Mostrando entradas con la etiqueta Revista de Folklore. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Revista de Folklore. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de mayo de 2014

La mierera de La Varga de Alcantud

Artículo publicado en la Revista de Folklore, n. 386, pp. 4-11:
La mierera de La Varga de Alcantud
Autores: Emilio Guadalajara Guadalajara e Iván Vélez Cipriano


Frente de la mierera de La Varga de Alcantud

1.      Algunas referencias históricas

Aunque la fabricación y uso de la miera es ancestral, su incorporación a obras escritas relacionadas con Cuenca no es tan antigua. Un rápido rastreo de fuentes bibliográficas nos llevará al Tesoro de la Lengua Castellana o Española (1611) de Sebastián de Covarrubias Orozco (1539-1613), referencia especialmente oportuna por cuanto este autor fue «capellán de su Magestad, Maestrescuela, Canónigo de la Santa Yglesia de Cuenca, y Consultor del Santo Oficio de la Inquisición». Así trata la voz «miera» Covarrubias:

El azeite que llaman de enebro, de que parece usan los pastores para curar su ganado. Y dize Mingo Revulgo:
O mate mala ponzoña
a pastor de tal manera,
que tiene cuerno con miera 
y no les unta la roña.
Latine dicitur Reum Iuniperum: parece nombre Arabigo, aunque el Brocense quiere sea nombre corrupto de amurca

Casi sin variaciones, encontramos esta definición en la edición de 1734 del Diccionario de Autoridades (Tomo IV).
Como es sabido, la industria de la miera ha tenido gran implantación en la Sierra de Cuenca dadas sus particulares condiciones botánicas y la presencia de una gran cabaña ganadera trashumante, que requería de tal producto, abriendo las posibilidades de comercializar los excedentes tanto de miera como de otros productos obtenidos con el concurso de hornos similares al que vamos a analizar. Las hemerotecas ofrecen muestran de cómo productos como el aguarrás o la pez, derivados del pino, se vendían en tierras lejanas. En la noticia que reproducimos a continuación se citan puertos marítimos, mercados ávidos de pez para el calafateado de los barcos. Pese a que en el texto no se cita a Alcantud sino a pueblos aledaños, la incorporación de vecinos de esta localidad a tales rutas comerciales es perfectamente verosímil:

[…] Los de Armallones, Huerta-Pelayo, Valtablado del Rio, y Carrascosa de la Sierra, corren toda la Peninsula con su agua-rás, y pez, frequentando particularmente los Puertos de Cartagena, y de Cadiz, donde logran despacho ventajoso. (Correo mercantil de España y sus Indias (Nº 22, Del lunes 16 de diciembre de 1793, Agricultura).
Casi un siglo más tarde, es José Lucas Torres Mena (1822-1879), en sus Noticias Conquenses (1878), quien aporta nuevos datos. En el capítulo décimo de su obra -p. 365- nos informa de que la producción provincial de aceite de enebro es de 200 arrobas, aclarando que el sobrante se vendía fuera. Más adelante, en la página 377, dedicada a la estructura de los 733 montes de Cuenca extendidos en 439.796 hectáreas, 2.863 lo eran de enebro. Finalmente añade:
«En la Exposición universal celebrada en Filadélfia, durante el verano de 1876, ha figurado nuestra Provincia de una manera que podemos considerar expléndida, relativamente á las mezquindades anteriores […]. Don Ambrosio Yáñiz, de Cuenca, presentó miera ó sea aceite de enebro». (op. cit., pp. 404-405).

2.      El enebro merero (juniperus oxycedrus)

En Alcantud y en general en esas Alcarrias se conoce con el nombre común de «enebra» o enebro hembra, dando a entender que de él se obtiene algo productivo. Se trata de un arbusto, entendiendo por tal la planta cuyo porte está comprendido entre uno y cuatro metros, muy adaptado a las circunstancias excepcionales de la sequía estival. Llama la atención su aspecto llorón, es decir, con los extremos de las ramitas caídas. Sus diminutas hojas son aciculares y presentan una doble línea longitudinal de color verde claro. Esa característica lo distingue del otro enebro, el de la ginebra: juniperus communis, cuyas hojas solamente tienen una ancha franja longitudinal. En ambos casos las hojas son perennes y de textura coriácea, perfectamente adaptadas para evitar el exceso de transpiración y pérdida de agua en los rigurosos veranos.
Otra característica distintiva de esta planta es la referida a su «falso fruto», conocido como gálbulo o piña. Un falso fruto que tiene que ver con la clasificación de esta planta como gimnosperma, es decir, con óvulos al desnudo. Es la ausencia de ovario la que impide la formación del fruto. El gálbulo o piña es simplemente una estructura de fácil apertura donde maduran las semillas. Por ello, su mal llamada flor es desnuda y por tanto su polinización se lleva a cabo gracias a la acción del viento. Efectivamente, el grano de polen es muy voluminoso y prácticamente hueco, facilitando de este modo su flotabilidad y movilidad en el aire. Sin embargo pocas personas -a excepción de los colmeneros- saben que las abejas lo consumen ávidamente en las tempranas fases de maduración. Tempranas porque a lo largo de los meses de enero, febrero y marzo pueden madurar las cápsulas polínicas. En las tibias mañanas es frecuente ver abejas rondando los enebrales para llevar algo de alimento fresco a la colmena. Buena parte de ese polen acabará fecundando óvulos.
Por su parte, la madera de enebro de la miera ha sido muy apreciada en trabajos de ebanistería por combinar dureza, tonalidades claroscuras y aroma penetrante debido al contenido de miera en el duramen.

