sábado, 4 de septiembre de 2021

El bandolerismo español

 Libertad Digital, 25 de febrero de 2021:

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El bandolerismo español

            Para la generación a la que pertenezco, la melodía de Waldo de los Ríos con la que se abrían los capítulos de la serie Curro Jiménez es sólo comparable con la que daba inicio a El hombre y la Tierra. Recortadas sobre el horizonte, las siluetas de El Estudiante, El Algarrobo, El Gitano y El Fraile galopaban al lado de Sancho Gracia, actor encargado de encarnar al bandolero más televisivo. Acaso este recuerdo infantil sea el que me ha llevado a leer el reciente libro de Enrique Martínez Ruiz, El bandolerismo español (Catarata, 2020), obra en el cual se aborda un fenómeno popular del que tuve un primer conocimiento gracias a mi abuela Catalina, que me recitaba una coplilla de Diego Corrientes y su caballo, tratando, a menudo en vano, de darme de comer.

            La del bandolero es, junto a la de las majas, los gitanos y los toreros, una de las estampas más recurrentes de la imagen romántica de España. De hecho, en Ronda existe un Museo del Bandolero consagrado a aquellos hombres echados al monte, generosos con los pobres, mujeriegos y hábiles manejadores del trabuco y la navaja. Sin embargo, a pesar del arraigo de semejante imagen, la variedad de bandoleros que en España han sido excede al citado modelo, acuñado entre el final del siglo XVIII y la centuria posterior. Un modelo que contó con precedentes como el que aparece en El Quijote, cuando el Caballero de la Triste Figura trata de calmar a Sancho con estas palabras:

 

—No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no vees sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados, que por aquí los suele ahorcar la justicia, cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender  debo de estar cerca de Barcelona.

            La presencia de esos miembros colgados de los árboles preludia la aparición de Roque Guinart, bandolero que tuvo existencia real en un personaje homónimo que nos permite referirnos a un bandolerismo, el catalán, organizado en torno a la pugna entre los feudalistas nyerros, con Juan de Serrallonga a la cabeza, y los realistas cadells, representados por un Pedro de Santacilla, que acabó ahorcado y despedazado en la Plaza del Rey de Barcelona. Pese a la fuerza icónica de los bandoleros andaluces, Cataluña fue escenario de bandidos propios que nos conducen hasta los días de Isabel II, en los que por el Principado pululaban latrofacciosos y trabucaires. Nada tiene de particular tan secular presencia de este tipo de hombres en aquellas tierras, al cabo, la palabra «bandolero» tiene un origen catalán, pues procede del vocablo «bandol», del que deriva y al que «bandoler», término ya localizado en el siglo XV, que se castellanizó como «bandolero» y que  inicialmente no tuvo carga peyorativa, pues era sinónimo de banderizo o partidario.

            Para el rastreo del bandolerismo, Martínez Ruiz traza el retrato de una España devastada por las guerras, con deficientes caminos y diferentes proyectos, desarrollados por el poder político, para neutralizar a aquellos hombres que vivían al margen de la ley. Una serie de cuerpos que nos llevan a la Santa Hermandad o a la Justicia de las Montañas, y que desemboca en una imagen no menos conocida que la de los bandoleros: la de la pareja de la guardia civil, cuerpo creado en 1844. El bandolerismo español reconstruye la evolución paralela de un tipo de vida delictivo y los intentos de su erradicación, ofreciendo un tipo de Historia, trufada de datos sociológicos, demográficos y geográficos, de diferente escala a la ensayada por el autor en su reciente y monumental biografía sobre Felipe II.

            Martínez Ruiz distingue entre dos tipos fundamentales de bandoleros: los románticos, grupo al que pertenece Curro Jiménez, inspirado en un personaje real, el barquero de Cantillana, y los de retorno.

            Indudablemente son los románticos los bandoleros que más atención han suscitado. De hecho, muchos de sus nombres siguen siendo conocidos. Dentro de este colectivo militan, José María el Tempranillo, Juan Palomo o los Siete Niños de Écija. Algunos de ellos concentraron en sus vidas todos los tópicos del romanticismo español, tal fue el caso de José Mateo Balcázar, Tragabuches, perteneciente al clan citado, que fue cantaor, banderillero, matador de toros tras tomar la alternativa en Salamanca en 1802, contrabandista y marido de la bailaora María la Nena, a la que tiró por la ventana tras descubrir sus amoríos con un sacristán llamado el Listillo, al que ultimó de una puñalada.

            Martínez Ruiz rescata también la trayectoria de aquellos que, tras vivir en el monte, se reintegraron en las instituciones de las que tuvieron que huir. Así ocurrió con El Tempranillo, casado, tras asesinar al gitano con el que roneaba, con María Jerónima Francés. Muerta esta en un tiroteo, José María huyó con su cadáver atado a la espalda y su hijo en la faja. Salvado aquel trance, obtuvo el perdón de la justicia y se convirtió en jefe del Escuadrón Franco de Protección y Seguridad Pública de Andalucía para combatir a los bandoleros que le dieron muerte el 22 de septiembre de 1833 durante una emboscada organizada por un antiguo compañero de montaraces escaramuzas: el Barberillo.

            Frente a este bandolerismo llamado romántico, apareció el llamado bandolerismo de retorno, surgido en tiempos de posguerra, cuando algunos hombres que, o bien lo habían perdido todo o habían cometido graves delitos, hubieron de mantenerse lejos del alcance del bando vencedor, circunstancia que determinó incluso su uso como arma arrojadiza entre liberales y absolutistas. Con la situación política más aquietada, el bandolerismo derivó hacia formas organizativas más complejas, algunas de ellas vigentes, vinculadas al contrabando, el secuestro y otros delitos. Ello condujo a la cristalización de un entramado delictivo que incluyó numerosas especies tales como chivatos, hurones, martelos, bailaores, martingalos, comediantes, lagartos, predecesores de esos puntos, winstoneros, buscamanis y gorrillas que han trocado la jaca por la planeadora.


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