado tallado por el agua y atravesado por muros, los de la muralla de una villa perfilada por la silueta del castillo al que debe su sonoro y belicoso nombre. En una de sus plazas aparece la iglesia de san Juan Bautista, a cuyo interior el visitante accede por una puerta lateral que refuerza la sorpresa final: la aparición de un templo de una sola nave cuyas paredes, con la interrupción de los contrafuertes que sirvieron para la formación de capillas laterales, retienen la obra de Mateo. Si este es el camino que el viajero ha de recorrer, el transitado por el pintor hasta poder ofrecer tan magna obra, vendrá dado por determinados hitos que trataremos de reconstruir alejándonos de la tentación de caer en el frecuente error de considerar a los artistas como meros creadores que extraen formas de un mundo a ellos únicamente accesible.
                                                          
1.      Recuerdo y proyección

            Descartada la vía inspirativa y autorreferencial, recuerdo y proyección parecen ser las únicas alternativas a la posibilidad de un arte emanado del ego diminuto del individuo, por grande que sea su talento. Entendemos así, que todo artista necesita, para construir o confeccionar sus obras –nunca crearlas-, recorrer dos procesos de vieja tradición: el de la anamnesis[3] y el de la prolepsis[4]. O, dicho de otro modo: todo artista deberá buscar en sus recuerdos, en su formación, los materiales con los que podrá proyectarse hacia la realización de su obra. Un proceso que, dado el propio curso histórico de las Artes, en este caso la Pintura, no se limitará a la mímesis, siempre incompleta, de la Naturaleza, sea esta viva o muerta. Y la introducción en este punto de las llamadas naturalezas muertas, tema ya clásico en Pintura, se hace para señalar los problemas que acarrea el uso de términos como «naturaleza» o «realismo», tan secularmente empleados. Dejando aparte el espinoso asunto mimético, hemos de subrayar el hecho de que la imitación o reinterpretación tiene frecuentemente como referencias otras producciones humanas convertidas en modelos únicos o, por el contrario, en los cánones tan denigrados por la modernidad plástica. En su inmensa mayoría, modelos idiográficos y modelos nomotéticos, siempre presentes aunque no siempre evidentes en el mundo entorno son las dos grandes familias formales a las que el artista acudirá, sépalo o no.
            Hechas estas consideraciones generales, trataremos primero de sondear en los recuerdos de los cuales haya podido surtirse Mateo para la elaboración de un proyecto que fue transformándose desde sus primeros pasos hasta el resultado que hoy puede contemplarse en Alarcón. Al cabo, tras el impactante final, se adivinan los ineludibles arrepentimientos de todo artista, esos giros y rectificaciones que responden a una lógica evolutiva o a mutaciones a menudo inexplicables.
            Jesús Mateo nació en Cuenca en 1971, y no parece descabellado afirmar que el mundo formal más inmediato pudo dejar su huella en el niño que pronto se aproximaría a la pintura, tan presente en la ciudad a partir de los años 60. Presencia institucionalizada a partir de la inauguración, en 1966, del Museo de Arte Abstracto Español, que Mateo comenzó a visitar a los tres o cuatro años de la mano de su padre. La ciudad, suspendida entre las hoces del Júcar y el Huécar, une a los erosionados perfiles de la roca, la de los sillares, la cal y la madera de una arquitectura singular, colgada. Por su confesión he podido saber que el Jesús Mateo infantil también se sintió atraído por las espirales fósiles, los ammonites y las gallinicas ciegas que con tanta frecuencia afloran a esas tierras. Depósitos sellados de una fauna remota como la del yacimiento de Lo Hueco, anticipo paleontológico de la cápsula pictórica de Alarcón.
            No cabe desdeñar ese mundo de influencias, que regresarían posteriormente si es que alguna vez se fueron. Sin embargo, el ascendente más poderoso sobre un artista que se formó alejado de los ámbitos académicos, hemos de buscarlo en el grupo a los que la ciudad dio nombre. Jesús Mateo, autodidacta, encontró como principal fuente formativa a un amplio colectivo del cual alcanzó a conocer personalmente a algunos de sus integrantes más destacados, tales como Gerardo Rueda, Gustavo Torner o Antonio Saura. Instalado en las Casas Colgadas, el Museo de Arte Abstracto de Cuenca fue el punto de convergencia de las producciones artísticas que, como es sabido, alcanzaron una creciente relevancia internacional por su oposición al arte figurativo y propagandístico soviético que todavía mantuvo su influjo durante la Guerra Fría. Asiduo visitante de sus salas, en las cuales las obras se integran dentro de un laberíntico grupo de estancias blancas tras las cuales se adivina un esqueleto de colondas, pies derechos y sogas impregnadas en yeso, Mateo pudo comenzar a aprender de las obras de estos pintores, artistas avecindados a mediados del siglo XX en una ciudad de provincias a la que no llegaron ayunos de influencias. La magnífica biblioteca de la institución completaría su formación.

2.      Arte parietal y vacío habitable

            Mateo ha manifestado alguna vez que para él las de Alarcón son pinturas que se conciben como si se pintaran sobre una tela, un lienzo en definitiva. Lienzo es también el vocablo con el que se designa a las paredes, circunstancia que nos invita a adentrarnos en el arte vinculado a los muros como soporte. Si descartamos el primer arte mueble, conviene reparar en el hecho de que las más antiguas imágenes –grabados, relieves, pinturas- realizadas por el hombre se hicieron en ámbitos cóncavos, en cuevas o abrigos marcados por la concavidad, característica fundamental, el vacío o kenós habitable, de la arquitectura en cuyo dintorno pétreo ha actuado nuestro artista.
            Regresando a la idea de un arte marcado por el ciclo recuerdo-proyección, es oportuno seleccionar algunos primitivos ejemplos de arte parietal a los que de algún modo alude el tapiz de Alarcón, desplegado sobre un bastidor conformado por los contrafuertes interiores y las molduras. La obra de Mateo conecta del algún modo con pinturas realizadas en espacios cavernosos como las de la Cueva Auditorium en la India, que conserva, en lo que cabe denominar metafóricamente como paredes, imágenes con una antigüedad superior a los 100.000 años, pero también con otros enclaves, como la australiana Niwarla Gabarnmung Shelter, en la que están representados animales hoy extinguidos. Al igual que ocurre en Alarcón, la cueva australiana retiene en sus muros una fauna que forma parte de la realidad como pura representación. Algo similar ocurre en pinturas que el tiempo ha descontextualizado con respecto a su entorno actual. Es el caso de las que se mantienen en abrigos del hoy desértico y antes fértil Sahara. Cabe también citar el caso de Chauvet, donde aparecen otros animales, otros númenes hoy sólo existentes gracias a los trazos de las manos de quienes coexistieron con ellos.
            El somero repaso de estas cuevas repletas de fauna pintada nos ofrece un verdadero panteón, el constituido por los animales divinos con los que el hombre trabó las complejas relaciones que constituyen, desde la perspectiva del Materialismo Filosófico, el núcleo de la religión[5]. Entendidas de este modo, las pinturas y las ceremonias desplegadas frente a ellas se nos aparecen como los primeros casos de un arte religioso que fue cambiando en cuanto a técnicas y modelos al compás de las tres fases de la religión distinguidas por Bueno. Bajo esta perspectiva trifásica, las formas animales u orgánicas que pueblan todos los lienzos citados no quedan enteramente desconectados de la iglesia de Alarcón, que puede entenderse como una suerte de caverna artificial, como un templo que, por su condición católica, albergó numerosos contenidos residuales de fases religiosas anteriores: hombres alados, santos y vírgenes dotados de inauditos poderes, acompañados a menudo de animales. Ello sin olvidar la omnipresente presencia del dogma de la Trinidad que permitió a otra religión del libro, el Islam, fuertemente marcado por su iconoclasmo, acusar de politeístas a los cristianos.
            De vuelta de esta indagación en tan lejanos precedentes, parece obligado comentar algunas semejanzas y diferencias entre el trabajo de Mateo en Alarcón y el de otros artistas coetáneos en escenarios que, de algún modo, aparecen automáticamente asociados. Entre estos cabe citar el de Eduardo Chillida en Tindaya. El proyecto de la montaña canaria, en cuyas faldas garabatean los petroglifos guanches, consistía en la horadación de la misma para abrir un gran hueco iluminador, un óculo que nos ha permitido definirlo como el Panteón Circularista de Tindaya[6]. En tal espacio, los hombres, en lugar de girar sobre sus pies para mirar la obra plasmada en las paredes, se miran unos a los otros de espaldas a los planos pétreos tallados. Chillida, a diferencia de Mateo, busca en su obra el diálogo entre humanos, un diálogo que de algún modo desdibujaría sus diferencias.
            Otras recientes obras han surgido en ámbitos católicos, en templos no tallados en la tierra, sino asentados en ella a base de sillares, dovelas y cimbras. Entre ellas destaca, por su repercusión mediática, el mural cerámico de Miquel Barceló en la Capilla del Santísimo de la Catedral de Palma de Mallorca. Circunscrito a esa capilla, el mural, a diferencia del de Mateo, al margen de su gestación y realización, se atiene a un relato preciso, el bíblico que narra el milagro de los panes y los peces.
No podemos finalizar tan moroso repaso sin citar las vidrieras contemporáneas de Gustavo Torner instaladas en la Catedral de Cuenca. Ajenas a la iconografía, gótica y barroca de la Catedral, los lienzos vítreos, deudores de la reformulación del arte religioso que se dio en los 60 del pasado siglo, remiten de algún modo a la sentencia, Ego sunt lux mundi.

