La Gaceta de la Iberosfera, 20 de octubre de 2025.
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Iglesias y las agallas
En 2010, Rosa Díez fue escrachada. En aquel tiempo conocimos ese vocablo adscrito al lunfardo revolucionario. El acto de hostigamiento tuvo lugar en la Universidad Complutense que, desde hacía tiempo, era de todo menos universal, pues desde hace décadas, el entrismo llevado a cabo por facciones izquierdistas orilló a sus azulados predecesores. Tres lustros después, la semana pasada, la universidad catalana, controlada por secesionistas, ha vuelto a ofrecer su rostro más hispanófobo, representado por una pancarta en la que se pudo leer: «Fuera escoria castellana de la UAB». Una prueba más de la convivencia alcanzada por Sánchez tras darlo todo a las sectas que allí operan.
Regresemos por un momento al escrache complutense. Íñigo Errejón, su hermano Guillermo y Rita Maestre, que jugaba a revolucionaria desde el «sóviet de la Complu», jugaron un papel protagonista bajo la dirección de Pablo Manuel Iglesias. Las imágenes son reveladoras. Iglesias mueve sus peones y cuando la tensión sube, se mantiene inmóvil, haciendo gala de un activismo voyeur. Él es un coreógrafo, un ideólogo, alguien a quien no deben llegarle las salpicaduras del barro en el que se adentran sus correligionarios. Refugiado en su engolamiento Iglesias siempre eludió el cuerpo a cuerpo. Abandonó, incluso, Asturias —para él, Asturies— por unas pintadas roedoras en una carretera. Se blindó en su mansión ante una megafonía insoportable, pues, recordemos, él no puede decir España.
Retirado de la circulación política oficial, la tentación de salir de las sombras ha devuelto a Iglesias a una actualidad distinta a la tabernaria. Su regreso, que evoca aquel machirulo «VUELVE», se ha producido en la llamada Uni de Otoño Podemos, que nada de universal tiene. Durante su intervención, Iglesias se insinuó al PSOE: «aquí nos tenéis para reventar a los activos de la derecha y llegar donde sea necesario».
Dañada tras su fallido asalto a los cielos, la formación morada trata de agarrarse a un nuevo «No a la guerra» que es un sí a Hamás y un no radical, aniquilador —«Desde el río hasta el mar»— a Israel, al que sólo falta atribuir una reedición de los Protocolos de los sabios de Sión. Iglesias no podía perderse esta ocasión. No podía dejar todo en manos de Montero y Belarra, esas que recientemente se derritieron en presencia de Otegui. ¿Acaso no se derritió antes Iglesias en aquella herriko taberna?
Tras victimizarse en presencia de sus tifosi, Iglesias pasó a la ofensiva, siempre desde la barrera. En este caso parapetado tras una mesa de debate titulada: «Poderes más allá de la democracia: cómo hacerles frente». Las «agallas» a las que apeló, deberán ponerlas otros, pues harto tiene ÉL con diseñar estrategias gramscianas contra jueces cultivadores del lawfare y periodistas a los que hay que amordazar. No por casualidad, Sarah Santaolalla, principal propagandista animal print del sanchismo, compartió mesa con Iglesias. Frente al Sumar «pagafantas», Iglesias pretende recuperar terreno ofreciendo esencias democráticas, es decir, sectarias, al PSOE, dueño de casi todos los resortes del Estado, generoso subvencionador de medios afines, hábitat del que Iglesias nunca salió.
Coincidiendo con las palabras de Iglesias Turrión, Pedro Sánchez homenajeó al primer Pablo Iglesias, al fundador del PSOE. En la red X, el yerno de Sabiniano escribió: «175 años después, su inspiración sigue presidiendo nuestro compromiso. Orgullosos de nuestra memoria». Todo un canto a quien demostró tener agallas suficientes como para decirle a Antonio Maura: «Hemos llegado al extremo de considerar que antes de que Su Señoría suba al poder debemos llegar hasta el atentado personal». Doce días después de hablar así en el Congreso de los Diputados, Maura sufrió un atentado.
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