Mostrando entradas con la etiqueta La Voz Libre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Voz Libre. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de noviembre de 2015

"¡Arriba España!"


Artículo publicado en La Voz Libre el 13 de noviembre de 2015:


«¡Arriba España!»


«Nosotros no somos 17 partidos, eso son otros. Nosotros somos un partido en 17 comunidades con un único mensaje, y lo decía antes aquella señora: ¡Arriba España!». Con estas palabras, Dolores López Gabarro (Valverde del Camino 1977), número dos del PP andaluz, finalizó hace unos días su intervención en la junta directiva de su partido en Granada.
Tras comprobar el gran revuelo ocasionado por tales palabras, doña Dolores, licenciada en Derecho por la Universidad de Huelva, se ha apresurado a aclarar que lo que quería decir era: «¡Viva España!», desmarcándose de una expresión que sirve a sus adversarios políticos para recuperar la acusación de que el Partido Popular es heredero directo del franquismo.
La anécdota, que ya ha sido explotada hasta la saciedad por los medios de comunicación afines a la autodenominada «izquierda» y refractarios a «la derecha», sirve para indagar, siquiera superficialmente, en un rótulo que la opinión común, e incluso la que se tiene por más cualificada, identifica con el tiempo llamado preconstitucional.
Una breve exploración documental sorprenderá a muchos, pues al menos desde el 1 de mayo de 1870 -Francisco Franco nacería 22 años más tarde- la expresión «¡Arriba España!» se emplea en la prensa.
La referencia aludida se halla en el semanario satírico, republicano y federal barcelonés La Flaca. En esa publicación, hostil al clero y los militares, vio la luz el artículo «¿Por qué no?». En él se hablaba del hastío que la regencia comenzaba a producir en el general Serrano, otrora impulsor de La Gloriosa. Será con la entrada de Prim en escena, un Prim al que se le supone garante de la estabilidad nacional, cuando aparezca el rótulo hoy proscrito. He aquí la cita:

Lo bueno será el día aquél en que D. Francisco resignará lo que llama sus poderes.
Buenos poderes te dé Dios... Ni los de conciliar y pleitos...
Es decir, en cuanto a pleitos es fácil que D. Francisco pueda ser origen de algunos. Toda muerte supone una herencia. ¿Quién heredará al duque de la Torre?
Porque hay que tener en cuenta que las Cortes admitirán la dimisión del regente, ni más ni menos que la esposa de un capitalista admite la de su cocinero.
Y no por esto se hundirá el país...
Es hasta posible que haya una pequeña oscilación; pero ahí está el atlante D. Juan que arrimará el hombro y ¡arriba D. Juan!!!
Digo mal ¡arriba España!...

La cosa no quedará ahí, pues tres décadas más tarde, el 7 de julio de 1903, La Correspondencia Militar titulaba así -«¡Arriba España!»- un artículo crítico que buscaba la reacción a la situación que vivía la nación. Vale la pena reproducir algunos párrafos que mantienen su actualidad más de un siglo después:

Sometidos incondicionalmente al Vaticano, y sumisos a la Corona por convencional, hipócrita y baja adulación, sin valor para mantener desde el Poder el ejercicio de todas las libertades, entre las que se destaca por su importancia y su alcance la libertad de conciencia, han venido todos labrando la ruina de la Patria.
Necesítase aquí que un partido nuevo, de fluida y roja sangre, partido nacional, en fin, venga al poder sin turno de mando, sólo, con el prestigio de sus hombres, no tildados por la pública opinión y con ansias vehementes de verdadera regeneración.

En definitiva, las citas rescatadas –podríamos aportar algunas más- muestran hasta qué punto muchas de las expresiones vulgarmente adscritas a determinadas épocas tienen un origen y recorrido mucho más lejanos de lo que se piensa. La propia Dolores López Gabarro, tan presta a pedir disculpas por su desliz, debe ser incluida en este amplio grupo de compatriotas que dividen maniqueamente la Historia de España, reduciéndola a un pequeño lapso de tiempo, en franquismo y posfranquismo.
Esta división tan fortalecida al ideológico calor de la Memoria Histórica, opuso, frente a la oscuridad del franquismo, la luminosidad de la actual democracia coronada a la que da amparo la Constitución tantas veces burlada. Impulsada por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, el éxito de tal visión es tan rotundo que hasta miembros del partido rival como la mentada Dolores López, han asumido un discurso marcado por la ausencia de profundidad y matices, sin atreverse a indagar en las líneas de continuidad que ligan el tiempo del «¡Arriba España!» y el de su visceral negación.
En las actuales circunstancias, las de una España que vive bajo la amenaza de balcanización, conviene no sólo desprenderse de los complejos que atenazan a la López, sino también fijarse en esos primeros usos, pues en ellos están incorporados no sólo algunos de los actuales problemas, sino también ciertos atisbos de solución a los mismos.
En la España autonómica, aquella en la que decir «¡Arriba España!» constituye una provocación que lleva aparejada una pauloviana catarata de insultos y descalificaciones, no resulta nada problemático el empleo de vocablos como Amunt, Aúpa o Puxa, acompañados de su región correspondiente. Tan ilustrativa  circunstancia debiera mover a reflexión, pues bajo la aparente anécdota se oculta la estructura de un estado, el actual, cuya disolvente estructura fue diseñada en aquellos tenebrosos días.


Iván Vélez Cipriano

martes, 1 de septiembre de 2015

Gustavo Bueno. El filósofo inagotable

Artículo publicado el día 1 de septiembre de 2015, en La Voz Libre:
http://www.lavozlibre.com/noticias/blog_opiniones/14/1118694/gustavo-bueno-el-filosofo-inagotable/1

Gustavo Bueno. El filósofo inagotable



Hoy, martes 1 de septiembre de 2015, Gustavo Bueno Martínez cumple 91 años, aniversario que, como cualquier otro, invita a hacer balances de todo tipo. Si se atiende a lo ocurrido en este último año, Bueno ha publicado una nueva obra, Ensayo de una definición filosófica de la Idea de Deporte (Ed. Pentalfa, Oviedo 2014, 168 pp.) en la que una vez más demuestra la potencia de un sistema, el Materialismo Filosófico por él fundado, capaz de alejarse de las habituales especulaciones académicas, para abordar un asunto tan central en las sociedades industrializadas como es el deporte.
La obra, de una profundidad desusada en lo que respecta al análisis de un fenómeno tan omnipresente, es consecuencia del curso de verano que la fundación que lleva su nombre organiza desde hace más de una década, en colaboración con la Universidad de la Rioja, en la ciudad de Santo Domingo de la Calzada que viera nacer al que sin duda es uno de los más grandes filósofos en lengua española.
Si la publicación de ese libro es relevante por añadirse a una vasta obra de quien en su momento fue criticado por su escasa producción escrita y su apego a la palabra, el breve artículo aparecido en el periódico El Mundo el 7 de abril de 2015, «El anciano no decrépito», firmado por el propio Bueno, no sólo indagaba en qué es eso que llamamos trabajo, sino que mostraba aspectos humanos que acaso sólo puedan verse con claridad desde la despejada perspectiva, de su nonagenario y lúcido autor.
Bueno, objeto de un documental ya estrenado en su ciudad natal que podrá verse el próximo 21 de septiembre en Madrid, es poco aficionado a hablar de sí mismo, sin embargo, dada la naturaleza del artículo, concluía su texto con unas afirmaciones de índole personal:
… la salud social del anciano se ve comprometida no ya por su mera marginación, sino por las represalias de quienes, dentro de su círculo, fueron sus contendientes y no pueden tolerar que el anciano siga viviendo, considerándolo como "perro muerto" dentro de su propio círculo.
Tan solo si han aparecido grupos, gremios, o heterías, que siguen considerándolo como ser vivo, y no como perro muerto, entonces la salud del anciano se mantendrá intacta, y esto sin necesidad de que el anciano considere como trabajo, menos aún como creación, la necesaria labor requerida por su propia obra.
El artículo se cerraba, pero dejaba importantes frentes abiertos. Por un lado, la evidencia de que un filósofo impío e insobornable -¿cabe acaso otra forma de serlo verdaderamente?- debe enfrentarse a la amarga realidad de los odios y desprecios de muchos de sus viejos compañeros de profesión, no digamos de esos sedicentes filósofos que pretenden presentarse como tales…;  pero también, a la distancia y ataque de aquellos colectivos, -políticos, gremiales, clericales- a los que inquieta quien siempre ha sido amigo del rigor y la verdad, por más dura que esta fuera.
El final del artículo muestra también otra importante realidad: la existencia de una vigorosa escuela de filosofía deudora del sistema y la obra del filósofo español que va cristalizando en el orbe hispano, y de cuyo alcance e implantación nada podemos saber ahora, pues permanece en plena construcción, con el inagotable Bueno en plena actividad como principal artífice.
En un día como hoy cabe tan sólo, a quien esto firma, felicitar a don Gustavo y felicitarse porque su telar sigue tenso. ¡Salud, maestro!