3.      La caverna numinosa de Alarcón

            El lienzo sobre el que incidieron los pinceles de Mateo, atravesado por una serie de geometrizantes elementos arquitectónicos, se abre a morfologías irreconocibles. Alejado de la clásica técnica del trampantojo que completaba ilusorias arquitecturas o escenas naturales aparentemente reales, se nutre de una iconografía a la que también suponemos antecedentes. Si los buscamos en la Historia de la Pintura, El Bosco de El Jardín de las Delicias aparece como una referencia inexcusable. Los aromas del Románico y de los arcaicos bestiarios, habituales inquilinos del taller de Mateo, aparecen acompañados por rostros aureolados por el eco de Modigliani y Basquiat, pero también por el colorido y popular bullicio de las botargas del carnaval.
            Antes, no obstante, de proseguir ahondando en los referentes o dejarse llevar por las constelaciones que puntean el cielo pictórico de Alarcón, es obligado detenerse en aspectos más prosaicos pero imprescindibles en la realización del proyecto mateo: aquellos que propiciaron las condiciones materiales de la ejecución de las pinturas, e incluso los vinculados a la técnica empleada. En efecto, frente a la idea sublime de la creación, deben situarse las condiciones prácticas para que esta cuaje. Obligado es, en este sentido, como conocido precedente, referirse al caso de la Capilla Sixtina. De nada hubiera servido el descomunal talento de Miguel Ángel de no haber contado, a pesar de su polémica relación, con el respaldo del Papa Julio II. Si en el caso romano fue la poderosa Iglesia Católica quien sustentó el trabajo de Miguel Ángel, lo ocurrido en Alarcón ilustra perfectamente el proceso que condujo a un mito, el de la Cultura, que vino a sustituir al de la Gracia santificante[7]. Con el añadido de que, en este caso, el soporte sobre el que aparecerían las pinturas de Mateo fue una iglesia desacralizada. Los hechos, según el propio relato del artista, ocurrieron del siguiente modo:
            En su visita a Alarcón, el joven pintor quedó prendado de aquella construcción semirruinosa que había dejado atrás las formas consagradas y la transubstanciación, para ser dedicada a actividades profanas. La iglesia de san Juan Bautista, perdida la utilidad para la que fue concebida, había sido cuadra, desván y almacén. Pese a todo, su decadente estado no impidió que Mateo fuera consciente de las posibilidades que le podía abrir tal enclave. Muy al contrario, acaso el abandono al que estaba sometido el edificio actuó como un oculto resorte. Sin embargo, para que el proyecto pudiera arrancar, pues ninguna obra puede quedar confinada en un hermético mentalismo, debía articularse una estructura que lo hiciera posible. Un camino tortuoso conduciría a las pinturas. El primer paso, tras los titubeos iniciales del párroco de la localidad, Luis Martínez, fue contactar con el Obispo de Cuenca, José Guerra Campos (1920-1997) que, para sorpresa de muchos, permitió el inicio de un trabajo que pudo sustanciarse gracias a la intercesión de la UNESCO, institución internacional de carácter cultural. El factor gremial también se involucró: un grupo de pintores cedieron sus cuadros para obtener fondos una vez comenzado el proyecto. El círculo institucional se cerró con la constitución de una Asociación de Amigos de las Pinturas que todavía existe.
            Junto a esta estructura institucional, las técnicas y las condiciones de trabajo también supusieron un factor condicionante y transformador de la obra. Las paredes debieron ser restauradas y tratadas antes de que las formas, diferentes a las esbozadas en otros soportes, las poblaran. Mateo, y ese detalle no es menor, pintó de noche durante siete años, como si lo hiciera dentro de una caverna. De un modo que recuerda la forma en que trabajaban los hombres prehistóricos. Todos estos factores incidieron sin duda en el resultado final.
            Con todo dispuesto, Mateo pudo dar comienzo a un trabajo que se desdoblaba entre el trabajo del taller, en el que elaboraba bocetos, apuntes, maquetas y cartones –método clásico que nos recuerdan al Goya de los tapices- en los cuales los temas y formas fueron sufriendo una constante metamorfosis. Por último, la obra de Mateo, deudora de la tradición pictórica, lo es también del microscopio y el telescopio, instrumentos amplificadores de la realidad, prolongaciones tecnológicas de nuestros sentidos que nos permiten acceder a mundos y seres inalcanzables a la visión e incluso al tiempo presente.
            Decantado por el paso de los años, fue tomando forma un bestiario renovado que nos remite a las representaciones paleolíticas y a los beatos, pero también a las máscaras primitivas que fascinaron a Picasso y se abrieron espacio en los salones burgueses que Mateo se niega a pisar. En los muros de Alarcón restallan destellos de Klimt y formas vagamente bíblicas conviviendo con alusiones sexuales y con el remoto naturalismo de la Paleobiología. En su constante transformación, el proyecto, ceñido en origen a las paredes, se amplió a la bóveda. La superficie añadida fue la que otorgó a la obra de Mateo una condición cavernosa que queda reforzada gracias a la manera de acceder, en ángulo, al espacio pintado. Cuando el visitante cruza la última puerta accede a ese universo por cuyo cielo serpentean constelaciones. Acaso sea este tipo de entrada, con su sorprendente final, la que ha llevado a muchos a emplear el lugar común de las entrañas, a apelar a una suerte de viaje uterino tras el cual dicen regresar al espacio materno al que se accedería a través de una sacristía alegóricamente convertida en un invertido canal del parto por el que volver a un confortable mundo que se cree recordar.
            Un retablo dislocado ocupa hoy el interior de una iglesia de la Contrarreforma, sustituyendo el abigarrado conjunto de santos, animales y símbolos propios de aquel tiempo opuesto a la desnudez luterana. Conectados a su pasado, los murales todavía aluden a ese pulso figurativo. Hoy, en el interior de la caverna de Alarcón, admiramos maravillados los nuevos númenes, y asistimos a la resacralización del templo obrada por la mano de Jesús Mateo.

