La Gaceta de la Iberosfera, 29 de septiembre de 2025.
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Pablo Iglesias se cae del caballo
Cabalgar contradicciones es una de las frases más recordadas del hoy exvicepresidente del Gobierno de España, Pablo Iglesias, hábil surfeador de las mareas y confluencias del 15M. Tras su ascenso fulgurante, la figura del jinete madrileño, que irrumpió en el sector tabernario, buscó refugio en el ámbito televisivo que le vio crecer. Sin poder regresar a la Universidad por carecer de la puntuación mínima necesaria, Iglesias inauguró recientemente una sede de Canal Red en Ciudad de México. La fascinación de Iglesias por las telepantallas se mantiene desde aquellos tiempos de La Tuerka y de sus apariciones en Intereconomía como elemento exótico, que el entonces vecino de Vallecas publicitaba como actos heroicos consumados dentro de una caverna mediática. Desde aquellas modestas plataformas, el autodefinido hijo del frapero acarició el asalto de los cielos, para el que pedía controlar TVE. Sin embargo, como en aquella canción de Mártires del compás que hablaba de una mujer que quiso comerse el mundo y se comió una esquina, con dos aceras y una bombilla encendida, la toma del poder se quedó en eso, en una intentona.
De nada sirvieron los sesudos tratados, de nada el agitprop y las cadenas de mensajes telefónicos. Una década después del momento asambleario del que emergió, Podemos es una fuerza menor, aunque no muerta, y don Pablo sigue siendo el mismo que asistía inmóvil a los hostigamientos universitarios que alentaba en su eterna lucha contra el fascismo. El trabajo sucio era cosa de otros, él era y es un ideólogo. Sin embargo, quien tuvo retuvo, y por eso, Iglesias sigue moviéndose entre bambalinas y platós.
La semana pasada, el madrileño participó en el programa de TV3, Els Matins. El debate giró en torno a la decisión de Podemos de tumbar la Proposición de Ley acordada entre Junts y el PSOE para traspasar las competencias de inmigración a Cataluña. La razón principal para la negativa del partido morado es que el motor de esa ley, que decayó en el Congreso, es el racismo. Conectado en remoto, Iglesias, visiblemente alterado, dijo: «me sorprende ver a mi amigo Joan Tardà y a Rufián bajando las orejas y tragándose toda esta mierda de Junts y del pujolismo, que dicen que Podemos es españolista», ante lo cual, la presentadora, Ariadna Oltra, tras pedirle respeto, le cortó el micrófono.
El episodio es elocuente. Iglesias, que tanto había cabalgado en las televisiones, se cayó del caballo en directo. Si Pablo de Tarso lo hizo camino de Damasco, Pablo Iglesias lo hizo camino de Sant Joan Despí, localidad donde se hallan los estudios de ese altavoz del secesionismo llamado TV3. Pablo, en definitiva, descubrió el Mediterráneo, ese Mare Nostrum por la que avanza la flotilla escoltada por un buque de la Armada. Las contradicciones se cabalgan, pero también se navegan.
Enmudecido, Iglesias probó el jarabe secesionista con el que tanto traficó bajo la coartada plurinacional. Sin embargo, a pesar de haberle bailado el agua a todo movimiento disgregador de esa España cuyo nombre no puede pronunciar, para los lazis, también para esos amigos que ahora le decepcionan, el de la taberna Garibaldi tiene la misma consideración que un charnego. Un charnego útil, siempre postrado ante los catalanistas a los que, ¡a buenas horas!, ha descubierto su racismo seminal.
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