Iván Vélez Cipriano

martes, 7 de octubre de 2014

Las Canarias no son colonias

Artículo publicado en La Voz Libre el lunes 6 de octubre de 2014:
Las Canarias no son colonias

En 1951, el historiador argentino Ricardo Levene publicó un libro de elocuente título: Las Indias no eran colonias. En esta obra, convertida ya en un clásico, se salía al paso de la tan frecuente como negrolegendaria acusación lanzada contra España, que confunde las instituciones españolas, basadas en el poder virreinal, con las de los imperios depredadores ingleses, holandeses y portugueses, los mismos que tenían en las factorías las plataformas ideales para mantener un verdadero colonialismo en absoluto civilizador.
Viene todo esto a cuento por la descabellada e ideológica acusación que Paulino Rivero, máximo representante del Estado en las islas Canarias, ha lanzado sobre una España que presenta como algo ajeno y superestructural a su tierra, una España que estaría actuando de un modo colonialista por tratar de impulsar prospecciones petrolíferas en los territorios de la comunidad autónoma que preside.
Para neutralizar tal iniciativa, Rivero se ha encomendado a la democracia procedimental, al llamado derecho a decidir sobre cualquier cosa, urna mediante.  Así pues, y si la iniciativa prospera, los avecindados en Canarias deberán pronunciarse en relación con la siguiente pregunta: «¿Cree usted que Canarias debe cambiar su modelo medioambiental y turístico por las prospecciones de gas o petróleo?»
La burda y manida treta de Rivero es la habitual entre los gobernantes de la España autonómica. Es ya norma entre los cabecillas regionales invocar aspectos relacionados con las señas de identidad, hoy singularidades según la dócil prensa, e incluso con algo parecido al derecho natural. Y si en el caso del caudillo catalán es el hueco y solemne envaramiento el que sirve para apelar a unos falsos derechos históricos, las aspiraciones canarias van en la línea de un mito, el de la Naturaleza, puesto al servicio de los turistas que acceden a las Afortunadas en vehículos que queman queroseno.
No obstante, tras este intento de consulta, que se sitúa al rebufo de la catalana y ningún gobierno debiera tolerar, subyacen otras cuestiones en absoluto baladíes. Como es sabido, la ideología nacionalista en que se apoya Rivero bebe, como el resto de nacionalismos fraccionarios españoles, de una historiografía construida ad hoc con altas dosis de falsificación y victimismo que  confeccionan un desagradable retrato de una España que, de seguir así, estaría concentrada en el kilómetro cero de la Puerta del Sol, epicentro de la opresión hispana sobre un conjunto de nacionalidades entre las cuales debe figurar la constituida por Canarias.
Una ideología nacionalista que se habría fraguado, en gran medida, durante el propio franquismo, cuando algunas facciones hostiles al régimen llegaron a confeccionar unos planes secesionistas al calor de discretas estructuras estadounidenses de aliento federalizante. Con la Unión Soviética aún vigorosa, el imperio yanqui empleó a las islas como un peón –de cuyos movimientos sabremos más en el futuro- más sobre el frío tablero que dejó la II Guerra Mundial.
Sea como fuere, en la segunda década del siglo XXI, Rivera propone, nada más y nada menos, que someter a la decisión de sus vecinos algo tan complejo como es decidir sobre un modelo productivo que pertenece a la capa basal de la nación española, aquella que no se agota en las moquetas de los hemiciclos. Sin embargo, y más allá de la demagogia habitual con la que se conducen nuestros representantes, cabe preguntarse hasta qué punto esta parte de la sociedad española que trata de imponer decisiones al resto, está capacitada para decidir sobre tan crudo y técnico tema.
Parece oportuno, pues, recordarle a Rivero las limitaciones que envuelven a la democracia, las que denunciara Platón tras ver cómo su maestro era condenado a beber cicuta tras una votación:

«… observo cuando nos reunimos en asamblea, que si la ciudad necesita realizar una construcción, llaman a los arquitectos para que aconsejen sobre la construcción a realizar. Si de construcciones navales se trata, llaman a los armadores. Y así en todo aquello que piensan es enseñable y aprendible. Y si alguien, a quien no se considera profesional, se pone a dar consejos, por hermoso, por rico y por noble que sea, no se le hace por ello más caso, sino que, por el contrario, se burlan de él y le abuchean, hasta que, o bien el tal consejero se larga él mismo, obligado por los gritos, o bien los guardianes, por orden de los presidentes le echan fuera o le apartan de la tribuna. Así es como acostumbran a actuar en los asuntos que consideran dependientes de las artes. Pero si hay que deliberar sobre la administración de la ciudad, se escucha por igual el consejo de todo aquél que toma la palabra, ya sea carpintero, herrero o zapatero, comerciante o patrón de barco, rico o pobre, noble o vulgar; y nadie le reprocha, como en el caso anterior, que se ponga a dar consejos sin conocimientos y sin haber tenido maestro.»

lunes, 1 de septiembre de 2014

Gustavo Bueno, 90 años y un sistema filosófico

Artículo publicado el lunes 1 de septiembre de 2014 en La Voz Libre:
http://www.lavozlibre.com/noticias/blog_opiniones/14/964317/gustavo-bueno-90-anos-y-un-sistema-filosofico/1
Gustavo Bueno, 90 años y un sistema filosófico