Iván Vélez
Carrascosa, 24 de agosto de 2017



[1] Pinturas Murales de Alarcón, Cuenca 1999, págs. 81-115.
[2] Véase la sesión de la Escuela de Filosofía de Oviedo del lunes 15 de octubre de 2012 en  la Fundación Gustavo Bueno. Jesús Mateo & Iván Vélez: «Regreso al templo. Arte sacro y vanguardia. La caverna numinosa de Alarcón»,  https://www.youtube.com/watch?v=Sjz6kK5bK6I
[3] Una definición de anamnesis en: http://www.filosofia.org/filomat/df233.htm
[4] Una definición de anamnesis en: http://www.filosofia.org/filomat/df234.htm
[5] Gustavo Bueno Martínez, El animal divino. Ensayo de una filosofía materialista de la religión (2ª edición, corregida y aumentada con catorce escolios), Pentalfa Ediciones, Oviedo 1996.
[6] Véase Iván Vélez, «Tindaya, un panteón circularista», núm. 85, marzo 2009, pág. 12, http://www.nodulo.org/ec/2009/n085p12.htm
[7] Véase Gustavo Bueno Martínez, El mito de la cultura, Prensa Ibérica, Barcelona, 1996.

Cortés antes de Veracruz

Artículo publicado el 13 de julio de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/historia-espana/2018-07-19/ivan-velez-cortes-antes-de-veracruz-85590/

Cortés antes de Veracruz

            Apenas unos meses nos separan de los fastos que, con Hernán Cortés, Moctezuma y doña Marina como principales protagonistas, servirán para conmemorar lo ocurrido hace quinientos años en el territorio hoy perteneciente a México. Como en todo aniversario que tiene que ver con hechos históricos, la ocasión se presta para la interpretación del pasado, máxime cuando, como es el caso, están involucradas dos naciones, España y México, surgidas de la transformación del Imperio español. Tiempo habrá, pues, de analizar qué se hace en relación a lo ocurrido a partir del momento en que el pie de Cortés pisó las playas del continente tras dejar atrás Cuba y recoger a Jerónimo de Aguilar en Cozumel.
            Una de las posibilidades que se ofrecen a la hora de abordar lo acaecido hace medio milenio, es evocar los hechos a través de unos personajes revestidos con los ropajes del mito, máxime en el caso de Cortés, tempranamente comparado con César y Alejandro, y ajustado a los perfiles del héroe romántico en el siglo XIX. En el otro extremo, la coartada del encuentro entre pueblos o entre culturas, permite desdibujar esas personalidades, y deslizar las recreaciones hasta los campos roturados de la etnología. Mientras todo ello ocurre, parece oportuno sugerir otras vías, aquellas que tienen que ver con la poderosa impronta institucional que caracterizó al Imperio español. Lejos de estar dominado por el aventurerismo individual, el despliegue hispano por el Nuevo Mundo se realizó atendiendo a aspectos formales muy concretos, a modelos, la mayoría de ellos ya ensayados en la Península, que se repitieron en las nuevas tierras pobladas por hombres dejados de la mano de Dios, a los que era preciso, tal era el mandato de Roma, incorporar al orbe cristiano.
            Si esta fue una de las características dominantes, de las que da cuenta el enorme aparato documental que acompañó a la conquista y pacificación, el caso de Cortés no fue en absoluto una excepción, sino más bien lo contrario. Carece de sentido ignorar las capacidades personales de don Hernando, pero resulta absurdo presentarlo como un genio descontextualizado o guiado por el providencialismo, por más que él mismo o algunos hombres de iglesia, creyeran que gozó del favor divino. No faltó, incluso, quien lo vio como un instrumento divino para la implantación del catolicismo en tan idolátricas tierras. Sin embargo, e insistimos, sin menoscabar su talento militar y diplomático, lo que caracterizó a Cortés fue una escrupulosa, y en ocasiones oportunista, observancia de las formas propias del Imperio del que se convirtió en punta de lanza después de armar una arquitectura legal capaz de vincularle con el rey Carlos y romper con Diego Velázquez, gobernador de la isla de Cuba. En efecto, el Cortés que pasó a la Historia, el que dio materia al mito, es aquel que quedó perfilado en el litoral, meses antes de su entrada, el 8 de noviembre de 1519, en Tenochtitlan. Fue en aquellos arenales donde, sostenido por una facción del contingente que capitaneaba, decidió fundar un cabildo en el que se apoyó para adentrarse en el Imperio mexica.
            Sin embargo, hasta llegar hasta allí, Cortés recorrió unas rutas ya abiertas por otros compatriotas. Un par de expediciones en cuya estela ha de situarse al de Medellín, pues no en vano, incluso su piloto, el palense Antón de Alaminos, después de haber formado parte del viaje a La Florida pos de la Fuente de la Eterna Juventud, nunca hallada por Ponce de León, había guiado las naves capitaneadas por Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva. De los hombres descontentos de ambas flotas, de aquellos hombres que nada tenían que perder dejando Cuba a sus espaldas, se nutrió el grupo que aupó a Cortés en Veracruz.
            Eclipsado por la apoteosis de la conquista, o por episodios tan populares como la nunca realizada quema de las naves, de lo ocurrido a partir del desembarco en aquellas playas, tenemos noticia gracias a las Cartas de Relación, y a las crónicas de algunos de los compañeros de Cortés, que se esforzaron por dejar constancia de sus hazañas y esfuerzos, por conservar los logros alcanzados, o por perpetuar la memoria de aquellos que perdieron la vida en lo que pronto se llamó Nueva España. Sin embargo, a menudo olvidados en las reconstrucciones más populares, existen otros documentos previos a la salida de Cuba que pueden ser muy útiles para comprender la mentalidad y los móviles que llevaron a aquellos hombres a buscar fortuna en un territorio que acaso fuera la antesala de las Indias que nunca llegó a pisar Colón. Toda expedición debía contar con unas instrucciones, con un documento en el que se delimitaban objetivos y responsabilidades de unas empresas en las que sus impulsores, debidamente autorizados por una Corona que percibía el quinto real, se jugaban la hacienda, cuando no la vida. Cortés recibió la Instrucción de manos de Diego Velázquez en octubre de 1518. En ella se le encargaba indagar al respecto de unas cruces que habían sido vistas en el transcurso del viaje de Hernández de Córdoba. De existir tales signos, ello podría demostrar que santo Tomás había predicado en aquellas tierras, procedente de la India. De ser así, los naturales podrían haber tenido noticia del Dios cristiano. Junto a la búsqueda de aquellas cruces, existían otros motivos para el viaje. Entre ellos el de amparar a «seis cristianos captivos y los tienen por esclavos y se sirven dellos en sus haciendas», en referencia a los náufragos españoles que los indios mantenían esclavizados. La orden, por otro lado, servía como coartada religiosa para un proyecto que también buscaba un rescate nada espiritual: el del oro. Escrita una década después de la publicación del Amadís, la Instrucción también dejaba espacio a la fabulación, pues sobre el papel quedó también este propósito:

«En todas las islas que se descubrieren saltaréis en tierra ante vuestro escribano y muchos testigos, y en nombre de Sus Altezas tomaréis y aprehenderéis la posesión dellas con toda la más solemnidad que ser pueda, haciendo todos los autos e diligencias que en tal caso se requieren e se suelen hacer, y en todas ellas trabajaréis, por todas las vías que pudierdes y con buena manera y orden, de haber lengua de quien os podáis informar de otras islas e tierras y de la manera y nulidad de la gente della; e porque diz que hay gentes de orejas grandes y anchas y otras que tienen las caras como perros, y ansí mismo dónde y a qué parte están las amazonas, que dicen estos indios que con vos lleváis, que están cerca de allí.».

