sábado, 14 de febrero de 2026

A Sánchez también le gusta la fruta

La Gaceta de la Iberosfera, 22 de septiembre de 2025.

https://gaceta.es/opinion/a-sanchez-tambien-le-gusta-la-fruta-20250922-0001/ 

A Sánchez también le gusta la fruta

El 15 de noviembre, durante una sesión celebrada en el Congreso de los Diputados, las cámaras captaron a Isabel Díaz Ayuso, presente en la tribuna de invitados, pronunciando lo que muchos entendieron como «hijo de puta», frase que se trocó en un «me gusta la fruta», a decir de la presidenta madrileña contra la que el PSOE lanza continuos ataques. La herida del tamayazo sigue abierta. Desde entonces, son multitud los que se han desahogado, aireando su amor frutícola, en la creencia de que combaten ardorosamente al sanchismo. «¡Me gusta la fruta!», exclaman algunos, acompañando su afirmación con un mohín que busca complicidad.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, los sanchistas, pero no sólo, también han hecho un acto de exaltación frutícola. Así, desde el pasado verano, la sandía, por sus colores, se ha convertido en un símbolo vegetal de apoyo a la causa Palestina, indistinguible, a menudo, de la de Hamas, pues el lema «Desde el río hasta el mar» acompaña con frecuencia a la raja, evocadora de la franja.

«Y era tanta la grita y lloro de los niños y mujeres, que no había persona a quien no quebrantase el corazón». Así, como si de un corresponsal de guerra se tratara, se expresó Hernán Cortés hace medio milenio al describir la salida de los famélicos habitantes que abandonaron el asedio de Tenochtitlan por lo que hoy denominaríamos «corredor humanitario». La guerra deja siempre imágenes brutales y nuestro presente, pleno de cámaras, nos las ofrece con toda su crudeza, pero también con toda su edición, es decir, con su selección. Las violaciones, mutilaciones y brutalidad desplegada por los terroristas tras el ataque a la rave que desencadenó la ofensiva israelita, han quedado empequeñecidas por las que protagonizan niños gazatíes desnutridos, madres que lloran a sus hijos. El Guernica ha regresado a las paredes y la palabra «genocidio», puesta en circulación tras la II Guerra Mundial, no se cae de la boca de aquellos que no reclaman la liberación de los rehenes israelíes ni el desarme de la banda terrorista.

Lejos de la devastación, en nuestras calles, en nuestras carreteras, las de la Vuelta, pero no las de la Volta, las banderas palestinas han ofrecido una imagen que Sánchez, tal es la grandilocuencia del partido que en su día publicitó la reunión entre Zapatero y Obama como «un acontecimiento histórico planetario», quiere proyectar al mundo. Agarrado a la bandera evocada por las sandías, Sánchez trata de cerrar filas dentro del sector izquierdista en el que militan multitudes incapaces de enarbolar la rojigualda, pues, dicen, ese trapo de colores se lo ha apropiado la derecha, la ultraderecha, la extrema derecha, el fascismo irredento.

Mientras busca nuevas dádivas que entregar a sus socios golpistas y filoetarras, en su intento de zafarse de la marea de corrupción que le rodea, Sánchez, al que ahora también le gusta la fruta, busca una nueva causa, un nuevo Irak, un renovado «No a la guerra». Envuelto en una kufiya ética, Sánchez, que nada tiene que objetar a la existencia o, por mejor decir, inexistencia de las mujeres veladas, trata, desesperadamente, de activar a sus bases desde el que califica, no sin recordar que carece de armamento atómico, como «lado correcto de la historia». 

 

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