El 1 de septiembre de 1924 nacía en Santo Domingo de la Calzada Gustavo Bueno Martínez. Noventa años más tarde, Bueno prosigue trabajando con la profundidad y riqueza acostumbradas por quien ha sido capaz de construir un sistema filosófico, excepcional fruto dentro de un mundo dominado por doxógrafos y comentaristas. Y si comenzamos aludiendo al sistema filosófico, lo hacemos no sólo para ponderar tamaño mérito, sino también para poner en paralelo a dos personalidades filosóficas de talla histórica: Platón y Gustavo Bueno.
Una comparación que irritará a los muchos detractores del propio Bueno, pero que se sostiene en tanto en cuanto el ateniense y el calceatense comparten respectivamente la autoría de obras tan monumentales como son los Diálogos y las que han servido para construir el Materialismo Filosófico, sistema escrito, para disgusto de acomplejados hispanófobos europeístas y etnicistas, en español. Los paralelismos pueden establecerse también, y aquí aflorará una de las cuestiones que más polémica han arrojado sobre Bueno, en la postura crítica que sobre la idea de democracia han mantenido ambos, el primero de ellos tras comprobar que la cicuta que mató a su maestro Sócrates se había elaborado dentro de la democracia ateniense, y el segundo, al margen de sus vastos conocimientos en materia de «ciencias políticas», tras atravesar vitalmente modelos republicanos, dictatoriales y monárquico-democráticos. Es su experiencia, pero sobre todo ese potente prisma filosófico tallado por Bueno, el que le permitió publicar, hace una década, un libro titulado Panfleto contra la democracia realmente existente o el que le hizo advertir con rápida lucidez el carácter idealista y aun políticamente vacuo de los movimientos indignados que ahora fascinan y asustan a partes iguales a gran parte de la grey política y mediática.
La controversia aparejada a un título así venía a sumarse a la que había provocado, en 1999, la aparición de un libro que llevaba por título  nada menos que España frente a Europa, en el cual no sólo se reivindicaba la labor histórica española, verdadero anatema para los así autocalificados como progresistas, sino que también se hablaba de la idea de imperio, vocablo que provoca en muchos españoles una pauloviana reacción conducente a identificar a todo el que la emplea con el falangismo.
Estas polémicas son tan sólo una parte de las que han envuelto a Bueno a lo largo de una vida larga e intensa, pues quienes tanto se ofendieron, de forma tan ingenua como indocta, con la crítica arrojada sobre lo que consideran el final de la política, venían a tomar el relevo de otros denigradores anteriores no menos exaltados que llegaron a atentar contra el profesor. Entre ellos grupos ultracatólicos ofendidos por el ateísmo esencial que el riojano nunca ocultó, e incluso maoístas que le arrojaron un bote de pintura roja en el contexto del hoy olvidado, tras el islamismo también combatido por Bueno, conflicto chino-soviético.
Tan impío carácter, que nos remite de nuevo al mundo platónico, ha llevado a Bueno a pisar muy diversos terrenos y escenarios, sin rehuir ninguno por vulgar o alejado que estuviera  del plácido mundo académico en el que se han refugiado muchos de sus colegas, circunstancias éstas que, sin embargo, han servido para enriquecer enormemente obras como las citadas o las que el lector puede consultar en la página de la fundación que lleva su nombre, que ha puesto en marcha el canal de televisión Oviedo10 en el que tendrá una destacada participación, a las que hemos de añadir los artículos que mensualmente aparecen con su firma en la revista digital El Catoblepas.
En el arranque de este mes de septiembre, la cifra redonda se presta, y así está ocurriendo ya a lo largo del año, a la celebración de homenajes varios. Hace unos meses salió a la luz el libro colectivo: Gustavo Bueno. 60 visiones sobre su obra, acompañado de un cómic –Panfleto materialista-  y en estos momentos, al margen de algunos proyectos audiovisuales, se está elaborando, con un nuevo prólogo del autor, la reedición en Ecuador, a cargo de Carpio Editores, de una de sus cumbres ensayísticas: El mito de la Cultura, en lo que se espera sea el inicio de una serie de reimpresiones, las primeras en ese continente. Asimismo, en México comienza a andar la revista inspirada en su sistema, El Obstinado Rigor, acompañado del primer Encuentro de Materialismo Filosófico de la Ciudad de México, una muestra más del creciente interés que en diversos puntos del mundo hispano existe en torno a quien ha construido un sistema capaz de enfrentarse no sólo a los mitos citados, sino también a los disolventes indigenismos o al evangelismo que amenazan a las naciones hispanoamericanas.
Por estas y otras muchas razones, obligado es por mi parte felicitar a don Gustavo y, permítaseme, felicitarnos por ser sus coetáneos. No me cabe duda de que mientras le alcancen las fuerzas seguirá en primera línea de combate, triturando mitos y ofreciendo generosamente al interesado su magisterio y sabiduría.

Sirva este artículo como modesto homenaje al maestro.

lunes, 4 de agosto de 2014

Jordi Pujol y el hedor de la corrupción

Artículo publicado en La Voz Libre el lunes, 04 de agosto de 2014:
http://www.lavozlibre.com/noticias/blog_opiniones/14/956185/jordi-pujol-y-el-hedor-de-la-corrupcion/1
Jordi Pujol y el hedor de la corrupción

En 1984, Luis María Anson, director del diario ABC, concedió el título de «Español del Año» a Jordi Pujol. Tres décadas más tarde, Pujol, infatigable activista del catalanismo, hacía público lo que era un secreto a voces: la fabulosa fortuna de su clan familiar no sólo tenía un oscuro origen, sino que esta se había acrecentado enormemente con métodos delictivos.
El escándalo, conocido gracias a la confesión del católico político catalán, se produjo gracias a una epístola fechada nada menos que el día del patrono de España, la festividad de Santiago. En plena canícula estival, algunos ingenuos veían caer por fin la careta de alguien que a finales de los 60 exhibía, impúdico, su racismo, concentrado en el hombre andaluz, que a sus ojos respondía a la siguiente descripción:
«… es generalmente un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad. A menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña. Introduciría en ella su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir su falta de mentalidad.»
Décadas más tarde, tras convertir a su personalista partido en la intocable bisagra en la que gobiernos de distinto pelaje se apoyaron para mantener el poder mientras en Cataluña se consolidaban las estructuras que hoy ponen en jaque la integridad de la nación, llegaría al poder un andaluz que se esforzó por cumplir con el canon laboriosamente fabricado a la sombra de Montserrat. No obstante, en el célebre oasis catalán poco duraría un espejismo basado en el calculado confusionismo al que siempre ha jugado el PSC. El período montillista no fue sino un paréntesis de aromas charneguianos tras cuya cancelación regresó al poder CIU junto a una ERC ávida de alcanzar el poder.
Compitiendo en su hispanofobia, ambas formaciones, fuertemente aferradas a mitos oscuros de carácter telúrico y a un fundamentalismo democrático que les iguala con el resto de partidos españoles, sirvieron para que el delfín de Pujol, Arturo Mas, también agraciado con un botín económico custodiado más allá de los Pirineos, planteara el delito de sedición de una parte de España o, por decirlo con rectitud, el robo de una parte de la nación por parte de un conjunto de compatriotas aquejados de profundas patologías que oscilan entre lo psiquiátrico, lo sentimental y lo político.
La confesión de Pujol supone, así lo han reconocido los propios sediciosos, cierto obstáculo a las aspiraciones independentistas. Y decimos cierto porque los medios de comunicación, tan dóciles con quienes los sustentan –en el caso de Cataluña la financiación de la prensa garantiza la obediencia y la censura de lo que no encaja con el fondo ideológico de las subvenciones- se han cebado con los obscenos detalles del proceder pujoliano, entendiendo este en su expresión más extensiva, la que toca a las cuentas corrientes, los coches, las mansiones y hasta las amantes de la familia, pero poco han dicho en relación con una corrupción que a nuestro juicio es mucho más nociva que las codiciosas andanzas de un clan que ha actuado como esos bandoleros catalanes que, colgados de los árboles, sirvieran a don Quijote para saber que andaba por las tierras del seny y la butifarra.
En efecto, se ha echado de menos algo más de precisión entre las diferentes variedades que de la corrupción se pueden distinguir, razón suficiente para poner sobre la mesa la teoría de la corrupción que Gustavo Bueno expusiera en su ensayo, El fundamentalismo democrático. La democracia española a examen (Temas de Hoy, Madrid 2010). En ella, y remitimos a tal obra al lector para que profundice debidamente en tal asunto, Bueno distinguía entre la corrupción delictiva, en nuestro caso la que los Pujol han desplegado de un modo tan imaginativo para alcanzar la vida regalada que los caracteriza; y la no delictiva, la corrupción legal que podemos identificar en las políticas que el antiguamente conocido como Muy Honorable, llevó a cabo con la complacencia de los gobiernos nacionales.
Una corrupción que podemos llamar legal, pues su despliegue se ha sustentado no sólo en tales apoyos, sino en una Constitución, la del actual régimen autonómico, que dejaba la puerta entreabierta a interpretaciones que permitían que partes fundamentales de la nación española pudieran quedar cautivas de facciones políticas cuyo objetivo no es otro que la descomposición de España tras haber corrompido su cuerpo político hasta el punto de que el pútrido hedor de tal corrupción, indetectable para un periodismo tan complaciente como miope, envuelve al que nos llega desde Suiza, remedo continental y gélido de la Isla de la Tortuga donde se custodian las fortunas de muchos españoles entregados al vil arte del expolio y robo a España.