            Estos y otros aspectos, alejados de la apoteosis conquistadora, pero también de los habituales tópicos negrolegendarios, resultan inexcusables si de lo que se trata es de dar una imagen profunda, matizada y rigurosa, de unos hechos trascendentales protagonizados en gran medida por aquel a quien el tampiqueño Juan Miralles, llamó «inventor de México».

lunes, 16 de julio de 2018

Territorios identitarios

Artículo publicado el 11 de julio de 2018 en Libertad Digital:
https://www.clublibertaddigital.com/ideas/tribuna/2018-07-12/ivan-velez-territorios-identitarios-85567/


Territorios identitarios

            A pesar del insultante lazo amarillo que lucía en su solapa, el hispanófobo Joaquín Torra fue recibido por Pedro Sánchez el pasado 9 de julio en el Palacio de la Moncloa. Del contenido de la reunión entre el Presidente de la Generalidad de Cataluña, que en sus tiempos de meritorio del propagandismo sedicioso, caracterizó a los españoles como «bestias con forma humana», y el Presidente del Gobierno de su odiada España, dio cuenta a la prensa la Vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo quien, tras invocar al Centro de Investigaciones Sociológicas, sentenció: «hace ya tiempo que la inmensa mayoría de los españoles se sentían cómodos, y completamente en una situación natural, siendo españoles y del territorio identitario al que pertenecen». Cumplía así doña Carmen con la obsesión que todo gobernante español tiene, desde las más altas instancias a las más modestas, pues, junto a los habituales y leguleyos lugares comunes ligados a nuestra Carta Magna, ningún representante público se priva de realizar su particular alabanza de aldea. Para ello, nada más socorrido que apelar a las señas de identidad, rótulo que comenzó a rodar hace más de un siglo, y que alcanzó su apoteosis gracias a Juan Goytisolo quien, después de casi una década de emigración voluntaria parisina, dio a la imprenta una novela titulada Señas de identidad.
            El libro, de trasfondo autobiográfico, vio la luz por primera vez en México en 1966 gracias a la editorial Joaquín Mortiz, empresa fundada en 1962 por Joaquín Díez-Canedo Manteca, cuyo padre, el embajador y poeta Enrique Díez Canedo, ya había hecho una incursión en el mundo de las imprentas gracias a sus vínculos con las casas de libros Jasón y Ulises, integradas en una breve estructura editorial auspiciada por la Komintern en la España de finales de los años 20. Después de la primera edición de Señas de identidad, la segunda, ampliamente modificada, se lanzó también en México en el posrevolucionario año de 1969. Sin embargo, el impacto en España no sólo de la obra, sino, sobre todo, del título que figuraba en su portada, comenzó a sentirse en el periodo de transformación del franquismo en la actual democracia coronada. Fue entonces, con el libro publicado en Barcelona en 1976 por Seix Barral, cuando el rótulo «señas de identidad» comenzó a convivir armónicamente con otros ideológicamente compatibles como «hecho diferencial». También con «comunidades diferenciadas», constructo muy caro al grupo encabezado desde finales de los 50 por el machadiano Dionisio Ridruejo, con el  que Goytisolo, asistente en 1959 al homenaje tributado al poeta sevillano por el PCE en  Coilloure, junto a Louis Aragon, Jean Paul Sartre, Marguerite Duras, Simone de Beauvoir, Raymond Queneau y Pablo Picasso, compartía devoción literaria.
            Inmerso en esos círculos, Goytisolo cerró su trilogía con Reivindicación del Conde don Julián (México, 1970) y Juan sin tierra, esta última publicada en España en 1975. Paralelamente, la construcción «señas de identidad» adquirió unos perfiles insospechados para el escritor barcelonés que, años después, dejó por escrito el testimonio de su sorpresa. En efecto, en la España de las Autonomías comenzó la búsqueda, cuando no la pura creación, de unos atributos que acentuaran la diferencia en lugares ajenos a la frenología, disciplina que había quedado arrumbada tras la caída de Hitler, último convencido de unas ideas de las que Torra, capaz de percibir los baches en la cadena de ADN de los españoles, es un cultivador crepuscular. Esos lugares no eran otros que los que caen dentro del Reino de la Cultura, que recogió, tal y como lúcidamente desarrolló Gustavo Bueno en una de sus obras más celebradas, el testigo del Reino de la Gracia. En coherencia con esta traslación, no parece casual que fuera en las regiones españolas donde la impronta religiosa fue más profunda, allí donde el carlismo resistió y se travistió, donde mejor se arraigaron unas señas que debían ser cualquier cosa menos españolas. Al cabo, el menosprecio de Corte señalaba a Madrid.
            Así, al calor del Mito de la Cultura, y de una generosa financiación, funcionarios, profesores y etnólogos se aprestaron a dotar de tales señas a esos pueblos que ya no pertenecían tanto a Dios como a una tierras, o por mejor decir, a unos territorios, desde los que parece emanar una energía telúrica capaz de imantar a quienes los pisan. Se consumaba de ese modo una verdadera revolución que iba mucho más allá de la querella en torno al centralismo, principal acusación que se lanza contra el franquismo, y a la vez, mal que les pese a los izquierdistas patrios, modelo favorito del marxismo. En la España autonómica, con sus raíces federalcatólicas, neutralizadoras del nacionalcatolismo, se dio la espalda a la doctrina escolástica del pactum translationis. La soberanía ya no procedería de un Dios que, como en las pinturas manieristas, se hacía visible entre los cielos nimbados, sino de un profundo y brumoso terruño que provee de identidad cultural a sus habitantes. Tal cambio de perspectiva favoreció el uso de una fórmula –«territorios identitarios»- cuyo origen, si nuestras indagaciones no son erradas, también es el México en el cual el catolicismo va perdiendo fuelle en favor de un indigenismo ya incorporado, acaso de forma retórica, por el propio AMLO.
            Inermes ante un determinismo atávico y cuasi geológico, del que sólo los más descastados pretenden zafarse, los españoles deben ajustarse al canon identitario que Goytisolo, Premio Cervantes en 2014, contribuyó a acuñar. Un premio que le fue otorgado, entre otros motivos, por ser un firme partidario de aquello que se presenta como solución a todos los males: «su apuesta permanente por el diálogo intercultural».

domingo, 8 de julio de 2018

Podemos: Leyenda Negra y federalcatolicismo

Capítulo del libro Podemos ¿Comunismo, populismo o socialfascismo?, Ed. Pentalfa, Oviedo 2016, pp. 67-88
Podemos: Leyenda Negra y federalcatolicismo

1. Círculos sobre un fondo morado

Que las conexiones y semejanzas existentes entre la democracia y el mercado o, por mejor decir, que sólo en un contexto de mercado pletórico es posible la cristalización de democracias, capitalistas, homologadas del presente, parece una afirmación que no requiere de más explicaciones para todo aquel que haya podido contemplar el constante mercadeo que tiene lugar durante las campañas y los posteriores pactos que establecen las no en vano definidas como marcas electorales. Dando por sentada esta afirmación, la identificación de los partidos políticos con sus logotipos, del mismo modo que las empresas o las firmas comerciales lo hacen con los suyos, sirve para hacerse una idea aproximada de algunos de los objetivos o al menos de los puntos de partida desde los cuales un conjunto de ciudadanos de una sociedad política, una parte de ella, se organizan para tratar de sacar adelante programas más o menos definidos.
Por lo que se refiere a Podemos, partido emergente de los asamblearios días del 15 M madrileño, el logo[1] de esta formación está constituido por tres círculos que casi llegan a formar uno al solaparse. Las formas escogidas remiten a la disposición circular que se adoptaba en las dialogantes ceremonias que tuvieron como principal sede la Puerta del Sol madrileña. La disposición circular de los allí congregados permitía que todos pudieran ver los rostros de sus interlocutores así como los gestos –recordemos el clamor sordo escenificado por el agitar de manos abiertas- que se empleaban para no interrumpir los discursos y lemas lanzados al aire madrileño y reproducidos por las redes sociales. Los círculos también remitían a las delegaciones, denominadas de ese modo.
En cuanto al fondo, su color es el morado, si bien hasta la decantación definitiva del diseño el verde fue también considerado, si bien se desestimó al igual que ocurrió con el rojo o el azul por estar asociados a corrientes políticas ya definidas. Podemos pretendía diferenciarse de ellas, por lo que finalmente el morado se impuso dadas sus connotaciones. Morado es el color empleado por diversas corrientes feministas y también es la franja inferior de la bandera de la II República española, única enseña nacional que pudo verse en aquellos días.
Como un caz que recogiera diferentes corrientes marcadas por reivindicaciones gremiales –médicos, profesores, funcionarios, colectivos antidesahucio…-, y de más largo alcance, mareas incluso, Podemos –y sus confluencias- concurrió a las elecciones municipales obteniendo importantes resultados en algunas de las principales ciudades españolas, antes de convertirse en la tercera fuerza política nacional tras las elecciones del 20 de diciembre de 2015. Apóstoles de la democracia, quisieron las urnas de los diferentes círculos que fueron dando cuerpo a Podemos, que un conjunto de docentes vinculados a la Facultad de Políticas de Somosaguas, accedieran a los más altos puestos dentro del partido. Un auge al que no fue en absoluto ajena la omnipresencia mediática de algunos de ellos, ya bragados en las lides televisivas gracias a cadenas propias financiadas desde terceras potencias, o atraídos ingenuamente por televisiones que trataban de dar mayor pluralismo a sus tertulias.  

