La Gaceta de la Iberosfera, 13 de octubre de 2025.
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12-O, Día de la Sanchidad
Llegó un nuevo 12 de octubre y, como es tradición, no defraudó. No hubo sorpresas. Un año más, puntuales a su cita anual, las izquierdas españolas cumplieron con el trámite negrolegendario. Nada que celebrar, repitieron, con gesto grave. Irene Montero, siempre vocinglera, relacionó la fecha con el que calificó como «genocidio del pueblo palestino». El acuerdo de paz inducido por Trump escuece en el podemismo, cuya génesis universitaria siempre estuvo envuelta en kufiyas y otros fetiches. Como acompañamiento a los alaridos monterianos, Ione Belarra ahondó en la matraca. Belarra no soporta el desfile militar que, diche, expulsa a la «gente de izquierdas» de este país al que no nombra y a las «nacionalidades históricas», cuyos nombres da por sabidos. En su intervención se acordó incluso de la «caza de brujas de la Edad Media», en una evocación velada a la Inquisición. Ese disco rayado apellidado Belarra, repitió una y otra vez la palabra «genocidio», que casa mal con la petición de un homenaje a «los pueblos hermanos de América Latina», pues si hubo genocidio esos pueblos no podrían hoy existir. Por otro lado, ¿qué sino los atributos de la Hispanidad nos une a tales pueblos? ¿Cómo, si no hubiera sido por la implantación de estructuras virreinales tendría algo en común una española como la Belarra y un boliviano? Contradicciones son esas que la diputada deberá cabalgar.
Si los topicazos podemitas resonaron con la habitual vehemencia, Pedro Sánchez no fue a la zaga de los susodichos subproductos morados. Sánchez se descolgó con un vídeo que se abría con una confesión: al profundo amor que profesa a la antigua contable de los vaporosos negocios de su finado suegro, el doctor añadió el orgullo que siente de ser español. Extraño amor el suyo, pues su mantenimiento en la presidencia del gobierno de España, palabra que no aparece en el vídeo, se produce a costa de dar cesiones continuas a las facciones hispanófobas que todos mantenemos. Dicho de otro modo, el de Sánchez es un amor que mata, que desmantela, que debilita a la nación.
En el vídeo no aparecen imágenes que conecten al espectador con el pasado histórico. Hacerlo supondría aceptar muchas de las cosas que detesta el PSOE o que aborrecen la totalidad de sus socios: una historia común. Las tan cacareadas «nacionalidades históricas» gustan de dar un salto mortal para vincularse a ficciones victimistas cuando no a fantásticos pasados truncados por una España que Sánchez no nombra.
La pieza contiene una dosis guerracivilista —El Guernica— y mucha cultura, mucho folclore, mucha tradición, excepción hecha de la tauromaquia, claro está. El espectador ve desfilar una serie de imágenes que ilustran otra de las ideas-matraca del bipartidismo: la diversidad. Una anciana enmascarillada recibe su dosis vacunífera. La UME —entérate, Mañueco—, lanza un chorro de agua. Una bandera arco iris ondea, en ausencia de la rojigualda. Zerolo aplaude desde la tribuna del Congreso. El «genocidio» de Gaza también se asoma entre mujeres, mujeres y más mujeres. Mujeres instrumentalizadas por el Gobierno de las pulseras fallidas y de dosis tan aplastantes de propaganda como para sanchizar, incluso, el 12 de octubre.
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