domingo, 22 de febrero de 2026

Pero España no era aún España

La Gaceta de la Iberosfera, 10 de noviembre de 2025.

https://gaceta.es/opinion/pero-espana-no-era-aun-espana-20251110-0000/ 

Pero España no era aún España

La 50.ª edición del premio Cervantes ha recaído en Gonzalo Celorio (México, 1948). El encargado de comunicar tan alta distinción, dotada con 125.000 euros, fue el ministro descolonizador, Ernest Urtasun, que encareció «la excepcional obra literaria y labor intelectual con la que ha contribuido de manera profunda y sostenida al enriquecimiento del idioma y de la cultura hispánica» del escritor mexicano. 

Según una regla no escrita, este año tocaba Hispanoamérica, Latinoamérica para el ministro negrolegendario. Por ello, la cuota tenía que mirar al Nuevo Mundo, lugar en el que la lengua de Cervantes se enriqueció notablemente, y en el que el canon de Nebrija fue una herramienta fundamental para la conservación y sistematización de las principales lenguas de los llamados «pueblos originarios». Pueblos primigenios cuya existencia, en muchos casos, se produjo a costa de la desaparición de otros no menos originarios, cuyas lenguas también fueron borradas en aquel mundo, que sólo pudo ser nuevo por la existencia de otro antiguo —¿poblado de otros pueblos originarios?— ágrafo.

La concesión del mayor premio de las letras hispanas a Celorio ha coincidido con las desafortunadas, por decirlo de forma suave, palabras pronunciadas por el ministro José Manuel Albares, en relación a la conquista llevada a cabo por los españoles hace más de medio milenio. Recordemos. Atildado, Albares, dijo que aquel proceso produjo «dolor e injusticia hacia los pueblos originarios», abriendo así —la puntita— la vía para llegar hasta donde Andrés Manuel primero, y Claudia Sheinbaum, después, quieren llegar: a la petición de perdón por parte de España. Hasta tal punto esto es así, que la Sheinbaum, en un perfecto español, manifestó que lo hecho por Albares, «es muy importante, es el primer paso», exigiendo nuevas zancadas, a saber de quién. En este contexto, el autor de Tres lindas cubanas ha manifestado, a propósito de la conquista: «fue violenta, pero España no era aún España».

Las palabras de Celorio parecen obedecer a un afán exculpatorio acaso condicionado por la gratitud hacia quien le ha concedido tan importante premio. La España premiadora no sería la España conquistadora y violenta. Sin embargo, galanterías aparte, Celorio yerra estrepitosamente, porque el 13 de agosto de 1521, fecha en la que cae Tenochtitlan tras un duro asedio en el que participaron numerosos pueblos aliados de los españoles, España existía desde hacía tiempo. De no ser así, ¿qué imaginativas mentes habrían bautizado como La Española al actual Santo Domingo? Y lo que es aún más asombroso viniendo de un mexicano: ¿ignora Celorio que su actual nación se construyó sobre las estructuras del virreinato de la Nueva España? 

El nombre, que remite a una España pretérita, anterior, ha sido atribuido a Juan de Grijalva, que llegó a esas costas en 1518. Nueva España aparece en el papel el 20 de agosto de 1520 gracias a la pluma del escribano Gerónimo de Alanís, en un documento que acompañó a una probanza promovida por Juan Ochoa de Elejalde en nombre de Hernán Cortés por el oro perdido en la salida de Tenochtitlan. El propio Cortés, de hecho, usó esa denominación en su Segunda Carta de Relación, escrita en Segura de la Frontera el 20 de octubre de 1520.

Claro que España existía, pero, lógicamente, lo hacía ajustada a las estructuras del Antiguo Régimen. La España peninsular era parte de un imperio en cuya vanguardia, frente a la amenaza otomana, estuvo Miguel de Cervantes Saavedra. Haciéndose eco de la leyenda de la quema de las naves, el Príncipe de los Ingenios dedicó a Hernán Cortés estas elogiosas palabras en El Quijote

¿Quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo?

Y estas otras en El licenciado Vidriera:

[…] merced al cielo y al gran Hernando Cortés, que conquistó la gran Méjico, para que la gran Venecia tuviese en alguna manera quien se le opusiese. Estas dos famosas ciudades se parecen en las calles, que son todas de agua: la de Europa, admiración del mundo antiguo; la de América, espanto del mundo nuevo.

 

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