3.      La mierera

La mierera analizada en este trabajo se sitúa en el término del municipio conquense de Alcantud -coordenadas sigpac: 30T 0.557.944/4.489.603- a los pies del monte llamado La Varga.
Genéricamente, la mierera es un horno compuesto de dos cúpulas, una interna y otra exterior, al modo de las muñecas rusas, que dejan un espacio entre ambas en el cual se aloja el material combustible. Ambas cúpulas se construyen por aproximación de hiladas, por lo que pueden llamarse cúpulas materiales frente a las cúpulas formales. Trataremos de explicar tal distinción:
En el caso de la cúpula formal, la denominación le vendrá dada por consistir en una estructura masiva que funciona por gravedad y es, al igual que un muro. Se trata, pues, de un elemento constructivo autoportante. Por el contrario, la cúpula formal, que sólo podrá mantenerse en pie una vez terminada, entrará en carga en el momento de retirar unas estructuras auxiliares: las cimbras y apeos.
La cúpula interna, o caldera, está construida mediante hiladas de cascotes de teja unidas por arcilla que se emplea para dar cohesión a estas piezas y enfoscar el trasdós de la ligera estructura –entre diez y quince centímetros de espesor- en contacto con el fuego. El material empleado tiene propiedades refractarias muy superiores a las de la piedra caliza.
 En el caso que nos ocupa, las dimensiones de la ovalada planta de la caldera alcantucense son: 2,35 m en su eje mayor y 1,90 m en el menor, con una altura interior de 2,40 m. Esta caldera se asienta sobre una lastra caliza con una inclinación de 25º apenas modificada. En su parte superior existe un hueco o piquera que sirve para alimentarla y dejar escapar los gases que se unen al humo que desprende el combustible. En el frente se abre un hueco de acceso por el que donde se extrae la miera, recogida en recipientes de cerámica de los que quedan fragmentos en los alrededores.
La cúpula externa está construida con mampostería de sillarejo reforzada en sus esquinas con piezas de mayor entidad, configurando un frente con tres huecos adintelados, el aludido, y otros laterales de menores medidas -0,50 m de ancho por 0,35 m de alto-, que sirven para alimentar el horno perimetral. Las dimensiones de este frente, reforzado en su base con dos muros de contención son: 5,00 m. de anchura por 2,50 m de altura, teniendo la mierera 3,50 m de fondo. Cotejados otros ejemplos de los alrededores, estas medidas, sujetas a pequeños cambios derivados de la piedra empleada o el emplazamiento de las miereras, eran muy similares.
En el mismo Alcantud, según testimonio directo de algunas personas, sabemos de algunos hornos que eran montados y desmontados al acabar el proceso, siempre usando cascotes de teja y barro. Estos hornos poco eficientes y carentes de cúpula envolvente, funcionaban por la aplicación directa del fuego externo. Cabe suponer que estas efímeras estructuras permitían la incorporación de grandes ramas y troncos sin cortar, ahorrando así parte del trabajo de hacha. Por sus características, este tipo de hornos, que no ha dejado restos salvo la losa inclinada con alguna incisión y un montón de cascotes por los alrededores, tienen sentido cuando se trata de aprovechar una masa de enebros distante de la residencia del mierero.
Por último, citaremos otros ejemplos de hornos de enebro. En Rubielos de Mora y Alloza (Teruel), la destilación se hacía sin ningún tipo de horno de vaso. Bastaba con una losa ligeramente inclinada con unas incisiones en forma de espina de pez, por las que discurriría el aceite. Para ello se amontonaban las cepas de enebro en posición vertical, configurando una suerte de cono similar al empleado para producir carbón. La capa superficial era de ramaje fino, que se usaba como combustible. El calor producido por dicha capa, que ardía, se transmitía al interior propiciando la destilación del aceite. Este proceso, poco eficaz, no dejaba carbón como subproducto. En Castilla, escritos del siglo XIX citan a Salas de los Infantes y Arauzo de Miel (Burgos) como productoras de aceite de enebro, sin que conozcamos la tipología de sus hornos.

