La Gaceta de la Iberosfera, 1 de septiembre de 2025.
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Juanis, perros e inmigrantes
Los últimos días del mes de agosto, marcados por el reparto desigual de menas, es decir, por los privilegios vasco y catalán, a los que el Gobierno accede, nos han ofrecido la petición de varias grandes empresas de traer inmigrantes para cubrir 16.000 puestos de trabajo vacantes. Frente a esa solicitud, los datos: un paro general del 11%, que en el caso juvenil asciende hasta el 24%. La interpretación de la demanda de las tres multinacionales es automática: quieren mano de obra barata. Más allá de esta inmediatez, el panorama de gran parte de la juventud española es sombrío. Su falta de perspectivas vitales explica algunas cosas a las que he regresado tras el fallecimiento de la actriz Verónica Echegui y la reposición de la película que la consagró, Yo soy la Juani.
Como recordará el lector, la protagonista trata de dejar atrás una vida precaria caracterizada por una sobreabundancia de objetos de consumo inmediato. La Juani se mueve dentro de un horror vacui superado por la acumulación de complementos baratos, estridentes, horteras. Casi dos décadas después de su estreno, la película nos recuerda los años del tuneado de coches y de personas, hoy superado o, por mejor decir, transformado. El trasfondo, no obstante, es parecido: una generación —en realidad más de una—, sin posibilidades de alcanzar estabilidad económica o familiar. Una generación acompañada por un co- permanente, del que sobresale el coliving, forma bárbara de llamar a la imposibilidad de acceder a una vivienda propia.
Las consecuencias de este, por decirlo en palabras de los Sex Pistols, No future, son diversas. Me limitaré a señalar dos. La primera de ellas conecta con la película de Bigas Luna. La juventud, sometida a sueldos precarios, a la intermitencia fija discontinua, no puede trazar planes a largo plazo. Mucho menos aspirar a tener un hogar propio. Consciente de ello, el Gobierno reparte una lismosnita: el bono joven. Un pequeño pasar. La consecuencia es la juanización, el gasto en recursos y experiencias inmediatas. En las alcobas del hogar familiar que, a lo sumo, se aspira a heredar, se acumula ropa, calzado, complementos. En los corchos que antes contenían horarios escolares, cuelgan pulseras de festivales. Tardes de domingo comiendo techo.
El sustitutivo, sin embargo, siempre aparece. Si en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, un animal real era algo inalcanzable, un artículo de lujo sólo accesible para los privilegiados, la realidad española es inversa. En España hay más de 30 millones de mascotas. Casi un tercio de ellas son perros o perrijos. Sustitutos de los hijos que no vendrán o propiedad del Jonah de turno. En torno a esta realidad ha cristalizado una potente industria, pues el perro ya no puede ser alimentado con las sobras del improbable cocido del domingo. Hasta la televisión pública dedica ya un programa —Dog House— para el que no hay paralelismo alguno con los hijos como protagonistas. No existe un Son House. Que se reproduzcan ellos, piensan, en referencia a los inmigrantes, las autodenominadas izquierdas, ensimismadas en disquisiciones de género. Que trabajen —precariamente— ellos, susurran los patronos, principales beneficiarios de una industria de brazos y fronteras abiertas.
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