La Gaceta de la Iberosfera, 16 de febrero de 2026.
https://gaceta.es/opinion/eta-y-los-modales-20260216-0045/
ETA y los modales
Decía Thomas de Quincey en su Del asesinato considerado como una de las bellas artes (1827): «Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación». La secuencia de los hechos narrados por el irónico autor de Confesiones de un inglés comedor de opio se ajusta a la trayectoria seguida por la banda terrorista ETA. Y se ciñe, sobre todo, después de las palabras pronunciadas por Iñaki Anasagasti, cuyo apellido se convirtió en su día en sustantivo capilar.
En efecto, con cierta tardanza —cosas de las redes sociales— unas declaraciones del célebre peneuvista se han viralizado recientemente. Las manifestaciones las vertió, pues de un vertido se trató, durante una entrevista concedida al programa La Kapital, de TeleBilbao, el 20 de noviembre de 2025. Aquel día, el de Cumaná soltó la siguiente perla, no precisamente caribeña: «No deja de ser, eh Iñaki [refiriéndose al presentador], terrible que cuando existía ETA había mucha contención en el lenguaje, en las formas, en cosas y cuando ETA desaparece esto es un todo vale, un totum revolutum».
La pérdida de modales, de «contención», venía a cerrar el círculo abierto el 7 de junio de 1968 en la localidad guipuzcoana de Aduna. Ese día, Txabi Etxebarrieta e Iñaki Sarasketa tirotearon al guardia civil José Antonio Pardines Arcay, que se convirtió en la primera víctima mortal oficial de la banda terrorista ETA, algunos de cuyos miembros —Julen Zabalo Bilbao y Joseba Sarrionandia— nutren hoy al profesorado del Máster Universitario en Soberanía en los Pueblos de Europa, en la universidad pública de la región.
Cometido aquel asesinato, la banda robó e implantó lo que denominó, con ínfulas estatales, «impuesto revolucionario», es decir, una extorsión para avanzar en la «construcción nacional» cimentada en sangre española. En cuanto a la bebida, distanciada del asesinato por De Quincey, el pote es, sin duda, una seña de identidad para quienes, a pesar de su «inobservancia del día del Señor», siempre tuvieron sotanas orbitando a su alrededor.
Durante el tiempo de actividad criminal de la banda terrorista ETA, el mayor beneficiario ha sido el PNV, factor imprescindible en la redacción de la Constitución de 1978 que ha permitido gozar de una posición privilegiada a las provincias vascongadas, convertidas en comunidad autónoma sobrefinanciada por medio del que, un hermano de una víctima de los etarras, Mikel Buesa, denominó pufo vasco. Con la inestimable colaboración de un bipartidismo oportunista e irresponsable, el PNV ha puesto y quitado gobiernos y mantiene un sablazo calculado a la medida de sus objetivos. Mientras el Arzallus de turno negociaba con el Gobierno y el Anasagasti del momento exhibía su suficiencia en el Congreso de los Diputados, la banda del hacha y la serpiente limpió, por los métodos más sanguinarios, la tierra vasca de todo aquel que estorbara a unos propósitos que buscan la secesión cuando no haya más que exprimir a España.
Ocurre, no obstante, que de tanto mimar a «los chicos de la gasolina», su marca, EHBildu, amenaza seriamente a sus padres políticos, a los que celebran el Alderdi Eguna y escuchan el chistu. Los que potean sin huella de carbono y perspectiva de género son los preferidos por la menguante juventud vasca mientras la nostalgia se apodera de viejos jeltzales como ese Anasagasti que echa de menos el tiempo en el que ETA garantizaba la «contención en el lenguaje, en las formas».
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