miércoles, 16 de julio de 2014

Del Sargento Negro a Obama

Artículo publicado en La Voz Libre el día 14 de julio de 2014:
Del Sargento Negro a Obama
Grande es la deuda que la actual España de las Autonomías, apoyada sin fisuras por gran parte del espectro mediático español, pensemos en la cimentación ideológica del talmud socialdemócrata, el diario El País, tiene con la filosofía de Ortega. De inequívoca influencia en muchos aspectos políticos y sociales, la obra orteguiana dio sus frutos mucho después de ser publicada, de ahí la dificultad de saber el alcance que pueden tener obras todavía en marcha como la de Gustavo Bueno, activo fundador del más potente sistema de la actualidad: el materialismo filosófico, máxime cuando se observa el panorama universitario del que brotan viscosas ideologías de carácter más intencional que realista. Movimientos que, en cualquier caso, no cuestionan muchas de las verdades orteguianas.
Dicho lo cual, lo que podemos afirmar es que en torno a la obra de Bueno, se ha constituido una escuela que ya ha dado importantes frutos, y que empieza a mirar la tierra hispanoamericana como fértil suelo para un desarrollo que deberá ir aparejado a nuestro idioma.
La obra que comentaremos a partir de ahora es una buena prueba de la aplicación de tal sistema a un arte como el cine, del que propio Bueno se ha ocupado en diversas ocasiones, en concreto a la película Sargento Negro (Sergeant Rutledge), a la que el erudito cinéfilo Miguel Ángel Navarro Crego ha dedicado su tesis doctoral, trabajo que ha sido trasladado al papel en el libro Ford y “El sargento negro” como mito  (Tras las huellas de Obama) (Ed. Eikasia, Oviedo 2011, 602 pp.).
El libro ofrece, en su estructura formal, aspectos del mayor interés como el análisis del mito, tomando como criterio la distinción que Bueno establece entre mitos luminosos y mitos oscuros, y regresando, como es lógico, a la obra de Platón, gran elaborador de relatos y mitos. Es desde tales planteamientos desde los cuales se puede abordar la obra de un gigante del cine como fue John Ford, del cual se reconstruye no sólo su filmografía, sino también partes decisivas de una vida que le llevó a colaborar con los servicios de información de los Estados Unidos para filmar, entre otros, los cuerpos muertos de los soldados negros que murieron en las playas europeas vistiendo el traje militar yanqui.
La película en cuestión, narra el juicio en el cual se esclarece un crimen del que es acusado un sargento negro integrado en uno de los regimientos que constituyeron los Buffalo Soldiers, tropas de color que apenas habían obtenido hasta entonces reconocimiento público, sin duda debido al racismo de la sociedad norteamericana, a pesar de su importante papel en la conquista del Oeste hecha a costa del exterminio de la población indígena.
Navarro desmenuzará, cronómetro en mano, todas y cada una de las escenas, en las cuales Ford recurre constantemente a la técnica del flash back para ir presentando escenas y testimonios, una estructura que servirá al filósofo ovetense para establecer una serie de paralelismos con El Banquete, de Platón, realzando de este modo la figura de un Ford cuya trayectoria es también reconstruida hasta alcanzar el perfil que ahora tiene como gigante de un cine que pasó del mutismo al sonido y del blanco y negro al color, y en el cual el papel de los negros, en origen blancos con el rostro tintado, fueron ganando terreno y despojándose de estereotipos.
Un complejo proceso sociopolítico tal, el que lleva a los negros a mejorar su integración  y alcanzar decisivos derechos civiles dentro de la sociedad norteamericana, recordemos Martin Lutero King, Malcolm X, Rosa Parks sentada en el autobús o el propio Cassius Clay de los que también se trata en el libro, que tendrá su repercusión en el cine, hasta el punto de dar lugar a subgéneros e incluso a interpretar negativamente un filme en el que se ve a un negro cuya razón de ser es precisamente la milicia, llevándole a manifestar:

«Porque el Noveno de Caballería era mi hogar, mi verdadera libertad y mi propia estimación, Y la forma en la que yo estaba desertando no era más que la huida de un negrata que vaga por los pantanos. ¡Y no lo soy! ¿Me oyen? ¡Soy un hombre!»

En definitiva, la obra de Navarro Crego, sustentada en el materialismo filosófico, es mucho más que el análisis de una película, pues la propia película busca mucho más que servir de un rato de entretenimiento. Pretende construir o acaso reconstruir la olvidada figura de los soldados negros que cruzaron, con tanta épica como sus pares blancos, las praderas norteamericanas sobre las cuales se han escrito los más grandes relatos de una nación que casi medio siglo más tarde de este rodaje, veía llegar a la Casa Blanca al mulato Barack Hussein Obama.

lunes, 23 de junio de 2014

De Juan Carlos I a Felipe VI: apuntes sobre un regio despacho

Artículo publicado en La Voz Libre el lunes 23 de junio de 2014:
De Juan Carlos I a Felipe VI: apuntes sobre un regio despacho
Terminadas las ceremonias de abdicación y coronación que han trocado a Juan Carlos I por Felipe VI, la normalidad que reclaman en España múltiples facciones políticas, periodísticas y propagandísticas, ha regresado justo antes de que comience el solsticio de verano que precederá a un otoño previsiblemente convulso.