4.      El proceso

Tras el acopio de enebro y de retama, se comienza con la colocación de raíces, cepas y troncos de enebro verde abiertos con el hacha o la cuña para que expongan directamente el duramen, en el interior del horno a través de la piquera de carga situada en la plataforma superior. Era importante colocar bien las cepas y troncos más gruesos evitando dejar bolsas de aire que pudieran favorecer la quema de los mismos, ya que el aceite se halla en la médula o duramen de la planta. Una vez completada la caldera se procedía al sellado con la losa superior.
Iniciado el proceso, los huecos eran tapados para evitar las pérdidas de calor, quedando únicamente libre un orificio en la parte baja de la puerta que da paso al canal o desagüe. La puerta tan sólo era abierta ocasionalmente para atizar o recolocar las raíces de enebro con objeto de mejorar el rendimiento. La adición de materia combustible -ramas finas del propio enebro y otras de pino, aliagas, sabinas…- se hacía a través de las piqueras  laterales
Tras el encendido debía cuidarse el fuego continuamente para que el calor se repartiera bien por el exterior del vaso de la caldera. El efecto refractario del barro y cerámica permite un caldeado uniforme por el interior, amortiguando el fuego directo. Cuando había iniciado la destilación de aceite, se tapaban las chimeneas del hogar con el fin de que no se desperdiciase el calor y mantuviese ese estado durante horas, quizá hasta dos días.
La destilación de aceite producía además la carbonificación de la madera del enebro. De ahí que el carbón fuese un subproducto del proceso. Se dice que la venta de ese carbón era la propina del jornalero, una vez vendido en las fraguas y herrerías del pueblo.  No obstante, el carbón más fino o picón era usado para los braseros en la calefacción de las cocinas. No se descarta el uso en calientacamas metálicos para evitar la humedad en las sábanas y hacer más agradable la llegada al lecho en las noches invernales.
El aceite de enebro así producido no tenía ningún otro proceso adicional. Era metido directamente en pellejos u odres y se vendía por los pueblos de forma ambulante. El odre era un buen recipiente con fácil vertido, adaptable a los lomos de una caballería y, sobre todo, sin posibilidad de rotura por golpe. Por ello, la industria de la botería destinaba los grandes pellejos de machos cabríos para el aceite de enebro, aceite de oliva y vino, oportunamente impermeabilizados con pez griega.

5.      La miera

Por norma general se usa en plural -«mieras»- como genérico para designar toda una serie de productos obtenidos del bosque mediterráneo, cuyo proceso de producción es muy parecido, ya que se necesita destilar una planta con algún tipo de horno. En cualquier caso, el usufructo y aprovechamiento de los montes engloba ese tipo de actividades, sometidas permisos de explotación, pago de tasas y un régimen de subasta al alza a la hora de la concesión.
Bajo denominación «mieras», existen tres productos:
- Aceite de enebro, aceite de cade o brea de enebro. Obtenido siempre a partir del juniperus oxycedrus. El enebro común produce enebrinas -vulgarmente «cucos»- usadas como aromatizante para la fabricación de ginebra, palabra derivada de «ginebro». Para este proceso hay que macerar y luego posiblemente destilar en alambique de alcoholes.
- Pez griega, comúnmente conocida como «pedriega» por deturpación de las palabras originales. Se obtiene a partir de la destilación en horno o pegueras de las cepas y viejos tocones de pino. No obstante, es frecuente llamar mereras a esos hornos de pez griega, de ahí la confusión. Confusión que se agrava con las operaciones derivadas del uso de la pez griega y del aceite de enebro. Aparte de su uso en el calafateo de los barcos, impermeabilización de odres e incluso, en el campo bélico clásico, los proyectiles de fuego a base de bolas de brea encendidas, la pez griega se ha usado para señalar ovejas y cabras. Esa operación se hace tras el esquilo y consiste en marcar con un hierro finalizado en un signo sumergido en pez caliente y líquida -40 o 50 º C-, la corta lana del animal. Una vez enfriada, la pez quedará como una costra que permanece hasta el año siguiente. Esa operación de marcaje se denomina «empegar», «amerar», «almerar»… vocablos que complican todavía más todo lo anteriormente dicho.
- Resina en bruto, proveniente de la simple exudación del pino al practicarle una herida. La especie de pino más a propósito es el llamado «rodeno» -pinus pinaster-, aunque se han resinado pinares de negral, carrasco e incluso albar. Se trata, insistimos, de resina en crudo. Sin embargo, la jerga del resinero remasador invita de nuevo a la confusión porque a las caras de resinación del pino las llamaba «mereras» o «meleras». En otras partes de España, al no haber grandes fábricas de resina, el proceso de destilación se hacía a pequeña escala, en hornos con capacidad para una o dos toneladas máximo, instalados en mitad del campo y en un curso de agua cercano, ya que se necesitaba leña para calentar el vaso y un foco frío para completar el proceso de destilación por alambique. A esas antiguas fábricas a pequeña escala también se les ha denominado mereras. Por su parte, en las grandes resineras se obtenía aguarrás -o trementina- y colofonia. Esta última es una pasta seca y transparente susceptible de seguir empleándose en industria química o destilatoria. Tras la obtención de una veintena de productos entre los que se incluyen alcoholes -etílico y metílico-, alcanfores, celuloides -predecesor de los plásticos-, baquelitas, terpenos… queda un residuo untuoso de bajo punto de fusión que dieron en llamar «pez». Por tanto, la destilación industrial también produce pez. Es posible que en las antiguas pegueras el hecho de quemar la primera brea no sea otra acción que eliminar por combustión esos alcoholes, alcanfores, celuloides…
Buena parte de los productos citados, excluyendo los procesados industrialmente, eran servidos al vulgo por las mismas personas, posiblemente porque en ciertas épocas propicias esos vendedores se dedicaban a la obtención de cada producto en hornos en cierto modo parecidos, aunque con técnicas bien distintas. Para colmo de males a esos vendedores ambulantes se les conocía como mereros, meleros o pegueros.