2. Podemos y la Leyenda Negra

Precisamente es a través de la televisión material[2] como poco a poco se han ido conociendo manifestaciones de algunas de las principales personalidades de Podemos, singularmente las de su secretario general, Pablo Manuel Iglesias Turrión. El análisis de algunas de estas declaraciones, junto con las de ciertos compañeros, sumadas a determinadas aspiraciones programáticas, sirven para cotejar las relaciones ideológicas entre Podemos y la Leyenda Negra antiespañola[3]. Como referencia genérica para establecer tales relaciones, emplearemos la definición que de Leyenda Negra dio uno de sus más conocidos estudiosos, Julián Juderías en su libro homónimo:

Por leyenda negra entendemos el ambiente creado por los fantásticos relatos que acerca de nuestra patria han visto la luz pública en casi todos los países; las descripciones grotescas que se han hecho siempre con el carácter de los españoles como individuos y como colectividad; la negación o, por lo menos, la ignorancia sistemática de cuanto nos es favorable y honroso en las diversas manifestaciones de la cultura y del arte; las acusaciones que en todo tiempo se han lanzado contra España, fundándose para ello en hechos exagerados, mal interpretados o falsos en su totalidad, y, finalmente, la afirmación contenida en libros al parecer respetables y verídicos y muchas veces reproducida, comentada y ampliada en la prensa extranjera, de que nuestra patria constituye, desde el punto de vista de la tolerancia, de la cultura y del progreso político, una excepción lamentable dentro del grupos de las naciones europeas.
En una palabra, entendemos por leyenda negra la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos lo mismo ahora que antes, dispuesta siempre a las represiones violentas; enemiga del progreso y de las innovaciones; o, en otros términos, la leyenda que habiendo empezado a difundirse en el siglo XVI, a raíz de la Reforma, no ha dejado de utilizarse en contra nuestra desde entonces, y más especialmente en momentos críticos de nuestra vida nacional.[4]

Vayamos, pues, a algunos de los ejemplos aludidos. En septiembre de 2013, en el transcurso de un seminario organizado por la Universidad de La Coruña titulado Medios, comunicación y poder, Pablo Iglesias Turrión pronunció la conferencia «Información contra hegemónica», de la que extractamos las siguientes afirmaciones:

La identidad España, para la izquierda, una vez que terminó la Guerra Civil está perdida. No sirve para hacer política en Cataluña, en Galicia y en el País vasco, y es un agregador con el que gana la derecha.

Yo cada vez que voy a los medios de comunicación, hago contorsionismo para decir esos patriotas de pulserita roja y gualda que venden la soberanía a Bruselas, ser patriota es defender los servicios públicos, ser patriota es defender los derechos sociales.

Pero yo no puedo decir España, no puedo utilizar la bandera roja y gualda. Yo puedo pensar y decir: yo soy patriota de la democracia y por eso estoy a favor del derecho a decidir y de que la educación y la sanidad sea pública.

La respuesta es no hay nada que hacer, perdimos la guerra.