De este modo, tras el amplio despliegue que cubrió los apresurados y discretos fastos, el día después nos ha dejado reportajes sobre el previsible discurso del nuevo rey y unas cuantas imágenes en las cuales se podía ver a pequeños grupos de portadores de la bandera de la II República española que eran neutralizados por las fuerzas del orden dispuesto por el Estado de las autonomías.
Gracias a la televisión material también hemos podido conocer los cambios decorativos que ha sufrido el que fuera despacho de Juan Carlos I, ahora ocupado por el nuevo monarca. Unos cambios que, huelga decirlo, van acompañados de una alta dosis simbólica a cuya interpretación han consagrado sus esfuerzos numerosos expertos en tan especializada exégesis. La cuestión no es en absoluto baladí. Precisamente por tratarse de interpretaciones de las verdaderas intenciones que han llevado a producir tales cambios, el error siempre rondará las conclusiones que se puedan extraer.
Sea como fuere, en tan aúlica estancia ha aparecido, abriendo paso a lo digital entre lo vegetal, un ordenador portátil, una serie de nuevas fotos en las que aparece la nueva reina y su distinguida progenie, una reproducción del la Copa del Mundo de fútbol ganada hace cuatro años y, sobre todo, un cuadro de Carlos III.
Es precisamente tal retrato el que ha suscitado numerosos comentarios, pues al reinado de su antepasado parece acogerse, a decir de los intérpretes, Felipe VI. Monarca de gran popularidad sobre todo desde que en los años noventa fuera elegido por la socialdemocracia gobernante, ampliamente representada en la cena que en el restaurante Currito dio don Juan Carlos antes de su despedida, como una suerte de patrón ideológico al cual se dedicó una universidad cuyo rectorado recayó en la figura de uno de los padres de la Constitución del 78 y hombre protegido por el democristiano Ruiz Giménez: Gregorio Peces-Barba.
De Carlos III se ha destacado su amor por la cultura, palabra que empleó en su discurso don Felipe hasta en siete ocasiones, ya sea en el sentido que cabe atribuir a la expresión por él utilizada: «cultura democrática», ya en el que pueda existir cuando se refirió a una serie de culturas que han convivido en España y «han enriquecido a sus pueblos». En definitiva, tal nos parece, una de las conexiones más potentes entre estos dos monarcas pudiera venir a través de la idea de cultura incorporada a la Carta Magna que juró, en la cual podemos leer que: «Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura».
Y si de cultura se trata, en España tiene un relevante papel el jugado por las lenguas que en España, con mayor o menor asistencia institucional, son. La cuestión no fue eludida por Felipe VI, quien, tras hablar del «castellano», añadió que «las otras lenguas de España forman un patrimonio común que, tal y como establece la Constitución, debe ser objeto de especial respeto y protección; pues las lenguas constituyen las vías naturales de acceso al conocimiento de los pueblos y son a la vez los puentes para el diálogo de todos los españoles».
Y es en lo concerniente a las lenguas donde la distancia entre Felipe VI y el antepasado que se sitúa a espaldas de su mesa, aumenta considerablemente. En efecto, consciente de las dificultades políticas que entraña la coexistencia de diferentes lenguas, muchas de ellas conservadas gracias a la acción de la Iglesia, el absolutista Carlos III, sépanlo o no sus sobrevenidos fans embelesados por el mito de la Ilustración, fue quien eliminó el catalán de la enseñanza en 1768, medida que fue acompañada en 1770 por un Decreto en el que ordena, a todas las autoridades de Nueva España, Perú, y Nueva Granada, que extiendan el español con el objeto de que «se extingan los diferentes idiomas de que se usa en los mismos dominios y sólo se hable el castellano». 

martes, 1 de abril de 2014

Ramón Tamames: Más que unas memorias

Artículo publicado en La Voz Libre el lunes 31 de marzo de 2014:
http://www.lavozlibre.com/noticias/blog_opiniones/14/900582/ramon-tamames-mas-que-unas-memorias/1
Ramón Tamames: Más que unas memorias
Más de 800 páginas tienen las memorias de Ramón Tamames, cuyo título –Más que unas memorias (RBA, Barcelona 2013)- ya avisan al lector de que lo que se va a encontrar en el libro es una trayectoria vital compleja. Y es que, en efecto, quien maneja la pluma es garantía de variedad y riqueza biográfica, ya sea en sus actividades vitales: escritor, pintor, montañero, político, profesor, académico, amante de la buena mesa…, ya en su despliegue de político cuya figura se recorta sobre el trasfondo de un economista exitoso, un pluralismo que acaso vaya implícito en el propio apellido que sugiere eso mismo por su terminación en «s».
Ya octogenario, el exitoso autor de Estructura económica de España figura destacadamente en las hemerotecas, en los diarios de sesiones, en los archivos televisivos, pudiéndose reconstruir una vida que desborda estas Memorias. Tamames, al cabo, es un personaje tan popular que, por ello mismo, –quien esto escribe conoce a otro así apodado Tamames- complica unas veces y simplifica en exceso otras, el análisis de su figura real.
En cualquier caso, de estas voluminosas Memorias escritas por alguien en plena actividad, destacaremos determinados momentos por la relevancia que tuvieron y por la cantidad de personas y corrientes ideológicas que en ellos concurrieron.
El primero de ellos nos lleva al año 1956, en plena Guerra Fría, en el consolidado franquismo que había firmado unos importantes acuerdos con los Estados Unidos que sirvieron para imprimir un nuevo giro a la España de la época. Con una falange domesticada por el tradicionalismo que poco a poco va perdiendo influencia más allá de su airada imagen, los ulteriormente llamados tecnócratas criados al calor del Opus Deis estarán prestos a tomar el mando dentro de ese juego de equilibrios que se libraba en una España que mantenía a un eterno aspirante a rey en Portugal, consumiendo sus días entre oleadas de agua marina y licor mientras su hijo, convenientemente arropado, era instruido en los resortes del Estado que heredaría en el momento oportuno, una vez disipadas las opciones de los otros aspirantes.
En este contexto, Ramón Tamames, el hijo del médico de Luis Miguel Dominguín, comienza a adquirir relevancia dentro de una Universidad donde hijos de vencedores y vencidos, bajo el común denominador burgués, mostrarán su hartazgo con respecto a unas estructuras que ya empiezan a envejecer. El momento, alimentado por el Mito de la Cultura, será aprovechado por un PCE que apostaba por la reconciliación nacional y empleaba la poesía para ir captando elementos y lanzar una serie de crípticos mensajes a la juventud universitaria antes de la aparición de los cantautores y la canción protesta que requerían de unas condiciones materiales concretas.
Es de este modo como Tamames, Víctor Pradera y Enrique Múgica, bajo el ascendente de un Dionisio Ridruejo que fascinará al trío, visitarán la cárcel –no siendo esta la única vez- y se labrarán una reputación de contestatarios que habría de acompañarles durante muchos años. Es también en este momento cuando don Ramón entrará en contacto con el partido aglutinador del antifranquismo: el PCE que se mantiene activo tras la muerte de Stalin. El objetivo de tal militancia, igualmente pluralista dadas las circunstancias, es, en el caso que nos ocupa, facilitar el advenimiento de la democracia a España. Sin embargo, la palabra democracia, manejada incluso por el franquismo, requiere de un apellido, que en el caso del régimen liderado por Franco será «orgánica» y en el de los escritos de Lenin, será «soviética». La descripción de los sucesos del 56 y sus consecuencias, la cohesión que algunos grupos establecerán a partir de ese instante en su común oposición al franquismo, dejará en el aire una nítida caracterización de la anhelada democracia por la que todos apostaban con objetivos dispares.
El propio Tamames, al responder a una pregunta formulada en 1981, aclarará cuál era su objetivo durante una militancia en el partido que tras la muerte de Franco se desinflará –consulte el lector las páginas 584 y siguientes- en las urnas:

-¿No es triste haber dedicado tanto tiempo a unas ideas políticas que no tuvieron ningún desarrollo esplendoroso?
-No, porque para mí, dentro del PCE, las ideas básicas eran la democracia y la Constitución, y por ellas luchamos, en mi caso desde 1956 a 1981… (pág. 702).

Tales manifestaciones nos obligan a referirnos a otros pasajes de las Memorias, los referidos a los días de la Junta Democrática de España, la réplica socialista y la final composición de la Platajunta. Situados en los prolegómenos de la redacción de la nueva Constitución, los grupos concitados, observados y en algunos casos tutelados y financiados por terceras potencias, tratarán de ganar espacio en los hemiciclos y en unas instituciones en las que poder llevar a cabo los programas largamente elaborados durante décadas.