6.      Usos

Dado que nos hallamos en una comarca de gran tradición ganadera, hemos de comenzar destacando el uso de la miera en estas actividades. La miera o aceite de enebro, de propiedades desinfectantes y vermífugas, se empleaba para sanar la roña o sarna de las ovejas, cabras y otros animales domésticos. El encargado de provocar tal infección es el arador de la sarna, ácaro o arácnido que parasita a los animales por norma general desnutridos o viejos, llegando a vivir entre la epidermis y dermis. Las heridas producidas, amén de infectarse, dejaban pequeños boquetes en el cuero y por tanto esas pieles no valían para producir pergaminos.
Para combatir las infecciones se empleaba la miera, aplicada por vía cutánea a los animales del siguiente modo:
La miera se vertía en un recipiente, a menudo un «colodro» o cuerno de toro y, empleando una pluma de gallina como si de un pincel se tratara, se trazaban una serie de líneas longitudinales a lo largo del lomo de las ovejas, apartando para ello la lana del animal para que la miera estuviera directamente en contacto con la piel.
Hace casi dos siglos, el soriano Manuel del Río Alcalde (1757-¿?), Hermano del Real Concejo de la Mesta,  en su obra Vida pastoril (Madrid, 1828), explicaba el empleo de la miera. En la página 29 se describe el uso más común:

Toda la parte enferma se esquilará, y se untará con miera, ó bien se lavará con una decocción de vedegambre. Si es procedente del piojo basta con untarlas con un poco aceite común.

Al tratar del mal llamado sanguiñuelo -p. 35- dice:

Es la salida abundante de moco sanguinolento por las narices: se conoce además en que la res enferma tose frecuentemente y arroja sangre por las narices, en cuyo caso es muy dañoso.
En esta enfermedad el mayor cuidado de los Pastores debe dirigirse a preservarla, porque una vez declarada, las produce la muerte. Sin embargo algunos ponen en uso para curarla la sal mezclada con tejo molido; otros les dan sal amierada; otros en fin, unen á la sal una planta llamada juciana: de todos estos remedios los mejores son los dos últimos, y si se dan antes que el moco se presente sanguinolento se precave la enfermedad.

Por último, en la página 153, añade:

Cuando los ganados marchan cañada arriba, llevan ya el fruto completo; está ya próxima la época de cortarlo, y si en ese intermedio se presentase algún grano de roña, es necesario curarlo sin manchar la lana, mezclando la miera con un poco de aceite de comer para que corra por el cutis; pero si los granos son muchos, lo mejor es lavarlos con agua de vedegambre. Cualquier pequeño defecto en la lana se advierte mucho en la sierra de Segovia; pero en las demás que se coge á vellón redondo no se nota tanto, y solo se ve en el lavadero. Algunos no curan la roña cañada arriba, y lo hacen en la peguera, porque si el rebaño está limpio al salir de Estremadura poco puede inficionarse en veinte días lo más que tarda en llegar á Villacastin y tienen la satisfaccion de que ninguna oveja llegue manchada.
Si el mes de Marzo es seco, y las ovejas no salen cojas, la marcha no es muy penosa para estas ni para los Pastores; pero si sucede lo contrario los cogeros no pueden reposar, la mayor parte de la noche estan andando, y de dia tienen que curar con miera las gusaneras ó las grandes supuraciones que producen las peras que motivan la cojera.

Otras referencias señalan que en ausencia de miera, especialmente en el período trashumante, los pastores aplicaban sobre las heridas la saliva obtenida tras mascar tabaco.
Precisamente otro uso, el humano, se apunta en las Actas y memorias de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de la provincia de Segovia (Tomo II-1786), sin embargo, por referir al pino esta sustancia, parece tratarse de un tipo de pez, reproduciendo los errores antes mencionados.
En otro plano ajeno al que venimos analizando, un uso que llegó de Oriente tenía que ver con la fabricación de incienso. Desde Mesopotamia y posiblemente la India, llegan crónicas del uso de inciensos en ceremonias religiosas de inhumación de cadáveres. Los vapores desinfectantes aseguraban las condiciones salubres de la estancia de los muertos. No es de extrañar que la tradición cristiana adoptase el incienso en sus ceremonias. Destaca en este sentido el famoso botafumeiro de la catedral de Santiago de Compostela empleado para favorecer la profilaxis y desinfección ante la llegada continua de peregrinos poco aseados que transportaban en su piadoso viaje piojos, ladillas, pulgas e incluso sarna.

Dibujo de la peguera elaborado por Emilio Guadalajara Guadalajara

Bibliografía

-       Covarrubias, Sebastián; Tesoro de la lengua castellana (Madrid 1611).
-       Del Río Alcalde, Manuel; Vida pastoril (Imp. de Repullés, Madrid 1828).
-       Pio Font Quer; Plantas Medicinales. El Dioscórides renovado (Ed. Labor, Barcelona 1.992).
-       Rodríguez Pascual, Manuel; La trashumancia, cultura, cañadas y viajes (Ed. Edilesa, León, 2001).
-       Torres Mena, José Lucas; Noticias conquenses (Imprenta de la Revista de la Legislación, Madrid, 1878).
Vélez Cipriano, Iván; Técnicas e ingenios en la Sierra de Cuenca (Dip. Cuenca, Cuenca, 2010).