Las palabras de Iglesias remiten sin duda, por regresar al campo simbólico, a ese morado segundorrepublicano cuyo eclipse –la pérdida de esa guerra que don Pablo, nacido en 1978, dice haber perdido- comenzó a tener lugar en 1936 con el inicio de una Guerra Civil cuyos dos heterogéneos y enfrentados bandos dieron comienzo bajo la misma enseña, la de una república de vida efímera y turbulenta hoy edulcorada gracias a los efectos de la propaganda oficial que alcanzó su clímax con la puesta en marcha de las iniciativas ligadas a la denominada «Memoria Histórica». Un eclipse que aún permanecería oscureciendo las tierras españolas dada la circunstancia de que la «legalidad republicana», invocada incluso por quienes invitan a «asaltar los cielos», sigue esperando el momento de ser restaurada, y ello a pesar de que las circunstancias tanto nacionales como internacionales impiden radicalmente la realización de tan idealista anhelo. Sea como fuere, de entre las palabras de Iglesias resalta esa imposibilidad que tiene el profesor madrileño para pronunciar la palabra tabú: «España», negación que viene acompañada de la apelación a un pseudopatriotismo, a saber: el de «la democracia» de la cual se confiesa «patriota». Una democracia en la cual caben, bajo los efectos beatíficos de las urnas, los servicios sanitarios y educativos, es decir, aquellos propios de un estado-nación configurado bajo el patrón del Estado del bienestar que surte de un modo general a sus ciudadanos, una vez transformada la nación histórica en nación política de ciudadanos[5]. Una democracia que ampararía también el llamado «derecho a decidir», subterfugio fuertemente asentado en el más fideísta fundamentalismo democrático[6] que busca en esa impronunciable, para Iglesias, España, la posibilidad de destrucción por mutilación de sus regiones tras procesos en los cuales una parte –los avecindados en tal región- imponen su rapaz voluntad al todo –España-.
Conscientemente empleamos la palabra «rapaz», pues, en lo relativo a Filosofía política nos movemos en coordenadas que no restringen la estructura de las sociedades políticas[7] a la consabida terna de poderes -ejecutivo, legislativo y judicial- ni ciñen la acción a asuntos procedimentales. En definitiva, la posibilidad real de una sociedad política va unida necesariamente a la existencia de un territorio, de lo que denominamos capa basal sobre la que se trazan las líneas de frontera que unen y a la vez diferencian diferentes sociedades. Un territorio, en suma, del que se extraen energías y por el cual los ciudadanos deben poder moverse y asentarse en función de diversos programas de distinto alcance. Entendiendo de este modo lo que consideraremos como sociedad política, los procesos de secesión que tratan de articularse en España no pueden ser considerados más que como un robo.
Analizadas desde nuestras coordenadas, las contradicciones aparecen de inmediato en el discurso de Iglesias, pues esa sanidad y educación a las que reduce su democrático patriotismo son producto, en gran medida, y a pesar de sus prejuicios, de las transformaciones que vivió nuestra nación en el periodo por él tan aborrecido, ese franquismo que llevó a cabo lo que Bueno ha caracterizado como «fase de acumulación capitalista». Un proceso alimentado por energías tanto internas como externas, que propició la consolidación de un mercado en el que pudieran darse las condiciones mínimas para el surgimiento de una democracia que sustituyera a la empleada, con fines tan propagandísticos como los que caracterizan a los actuales apologetas del régimen constitucional de 1978, por el régimen: la democracia orgánica apoyada en la familia, el municipio y el sindicato. Pese a la mitificación de la breve II República, es bien sabido que gran parte de la actual urdimbre de servicios, instituciones e infraestructuras, es en gran medida deudora del franquismo, época marcada por un estatalismo imprescindible para llevar a cabo grandes transformaciones.
Las comentadas palabras de Iglesias, en definitiva, niegan tanto la unidad como la identidad de España por su apelación a la estructura confusa o directamente imposible que atribuye al llamado «Estado español», ese estado plurinacional, nación de naciones o, incluso, cárcel de pueblos que a sus ojos es España, toda vez que no permite a sus diferenciadas comunidades decidir, «autodeterminarse» democráticamente. Tal concepción de la Nación supondría, por otro lado, un importante escollo a la hora de implantar políticas de ámbito verdaderamente nacional, inviables si no se renuncia a la estricta observancia de las más provincianas y sacrosantas peculiaridades culturales que caracterizan la España actual ofreciendo privilegios a determinados grupos poblacionales ligados a la región. El anhelo plurinacional, sin embargo, está tan arraigado entre la grey podemita, que obliga a abrir un importante hueco en su programa electoral. En efecto, Podemos concurrió por primera vez a las elecciones generales con una propuesta que apostaba por desarrollar un Estado plurinacional que dividía España en naciones y comunidades, sin discriminar cómo distinguir unas de otras. Las primeras, empezando por Cataluña, podrían ejercer el «derecho a decidir» democráticamente su independencia, hecho ante el cual Podemos interpondría su indiscutible poder de seducción en virtud del cual los votantes aceptarían seguir formando parte de la plurinacional España. No se aclaró, sin embargo, qué ocurriría en el caso de que la seducción fallara…
Hecha esta somera contextualización, y sin olvidar el indudable personalismo que conduce a Podemos, parece evidente que en lo relativo a la cuestión nacional dicho partido bebe de fuentes ideológicas bien conocidas, las que se nutren, entre otros componentes, de la Leyenda Negra. Veamos.
La Leyenda Negra proyecta sus efectos distorsionadores sobre una parte formal del mundo actual: la Hispanidad. Tal magnitud nos obliga a manejar conceptos de enorme escala tales como «genocidio», «indigenismo» o «imperialismo», pues es evidente que la existencia de una veintena de naciones hispanas podrá verse como realización del ortograma imperial español, o bien, como naciones que se habrían sacudido del oneroso yugo español tras revoluciones y guerras de liberación nacional que presupondrían la existencia casi eterna, de naciones prehispánicas que volverían a aflorar tras tales procesos encabezados por próceres y caudillos militares. Tal interpretación supone interpretar como colonias a los virreinatos y las tierras americanas adscritas al Imperio español. Sin embargo, tal error fue ya desmontado, por ejemplo, por el historiador argentino Ricardo Levene[8], si bien ideas de este tipo eran las que sin duda subyacían tras las palabras de Hugo Chávez Frías, tan admirado por los miembros de Podemos, cuando afirmó ser un «indio alzado», a pesar de ser ciudadano de una nación, Venezuela, cuyos libertadores, comenzando por el propio Bolívar tan ridiculizado por Marx, fueron criollos urbanos que poco o nada tenían que ver con la población indígena, como bien señaló en su día un bolivariano de pro llamado Rufino Blanco Fombona.
Fuertemente influenciado por la ideología negrolegendaria, Chávez recibió la continua adulación de los actuales dirigentes de Podemos, que trabajaron para él gracias a la interposición de una fundación: el Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS), cuyo objetivo final, una suerte de fin de la Historia política, es la búsqueda de sociedades democráticas en las cuales sería más fácil alcanzar «la cooperación política, social y económica de los pueblos». En pos de tan elevados fines trabajaron los hoy convertidos en diputados españoles, siempre próximos a diversas figuras políticas hispanoamericanas defensoras de un impreciso socialismo del siglo XXI que es capaz de incorporar instituciones incompatibles con sociedades, las naciones políticas, cuya existencia sólo es posible tras la aniquilación de estas. Más allá de la realización de un socialismo que tiene mucho de propagandístico y populista, las actividades de la Fundación CEPS han tenido, en casos como el de Ecuador, han dejado su impronta sobre la nueva Carta Magna, cuyo modelo territorial tiene importantes semejanzas con la estructura autonómica española surgida a partir de 1978. Dados los disolventes efectos que ha tenido el despliegue autonómico en España, parece evidente que su aplicación a sociedades políticas en las cuales persisten diferentes grupos indígenas puede ser mucho más destructivo. La amenaza que el influjo de la ideología exportada por CEPS ha tenido probablemente sus mayores efectos en Bolivia, definido como el estado plurinacional que ahora se propone para España.
Junto a la fascinación plurinacional característica de Podemos, la acción ideológica ejercida en Hispanoamérica por parte de este colectivo tiene, lógicamente, otras facetas. De entre ellas nos interesa destacar el apoyo a la idolatría profesada por Chávez con respecto a Simón Bolívar, asunto que nos vuelve a remitir a la Leyenda Negra, si bien los proyectos de grandes estructuras políticas anhelados por Bolívar son absolutamente contradictorios con respecto a las mentadas estructuras plurinacionales. En cualquier caso, es sabido que Bolívar estuvo fuertemente imbuido de ideas negrolegendarias, como puede comprobarse en su célebre «Carta de Jamaica» fechada en Kingston el 6 de septiembre de 1815 y dirigida al comerciante inglés Henry Cullen. En ella, el hombre que presta su nombre a la actual República gobernada por Nicolás Maduro, afirmaba cosas del siguiente tenor:

«Tres siglos ha que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron en el grande hemisferio de Colón».

A lo que añadía:

«Sensible como debo, al interés que usted ha querido tomar por la suerte de mi patria, afligiéndose con ella por los tormentos que padece, desde su descubrimiento hasta estos últimos períodos, por parte de sus destructores los españoles...»

Bolívar, que llamó «apóstol de la América» a Las Casas, no ahorraba tampoco elogios al esclavista clérigo, una de las principales fuentes que nutrieron la Leyenda Negra por lo que respecta a la acción española en América. Es notorio que la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, tan cara para Bolívar, sirvió para sentar las bases de la acusación de genocidio que recae todavía sobre la acción de España en el Nuevo Mundo, visión que, como veremos, sostiene Podemos. Prueba de ello es el hecho de que durante el primer 12 de octubre, el de 2015, en el que miembros de tal corriente ostentaron cargos públicos, la fecha sirvió para que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, mostrara su indignación por las celebraciones del Día de la Hispanidad. En un tuit publicado en su cuenta oficial, Colau empleó las etiquetas #ResACelebrar (Nada que celebrar) y #ResistenciaIndigena, acompañando a un mensaje que tenía tanto de reivindicación de la ideología indigenista como de refractario a todo aquello que tenga que ver con la Nación Española, pues no hemos de olvidar que en tal fecha se celebra el desfile militar de las Fuerzas Armadas en la que aparece esa indigerible bandera bicolor dentro de un contexto inasumible por quien está cautiva, como ella, del fundamentalismo pacifista. Si esto ocurría en Barcelona, en las mismas fechas, el alcalde de Cádiz, José María González, Kichi, también cargó contra la celebración con las siguientes palabras: «Nunca descubrimos América, masacramos y sometimos un continente y sus culturas en nombre de Dios. Nada que celebrar», manifestaciones que demuestran no sólo su ignorancia en relación con qué ha de entenderse como descubrimiento[9] sino también su asunción de las tesis genocidas.
No obstante, desbordando el límite de los 144 caracteres, la adscripción al indigenismo que subyace tras tales manifestaciones vuelve a plantear numerosos problemas sólo resolubles tras un ingenuo ejercicio de voluntarismo. El mismo, por cierto, que está incorporado al propio nombre del partido: Podemos. Movidos por sus prejuicios, aquellos que nada tienen que celebrar el 12 de octubre creen en una convivencia, la de los «pueblos» y las naciones, que en Hispanoamérica se presenta harto compleja. Podemos, incapaz de percibir el verdadero trasfondo del problema que anida tras el indigenismo, alentado, por cierto, por plataformas bibliófilas evangelistas norteamericanas[10], propone una suerte de armonismo entre «pueblos» que en el Cono Sur, si identificamos los pueblos con las etnias, conllevaría el borrado de las actuales fronteras, la destrucción de la capa cortical[11] de las naciones políticas existentes y, en definitiva, la de las propias naciones políticas tras cuyo derrumbe desaparecerían los atributos y la propia idea de ciudadano. Como alternativa a la atomización nacional por la vía étnica, el discurso de Podemos para con el continente americano podría interpretarse, tal es la ambigüedad del invocado Socialismo del siglo XXI, como el paternalista intento de proteger a un pueblo que puede ser homologado con la ciudadanía secularmente golpeada y explotada por las clases más privilegiadas. Este planeamiento borraría también, en el límite, las fronteras tras la victoria de la clase obrera. Sin embargo, y aunque Podemos es aficionado al empleo de una propaganda afín a tales tesis, no parece que nos hallemos ante más que un uso propagandístico de fetiches y símbolos, afirmación que  trataremos de justificar en el último punto de nuestro capítulo.
Cualquiera de las dos alternativas impedirían a Hispanoamérica -Podemos prefiere la expresión América Latina-, alcanzar una suerte de estado natural de armonía entre pueblos delimitados por sus atributos culturales, tendrían, como responsable a una España presentada como genocida y codiciosa, la España pintada por la Leyenda Negra que infecta al partido de Pablo Iglesias.