Sabido es que la memoria es, además de engañosa, necesariamente parcial, y no sólo por lo que tiene de subjetiva, sino porque necesita de completarse con otras muchas para poder ofrecer a una visión general más o menos completa de los hechos pretéritos. Precisamente por ello, las teselas que aportan estas Memorias a ese gran mosaico que supone reconstruir los últimas seis décadas de la Historia de España, ofrecen un gran valor para quien quiera acercarse a dicha época a través de uno de sus históricos personajes. Concluimos de este modo nuestro comentario en la seguridad de que Tamames, manteniendo el vigor característico de su intensa vida, aún deberá escribir muchas más páginas. Entre otras, las que en las últimas líneas del libro reseñado, que lleva por subtítulo Años de aprendizaje, la edad de la razón, ya nos anuncia como continuación de esta obra.

martes, 11 de marzo de 2014

España contra Cataluña: Análisis y refutación del fraude catalanista

Artículo publicado el lunes 10 de marzo de 2014 en La Voz Libre:
España contra Cataluña: Análisis y refutación del fraude catalanista
Con su ya acostumbrada erudición, el historiador Jesús Laínz Fernández acaba de publicar un nuevo ensayo que lleva por título España contra Cataluña. Historia de un fraude (Ed. Encuentro, Madrid 2014, 416 p.). La obra, desde su misma portada, le da la vuelta a lo expuesto en un simposio generosamente financiada por el dinero público y celebrado a finales de 2013 del que prestigiosos historiadores como Elliot renegaron: España contra Cataluña, que generó un pequeño revuelo dentro de ese mundo desconectado de la opinión pública que es el de la historiografía española. Tal desconexión no debe, empero, preocupar si tenemos en cuenta que se trataba de un nuevo acto de propaganda del gobierno que encabeza un tan prepotente como consentido político regional que sabe de los complejos e ignorancia con que se conduce la mayor parte de la llamada clase política española, incapaz siquiera de pronunciar la palabra sedición y cuyos alcances en lo relativo a la idea de nación apenas pasan de esa cursilería de nuevo cuño llamada «marca España».

No obstante, y como el propio simposio es tenido en cuenta en el libro, el volumen acomete cada uno de los temas catalanistas clásicos, terreno en el cual Laínz se desenvuelve con soltura como demostrara hace una década con su ya clásico Adiós, España. Verdad y mentira de los nacionalismos. De este modo, la cuestión nacionalista catalana es abordada en cada uno de sus aspectos aportando, como dice el tango, las pruebas de la infamia. El método impuesto obliga pues a hacer desfilar por las páginas del volumen multitud de manifestaciones, programas, ensayos o material de hemeroteca en los cuales puede el lector comprobar cómo los catalanistas han ido empleando argumentos racistas, mercantilistas, telúricos o históricos, con un común denominador: la hispanofobia.
Sin embargo, como bien subraya el autor, el cuestionamiento de la españolidad de Cataluña nunca adquirió el vigor que empezó a cobrar tras 1898, verdadero punto de arranque del catalanismo.
Siguiendo las metáforas acuáticas incorporadas en el arranque del libro –las citas de Verdaguer y de Oriol Pujol con sus catalanas barcas a punto de hacer aguas-, podríamos decir que, con el 98 como punto de inflexión, Cataluña vivió un momento de pleamar, aquel que, al calor del proteccionismo, hizo que la burguesía industrial se enriqueciera, aunque en los tropicales negocios haya de incluirse la trata de esclavos y, añadimos por nuestra parte, el filibusterismo; y uno de bajamar, el que supuso la gran decepción de la pérdida de Cuba y Filipinas, derrotas militares que muchos abnegados voluntarios catalanes trataron de impedir combatiendo bajo la bandera rojigualda que hoy tantos sarpullidos provoca allende el Ebro.
La bajamar del Desastre dejó sobre la costera Cataluña, al margen de la gran depresión que pronto mutaría en hispanofobia, grandes capitales que no se estaba dispuesto a repartir con los desharrapados que venían a trabajar, acompañados de su prole, a las industrias de tan industriosa como privilegiada región: había llegado el momento de la Frenología y del racismo. Las pretendidas verdades emanadas de los gabinetes médicos venían a socorrer a los historiadores ávidos de encontrar en crónicas y anales hechos diferenciales que palidecían ante esa conclusión santificada por las níveas batas que predicaban las bondades de la eugenesia. Comenzaba entonces una nueva marea que alcanzó su punto álgido en los días de esplendor del nazismo, fechas en las que los escamots de la Esquerra no vistieron camisas azules, ni pardas, ni negras, sino verdes, que al cabo, Cataluña siempre tuvo una potente industria textil. Cabe en este punto detenerse para constatar que si bien el primer franquismo tuvo más que veleidades con el régimen de Hitler, en el ideario que finalmente triunfó –en el que tanto peso tuvo el catolicismo- no hubo lugar para el racismo que sin duda formó parte del catalanismo durante demasiadas décadas hoy oportunamente vaporizadas, si usamos la terminología orwelliana que emplea Laínz en su libro.
Un libro que dedica una vasta extensión a analizar la Leyenda Negra que sin duda forma parte de la ideología de casi todos los españoles y de la que extraen numerosos materiales nuestros separatistas. En un amplio capítulo que es un ensayo en sí mismo, los orígenes y desarrollo de tal Leyenda son analizados sin dejar pasar la oportunidad de constatar la participación de catalanes en todos aquellos episodios en los que se apoya la propaganda antiespañola.
Los capítulos finales tratan de cuestiones fundamentales una vez abatidas las doctrinas racistas que permitían a los catalanistas ufanarse de su condición aria. Así, en España contra Cataluña se dedica un amplio espacio a tratar la fecha, los personajes –singularmente el patriota español austracista Casanova- y los acontecimientos que tuvieron lugar en 1714 o se profundiza en la manida cuestión lingüística, verdadera obsesión del catalanismo.

No falta la crítica del comportamiento que las izquierdas han tenido a propósito de la cuestión nacional y los separatismos, o las continuas rectificaciones y ajustes que el catalanismo ha tenido que hacer para mantener sus posiciones e ir ganando terreno hasta llegar al famoso «España nos roba». Sin embargo, en sus últimas páginas, Laínz muestra cierto agotamiento, el propio de aquel que es consciente de que en este frente de nada sirve la argumentación, el rigor o la apelación a las fuentes históricas; de nada la denuncia del adoctrinamiento escolar, de la violación de la ley o del empleo de distorsionados ejemplos foráneos con los que establecer disparatados paralelismos. El odio y la falsa conciencia junto con el sentimentalismo y la visceralidad aparecen como sustento de tan tenaz separatismo.

lunes, 3 de marzo de 2014

El franquismo y los intelectuales

Artículo publicado el lunes 3 de marzo en La Voz Libre:

El franquismo y los intelectuales

Antonio Martín Puerta, economista, historiador y profesor en la Universidad San Pablo CEU, acaba de publicar el libro: El franquismo y los intelectuales. La cultura en el nacionalcatolicismo (Ed. Encuentro, Madrid 2014, 365 pp.). La obra, que en cierto modo continúa otras anteriores, llama la atención desde su mismo título, pues nadie ignora que en determinados contextos ideológicos, los términos «franquismo» e «intelectual» resultan incompatibles.

Esta cuestión, que el autor tiene bien presente, le obligará a detenerse en ambos conceptos, tratando de buscar cierta neutralidad desde la que ir cimentando una obra que afirma precisamente, y ello aportando numerosos ejemplos, la posibilidad, necesidad realmente, de que un régimen político se proyecte en los campos a los que se suele vincular al colectivo intelectual.
Así de aséptica será la definición que Martín Puerta adjudica al término «intelectual»:

… utilizaremos aquí el término intelectual desligándolo de sus originarias y sesgadas connotaciones ideológicas, adjudicándola a quienes realizan una labor artística, científica o de pensamiento con independencia de su adscripción (p. 28).