viernes, 7 de octubre de 2011

La Rueda (hidráulica) de la Fortuna

Artículo publicado en el Nº 349 de la Revista de Folklore. Enero/febrero 2011, págs. 3-7:


http://funjdiaz.cervantesvirtual.com/rf349.pdf


La Rueda (hidráulica) de la Fortuna

INTRODUCCIÓN: EL SUEÑO DE CORTÉS

Recogida por diversos cronistas, la vida y figura del conquistador español, Hernán Cortés, incorpora en ocasiones elementos arquetípicos que la envuelven del mismo modo que ocurre con diversos personajes históricos cuyos perfiles se alimentan de elementos externos a los mismos. De entre los datos a menudo ambiguos que tenemos de Cortés, llama poderosamente la atención un suceso que es narrado, entre otros, por Francisco Cervantes de Salazar en su Crónica de la Nueva España, concretamente en su capítulo «Del pronóstico que Hernando Cortés tuvo de su buena andanza», donde podemos leer los siguientes párrafos:

«No es de pasar en silencio, antes que trate las pasiones que Cortés tuvo con Diego Velázquez, el pronóstico que él muchas veces contó de la prosperidad en que vino; porque con haber estado en Puerto de Plata con otros dos compañeros, tan pobre que se huyeron por no tener con qué pagar el flete, estando en Azúa sirviendo el oficio de escribano, adurmiéndose una tarde soñó que súbitamente, desnudo de la antigua pobreza, se vía cubrir de ricos paños y servir de muchas gentes extrañas, llamándole con títulos de grande honra y alabanza; y fue así que grandes señores destas Indias y los demás moradores dellas, le tuvieron en tan gran veneración que le llamaban Teult, que quiere decir «dios y hijo del sol y gran señor», dándole desta manera otros títulos muy honrosos; y aunque él como sabio y buen cristiano sabía que a los sueños no se había de dar crédito, todavía se alegró, porque el sueño había sido conforme a sus pensamientos, los cuales con gran cordura encubría por no parescer loco, por el baxo estado en que se vía, aunque no pudo vivir tan recatado que en las cosas que hacía no mostrase algunas veces la gran presunción que tenía en su pecho encerrada. Dicen que luego, después del sueño, tomando papel y tinta dibuxó una rueda de arcaduces; a los llenos puso una letra, y a los que se vaciaban otra, y a los vacíos otra, y a los que subían otra, fixando un clavo en los altos. Afirman los que vieron el dibuxo, por lo que después le acaesció, que con maravilloso aviso y subtil ingenio, pintó toda su fortuna y subcesos de vida.

Hecho esto, dixo a ciertos amigos suyos, con un contento nuevo y no visto, que había de comer con trompetas o morir ahorcado, e que ya iba conosciendo su ventura y lo que las estrellas le prometían; y así de ahí adelante comenzó más claro a descubrir sus altos pensamientos, aunque, como luego diremos, la fortuna le contrastaba cuanto podía para que entendamos que, como dixo Aristóteles, la virtud y la ciencia se alcanzan con dificultad.»

El texto del cronista toledano recoge un sueño premonitorio en el cual a Cortés se le anticipaba toda la gloria, bien que de forma confusa y alegórica, que halló en Tierra Firme, es decir, en Nueva España, donde se desarrollaron los célebres episodios que acarrearon la caída del imperio azteca y la incorporación al orbe cristiano y a la Monarquía Hispánica de estos vastos territorios con capital en Tenochtitlán.

No es, sin embargo, nuestro propósito analizar tan complejo tiempo histórico, sino tratar sobre las relaciones entre la rueda de arcaduces, que sirvió para ilustrar el sueño de Cortés, y la idea de Fortuna que llevaba acarreada. Se trata, en definitiva, de mostrar hasta qué punto, muchas de las consideradas «grandes Ideas» o «Ideas filosóficas», no han descendido desde un cielo hiperuránico o han ascendido desde un profundo mentalismo, sino que, muy al contrario, se surten de artefactos y objetos concretos, corpóreos en suma.

En efecto, el sueño descrito por Cervantes de Salazar o Bernal Díaz del Castillo, aun soportado en la imagen de una rueda de arcaduces, describe el futuro perfecto –terminado- que situaba a Cortés como gran señor, empleando incluso un vocablo –Teult- ajeno a la lengua española que hablaban el conquistador y sus cronistas. Un futuro, en todo caso, que sólo pudo serlo, visto de forma retrospectiva, en cuanto convergente con la realización de un futuro infecto –inacabado, en construcción-, el que incluía las acciones del propio Cortés, entre las que se puede citar la también mitificada «quema de naves» o las alianzas establecidas con los tlaxcaltecas, pueblo sometido por los aztecas o mexicas a cuya cabeza se situaba Moctezuma.

Lo que interesa a nuestro propósito, es la conexión entre la rueda y la Fortuna, razón por la que habremos de manejar antecedentes de esta relación, pues, en ningún caso, el sueño de Cortés tuvo originalidad alguna al unir suerte y rueda.