3. Podemos y el federalcatolicismo

La estrategia asesora desplegada en Hispanoamérica por los más visibles dirigentes de Podemos presenta importantes semejanzas, salvando ciertas distancias, con el discurso que estos han mantenido en España ya constituidos como partido político que busca el poder. Como elemento central de su acción política, hemos señalar también al «pueblo», destinatario de los logros que tal formación podría ofrecer a este una vez neutralizados los privilegios de la tantas veces señalada «casta» de la que algunos de los miembros de Podemos descienden. Tal interpretación de la realidad española dividiría a nuestra sociedad en dos grupos de imprecisa delimitación, estructura que como hemos señalado, dificultaría enormemente el desarrollo de las políticas que programáticamente trata de impulsar este partido. Sin embargo, tal división, de tintes maniqueos, choca de nuevo con un importante obstáculo: el de la cuestión territorial para la que, acaso como estado previo a la articulación del estado plurinacional, se propone una transformación federal[12] que acaso deba entenderse como confederal, habida cuenta de que las naciones que se mantendrían unidas mediante el adhesivo de la plurinacionalidad o la sedicente federación, podrían abandonar dicha estructura tras un referéndum que daría voz a ese «pueblo» o «pueblos» dotados del «derecho a decidir». Tal derecho, canalizado a través de procesos escrupulosamente democráticos, serviría también para romper el candado que supone, a los ojos de Pablo Iglesias, la actual Constitución, metáfora que de algún modo engrana con la idea de una España que coarta la libertad de sus comunidades naturales. Una España que vista de este modo sería una suerte de sumatorio de regiones que a lo sumo habrían estado precariamente unidas, por métodos coercitivos alejados de lo popular, al servicio de élites regionales y económicas o, en último término, al de la propia Corona.
La solución federal o plurinacional propuesta ante tan importante problema, aunque resulte novedoso para gran parte del electorado, e incluso para esos docentes de Somosaguas que se la ofrecen al «pueblo», es sin embargo muy vieja. Dejando a un lado el antecedente de la I República con su final cantonalista, o el proyecto de Galeusca, cuyos integrantes son, para Podemos, inequívocos sujetos políticos que deben tener un tratamiento nacional, es en esa España franquista que activa todas las fobias podemitas, donde comenzaron a sentarse las bases ideológicas sobre las que se asienta el actual modelo plurinacional. Sépanlo o no, el impulso para la configuración de una España federal cuyas partes constitutivas coinciden a grandes rasgos con la España autonómica no venía del Moscú, capital de un socialismo realmente existente, sino, muy al contrario, de los Estados Unidos desde los que se pretendía frenar el comunismo fortalecido tras la victoria en la II Guerra Mundial. La España de Franco, excluida del Plan Marshall con el que se trató de reconstruir, al modo capitalista, la Europa devastada, era un caso peculiar, pues pese a no estar dotada de una democracia homologable a la norteamericana, acusaba un potente anticomunismo respaldado sin duda por una Iglesia que había vivido tiempos muy duros durante el auge del Frente Popular, y que era consciente de los peligros que acechaban en la ideología marcada por el materialismo y el ateísmo científico que se fomentaba desde más allá de los Urales.
En tal contexto, en plena Guerra Fría marcada por la amenaza atómica, fue a finales de los años 50 cuando los Estados Unidos, mediante el uso de fundaciones que favorecían la distribución de fondos económicos –estrategia tan conocida por Podemos en Hispanoamérica- favoreció la penetración de su ideología federalista, aderezada de atributos emanados de una individualista idea de libertad, en España como parte de una estrategia más ambiciosa cuyo resultado sería la configuración de una suerte de Estados Unidos de Europa que supusieran un dique frente a la URSS. Para alcanzar tales propósitos, cuya manifestación política, socialista y federalista, pudo haber venido  de la mano de un ex falangista de primera hora como Dionisio Ridruejo muerto prematuramente, el Congreso por la Libertad de la Cultura incorporó a un amplio grupo de hombres vinculados a tal esfera –recordemos esa oposición de la época entre fuerzas del trabajo y fuerzas de la cultura- entre los que figuraba incluso uno de los adalides del 15 M: José Luis Sampedro[13]. Junto al autor de El río que nos lleva, también figuró Enrique Tierno Galván, bien colocado en la recta final del franquismo tras tratar de apoyarse en el Partido Socialista del Interior, fundar el ruinoso Partido Socialista Popular, e incorporarse finalmente en el PSOE posterior a Suresnes y respaldado por los marcos alemanes del SPD. Integrado en el PSOE de la facción felipista, del que Iglesias se distanció en el Congreso al recordar la cal que ensuciaba todavía las manos del sevillano, que había orillado al veterano Llopis y coqueteado con el PCE publicando en El Socialista el en su momento polémico «Los enfoques de la praxis»[14], Tierno accedió a la alcaldía de Madrid, lugar desde el que supo construirse un personaje que terminaría convirtiéndose en mito de la Movida. Un mito tan arraigado que ha llevado a la facción madrileña de Podemos a proponer la erección de una estatua al Viejo Profesor financiado por esa misma CIA que tanto odió el comandante Chávez. Más allá de estas dos figuras mentadas, la nómina de los agraciados con los dólares americanos repartidos por la Fundación Ford desde su sede parisina, es extensa, e incluye a nombres como Castellet, Aranguren, Julián Marías, Pedro Laín, Caro Baroja o Raúl Morodo, dirigidos por ex trotskistas al servicio de los servicios secretos de los Estados Unidos como Julián Gómez García Gorkin[15]. Para que la maquinaria propagandística cultural funcionara, hubo de contarse con la colaboración de entidades bancarias hoy señaladas como causantes de la actual crisis que desencadenó la ola de indignación a la que se subieron las figuras a las que estamos dedicando este artículo. En cuanto a los objetivos buscados por este colectivo configurado por hombres que se movían entre la ingenuidad y el medro personal, destaca el intento de transformar territorialmente España de un modo similar al hoy propugnado por Podemos.
Convencido de la existencia de esas realidades nacionales nítidas y diferenciadas –comunidades diferenciadas las llamó la Comisión española del Congreso por la Libertad de la Cultura- Podemos ha tomado el relevo, lo sepa o no, de aquellas iniciativas en las que tanto tuvo que ver la Iglesia católica tan vilipendiada por algunos de los miembros más activos de este grupo –recuerde el lector el destape de Rita Maestre en la capilla de la Universidad Complutense-. Si el anticomunismo era la principal exigencia para llamar la atención a los servicios secretos norteamericanos, la última frontera ideológica para participar en el Contubernio de Múnich que reclamaba a partes iguales democracia y trato diferenciado a determinadas regiones españolas, la gran mayoría de los participantes en esta oposición dirigida y financiada por los Estados Unidos[16] tenía una inequívoca fe católica que permitía aumentar el radio de sus acciones y contactar con otros grupos vinculados a la fe cristiana como, por ejemplo, Pax Romana o el Opus Dei. Una Iglesia que iría también transformándose según las directrices de la encíclica Pacem in terris, pero que se ajustaría a las junturas naturales del modelo autonomista-federalista hasta el punto de reclamar una iglesia «indígena», vascoparlante y pobre en las Vascongadas en cuyo seminario de Derio se elaboró una epístola en las que pueden encontrarse, siendo generosos, enormes concomitancias con los objetivos perseguidos por la ETA que se financiaba en esas herriko tabernas que hacían las delicias de Iglesias.
Si esta fue una de las evoluciones de la iglesia española durante el franquismo, la de las iglesias regionalnacionalistas, a la que hemos de sumar la aparición de curas rojos que embridaron convenientemente a las bolsas poblacionales que constelaron las principales ciudades españolas, nuestra Comisión estaba también constituida por hombres de convicciones religiosas, de las que puede ser buena muestra el católico catalanista Josep Benet[17]. No obstante, paralelamente al credo religioso que unía a este heterogéneo colectivo, las diferencias regionales establecían distancias que trataron de ser armonizadas en reuniones periódicas que reconocían de algún modo esa bilateralidad que hoy ansían los nacionalistas fraccionarios con respecto al Estado. El importante factor regional explica el hecho de que se produjeran periódicos encuentros Castilla-Cataluña en los que se daba carta de naturaleza a tal bilateralidad, reduciendo España a Castilla, pronto desbordada al incorporarse a los mismos representantes de otras regiones, comenzando por Vascongadas y Galicia, las mismas en las que hoy Podemos ha solapado a los clásicos partidos nacionalistas, impotentes ante el renovador y mediático discurso de Podemos, siempre dispuesto, por otro lado, a incorporar la antinacional «autodeterminación» a sus programas.
Presentados de este modo los hechos, nos parece que frente a la secular definición del franquismo como nacionalcatolicismo, la alternativa que se abrió paso puede denominarse federalcatolicismo. Es en virtud de los objetivos de este federalismo ejercido por diferentes grupos operantes durante la segunda mitad del franquismo, como se llegó a la redacción de una Constitución en la cual están contenidas, con calculada ambigüedad, todas las herramientas necesarias para el desarrollo de una España federalizante o plurinacional en la cual la cuestión social, también presente en una Iglesia que contó con instituciones obreristas marcadas por el humanismo cristiano tan cercano a las actuales reivindicaciones indignadas, tendría cabida gracias a la gratuita garantía al acceso a un puesto de trabajo o una vivienda que en ella se contienen. Derechos naturales en los que Podemos cree a pies juntillas mostrando su beatitud y falta de realismo.
A modo de conclusión hemos de señalar que, por las razones expuestas, Podemos se caracteriza entre otros atributos, por su fideísmo negrolegendario, rasgo que le obliga a considerar a España como un error histórico cuyas nefastas consecuencias se pueden ver tanto en esa América que habla español en la que las naciones debieran crecer exponencialmente al calor del indigenismo, como en una España que no es más que una superestructura que la aleja de su verdadera estructura plurinacional gracias a la cual los españoles quedarían discriminados en cuanto a derechos y obligaciones tras la realización de una nueva transición.
Para tan distáxicos objetivos trabajan con tenacidad Pablo Iglesias y los suyos, en coalición con la Izquierda Unida que desactivó al PCE, razón por la cual cabe calificar a Podemos y a sus aliados como un genuinos subproductos del régimen del 78, del cual son su quintaesencia.



Bibliografía

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Gustavo Bueno Sánchez, «Babel redivivo, o divide y vencerás», El Catoblepas, n. 2, abril 2002, p. 10, http://www.nodulo.org/ec/2002/n002p10.htm
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Iván Vélez,  «Josep Benet, entre la cruz y la señera», El Catoblepas, n. 141, noviembre 2013, p. 1, http://nodulo.org/ec/2013/n141p01.htm
Iván Vélez, «Cultura sin libertad. Las otras vías fordianas», El Catoblepas, n. 144, febrero 2014, p. 3, http://www.nodulo.org/ec/2014/n144p03.htm
Iván Vélez, «José Luis Sampedro. Un gimnasta de la libertad», El Catoblepas, n. 145, marzo 2014, p. 3, http://www.nodulo.org/ec/2014/n145p03.htm
Iván Vélez, Sobre la Leyenda Negra, Ed. Encuentro, Madrid 2014.
«Los enfoques de la praxis», El Socialista, Toulouse, mayo 1972.
«Julián Gómez García Gorkin», Proyecto de Filosofía en Español: http://www.filosofia.org/ave/001/a387.htm



[1] Agradezco en este punto las explicaciones del miembro de Podemos y compañero de tertulias radiofónicas, Raúl Peña.
[2] Para la distinción entre televisión formal y material, véase el libro de Gustavo Bueno, Televisión, apariencia y verdad, Gedisa, Barcelona 2002.
[3] Iván Vélez, Sobre la Leyenda Negra, Ed. Encuentro, Madrid 2014.
[4] Julián Juderías y Loyot, La leyenda negra, Ed. Atlas. Madrid 2007, p. 14.
[5] Gustavo Bueno, España frente a Europa, Alba Editorial, Barcelona 1999.
[6] Gustavo Bueno, El Fundamentalismo democrático, Temas de Hoy, Madrid 2010.
[7] Gustavo Bueno, Primer ensayo sobre las categorías de las "ciencias políticas", Biblioteca Riojana, Logroño 1991.
[8] Ricardo Levene, Las indias no fueron colonias, Ed. Austral, 3ª ed., Madrid 1973.
[9] Remitimos a don José María al artículo de Gustavo Bueno, «La teoría de la esfera y el Descubrimiento de América», El Basilisco, 2ª época, nº 1, Oviedo 1989, pp. 3-32.
[10] Véase Gustavo Bueno Sánchez, «Babel redivivo, o divide y vencerás», El Catoblepas, n. 2, abril 2002, p. 10, http://www.nodulo.org/ec/2002/n002p10.htm
[11] Véase la entrada «Capa cortical del cuerpo de la sociedad política» del Diccionario filosófico de Pelayo García Sierra, disponible en línea en http://www.filosofia.org/filomat/df596.htm
[12] Este modelo fue defendido por el ex fiscal y eurodiputado Carlos Jiménez Villarejo antes de abandonar la formación morada por su negativa a investir al federalista líder del PSOE, Pedro Sánchez. En un terreno más teórico, el economista francés Thomas Piketty también ha exhibido su credo federalista.
[13]Véase nuestro artículo «José Luis Sampedro. Un gimnasta de la libertad», El Catoblepas, n. 145, marzo 2014, p. 3, http://www.nodulo.org/ec/2014/n145p03.htm
[14] El Socialista, Toulouse, mayo 1972.
[15] En relación a Gorkin, véase la semblanza existente en el Proyecto de Filosofía en Español: http://www.filosofia.org/ave/001/a387.htm
[16] Iván Vélez, «Cultura sin libertad. Las otras vías fordianas», El Catoblepas, n. 144, febrero 2014, p. 3, http://www.nodulo.org/ec/2014/n144p03.htm
[17]Iván Vélez,  «Josep Benet, entre la cruz y la señera», El Catoblepas, n. 141, noviembre 2013, p. 1, http://nodulo.org/ec/2013/n141p01.htm