Y de este modo responderá a la pregunta: «¿Qué abarca el nacionalcatolicismo?», acudiendo a la temprana definición dada por Karl Schewendemann, jefe de la división política III-A del Ministerio de Asuntos Exteriores del Reich, el 7 de octubre de 1938:

La concepción del Estado en la España nacionalista se orienta hacia una síntesis de la tradición católica y de las ideas de un gobierno autoritario de tendencia social (p. 29).

Así pues, a lo largo de las páginas de El franquismo y los intelectuales veremos cómo el componente falangista, cercano en su aspecto revolucionario al fascismo italiano, más lejano al pagano nazismo en tanto en cuanto el elemento racista no está presente en España, entre otras razones por la pronta incorporación del tradicionalismo, irá perdiendo fuerza hasta convertirse, en el final de la década de los 50 –cerrada con el Plan de Estabilización de 1959- en poco más que una envoltura estética que, por otro lado, hace regresar al falangismo a alguno de sus componentes primigenios: el estético.
En definitiva, el libro abarca dos décadas de un franquismo que en modo alguno puede percibirse como un todo homogéneo. Será precisamente una percepción tan tosca como habitualmente implantada en amplios sectores de la sociedad española, la que impida un riguroso análisis del período histórico que dio lugar a la España del presente, transformación de la España franquista. Prueba de ello, de que el franquismo, por más que vaya vinculado a la figura de Francisco Franco, sufrió diversas transformaciones, la encontramos en un libro que no en vano reconoce que el nacionalcatolicismo se agostaría con la llegada de los tecnócratas de un Opus Dei que sin renunciar a la fe cristiana, introducirá nuevos componentes.
Es, por lo tanto, adoptando esta perspectiva que admite un pluralismo dentro del franquismo, como Martín Puerta puede afinar al hablar de censura, depuraciones y exilios –existentes también durante la II República-, a los que dedica capítulos específicos en el que se advierte hasta qué punto la coyuntura política, interior, pero también externa, determinaron en gran medida la evolución de personas, ideologías e instituciones o explica la transformación de personajes como Dionisio Ridruejo, falangista de primera hora, pronto desengañado, que romperá con Franco en 1942.
El desvanecimiento del falangismo se producirá por motivos varios, entre los que cabe señalar los acontecimientos universitarios de 1956, cuando el SEU es cuestionado y comienza a tomar cuerpo una oposición a las posiciones dominantes desde los ya por entonces lejanos días de la Guerra Civil de la que hasta el PCE prefería olvidarse apostando por la reconciliación nacional. Se hará visible entonces una particular oposición liderada por franquistas como Ruiz-Giménez, Antonio Tovar o Pedro Laín, integrados en una universidad que verá nuevas revueltas casi una década después, de la mano de revolucionarios tales como Aranguren o Tierno.
Tras pasar por estos asuntos, el autor elaborará unas prolijas listas de literatos y de publicaciones en las que el franquismo posterior al Concordato o la implantación de bases militares estadounidenses, cambiará por completo. España contará con escritores de talla, pero también con filósofos -algunos a caballo entre nuestro país y las universidades americanas, como Julián Marías, discípulo del en absoluto marginado Ortega-, economistas, historiadores, médicos, arquitectos y artistas plásticos de un nivel que permite que Martín Puerta afirme que «no puede decirse honestamente que el período tratado constituyese un páramo cultural o intelectual».
Pese a todo, tras la caída del falangismo, el nacionalcatolicismo también se disolverá, o se deshilachará, si nos atenemos a las palabras del autor que dedica un capítulo a tal circunstancia. El motivo no habrá de buscarse en un súbito hundimiento, sino más bien en la frágil estructura de tal modelo. Demos la palabra a Martín Puerta:

De modo que el catolicismo institucional de tendencias restrictivas vino a encontrarse con numerosos espacios que le resultaban casi infranqueables en la práctica, herméticos a una impregnación por parte de una cultura cristiana entendía a su modo que, cuando menos para el caso español, carecía de capacidad para una obra tan amplia, y manifestándose incluso entre los propios católicos no pequeñas lagunas. Y ello sin acudir a la consideración acerca de la pervivencia de sectores históricos -en todos los grupos sociales- hostiles al catolicismo, ahora acallados pero en modo alguno conquistados (p. 316).

La década siguiente, diferente al tiempo histórico estudiado en esta obra, serviría para ver las diversas evoluciones de la Iglesia en España, y encontrará en terceras potencias la energía y los recursos necesarios para contrarrestar las bondades que a los descontentos con el franquismo ofrecía un bloque político marcado por el ateísmo científico, materia ésta que ameritaría un trabajo específico.


viernes, 14 de febrero de 2014

Los Goya: las fuerzas del trabajo y las de la cultura

Artículo publicado el viernes 14 de febrero de 2014 en La Voz Libre:

Los Goya: las fuerzas del trabajo y las de la cultura
«Nuestra industria, nuestro cine, hecho con muchísimo cariño, con esfuerzo, con disciplina y con muchísimo talento, está muy por encima de nuestro ministro de anti-Cultura». La gala anual de los Premios Goya cruzaba la noche del domingo 9 de febrero y Javier Bardem cumplía escrupulosamente con lo que de él se espera en una fiesta de este tipo, máxime si el que está en el gobierno -«¡Esto nos pasa por un gobierno facha!»- es el Partido Popular.