1.      LA RUEDA. ETIMOLOGÍA Y REPRESENTACIÓN

Los primeros indicios que se tienen en relación con la aparición de la rueda, pudieran ser una serie de anillos de marfil de elefante aparecidos en yacimientos auriñacienses[1], si bien no se pueden descartar otros usos para estas reliquias que, en efecto, permitían hacerse rodar. Como es bien sabido, las ruedas, unidas a ejes, dieron lugar a artefactos tan importantes como los tornos de alfarero o la rueda de moler cereal. Por su parte, la presencia de ruedas, en su dimensión simbólica, es también muy lejana. En efecto, en la India se encuentran representaciones de esvásticas, palabra de origen sánscrito cuyos significados, no en vano, son: «auspicioso», «afortunado», etc. Pero si la esvástica -que reaparecería con fuerza durante el nazismo ligada a otro mito: el del Progreso-, desde el Neolítico, se halla a menudo inscrita en diversos soportes de dos dimensiones, las reliquias más antiguas que se conservan de ruedas empleadas con fines prácticos nos hacen retroceder al menos 5.000 años en el tiempo.

 La indagación etimológica, como se observa, nos puede dar importantes pistas en torno a las aludidas conexiones entre Fortuna y rueda. Un salto en el tiempo nos colocará frente al vocablo que los griegos empleaban para referirse a la rueda: κúκλος (círculo), que en latín será cyclus. La palabra, incorporada con pocas variaciones al español, abre otra vía de investigación, pues «ciclo» dice repetición y nos sitúa ante el probable origen significativo de las representaciones de diversas ruedas y figuras semejantes. Este conjunto de símbolos, aluden a un orden astrológico, estacional, agrícola en definitiva. Los sacerdotes e intérpretes de las señales del cielo, situados en una perspectiva propia de religiones secundarias[2], una vez eliminados de su mundo entorno los rivales directos (los númenes animales), con las deidades proyectadas sobre la bóveda celeste en forma de «zoo-diaco», e integrados en sociedades que dominan las técnicas de la agricultura, confiarán, tendrán fe, en que el ciclo de la vida, desde la diaria aparición y ocaso del sol, al paso preciso de las estaciones, se repita; que las semillas enterradas en la tierra, germinen y den sus frutos.

            Por lo que respecta a una representación de la fortuna más desarrollada, con aspecto personiforme, en Grecia nos encontramos con Tiqué (Τύχη), hija de Tetis y Océanos, aunque otros la consideran hija de Hermes y Afrodita. Por su parte, la mitología romana tiene a la diosa Fortuna (Fors) pero, sobre todo, su panteón contaba con otra diosa, la diosa Ocasión, representada como una bella mujer situada de puntillas sobre una rueda, con un cuchillo en la mano y con alas en los pies o en la espalda, con un mechón de pelo en su frente por delante se observaba un hermoso mechón de pelo en su frente y calva en el resto de su cabeza, lo que dio origen al popular dicho.



Diosa Ocasión

             Paralelamente a la elaboración de los relatos mitológicos, los ingenios hidráulicos se fueron desarrollando en Grecia. Ya en funcionamiento, las ruedas recibirán un trato sistemático por parte de autores como Filón de Bizancio, quien trata de las mismas en el libro Pneumática. Posteriormente, en Roma, muchos son los autores que aluden a las ruedas hidráulicas –Lucrecio, Estrabón, Tertuliano- entre los que destaca Marco Vitruvio, padre de la llamada rueda vitruviana. Démosle la palabra al autor de Los diez libros de Arquitectura:

«Asimismo en los ríos se construyen ruedas de una manera semejante a las precedentemente descritas .En torno a su frente se fijan unas paletas que, cuando son impelidas por el ímpetu de la corriente del río, hacen girar las ruedas; y así, sacando el agua en los arcaduces, la hacen ascender sin necesidad de la intervención de los hombres, y por el solo empuje de la corriente  del río suministran el agua que para el uso sea menester.»[3]

                Roma nos aportará la raíz de la palabra rueda ahora manejada en español. Su origen es el vocablo rota, vocablo de raíces indoeuropeas que hace referencia a esta institución cíclica.

            Paralelamente al desarrollo tecnológico, y en un plano simbólico, surgieron sistemas adivinatorios que incorporaron imágenes referenciales entre las que pudieron incluirse diversos ingenios. De origen incierto, la primera referencia escrita acerca del tarot en Europa, es un manuscrito italiano (Trattato de governo della familia di Pipozzo) de 1299, donde ya se habla de naipes en los que pudieron incorporarse representaciones de ruedas ligadas a la suerte, al azar. Estamos situados ya en plena era eotécnica, si nos atenemos a la clasificación dada por Lewis Mumford en su Técnica y Civilización[4], y el nexo rueda-Fortuna, parece estar plenamente consolidado.

2.      RUEDA Y FORTUNA EN LA LITERATURA ESPAÑOLA

Pero regresemos a la España imperial. En el mundo en el que se movió Cortés, las ruedas hidráulicas y la simbología aparejada a éstas eran ya cosas corrientes, razón por la cual no resulta extraño que en su sueño aparecieran imágenes tan recurrentes. La tradición literaria tenía ya en la rueda de la fortuna, uno de sus recursos habituales. Veamos:

Décadas antes del nacimiento del conquistador de Tenochtitlán, el poeta toledano Juan de Mena, formado en la misma universidad salmantina a la que acudió brevemente Hernán Cortés, publicó su obra Laberinto de Fortuna, también conocida como Las Trescientas, dedicada al rey Juan II y de inspiración dantesca, en la cual, al margen de la presencia de la Fortuna en el devenir de los hombres, se da una visión mecanicista del mundo, movido por una serie de ruedas:

                «Tus casos falaçes, Fortuna, cantamos,
                estados de gentes que giras e trocas,
                tus grandes discordias, tus firmezas pocas,
                y los que en tu rueda quexosos fallamos;
                fasta que al tempo de agora vengamos
                de fechos pasados cobdiçia mi pluma
                y de los presentes fazer breve suma:
                y dé fin Apolo, pues nos començamos.»

            Para, más adelante, continuar:

«Bolviendo los ojos a do me mandava,   
vi más adentro muy grandes tres ruedas:  
las dos eran firmes, inmotas e quedas,  
mas la de en medio boltar non çesava;  
e vi que debaxo de todas estava,  
caída por tierra, gente infinita,  
que avía en la fruente cada qual escripta  
el nombre e la suerte por donde passava.»

Pero si ignoramos el conocimiento que Cortés pudo tener de este romance, lo que podemos asegurar es que conocía el Amadís de Gaula, obra muy frecuentada por los que pasaban a América. En las páginas de este clásico de las novelas de caballerías, encontramos un pasaje referido a la trayectoria del rey Lisuarte (Libro IV, Capítulo 83 «Cómo con acuerdo y mandamiento de la princesa Oriana aquellos caballeros la llevaron a la Ínsula Firme»), que se ajusta de forma sorprendente al sueño de Cortés:

«Así, que si la fortuna volviendo la rueda te fuere contraria, tú la desataste donde ligada estaba.»

La fórmula del Amadís, la reproduce el propio Bernal Díaz del Castillo en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, escrita en 1632, del siguiente modo:

«La adversa Fortuna vuelve presto su rueda».

La rueda de la fortuna también aparecerá en La Celestina, escrita por Fernando de Rojas en 1499, durante el reinado de los Reyes Católicos. Sirva como ejemplo este diálogo entre la alcahueta y Lucrecia, en el que Celestina repasa su vida, que vuelve a remitirnos al sueño que estamos tratando:

«Mundo es, pase, ande su rueda, rodee sus arcaduces, unos llenos otros vacios. Ley es de fortuna que ninguna cosa en un ser mucho tiempo permanesce: su orden es mudanzas.»

3.      INGENIOS E INGENIEROS HISPANOS

Así pues, a principios del siglo XVI, para un español medianamente leído, e incluso para aquellos que nunca pisaron un aula –ejemplo de ello son las palabras puestas en boca de la Celestina-, el azar, la suerte, que tan presente estaba en un tiempo en el que todo un continente iba abriendo sus horizontes, tenía en la rueda hidráulica un referente reconocible, acaso por ser uno de los más comunes y complejos industriales, tanto en su versión asinaria como en su aspecto hidráulico, que se recortaban en el paisaje hispano. Y ello al margen de ejemplos que maravillaron al público, como el famoso ingenio que encadenaba varias ruedas destinado a subir agua «contra natura» del Tajo a la ciudad de Toledo, obra del ingeniero italiano Juanelo Turriano.

A la figura de Juanelo, y contra la extendida y negrolegendaria opinión del retraso tecnológico y científico hispano, hemos de unir las de Lastanosa, Lobato o Jerónimo de Ayanz y Beaumont, quien desarrolló su acción entre dos épocas tecnológicas bien diferenciadas por los tratadistas.

Ya en la España que se expande por el Nuevo Mundo, es notoria la puesta en marcha de los llamados «ingenios», empleados para el procesamiento de la caña de azúcar de los que ya hemos hablado en esta obra. Aunque algunos de ellos se movían mediante energía fluvial, la gran mayoría lo hicieron las fuerzas de los esclavos negros traídos a estas tierras, pues los indios gozaban de una especial y explícita protección por parte de la Corona. Las razones de este desigual trato entre indios y negros, hemos de buscarlas en argumentos de carácter religioso que rebasan los límites de este trabajo. Asimismo, las conexiones entre tecnología y esclavismo, volverán a manifestarse siglos después, cuando en los Estados Unidos, con el invento de la desmontadora de algodón por parte de Eli Whitney (1765-1825), la demanda de mano de obra, esclava, se disparó para poder alimentar a dichas máquinas. Sea como fuere, las ruedas, en este caso dentadas, que movían los cilindros en los que la caña de azúcar se machacaba para obtener melaza, eran una imagen común a los habitantes del Caribe de la época de Cortés.

No es, por tanto, insólito que el conquistador extremeño dibujara una rueda y la rodeara de letras, que confeccionara, en definitiva, un croquis de una máquina, acaso intuyendo que los ingenios, situados junto a las técnicas en la base de las ciencias, sirven para construir el mundo. Pero si en Cortés resulta natural soñar con una rueda de arcaduces, no podemos decir lo mismo de Moctezuma, del que no se conoce dibujo alguno de un ingenio de este tipo, inexistente en Tenochtitlán a pesar de ser ésta una ciudad cuasi flotante y atravesada por numerosos canales. Los aztecas, en efecto, conocían la rueda, que no podían emplear vinculada a los carros, hecho que, si hacemos caso de las tesis de Jared Diamond en su Armas, gérmenes y acero, era imposible por la inexistencia de animales de tiro, teoría que bien podría refutarse introduciendo en escena a los hombres esclavizados por el pueblo mexica, de dudosa consideración como personas por parte de éstos, lo cual les permitía sacrificarlos a los dioses zoomorfos y aun fagocitarlos de forma ritual. Por decirlo directamente, los esclavos bien pudieran haber operado como animales de tiro. La realidad es que los indígenas americanos no disponían de carros, pero tampoco de las ruedas hidráulicas y otras máquinas que los españoles emplearon en otra importante actividad: la minería. Pese a la dureza de tal actividad, los ingenios traídos desde España, permitieron la explotación del subsuelo, de la llamada res nullius -cosa de nadie-, con el Cerro de Potosí como emblema que ha dejado también su huella en el idioma español, sirviendo para referirse a algo de gran valor.

4.      CONEXIONES ENTRE INSTITUCIONES TECNOLÓGICAS E IDEA

Si hasta el momento las Ideas de «fortuna» y «rueda» se mantenían unidas por medio de una conexión simbólica, será en el siglo XVII cuando el matemático francés, y también teólogo jansenista, cultivador de la idea de predestinación, Blaise Pascal (1623-1662), invente la ruleta de la fortuna. La rueda, colocada ahora en posición horizontal, no servirá ahora para desarrollar ningún trabajo industrial, sino que su empleo, una vez perfeccionada, tan sólo irá encaminado al «reparto de la suerte» gracias a una bola que se detiene en según qué número.

            Así pues, la rueda de la fortuna, muy transformada, no llega a desprenderse de su referente fisicalista, como ocurre con otras Ideas tales como el Progreso o la Evolución, si bien parece claro que una institución tecnológica se sitúa en la base de lo que hoy se entiende por Fortuna. Estas conexiones han sido extensamente analizadas por el filósofo español Gustavo Bueno, por ejemplo en la conferencia titulada «Espiritualismo y materialismo en filosofía de la cultura. Ciencia de la cultura y filosofía de la cultura» y pronunciada en la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia, el día 14 de mayo de 2002, al presentar la edición en alemán de su obra El mito de la cultura[5]. De la intervención en tierras alemanas destacaremos el siguiente párrafo:

«Las Ideas proceden, en suma, de conceptuaciones previas; de conceptuaciones tecnológicas científicas. Si nos atenemos a las tres Ideas por antonomasia de la tradición escolástica vigente aún en Kant (es decir, a la Idea de Mundo, la Idea de Hombre y la Idea de Dios), podemos ensayar esta tesis: la Idea de Mundo no sería una suerte de «secreción» de la razón pura funcionando por silogismos hipotéticos, sino una construcción límite procedente acaso de un  objeto técnico, el «cofre de la novia» (o mundus) ampliado a dimensiones tales que lo hagan capaz de contener a todas las «joyas» que Dios creador haya podido ir introduciendo en su interior. Ni la Idea de Dios procedería de lo alto, ni de la razón subjetiva pura ejercitando los silogismos disyuntivos, sino de las experiencias técnicas o políticas con animales numinosos de muy distintas especies y géneros. Tampoco la Idea de Alma, humana o animal, procede de vivencias internas dadas en la conciencia, sino de sensaciones «propioceptivas» compuestas con representaciones de otros hombres o animales que se mueven o se transforman en cadáveres. Y en cualquier caso, el número de Ideas, que la historia ha ido acumulando rebasa ampliamente las   tres ideas tradicionales. En la medida en la cual las Ideas derivan de conceptos, cabría considerarlas como conceptos ampliados transcategoriales o como «conceptos de segundo grado.»
               
            Así pues, Ideas sublimes como «Evolución» o «Progreso», procederán, a su vez y respectivamente, del gesto de desenrollar –des arrollar- un antiguo libro en formato de rollo, la poetarum evolutio de los clásicos; y, en el segundo caso, el del progreso, del empleo de escaleras o escalas de grados.

            A las conexiones que unen cofres con Mundos, escaleras con Progreso, rollos con Evolución y otros ejemplos que por razones de espacio no podemos tratar, hemos de sumar ruedas y Fortuna.

Iván Vélez




[1]Véase El mito de la máquina. Técnica y evolución humana. Lewis Mumford. (1967). Hemos manejado la edición de la editorial Pepitas de calabaza. (Logroño 2010, Cap. 5. pág.186).
[2] Para esta clasificación de las religiones, véase Gustavo Bueno Martínez. El animal divino. Ensayo de una filosofía materialista de la religión (2ª edición, corregida y aumentada con catorce escolios). (Pentalfa Ediciones, Oviedo 1996).
[3] L. Vitruvio. Los diez libros de Arquitectura (Libro X, Cap. X, «De las ruedas de agua y de los molinos de agua». Ed. Iberia. Págs. 268-269).
[4] Lewis.  Mumford (1934). Técnica y civilización. (Versión de Constantino Aznar de Acevedo, Alianza Editorial, Madrid 2006).
[5] Gustavo Bueno Martínez. El mito de la cultura. (Prensa ibérica, Barcelona. 1996)