La invectiva se dirigía al ausente –apodo que recibió José Antonio tras su muerte, dato que hubiera hecho las delicias de más de un actor presto a establecer paralelismos- Ministro de Educación, Cultura y Deporte: José Ignacio Wert. Así pues, dado que el ministro no compareció para ser zaherido mientras se le pedían subvenciones, algunos cómicos se mostraron ofendidos, aunque en sus reproches pareciera advertirse una singular carga de hipocresía, al dolerse del comportamiento de quien desprecian.
En cualquier caso, fue interesante comprobar cómo, una vez más, aquellos premiados con goyas relacionados con disciplinas que podemos denominar técnicas -fotografía, vestuario, efectos especiales- lanzaron mensajes de agradecimiento sin críticas de carácter ideológico o político. Por el contrario, los comúnmente llamados «artistas» o «creadores» -actores y directores- fueron los que introdujeron dichos componentes en sus emotivos discursos.
En definitiva, la ceremonia sirvió para hacer cohabitar sobre el escenario a diferentes grupos de intereses gremiales convergentes: todos aquellos que pueden ser englobados dentro de las llamadas gentes del cine. Sobre las tablas se escenificaba la estratégica unión que Santiago Carrillo incorporó en su Eurocomunismo y Estado, libro publicado durante la Transición en la que el PCE daba sus primeros pasos hacia la autoliquidación: las fuerzas del trabajo y las de la cultura. Evidentemente, nuestro oscarizado actor pertenece al segundo grupo, colectivo vedado e incluso atacado, al parecer, por el Ministro del ramo.
Sin embargo, mucho nos tememos que Bardem maneje una idea de Cultura mucho más confusa que lo que la rotundidad de su discurso pretende transmitir. Ignoramos si don Javier ha leído la mentada obra de Carrillo, pero nos atrevemos a afirmar posiblemente ni conozca el libro El mito de la Cultura de Gustavo Bueno.
De haber estudiado la obra del filósofo materialista español, Bardem no emplearía la palabra «cultura» con tal ligereza, pues habría entendido que más allá de la aparente obviedad de su significado, existen diferentes especies de cultura, y es en virtud de tales matices como incluso se parte en dos la gala: la cultura subjetiva de los técnicos, la que les permite manejar con precisión sus manos para iluminar, nada tiene que ver con la idea de cultura objetiva invocada en las peticiones de subvenciones, aquella que apela a los contenidos sublimes de las películas…
Y es una tal partición la que permite que Bardem et alii, se erijan en una suerte de sacerdotes que permiten la elevación de una sociedad civil que contemplan con ojos beatíficos. Una sociedad civil amenazada por el maligno Wert, empeñado en hurtarle el acceso a un mundo a menudo caracterizado como mágico a ciudadanos no tocados por el talento que adorna a los artistas. Es también tal partición la que permite que, sin rubor, determinados intérpretes se erijan en una suerte de nuevos sacerdotes que faciliten el tránsito hacia el Reino de la Cultura, heredero de otro: el de la Gracia al que eran elevadas las almas. Un cáliz éste, que, en el caso de Bardem, se hace difícil de  apurar por tratarse de un hombre que acríticamente se denomina «de izquierdas», pero que acaso no sea otra cosa, en lo relativo a lo religioso, que un simple elemento anticlerical.
Acaso, si en lugar de manejar una elitista visión de la idea de Cultura se actuara con mayor modestia, la que tiene quien es consciente de las dificultades de construir -en ningún caso crear-, una obra que resista la erosión del tiempo, estas galas se verían con mejores ojos por parte de la sociedad civil que apenas consume cine español.
La solución, si la hubiere, dada la maraña de intereses existentes, se halla en las propias palabras de don Javier, en una concreta: «industria», de perfiles menos pretenciosos. Pues el carácter industrial de esta actividad,- no olvidemos que las productoras son mayoritariamente de carácter privado- parece ofrecer mayores posibilidades de ser tratada con criterios económicos más controlables y objetivos. Porque, en definitiva, dado lo confuso de una idea como la de Cultura, capaz de incorporar la Divina Comedia pero también la claqueta de los rodajes cinematográficos, el Ministro, cuyo ministerio debería matizar mucho su denominación, caerá en estos encubiertos chantajes en el momento en que quede atrapado por el potente mito en que se funda su propio cargo. 

lunes, 3 de febrero de 2014

Celtiberia Euroregión

Artículo publicado el lunes 3 de febrero de 2014 en La Voz Libre:

Celtiberia Euroregión

La teoría de los cinco reinos, que tantos réditos ideológicos ha dado a la España autonómica construida en el tardofranquismo, acaba de encontrarse con una iniciativa que, por transversal respecto de las estructuras políticas consolidadas por la democracia coronada de 1978, supone una novedad que pudiera comprometer las llamadas señas de identidad que los gobernantes regionales se han encargado de fortalecer a golpe de interesada subvención.
Sabido es que las provincias de Teruel, Cuenca y Soria, pertenecientes a tres comunidades autónomas diferentes, constituyen una suerte de Siberia española tanto en lo relativo a su extremo clima como en su bajísima densidad de una población que, además, está muy envejecida.

Las tres provincias, pujantes en el momento de esplendor de una Mesta que cosía tales territorios mediante cañadas perfectamente trazadas e institucionalizadas, viven hoy horas tan bajas que, en su momento, llevaron a Teruel no ya a reclamar sus inmarcesibles esencias, sino a gritar que, como mínimo, existía.
Sin embargo, este estado de postración al que han llegado unas tierras humanamente descapitalizadas en gran medida por la emigración a zonas más industrializadas, puede pronto comenzar a dar muestras de recuperación, y todo ello gracias a la generosa Europa en la que el germanófilo Ortega veía una solución al problema representado por España. Veamos.
Desde hace años, un movimiento asociacionista trabaja con el objetivo de que la Unión Europea declare Euroregión a la zona del macizo ibérico. Tal categoría llevaría aparejada la inclusión de la misma –que se extendería por algunas comarcas de otras provincias- en un grupo denominado NUTS-2, correspondiente a regiones que tienen una densidad de población menor de 8 habitantes/Km2, con la consiguiente percepción de fondos europeos para las mismas. A esta catalogación se uniría el propósito de que la UNESCO reconociera a Celtiberia como Patrimonio de la Humanidad; algo que se lleva intentando desde finales del siglo pasado. En definitiva, muchos son los interesados en que la gracia europea caiga sobre estas cuasi inhóspitas tierras.
Entre los colectivos que ven con interés tal proyecto, al margen de los políticos y los grupos asociativos, se sitúa la patronal española, con Juan Rosell a la cabeza, quien ha confirmado su apoyo a los empresarios provinciales que en estos tiempos de crisis ven una oportunidad de hacerse con fondos destinados a «regiones ultraperiféricas y poco pobladas».
Sea como fuere, muchos son los conceptos que entran en escena en este asunto, conceptos que ameritan un breve comentario.
La propia elección del nombre de la región: «Celtiberia», por más que ésta no coincida exactamente con su predecesora histórica, ya muestra, una vez más, la obsesión que gran parte de los españoles tienen con el pasado… siempre que éste se distancie lo suficiente con una particular idea de España, aquella que la considera desde el todo y no desde sus partes, la misma que prefiere no detenerse en cuitas regionales y mirar más lejos, incluso más allá del Atlántico. Celtiberia, sin embargo, plantea problemas citados más arriba, pues su propia delimitación invadiría las fronteras interiores trazadas por el rigorismo cultural autonómico.
Por otro lado, los responsables políticos españoles demuestran de nuevo hasta qué punto el mito de Europa sigue vigente, por más que esta estructura construida en la Guerra Fría ya haya dado innumerables pruebas de lo que para España significa una pertenencia acrítica y a menudo dócil a tal Unión, antes Mercado. Un mito, el de Europa, sólo comparable al de la Humanidad, en nombre de la cual se patrimonializan tierras, tradiciones y, en el colmo del espiritualismo, bienes inmateriales.
Por último la pretendida Celtiberia, que nos trae a la mente el Celtiberia Show de Luis Carandell por el que desfilaba el lado más extravagante y estridente, de los españoles, supone, a pequeña escala y con objetivos más cortos, la reconstrucción de lo ocurrido en España desde, al menos, los años 60, cuando empiezan a pergeñarse, sobre cimientos segundorrepublicanos, las comunidades autónomas. Fue a partir de entonces cuando empezó a cristalizar, en las conciencias más imaginativas y en los más fríos cálculos empresariales vinculados a diversos terruños, la idea de construir naciones cuyas referencias eran a menudo tan antiguas como la Celtiberia hoy rediviva. Y es que en tales construcciones, al margen de la influencia de la hispanofobia, había mucho en juego, y en esto la semejanza persiste, pues los sobrevenidos neoceltíberos dudan ahora de quién gestionaría las posibles ayudas llovidas de Europa.
No creemos que, en las condiciones actuales, la proyectada Celtiberia pudiera dar lugar al nacimiento de un nacionalismo –y ello a pesar del nuevo impulso cobrado por el castellanismo- que en este caso localizara a los venidos de las riberas del Tíber como primeros opresores. A lo sumo, estos dineros podrían servir para impulsar algún que otro proyecto anunciado con gran despliegue cartelístico que difícilmente resolvería los graves problemas existentes, pues lo que en el fondo de la despoblación regional subsiste, es un errática política nacional siempre diseñada a corto plazo.
No obstante, bueno es recordar las palabras que hace casi un siglo pronunciara Julio Camba:
«Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid».